Crónicas de Bogotá
Segunda Edición
Tomo III
Pedro M. Ibáñez
© Derechos Reservados de Autor


 


CAPITULO XL
(Segunda parte)

 

El 4 de junio publicó Nariño un manifiesto; en él explicaba su conducta política y las razones en que la apoyaba(1). Al día siguiente, por bando, autorizó a la Representación Nacional para que tomara las medidas convenientes a la salud de la Provincia, y llamó a las armas a todos los ciudadanos hábiles para servir en el Ejército, sin distinción de clases sociales ni de personas. Estos actos oficiales produjeron entusiasmo en el partido nariñista, y todos concurrieron al alistamiento. Don Manuel B. Alvarez, Representante por Cundinamarca, ya setentón, espontáneamente pidió el vestido de soldado. «Yo no puedo-decía- mirar a mi ancianidad como un privilegio que me exima de padecer y aun de morir entre mis conciudadanos.» Más singular fue el ofrecimiento de Manuel del Socorro Rodríguez, también anciano, quien pretendió abandonar la Biblioteca y servir en la custodia militar de la ciudad:

Para este efecto-escribió-hago presente a Vuestra Excelencia que no teniendo más que mi ordinaria espada de ceremonia, y siendo ésta insuficiente para un servicio activo de tanta consideración, necesito estar prevenido y forniturado con fusil, cartuchera y sable, de munición, y al mismo tiempo, recibido en clase de soldado raso.

Y continuaba su bélica solicitud pidiendo que se le colocara en los lugares más peligrosos, hasta rendir la vida, con tal de que fuera dentro de la ciudad, para poder vigilar la Biblioteca. Nuestros lectores ya conocen a este sujeto, y por ello pueden tomarle gusto a esta original representación de ejemplar patriotismo (2) .

Y mientras los hermanos se armaban contra los hermanos, un Gobernador de Pamplona, el patriota José Gabriel Peña, combatía a orillas del Táchira contra los realistas, con bisoño ejército, el cual fue vencido (1) .

Entonces exclamaba el Padre Diego Padilla, en periódico que él creó y llamó El Sabatino:

iCielos santos, no somos aún libres y ya nos despedazamos! Tenemos sobre nuestras cabezas un enemigo que nos ha devorado por tres siglos, y en vez de atender a él, empleamos el hierro fratricida contra nosotros mismos.... Paz, hermanos míos, hagamos la paz y con ella apareceremos grandes a los ojos de nuestros tiranos.

Estas voces de cordura no fueron atendidas. El alarma en Santafé era grande. El Gobierno organizó una fuerte División, la que puso a órdenes del General José Ramón de Leiva, porque el Presidente no podía mandar las tropas personalmente, por prohibición constitucional; sin embargo, como Nariño tenía facultades omnímodas, fue él el Jefe real de esos militares.

A 23 salió la expedición para Tunja, de 1,000 hombres en número, muy lucida y bien puesta, con todos los aparatos de guerra; iban tres capellanes, médico y cirujano. Salió a la frente de dicha expedición el señor Presidente, don Antonio Nariño, asociado de los individuos de las actuales corporaciones, muy en jaezados y decentes. Lo acompañaron hasta el río del Arzobispo (2) .

Acompañaban a Leiva como Jefes militares Lorenzo Ley, Justo Castro y Luis de Avala. Los centralistas repitieron entonces las décimas o ensaladilla en las cuales se quiso retratar a estos Jefes, por el realista Caro:

                                     Secretario militar
                         Fue Leiva, y mamó la teta
                         De Ezpeleta y Mendinueta,
                         Y mucho más la de Amar:
                         Supo el tiempo aprovechar,
                         Pues mamando a dos carrillos,
                         Rellenó bien sus bolsillos.
                         Y al fin, con infame nota,
                         Se quedó aquí esta pelota
                         A multiplicar chiquillos.
                         El camastrón Luis de Ayala
                         Que siempre come de gorra,
                         Si oye decir cachiporra
                         Pregunta si es cosa mala:
                         De mojigato hace gala;
                         Pero es muy tosco y chocante:
                         Quiere hacer el vergonzante
                         Y fingiéndose el bobito,
                         Hace ascos de un mosquito
                         Y se traga un elefante.
                         El tragón Justo de Castro
                         Es otro tal que bien baila,
                         Pues no le basta una paila
                         Llena de patas de rastro;
                         Aquí le llaman hijastro
                         Del gigante Fierabrás;
                         Es tramposo hasta no más;
                         Y como huyen de su vista,
                         Este pobre petardista
                         Está dado a Barrabás.

Hería así a beneméritos patriotas una pluma española, y esas heridas eran bien aceptadas por otros patriotas, los cuales pertenecían al bando federalista.

Conocemos ya los honrosos empleos que había desempeñado José Ramón de Leiva, antiguo militar de la infantería española. El prestó largos servicios en Argel y en Buenos Aires, antes de ocupar la Secretaría de los Virreyes del Nuevo Reino. Su inteligencia, su valor y su probidad los había puesto en el campe de la revolución. Don José Ayala era natural de Bogotá, y miembro de familia distinguida; ya vimos su actuación en los motines de julio de 1810. Don Justo Castro, también bogotano, mandaba como Comandante una fuerza que debía unirse a la de Pey, pero en Charata fue detenido por las mujeres, y allí se entregó sin hacer un tiro, por delicadeza y consideración al bello sexo. Antes había hecho parte de la Comisión de Policía y Gobierno, creada por el régimen republicano.

También servían como militares o órdenes de Nariño los hermanos Francisco y Bernardo Pardo, Oficiales distinguidos, hijos de Bogotá. El último era segundo de Pey, y con él cayó prisionero. Francisco, nacido en 1797, se afilió a la revolución desde el 20 de julio. De estos dos jóvenes decía la ensaladilla:

Pardo el tuerto en sus miradas
Mestizas de tigre y gato,
Parece que mira al plato
Y no es sino a las tajadas:
El mete su cuarto a espadas
Levantando testimonios
Por tiendas y por telonios.
Y más bulla esta carroña
Mete con su carantoña
Que una legión de demonios.

Su hermano, según escucho,
Llamado Bernardo Pardo,
Nada tiene de Bernardo
Y de pardo tiene mucho.
Es un militar muy ducho
En el estrado y la mesa:
Con la labia que profesa
Engañara a cualquier noble,
Y así para espía doble
Vale más de lo que pesa.

Se comprende que estas composiciones satíricas, décimas que por entonces circularon anónimas y manuscritas, que el vulgo apellidaba ensaladilla, eran en realidad libelo infamatorio contra varones eminentes que habían tomado parte en la revolución; unos nativos de la tierra y otros nacidos en España. Perdonables serían las injurias y la maledicencia en lo relativo a la vida pública de esos varones, pero jamás en lo que se refiere a su personalidad privada. Nosotros las reproducimos por primera vez, sin dañada intención, en lejano tiempo y sólo con el objeto de hacer conocer mejor los personajes de esa época. Aceptamos como verdadera la teoría de Plutarco en la Vida de Alejandro, cuando dice:

Muchas veces un hecho del momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para probar las costumbres, que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujémosla vida de cada uno.

No es otro nuestro propósito que el de revivir en estas crónicas el colorido característico de aquella sociedad ya muerda.

Cuando Nariño salió de la ciudad, dejó encargados del mando al doctor Manuel Benito de Castro y a don Luis de Ayala, en calidad de primeros Consejeros (25 de junio de 1812).

Don Manuel Benito había sido novicio de los jesuítas, por lo cual se le llamaba comúnmente El Padre Manuel. Más tarde estudió medicina en la atrasada Escuela de antaño, y largos años ejerció su profesión. Era hombre de costumbres exóticas.

Vestía-dice el historiador Groot-en 1812 como en 1767: casaca redonda; chaleco largo; calzón corto de terciopelo con charreteras; media blanca; zapato puntiagudo de oreja y grandes hebillas de plata; capa larga de grana colorada, con aleta galoneada; sombrero de tres picos con escarapela colorada.

Su figura era distinguida y siempre aseada, no obstante los polvos carmelitas del rapé sevillano que caían sobre su rizada gola. En cambio se veían los polvos blancos de

 

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Don Manuel Benito de Castro

 

almidón en el peinado de coleta y los bucles que caían sobre las sienes. En cuanto a lo moral, era hombre de costumbres austeras, de pocas palabras, habitaba en un cuarto de un viejo caserón situado frente al Palacio arzobispal, y en ese cuarto tenía la mesa de comedor, donde tomaba chocolate en pocillo de plata a horas determinadas y fijas. Nadie se explicaba qué móviles tuviera Nariño para encargar el Poder Ejecutivo al Padre Manuel en circunstancias tan difíciles. Ya vimos cómo pintaba la ensaladilla al militar Justo de Castro.

Del galeno decía:

        Pero su hermano Manuel,
        Que es alumno de Esculapio,
        Nunca come más que apio
        Y albóndigas de laurel:
        De este médico doncel
        No hay quien los empleos cuente;
        Es protector, intendente,
        Consejero de lisonjas,
        Calificador de monjas
        Y de beatas asistente.

El periódico El Carraco, órgano político de los federalistas, hería constantemente a los partidarios de Nariño y llamaba por mofa a José Miguel Pey y a Justo de Castro, Murat y Soult. El ardiente centralista José María Carbonell arrebató de un corrillo un número de este periódico, y con vehementes bravatas lo despedazó y pisoteó, en sitio central de la ciudad. Este hecho dio la etimología de los nombres que recibieron los dos bandos contendores: pateadores y carracos (1).

Modifica la versión que trae el historiador Groot un folleto intitulado: El sobrino Matías \ a su amado tío Tomás de Montalván y \ Fonseca \ Impreso en Bogotá en la Imprenta patriótica de don Nicolás Calvo, el 20 de febrero de 1812. Ahí refiere el autor anónimo, que escribe como testigo presencial, que el domingo anterior, 19 del citado mes, vio en la esquina de la Plaza, es decir, al pie de la torre norte de la Catedral, «arder una candelada y a su rededor muchos hombres, unos soplando y atizando el fuego, otros arrojando papeles dentro de ella y a otros dos rompiéndolos y pateándolos.» Cuenta también que luego colgaron ese papel a la cola de un borrico al que llevaron en procesión por las calles principales, con este pregón: «Esta es la justicia que la serenísima señora Bagatela manda hacer de esta carta, por haberse atrevido a estampar proposiciones injuriosas contra su alteza serenísimas»

Parece que las escenas violentas de quemar papeles públicos en las calles, fueron múltiples en aquellos días.

En la ciudad reinaba la anarquía. El Canónigo Baltasar Miñano y el clérigo don Francisco Javier Gómez (alias Panela) habían conmovido al populacho en contra de los federalistas. Para el mes de julio el pueblo soberano obtuvo que el Senado nombrara Personero Público al Canónigo, y con ese carácter pidió la prisión de muchas personas respetables. A la cárcel fueron llevados don José Santamaría, don Francisco J. Cuevas, don Miguel Pombo, don Pedro Ricaurte y otros muchos federalistas. Al Personero prestaba mano fuerte el Alcalde don Juan Tobar (1) .

El Presidente Castro dictó un bando de buen Gobierno, el 29 de julio, y el mismo día escribió a Nariño, refiriéndole la agitación que había en la capital. Probablemente esta noticia decidió a Nariño a firmar el tratado de Santa Rosa, no muy favorable a sus pretensiones, el cual quedó concluido el 30 de julio, y con él terminada la primera guerra civil (2) .

Al pie del pacto figuran, como plenipotenciarios del Gobierno, Domingo Caicedo, Tiburcio Echeverría y José Miguel Montalvo; y en nombre del Congreso, el Gobernador Niño y cinco Senadores, centralistas.

Terminadas las desavenencias y urgido Nariño por los tumultos de la capital, se trasladó a su palacio en veintinueve horas, y llegó el 5 de agosto. Al día siguiente reunió la Representación Nacional, ante la cual renunció las facultades extraordinarias de que estaba investido, y su Alteza Serenísima, aceptada la renuncia, declaró de nuevo vigente el orden constitucional y ordenó por bando que se pusiera en libertad a todos los presos políticos (1) .

El Presidente disolvió el Cuerpo militar de Pateadores, y entonces la musa popular de los carracos imprimió en hoja volante unos versos, de los cuales insertamos a continuación fragmentos:

            Se dice que ya murió
            El Cuerpo de Pateadores
            De una muerte repentina:
            Pónganse luto señores.

                     GLOSA

            Ese Cuerpo tan robusto,
            Tan esforzado y valiente,
            Tan famoso y tan caliente,
            Que a todos causaba susto,
            No sé si de algún disgusto,
            O mal aire que le dio,
            Después que tanto lució
            Con valor y bizarría,
            De una fuerte apoplejía,
            Se dice que ya murió.
            ……………………………
            …………………………...

Para estos tiempos llegaron numerosos emigrados de Venezuela, en verdadera indigencia, y encontraron generoso apoyo en el Gobierno de Cundinamarca.

Los partidos no habían desaparecido. La exagerada concepción de autonomismo lugareño, explotada por caciques regionales, impedía que se desenvolviera un verdadero espíritu nacional. Y no obstante el epitafio en verso que hemos visto, existían los bandos de pateadores y carrracos, pues el incendio no había sido bien apagado.

Nariño, con verdadero patriotismo, renunció entonces la Presidencia el día 20 de agosto, y de nuevo entró a desempeñarla don Manuel Benito de Castro.

El Gobierno de Castro carecía de energía, y en esas circunstancias circuló la noticia de que los enemigos de la Independencia preparaban una contrarrevolución para reconocer la Cortes de Cádiz. Entonces llegó un oficio de Baraya en el cual ofrecía las fuerzas que comandaba, para impedirla. En el pueblo se extendió el rumor de que Baraya marchaba ya sobre Santafé, de acuerdo con el Presidente Castro. El 10 de septiembre hubo tumultos. El populacho y algunos militares exigieron al Ejecutivo que Nariño fuese restituido al ejercicio del Poder, aunque éste se excusaba de venir a la ciudad, mientras no lo llamara el Senado, pues prefería la tranquilidad de la vida del campo, en el retiro de su quinta de Fucha.

En momentos en que se reunía el Senado, los amotinados se habían trasladado a la mencionada quinta y traían al célebre caudillo a la ciudad en medio de vivas y aclamaciones (1) .

Sea éste el lugar de consignar algunos recuerdos sobre la casa de campo que a la sazón pertenecía a Nariño, a la cual fuimos con nuestros lectores cuando el predio rural se llamaba La Milagrosa, en tiempos en que se fundó la iglesia de La Tercera; con el Virrey Cerda y su esposa, cuando allí hubo novilladas, carreras de caballos y comedias (página 343 del primer volumen), y con otros gobernantes coloniales. A este viejo caserón volveremos con el General Domingo Caicedo, con Bolívar en sus días de desgracia y con otros militares en nuestras guerras civiles.

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(1) El Precursor, vol. II de la Biblioteca de Historia, Nacional, 340. (Regresar)

(2) J. M. GROOT, Historia Eclesiástica y Civil de Nueva Granada, III, 168.(Regresar)

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(1) L. FEBRES CORDERO, El Primer Combate (en el norte).(Regresar)

(2) J. M. CABALLERO, En la Independencia, 149. Varios historiadores, entre ellos Groot, fundándose en un diario de José Miguel Montalvo, dicen que la expedición salió el 25.(Regresar)

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(1) J.M. ESPINOSA, Memorias de un Abanderado, 19. J.M. GROOT, lib. Cit., III, 173.(Regresar)

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(1) J. M. RESTREPO, lib. Cit., I, 153. I. GUTIÉRREZ PONCE, Vida de Ignacio Gutiérrez, I, 87.(Regresar)

(2) F. LOZANO Y LOZANO, Biografía del General Ricaurte, cit. (Regresar)

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(1) Gaceta Ministerial de Cundinamarca, número 651, 6 de agosto de 1812.(Regresar)

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(1) J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 186.(Regresar)

 

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