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CAPITULO XL
(Segunda parte)
El 4 de junio publicó
Nariño un manifiesto; en él explicaba su conducta política y las razones en que la
apoyaba(1). Al día siguiente, por bando, autorizó a la
Representación Nacional para que tomara las medidas convenientes a la salud de la
Provincia, y llamó a las armas a todos los ciudadanos hábiles para servir en el
Ejército, sin distinción de clases sociales ni de personas. Estos actos oficiales
produjeron entusiasmo en el partido nariñista, y todos concurrieron al alistamiento. Don
Manuel B. Alvarez, Representante por Cundinamarca, ya setentón, espontáneamente pidió
el vestido de soldado. «Yo no puedo-decía- mirar a mi ancianidad como un privilegio que
me exima de padecer y aun de morir entre mis conciudadanos.» Más singular fue el
ofrecimiento de Manuel del Socorro Rodríguez, también anciano, quien pretendió
abandonar la Biblioteca y servir en la custodia militar de la ciudad:
Para este
efecto-escribió-hago presente a Vuestra Excelencia que no teniendo más que mi ordinaria
espada de ceremonia, y siendo ésta insuficiente para un servicio activo de tanta
consideración, necesito estar prevenido y forniturado con fusil, cartuchera y sable, de
munición, y al mismo tiempo, recibido en clase de soldado raso.
Y continuaba su bélica
solicitud pidiendo que se le colocara en los lugares más peligrosos, hasta rendir la
vida, con tal de que fuera dentro de la ciudad, para poder vigilar la Biblioteca. Nuestros
lectores ya conocen a este sujeto, y por ello pueden tomarle gusto a esta original
representación de ejemplar patriotismo
(2)
.
Y mientras los hermanos
se armaban contra los hermanos, un Gobernador de Pamplona, el patriota José Gabriel
Peña, combatía a orillas del Táchira contra los realistas, con bisoño ejército, el
cual fue vencido
(1)
.
Entonces exclamaba el
Padre Diego Padilla, en periódico que él creó y llamó El Sabatino:
iCielos santos, no
somos aún libres y ya nos despedazamos! Tenemos sobre nuestras cabezas un enemigo que nos
ha devorado por tres siglos, y en vez de atender a él, empleamos el hierro fratricida
contra nosotros mismos.... Paz, hermanos míos, hagamos la paz y con ella apareceremos
grandes a los ojos de nuestros tiranos.
Estas voces de cordura
no fueron atendidas. El alarma en Santafé era grande. El Gobierno organizó una fuerte
División, la que puso a órdenes del General José Ramón de Leiva, porque el Presidente
no podía mandar las tropas personalmente, por prohibición constitucional; sin embargo,
como Nariño tenía facultades omnímodas, fue él el Jefe real de esos militares.
A 23 salió la
expedición para Tunja, de 1,000 hombres en número, muy lucida y bien puesta, con todos
los aparatos de guerra; iban tres capellanes, médico y cirujano. Salió a la frente de
dicha expedición el señor Presidente, don Antonio Nariño, asociado de los
individuos de las actuales corporaciones, muy en jaezados y decentes. Lo acompañaron
hasta el río del Arzobispo
(2)
.
Acompañaban a Leiva
como Jefes militares Lorenzo Ley, Justo Castro y Luis de Avala. Los centralistas
repitieron entonces las décimas o ensaladilla en las cuales se quiso retratar a estos
Jefes, por el realista Caro:
Secretario militar
Fue Leiva, y mamó la teta
De Ezpeleta y Mendinueta,
Y mucho más la de Amar:
Supo el tiempo aprovechar,
Pues mamando a dos carrillos,
Rellenó bien sus bolsillos.
Y al fin, con infame nota,
Se quedó aquí esta pelota
A multiplicar chiquillos.
El camastrón Luis de Ayala
Que siempre come de gorra,
Si oye decir cachiporra
Pregunta si es cosa mala:
De mojigato hace gala;
Pero es muy tosco y chocante:
Quiere hacer el vergonzante
Y fingiéndose el bobito,
Hace ascos de un mosquito
Y se traga un elefante.
El tragón Justo de Castro
Es otro tal que bien baila,
Pues no le basta una paila
Llena de patas de rastro;
Aquí le llaman hijastro
Del gigante Fierabrás;
Es tramposo hasta no más;
Y como huyen de su vista,
Este pobre petardista
Está dado a Barrabás.
Hería así a
beneméritos patriotas una pluma española, y esas heridas eran bien aceptadas por otros
patriotas, los cuales pertenecían al bando federalista.
Conocemos ya los
honrosos empleos que había desempeñado José Ramón de Leiva, antiguo militar de la
infantería española. El prestó largos servicios en Argel y en Buenos Aires, antes de
ocupar la Secretaría de los Virreyes del Nuevo Reino. Su inteligencia, su valor y su
probidad los había puesto en el campe de la revolución. Don José Ayala era natural de
Bogotá, y miembro de familia distinguida; ya vimos su actuación en los motines de julio
de 1810. Don Justo Castro, también bogotano, mandaba como Comandante una fuerza que
debía unirse a la de Pey, pero en Charata fue detenido por las mujeres, y allí se
entregó sin hacer un tiro, por delicadeza y consideración al bello sexo. Antes había
hecho parte de la Comisión de Policía y Gobierno, creada por el régimen republicano.
También servían como
militares o órdenes de Nariño los hermanos Francisco y Bernardo Pardo, Oficiales
distinguidos, hijos de Bogotá. El último era segundo de Pey, y con él cayó prisionero.
Francisco, nacido en 1797, se afilió a la revolución desde el 20 de julio. De estos dos
jóvenes decía la ensaladilla:
Pardo el tuerto en sus
miradas
Mestizas de tigre y gato,
Parece que mira al plato
Y no es sino a las tajadas:
El mete su cuarto a espadas
Levantando testimonios
Por tiendas y por telonios.
Y más bulla esta carroña
Mete con su carantoña
Que una legión de demonios.
Su hermano, según escucho,
Llamado Bernardo Pardo,
Nada tiene de Bernardo
Y de pardo tiene mucho.
Es un militar muy ducho
En el estrado y la mesa:
Con la labia que profesa
Engañara a cualquier noble,
Y así para espía doble
Vale más de lo que pesa.
Se comprende que estas
composiciones satíricas, décimas que por entonces circularon anónimas y manuscritas,
que el vulgo apellidaba ensaladilla, eran en realidad libelo infamatorio contra varones
eminentes que habían tomado parte en la revolución; unos nativos de la tierra y otros
nacidos en España. Perdonables serían las injurias y la maledicencia en lo relativo a la
vida pública de esos varones, pero jamás en lo que se refiere a su personalidad privada.
Nosotros las reproducimos por primera vez, sin dañada intención, en lejano tiempo y
sólo con el objeto de hacer conocer mejor los personajes de esa época. Aceptamos como
verdadera la teoría de Plutarco en la Vida de Alejandro, cuando dice:
Muchas veces un hecho
del momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para probar las costumbres, que
batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por
tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas
facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo
demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los
indicios del ánimo, y que por ellos dibujémosla vida de cada uno.
No es otro nuestro
propósito que el de revivir en estas crónicas el colorido característico de aquella
sociedad ya muerda.
Cuando Nariño salió
de la ciudad, dejó encargados del mando al doctor Manuel Benito de Castro y a don Luis de
Ayala, en calidad de primeros Consejeros (25 de junio de 1812).
Don Manuel Benito
había sido novicio de los jesuítas, por lo cual se le llamaba comúnmente El Padre
Manuel. Más tarde estudió medicina en la atrasada Escuela de antaño, y largos años
ejerció su profesión. Era hombre de costumbres exóticas.
Vestía-dice el
historiador Groot-en 1812 como en 1767: casaca redonda; chaleco largo; calzón corto de
terciopelo con charreteras; media blanca; zapato puntiagudo de oreja y grandes hebillas de
plata; capa larga de grana colorada, con aleta galoneada; sombrero de tres picos con
escarapela colorada.
Su figura era
distinguida y siempre aseada, no obstante los polvos carmelitas del rapé sevillano que
caían sobre su rizada gola. En cambio se veían los polvos blancos de
Don Manuel Benito de
Castro
almidón en el peinado
de coleta y los bucles que caían sobre las sienes. En cuanto a lo moral, era hombre de
costumbres austeras, de pocas palabras, habitaba en un cuarto de un viejo caserón situado
frente al Palacio arzobispal, y en ese cuarto tenía la mesa de comedor, donde tomaba
chocolate en pocillo de plata a horas determinadas y fijas. Nadie se explicaba qué
móviles tuviera Nariño para encargar el Poder Ejecutivo al Padre Manuel en
circunstancias tan difíciles. Ya vimos cómo pintaba la ensaladilla al militar Justo de
Castro.
Del galeno decía:
Pero su hermano Manuel,
Que es alumno de Esculapio,
Nunca come más que apio
Y albóndigas de laurel:
De este médico doncel
No hay quien los empleos cuente;
Es protector, intendente,
Consejero de lisonjas,
Calificador de monjas
Y de beatas asistente.
El periódico El
Carraco, órgano político de los federalistas, hería constantemente a los
partidarios de Nariño y llamaba por mofa a José Miguel Pey y a Justo de Castro, Murat y
Soult. El ardiente centralista José María Carbonell arrebató de un corrillo un número
de este periódico, y con vehementes bravatas lo despedazó y pisoteó, en sitio central
de la ciudad. Este hecho dio la etimología de los nombres que recibieron los dos bandos
contendores: pateadores y carracos
(1).
Modifica la versión
que trae el historiador Groot un folleto intitulado: El sobrino Matías \ a su amado
tío Tomás de Montalván y \ Fonseca \ Impreso en Bogotá en la Imprenta patriótica de
don Nicolás Calvo, el 20 de febrero de 1812. Ahí refiere el autor anónimo, que
escribe como testigo presencial, que el domingo anterior, 19 del citado mes, vio en la
esquina de la Plaza, es decir, al pie de la torre norte de la Catedral, «arder una
candelada y a su rededor muchos hombres, unos soplando y atizando el fuego, otros
arrojando papeles dentro de ella y a otros dos rompiéndolos y pateándolos.» Cuenta
también que luego colgaron ese papel a la cola de un borrico al que llevaron en
procesión por las calles principales, con este pregón: «Esta es la justicia que la
serenísima señora Bagatela manda hacer de esta carta, por haberse atrevido a estampar
proposiciones injuriosas contra su alteza serenísimas»
Parece que las escenas
violentas de quemar papeles públicos en las calles, fueron múltiples en aquellos días.
En la ciudad reinaba la
anarquía. El Canónigo Baltasar Miñano y el clérigo don Francisco Javier Gómez (alias Panela)
habían conmovido al populacho en contra de los federalistas. Para el mes de julio el
pueblo soberano obtuvo que el Senado nombrara Personero Público al Canónigo, y con ese
carácter pidió la prisión de muchas personas respetables. A la cárcel fueron llevados
don José Santamaría, don Francisco J. Cuevas, don Miguel Pombo, don Pedro Ricaurte y
otros muchos federalistas. Al Personero prestaba mano fuerte el Alcalde don Juan Tobar
(1)
.
El Presidente Castro
dictó un bando de buen Gobierno, el 29 de julio, y el mismo día escribió a Nariño,
refiriéndole la agitación que había en la capital. Probablemente esta noticia decidió
a Nariño a firmar el tratado de Santa Rosa, no muy favorable a sus pretensiones, el cual
quedó concluido el 30 de julio, y con él terminada la primera guerra civil
(2)
.
Al pie del pacto
figuran, como plenipotenciarios del Gobierno, Domingo Caicedo, Tiburcio Echeverría y
José Miguel Montalvo; y en nombre del Congreso, el Gobernador Niño y cinco Senadores,
centralistas.
Terminadas las
desavenencias y urgido Nariño por los tumultos de la capital, se trasladó a su palacio
en veintinueve horas, y llegó el 5 de agosto. Al día siguiente reunió la
Representación Nacional, ante la cual renunció las facultades extraordinarias de que
estaba investido, y su Alteza Serenísima, aceptada la renuncia, declaró de nuevo vigente
el orden constitucional y ordenó por bando que se pusiera en libertad a todos los presos
políticos
(1)
.
El Presidente disolvió
el Cuerpo militar de Pateadores, y entonces la musa popular de los carracos
imprimió en hoja volante unos versos, de los cuales insertamos a continuación
fragmentos:
Se dice que ya murió
El Cuerpo de Pateadores
De una muerte
repentina:
Pónganse luto
señores.
GLOSA
Ese Cuerpo tan robusto,
Tan esforzado y
valiente,
Tan famoso y tan
caliente,
Que a todos causaba
susto,
No sé si de algún
disgusto,
O mal aire que le dio,
Después que tanto
lució
Con valor y bizarría,
De una fuerte
apoplejía,
Se dice que ya
murió.
...
Para estos tiempos
llegaron numerosos emigrados de Venezuela, en verdadera indigencia, y encontraron generoso
apoyo en el Gobierno de Cundinamarca.
Los partidos no habían
desaparecido. La exagerada concepción de autonomismo lugareño, explotada por caciques
regionales, impedía que se desenvolviera un verdadero espíritu nacional. Y no obstante
el epitafio en verso que hemos visto, existían los bandos de pateadores y carrracos,
pues el incendio no había sido bien apagado.
Nariño, con verdadero
patriotismo, renunció entonces la Presidencia el día 20 de agosto, y de nuevo entró a
desempeñarla don Manuel Benito de Castro.
El Gobierno de Castro
carecía de energía, y en esas circunstancias circuló la noticia de que los enemigos de
la Independencia preparaban una contrarrevolución para reconocer la Cortes de Cádiz.
Entonces llegó un oficio de Baraya en el cual ofrecía las fuerzas que comandaba, para
impedirla. En el pueblo se extendió el rumor de que Baraya marchaba ya sobre Santafé, de
acuerdo con el Presidente Castro. El 10 de septiembre hubo tumultos. El populacho y
algunos militares exigieron al Ejecutivo que Nariño fuese restituido al ejercicio del
Poder, aunque éste se excusaba de venir a la ciudad, mientras no lo llamara el Senado,
pues prefería la tranquilidad de la vida del campo, en el retiro de su quinta de Fucha.
En momentos en que se
reunía el Senado, los amotinados se habían trasladado a la mencionada quinta y traían
al célebre caudillo a la ciudad en medio de vivas y aclamaciones
(1)
.
Sea éste el lugar de
consignar algunos recuerdos sobre la casa de campo que a la sazón pertenecía a Nariño,
a la cual fuimos con nuestros lectores cuando el predio rural se llamaba La Milagrosa,
en tiempos en que se fundó la iglesia de La Tercera; con el Virrey Cerda y su esposa,
cuando allí hubo novilladas, carreras de caballos y comedias (página 343 del primer
volumen), y con otros gobernantes coloniales. A este viejo caserón volveremos con el
General Domingo Caicedo, con Bolívar en sus días de desgracia y con otros militares en
nuestras guerras civiles.
__________
(1)
El
Precursor, vol. II de la Biblioteca de Historia, Nacional, 340. (Regresar)
(2) J.
M. GROOT, Historia Eclesiástica y Civil de Nueva Granada, III, 168.(Regresar)
_________
(1)
L. FEBRES CORDERO, El Primer Combate (en el norte).(Regresar)
(2)
J. M. CABALLERO, En la Independencia, 149. Varios historiadores, entre ellos Groot,
fundándose en un diario de José Miguel Montalvo, dicen que la expedición salió el 25.(Regresar)
_________
(1)
J.M. ESPINOSA, Memorias de un Abanderado, 19. J.M. GROOT, lib. Cit., III, 173.(Regresar)
_________
(1)
J. M. RESTREPO, lib. Cit., I, 153. I. GUTIÉRREZ PONCE, Vida de Ignacio Gutiérrez,
I, 87.(Regresar)
(2)
F. LOZANO Y LOZANO, Biografía del General Ricaurte, cit. (Regresar)
________
(1)
Gaceta
Ministerial de Cundinamarca, número 651, 6 de agosto de 1812.(Regresar)
_________
(1) J. M.
RESTREPO, lib. cit., I, 186.(Regresar)
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