Continuación del capítulo 8.
Y en el pavimento de la capilla, del lado del evangelio, reposan sus restos, bajo una gran losa de siete pies de largo, en que leímos, después de levantar con trabajo la capa de tierra que la cubre:
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24 DE SEPTIEMBRE 1629.
Ocupa el nicho de uno de los altares de la iglesia la pequeña estatua yacente de cera, vestida con telas. que representa a San Victorio degollado. Dícese que el Santo Padre Gregorio XVI regaló al convento de San Diego algunos huesos de ese Santo, los cuales fueron cubiertos en Bogotá por el artista decorador don Victorino García, quien modeló con cariño la hermosa efigie a que nos referimos, bien notable por su mérito en el estudio y modelado del rostro, las manos y las piernas. Atrajeron en este altar nuestra atención dos trabajitos de esmerada paciencia, imitaciones de miniatura con complicados arabescos y figuras en armoniosas tintas, que son calados hechos a tijera o navaja sobre fondo negro y producen a la vista agradable efecto.
Antes de que la proximidad de la noche sea obstáculo para nuestra visita, nos detendremos en algunos cuadros, notables por su mérito para la historia del arte.
En modesto lugar, y sin gran fama como milagroso, está San Francisco abrazando al Crucificado, quien, mirándole con cariño, le habla al oído y le abraza también con la mano derecha, que ha desprendido del suplicio. El fondo es profundamente sombrío, las figuras angulosas y secas. La cabeza del Cristo, que es de lo menos imperfecto en aquel lienzo, se destaca demacrada y pálida, sin sangre ni vida, sobre una aureola de oro en que los brazos de la cruz griega forman potencias; la toalla tiene también orillos dorados; los miembros no guardan proporción; los músculos semejan las bandeletas de una momia, y las costillas, retorcidas, parecen un lío de cables; los pliegues todos son paralelos y duros; el conjunto, en fin, es una composición hierática de esa escuela que nada tenía que ver con la estética material, sino que buscaba algo más elevado para encadenar a las almas, y que simboliza la mística expresión de los goces que la Iglesia ofrece a quienes de alma se le dedican. Es un viejo monumento para la historia del arte, porque recuerda épocas en que la pintura no buscaba personas sino ideas, y en que los artistas tenían más de pensadores que de ejecutantes. Al lado derecho de este cuadro dice en letras doradas:
CHARITAS
HUMILAS
OBEDLENTA
PATlENTIA.
Una imagen de Santo Domingo, con el simbólico perro que tiene en la boca una antorcha, obra que no da gloria a su autor, está colocada en el presbiterio de la capilla; y allí cerca, descuidada, hemos visto una pintura cuyos toques, franquezas y gorduras, revelan pinceladas que, o son del realista y jugoso estilo flamenco, o han querido imitarlo.
En lujoso altar, del género arriba descrito, acompaña también a Nuestra Señora del Campo una imagen de La Concepción, copia probablemente de alguna de las que produjo el inmortal Murillo, pues lucen allí la actitud graciosa y celestial, los conocidos angelillos en atrevidos escorzos, y los rostros y las manos que traslucen sonrisas y éxtasis; desgraciadamente con el tiempo se ha resecado y cuarteado, y el color blanco se ha ennegrecido bajo la influencia, tal vez, de las inevitables emanaciones que obran sobre el carbonato de plomo para formar un sulfuro. Este lienzo, de dimensiones bastante grandes, está firmado:
Mg. Mex. ¡ pr. R. F. A- de 1731 1 Matriti.
Otra imagen de la Virgen, obra del bien conocido antiguo pintor bogotano Antonio Acero de la Cruz, y firmada en 1641, de la cual nos hemos ocupado al hacer el elogio de este artista, adornan también la iglesia; y en la capilla nos fijamos con detenimiento en un cuadro de particular especie, copia moderna de algún añejo grabado o lienzo: representa al seráfico padre San Francisco sobre una esfera cubierta de ojos; al pie de cada ojo hay una pluma y una inscripción en que se leen los nombres de diversos ramos del saber humano: Historia, Médica, Astrológica, Poética, Gramática, Res Bíblica, Expositiva, Dogmática, Scholástica, Mystica, Ascética, etc. etc. Al pie de la esfera hay en fila tres ojos y tres plumas, cuyo respectivo letrero dice Varia. Grandes cintas y fajas blancas con inscripciones latinas llenan el resto de aquel laberinto en que San Francisco viene a ser como el centro de un complicado jeroglífico. Además, el Santo tiene alas, cuyas plumas llevan también inscripciones, y de ellas penden cadenas rotas, cruces, etc. etc.; dos ángeles simétricamente dispuestos a los lados presentan libros con letreros; y sobre la cabeza de la figura principal está el legendario triángulo de Jehová con las características letras hebreas.
Todo en este cuadro es de convención, y para comprender el gusto amanerado a que pertenece, basta recordar las miniaturas de los pergaminos en que, para pintar a Cristo sobre la cruz, se hacía correr la sangre divina en un cáliz sostenido por una mujer, simbolizando así a la Iglesia que recoge los frutos de la pasión del Salvador; a Dios se le representaba por medio de una simple mano; al cristiano bautizado, por medio de un pez, y hasta los colores tenían su significación. Pinaiquier pintó también de un modo análogo el beneficio de la redención: Jesús, tendido sobre un lagar, brota sangre que corre por todas partes y recogen en barricas los Evangelistas y los Doctores de la Iglesia; estas barricas las conduce un ángel a las bodegas para repartir a los pueblos su precioso contenido; y de lejana viña cultivada por Patriarcas, traen los Apóstoles las uvas al lagar. Tadeo Gaddi y Simón Nemmí hicieron frescos por el estilo para representar a la Filosofía y a la Iglesia; y entre nuestros templos no es raro encontrar otros cuadros semejantes, tal como el que antiguamente se conservaba en San Francisco, en que este Santo llevaba en carro triunfal a la Religión, adornada con los jeroglíficos de todas las virtudes.
Al retirarnos ya de Sin Diego, después de encontrar al paso viejas sillas forradas en vaqueta realzada a martillo, que ostentan los brazos cruzados sobre la cruz y algunos grotescos paisajes, vimos en la pared unos cuadritos alusivos al Virrey D. José de Solís Folch de Cardona y su entrada al convento como religioso, renunciando para siempre a las grandezas del mundo. El recuerdo de este simpático personaje de la Colonia, de este imitador del ilustre Carlos V, trajo a nuestra mente melancólicas reflexiones; se nos hizo visible el contraste entre su retrato, que conocemos vestido con todos los brillantes atavíos de su elevado rango, y el que conserva la sacristía de San Diego, en que, cubierto con el burdo sayal, duerme el eterno sueño sobre dos ladrillos, y en que el pálido y flaco rostro, que resalta sobre fondo negro, está rodeado por una amarilla inscripción latina que se extiende en rectángulo figurando ataúd.
Acentuóse la impresión de tristeza que predominaba en nuestra alma, y al salir al aire libre se nos apareció siniestro el ancho celaje rojizo del sol de ocaso sobre que destacaba en el Parque su masa sombría el templete central, cuyo cóndor de anchas alas arrojaba dorados resplandores.
Luego la campana, con dolientes tañidos, dio el toque de oración, que nos hizo ver y oír con el recuerdo a seres queridos de nuestra niñez rezando el obligado avemaría. Comprendimos entonces la sublimidad, de ese inspirado lienzo de Millet, titulado El Angelus. Y mientras las tristes vibraciones llevaban el oleaje de su plegaria hasta millares de corazones sencillos y piadosos, regresamos a la ciudad meditabundos, reanudando nuestras impresiones de la tarde, con el alma entristecida de un modo extraño pero también solemnemente reposada (11) .
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(11) Estudio escrito por el hábil artista Lázaro M. Girón, en 1890, para. este libro. (Regresar a 11) |