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CAPITULO VIII
Don Juan de Borja, PresidenteLos pijaos y los pantágorasJurisdicción de la Audiencia de SantaféObispados sufragáneos del Arzobispado del Nuevo Reinoilustre AyuntamientoIglesia de EgiptoConvento de La MercedPinturas antiguas de EgiptoInscripciones del temploConvento de San Vicente de FuchaOrigen del nombre del caserío de San CristóbalLa Recoleta de San DiegoDescripción del templo y su sacristía. Nuestra Señora del CampoEl Oidor Juan Ortiz de CervantesSu sepulcroSan VictorioVarias pinturas.
HABIENDO llegado a noticia del Rey de España que la belicosa nación de los pijaos, saliendo de las montañas en que vivía, había hecho irrupciones en las Gobernaciones de Neiva y Popayán y causado incendios, robos y muertes, especialmente en Neiva e Ibagué, y corno iguales habían acontecido en el territorio habitado por la nación pantágora, in dios que habitaban las selvas del Carare, resolvió Su Majestad que gobernase el Nuevo Reino un Presidente militar, y designó para ello al caballero valanciano don Juan de Borja, de la Orden de Santiago, nieto de San Francisco de Borja.
Llegó el Presidentesoldado a Santafé el 2 de octubre de 1605, disfrutando 6,000 ducados de renta anual; Borja fue el primer Presidente de la Colonia que llevó espada al cinto
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Tuvo que dejar el Presidente quieta la espada para atender a las diligencias que eran necesarias y que exigía la ley al conceder licencias para fundar conventos y un colegio destinado a la educación de los hijos de los caciques, quedando éste bajo la dirección de los jesuitas.
Creemos oportuno relatar aquí, tomando los datos de las Noticias Historiales de fray Pedro Simón, cuál era la jurisdicción de la Audiencia de Santafé, qué personal la componía, qué Obispos existían en aquellos tiempos en el Nuevo Reino y qué empleados tenía el Ayuntamiento.
Lo que se llamaba términos y jurisdicción de la ciudad de Santafé lo gobernaba directamente el Presidente del Reino con la Audiencia, quienes también tenían mando sobre nueve Gobernaciones y dos Corregimientos. Las Gobernaciones eran: las de Antioquia o Zaragoza, Popayán, Los Muzos, La Plata o Caguán, Timaná o Neiva, Cartagena, Santa Marta, Mérida y Guayana, estas dos últimas en territorio de Venezuela; y eran los Corregimientos el de Tima y el de Tocaima y Mariquita. La Cancillería real o sea la Audiencia se componía de un Presidente Gobernador y Capitán General, de seis Oidores y un Fiscal, cada uno con 800,000 maravedís de sueldo anual, de un Alguacil Mayor, dos Escribanos de Cámara y Gobernación, dos Relatores y dos Porteros.
El Arzobispo de Santafé tenía por sufragáneos a los Obispos de Santa Marta, Cartagena y Popayán. En el Gobierno de la ciudad ejercían funciones dos Alcaldes ordinarios, que eran a la vez Jueces de Distrito, dos Alcaldes de la Hermandad, Alguacil Mayor y Protector general de indios. Estos empleados, con los Regidores, constituían el ilustre Ayuntamiento.
Componíanse estas corporaciones de los Alcaldes, de los Regidores y del Mayordomo y Tesorero; el Secretario era siempre un escribano. Había Cabildo en las ciudades y en las villas; los Ayuntamientos de éstas constaban de un número de miembros menor que el de las ciudades. Los Regidores eran nombrados por el Rey, y hubo algunos que gozaron de ese destino a título perpetuo
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Los Alcaldes se elegían cada año por el Cabildo y tenían jurisdicción en el territorio de la villa o ciudad, tanto en lo civil como en lo criminal
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En aquellos años, fecundos en fundaciones religiosas, se construyó la capilla de Egipto, la cual, andando los tiempos, ha venido a ser iglesia parroquial. Su edificación se empezó el año de 1556, y se escogió el sitio en la cumbre de una colina, entonces despoblada, que domina la ciudad y cuya elevación sobre el plano de la Plaza de Bolívar es de ochenta y cuatro metros. Se buscó en esta edificación, levantada durante la presidencia de Borja, rendir honor y culto a la Virgen de Egipto
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, en una escultura de media talla, con colorido y perfilado de oro, que representa la huida a Egipto
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. Los gastos de la obra los hizo el presbítero doctor Jerónimo de Guevara y Troya. También se edificó casa anexa a la capilla, en la cual se quiso fundar convento de frailes de La Merced, que no subsistió. Más tarde este convento vino a ser casa cural, y en el vestíbulo de ella se conservan dos retratos al óleo, con estas leyendas:
El Mro. Dn Franco George Garnica, Mena Pelaez, Capellán y Patrón propietario de la Hermita de Nª Sª de Egipto. La que renunció en Dn Juan Acasio su hermano. Murió en 8 de Abril de 1768, a los 69 años, 11 meses, y 16 días de edad, con opinión de santidad. Fue sepultado en la Ygla. Cathedral en el sepulcro de sus mayores, y a los 14 de Novbre de 1770 en q° para dar sepultura a Dn Laureano su herm° fue necesario sacar sus huesos. Se halló el cuerpo incorrupto, y entero el cual yace en la vóbeda de San Pedro.
El Bllr Dn Thomas Joseph Garnica, Colegial que fue del Colegio R' Mr y Semo de S. Bartholomé, cura vicario del pueblo de Pisva, capellan y Patrono de la Hermita y Capellanías de Nra Sra de Egipto, por legitima sucesión. Murió a los 40 años de su edad dejando nombrado por succesor al Pro. Dn Pedro Joseph Delgadillo y Garnica .... (ilegible) Las Capellanías y .... (ilegible).
La iglesia de Egipto es de arquitectura rudimentaria, de poca altura y sin ninguna belleza arquitectónica. La casa anexa ocupa área pegada a la de la iglesia hacia el Norte. Está construida en un notable desnivel de la colina, sobre grandes y fuertes muros de piedra, que no obedecen a ningún orden de arquitectura, pero sí tiene cierta belleza rústica que imita las fortalezas de la Edad Media, especialmente si se mira desde las faldas del cerro de Guadalupe, desde el estanque principal del acueducto y desde las ondulaciones de la calzada del moderno Paseo Bolívar.
Siendo Párroco de Egipto el presbítero Guillermo Angel O., se destruyeron los muros de contención del atrio, construidos rudimentariamente en tiempo de la Colonia, y se reemplazaron por paredes bien construidas y por una gradería de piedra arenisca que arranca de la plazuela de Maza, tiene ochenta peldaños y se abre en dos alas antes de llegar al atrio. En el centro de estas alas se levanta un muro que sostiene una estatua de la Virgen de Lourdes, obra en cemento, firmada por C. Ramelli, de mediano mérito artístico.
Al pie de la Virgen se lee esta inscripción en letras doradas:
CUSTODIA CIVITATIS
EL ILLMO. RVMO. SR. ARZOBISPO DE BOGOTÁ
CONCEDE CIEN DÍAS DE INDULGENCIAS
POR CADA SALVE QUE SE RECE
A ESTA IMAGEN.
Cerca de la firma del escultor Ramelli se grabaron estas palabras:
Fece Mel MCMV.
En el muro que sostiene la estatua y el piso del atrio, donde se abre la escalinata, se lee:
INSTAURARE OMNIA IN CHRISTO
PRINCIPIADO EN 1904. CONCLUIDO EN 1905
BAJO LOS AUSPICIOS DEL ILLMO. SR. ARZOBISPO P. DE C., DR.
BERNARDO HERRERA RESTREPO Y DEL GBNO. DEL EXCMO.
GRAL. REYES.
DIRIGIDO ad honorem POR D. MARIANO SANTAMARÍA.
El Párroco, GUILLERMO ANGEL Y O.
Enero de 1906.
Se conservan en la iglesia cinco cuadros del pincel de Vásquez: la Virgen y San Joaquín, Santa María Egipciaca, San Alberto, Santa Engracia y San Agustín.
Hay numerosos cuadros al óleo, en latón, de escuela italiana y de buen pincel, y otros de pintor español, sobre tela, que representan escenas de la vida de Santa Orosia, que tampoco carecen de mérito artístico. Pero ya que no entramos a describir cada cuadro, tarea que resultaría enojosa y fatigaría al lector, nos permitimos dejar en este libro, a título de curiosidad, dos de las leyendas de los cuadros españoles:
Al cortar un Obispo de Huesca y Jaca, llamado don Juan, una parte del cuero y cabellos de la Santa, salió grande copia de sangre de la herida.
A un hombre de Aragua le resucitó la Santa, como dice Bazurto.
Creemos que Santa Orosia tenía mejores títulos para llegar a los altares de la iglesia de Egipto de Santafé, que los que hicieron constar el pintor español y Bazurto.
Hace pocos años se mejoró el campanario, con el objeto de colocar un reloj público que es propiedad de la Municipalidad de Bogotá, y que antes prestó servicio en una de las torres de La Catedral.
Nada recuerda en las pintorescas orillas del río Fucha, que corre de Oriente a Occidente una milla al sur de la ciudad, y que tiene su nacimiento en el vecino páramo de Cruzverde, que allí existieran caseríos indígenas en los años primeros de la colonización, ni que en la ribera sur del riachuelo, al pie de la elevada y agreste serranía, hubiera existido en remotos tiempos convento, con iglesia anexa, de recoleta dominica, que se levantó por disposición del Capítulo General de la Orden, reunido en Valladolid en 1605 (6) . Cedió el terreno necesario para la fundación el Capitán Juan Bernal, en 1609; pero habiéndose juzgado inútil la permanencia de religiosos en aquel apartado sitio, ordenóse a los frailes que lo habitaban volviesen al convento máximo, disposición que no quisieron cumplir, pretendiendo hasta separarse de la regla de la Orden dominicana, por lo cual el General de ella, residente en Roma, ordenó la demolición del convento y su capilla, lo que se llevó a efecto en 1621.
Allí corre el río torrentosamente, sobre lecho desigual, fertilizando los vecinos campos y embelleciendo el agreste y variado paisaje, hoy cruzado por caminos que conducen al oriente del Departamento de Cundinamarca, sitio conocido con el nombre de San Cristóbal, por haber pintado autor desconocido, en los lejanos tiempos coloniales, en una de las rocas que forman el lecho del río, una imagen del Santo, de heroicas proporciones, que las injurias del tiempo borraron hace pocos años, aunque había sido restaurada hace medio siglo por el escultor Martínez y luego por don Segundo Ortega y Caicedo.
La recoleta de San Francisco, fundada en 1606, con el nombre de San Diego, en un terreno llamado La Burburata, casa de recreo de don Antonio Maldonado de Mendoza, situada al norte de la ciudad, y comprada por los frailes con tal objeto, es el edificio que conserva mejor en Bogotá el carácter monástico de pasados siglos, que contrasta con la elegancia y simetría de las construcciones modernas que lo rodean. Fray Luis de Mejorada, Provincial de franciscanos en 1606, compró por $1,100 el terreno llamado La Burburata y las casas que en él estaban construidas, para fundar recoleta de la Orden franciscana, lo que llevó a efecto en 1607, cuando no se había concluido la iglesia de San Diego, anexa al convento. Sirve el edificio de fondo al Parque del Centenario, de estilo europeo, semejando un castillo feudal de la Edad Media, formado por grandes paredones de piedra, que se quiebran en múltiples ángulos y se apoyan en sólidos y pesados contrafuertes, a cuyos lados se abren desiguales ventanas, defendidas por fuertes rejas de madera, labradas sin mayor cuidado, pues el artífice, al construirlas, pensó sólo en darles solidez. Un arco, de amplias dimensiones, cerrado también con reja de madera, da entrada a un vestíbulo en el cual se abren dos puertas: la del frente da entrada a la iglesia, que se bendijo el 22 de noviembre de 1610, y la lateral, a una capilla anexa, casi de las mismas dimensiones que la nave principal, construida a expensas del Oidor don Juan Ortiz de Cervantes en honor de una imagen de la Virgen, cuya historia referiremos adelante (7) .
Del hermoso Parque del Centenario, de ese centro de alegría y vida parten tres siniestros caminos: uno al Oeste, que por entre viejo sauces y salvios conduce al Cementerio, lugar de la muerte física del hombre; otro al Norte, que lleva al Panóptico, lugar de su muerte moral; otro, de pocos pasos, que da entrada al Asilo de Locos, lugar de su muerte intelectual. Este Asilo es San Diego, cuyo modesto campanario blanco se asoma a lo lejos, como escondido entre las copas de los árboles que dora el sol de ocaso
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La ciudad ha llegado ya hasta ese pintoresco retiro, que antiguamente quedaba bien distante de ella y de todo bullicio, ofreciendo en medio de frondosa vegetación y con abundancia de aguas un lugar de delicioso recogimiento a las almas piadosas.
Las obras de arte que, especialmente en pintura, conservaba el convento, se han perdido; hoy hay que buscarlas tan sólo en el templo. Deberíamos entrar a éste por el lado del Parque, atravesando antes un pequeño huerto que han afeado modernamente manos atrevidas de gentes sin gusto, destruyendo los sauces, compañeros de la gran cruz de piedra, a cuya sombra duermen varias víctimas del 9 de enero de 1813; pero, con la venia del virtuoso Padre Marcelino Bernal, capellán de la iglesia, penetramos por la sacristía.
La luz es opaca; el sagrado recinto está solitario, y vaga en él una suavísima claridad medio velada, propicia a la calma del espíritu. Razón tuvo el historiador señor Groot para decir que allí la luz que entra por las ventanas da un tono sombrío que inspira cierta melancolía religiosa y mueve a los espíritus más disipados.
El templo no tiene adornos arquitectónicos; comunica hacia la derecha con la capilla de Nuestra Señora del Campo por medio de dos sencillos arcos con blasones en las claves, uno de los cuales representa dos ciervos blancos en campo verde. A. la izquierda está la sacristía. En ella comenzamos a estampar nuestras impresiones.
Al entrar, nos mira como desprendiéndose de su oscuro fondo, por mérito del buen pincel, una arrogante figura coronada, casi de tamaño natural; su fisonomía es imponente y dulce; el cabello y la barba negros y largos; lleva gran capa de color rojo, medias altas, y vestido de antiguo caballero castellano; esta pintura es, según lo dice un letrero que tiene hacia arriba, retrato del Rey don Fernando (no se sabe cuál), y la consideramos como de lo más notable que se conserva en San Diego; el dibujo es correcto, los pliegues amplios y naturales; el colorido tiene vigor, es parco y armonioso.
Allá está también, sobre la puerta que da entrada a la nave principal, una pequeña y tosca imagen de Nuestra Señora, cuyo rostro moreno oscuro nos hace recordar esas vírgenes bizantinas que los caballeros griegos llevaban a la cabeza de sus ejércitos contra los musulmanes, y que los monjes trajeron a Europa en la época de las Cruzadas. Las llamaban Vírgenes de San Lucas, y eran morenas o negras, en recuerdo de las palabras de Salomón: nigra sum sed formosa (soy negra pero hermosa), que hicieron celebrar a loe antiguos padres de la primitiva Iglesia el color trigueño de María; ese mismo que Rafael de Urbino dio a Santa Bárbara en la Virgen de San Sixto, que conserva Dresde. Fue esta opinión sobre la virgen negra, semejante a la de que Cristo fue feo, de la cual es fama que participaron San Justino, San Clemente. San Basilio y San Cirilo, quien en su libro contra los antropomorfistas sostiene las ideas de los artistas contemporáneos suyos, que se creían en el deber de hacer a Jesús el más feo de ¡os hijos de los hombres, para atribuirle esa nueva causa de sufrimientos.
Guarda también la sacristía una imagen de Jesús, de gran tamaño, con des ángeles a los lados, en cuyo buen estilo se reconoce a Vásquez; al frente se encuentra la copia, de las mismas dimensiones y con marco dorado semejante al del original, pero muy inferior a éste en el mérito artístico: el rostro ha perdido allí la dulzura del modelo, el colorido no tiene igual vigor, las manos y los pies están mal dibujados, y el delicioso claroscuro del maestro ha sido reemplazado por contrastes un tanto rudos; ambos cuadros carecen de firma.
Una antigua madona coronada aparece a la derecha, con el Niño en los brazos. Viste manto sin pliegues, cubierto por florones y ramas de oro y colores; la cabeza parece salirle de la cúspide de un cono; tiene a los pies la media luna y una llave dorada; dos columnas salomónicas que sostienen un arco de color de madera, están pintadas también como adorno; firma Ing. P. de la Rocha, y, según lo reza el cuadro, fue puesto allí en 1727, a devoción de fray Pedro Joseph Galeano.
No nos detendremos en los retratos de los Pontífices Gregorio XVI y Pío VII, mal dibujados por don Luis García Hevia en sus mocedades, ni en un pequeño crucifijo en que la estatua es poco notable, pero en que la cruz de madera negra tiene laboriosas incrustaciones de nácar que representan el Sol, la Luna, y variadísimos adornos; dejemos asimismo el retrato del Oidor don Juan Ortiz de Cervantes para presentarlo luego, y vamos a dar pábulo a nuestra curiosidad en la iglesia y en la capilla de Nuestra Señora del Campo, de las cuales hablaremos en conjunto.
Algo como una impresión de frío se siente en aquella mansión solitaria y silenciosa que parece guardar el eco de las salmodias de algún oficio fúnebre. Las paredes, pintadas de blanco, tienen cierta desnudez; la pobreza de los monjes y la penitencia y humildad de su regla están allí reflejadas. Es que la iglesia de San Diego, que dependió de la de San Francisco, se ornamentó seguramente con los atavíos que le cediera ésta; las columnas, los bajorelieves, las cornisas, los retablos, se ve que fueron llevados allí sin formar un todo único ni definido, y que han sido luego adoptados según las circunstancias; no se hicieron para el lugar en donde se hallan; no nacieron allí, pudiéramos decir. En San Francisco cada una de las partes corresponde al conjunto y al sitio en que fue colocada; hay lujo, hay superabundancia de obras de talla; en San Diego hay escasez, y lo poco que se ve está acomodado sin arte, como transitoriamente, por medio de cajones, de cuñas, de sostenes casi improvisados. Y no faltan jarrones de mala imitación chinesca, flores de mano ajadas, recortes de papel dorado, albayaldes y colorines que chillan en mortificante destemplanza.
En el altar mayor, así como en la pieza que conduce al camarín, hay figuras de santos en relieve policromo de medio cuerpo tallado en madera; y a los lados del sagrario, dentro de nichos, dos pequeñas estatuas bellamente pintadas y doradas que no carecen de mérito. Al pobre y sencillo púlpito, de base pentagonal, lo cubren feas imágenes pintadas sobre lienzo, y recortadas luego. Y en los demás altares se repiten las columnas salomónicas de capitel corintio envueltas por festones y viñas, las cariátides, mascarillas, frutas y dibujos de oro y brillantes colores, de vaga reminiscencia moriscoespañola, que abundan en San Francisco. En el coro se conserva un viejo órgano que tiene pintado un mascarón en oro sobre cada tubo; y allí mismo vimos una antigua y mala imagen de la Virgen, de la cual hacemos mención por el estropeo a que se ha sometido, adhiriéndole sobre el lienzo florecitas y adornos pésimamente dibujados en pergamino: bárbaro modo de ornamentar, que en nuestra decadencia se ha usado hasta con cuadros de gran mérito.
El camarín de la capilla es de graciosa forma poligonal; lo decoran churriguerescamente complicados y ricos adornos, en que están incrustadas antiguas lunas venecianas de labrada orla que ostentan el oro, el verde brillante y el encendido bermellón, así como platos con caprichosas pinturas, y otras piezas de loza ordinaria. Y allí, circundada de resplandores, luce la imagen de Nuestra Señora del Campo, que es una estatua en piedra arenisca, de tamaño mayor que el natural; sus facciones son bellas y armoniosas, aunque de modelado poco franco, y el conjunto de la obra peca por encogimiento y pesantez. La exagerada devoción ha echado capas de color sobre la piedra, y además ha disfrazado la estatua bárbaramente con pelo humano que cae en largos bucles, con corona y zarcillos de oro, con manto y sayal de telas damasquinadas, en forma cónica, y con otros atavíos que constituyen una masa informe en que a duras penas se distingue el rostro, sin que pueda juzgarse con exactitud acerca del alcance artístico de la obra emprendida por Juan de Cabrera.
Refiere la leyenda que habiendo comenzado a trabajar este escultor bogotano la estatua para el frontis de la antigua Catedral, hubo de abandonarla luego por varios motivos, y quedó durante mucho tiempo como puente sobre un arroyo cercano a San Diego; pero habiendo observado un religioso que durante la noche despedía la piedra particulares resplandores, tuvo el cuidado de recogerla, y reconoció en ella a la imagen de Nuestra Señora. Dos ángeles, en figura de gallardos mancebos, que aparecieron misteriosamente en el convento, se ofrecieron a concluir la escultura, como en efecto lo verificaron antes de desaparecer. Y sabido todo esto por el devoto Oidor don Juan Ortiz de Cervantes, hizo construir a su costa la capilla para esta imagen, bajo la advocación de Nuestra Señora del Campo; y el Cabildo la votó por Patrona contra el polvillo
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, por lo que todavía se celebra solemne fiesta
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Conozcamos ahora al Oidor, cuyo retrato, de muy buen pincel, según el justo criterio del señor Groot, nos lo presenta alto y arrogante, de rostro moreno, con bigote y perilla; las facciones, poco distinguidas. Viste de negro, con zapato de hebilla; y sobre este vestido y el oscurísimo fondo brillan por su blancura la golilla y los puños, cuidadosamente rizados; en la mano izquierda lleva un papel en que se lee la siguiente inscripción, bastante destruida ya, y cuyas omisiones suplimos con puntos suspensivos:
El R. D. Felipe IIII ... dio
el Ldo. Joan Ortiz de Cervantes ... mo
.... Procura ....
dor General de la ....
.... Perú, en la
Corte....
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(1) ZAMORA, lib. cit., pág. 349. (Regresar a 1)
(2) F. GONZALEZ SUÁREZ, Historia General de la República del Ecuador, III, 394. (Regresar a 2)
(3) ANTONINO OLANO, Popayán en la Colonia, 4. (Regresar a 3)
(4)PIEDRAHITA, Historia General de las conquistas del Nuevo Reino, etc., 2ª edición, pág.
148. (Regresar a 4)
(5) OCÁRIZ, lib. cit., pág. 196. (Regresar a 5)
(6) ZAMORA, lib. cit., 355.
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(7)ZAMORA, lib. cit., 352 y 353. (Regresar a 7)
(8)El Asilo de Locos se trasladó a otro edificio durante la Administración del General R. Reyes. (Regresar a 8)
(9)Enfermedad de las sementeras. (Regresar a 9)
(10) OCÁRIZ. (Regresar a 10)
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