Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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Continuacfión del capítulo 7.

 

La amplia sacristía del templo es hoy una bella capilla en que se tributa culto especial a San José. Dos Padres jesuitas naturales de esta ciudad, Teódulo Vargas y Santiago Páramo, la inauguraron el 23 de abril de 1899. La ornamentación artística fue dirigida y en gran parte ejecutada por el distinguido artista Reverendo Padre Páramo, y comprende el interior de la cúpula, las pechinas y las paredes. Las ventanas tienen vidrios artísticos de origen europeo, y hoy el pavimento es de baldosines y madera, bellamente combinados. El sobrio y elegante altar tiene como principal adorno un lienzo: La muerte de San José, obra del notable pintor contemporáneo Hector Monacelli, natural de Nápoles.  

El edificio de la capilla fue levantado por el Padre Coluccini, y se terminó en 1766, poco antes de la expulsión de la Compañía por orden de Carlos III (15) .    

Bajo el piso de la capilla existe una amplia cripta con numerosos nichos de cementerio. Actualmente no presta tal servicio, pero sí es digno de notarse que allí, por excepción, se sepultó el cadáver del Arzobispo Ignacio Velasco.    

Santafé había mejorado considerablemente en los últimos años del siglo XVI y primeros del XVII en lo moral y en lo material; los habitantes adquirían más y más cultura y pulimento; la Catedral prestaba servicio diario al Coro metropolitano, y servía de tumba, desde 1597, al fundador de la ciudad; ésta contaba entre sus edificios religiosos, al norte de la entonces Plaza Mayor, a Santo Domingo, San Francisco, La Veracruz, el Humilladero y Las Nieves; al sur, a San Agustín, Santa Bárbara y la humilde capilla de Belén; y al occidente, la parroquial de San Victorino y el templo y monasterio de monjas de La Concepción, primero de mujeres que hubo en Bogotá. La beneficencia sostenía el Hospital de San Pedro. Recordemos la fundación del monasterio de La Concepción.  

Fray Pedro Simón (cronista de los primeros años de la Colonia, monje de la Orden de San Francisco), refiere de la siguiente manera la fundación del primer monasterio de religiosas que se hizo en la capital del Nuevo Reino de Granada, a fines del siglo XVI:

Los principios que tuvo el convento de La Concepción de la ciudad de Santafé fueron de un mercader de la misma ciudad, llamado Luis López Ortiz, el cual, viéndose con hacienda gruesa y sin herederos, deseando se empleasen sus bienes en causas del servicio de Dios, trató con los prelados de nuestra religión, en esta Provincia, los intentos que tenia de hacer un colegio para que nuestros frailes estudiasen en él, sacando dis­pensación del Pontífice para poderle asignar rentas suficientes al sustento de los colegiales, como lo tenemos por este mismo modo en otras partes. Hizo de esto escrituras bastantes; pero advirtiendo, antes que se pusiera mano a la obra, ser de mayor importancia fundar un convento de monjas, rogó a les religiosos le diesen el derecho de la escritura que les tenía hecha para el colegio, que lo hicieron con buena satisfacción, que él hizo con una buena cantidad de plata, con que se hizo la custodia antigua que hoy tiene el convento, y otros vasos para el servicio del altar. Trató luego, libre de esto, el Luis López, de edificar la iglesia y el convento en la parte que está ahora acabada.    

La primera piedra de la iglesia se colocó en septiembre de 1583 por el Arzobispo Zapata de Cárdenas, acompañado de fray Juan Montalvo y fray Sebastián de Ocando, Obispos de Cartagena y Santa Marta, respectivamente, “en la esquina más próxima a la plaza, a espaldas de la cárcel de la ciudad.” El monasterio tuvo dos manzanas: de esta esquina hacia el occidente, es decir, desde la carrera 9ª hasta la 11ª la iglesia y el monasterio se levantaron en la primera; la segunda, que era extenso huerto, es actualmente la Plaza de Mercado central.  

El Presidente del Nuevo Reino, don Antonio González, de acuerdo con real cédula destinó $11,000 del Tesoro del Rey para rentas del convento, y dejó a cargo de López Ortiz todos los gastos de edificación del nuevo edificio.  

El 29 de septiembre de 1595 el Maestrescuela de la Catedral, Sede vacante, que era el Licenciado Francisco de Porras Mejía, dio el hábito para religiosas, públicamente, en la iglesia del mismo convento, hallándose presente toda la Real Audiencia con el doctor Antonio González, su Presidente, a Ursula de Villagómez y a su hermana doña Isabel Campuzano, naturales de la ciudad de León, en España, y a doña Catalina de Céspedes, oriunda de Almodóvar del Campo, y después de habérselo dado se encerraron en el dicho convento y aquél fue el día de su fundación (16) .    

Apenas hablan transcurrido seis meses cuando ocurrió el fallecimiento del fundador del monasterio, el 18 de marzo de 1596. Ocáriz refiere (página 236 de sus Genealogías) que López Ortiz fue hijo legitimo de Luis López y de Francisca Ortiz; que nació en Plascencia de España, y que “su ocupación era la mercancía, procediendo a sus ganancias atento a su conciencia y con la mayor moderación que se ha visto en el Nuevo Reino de Granada, como hombre de mucha cristiandad y probada virtud.... Hizo otras memorias y obras pías en su patria y en Santafé, gozando el gusto de verlo ejecutado hasta el 18 de marzo de 1596, en que murió de edad mayor, sin haber sido casado. Donó al convento de San Agustín, de esta ciudad, su milagrosa imagen de Nuestra Señora de Altagracia, que trajo de España, y el mayor empleo que logró fue el de sus buenas obras y limosnas, en que no procedió escaso.”  

Con candidez apenas explicable en los tiempos actuales, dice el mismo cronista en la noticia biográfica de López Ortiz:  

Sucedióle que estando rezando, sentado en un banco, detrás de la puerta de su tienda, que era fronteriza a la puerta de la iglesia Catedral, en la Plaza Mayor, donde lidiaban toros, uno feroz se entró y le puso sobre el hombro el hocico, sin ofenderle en más que ensuciarle el vestido con espumas, y se volvió a salir, dejándole con toda serenidad y sin haberle asustado. Aplicóse a efecto de siervo de Dios, como otros sucesos y obras que le motivaron opinión de santo: fue su sepulcro la bóveda de la iglesia de su religiosa fundación.

 

López Ortiz construyó su sepultura en amplia y sólida cripta, bajo el presbiterio de la iglesia de La Concepción; la piedad o la vanidad, o quizá los dos sentimientos, dictaron la siguiente inscripción, que, grabada en dos losas de piedra arenisca, aún existe al presente y que copiamos con fidelidad, respetando todas las faltas ortográficas con que fue esculpida; dice así:   

Aquí yace Luis López
Ortiz,vecinodeestacíudad.
El menor hombre del mundo y 
en pecados el mayor, esperando 
la misericordia de Dios. 

En esta cripta, de sólida construcción, de paredes enlucidas, a la que se desciende por algunas gradas de piedra, de techo abovedado, que sostiene el piso del presbiterio, oscura, húmeda, sin ventilación y llena de tierra y de despojos de trabajos de albañilería, vimos tres esqueletos, colocados sobre bancos de piedra, arrimados a las paredes norte, oriental y sur, sin vestidos ni ataúdes, y que son los de López Ortiz y de sus descendientes, si atendemos a las noticias que traen los cronistas.  

Asombra que Ocáriz, cuyo libro se publicó en Madrid en 1674, tuviera la audaz candidez de escribir en la página 179 de su obra, refiriéndose al sepulcro de López Ortiz, lo que sigue:  

Está introducido que cuando ha de morir alguna monja se oyen golpes en el coro bajo, que es donde las entierran, y para descendientes del fundador se oyen los golpes en la bóveda de su entierro, que está en la capilla mayor.  

Don Juan de Montalvo, un compañero de Gonzalo Jiménez de Quesada, conquistador que sobrevivió a todos sus compañeros, Justicia Mayor de la ciudad de La Palma, fue casado con Elvira Gutiérrez, y ambos están enterrados en la iglesia del convento de monjas de La Concepción de Santafé; fueron los primeros casados que entraron en el Nuevo Reino de Granada. Montalvo falleció en Santafé el 22 de septiembre de 1597, “y está enterrado en la iglesia de La Concepción, debajo del altar de Santa Ana, para cuyo sostenimiento dejó una capellanía (17) .  

Cuenta el Obispo Piedrahita que Juan Díaz Jaramillo, rico vecino de Tocaima, “quien medía el oro por fanegas,” levantó magnífica casa a las orillas del río Bogotá, la cual fue destruida por avenida del río, en 1581, y cuyas valiosas ornamentaciones sirvieron para adornar dos templos de aquella ciudad y el de La Concepción de Bogotá. Entre el arco toral y el altar mayor se ven aún esas ornamentaciones, que con­sisten en maderas doradas, con tallas, entre las que se encuentran caras dé ángeles y pinturas de estilo bizantino, en el techo.  

El historiador Groot, al referir la inundación de Tocaima y la consiguiente destrucción de la casa de Díaz Jaramillo, escribe: “También se trajeron a Santafé muchas piezas para el adorno del artesonado de la iglesia del monasterio de La Concepción.” Sobré la puerta del templo más cercana a la torre, se lee esta inscripción:

AÑO DE 1585. 

El Prelado don Hernando Arias de Ugarte, natural de Bogotá, Arzobispo del Nuevo Reino desde 1618, sabiendo que la iglesia de La Concepción amenazaba ruina, por ser defectuosa su construcción, donó al convento para gastos de reparaciones argentes $4,000 en oro, el año de 1619, suma con que se reconstruyó en gran parte.  

A fines del siglo XVII pintó el maestro Padilla, artista medianísimo, hijo de esta ciudad, el velo del sagrario de la iglesia de La Concepción; lo pobre del trabajo no impidió que se celebrara su estreno con gran fiesta religiosa.

Nada encontramos digno de mencionarse en la crónica de este monasterio en más de cien años.

Ya proclamada la Independencia, en octubre de 1812, por una especie de plebiscito se acordó que Nariño continuase de Presidente do Cundinamarca. Tan popular era en su terruño el ilustre iniciador de la revolución, que hasta en los monasterios de monjas tuvo eco la política. He aquí la carta que le dirigió la Abadesa de la comunidad de La Concepción, la Madre Francisca de Santa Rosa, no obstante ser co­nocidas las opiniones religiosas del Presidente:  

Excelentísimo señor: Esta humilde comunidad de Nuestra Señora de La Concepción no se cansará de felicitar a Vuestra Excelencia, siempre que lo halle al frente del Gobierno, y mucho más en este día., que lo considera con el lleno de todas las facultades, para defensa de la Patria y consuelo de todas las almas consagradas a Dios, que no cesarán jamás de dirigir a Dios sus oraciones, como hasta aquí lo hemos practicado, y no dudamos que la Divina Majestad dé a Vuestra Excelencia todos los auxilios necesarios para el acierto y feliz gobierno de la Provincia de Cundinamarca.  

El día 6 de diciembre de 1815, según refiere José María Caballero en el curioso diario que hace parte del libro La Patria Boba, “se salió una monja profesa de La Concepción, sobrina del doctor Matallana, pero inmediatamente la toparon y la volvieron al convento. Salió antes de las dos de la tarde y se entró en una casa, y la entraron al convento a las siete de la noche.”  

En 1858 las monjas vendieron al señor Juan Manuel Arrubla el extenso huerto situado hacia el occidente del monasterio. Se abrió la calle que desde entonces se llamó comúnmente de la Ropa (hoy carrera 10ª, entre las calles 10 y 11), como consta en la inscripción que puso el entonces Alcalde de Bogotá:    

ABIERTA EL 3 DE ABRIL DE 1858. SIENDO ALCALDE DE BOGOTÁ  
EL GENERAL R. ESPINA.  

El señor Arrubla edificó en el huerto, con la protección de la Administración Mosquera, los pabellones de la Plaza central de Mercado. Extinguidas las comunidades religiosas por la misma Administración, fueron expulsadas de los edificios que ocupaban en la ciudad. El Arzobispo Herrán recibió la siguiente carta en que refiere la Abadesa curiosas escenas, y que transcribimos por ser documento desconocido:  

Bogotá, febrero 23 de 1863.  

 

Ilustrísimo señor Arzobispo don Antonio Herrán.  

Mi pensado y respetado Padre:  

Las penas que hemos tenido que sufrir en estos días de tribulación me habían impedido de darle cuenta a usted de lo que ha ocurrido con mis indefensas hijas; el viernes 6 del corriente fue rodeado nuestro convento por los soldados a las tres de la tarde, e inmediatamente que se abrió la portería entró al locutorio el señor Zenón Padilla y nos impuso de la orden que tenía del Gobernador, en que decía que dentro de una hora saliéramos de la clausura sin permitir que sacáramos otra cosa sino sólo la ropa de uso, pero añadió que sin embargo él sí permitía que sacáramos lo que pudiéramos; y desde aquel momento se comenzó a sacar lo más preciso hasta las doce y media de la noche, en que dijeron que no dejaban ya sacar nada hasta el otro día; entonces se retiraron las personas amigas que nos ayudaban, quedando en el locutorio algunas señoras de las familias religiosas, y más de veinte soldados en los corredores de la portería afuera. A las ocho de la noche nos llamaron para decirnos que tenían orden de hacernos salir a las diez de la noche, y que bajo este supuesto saliéramos voluntariamente; a lo que se respondió que nos era prohibido el hacerlo por tener voto de clausura y no sernos licito quebrantar un juramento prometido al mismo Dios, y así podían hacer lo que quisieran sin esperar jamás que nosotras saliéramos por nuestra voluntad, Al otro día pusieron varias personas a persuadirnos esto mismo, pero siempre hallaron la misma repulsa hasta las seis de la noche del sábado, en que viendo la resistencia, se resolvieron a romper las puertas; entonces se tocó a comunidad y nos juntamos en el coro de en medio todas las religiosas y las sirvientas, donde estuvimos hasta que entraron al coro a acompañarnos los señores doctores Abondano y Ardila y nos exhortaron a conformarnos con la voluntad de Dios, y nos dijeron que ya estaban los soldados dentro de la clausura y teníamos que salir, pues ya no podíamos permanecer en el claustro; salimos a las ocho, nos acogió en su casa el señor Urbano Pradilla, y estuvimos allí hasta el martes a las cuatro de la mañana, que nos pasamos a la casa de las señoras Azuolas, frente a San Agustín. Dichas señoras han tenido la bondad de darnos su casa, y hasta hoy permanecimos en ella cumpliendo en cuanto se puede nuestras reglas y constituciones y esperando que el Señor levantara el azote de su justísima ira que está sobre nosotras. Estamos atribuladas pero conformes con las disposiciones del Altísimo, que quiere ostentar sobre nosotras su poder; suspiramos sí por volver al silencio de nuestros amados claustros, para tener el consuelo de vivir y morir en ellos, y no perdemos la esperanza de que nuestro Dios nos lo conceda.  

Reciba usted las expresiones de cariño filial de sus hijas afligidas, que diariamente pedimos a Dios por usted y le suplicamos nos dé su bendición episcopal y nos encomiende al Señor para que nos fortalezca con su santísima gracia.  

GUILLERMA. DE LA. DIVINA PASTORA,                                                                                       Abadesa.

 

En otra carta dirigida por la misma Abadesa al señor Herrán, en noviembre del mismo año, dice:          .................................................................................................................

A nosotras hasta hoy no nos han vuelto a molestar, pero sí estamos esperando que lo hagan.

 

En los últimos años, con indecible mal gusto, cambiaron el sagrario del altar mayor, que era dorado y armónico con la ornamentación de la iglesia, por una obra de madera sin mérito artístico ni histórico. Destruyeron los coros para ampliar el templo, y se llevaron a cabo otras reparaciones que no alcanzaron a borrar el carácter colonial del edificio, el cual está al cuidado de la comunidad de los Padres capuchinos. El convento fue rematado por fragmentos, en los cuales se han construido algunos edificios particulares de gusto moderno (18) .  

Anexo a la iglesia, en la calle 10, se ha construido recientemente un edificio que sirve de habitación a los Padres Capuchinos. Un amplio camarín que había en la carrera 9, fue destruido con acierto por los años de 1874.  

En 1601 se labró en piedra una inscripción, que existe en la acera oriental de la carrera 7ª. (1.ª Calle Real), entre las tiendas 3.ª y 4.ª, de la Catedral al norte, que dice:  

CAPELLANIA. DE Po GUIA Y DE  
ANT.° G. I A AN° 1601

 

Esta inscripción es la más antigua de las que en lugar público existen en Bogotá, y la puerta del almacén en que está colocada adquirió gran valor histórico desde el 20 de julio de 1810, por haber sido el sitio de la célebre reyerta de Morales y Llorente.  

El Presidente del Nuevo Reino, don Francisco de Sande, se había encargado del bastón de mando el 23 de agosto de 1597. Habla prestado distinguidos servicios como tercer Gobernador de las islas Filipinas. Era natural de Cáceres, en Extremadura; de carácter duro, agrio y dominante. Tuvo continuas diferencias con los golillas de la Audiencia y con el Arzobispo Lobo Guerrero. La rigidez de sus decisiones le enajenó los ánimos de la población, y la violencia de sus actos de gobierno le hicieron conocer con el apodo de El Doctor Sangre .

El Presidente tenía un hermano, Fray Martín de Sande, monje franciscano. Confiado en el apoyo del Presidente, su hermano ordenó con censuras eclesiásticas que las monjas de La Concepción de Bogotá, Tunja y Pamplona prestasen obediencia a su religión. Por visita del Arzobispo gobernaba la Diócesis, como Vicario General, el Licenciado Francisco de Porras Mejía, quien no se atrevió a contradecir las disposiciones del Provincial franciscano Martín de Sande. Las monjas de los conventos nombrados prestaron la obediencia requerida al Provincial de San Francisco, cargo que desempeñaba fray Martin de Sande. Al regreso del Arzobispo a Santafé se apresuró a dictar auto en abril de 1602, ordenando que las monjas de que se ha hecho mención salieran de la tutela del Padre Sande y de sus hermanos de religión, volviendo, de acuerdo con las leyes canónicas, a quedar bajo la dependencia del ordinario eclesiástico, a lo que no se opusieron los frailes franciscanos (19) .  

Los Oidores se quejaron a la Corte de la dureza y mal Gobierno del Jefe Civil del Nuevo Reino, y el Rey tuvo a bien enviar de Visitador al doctor Andrés Salierna de Mariaca, quien llegó a esta capital por el mes de agosto de 1602. Abierta la visita, dispuso Salierna de Mariaca que el Doctor Sangre quedase confinado en la Villa de Leiva, con el fin de que tuviesen libertad en la capital de presentar sus quejas las muchas personas que las tenían contra el Presidente.  

 

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(15) Quien desee más extensas apreciaciones artísticas sobre las ornamentaciones y pinturas que embellecen la Capilla de San José, puede consultar las que publicó el literato colombiano don Ismael Crespo en el vol. XX del Rerertorio Colombiano, págs. 99. y sig.—Bogotá.  (Regresar a 15)

(16) FRAY PEDR0 SIMÓN, Noticias Historiales, etc. Vol. III, pág. 275; OCÁRIZ, Genealogías del Nuevo Reino de Granada, pág. 171. (Regresar a 16)

(17) OCÁRIZ, lib. cit., pág. 69; SOLEDAD ACOSTA DE SAMPER, Biografías de hombres ilustres, pág. 420. Véase atrás pág. 78. (Regresar a 17)  

(18) El estudio referente al templo y monasterio de La Concepción lo publicamos en el número 1 de la Revista Nacional de Colombia, dirigida por don Rafael Villamizar R. (Regresar a 18)

(19)  ZAMORA, lib. cit., p4g. 346. (Regresar a 19)