Continuación del
capítulo 7.
|
|
|
Angulo noroeste de San Bartolomé
.
|
Estos Padres llegaron a Bogotá en 1604 e hicieron la fundación el 18 de octubre de 1605. En esta fecha se encargaron los jesuitas del Colegio Seminario de San Bartolomé, que en cumplimiento de reales cédulas había organizado el Arzobispo Lobo Guerrero para reemplazar al extinguido Seminario de San Luis. Muy poco tiempo estuvo a cargo de sacerdotes seculares, y luego lo rigieron los jesuitas hasta 1767. Este Seminario ocupó el local que es hoy el histórico Palacio de San Carlos
(10)
.
Quedó el nuevo Colegio al cuidado de los jesuitas, quienes emprendieron la edificación de la manzana de San Bartolomé y del templo de San Ignacio, después de San Carlos, siendo arquitecto el Padre Juan Bautista Coluccini, de quien trae Ocáriz la siguiente noticia:
El Padre Juan Bautista Coluchini, natural de la Señoría de Laos, fue uno de los cuatro Padres sacerdotes que pasaron de España el año de 1604 y fundaron el Colegio que esta religión tiene en la ciudad de Santafé. Era gran arquitecto y con inteligencia de Astrología. Dispuso la nueva fábrica de su iglesia y vivienda, aunque la planta se trajo de Roma; fue Vicerrector en él, y con mucha loa de su buena vida murió a 3 de noviembre de 1641.
El templo que levantó el Padre Coluccini se llamó de San Ignacio hasta el año de 1767, en que fueron expulsados los jesuitas de los dominios españoles, por disposición de Carlos III, como veremos después. Desde entonces se cambió el nombre del Santo por el del Rey, que más de un siglo conservó, sirviendo de viceparroquia de la Catedral, mientras se reconstruyo ésta, y luego desde 1840 hasta 1891
(11)
.
|
|
|
Fachada de la iglesia de San Ignacio.
|
Don Lázaro M. Girón dice lo siguiente, hablando de San Carlos y del extenso edificio que levantó la Compañía a principios del siglo XVII, fecundo en fundaciones religiosas en Bogotá:
SAN CARLOS Este hermoso templo, relativamente moderno, es hoy, como era antes, uno de los más concurridos de Bogotá; detalle que no puede pasarse inadvertido porque encierra una gran significación. Los Padres de la Compañía de Jesús lo fundaron y le dieron auge; pero aun en las épocas posteriores a las expulsiones de éstos, San Carlos hacia afluir a sí la gran concurrencia de todas las clases sociales, como un corazón de anfibio se contrae y dilata aun horas después de muerto el animal.
La distinción de este templo viene desde que la elevada oratoria, el buen gusto y la esclarecida ciencia de los hijos de Loyola, se sobrepusieron en esta capital a los pocos alcances de las demás órdenes religiosas. La tradición se ha conservado, y hoy suben a la sagrada tribuna del vasto edificio sabios oradores, entre los cuales se distingue el actual Cura párroco, honra de nuestro clero y de nuestras letras
(12)
. El culto es allí en donde más esplendor muestra; los adornos son los de más sencilla belleza y a la vez los más serios; el pavimento es el mejor cubierto; la sillería es la más decente; y son, por último, las fiestas en ese santuario, las de mayor resonancia y boato.
Ya lo ha dicho alguien: por la concha se conoce el molusco. Al mirar aquella robusta torre de ladrillo, y esa altísima cúpula, la más soberbia de Colombia, que levanta su roja mole apoyada sobre inquebrantables bases, encerrada en una espesa y fortísima construcción de piedra, dura y resistente como la verdadera ciencia, y obra, como ella, de largos años; especie de castillo amurallado, hosco, inaccesible y severo; al recorrer sus tres amplias naves, sus vastos departamentos y claustros llenos de luz y de grandeza, se admira el sabio poder de la Compañía de Jesús, y se siente veneración por el arquitecto italiano, Reverendo Padre Juan Bautista Coluccini, que supo construir casa tan apropiada a la sabiduría. Sapientia aedificavit sibi domum, es la inscripción que se lee sobre el ancho pórtico que da entrada a la parte de San Carlos en que están hoy la Biblioteca y el Museo Nacionales. Y después de observar aquella gran construcción, en que un notabilísimo artista ha hallado reminiscencias de la masa de piedra llamada El Escorial, la admiración aumenta si es posible internarse en la parte baja, allá en la oscuridad de sus sombríos sótanos, de sus misteriosas cuevas, de sus ficticias paredes, de sus intrincadas galerías.... Allá se verá reproducida la grandeza de arriba, como se ven sobre el cristal de un lago las montañas y selvas que lo rodean.
|
|
|
San Bartolomé - Costado Occidental
|
San Francisco es un templo notable por su simbolismo místico; San Diego y la Capilla del Sagrario son un museo; La Tercera es un frondoso jardín tallado en nogal; San Carlos es un esfuerzo y una creación de la vasta tienda de los Padres jesuitas.
Reina generalmente en las tres naves de la iglesia el estilo dórico, y está ornamentada en la bóveda y sobre los arcos con salientes relieves que representan arabescos, festones, vides y aquellas cabezas aladas de querubines coya invención fue obra del inmortal Rafael. El coro, que se apoya sobre un atrevido arco elíptico, y las dos largas tribunas que reposando sobre las cornisas de las columnas circundan la nave central, llevan en su parte inferior lujosísimo artesonado que forman piezas de diversos colores y de hermoso estilo morisco, que llenan las más exigentes condiciones de la estética, es decir, por medio de bien combinados enlaces de figuras geométricas, la claridad y la sencillez mezcladas con la riqueza, sin nada de monotonía ni de desorden. En las cuatro pechinas de la gran cúpula están pintados por Vásquez, de enormes dimensiones, los Evangelistas. El altar mayor, reluciente de oro, es una bella obra esculpida, pintada, dorada y cubierta de órdenes diversos de arquitectura, de columnas, imágenes y ornamentaciones varias. Y a los demás retablos de San Carlos se puede aplicar, como a los de todas nuestras iglesias de origen español, lo que escribe Gautier a propósito de una de las capillas de la Catedral de Burgos, en que, dice él, se ve el mal gusto más rico, más adorable y más encantador.... Todo lo forman columnas retorcidas envueltas por cepas de viñas, volutas enrolladas hasta lo infinito, gorgueras do querubines con alas a modo de corbata, hervores de nubes, perfumadores con la llama dada al viento, rayos abiertos en abanico, achicorias florecientes y frondosas, todo esto dorado y pintado de colores naturales, por pinceles de miniatura.... No es ya la fineza gótica ni el gusto encantador del Renacimiento; la riqueza ha sido sustituida a la pureza de líneas; pero aun así esto es muy bello, como toda cosa excesiva y completa en su género.
El altar dedicado a Nuestra Señora del Loreto, especialmente, es magnífica obra de talla en madera. Sus columnas corintias, que están ahuecadas, las forman bellos calados en forma de ramasones, de figuras de ángeles y de ornamentaciones varias; y en ellas hay, relativamente, trabajos que se acercan mucho en delicadeza a las obras que con tanto primor cincela la laboriosidad de los chinos. San Carlos, como la mayor parte de los templos de origen español, tiene en su conjunto mucho de esa arquitectura bastarda, de ese mixto resulta lo de las conquistas; cuando España se hizo dueña de la América y quiso construir en ella, no hizo sino mezclas del Renacimiento francés e italiano, y del estilo morisco, porque entonces ella no tenía ni el arte cristiano ni el arte de los fieles de Mahoma: estaba en una de esas épocas de transición que son infecundas.
San Carlos contiene muchas obras de artistas extranjeros, entre ellas una virgen que pudiéramos llamar su principal joya; y se conservan en sus altares, y en la sacristía, que recibe luz de otra cúpula: La predicación de San Francisco Javier, obra magnífica de Vásquez, varios lienzos de los Figueroas, de don Antonio Acero, don Antonio García, don Luis García Hevia, etc.; entre los de la sacristía (que es como otro templo en que lucen elegantes puertas y lindas ornamentaciones) se hace notar en la pared oriental una buena pintura que representa a Santa María Egipcíaca, copia de Guido Reni, recostada sobre un peñón y con el rostro apoyado en una mano; tiene la cabellera suelta y los brazos desnudos; y le cubre la falda un manto rojizo, de amplios pliegues tocados al modo de Rivera. Si algo hubiera de criticársele a esta bella imagen, de pincel extranjero, sería únicamente lo sensual de sus carnes, de su bellísimo rostro, de sus torneados y robustos brazos, y en general de sus voluptuosas formas.
En lo tocante a escultura, se encuentran varias estatuas firmadas por Laboria, entre ellas la mejor quizás que ese hábil maestro produjo en los largos años de su residencia en el Nuevo Reino, es La muerte de San Francisco Javier: en ella revela el escultor no solamente erudición y talento, sino también gran genio artístico, pues fuera de los correctos detalles anatómicos, fuera de la exactitud con que están representadas las contorsiones del tétano, y de lo bien estudiado de la actitud y vestiduras, hay un profundo sentimiento en la expresión del moribundo rostro, cubierto ya por el tinte amarillo y las sombrías líneas de la muerte. Todo en esta imagen es correcto, y hasta los animales que rodean la caverna en donde expira el Santo, ayudan a dar carácter y colorido local a ese desierto pasaje.
Las estatuas de Laboria son verdaderamente excepciones en las iglesias de Bogotá, en donde es innumerable la cantidad de repugnantes efigies, contrahechas, coloreadas, vestidas con telas bordadas; y en que la tendencia española a lo excesivamente real ha ido hasta hacerlas ridículas. De esto puede formar clara idea quien observe los pasos que se exhiben en las procesiones de Semana Santa
(13)
.
Es digno de citarse el nombre del hermano italiano Luisinch, al hablar de la ornamentación de San Carlos, pues él trabajó con maestría en los altares y coros, púlpito y corredores; también creemos deber mencionar, muy especialmente, una de las bellísimas esculturas de Laboria, llamada El rapto de San Jgnacio, que se conserva cuidadosamente, como lo requiere su alto valor artístico, en una capilla lateral inmediata a la Sacristía, que es una de las mejores esculturas que posee Bogotá
(14)
.
|
|
|
Claustro de San Bartol
omé.
|
En la nave izquiérda, sobre la puerta del local que sirvió de bautisterio, se encuentra la siguiente inscripción:
EXALTAS ME DE PORTIS MORTIS P. S. Q.
Esta puerta da entrada a una capilla de pequeñas dimensiones, que está consagrada al culto de la Virgen de la Concepción. En el fondo hay un antiguo y bellísimo altar dorado, y en él se ha colocado una estatua que rompe el orden de la ornamentación general.
Una luz de penumbra entra por la parte superior, y una reja de hierro cierra la capilla.
Al presente tiene la iglesia de San Ignacio dos órganos; uno de ellos de excelentes condiciones artísticas. El pavimento del templo se construyó con baldosines y madera; el atrio se enlosó con piedra arenisca, y en la torre luce un reloj de gran precisión, construido en Medellín. El servicio de luz es eléctrico.
Regresa al índice Continuar con el capítulo
(10) L. RUBIO MARROQUIN, Boletín de Historia, VII, 47. ZAMORA, lib. cit., págs. 348, 349.
J. J. BORDA. Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva Granada, I.
RAFAEL PÉREZ, S.J. La Compañía de Jesús en Colombia y Centro América, I. (Regresar a 10)
(11) En 1891 devolvió el Ilustrísimo señor Velasco el templo a la Compañía de Jesús, y dispuso que se llamase de San Ignacio.
(Regresar a 11)
(12) Esto se escribió en 1889. siendo Cura el doctor R. M. Carrasquilla. (Regresar a 12)
(13) Omitió el artista L. M. Girón anotar en esta bella descripción del templo, que en 1840, cuando por disposición del Ilustrísimo Arzobispo Mosquera, se arregló la iglesia para que sirviera de viceparroquia de la Catedral, se colocó yuxtapuesto delante del altar mayor el que era de la sacristía (hoy capilla de San José), el cual corta irregularmente las columnas y nichos del principal, verdadero error artístico. (Regresar a 13)
(14) La iglesia de San Carlos sufrió con el terremoto de 1785; estando cerrada desde la expulsión de los jesuitas, nadie pensó en su reparación. En los primeros años del siglo XIX los Canónigos, de acuerdo con el Virrey pensaron en hacerla viceparroquial, por estar amenazando ruina la Catedral, a lo cual se opuso el Arzobispo Portillo, fundándose en que San Carlos también la amenazaba, y muy especialmente su magnífica cúpula; quisieron entonces los Canónigos que se descargara, a lo que también, y por fortuna, se opuso el Arzobispo. Hecho el reconocimiento de la cúpula por el ingeniero don Bernardo Anillo, resolvió, fundado en la ciencia, que bastaba ceñirla con una cadena de hierro para darle solidez, lo que se hizo bajo su dirección. (Regresar a 14)
|