Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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CAPITULO VII

 

Nuevo Gobierno—El Presidente Antonio González—Tierras realengas y origen de la propiedad raíz—Muerte del último conquistador—Traslación de los restos de Quesada—Cómo se ejecutaban las reos—Honda—Renuncia de González—La parroquia de San Victorino—Area de la Plaza de Nariño—El Presidente Francisco de Sande—La Compañía de Jesús se establece en Bogotá—Llega el Arzobispo Lobo Guerrero—Funda el Colegio de San Bartolomé—El arquitecto Juan B. Coluccini—Templo de San Carlos. El hermano Luisinch—Progresos de la ciudad—Fundación del monasterio de la Concepción—Recuerdo de una capellanía—El Presidente Sande—Lo que de él cuenta la crónica—El Visitador Salierna de Mariaca—Mueren éste y el Presidente Sande—La Audiencia—El puente de San Agustín y las crónicas que recuerda—Muerte de Felipe II—Le sucede Felipe III.

 

TOCÓ a los Licenciados Bartolomé Ferraes y Diego Rojo, gobernar como Oidores del Nuevo Reino hasta que llegó el Presidente don Juan Antonio González. Este personaje había sido Oidor de la Cancillería de Granada en España, y a mediados del año de 1568 el Rey lo nombró Presidente de Guatemala, cargo que ejerció desde 1570, por espacio de tres años (1) .  

Se supo en Santafé que la privanza del famoso Secretario don Antonio Pérez en la Corte de Felipe II había elevado a la Presidencia del Reino a don Antonio González, quien trajo cédulas que le conferían especiales autorizaciones de Gobierno. El nuevo mandatario tomó posesión de su cargo el 30 de marzo de 1590, y desde aquel día gozó de la renta de 10,000 ducados por año (2) .  

Bajo este régimen se estableció la doctrina de que todo lo conquistado en América pertenecía al Rey, y se le dio el nombre de tierras realengas, y con esta denominación y la de encomiendas, González otorgó escrituras de venta, fundando así el origen de la propiedad raíz territorial entre nosotros (3) .

Gobernando González falleció Juan Montalvo, último de los españoles que entraron a Cundinamarca con Quesada, y con su anuencia y apoyo trasladó el Deán Lope Clavijo, de Mariquita a Santafé, los restos del célebre fundador de Bogotá.  

Vamos a dar noticia de un proceso célebre, aunque originado por un simple homicidio, para hacer constar las fórmulas judiciales que se usaban en la Colonia en las postrimerías del siglo XVI, es decir, cuando regía los destinos del Nuevo Reino el Presidente González.  

Un herrero, Juan Monroy, nacido en esta ciudad, mestizo, pues era hijo natural del conquistador Cristóbal Arias de Monroy y de una india, se había casado con una moza, también mestiza, de edad de trece años, llamada Juana, hija del sastre Diego Martín. Por celos, Monroy mató a su mujer alevosamente en el mes de octubre de 1592, dándole siete puñaladas. Esto sucedió en el cauce del río San Agustín, y el reo se refugió en el convento del mismo nombre. El Licenciado Egas de Guzmán, Oidor y Alcalde de Corte, hizo el levantamiento del cadáver el día 15 del citado mes, y tomó declaraciones que dejaron confirmado el hecho, que también confesó el delincuente el mismo día. Fue Fiscal en esta causa Gaspar Fernández de Sierra, y defensor Cristóbal Villegas.  

El texto de la sentencia dictada por la Audiencia dice así:  

En el pleito criminal que entre el Licenciado Gaspar Fernández de Sierra, Fiscal de esta Real Audiencia de Su Majestad, de la una parte, y Juan de Monroy, herrero, preso en la cárcel real de esta Corte, y Cristóbal de Villegas, su procurador y defensor, en su nombre, de la otra, sobre la muerte de Juana Martin, su mujer, que se le impone y de que es acusado;  

Hallamos atentos los autos y méritos de este proceso de pleito, que por la culpa que de él resulta contra el dicho Juan de Monroy, preso, le debemos condenar y condenamos a que de la cárcel y prisión en que está sea sacado y llevado por las calles públicas de esta ciudad en la forma acostumbrada, con voz de pregonero que manifieste su delito, y en una horca que será hecha en la plaza de esta ciudad sea ahorcado, de manera que muera así naturalmente, y por esta nuestra sentencia definitiva, ansi lo pronunciamos y mandamos con costas, lo cual se ejecute luego, sin embargo de suplicación.  

EL Doctor, Antonio González—El Licenciado, Egas de Guzmán —El Licenciado, Miguel de Ibarra.  

Al notificarle la sentencia al reo dijo que suplicaba de ella y pedía ser restituido a la iglesia y convento de San Agustín, de donde fue sacado por fuerza quebrantando las inmunidades de la Iglesia.  

Se ingirió en el asunto el Provisor don Gonzalo Mejía. y ordenó que pasasen los autos en traslado al Notario de la Curia, Presbítero Fernán Vásquez, quien los recibió el 17 de octubre. El Provisor Mejía, en vista de ellos, discernió censuras contra la Real Audiencia. El Presidente González y los Oidores apelaron a árbitros para que fallaran en justicia, y se les dio tal carácter a los Licenciados Diego Rozo del Carrascal, Oidor de la Audiencia, que no había intervenido en la causa, y a Hernando de Albornoz, Oidor de la Audiencia de Charcas, que se hallaba de paso en Santafé. Ellos arreglaron el asunto, y en cumplimiento de auto del Provisor Mejía, el Maestrescuela de la Catedral, Francisco de Porras, absolvió al Presidente González y a los Oidores.  

El 19 de octubre sentó diligencia Pedro Jiménez de Bohórquez ante el escribano de Cámara Francisco Acuña Villareal, de la ejecución del reo, de la cual copiamos lo que sigue:

Fue sacado el dicho Monroy caballero en una bestia de albarda, por Gaspar de Valencia, pregonero y verdugo, fue traído el dicho delincuente por las calles públicas, con voz del dicho pregonero que manifestaba su delito; fue traído a la plaza pública de esta ciudad, donde estaban puestos tres palos, donde el dicho Monroy fue ahorcado por el dicho verdugo, y murió naturalmente en ejecución de la dicha sentencia y mandamiento de que yo el escribano de Cámara doy fe que murió en la dicha horca naturalmente, a la cual dicha muerte se hallaron el Padre Victoria, Teatino, y el Padre Garzón, Cura de esta santa iglesia, y dos frailes agustinos y otros sacerdotes que le ayudaron a bien morir.  

La justicia fue tan rápida que en cinco días se cometió el delito, se perfeccionó el sumario, se arreglaron las diferencias entre los poderes civil y eclesiástico, se dictó sentencia, se notificó legalmente, se levantó la horca y se ahorcó al reo (4) .  

Por la importancia que tuvo, y aún tiene la ciudad de Honda, como puerto fluvial del caudaloso Magdalena, recordamos que fue el Presidente González quien hizo la erección de dicho puerto y erigió en villa el caserío de Honda.  

Habiendo reunido cuantiosas economías, que los santafereños hicieron ascender a $200,000, renunció el Presidente González su cargo después de haber gobernado la Colonia con acierto el largo espacio de siete años. La Corte lo ascendió a Fiscal del Consejo de Indias. Murió en Valladolid en 1601.  

Durante el Gobierno de González ocuparon las sillas de la Audiencia Miguel de Ibarra, Luis Tello, Gómez de Mena y Luis Enríquez, y el Fiscal Aller de Villagómez.  

En aquella época se erigió la parroquia de San Victorino, cuarta de la ciudad. En 1568 cedió Francisco Hernán Sánchez sitio para que se construyera esa iglesia, y cuando se erigió en parroquia, sus herederos regalaron el área de la plaza de este nombre, hoy de Nariño, en cuyo costado norte existió el templo hasta 1827, año en que fue arruinado por repetidos temblores.         

Fue votada la fiesta de San Victorino por abogado contra los hielos que suelen hacer daño a los panes recién sembrados; y un vecino llamado Francisco de Hernán Sánchez dio el sitio en que se le edificó iglesia de paja, la cual se fundó en parroquia al principio de septiembre de 1598, por los señores Deán y Cabildo Sede vacante, cuyo distrito se sacó del que tenía la parroquia de Las Nieves, dividido por la calle que baja desde el puente de San Francisco arrimada al convento, el río abajo hasta el campo. Y habiendo venido por marzo del año siguiente de 1599 el señor Arzobispo don Bartolomé Lobo Guerrero, añadió a esta parroquia de San Victorino un pedazo de feligresado, sacado del que tenía la iglesia mayor, que se divide por la calle que está una cuadra más abajo del convento de la Concepción (5) , y corre Norte Sur desde el río de San Francisco hasta encontrarse con el distrito de Santa Bárbara.  

Después de lo dicho, de 1622, el señor Arzobispo don Fernando Arias de Ugarte añadió a esta parroquia otro pedazo de feligresado sacado del que tenía el de Las Nieves, dividiéndolo desde la iglesia de La Veracruz la calle abajo pegada al convento de San Francisco, hasta el campo, teniendo consideración a que la población de Nuestra Señora de Las Nieves estaba muy acrecentada, pues llegaba hasta el convento de San Diego; y con todo este acrecentamiento no pudo esta parroquia, ni las demás, sustentar lámpara, y así estuvieron muchos años sin sagrario, y sus Curas acudían al de la iglesia mayor, que como madre sustentó a los enfermos de todas las parroquias.  

La plaza de San Victorino la dieron los herederos de Francisco de Hernán Sánchez, después que se fundó su iglesia en parroquia, cuyo primer Cura fue el Licenciado Antonio Fernández, y lo sirvió hasta 11 de marzo de 1601, que murió; sucedióle en el dicho curato Gaspar Nuñez, que lo ha servido con mucha curiosidad y vigilancia, acrecentando aquella iglesia de ornamentos y muchas limosnas, que le ha hecho por ser hombre rico, y lo ha servido hasta hoy 28 de julio de 1630 años, que acabó de escribir esta relación Alonso Garzón de Tahuste, que ha sido Cura de esta santa iglesia Catedral cuarenta y cinco años, y lo firmó a los sesenta y uno de su edad. Alonso Garzón de Tahuste.  

Fiestas dotadas por esta ciudad de Santafé. Por el mes de abril del año de 1573 entró en esta ciudad el señor don fray Luis Zapata de Cárdenas, segundo Arzobispo de este Nuevo Reino de Granada, el cual trajo la insigne reliquia de la cabeza de Santa Isabel, hija del Rey de Hungría, que se la dio en Madrid la Reina doña Ana, última esposa del prudente Rey Filipo II.  

Y el mismo año la hizo votar por Patrona de esta ciudad y Arzobispado, colocando esta santa reliquia en esta santa iglesia Catedral, donde permanece, y desde entonces, que en ella no se había recibido el rezado que promulgó Pío y, de gloriosa memoria, se rezó de esta festividad con octava, y no se halla que antes de este voto se hubiese hecho otro alguno.

El segundo voto fue el de San Victorino., sacado por suerte y no por elección el año de 1579, estando presente el dicho señor Arzobispo, y el señor doctor don Lope Díez de Armendáriz, Presidente de este Nuevo Reino, con los señores Oidores de esta Real Audiencia y Cabildo eclesiástico y secular. Este voto se hizo contra los hielos, que son perjudiciales a los panes recién sembrados; y uno de los vecinos de esta ciudad, llamado Francisco de Hernán Sánchez, dio el sitio en que por entonces se le hizo una iglesia de paja, y después se hizo mayor de teja por haberse fundado parroquia en esta iglesia, y entonces le dieron la plaza que tienen los herederos del dicho Francisco de Hernán Sánchez.  

El año de 1587 hubo en este Reino peste de viruelas tan cruel, que consumió mucha gente, y entonces votaron por abogados, contra cualquier peste, a San Sebastián y San Roque, y aunque después hubo otras pestes de viruelas y sarampión, no murió en ellas tánta gente como en la primera, lo cual se atribuyó a estos Santos, y que por su intercesión no fueron tan perjudiciales las pestes últimas.

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En la misma Sede vacante juraron los Cabildos guardar la fiesta de la gloriosa virgen y mártir Santa Bárbara y de asistir a su iglesia con una procesión que sale de la Catedral. Renovaron el voto de tener la misma asistencia en la iglesia de Nuestra Señora de Las Nieves, y el de celebrar como fiestas de precepto las de San Sebastián y San Roque, abogados contra las pestes. Renovaron también el voto que los años antecedentes habían hecho de celebrar la fiesta de San Victorino, Obispo y mártir, a quien habían elegido por abogado contra los hielos, con una circunstancia milagrosa, y fue el caso: viendo esta ciudad que por los meses de julio y agosto, diciembre y enero se helaban las sementeras y hortalizas de sus contornos, determinaron los Cabildos elegir un abogado que nos defendiera de calamidad tan continuada. Juntáronse para el efecto en la iglesia Catedral y echaron en un vaso algunas cédulas con los nombres de algunos Santos: invocaron la gracia del Espíritu Santo, con su oración acostumbrarla; un niño entró la mano en el vaso y sacó una cédula en que estaba escrito San Victorino. Repararon que no era de los Santos que estaban en el Breviario. Volvieron al vaso la cédula, y todas revueltas volvió el niño a entrar la mano y sacó la misma cédula con el nombre de San Victorino. Volvieron a hacer la misma diligencia de revolver las cédulas, porque deseaban un Santo que se hubiera dado a conocer en el oficio divino. Salió tercera vez la misma cédula, y reconociendo que era voluntad de Dios que entre todos sus santos eligieran al glorioso Obispo y mártir San Victorino, lo eligieron por abogado, invocando su patrocinio contra los hielos. Ocurrieron a los martirologios y hallaron que en 5 de septiembre había padecido un cruelísimo martirio colgado de los pies sobre los humos de piedra azufre, en que ahogado consumió gloriosamente la vida. Desde aquel día, que fue el año de 1578, que juraron celebrar su fiesta, se empezó a labrar una iglesia en solar que ofreció Hernán Sánchez. Creciendo la ciudad advirtieron los sus Cabildos que para la administración de sacramentos era ya necesaria otra parroquia, y la erigió la Sede vacante, este año de 1598, con las donaciones de los fieles y especialmente con la que le hizo el licenciado don Cristóbal de Villa y Arellano, Deán de esta Catedral, que distribuyó en obras pías toda su hacienda, ha crecido mucho el tiempo en su fábrica y adornos. En él se venera un hueso de la garganta de San Victorino, preciosa reliquia que trajo de Roma el maestro don fray Francisco de la Trinidad y Arrieta, de nuestra religión, Obispo de Santa Marta, quien estando para consagrarse en Cartagena, supo de los religiosos de nuestro convento en que vivía, que en esta ciudad de Santafé había una iglesia dedicada a San Victorino, y para que en ella se venerara con toda reverencia, le donó la dicha reliquia, y la entregó al Padre Maestro fray Francisco de Vargas, que entonces era Provincial, para que la trajese, y su paternidad la entregó a Juan de Soto Maldonado, Mayordomo de dicha iglesia (6) . 

 

Refiere el cronista Zamora que con limosnas donadas por la piedad de los fieles y con generosas donaciones que hizo el Licenciado don Cristóbal de Villa y Arellano, se concluyó el templo de San Victorino, con copiosos adornos, en el frente norte de la hoy Plaza de Nariño (7) . Adelante veremos que este templo, destruido por el terremoto de 1827, dejó de prestar servicio como parroquia del barrio, y que en 1791 se consagró la iglesia de Capuchinos, que se erigió en parroquial cuando se destruyó el templo mencionado, en 1827.  

Al dejar el Gobierno, por renuncia, el Presidente González en 1597, se hizo cargo del bastón de mando el día 23 de agosto del mismo año, don Francisco de Sande, llamado El Emplazado, quinto Presidente del Nuevo Reino de Granada. Había desempeñado igual cargo en Guatemala, de donde salió el 6 de noviembre de 1596 (8) .  

Sande era caballero del hábito de Santiago, y se enajenó los ánimos de los colonos por su carácter irascible y tiránico, que le mereció el apodo de el Doctor Sangre. Un año después de encargado del Gobierno se vio en la necesidad de trasladarse a Cartagena para arreglar asuntos fiscales por haber muerto en aquella ciudad Oliva de Salazar, Tesorero del Rey, y terminadas sus labores de hacienda, regresó a la capital antes de finalizar el siglo XVI.  

Según el cronista Ocáriz, Sande había sido Gobernador de Filipinas, y era natural de Cáceres en Extremadura. Adelante estudiaremos otros sucesos acaecidos durante la Administración del Doctor Sangre.  

El 13 de septiembre de 1598 falleció en Madrid el sombrío monarca Felipe II. Esta nueva llegó a la atrasada capital de la Colonia ya corridos varios meses de 1599, y aquí se celebraron con gran pompa lo que llamaban lutos del Rey. Felipe III, que tenía veinte años de edad cuando murió su padre, y que era muy inferior a él y a su abuelo Carlos V, tomó las riendas del Gobierno de la monarquía española, pero dejó gobernar a su Escudero Francisco Sandoval y Rojas, a quien elevó al honorífico título de Duque de Lerma.  

El 28 de marzo de 1599 entró a Santafé el Arzobispo doctor don Bartolomé Lobo Guerrero, después de más de nueve años de que la Silla metropolitana estaba en Sede vacante. El señor Lobo Guerrero era natural de Ronda, había sido catedrático en la Universidad de Sevilla e Inquisidor de Méjico.    

 

El Arzobispo Lobo Guerrero.  

El Arzobispo llegó acompañado de los Padres jesuitas Alonso Medrano y Francisco de Figueroa, con el objeto de que fundasen una casa de la Orden de San Ignacio en la capital del Nuevo Reino. Ya en 1590 habían estado en Bogotá, en tiempos del Presidente Antonio González, los jesuitas Francisco Victoria y Antonio Linero, y un arquitecto, y del Perú había llegado el Padre Antonio Martínez, pero habiendo éstos últimos encontrado dificulta­des para hacer fundación de casa de su orden, se habían ausentado de la ciudad. El Padre Alonso de Medrano hizo viaje a España a solicitar permisos para la dicha fundación; sus gestiones tuvieron buen éxito, pero él no volvió al Nuevo Reino. Felipe III concedió licencia en Valladolid el 30 de diciembre de 1602, y en virtud de ella se fundó el Colegio Máxi­mo de jesuitas de San Bartolomé. El General de la Compañía confió la coronación de esta empresa al Padre Martín de Funes, y con él vinieron de Europa los Padres Bernabé de Rojas, natural de Granada; José Dadey, nacido en Saboya, y Juan Bautista Coluccini, nacido en Luca de Italia (9) .    

 

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(1)   JOSÉ MILLA, Historia de la América Central. Vol. II, cap. VIII, edición de Guatemala—1882. (Regresar a 1)

(2)  OCÁRIZ, lib. cit., 89. (Regresar a 2)

(3)VERGARA y GAITÁN, lib. cit., 66. (Regresar a 3)

(4) Debemos estas noticias al doctor E. Posada, quien publicó la mayor parte de este proceso en la pág. 290 y sig. del vol. V del Boletín de Historia. (Regresar a 4)   

(5) Hoy debe entenderse que la calle dicha es al occidente de la Plaza central de Mercado, carrera 12ª. (Regresar a 5)  

(6) Artículo Vejeces, número 32 del Papel Periódico Ilustrado.  (Regresar a 6)

(7) ZAMORA, lib. Cit., pág. 342.  (Regresar a 7)

(8)JOSÉ MILLA, lib. cit. 208. (Regresar a 8)

(9) El apellido Coluchini lo escribe de esta manera el cronista Ocáriz (pág. 168); Colichini escribe el mismo. pág. 169; de igual manera lo trae Zamora, pág. 345; Colinucci escribe el autor del Recuerdo de las bodas de plata del Colegio Nacional de San Bartolomé, Bogotá 1910, pág. 6. Un historiador de la Compañía, J. J. Borda, trae Coluccini, y anota que otros escriben C»linucci. Vol. I, pág. 12. En esta anarquía, optamos por la forma Coluccini. (Regresar a 9)