Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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CAPITULO XXV

 

El Virrey don Manuel Antonio Flórez—Primeras medidas de su Gobierno. Segregación de Provincias venezolanas—El Arzobispo Alvarado y Castillo—Es promovido—Su muerte—Inscripción de su retrato—Organización de los reales hospicios—Meritoria labor de Moreno y Escandón—El Padre Pamplona—Sus similitudes con el Virrey Solís—Fundación del Hospicio de capuchinos—Llegada del Visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres—Facultades omnímodas del Visitador sobre asuntos de Hacienda. Nueva guerra de España y Francia contra Inglaterra—Parte el Virrey Flórez para Cartagena—Delega facultades administrativas—Medidas sobre Hacienda del Visitador Gutiérrez de Piñeres—Eliminación de pequeños poblados—Causas de descontento general—El nuevo Arzobispo Caballero y Góngora—Alborotos de los Colegios de San Bartolomé y el Rosario. Nacimiento de una Infanta española—Venta de una esclava—Sillas para el Viático—Coronación de San José—Se ausenta Moreno y Escandón—Su muerte y sus retratos - Consideraciones del por qué cerramos aquí el primer volumen.

 

DESDE el 10 de febrero de 1776 ocupó el sillón de los Virreyes del nuevo Reino don Manuel Antonio Flórez, Teniente General de la Real Armada, Comendador de la Orden de Santiago y gentil hombre de cámara. Recibió el bastón de manos de Guirior en Cartagena.  

El nuevo Virrey hizo el viaje para la capital en las malas embarcaciones que surcaban en esa época el Magdalena, y luego subió por el Opón, con el objeto de llegar a Vélez por la agria y áspera ruta que siguieron los compañeros de Quesada en el siglo XVI.

Organizó el señor Flórez la Hacienda, apenas llegado a la capital; atendió al progreso de la agricultura; arregló las milicias y las fortificaciones de Cartagena, y propendió al mejoramiento de las vías públicas. Convencido el Virrey de que era más que difícil, imposible, gobernar con acierto lejanas Provincias, tales como Guayana, Cumaná y Maracaibo, que ya pertenecían, en lo referente a Hacienda, a la Capitanía General de Caracas, informó a la Corte de España que debían agregarse en lo administrativo a dicha Capitanía, a lo cual accedió Carlos ni por Cédula de 1777, quedando así las dos entidades mejor divididas para su régimen gubernativo (1)

El mismo año en que fueron segregadas las Provincias de Venezuela, resolvió el Arzobispo Alvarado y Castillo, que ocupaba la Silla desde el 2 de junio de 1776, aceptar el Obispado de Ciudad Rodrigo, en España, de lo cual dio aviso al Cabildo en el mes de noviembre del año siguiente, con el fin de que se designara al Vicario General, honor que recayó en don Gregorio Díaz Quijano, e inmediatamente salió de la capital. Falleció el Prelado poco tiempo después de haber llegado a Ciudad Rodrigo, y entre sus papeles se hallaron los documentos del Concilio Provincial, los cuales fueron enviados por el Consejo de Indias al archivo de la Curia Metropolitana de esta ciudad (2) .  

Se lee al pie del retrato del señor Alvarado, perteneciente a la galería de la Basílica Primada, la siguiente inscripción:  

El ilustrísimo S.r D. D. Agustin de Alvarado, y Castillo, Oriundo de Lugar de Colindres montañas de Santander. Colegl. mayor en el Colegio del Arzobispo de la Universidad de Salamanca en 1748. Rector en dicho Colegio en 1750. Abad mitrado en la insigne Yglesia Coleg. de Olivares reyno de Sevilla con jurisdicción Omnimoda episcopal en 1754, Obispo de Cartagena de Yndias y Teniente de Vicario general de los reales ejercitos en 1772. Arzobispo de Santafe, nuevo Reino de Granada en 1775 y Presidente del Concilio Provincial. De aqui paso a Arzobispo, Obispo de Ciudad Rodrigo en España donde murio.  

Vimos ya en la página 154 que el Presidente Saavedra y Guzmán había obtenido cédulas en 1639—43 para fundar un hospicio en esta ciudad, al que se dio el nombre de La Concepción, y fue trasladado en 1647 a las inmediaciones de la iglesia de San Victorino, a la calle que desde entonces se llamó del Hospicio, luego de los Curas, hoy carrera 12, número 175.  

Cuando estuvo reunido el Concilio Provincial que presidió el Arzobispo Alvarado, el fraile agustino Juan Bautista González, a la sazón Visitador de su Orden en Santafé, propuso a dicha Asamblea cederle la casa conocida con el nombre de San Miguel en cambio de una pequeña indemnización. El Gobierno civil intervino en el asunto y aprobó la oferta en nombre del Rey, y dio a la Orden de agustinos cuatro mil pesos por el amplio local, hoy Escuela Militar, lo cual hace pensar en el exiguo valor de la propiedad raíz en esos tiempos.  

El edificio fue destinado a hospicio de hombres, y veremos más tarde cómo de hospicio pasó a ser cuartel y Escuela Militar. El de mujeres estaba en el antiguo noviciado de jesuitas.  

Asesorado el Virrey Flórez por el Fiscal Moreno y Escandón y con la anuencia del Arzobispo Alvarado y Castillo, resolvió organizar seriamente el Real Hospicio, de acuerdo con Cédula de 20 de agosto de 1774. La primera medida que tomó el Gobierno fue prohibir por medio de bando la mendicidad, y disponer que las personas caritativas, lo mismo que las comunidades religiosas, enviasen las sumas que destinaban para la caridad, al Hospicio Real.  

El Virrey Flórez destinó para hospicio de ambos sexos, en 1777, el antiguo noviciado de los jesuitas, situado en la calle ancha de Las Nieves, que ya vimos que se construyó con dineros del historiador Lucas Fernández Piedrahita, de B. de Rojas y del jesuita Verganzo y Gamboa. En la iglesia que se ha llamado del Hospicio se grabó sobre la única puerta esta inscripción:  

1757 

El Fiscal Moreno tomó grande interés en la buena organización de esta casa de beneficencia, y formó los estatutos con que debía gobernarse, los cuales fueron aprobados por real Cédula en 1777.  

Este Ministro, cuyo nombre se inmortalizará, levantado siempre en alto sobre las manos de aquella porción de infelices que encuentran tan caritativos asilos, proyectó la erección de esta casa de piedad (3) .  

Años más tarde el Virrey Ezpeleta hizo construir el ala occidental del edificio, y dotó la casa con $7,000 de renta anual (4) .  

Desde 1776 habla llegado a Santafé un fraile de la Orden de capuchinos, nacido de noble cuna, y que habla tenido en el mundo los títulos de Coronel de Infantería, Marqués de Casa—González y Conde del Asalto, y que al recibir la cogulla de la Orden aceptó el humilde nombre de Padre Pamplona. En su vida mundanal habla sido libertino, y buscó, a semejanza de Solís, la tranquilidad de la vida monástica. Los dos frailes habían sido “guardias de corps de la noche, caballeros de la luna y las estrellas, que no tenían nada que ver con el rudo Febo,” aplicando en este caso la gráfica expresión del poeta ingles (5) . Ya de monjes pasaron horas silenciosas de la noche cubiertos con la cogulla en los coros de sus conventos.  

El Padre Pamplona obtuvo el apoyo del Arzobispo Alvarado y Castillo para fundar una casa de capuchinos en Santafé, apoyo que no fue solamente moral sino pecuniario, como lo demuestra el hecho de haber donado la cantidad de seis mil pesos. Por mediación del Virrey obtuvo el Padre Pamplona las licencias necesarias para fundar el hospicio de su orden en Bogotá. Su hermano de religión, fray Félix de Gayanes, fue el primer Presidente de la nueva casa, y Secretario, fray Domingo Bocairente. Estos dos últimos llegaron a Santafé en 1778 a preparar lo necesario para recibir la comunidad, a cuya cabeza venía el Conde del Asalto. Se les dio posesión de la casa y de la iglesia de San Felipe Neri, contiguas a la vieja Catedral, donde se alojaron diez y nueve capuchinos en octubre del año citado. Siendo inadecuado el local, buscaron, con licencia del Ayuntamiento, sitio cómodo para edificar templo y hospicio. Don Pedro Ugarte, Regidor, les hizo donación de unos solares y de casas de tapia y teja, ubicados entonces en el extremo occidental de la ciudad, en el barrio de San Victorino, formándose una nueva plaza, que recibió el poco gramatical nombre de La Capuchina. Allí principiaron a labrar un templo de exquisito gusto arquitectónico, y es de lamentarse que se ignore el nombre del precursor del célebre Padre Pérez, natural de Petrés, miembro asimismo de la Orden de capuchinos.  

Fue esta comunidad religiosa de frailes españoles la última que fundó casa en Bogotá en tiempo de la Colonia.  

Corría ya el año de 1778, y el Virrey Flórez se preparaba para llevar a cabo sus proyectos de mejoras, cuando recibió noticia de que la Corte improbaba las medidas que entonces se llamaban de comercio libre, y que para aumentar el Tesoro de la colonia, aumento indispensable para el sostenimiento de la guerra que le había declarado a Inglaterra la Monarquía española, había dispuesto el Soberano que pasasen al Nuevo Reino y a Quito sendos Visitadores que debían reformar la Real Hacienda. Vino a la Nueva Granada don Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres como Regente de la Audiencia de Santafé e Intendente del Ejército, y a Quito pasó José García de León, con carácter de Presidente de la Audiencia de aquel lugar (6) .  

Gutiérrez de Piñeres venía autorizado para dictar medidas sobre hacienda sin necesidad de obtener la aquiescencia del Virrey Flórez.  

Dos potencias europeas, Inglaterra y Francia, estaban en guerra por este tiempo. Carlos III quiso tomar el carácter de mediador, y no habiendo obtenido buen resultado en su propósito, abandonó en julio de 1779 dicho carácter y resolvió, unido a Francia, declarar también la guerra a Inglaterra (7) .  

Apenas recibió Flórez la orden de defender el Reino, bajó a Cartagena, y antes de partir expidió un decreto el 11 de agosto de 1779, por el cual delegaba a la Real Audiencia y al Visitador Regente Gutiérrez de Piñeres todas las facultades de administración y gobierno, reservándose únicamente las relativas al ramo de Guerra y al patronato real.  

El Regente Piñeres había abierto su visita desde el año anterior; estableció por administración la renta de tabaco y aguardiente, reorganizó las aduanas y creó una interior en la capital, donde se cobraban los derechos de Armada de barlovento y de alcabala, hasta entonces conocidas ambas con el último nombre, lo que desagradó a los pobres, creyendo que se les imponían nuevos pechos. En el cobro de estos un puestos fueron duros los Administradores y Asentistas. Aumenté el desagrado otro impuesto, que se llamó donativo voluntario, contribución que hacia pagar $ 2 a los blancos y $ 1 a los indígenas, producto que se destinaba a los gastos de la guerra. Todavía más, se estatuyó que los censos y capellanías que ganaban un 5 por 100 del Tesoro de la Corona, se redimieran y se impusieran otra vez en él únicamente con el 4 por 100. Estos tributos nos hacen recordar las curiosas teorías económicas en favor del Tesoro Real, expuestas por Alvarez de Abreu, y de las cuales ya hablamos en la página 282 de este libro.  

Coincidieron todos estos motivos de desagrado popular con el descontento que había producido la visita del Fiscal Moreno y Escandón en la clase indígena, que hacia suprimir los caseríos y aldeas de poca población, agregándolos a los de mayor consideración e importancia. La numerosa clase indígena se sintió entristecida cuando se vio forzada a vender su terruño a la Real Hacienda; tuvieron que abandonar los lugares donde hablan nacido, donde habían pasado los años de la infancia, donde estaban los sepulcros de sus mayores, para habitar en aldeas a las cuales no los ligaba ningún recuerdo, sintiéndose en ellas como en un lugar de confinamiento.  

A más del producto de las contribuciones, destinó el Visitador todas las rentas de la Nueva Granada a los gastos de la guerra, y a eso agregó los temporalidades de los jesuitas.  

El Arzobispo Caballero.  

   

El nuevo Arzobispo del Reino doctor Antonio Caballero y Góngora, llegó a la ciudad de Cartagena el 29 de junio de 1778, y trajo como familiar al doctor Ignacio Cavero, natural de Yucatán, en Méjico, quien siguió al Prelado hasta la capital (8) .

El señor Caballero llegó a la capital en febrero de 1779, y fue recibido desde Facatativá por delegados de todas las corporaciones respetables, las cuales estaban autorizadas para gastar $ 1,000 de la renta de diezmos en la pomposa recepción del nuevo Prelado, quien tomó posesión del Gobierno el día 25 de marzo del mismo año.

El Arzobispo era natural de Priego, en Andalucía, había sido Canónigo de Córdoba y Obispo de Chiapa y de Mérida de Yucatán (9) .

Ya había regresado el Virrey Flórez a la capital, después de su residencia en Cartagena, cuando ocurrieron en la ciudad varios sucesos de carácter social, que creemos oportuno mencionar para enriquecer las noticias sobre las costumbres coloniales.  

El Virrey había informado al Monarca en 1778 que habían ocurrido alborotos en los Colegios reales de San Bartolomé y el Rosario. Los estudiantes José Antonio Caicedo e Ildefonso Coronel, que cruzaban la beca blanca del Arzobispo Torres, fueron los jefes de la insurrección en dicho plantel. Acertadamente el Virrey Flórez había indicado a los Rectores de los Colegios que se debía corregir a los estudiantes insurrectos más bien con medidas que estimulasen su honor que con el bárbaro uso del látigo, que deprimía el carácter “y que infundía pensamientos viles y bajos más bien que de honor y recato.” El Rey, que en todo tomaba parte, aprobó las opiniones de Flórez (10) .  

 

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(1) J. M. RESTREPO, lib. cit., I. 12. J. F. BLANCO, lib. cit., I. 29. (Regresar a 1)

(2) Anales Religiosos, II, 149. GROOT, lib. cit., II. 180—181. (Regresar a 2)

(3)M. SOCORRO RODRIGUEZ, Papel Periódico de Santafé de Bogotá. J. MANUEL MARROQUÍN, Francisco Antonio Moreno y Escandón, Papel Periódico Ilustrado., IV, 269. (Regresar a 3)  

(4) Papel Periódico de Santafé, Citado, número 225.  (Regresar a 4)

(5)  SHAKESPEARE, Enrique IV. Escena I. (Regresar a 5)

(6) J. M. RESTREPO, I, 13. (Regresar a 6)

(7) MODESTO DE LA FUENTE, Historia General de España - Madrid, 1858. Vol. XX, 429. (Regresar a 7)

(8) M. E. CORRALES, Efemérides y Anales del Estado de Bolívar, III, 116. (Regresar a 8)

(9)GROOT, lib. cit., II, 186. Anales Religiosos, II, 149. (Regresar a 9)

(10) Los documentos originales se conservan en la Biblioteca Nacional. y fueron publicados en el Boletín de Historia, vol. I. 402 y sig. (Regresar a 10)