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Continuación del
capítulo 22.
En cuanto al Colegio de San Bartolomé, se trató de que la Rectoría recayese en hijo del mismo plantel que hubiese abjurado la doctrina de los jesuitas, y con cierta dependencia del Fiscal Moreno y Escandón, que había sido nombrado Regente de estudios, y quien exigía juramento a los que fuesen empleados del Colegio de no profesar ni enseñar pública ni privadamente la doctrina de los expulsados.
Intervino el Arzobispo Riva Mazo en junio de 1768, con el fin de aplacar los disturbios que se habían originado entre los colegiales, divididos en dos bandos, con perjuicio de los estudios y de la armonía fraternal. Así las cosas, ocurrió que el Claustro del Instituto de Torres presentó una lista de sus hijos al Gobierno, para que fuesen de entre ellos designados los altos empleados del Colegio de San Bartolomé; y es de notarse que los dos Colegios, que se habían hecho rivales en actos literarios, extendieron su disgusto hasta el seno de sus familias, trastornando las buenas relaciones sociales, pues llegó el caso de que hubiera encuentros desagradables a mano armada entre los individuos de las dos comunidades. El triunfo de los rosaristas por esta vez fue completo, pues estaban apoyados por el Gobierno de la Colonia, y éste por el Gabinete de Madrid, presidido por el Conde de Aranda.
Al Colegio de San Bartolomé se le dio oficialmente el título de real, y sus alumnos cambiaron el antiguo escudo por las armas del Rey, que hicieron bordar en sus becas.
En un libro que se acaba de publicar en esta ciudad, afirma el autor que el presbítero bogotano doctor Antonio Paniagua, nacido hacia 1734, fue nombrado Rector del Colegio de San Bartolomé en 1768 o 1769, pero no asegura que hubiera ejercido el cargo porque tuvo oposición del Gobierno civil, lo que ocasiono que se elevase queja a Carlos III en 1769
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Tenemos a la vista el cuadro biográfico de los Rectores del Colegio de San Bartolomé desde 1767 hasta 1831, y podemos desvanecer de una vez esta duda histórica, afirmando que el presbítero Paniagua no ejerció el cargo de Rector, el cual desempeñaron, a raíz de la expulsión, el bogotano don Agustín Cogollos y Marroquín, Canónigo de esta Catedral, luego otro santafereño, don Ignacio de Mena Felices, Cura de la Catedral, don Juan Félix de Villegas, de 1768 a 1770, y a éste le sucedió don José Antonio de Isabella
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Cerramos las noticias sobre la expulsión de los hijos de San Ignacio, recordando que las Cortes de España, Francia y Portugal obtuvieron del Papa Clemente XIV Breve de 21 de julio de 1773 por el cual extinguió la Compañía de Jesús. Uno de nuestros historiadores recuerda que el Papa se llamaba Lorenzo Ganganelli y que el Padre Lorenzo Ricci era General de la Compañía, y que con motivo de las turbulencias de esos tiempos el Papa exclamaba:
Ricci y yo estamos ardiendo en una misma parrilla
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Después de 1773 la Compañía no volvió a tener General hasta 1802, aunque desde 1778 la autorizó Pío VI para residir en Rusia, recibir novicios y entonces fue gobernada por Vicarios que tenían funciones de General. En 1802 volvió a ser General de la Compañía el Padre Gabriel Gruber, austriaco.
Tornando ahora al Gobierno del Virrey Messía de la Zerda y continuando las noticias que sobre el correo vimos en la página 41, diremos que en 1769 la renta de correos no había figurado hasta ese año en el sistema orgánico de la Hacienda Real, pues apenas el año anterior la incorporó el Rey al Fisco, y en el Nuevo Reino el Virrey Messía estableció las oficinas del caso y creó estafetas en los puntos principales del Virreinato.
El privilegio de correos había sido vendido por el último descendiente de Galíndez, don Fernando Medina, al Conde Duque de Olivares, quien a su turno lo cedió a Iñigo de Tarsis, Conde de Villa Medina. Continuó el ramo de correos como privilegio particular hasta 1768, época desde la cual ha sido
administrado oficialmente, ya en la Colonia, ya en la República
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Terminamos este capítulo con la inserción de una conseja que no por falsa deja de pintar la admirable candidez de la vida colonial. Fue tomada por el inocente santafereño que la suscribe, de expediente que se guarda en el archivo del Arzobispado:
En el mes de septiembre de 1674, siendo Provisor el señor doctor don Nicolás Javier de Barasorda y Larrazábal, a pedimento del Padre Diego de Moya, jesuita, Rector del Colegio de Las Nieves de esta capital, se actuó una información de diez testigos, por ante el Notario Solanilla, de la cual se deduce el siguiente suceso. En una de las casas del barrio de Las Nieves, contigua al Hospicio o Colegio Noviciado, que entonces era de los jesuitas, donde vivían Simón de Torres y María Páez Celi Zambrano, se habían sentido repetidas veces espantos, y entre otros, el de un penitente que entrando a una sala de la casa se azotaba delante de un crucifijo que allí había.
Observábanse también luces extraordinarias sobre la casa, y los que pasaban por la calle sentían por allí, muchas voces, que en el silencio de la noche a lo lejos se oía cantar el himno Pange lingua, como si llevasen a Nuestro Amo a algún enfermo, lo cual principalmente fue notorio en unos sujetos que se juntaban a jugar en una casa frontera a la de Torres, de manera que algunas veces sacaron la luz a las ventanas, quedando pasmados no encontrando en la calle ninguna cosa.
Por fin hacia los años de 1685 o 90, advirtieron los de la familia del Torres que el crucifijo y otras dos imágenes que tenía a los lados, sudaban copiosamente, repitiéndose por muchos días tan raro efecto, hasta que por el mes de diciembre de 1688, al parecer, que según depuso un testigo, fue año de un eclipse solar notable, sucedió que estando acostado Salvador de Torres, hijo de los arriba dichos, sintió como que le decían: Levánta, y sáca ese tesoro! El despertó, miró una grande luz en un ángulo de la sala, y lleno de osadía tomó un cortaplumas y levantando un ladrillo excavó la tierra. Halló luego unos papales blancos; los desplegó, y encontró el verdadero tesoro de amor: ¡una hostia incorrupta y entera!.
Asombrado de la novedad, sin tocarla, llamó a sus padres, hermanos y otros de la casa, los cuales convinieron en que se diese parte en el instante al Padre José Suárez, entonces Rector del Colegio que hoy se llama Hospicio. Vino el jesuita, y persuadiéndose que la hostia estaba consagrada, la puso en un piscis, guardándola en la iglesia del citado Hospicio. Allí permaneció todo el tiempo que pasó desde este suceso hasta el año de 1744, en que se actuó la información de donde se sacó este extracto. Los testigos fueron de la misma casa: 1.°, el Padre José Torres, de San Juan de Dios, hijo de los dichos Simón Torres y María Páez; 2.°, Bernardo Torres, su hermano; 3.°, Micaela Torres, nieta del Simón; 4.°, María Torres, hija del mismo; 5.°, Antonia Torres, hija Idem; 6.°, Juliana, Idem; 7.°, el doctor don Juan de Alea, Chantre; 8.°, el doctor don Lorenzo de AIea, presbítero; 9.°, don Pedro Andrés Calvo de la Riva, Maestro de Ceremonias; 10.°, Mateo Pesellín.
Del mismo expediente consta que el sello de la hostia era de curiosa estructura y que no se encontró en las Indias iglesia alguna que lo usase; que sobre esto indagó el Tribunal de Inquisición en aquel tiempo, en cuyo archivo ha de hallarse auténtica la cosa. También consta que el infame deicida (si se puede llamar así), fue un tal Mateo Vicencio, el que viendo las cosas en un estado muy critico, se marchó, sin saberse más de él. También consta que en los años de 73 y 74 los tres penúltimos testigos vieron la hostia y hallaron ser la misma y permanecer incorrupta.
El doctor don Francisco Valenzuela, hombre curioso y amigo de antigüedades, dijo al que escribe, que la casa de Simón Torres es la que está penúltima, en la cuadra que va de San Francisco al Hospicio, verbigracia:
También me dijo el señor Barasorda que sumió dicha hostia, entre los años de 74 y 80.
MANUEL DE CAMPOS
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(10)A. MESANZA, Nuestra Señora de Chiquinquirá y monografía histórica de esta villa. Bogotá, 1913, 259. (Regresar a 10)
(11) Constitucional de Cundinamarca, diciembre de 1821. número 11. 43. (Regresar a 11)
(12) J. J. BORDA, lib. cit., II, 107. JUAN P. RESTREPO. lib. cit.. 109. (Regresar a 12)
(13) RAFAÉL ANTUNEZ ACEVEDO, Memorias Históricas sobre la Legislación e Historia del Comercio de los españoles con sus colonias de las indias Occidentales, 112 y sig. DURÁN y DÍAZ, lib. cit., 19. PLAZA, lib. cit. 307. C. BENEDETTI. lib. cit., 961 (Regresar a 13)
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