Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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CAPITULO XXI

 

Concordato de 1753—El Arzobispo Arauz, su muerte, inscripción de su retrato—Nuevo Gobernador del Arzobispado—El templo de La Tercera. Sus protectores—Titulo de merced de la plaza de San Francisco—Estudio artístico del templo de los terceros—Opiniones de un extranjero sobre La Tercera—Portada y torre de la iglesia—El Virrey Messía de la Zerda—Medidas de Gobierno—Incendio del templo de Santo Domingo. La guerra de los siete años—Se desploma la cúpula de San Ignacio—Reglamentos de comercio—Primeros títulos de nobleza concedidos a colo­nos del Nuevo Reino—Dificultades para el tránsito de España a América. Los dos primeros Marqueses—Querellas del Marqués de San Jorge. Puentes de Sopó, Bosa y Puente Aranda—Inscripciones—Fábrica de pól­vora en el Aserrío—La futura quinta de Nariño—La sociedad del Virrey Zerda—El libro de Calvo de la Riva—Sor Maria de Santa Inés, taumaturga—Curiosísimos documentos—La Bula de Cruzada.

 

FUE preciso interrumpir el orden cronológico que en lo general preside este estudio histórico, para no romper los nexos que tuvieron los acontecimientos en que fue figura saliente el Virrey Solís.  

Vamos a relatar lo ocurrido con respecto a las relaciones de la Corte de Madrid con el Vaticano, que tuvieron su reflejo en el Virreinato del Nuevo Reino, y a mencionar el Gobierno eclesiástico del Arzobispo Don José Javier de Arauz, sucesor del señor Azúa.  

El concordato mencionado puso término satisfactorio a la cuestión patronato en el sentido que daba a esa palabra la legislación vigente en esos lejanos tiempos (1) .    

El señor Arauz era natural de Quito y fue Obispo de Santa Marta, adonde llegó el año de 1746 (2) .

En 1754 fue promovido al Arzobispado de Santafé el señor Arauz, y llegó el 1° de junio del mismo año. Veinte días después se posesiono de su cargo. Promovió la moralización del clero y regularizó el ejercicio de las funciones sacerdotales. Tres años después de ocupar la Silla ocurrió un incidente que, aunque es demasiado conocido, lo citamos aquí no obstante su puerilidad, por ser crónica de los tiempos coloniales. El día de Corpus de 1757 quiso el Arzobispo que la procesión pública, que se celebraba con gran pompa, pasase por la Calle de Florián, rompiendo el antiguo ceremonial. Al día siguiente apareció un pasquín atribuido al presbítero Basilio Vicente de Oviedo, uno de los descontentos, que decía:  

Del Arzobispo a porfías  
Hoy sale el sagrado pan  
Por la Calle de Florián  

A. visitar chicherías.  

La Catedral antigua debió a este Arzobispo el altar mayor, de talla dorada, que sirvió hasta 1805.

Día martes 29 de febrero de este año de 1764, por ser bisiesto, a las tres de la mañana murió el Ilustrísimo señor don José Javier de Arauz, Arzobispo de esta ciudad, que gobernó nueve años y ocho meses (3) .  

En el retrato que del señor Arauz se conserva en la Catedral, se lee la siguiente inscripción:    

El Yll.mo S.r D.r D. Joseph Xavier de Árauz colegial que fue en el Colegio mayor de san Luiz de la Ciu.d. de Quito. Cura doctrinero del pueblo de Yimbibi. Cura Rector de la Yg.a Catedral. Opositor a Prebendas. Racionero y Canónigo en la misma Ciu.d Comis.o de la Ynqui.on Examinador Regio, y Sinodal: Fue consultado para la Silla Episcopal de Guadalaxara en Nueva España, y la Paz, en el Perú. Finalmente, en el año de 1746 fue electo Obispo de St.a Marta, y despues promovido a la Silla Arzobispal de S.ta Fée en el año de 1753, y habiendo tomado posseción el dia 20 de Junio de 54 fallecio en 29 de Fe.ro de 1764 a los 65 de su edad.  

Quedó el Gobierno eclesiástico a cargo del doctor Gregorio Francisco de Campos, electo Obispo de La Paz. Servía el Deanato de esta Catedral y debía ser hombre de letras porque tenía diploma de miembro de número de la Real Academia Española de la Historia.  

Ya existía en Santafé en aquellos años la Orden tercera de penitencia, la cual celebraba sus funciones religiosas con incomodidad en el templo de San Francisco, cuando ingresó a ella como hermano el ilustre Virrey Solís, quien regaló a dicha Orden una casa, calle de por medio con la iglesia de La Veracruz. Doña Francisca Caicedo, de distinguida familia de Santafé, cedió la contigua, con extenso frente sobre la carrera principal de la ciudad, hoy 7.ª, la cual servia para ejercicios espirituales (4) , con el fin de que en el sitio donado se edificase un templo para el servicio de los terceros, el cual habían pensado levantar en el área de la entonces Plaza de San Francisco, hoy Parque de Santander, ampliando el Humilladero, a lo que se opuso el distinguido hijo de Mariquita D. Francisco Antonio Moreno y Escandón, Fiscal, Protector de indios (5) . El 25 de enero de 1760 se principió la obra del templo de La Tercera, y también contribuyeron para ella con dinero don Ignacio de Rojas Sandoval, santafereño acaudalado, de quien refiere la crónica que hallándose poco tiempo antes en mala situación de fortuna, trabajaba en las orillas del río Fucha, y que habiendo amarrado el cabestro de su cabalgadura a un arbusto, mientras se entregaba a sus quehaceres, el caballo arrancó la planta dejando a la vista un tesoro depositado allí por los primitivos moradores del país. Rojas de Sandoval quiso emplear la mejor parte del dinero encontrado en la construcción del templo arriba mencionado. También don Camilo Manrique cedió para lo mismo parte de un edificio y un solar.    

Veinte años se trabajó en el templo, que se bendijo el 25 de agosto de 1780, y anexo a él se levantó un edificio semejante a los conventos, destinado al servicio de los terceros y a casa de ejercicios espirituales de San Ignacio. Este último, que amenazaba ruina, fue demolido en 1890—1 para construir casas particulares. Unióse el nuevo templo al convento de franciscanos por medio de un arco de cal y canto, demolido sin objeto después de la desamortización de 1861, y desde entonces se llamó esa parte de la calle 16, Calle del Árco.  

Dirigió la ornamentación del templo el maestro tallador Pedro Caballero, artista distinguido. La obra de madera es de mucho mérito: los altares, confesionarios, púlpito, galerías, marcos de cuadros, son de talla en madera de nogal. El artista Caballero se arruino y se vio obligado a concluir la obra a su costa, y luego se ocupaba en hacer almudes y obras sin mérito artístico, por lo cual, criticado, contestó: “ más vale hacer almudes que tabernáculos” (6) .  

Sencillamente hermosos son los modelos que por doquiera nos presenta la naturaleza en todos sus reinos; y la copia fiel de ellos, cuando el artista tiene gusto delicado para escogerlos, es siempre obra inmortal. Pero sucede también que la fantasía y la inteligencia, tomando elementos heterogéneos y combinándolos con tino, dan vida a bellos monstruos en que, mezclando la piedra con la planta y el animal, y combinando las más raras formas y los más brillantes colores, se recrea la imaginación y vaga por mundos que casi nos atreveríamos a llamar nuevos, porque son creaciones originales del genio. Así vemos en la Edad Media los templos, los castillos, los lienzos y los viejos pergaminos invadidos por miles de seres extraños y expresivos que gesticulan, que ríen, que amenazan, que lloran, que andan o que se transforman luego en ramazones tan extravagantes como armoniosas.  

Ejemplo de esas libres y ricas concepciones es en Bogotá la ornamentación del templo de La Tercera, en la cual trabajó el maestro Caballero muchos años, pues no terminó la obra sino en 1780; y así como con ella ganó inmortal fama, sufrió pérdi­da pecuniaria, pues que habiendo calculado mal los gastos al hacer su contrato, se vio obligado, para cumplirlo, a concluir la obra a su costa (7) .  

El conjunto del templo es armónico y sombrío, aunque las paredes de la iglesia, pintadas de color blanco crudo, oscurecen demasiado las obras de talla. Una media tinta haría resaltar con vigor el relieve de las hermosísimas esculturas. En el altar mayor y en otros puntos de la iglesia se ven estatuas modernas coloreadas y otras vestidas con telas, que producen pésimo efecto artístico y que sería de desearse fueran trasladadas a otro templo donde reciban culto. Hacemos excepción de dos imágenes del Cristo, el primero de los cuales ornamenta y embellece la parte alta del tabernáculo principal, y el segundo luce bien en el camarín de la única capilla de la iglesia.        

Un buen Padre, Capellán de la iglesia, emprendió hace pocos años, con bárbaro entusiasmo, la tarea de hacer pintar de color las lujosas ornamentaciones en que el maestro Caballero agotó en fortuna y su inteligente paciencia, y en que dejó, con tan bella obra de arte, en Bogotá, como cristalizado su genio. Por fortuna el buen gusto impidió que continuase pintándose la madera tallada, quedando limitado el daño al artesonado de la iglesia, el cual se pintó de blanco y azul con pretexto de darle más luz (8) . El principal lujo de esta iglesia consiste en la desnudez en que exhibe, limpias y esbeltas, las bellas formas de sus elegantes y atrevidos relieves; rica filigrana, bordado hecho con verdadero primor de mano, tallado en la fina madera. Frondosas vegetaciones fantásticas, a manera de florecidas madreselvas, envuelven las elegantes columnas salomónicas y cuelgan sus exuberantes ramazones desde la base hasta los arquitrabes, los frisos y las cornisas de los altares. A veces alternan complicados arabescos con aquellos robustos festones, para producir adornos llenos de capricho, en que reina, sin embargo, artística simetría; los follajes, como las salvajes trepadoras de las selvas tropicales, suben cubriéndolo todo e imitando a esos viejos troncos en que se retuercen las plantas enredaderas bajo el vivificante influjo de la humedad, del calor y de la luz; luego se subdividen, se lanzan con esbelta soltura, rodean ligeramente los adornos arquitectónicos, y vuelven a unirse para terminar en la parte superior, formando la orla de los nichos y adornando con sus hojas, frutos y flores los finísimos capiteles. Las columnas de los dos grandes altares ya citados están cargadas de una abundante vegetación, que entreabre su espesa masa para dejar asomarse toscas mascarillas, imitando en el conjunto, con su inflada pesantez, aunque en pequeña escala, las pilastras multiformes de las pagodas indias. Algunos de los amplios capiteles del orden compuesto se parecen más al ancho abanico de las palmeras egipcias, que a las encrespadas hojas del clásico acanto griego. Pero las columnas de los demás altares se distinguen por su elegancia y ligereza. Faltéronle, tal vez, en aquellos tiempos al artista modelos variados de ornamentación, y por eso, seguramente, en ocasiones aparece pesado y algo monótono, con la frecuente repetición de los escudos, de las flores agrupadas y de las invariables palmas y ramas de fantasía. El tabernáculo principal y la capilla de la derecha, consagrada al Señor de la Humildad, sobresalen en aquel santuario como atrevidas obras, libre y originalmente concebidas, correctamente ejecutadas, y distintas de los otros modelos que los demás templos de Bogotá ofrecen. Caballero era artista de acalorada fantasía: su cabeza, en que hervían ideas de singular vuelo a que daba alas la devoción, vio en noches de lúcido insomnio nacer y crecer, por arte mágica, esa selva frondosa; su capricho la hizo extender graciosamente; soplos de inspiración movieron sus penachos y abrieron sus flores; el maestro se asió de su creación, le dio vida, y murió más tarde loco, como el inmortal Vásquez, dejando en oscuro nogal de color de sepia su visión fija para el deleite de las futuras generaciones (9) .  

Un viajero argentino que residió entre nosotros hace pocos años, se expresa así al hablar del templo de La Tercera:  

Está totalmente cubierta al interior de madera labrada. Se cree entrar a la Catedral de Burgos, donde el Berruguete ha prodigado los tesoros de su cincel maravilloso, filigranando el tosco palo y dándole la expresión y la vida del mármol y del bronce. Sólo una vez fui a allí, y salí indignado, jurando no volver. ¡Figuraos que han pintado de azul el admirable artesonado del techo! Un hombre con alma de artista ha pasado muchos años tallando esas maderas; el tiempo cariñoso ha venido a completar su obra, comunicándoles el tinte opaco y lustroso, el aspecto vetusto que las hace inimitables .... para que un cura arroje sobre ellas un tarro de añil diluido, encontrado en un rincón de la sacristía (10) .  

La portada de la iglesia de La Tercera, que se levanta sobre la carrera 7.ª y mira al Oriente, es de piedra de sillería de color amarillo y de sencilla y correcta arquitectura. La torre de la iglesia tiene primer cuerpo de piedra labrada, que pertenecía a la antigua construcción del edificio de la Orden tercera. En 1857 el arquitecto Carlos Schlecht, quien vino a nuestro país como ayudante en la obra de carpintería del notable Tomás Reed, levantó sobre dichas bases una torre de medianas dimensiones, cuyas faces están adornadas por arcos ojivales y largos nichos, estilo lleno de coquetería con fragmentaciones de líneas que es propio del renacimiento alemán, y que algunos han creído ser renacimiento inglés.  

Al año siguiente de la muerte del Reverendísimo Arzobispo señor Arauz, ocurrida como ya vimos en 1764, fue promovido al Arzobispado de Santafé don Manuel de Sosa Betancourt, quien murió en España sin saber siquiera que había alcanzado tan alto honor; el señor Groot no menciona este Prelado en su Historia Eclesiástica y civil. Fue electo para sucederle don Francisco Antonio de la Riva y Mazo, Vicario General de Salamanca, quien entró en Santafé el 25 de marzo de 1768 y murió el 8 de diciembre siguiente, de edad de cuarenta y ocho años (11) .  

En la galería de Prelados de la Metropolitana se lee lo siguiente, al pie del retrato de este Arzobispo:  

El Yllmo S.r D.r D.n Fran.co R¡va Mazo Canonigo Doctoral de la abadia de Coria fue electó Arzpo. de esta Santa Yglesia Metropolit.a en 3 de Agosto de 1765 a los 44 de su edad. El 31 de En.o de 68 tomó poseción a su nombre el D.r D.n Agust.n Cogollos Tesorero. El 25 de Marzo del mismo año entró en esta Ciud.d, y el 8 de Diciem.e murió. Fue enterr° en el Conv.° de la Candelaria. Se sacó esta copia pr el retrato q.e está en aquel Conv.o p.r Lucas Torrijos en Nov.e de 1830 a los 16 años de su edad.  

Atrás vimos que don Pedro Messía de la Zerda, Conde de la Vega de Armijo, Bailío del santo sepulcro, gran cruz de la Orden de San Juan, Teniente General de la Real Armada, había recibido de Solís el bastón de Virrey. Anotamos ahora que el sábado 22 de febrero de 1761 llegó a Bogotá el Embajador del señor Zerda  “con un vestido que dicen fue del señor don Fernando VI, que lo presentó al Duque Arcos, de quien lo hubo el Embajador como pariente suyo” (12) .

El lunes de pascua, 27 de marzo del mismo año, hizo el nuevo Virrey su entrada pública con el acostumbrado ceremonial.

Organizó las rentas de tabaco y aguardiente, que aumentaron las entradas del Erario de la Corona. Tres meses después de haber tomado posesión del Gobierno, hizo Messía publicar por bando los lutos de la Reina María, esposa de Carlos III, y a mediados del mes siguiente se le hicieron pomposas honras, que fueron muy concurridas debido a las simpatías que ya tenía el Virrey, por no haber querido que se le hiciesen fiestas públicas a su llegada, a costa de los vecinos.

En los trabajos de historia nacional, con excepción de los que han visto la luz en los últimos años, no se había dado noticia del incendio que destruyó el templo de Santo Domingo, templo que describimos en las páginas 30 y 137.

El 8 de diciembre de 1761, al amanecer, cuando se repicaban las campanas de la iglesia de San Francisco, las de la torre de Santo Domingo tocaban a fuego, porque un incendio devoraba los claustros y la iglesia, destruyendo parte del convento y el rico templo en su totalidad. “Trabajó mucho el mujeriego, pues en cuatro horas que duró el fuego, no dejaron santo ni altar que no sacaran y transportaran así a la Catedral, como a San Juan de Dios, San Francisco, Colegio del Rosario y otras casas particulares, de que se llenó, todo quebrado y ahumado” (13) .

El médico del Virrey Zerda (Mutis) también trae la relación de este incendio en su interesante diario, y dice:

Con el motivo de esta desgracia hube de hacer varias reflexiones, y entre ellas tuvo el primer lugar el mujeriego, cuyo piadoso corazón se les salía a estas infelices por boca y ojos. Hicieron causa propia la desgracia de esta iglesia, y acompañando con obras sus deseos, se dejaron ver como varoniles jornaleras. Toda el agua, que fue infinita, se debió al trabajo de las mujeres, a quienes, faltándoles vasijas para llevarla, arbitraron conducirla en sus sombreros. No cabe en ponderación la liberalidad y rasgo de las infelices chicheras con que franqueaban toda su hacienda y muebles, reducida a una porción de chicha que es toda la hacienda y tres o cuatro múcuras a que se reducen sus muebles más preciosos. Llegaba esta liberalidad a tales términos, que buscando un sujeto este bien con el dinero en la mano, le franquearon todo, sin permitir el trato de la venta, preciándose de tan cristiana y compasiva la que lo daba, como quien lo buscaba con su dinero (14) .  

A principios de julio de 1762 se publicó bando en las esquinas de la plaza principal, sobre que España principiaba nueva lucha con Inglaterra. Se refería el bando a lo que se ha llamado en la historia “guerra de los siete años,” nacida del pacto de familia, por el cual hicieron alianza común todas las ramas de la casa de Borbón, y obedeciendo a él, Carlos III declaró la guerra a Inglaterra en dicho año para apoyar a sus parientes que luchaban con la Gran Bretaña desde 1756. Al fin del año 1762 se firmó la paz entre Francia, Inglaterra, Portugal y España. Esta perdió en la contienda La Florida, el Fuerte de San Agustín y otras colonias. Por la guerra tuvo que abandonar el Virrey la capital el 16 de septiembre de aquel año, pues consideró necesaria su presencia en las costas del Atlántico, y residió en Cartagena.

A la capital volvió el 26 de julio de 1763, e hizo su entrada por la tarde; “y luego arres­tó preso al Cabildo secular en las casas de su Ayuntamiento, donde los tuvo media hora, por no haber ido hasta Usaquén a recibirlo, y con razón, porque no hizo demostración de obsequio alguno” (15) .  

 

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(1) H. FLÓREZ, lib. cit., I, 387. JUAN PABLO RESTREPO, La Iglesia y el Estado en Colombia, Londres, 1881, 28. (Regresar a 1)

(2)JOSÉ C. ALARCÓN, Compendio de Historia del Departamento del Magdalena, etc., 42.  (Regresar a 2)

(3)VARGAS JURADO, lib. cit., 68. JOSÉ MARÍA CABALLERÓ, lib. Cit., 91. (Regresar a 3)

(4)Los ejercicios espirituales fueron trasladados al local conocido con el nombre de El Dividivi en 1824, como veremos más tarde. (Regresar a 4)  

(5)El Fiscal exhibió entonces el siguiente curioso documento, para impedir que se ocupase el área de la plaza:

«El doctor Venero de Leiva, del Consejo de Su Majestad, Presidente y Gobernador de este Nuevo Reino de Granada y su Distrito. Por cuanto después que estoy en este dicho Nuevo Reino, y antes que a él viniese, esta ciudad y República tiene para su ennoblecimiento una plazuela enfrente del monasterio de San Francisco de esta dicha ciudad, conveniente cosa que haya en aquella parte, para ornato del dicho monasterio y de aquella parte de la ciudad, vecinos y moradores de aquella vecindad, la cual, si se quitase sería diminución, por ser entrada de la ciudad de Tunja, en la cual algunas veces suele haber mercado de naturales de aquella parte y otras, por lo cual conviene que la susodicha no se labre, antes se continúe la dicha plazuela y no haya edificios en ella, por el antiguo ennoblecimiento que es de dicha ciudad. Por ende, en nombre de Su Majestad, para agora y para siempre jamás, señalo para esta dicha ciudad y república, y ornato de ella, la dicha cuadra y plazuela, como hasta agora ha sido, y excepto lo que está edificado y lo que tienen por título los herederos de Juan Muñoz de Collantes, que viene cayendo hacia la parte del río; y como tal ornato y ennoblecimiento que esta república tiene, mando al Consejo, Justicia y Regidores de esta ciudad de Santafé, que no den ni señalen en la dicha plazuela ningún solar ni edificio, ni en la dicha cuadra ninguna posesión a ninguna persona; antes de tal plazuela tomen posesión, en voz y en nombre de esta República, vecinos y moradores de ella; y si los vecinos de aquella dicha plazuela o el monasterio de ella quisieren título de esta merced que hago a esta ciudad, se les dé porque de ello haya noticia agora y siempre, y no se pueda pretender ignorancia, por cuanto en la dicha cuadra nunca ha habido ni hay ningunos edificios, como dicho es, de que si fuere necesario darase por el Secretario de Su Majestad, infrascrito; y el dicho Consejo, Justicia y Regidores cumplan lo susodicho, so pena de dar quinientos pesos de oro para la Cámara de Su Majestad. Fecha en la ciudad de Santafé, a 26 de mayo de 1572. »  

«EL DOCTOR VENERO »

«Por mandato de Su Señoría, Francisco Velásquez. »
(Existía copia de este documento, tomada por el doctor Rafael E. Santander, en el archivo municipal, y se publicó en El Bogotano, en 1882). Véanse las páginas 37 y 38 de este libro). (Regresar a 5)

(6) GROOT, II, 67. (Regresar a 6)

(7) LÉZARO MARÍA GIRÓN, Estudio artístico del templo de La Tercera, escrito especialmente para este libro en 1891. (Regresar a 7)  

(8) Y no se diga que solamente entre nosotros se cometen semejantes disparates: el famoso púlpito gótico de la Catedral de Strasburgo, lleno de filigranas, fue dorado bárbaramente; y muchos de los muros cubiertos de arabescos, semejantes a encajes que dejaron los moros en Granada, Sevilla y Córdoba, están cubiertos por gruesas capas de cal. (Regresar a 8)

(9) LÁZARO M. GIRÓN, Estudio citado. (Regresar a 9)

(10) MIGUEL CANET, Notas de Viaje, 227. (Regresar a 10)

(11) Anales Religiosos de Colombia, II, 149. (Regresar a 11)

(12) VARGAS JURADO, lib. cit., 57. (Regresar a 12)

(13)VARGAS JURADO, lib. cit., 61. E. POSADA, Narraciones, 52. (Regresar a 13)

(14) GREDILLA, lib. cit., 515. (Regresar a 14)

(15) VARGAS JURADO, lib. cit., 67. (Regresar a 15)