Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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CAPITULO XX

 

Ceremonial de la recepción del Virrey Solís—Muerte del Arzobispo Azúa—Su retrato—Gobierno de Solís—Calzada de Occidente—Puente de San Antonio—Puente de Sopó—Casa de Moneda—El acueducto y el paseo de la Aguanueva—Primera cátedra de Medicina en la Colonia—Don Vicente Román Cancino—Muerte de la Reina María Teresa—Casa de oficinas de Gobierno—Medidas administrativas de Solís—El Cardenal don Francisco de Solís—Fiestas en su honor—Las corridas de toros en América—Mejoras locales—Muerte de Fernando VI—Jura de Carlos III—Epidemia de peste en 1760—¿Fue la bubónica?—Solaces de la vida del Virrey Solís. Las Marichuelas—Anécdotas curiosas sobre Solís—Generosidades de este Virrey—Auxilios al templo de La Tercera y al Hospital de San Juan de Dios—Entrega el mando al Virrey Zerda—Viste el hábito de la orden franciscana—Disposiciones del Virrey-Fraile—Similitud de Solís con Carlos V—El cráneo del Virrey Solís—Retratos que de él se conservan e ins­cripciones—Las campanas y el antiguo reloj de San Francisco.

 

Tocó a Pizarro inaugurar el ceremonial al entregar el mando a Solís, en 1753. Recibió Pizarro correo especial que le renunciaba el arribo de Solís a Cartagena, y por correo, también especial, le envió enhorabuenas por su llegada, y le participó que en Honda encontraría una escuadra de soldados de caballería, que le servirían de guardia de honor y le arreglarían posadas en el entonces desierto camino de Occidente. En Facatativá recibieron a Solís un Oidor, Embajador de la Audiencia, y el Caballerizo mayor del Virrey Pizarro, quienes lo felicitaron a nombre de los poderes que representaban; en Serrezuela, hoy Madrid, fue recibido por representantes del Cabildo eclesiástico, del Tribunal de Cuentas, del Cabildo civil y de los Oficiales reales, y de aquel lugar envió el nuevo Virrey a un criado mayor con la misión de avisar al Marqués “que se iba acercando.” Este comisionado fue recibido en Santafé por los Alcaldes y Regidores, vestidos de gala, en las inmediaciones del extinguido convento de San Diego, donde montó caballo lujosamente enjaezado. Rodeado de los maceros del Cabildo se dirigió al Palacio, y previa presentación de credenciales, cumplió su misión, estando presentes los santafereños más distinguidos, especialmente invitados a tan solemne acto. Tan escogida comitiva lo acompañó a la casa que se le había preparado, y al siguiente día salió de la ciudad en busca del señor Solís. Este había llegado a Funza, entonces Bogotá, donde las milicias de caballería le hicieron los honores de ordenanza y le sirvieron de escolta de honor hasta Fontibón, donde se detuvo. En la iglesia de este pueblo esperó al Marqués Pizarro, quien habla salido de Santafé rodeado de numerosa comitiva, deseosa de presentar sus respetos y felicitaciones al sol naciente. Al encontrarse los dos Virreyes se abrazaron ante la escogida concurrencia que los rodeaba, porque el pueblo, que no había conquistado aún el santo derecho de igualdad, no tuvo permiso de entrar en el modesto templo que sirvió de teatro a aquella escena. Hincados espera ron a que se cantase el Te Deum; salieron luego del templo a la inmediata casa del Cura, donde recibió Solís la bienvenida de la Audiencia y de los empleados superiores. 

Todos—dice el ceremonial — le van conduciendo a su cuarto, donde, después de parlar un rato y servirse los helados y dulces que tiene dispuestos uno de los Alcaldes ordinarios, que se nombra para esta función, y corre con este hospicio los tres días que Su Excelencia se detiene en aquel presidio, se despiden y lo dejan con su familia.  

Al siguiente día de su llegada a Fontibón vino Solís, en secreto, a visitar al Marqués; de vuelta a aquel poblado recibió visitas oficiales y particulares, y al día siguiente siguió a caballo hasta Puentearanda, pues el camino no era transitable por carruajes; se dirigió a la capital, rodeado de la mitad de los Oidores, con vestido militar, pues la otra mitad, vestidos de garnacha, acompañaban, en Puentearanda, al Marqués. En este lugar entregó Pizarro a Solís el bastón de mando, usando la siguiente frase original: Pongo en manos de Vuestra Excelencia este bastón, que es para mi demasiado largo, y demasiado corto para Vuestra Excelencia. Allí, rodeados de los altos empleados, de eclesiásticos notables en la ciudad y de los nobles, todos ricamente vestidos, los dos Virreyes tomaron asiento en el coche oficial, de pesada cons­trucción y grandes dimensiones; y a la cabeza de la comitiva, siendo el blanco de las ávidas miradas de los colonos, quienes creían que los representantes del Rey eran seres superiores, entraron a la ciudad por la calle de San Juan de Dios. En la puerta del Palacio se separaron los Jefes del Reino; Pizarro se dirigió al alojamiento que se le había preparado, escoltado por la guardia de caballería; Solís, en medio de la Audiencia, los altos empleados y los nobles, subió a la Sala del Acuerdo, donde estaban el real sello y el misal de la capilla, y allí, de pie, oyó leer su título de nombramiento y luego juró, sobre los santos Evangelios, cumplir con las obligaciones de buen gobernante. Hubo luego gran comida, que se repitió al día siguiente, y por las noches se sirvieron, en el Palacio, a la numerosa y escogida concurrencia, dulces, bizcochos, helados, aloja y horchata, guardándose la severa etiqueta de las cortes europeas. Desde el siguiente día el Virrey corrió con los gastos de su casa, recibiendo aderezada la despensa, según lo prescrito en el ceremonial. 

La entrada pública la hizo dos meses después, saliendo por calles excusadas hasta la entonces solitaria plaza de San Diego, y volviendo al Palacio por la calle larga de Las Nieves y las Reales, en cuyas ventanas se izó la bandera amarilla y roja de la Monarquía, por entre arcos más o menos vistosos, dejando en San Diego blancos toldos en que se vendían los inocentes licores en uso, y también, aunque con cierto recato, mistelas y el popular vino indígena, tan estimado entonces como al presente. 

Las autoridades y el Cabildo eclesiástico se habían reunido al Virrey en San Diego, donde oyeron, en tablado levantado al efecto, el juramento público y solemne que prestó el Jefe del Reino, de cumplir con sus deberes, y de donde se habían separado los Canónigos para esperar al nuevo Virrey en la puerta de la Catedral. 

A ésta llegó la numerosa comitiva, formada por una Compañía montada y otra de infantería; los Colegios de San Bartolomé y del Rosario, vestidos de hopa y beca; pajes que llevaban guiones; caballeros con espadas desnudas; los Tribunales y la familia del Virrey, todos a caballo, sirviéndole de palafreneros los Alcaldes ordinarios; una Compañía de gentiles— hombres con lanzas, y los coches del Virrey y del Arzobispo, tirados por mulas. El tronar de incontables cohetes y el alegre repique de las campanas; las flores que caían sobre el palio que cubría al Virrey, arrojadas por las blancas manos de las santafereñas, que lucían en balcones y ventanas; los vivas dirigidos al nuevo gobernante, y el innumerable pueblo que llenaba las calles, satisfecho de ver tan inusitado movimiento, hicieron de aquella fiesta civil espectáculo digno de ser visto. En la puerta de la Catedral el Deán dio el agua bendita al Virrey y lo condujo al solio que se le había preparado en el presbiterio, donde permaneció mientras se cantó el Te Deum. Ya fuera del templo, y a caballo, en medio de columna de honor formada por las milicias, recorrió los pocos metros que lo separaban del Palacio (situado en el ángulo noreste del actual Capitolio), donde obsequió a los empleados y a la nobleza santafereña ese día y las dos noches siguientes. Los concurrentes se retiraron por calles iluminadas, cosa excepcional en Santafé, lo que se había dispuesto por pregón, con el fin de descansar y asistir en los días siguientes a las corridas de toros que se hacían en honor de Su Excelencia, y que el Virrey presidía. Principiaron las corridas a las tres de la tarde, por un paseo de plaza de los Alcaldes y sus subalternos, a caballo, que tenía por objeto despejarla. Pidieron luego permiso a Su Excelencia, por medio de venias, de principiar la función, y concedido, el Capitán de guardia subió al amplio balcón de Palacio a recibir órdenes del señor Virrey. Pasada la corrida, que fue brillante y aplaudida, como sucede siempre en pueblos que tienen mezcla de sangre española, Su Excelencia obsequio a las damas, a la Audiencia y altos empleados, y a los nobles invitados a Palacio, con un suntuoso refresco ; función que se repitió mientras duraron las fiestas. Después de la recepción pública pudo el señor Virrey salir a la calle en coche tirado por seis mulas, usar sitial en el presbiterio de las iglesias y recibir, durante las funciones religiosas, nubes de incienso, después de cantado el Evangelio; honores que no se le podían tributar antes de la recepción pública que con tanto desgreño hemos descrito (1) .  

Murió el Arzobispo Azúa en 1754, y en el retrato que de él se conserva en la galería de la Metropolitana se lee la siguiente inscripción: 

El Ill.mo S.r D.r D. Pedro Felipe de Azua e Iturgoyen, natural de la ciudad de Santiago, del Reino de Chile, en cuya iglesia fue canónigo Doctoral, Provisor y Vicario general, y dignidad de Maestrescuela, y Chantre, de la que fue ascendido por sus letras y meritos a la Mitra de Chile, auxiliar de la Concepcion del mismo Reino de Chile, la que obtuvo despues en propiedad, y habiendo fabricado allí la iglesia Catedral, erigido un Colegio Seminario y celebrado el primer Sínodo diocesano, fue promovido a esta Metropoli de S.ta Fe el año de 1745, la que renuncio por los accidentes que contrajo en ella, despues de haberla gobernado nueve años, y hallandose en la ciudad de Cartagena, en vía para su patria, fallecio el 22 de Abril de 1754. 

Los retratos de los Arzobispos Galavis, Vergara y Azúa son de un mismo pincel y no tienen ningún mérito como arte. Están sin firma, son de medio cuerpo y tienen las respectivas armas de nobleza de familia. 

Solís gobernó el Nuevo Reino desde el 24 de noviembre de 1753. El 16 de diciembre siguiente hizo su entrada pública con la grandeza acostumbrada. Prestó preferente atención a las mejoras materiales; continuó el mejoramiento de la calzada de Occidente, con costo de $ 75,000, y terminó el puente de San Antonio en Fontibón. Un bajo relieve en piedra colocado en el puente, con inscripciones, representaba el busto del magistrado, obra que fue ultrajada por exaltado patriotismo en la revolución de la Independencia. También levantó el puente de Sopó, de muy buena arquitectura, el primero que se construyó en Sesquilé e inició el puente de Bosa, que terminó su sucesor en el mando del Nuevo Reino. 

Débesele asimismo la reconstrucción de la Casa de Moneda, que en parte subsiste. Se empezó el 12 de julio de 1753. Sobre la puerta principal del edificio, calle 11, se lee esculpida en piedra la siguiente inscripción, en el friso del pórtico de entrada:

REINANDO DON FERNAn
DO VI EL JUSTO
SE INCORPORÓ EN SU REAL DOMINIO
REEDIFICÓ, AMPLIÓ Y Abo
ESTA. REAL CASA DE MONEDA
AÑO D. 1756. 

Y en el arquitrabe se lee lo siguiente:  

SIENDO VIRREY EL
EXmo S.r D.n JOSEPH SOLIS FOLCH DE CARDONA
Y PRIMER SUper INTENDENte
EL SEÑOR
MIGUEL DE SANTISTEVAN

 

En medio de esta última inscripción estaba el escudo real de España, que fue destruido por los patriotas revolucionarios el año de 1813. 

Frente a la puerta se colocaron dos columnas con cadenas de hierro, fijas por un extremo al muro de la puerta, y por el otro a las mismas columnas levantadas a poca distancia, como señal de privilegio del derecho de asilo para reos (2) .  

Las columnas y cadenas fueron suprimidas el año de 1865. En el patio principal de la casa existía una fuente con esta inscripción:  

SIENDO VIRREY EL EXMO. SEÑOR D. JOSEPH DE
SOLIS FOLCH DE CARDONA, HIJO TERCERO DE
LOS EXCMOS. SEÑORES DUQUES DE MONTE
LLANO Y PRIMER SUPERINTENDENTE
DE ESTA REAL CASA DE MONEDA
EL SR. TENIENTE CORONEL
D. MIGUEL DE SANTISTEVAN  

El extenso edificio ocupaba la mitad de una manzana. Hemos dicho que la puerta principal está sobre la calle 11, y puerta secundaria se abría sobre la calle 10, en un portal de pesada ornamentación, en cuyo dintel se leía: 

AÑO DE 1756 

Al oriente de este edificio está situado el Palacio Arzobispal. En esta construcción empleó el gobierno colonial la suma de $ 25,000. 

En el amplio local de la Casa de Moneda había maquinaria fabricada en Sevilla; en 1848 trajo nuevas máquinas la Administración del General Tomás C. de Mosquera, y en 1883 se introdujeron otras más perfectas por la Adrninistración Otálora. La Casa se restableció y se arregló la maquinaria en 1906 por la Administración Reyes, y el local, subdividido desde la Administración Marroquín, fue ocupado en la parte oriental por la Litografía Nacional. El Ministerio de Obras Públicas, para rememorar la reorganización de la Casa, hizo colocar en el vestíbulo una placa de mármol con la siguiente leyenda, original del hábil pedagogo don Martín Restrepo Mejía (3) . La inscripción, grabada con letras de oro, dice:   

HANC DOMUM
AD MONETAM CUDENDAM
DENVO IN USUM INSTAURAVIT
RAPHAEL REYES PRAESES
ANNO MCMVI

 cuya versión castellana dice: 

El Presidente de la República General Rafael Reyes puso nuevamente en servicio esta Casa, destinada a la acuñación de moneda. Año de 1906.  

La parte sur del edificio colonial fue destinada por la Administración de don Carlos Holguín, en 1890, para servir de local al Colegio de Colón, instituto oficial. Más tarde se construyó en ese lugar el edificio de la Escuela de Ingeniería, de que hablaremos después, y que se inauguró el 20 de julio de 1913. 

La ciudad de Bogotá debe al Virrey Solís una obra útil: el acueducto de la Aguanueva, único que surtió por mucho tiempo a la vieja Santafé (4) . Entonces se construyó dicho acueducto, tomando las aguas del río San Francisco en el sitio llamado El Boquerón. A la vez que se construyó el caño para conducir las aguas, se embelleció la ciudad con el paseo de la Aguanueva, rival de el del Pincio en Roma y germen del actual Paseo Bolívar. A propósito de la inauguración de esta útil obra higiénica, repetimos unas palabras del simpático diario de Vargas Jurado: 

Día de señor San Fernando, Rey y Patrón de España, miércoles 30 de mayo de este año de 1747, corrió el agua nueva a la pila de la plaza mayor, traída del Boquerón, a el fomento del Excelentísimo señor Virrey de este Reino, don Joseph Solís y Folch de Cardona (que Dios guarde), y Su Excelencia subió a verla echar, por la tarde, con todos los señores Ministros, Contadores y otros caballeros y mucho gentío. Y llevó por diversión un enano y un mono, que le regalaron a Su Excelencia.    

Se debe también al señor Solís la organización de los estudios de Medicina. Ya vimos que en 1639 habla residido en la ciudad el doctor Diego Enríquez y que habían ejercido los cirujanos Auñón y Pedro de Valenzuela, quienes carecían de sólida instrucción. En 1679 recetó en la ciudad el bachiller Nicolás de Leiva Clavijo, y poco antes fray Mateo Delgado, agustino, rivales en ciencia de los citados, y desde 1758 tenía el cargo de Protomédico, con obligación de regentar cátedra de Medicina en el Colegio del Rosario, don Vicente Román Cancino, quien dictó algunas lecciones sin mayor provecho para los discípulos, si se exceptúa a don Juan E. de Vargas, único que alcanzó titulo de doctor, del cual carecía el maestro. Vargas también dio algunas lecciones de Medicina, con tan poco provecho como Román Cancino, y no pudo alcanzar el título de Protomédico de la ciudad por tener el destino el doctor Juan José Cortés, médico francés que dio licencia de ejercer a los curanderos don José de Atriesta y don Diego Crespo, y la negó al médico danés Francisco Henbamberg, a quien la concedió el Cabildo, en atención a que era neófito convertido a la fe católica. En 1763 se abrió en Santafé la primera botica para el servicio del público, propiedad del convento de Santo Domingo, servida por fray Juan José Manje, y poco después se les dio título de boticarios a Antonio Garraes y al Padre Bohórquez, fraile de San Juan de Dios (5) .

Complementamos estas noticias sobre los orígenes de la Medicina en Bogotá, recordando que en 1715 el Cabildo solicitó se confiriese grado de doctor a don José de la Cruz, a fin de que pudiese regentar la cátedra de Medicina, fundada por el Arzobispo Torres. En 1733 se quiso que la sirviese el doctor Francisco Fontes, con dotación del Cabildo. Veinte años después el Claustro del Colegio del Rosario, con anuencia del Virrey Pizarro, eligió a don Vicente Román Cancino catedrático de Medicina, quien leyó la materia trece años continuos hasta 1766, en que falleció, habiendo sido él el primer profesor de la ciencia de Hipócrates en la Colonia (6)

También ejercieron en años anteriores los Padres hospitalarios Villamor y Guzmán, y otros aficionados de menor mérito. 

A fines de diciembre de 1758 vino Gaceta con la muerte de la Reina María Teresa, hermana del Rey José I de Portugal y esposa de Fernando VI desde 1729. La Reina, en su testamento, cedió a la Compañía de Jesús $ 100 y declaró heredero de $ 20.000,000 a su hermano José I. Circuló entonces en Santafé, al ver tan inaudita desproporción en el reparto, el siguiente epigrama anónimo: 

Reina que nunca fue lerda
Y llena de presunciones,
Dio a Portugal los doblones
Y a España le dio la ....
(7)

El Virrey Solís, no obstante que ocupaba la mayor parte de su tiempo en los placeres y en la disipación, abandonaba con frecuencia los devaneos para atender a las necesidades del país que regía. Persuadido da la importancia de construir un edificio para el servicio de las oficinas de Gobierno, pues el que poseía el Virreinato en la Plaza de Bolívar era insuficiente, hizo levantar una amplia casa en la ribera norte del río San Francisco, inmediata al puente del mismo nombre, y de él separada por una angosta ronda del río (8) . En la pared que formó el frente sur, o sea la espalda del edificio, pues el principal daba a la antigua Plaza de San Francisco, se puso la siguiente inscripción: 

eran las corridas ? No había plaza construida a propósito para aquel objeto: en la mayor de la ciudad se levantaban al contorno palcos improvisados, que se llamaban tablados; el recinto de la plaza, cerrado con barreras, era ocupado por los curiosos, y el más audaz o el más diestro era el que sacaba el lance al toro, al cual lo embravecían adrede, no satisfechos con su nativa ferocidad. Días antes de principiar la corrida salían a caballo con música y cohetes los Alcaldes ordinarios, para con­vidar a los barrios de la ciudad a la celebración de las fiestas; los Cabildos civiles tenían corno uno de sus más importantes deberes el de promover las corridas y procurar que fueran alegradas con disfraces y mojigangas; cuanto más furioso y bravío era el toro, tanto más regocijada se manifestaba la concurrencia; y la corrida continuaba, y el regocijo no se alteraba, aunque uno tras otro fuesen despedazados por los cuernos de la fiera los temerarios que se habían presentado ebrios a desafiar su furia. El muerto era sacado de la plaza, y la corrida seguía con loco frenesí. ¿Estamos describiendo fiestas de nuestros mayores, o, tal vez, fiestas paganas ? ¡Santa luz del Evangelio, cuántas nubes impedían todavía vuestra influencia civilizadora!.... En estas corridas de toros las Municipalidades de la Colonia desperdiciaban gruesas sumas de dinero, aunque entonces no se había establecido todavía ni una plaza de mercado ni el alumbrado público (9)

Durante el Gobierno de Solís, 1759, el Alcalde don José Groot de Vargas hizo empedrar muchas calles y parte de la plaza principal, que veremos fue totalmente pavimentada en 1816. 

El 5 de abril de 1760 tuvo Solís el dolor de recibir la noticia de la muerte de su amigo el Rey dé España Fernando VI, ocurrida en el mes de agosto del año anterior. No dejó descendencia, por lo cual la Corona de España recayó en su hermano Carlos, que era Rey de Nápoles, hijo de Felipe V y de la Reina Isabel Farnesio. Se proclamó con el nombre de Carlos III (10) .

Después de solemnes funerales en honor de Fernando VI, los colonos guardaron luto hasta el martes 6 de agosto do 1760, día en que cumplía la ciudad doscientos veintidós años de su fundación, escogido por el Virrey Solís para hacer la jura del nuevo Monarca Carlos III. Se repitieron las fiestas de las corridas de toros, la iluminación pública, se pusieron en Palacio trescientas treinta luces y se colgaron de damasco los balcones. Desempeñó el importante papel de Alférez Real en aquella ocasión solemne el Oidor don Jorge Lozano y Peralta, quien “regó monedas de la nueva fábrica de cordoncillo” y presidió el paseo de costumbre. 

En los siguientes días comenzaron las pandorgas de los gremios, en que excedieron los plateros, sastres y zapateros; hubo dos noches de fuegos, mejor la del comercio, y en la de los pulperos hubo alborada, con toros encandelillados a la madrugada (11) .  

 

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(1) Extracto fiel del ceremonial para recepción de Virreyes en América, cuyo expediente original existe en el archivo histórico anexo a la Biblioteca Nacional, y del cual conservamos una copia exacta, y que en parte publicamos por primera vez en el número 3° de Colombia Ilustrada, de Bogotá. (Regresar a 1)

(2) ELADIO VERGARA, lib. cit., 46. P. A. HERRÁN, Papel Periódico Ilustrado, vol. IV, 13.  (Regresar a 2)

(3)   ALFREDO ORTEGA, Bogotá antiguo. Bogotá Ilustrado número 6. (Regresar a 3)

(4)   Se llamó desde entonces Aguavieja el acueducto del río Fucha, que un derrumbe originado por el terremoto de 1805 lo cubrió por completo, en las faldas del cerro de La Peña. (Regresar a 4)

(5) Estas noticias se encuentran en expedientes originales que pertenecen al archivo histórico, anexo a la Biblioteca Nacional. A. FEDERICO GREDILLA, Biografía de José Celestino Mutis, etc. Madrid, 1911, pág. 62. (Regresar a 5)

(6)   Noticias tomadas de un informe del Rector del Colegio del Rosario, doctor Fernando Caicedo y Flórez, rendido al Virrey en mayo de 1799, y publicado por primera vez por don DIEGO MENDOZA en el libro Expedición Botánica de José Celestino Mutis al Nuevo Reino de Granada, etc. Madrid 1909. (Regresar a 6)

(7)   Por respeto a los lectores suprimimos aquí la palabra que Víctor Hugo usó en Los Miserables en boca de Cambrone. (Regresar a 7)

(8) Esta casa fue luego cuartel, que volveremos a mencionar. (Regresar a 8)

(9)F. GONZÁLEZ SUÁREZ. Historia del Ecuador, V, 510. (Regresar a 9)

(10) ENRIQUE FLÓREZ. Clave Historial, 378. ANTONIO H. PÉREZ. Elementos de Historia Universal, Nueva York. 1861, pág. 391. (Regresar a 10)

(11) VARGAS JURADO, lib. cit., 53. (Regresar a 11)