| Continuación del capítulo 18.
Refiere asimismo este autor que para casos graves de tocología usaban las devotas una famosa alpargata, que usó la religiosa, prenda que aplicada a las paredes abdominales suprimía las horas de angustia que preceden al acto de la maternidad.
En 1723 estaba terminado el templo de San Juan de Dios, contiguo al conventohospital, y sirvió de iglesia a la Orden de Hospitalarios hasta que fue extinguida dicha Comunidad en 1835.
Este templo forma el ángulo sureste de la calle 12 y la carrera 10. La fachada es medioeval, sin mérito arquitectónico digno de notarse; sobre la parte oriental del atrio, y apoyada en los cimientos de una gran torre, destruida por el terremoto de 1743, se levanta una diminuta, semejante a las de nuestras más pobres aldeas, y que puede tenerse como hija de la torre de Las Nieves. El costado de la iglesia sobre la carrera es una simple pared, reforzada hasta 1894 por machones que la afeaban y disminuían la amplitud de la calle. A solicitud del respetable Canónigo bogotano doctor Francisco Javier Zaldúa, Capellán de este templo a la sazón, la Municipalidad ordenó quitar los bastiones que afeaban la carrera 10 y reforzar el edificio en su parte interior. Embellecen esta iglesia un techo pintado de blanco con labores doradas; altares laterales de tallas burdas sostenidos por columnas, ya salomónicas, ya estriadas, envueltas en ramas de vid.
El altar principal, que ocupa la testera sur de la iglesia, está sostenido por cuatro columnas pareadas, modernas, de fustes lisos, con capiteles, sobre las cuales pasa una cornisa de buen gusto por su severa ornamentación. El segundo cuerpo del altar ostenta una pintura al Oleo de una escena de la vida de San Juan de Dios. En el centro de este altar se abre amplia puerta que guarda el sagrario. Todo está pintado de blanco, y lo construyó el señor Honorio Navarro para reemplazar una obra de nogal, también moderna, que no obedecía a plan ni orden arquitectónico algunos. Luce en una de las paredes del presbiterio un gran lienzo que representa el tránsito de la Virgen del Carmen, obra de Acebedo Bernal, lo cual es su mejor elogio.
Son tantos los cuadros que adornan las paredes de este templo, que es imposible entrar a describirlos, y algunos llaman la atención por el mérito del pincel.
Señalamos únicamente una estatua de la Virgen, semejante a la que existe en la iglesia de San Agustín, de que ya hablamos: es notable por su antigüedad y sus defectos: su altura es del tercio del natural; su cuerpo es un cono, sin cintura, e idéntica forma tiene la figura del Niño; ambas carecen de brazos, y las manos salen de los cuerpos; las carnes tienen color de chocolate, están vestidos con colores de estilo bizantino; la Virgen tiene toca, y el mal gusto moderno le ha colocado una corona de hoja de lata.
Por ser retrato de San Juan de Dios, según la leyenda que vamos a copiar, y por ser buena pintura muy bien conservada, hacemos excepción de este cuadro, rompiendo así el prudente silencio en que dejamos la mayor parte de los lienzos de esta iglesia. Dice la inscripción:
Verdadero retrato del bienaventurado P. S. Ju de Dios natural de Montemor el nuevo en el Reino de Portugalfundador de la orden de La Hospitalidad. Murió en Granada a VIII de Marzo de MDL a los LV años de edad.
El púlpito, de madera, está ornamentado con los cuatro Evangelistas en relieve; en el fondo de la nave derecha se ve una bella cara de estatua de Nuestra Señora del Carmen, cuyo cuerpo está cubierto con vestiduras de trapo.
La luz de la iglesia es muy desigual: hay partes en que es franca, otras tienen semioscuridad y hay rincones adonde jamás ha llegado un rayo de sol. Estatuas antiguas y modernas de diverso mérito artístico se ven por doquiera; la sacristía es un sombrío salón de grandes dimensiones; allí se conservan algunos de los cuadros que adornaban el claustro principal del antiguo convento, y aunque no tienen firma, se sabe que son del maestro Gutiérrez, ya en estas páginas nombrado.
Del edificio del Hospital y su organización científica trataremos adelante.
En España ocurrían en 1724 notables acontecimientos: el Rey Felipe V, lleno de melancolía, se había dejado dominar por palaciegos, entre los cuales ocupó el primer lugar el Cardenal Alberoni, quien en realidad fue un gran Ministro que reunió en sí casi todo el poder real. El 10 de enero de este año circuló en Madrid un decreto real en que se decía: y viendo que mi hijo mayor don Luis, Príncipe de Asturias, se halla en edad competente, casado y dotado de capacidad, inicio y talentos necesarios para gobernar con sabiduría y equidad esta Monarquía, he resuelto retirarme absolutamente del gobierno y administración de los negocios de estos reinos y señoríos en favor de dicho Príncipe don Luis, mi hijo primogénito (9) .
Luis I subió al trono el 9 de febrero de 1724, a los diez y siete años de edad. Apenas reinó siete meses, pues murió el 31 de agosto, de viruela (10) . Felipe V volvió a ceñir la corona española.
En Santafé tuvo lugar la jura de Luis I el 5 de agosto de 1724, veintiséis días antes de su muerte, con lo cual se demuestra la lentitud con que viajaba el cajóncorreo de la capital de la Monarquía a las ciudades de América. Suntuosas fueron las fiestas que se celebraron en Santafé. El Cabildo designó a don José Prieto de Salazar, Regidor perpetuo por Su Majestad, para que sacase el pendón real el día de la jura; aceptó Salazar la elección y el honor que se le hacía. Ya había llegado a ocupar la Presidencia del Nuevo Reino don Antonio Manso Maldonado, sucesor de Villalonga, cuyo Gobierno estudiaremos luego, y él fijó el 5 de agosto para que con solemnidad se celebrase la jura, dictando las providencias convenientes para que nobles y plebeyos manifestasen su fidelidad al Monarca español. Describamos la fiesta:
Llegado el día señalado, se aliñó lucidamente la sala capitular, corredores y demás piezas de ella, con vistosos doseles y alhajas de importancia; y estando juntos los señores Alcaldes don Pedro de Tobar y Buendía y don José Taléns; el Capitán don Pedro de Herrera Brochero, don Manuel Francisco Sáenz del Pontón, Regidores; don Pedro de León, Alcalde Provincial; don José Vélez, Alguacil Mayor; don Cristóbal Lechuga, Procurador General; los muy Reverendos, Maestros Provinciales, Priores y Guardianes, Rectores de los colegios, Padres graves de todas las religiones, con el demás concurso de encomenderos, caballeros y personas nobles de esta ciudad y demás resto de caballeros particulares, bizarra y costosamente vestidos, salieron de dicha sala (11) .
La comitiva montó a caballo con ricos jaeces guarnecidos de oro y plata, y se dirigió a la casa de Prieto de Salazar, mientras se formó en la plaza el Batallón de cinco Compañías que existía en la ciudad. La cabalgata, con Prieto en su centro, lujosamente vestido, en silla de terciopelo encarnado, con clavos de oro, mostrando muchas esmeraldas y diamantes, seguido de muchos lacayos, llegó a la puerta del Cabildo. Allí juraron los Alcaldes Tobar y Taléns a Su Majestad Luis I. Taléns, con el pendón real en la mano y rodeado de todos los Regidores, dijo dirigiéndose al pueblo desde la galería alta del Cabildo:
Dadme testimonio, Escribano, de cómo de mi mano a la del señor Alférez Real entrego, por el Rey Nuestro Señor, Don Luis Fernando I de este nombre, este su real estandarte, con voz, y en nombre de este Cabildo, debajo del pleito homenaje que tiene hecho.
De nuevo a caballo, llegaron frente al Palacio del Presidente y ocuparon un tablado que allí había; y estando en el balcón de Palacio el mandatario y la Audiencia, dijo en alta voz el rey de armas, desde el tablado: ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio! Y en el mismo tono exclamó otro rey de armas: Oid, oid, oid. Y entonces el Alférez Prieto de Salazar levantando el estandarte, puesto en pie y esforzando la voz, dijo: Castilla, León y las Indias, por Don Luis Fernando I de este nombre, nuestro Rey y Señor que Dios guarde muchos años; y tremoló el estandarte. Al punto todos los concurrentes gritaron: ¡Viva! ¡Viva muchos años! El Batallón hizo una descarga, los caballos se asustaron, y dice el Escribano Navarro: .... Y aunque no se verificó toda la ruina del amargo, no faltó la desgracia que padeció el señor don Manuel Pontón, cuyo caballo, habiendo conseguido con su soberbia la acción de libertarse de la opresión de la cincha, se desembarazó también de la silla y personaje, en que sólo hubo de fortuna el haber escapado la vida aunque muy maltratado. Las campanas de todas las iglesias repicaron; el Alférez Prieto y los dos Alcaldes regalaron desde el tablado monedas para el pueblo, y repartieron medallas con la imagen del Rey Luis en el anverso y en el reverso las armas de Santafé. Siguió el paseo por las calles principales, habiendo montado ya el Presidente y los Oidores. Frente a la iglesia Catedral se repitió la ceremonia, y se hizo la aclamación en la misma forma en la portería de los monasterios de religiosos, en los Colegios del Rosario y San Bartolomé, y volvieron al Palacio del Presidente, donde entraron con él el Alférez y Regidores; allí, en el balcón, por última vez, se juro al Rey.
Todos fueron a casa de Pérez de Salazar, donde hubo una merienda tan sumamente espléndida y abundante que comúnmente se dijo que había traspasado sus términos la liberalidad, poniendo en cada primer plato de los invitados una azucena de oro como obsequio Hubo tres noches de iluminación general de la ciudad, fuegos artificiales, tres días de toros y mascarada general.
Hemos nombrado incidentalmente al Presidente don Antonio Manso Maldonado, Mariscal de Campo, que acababa de ejercer el destino de Teniente de Rey en Barcelona de España, y que vino al Nuevo Reino a tomar las riendas del Gobierno de la Colonia, de manos del Virrey Villalonga. Llegó Manso a Santafé y se encargó del mando el 17 de mayo de 1724. Dentró de Presidente el señor Manso, y con éldice un testigo presencialla desdicha y tristeza. Trajo de familia un gallego y dos hijos, que fueron bartolos
(12) .
Tocóle a Manso Maldonado, como ya vimos, presidir los lutos de Luis I, y escribió Descripción de las honras y exequias hechas en la muerte del Rey Don Luis I en Santafé de Bogotá, manuscrito
que cita un historiador (13) .
En la relación que este Presidente hizo de su Gobierno al Rey de España, se lee, refiriéndose al Nuevo Reino:
Halléle, señor, en la última desolación: los vecinos principales y nobles retirados del lugar, los comercios casi ociosos, vacos los oficios de república, todos abatidos y en una lamentables pobreza.
Se admira Manso al ver que un dominio de la Corona tan vasto y rico por naturaleza, y en su concepto el más rico de cuantos poseía la Monarquía, se hallase habitado por tan misérrimos pobladores. Señala varias causas de atraso, entre ellas las continuas disputas de los Presidentes y golillas de la Audiencia, que entorpecían la marcha del Gobierno y la buena administración de justicia. Clama por que el poderoso brazo del Rey borre una de las causas de la pobreza de los colonos, y dice:
Es así, señor, que la piedad de los fieles de estas partes es excesiva: ha enriquecido a los monasterios y religiones con varias limosnas, obras pías que fundan en sus iglesias, capellanías que dotan para que las sirvan los religiosos, habiendo habido muchas personas que hallándose sin herederos forzosos, en una pequeña casa, solar o hacendilla que dejan, fundan una capellanía que sirva tal a tal convento; con esto y la industria han aumentado caudales con que han comprado haciendas considerables. Acontece, pues, que dan a censo sus principales a los vecinos, a honesto logro de cinco por ciento, con hipoteca de la casa o hacienda que tienen; y si pasado algún tiempo sin pagar los intereses, son ejecutados por ellos y el principal, se vende la finca hipotecada, con que viene a quedar por del convento; con que es rarísima la casa, fundo o heredad que no tenga sobre si un principal equivalente a su precio; de suerte que los dueños vienen a trabajar para pagar réditos a los conventos, sin que les quede con qué sustentarse; y poco a poco se han hecho eclesiásticos todos los raíces de calidad, que apenas se contará casa o hacienda que no sea tributaria de eclesiástico, pues la que no lo es a algún convento, lo es a un clérigo secular, por tener allí fundada su capellanía (14) .
Las palabras del señor Manso revelan laboriosidad y espíritu público, y sus reflexiones son tan acertadas y evidentes, que nuestros lectores han visto multiplicadas en las páginas anteriores de este libro, querellas pueriles que trastornaban el orden social y continuas fundaciones de carácter religioso al lado de las pocas cuyo fin ha sido la beneficencia y la educación de la juventud.
Los historiadores colombianos no mencionan ningún acto útil del Gobierno de Manso, quien el 19 de febrero de 1731 entregó el mando a la Audiencia, y, dice un cronista contemporáneo, salió de esta ciudad, sin despedirse y con mucho dinero (15) .
Recordamos que la Audiencia que reunió ese día el Poder Civil y la Administración de Justicia, estaba compuesta de los Oidores don José Martínez Malo, don José Quintana Acebedo y don Jorge Lozano y Peralta, y que servía la Fiscalía don José Castilla.
Seis meses después de haber dejado el Gobierno Manso, ocupó la Silla arzobispal de Santafé, el 27 de agosto de 1731, el doctor don Claudio Alvarez de Quiñones. Este Prelado edificó la primera casa arzobispal en la ciudad, que más tarde veremos fue reconstruida por el Ilustrísimo señor Arbeláez. La mejor custodia de la Catedral, conocida con el nombre de la preciosa, se debe a la generosidad del señor Alvarez.
Hay das custodias: la una, que sirve el día de Corpus y su octavario, es de muy ricos brillantes y exquisitas piedras preciosas, cuyo número total es de tres mil doscientas veintisiete, fuera de doscientas setenta y dos perlas netas distribuidas en toda ella. El peso total de esta custodia es de mil ochocientos cuarenta y dos castellanos de oro de a veintitrés quilates. Está valuada dicha custodia en cuarenta y cinco mil y setecientos pesos (sin duda costaría más) (16) .
El señor Alvarez residió largo tiempo en España con su título de Arzobispo de Santafé, y mandó poderes al Arcediano don Francisco Mendigaña para que gobernase el Arzobispado. En 1727 partió Mendigaña para el Arzobispado de Santo Domingo, cuyo palio había recibido; en lugar del señor Mendigaña continuó con los poderes el bogotano Nicolás Javier de Barasorda hasta 1731, en que vino el señor Alvarez de Quiñones. Durante su ausencia hubo luchas entre Mendigaña y la Audiencia, de las cuales fue responsable el Arzobispo Alvarez por su indebida ausencia. En su testamento hizo donaciones generosas, y murió en Santafé el 11 de octubre de 1736. Al pie de su retrato, en la galería de la Catedral, se ve esta leyenda:
El Ill.mo y R.mo S.r D.or D.n Antonio Clavdio Alvarez de Quiñones, Provisor q fve y Vicario gen.al del Obispado de Sigven.sa y Canónigo de la Insig.ne Colegia.ta DE BERLANGA. Yso sinco Oposisiones con Gra.de Aprovación á las Cathed.s de Can.es y Lees en la Universidad DE ALCALÁ DE HENARES. Arzobispo que fve de la Isla de S.to Domin.go y digníssimo Arzobispo de este nuevo Reino de Granada, entró en posesión el día Beinteisiete de Agosto DEL AÑO de mil, setecientos y treinta y uno, Fallecio el de setecientos y treinta y seis, el día 11 DE OCTUBRE, SIENDO DE EDAD DE SESENTA años.
El Gobierno del Arzobispado en Sede vacante volvió a manos de don Nicolás Javier de Barasorda, quien se ocupo en cortar abusos que alteraban el buen orden en los monasterios de religiosas.
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(9) ANTONINO OLANO, lib. cit., 66. MARIANA, lib. cit. (Regresar a 9)
(10) LUCIO MATHE, LAmi du Medicin. París. N° 6. LA FUENTE, Historia General de España. PLAZA, lib. cit., 286. (Regresar a 10)
(11) Certificación del Escribano Francisco Navarro Peláez, que se guardaba en el Archivo Municipal, y se publicó en las páginas 386 y sig. de Colombia Ilustrada. (Regresar a 11)
(12) VARGAS JURADO, lib. cit., 12. PLAZA, lib. cit., 285. (Regresar a 12)
(13) JOAQUÍN ACOSTA, Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada. Primera edición, pág. 441. (Regresar a 13)
(14) ANTONIO MANSO MALDONADO, Relaciones de Mando, Biblioteca de Historia Nacional, VIII, 13. (Regresar a 14)
(15) VARGAS JURADO, lib, cit., 12. (Regresar a 15)
(16) CAICEDO Y FLÓREZ, lib. cit., 81. (Regresar a 16) |