Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
© Derechos Reservados de Autor


 

CAPITULO XVI

 

Muere Carlos II de Austria—Sube al trono Felipe y de Borbón—Providencias eclesiásticas y civiles sobre conventos en América—Se designa a San Luis Beltrán patrono del Nuevo Reino—Muerte del Arzobispo Urbina—Retratos que de él se conservan—El Presidente Lasso de la Vega. Responsabilidades de Cabrera y Dávalos—Gobierno del Arzobispo Presidente Cosio y Otero—Fundaciones de la capilla de La Peña—La nueva iglesia—Costumbres privadas y públicas de los Oidores—La música en la Colonia—Diversos instrumentos—El torbellino—El bambuco—Profesores distinguidos—Música religiosa y profana—El maestro Juan de Herrera, músico y profeta—Su testamento—Su retrato—El maestro Juan de Dios Torres.

 

EL 2 de octubre de 1700 Carlos II, El Hechizado, hizo testamento por medio del cual cedió el trono de la Monarquía española a Felipe, Duque de Anjou, segundo hijo del Delfín de Francia. El fallecimiento de Carlos II tuvo lugar el 1. de noviembre de dicho año, sin descendencia. El Monarca francés Luis XIV, fundándose en el testamento de Carlos II, hizo proclamar Rey de España a su hijo Felipe V, y éste entró triunfalmente en Madrid no obstante las pretensiones de algunas potencias que veían con celo acrecer el poder de Francia (1) . El nuevo Rey fue reconocido como tál en todas las colonias españolas de América, y su proclamación se verificó en 1701.  

En esos años se revivió el Breve de Su Santidad Paulo V, de 20 de diciembre de 1611, expedido a instancias de Felipe III, en el cual ordenó la Silla Apostólica que no hubiese en Indias conventos con menos de ocho religiosos. Y a pesar de que en Santafé alegó contra tal providencia el Procurador General de la Orden franciscana, el Fiscal de la Audiencia apoyó las ideas emitidas en el Breve de Paulo y, confirmado por Inocencio XII en enero de 1698; el dictamen del Fiscal de la Audiencia del Nuevo Reino fue ratificado por el Consejo de Indias en octubre de 1702 (2) .  

A solicitud del extinto monarca Carlos II declaró el Pontífice Alejandro VIII que San Luis Beltrán fuera el Patrono de todo el Nuevo Reino de Granada, “con fiesta de precepto y oficio de primera clase,” y que en todos los territorios sujetos a la Corona quedaba el clero regular y secular obligado a rezar oficio doble. El Breve se insertó en el Breviario Romano.

La real cédula en desarrollo del Breve pontificio se comunicó al ilustre Ayuntamiento de Santafé “para que lo tu viese entendido y asistiese a su fiesta cada año”; y registran las crónicas que el 9 de octubre de 1694 se celebró gran fiesta en la Catedral en honor de San Luis Beltrán, con asistencia del Presidente Cabrera Dávalos, el cual, unido a los Oidores, sacó en hombros la efigie del Santo hasta la puerta del templo, rodeados por los Tribunales, religiosos, colegios e inmenso concurso (3) .

El Ilustrísimo señor Urbina recibió nombramiento de Virrey de Méjico, pero la muerte se interpuso y quiso el destinó que su cadáver quedase en Santafé. Del señor Urbina existen dos retratos en la ya mencionada galería de la Catedral, con estas inscripciones:

El Illmo y Rmo S. Mro D. Fr. Ygnacio de Vrbina, del orden de S. Gerónimo, Lector de prima jubilado de su Collo de Guadalupe de Salamanca calificador de la Svprema. Prior de los monasterios de na S.a de Firex del Rl de su propio monasterio de S.n Jv.o de Ortega i del de Salamanca. De los colegios de Avila y Sigvenza Difinidor y Visitadar Gl i Gl de toda sv Religion. Dvodecimo Arzobispo de este Nuevo Reino de Granada. Entró en posesión á 25 de Septiembre año de 1690. AETATIS SV AE 56 años despves electo Obispo de la Puebla de los Angeles y nombrado Virey del Reino de Mexico, mvrio residente en este de Santa Fee, en 9 de Abril, de 1703 años.  

El Illmo y Reuerendissimo Sr Mro. D. Fr. Ygnacio de Urbina, del orden de San Geronimo, Lector de prima jubilado e su Colegio de Guadalupe de Salamanca Calificador de la Suprema. Prior de los monasterios de N. Sra. de Firex del Real y de su propio monasterio de S. Ju.n de Ortega, y de el de Salamanca, de los colegios de Auila, y Sihuensa. Definidor y Visitador general, y general de toda su religion. Duodesimo Arçobispo de este No Ro de Granada, entro en posesi.n á 25 de Septiembre. Año de 1690. AETATIS SV AE 56 años. Después electo Obispo DE LA PVEBLA. DE LOS ANGELES. Nombrado Virey del Reino de Mejico, mvrio recidente en este de Santafé en 9 de Abril de 1703.  

Otro retrato de este Arzobispo se encuentra, como vimos en la página 163, en la casa cural de la parroquia de Las Aguas (4) .  

En 1708 se encargó de la Presidencia del Reino don Diego Córdoba Laso de la Vega, General de artillería. Recibió el bastón el 8 de octubre de dicho año. Las huellas que dejó de su Gobierno en lo relativo a la capital se reducen a la residencia de su antecesor Cabrera y Dávalos, obligándolo a contestar demanda que el sastre Gómez de Abreu le intentó por $ 300, valor de los servicios prestados en su oficio al Presidente y su familia. El Visitador Presidente condenó a Cabrera y Dávalos al pago de la suma demandada, pero la Audiencia, con fundadas razones, revocó el fallo. Laso de la Vega se trasladó a Cartagena en septiembre de 1710, temeroso de una invasión extranjera; regresó a la capital en junio de 1711, y al año siguiente partió para España (5) . Durante la ausencia del Presidente en la Costa Atlántica, gobernó el Ilustrísimo Francisco Cosio y Otero, que había llegado a Santafé en 1706. En el tiempo que ejerció el Gobierno civil y eclesiástico este Arzobispo, nada hizo notable en el primero de estos ramos, pues su atención la concretó a construir de cal y ladrillo el pabellón de la torre de la Catedral, que era de madera cubierta con plomo, y que amenazaba ruina. Este trabajo lo dirigió el Padre Juan Millán, S. J., y lo ejecutó Isidro de Cañas; a embellecer el presbiterio colocando en él baranda de hierro, labrada por Jácome de Olivares, y a dictar medidas sobre la enseñanza de la doctrina cristiana. Prohibió que después de las procesiones de Semana Santa, entonces pomposas, se celebrasen meriendas en las casas, arraigada costumbre que hacia quebrantar el ayuno y la abstinencia a los buenos santafereños a costa de la bolsa del que habla llevado el estandarte en la procesión.  

En aquellos años se trabajaba en construir una capilla en los altos y abruptos riscos que sirven de contrafuerte occidental al cerro de La Peña, el cual se levanta al oriente del barrio de Santa Bárbara. El 10 de agosto de 1685 buscaba Bernardino de León en las serranías del oriente del barrio nombrado unos tesoros ocultados por los indígenas en los días de la conquista, según consejas. Refería León que habiendo alcanzado la mayor altura del cerro, vio un “resplandor grande y extraordinario,” y las efigies de Nuestra Señora con el Niño en el brazo izquierdo, junto a San José, que ofrecía una fruta al Niño, y a su lado un ángel con la custodia en las manos, todos de pie; grupo de mediano mérito artístico y de autor desconocido. Con las licencias necesarias se levantó en el sitio donde fueron halladas las estatuas humilde capilla cubierta de paja, donde se dio culto a la Virgen desde 1686. El Capellán, doctor Francisco García, y Matías Vega contribuyeron con dinero para reconstruir la capilla en mejores condiciones de arquitectura. Esta ermita se arruinó en 1714. El doctor Dionisio Pérez, Capellán entonces, la volvió a levantar de piedra y teja, terminándose la obra en 1715 y tomándose a arruinar al cabo de pocos meses.  

Resolvió entonces el doctor Pérez edificarla en las faldas del antiguo cerro de Los Laches, desde entonces de La Peña, en mejor sitio, entre los riachuelos de La Peña y Manzanares, cabeceras del San Agustín; y encargó al cantero Luis Herrera el trabajo de separar las imágenes de la roca. Terminado éste, fueron trasladadas a la nueva capilla a fines del año de 1716. Esta, también cubierta de paja, pues fue construcción provisional, se reedificó de piedra y teja, labor que se terminó en 1722, y que se costeó con limosnas de Baltasar de Mesa, Matías de Vega, y otras, recogidas por el Capellán doctor Pérez (6) .  

Siendo Capellán de la primitiva capilla de La Peña el presbítero Dionisio Pérez de Vargas, resolvió construir la nueva iglesia que hoy existe, mediante limosnas, y las imágenes, que había separado el cantero Luis Herrera, pues fueron esculpidas en una sola piedra, se trasladaron al nuevo templo en febrero de 1722. La iglesia se edificó con dos capillas, cúpula, camarín, sacristía y un pesado campanario, reemplazado luego por una torre de construcción moderna.  

Siempre se ha grabado sobre las puertas de las diferentes iglesias de La Peña la siguiente cuarteta:

Quien pisare estos umbrales,  
Salúdame con amor,  
Pues soy la madre mejor  
Que han tenido los mortales.    

Se guarda la tradición de que los anteriores versos se leían al pie de la escultura primitiva, lo que puede ser cierto, dado el mérito semejante del valor artístico de la escultura y la falta de la protección de Apolo para la poesía.

Se levantó también casa de hospedaje, que hoy, ampliada, sirve de convento de los Padres capuchinos.

En 1816, al referir los sucesos del tiempo del terror, volveremos a la pintoresca iglesia de La Peña.

En 1711 entregó el Arzobispo Cosio y Otero el Gobierno civil a la Audiencia, por haber terminado el período de mando del ex—Presidente Laso de la Vega, a quien reemplazaba el Prelado, el cual deseaba dedicarse al cuidado de su extensa aunque no numerosa grey.

Cabe bien aquí recordar que los golillas de la Audiencia gozaban de ciertas prerrogativas y privilegios, sea que fueran gobernadores interinos del Reino o simples magistrados del más alto Tribunal de justicia de la Colonia. Los Oidores, al salir de sus casas de habitación para el edificio de la Real Audiencia, se hacían preceder, cada uno de ellos, de dos alguaciles vestidos de negro, con toga, calzón corto, media y zapato; iban los alguaciles con la cabeza descubierta y llevaban en la mano derecha un bastón negro de considerable longitud, y en la izquierda el sombrero. Los transeúntes estaban obligados a saludar a la autoridad, descubriéndose; también los Oidores se vestían de negro, usaban capa y calzón cortos, media de seda, zapato de hebilla, toga, golilla y puños blancos para no quedarse atrás de los canónigos. A las siete de la mañana ya estaban en la casa de la Audiencia, y a esa hora empezaban tareas en el oratorio de Sus Señorías, oyendo misa, y después pasaban a las salas del despacho. A las nueve en punto volvían a sus casas con los alguaciles; a las diez y media tenían audiencia pública, y terminaban los trabajos a las dos de la tarde, hora en que se retiraban a sus hogares a tomar la pitanza real, a dormir la siesta y a ocupar asiento en la mesa de la ropilla o del truco, juego precursor del billar y conocido hoy con el nombre de bagatela.

El historiador bogotano Piedrahita, tántas veces citado en este libro. condensa en cortas líneas las noticias similares suministradas por otros historiadores y cronistas sobre el origen y desarrollo de la música que podemos llamar colombiana.    

Los indios hacían sus ofrendas a sus ídolos con músicas y danzas, que continuaban después de las ceremonias, y que acompañaban con sus fotutos, que eran unas trompetas hechas de caracoles, y con unos grandes tambores. Cantaban canciones arregladas a cierta medida y consonancia a manera de villancicos o endeclas. En este género de versos y música referían los hechos para engrandecer o vituperar las acciones de sus antepasados. En los asuntos graves introducían muchas pausas, y en los alegres daban a su música ni, aire ligero, pero siempre con un cornpás tan monótono que no discrepaba un solo punto (7) .    

Observa el autor de la música en Colombia, a quien seguiremos de preferencia en este estudio, que los indígenas del Nuevo Reino conocían el compás y se ceñían a él hasta el extremo de hacer monótonas sus composiciones, y que no ignoraban que el verso es más propio para el canto que la prosa, que cantaban a dos o más voces, puesto que Piedrahita habla de consonancia, y por último, que tenían estilo y conocían el objeto de la música, siendo así que hacían diferencia notable en los aires, según fuera el objeto: grave, triste o alegre (8) .

Al terminar la dominación de los Zipas, la música indígena quedó olvidada, siendo reemplazada por la de origen español, traída por los conquistadores.

Otro historiador, fray Pedro Simón, escribió el año de 1623, que había en Santafé maestros de música (9) . Y Ocáriz da noticia de que los santafereños tenían mucha destreza en la danza y en tocar instrumentos de música, laudables ejercicios honestos (10) .

Caída en desuso la música chibcha, lúgubre y triste, desde los tiempos de la colonización, los santafereños conservaron, sin embargo, el torbellino o guabina que tenía y tiene algo de la monotonía (le los aires chibchas; la gente del pueblo en sus diversiones danzaba al compás de la chirimía, instrumento primitivo también indígena que tiene alguna semejanza con el clarinete. La música española enseñada por los peninsulares a los indígenas con el objeto de dar solemnidad a las funciones religiosas, y la usada en diversiones profanas por los españoles y sus descendientes, que tañían vihuelas, bandurrias y guitarras importadas de España, reemplazó en el primer siglo de la colonización, aunque sin mucha popularidad entre los indígenas, las monótonas y primitivas armonías chibchas.

Las condiciones étnicas de la población de Santafé en el tiempo de que hablamos se caracterizaron en las músicas y las danzas entonces usadas. La raza vencida expresaba sus afectos y sentimientos con aires tristes y melancólicos, y usaba los fotutos y la chirimía como sus principales instrumentos. En las altiplanicies andinas la chirimía se oía en todas las fiestas de los aborígenes. Recordamos que el artista L. M. Girón, al hablar de la música de las ardientes costas colombianas del Pacífico, describe el instrumento la marimba, de uso popular allí, como una hilera hasta de veinticuatro tubos de la gigantesca gramínea llamada guadua, de longitud y tamaño distintos, colocados en sentido vertical, instrumento que se toca con palos a cuyo extremo se fija una bola de caucho. La vibración del aire dentro de los tubos de guadua da los tonos de la escala (11) ; y hemos hecho mención de este instrumento porque su descripción es la misma del capador (especie de dulzaina) formado de idéntica manera y en reducidas proporciones con tubos de otra gramínea. Este último produce su sonido como instrumento de viento, igual a la chirimía, aun cuando ésta no tiene sino dos tubos.

El Padre José Dadey, de los primeros jesuitas que llegaron a Santafé, estableció en la ciudad escuela de música para los misioneros; construyó el primer órgano que se oyó en el Nuevo Reino, que fue colocado en la iglesia de Fontibón, y logró que sus discípulos enseñasen canto llano a los indígenas entre los cuales, al terminar el siglo XVII, no pocos tocaban flauta, violín y órgano, instrumento este último ya popular en el centro del país, pues lo poseían hasta las iglesias de las más pobres aldeas. Recuerda la historia el nombre del dominicano Juan Pulgar, el más distinguido entre los profesores de la escuela de música que fundaron sus hermanos de religión algunos años después de la establecida por los jesuitas.

Dijimos ya que el Arzobispo Arguinao reconstruyó el templo y convento de Santa Inés, pero no contento con los dones hechos al monasterio, regaló a las monjas órgano y violines y pagó maestro que les enseñara a tocar estos instrumentos y les diese lecciones de canto llano (12) .

Sobre este mismo suceso dice el cronista Calvo de la Riva, al hablar del aprendizaje de las monjas y especialmente de María de Santa Inés., su biografiada:  

Y músico soberano le enseña los puntos y notas por la mano. Seis son las notas del canto llano: ut, re, mí, fa, sol, lá. Y con estas comunes notas le enseñó el sabio maestro un cántico nuevo y elevada música en la cítara sonora de su rueda; pues puesta en ella sintiendo en su oscura noche sus amargos desamparos, triste cantaba empezando por el ut: ut quid de reliquisti me ? Dios mío, aporqué me has desamparado ? Y pasando a la segunda nota re, humilde le pedía diciéndole con el penitente rey: acordaos señor de tus misericordias y compadeceos de mis penas. .Reminiscere miserationum tuarum, Domine, et misericordiorum tuarum quae a seculo sunt (13) .  

En este plácido estilo continúa el autor hasta terminar la escala.

Para cerrar las noticias referentes a la primitiva música religiosa en Santafé, anotamos con el Padre benedictino Feijoo que en la apartada capital del Nuevo Reino sucedió lo que “en los tiempos antiguos, si creemos a Plutarco, que sólo se usaba la música en los templos y después pasó a los teatros.” Antes sólo se oía la melodía en sacros himnos; después se empezó a escuchar en cantinelas profanas.  

Al par de la música sagrada progresaba la profana, que ya se había extendido por todo el país. El instrumento más conocido era la guitarra, y se usaban entre los españoles y criollos las coplas, boleros, seguidillas y canciones españolas que, aceptados por los americanos con entusiasmo, vinieron a dar por resultado el nacimiento de una nueva escuela de música nacional de origen peninsular.

Ya para entonces reemplazaban la bandurria española el tiple y la bandola, modificación americana de aquélla, y con frecuencia acompañaban a la guitarra en sus armoniosos acordes.

El tiple en esos tiempos fue degeneración de la vihuela española, mas hoy es un instrumento perfecto en su género; es sencillo, dulce y agradable al oído. El músico bogotano —José Caicedo Rojas dice describiéndolo:  

En vano intentaríamos definir las sensaciones que experimenta el sencillo habitante del interior de la República al oír el rasgueado de una mano diestra en las cuatro cuerdas de un acordado tiple. Placer intenso, alegría, excitación nerviosa, recuerdos indescifrables de épocas pasadas y de lugares lejanos, melancolía, ternura, propensión al baile y al bullicio; todo esto, pero no se sabe a punto fijo qué, despierta el alegre són de un tiple. En la ciudad recuerda el campo y sus placeres. En el campo recuerda la algazara de las poblaciones. Oído de lejos en una noche despejada y tranquila, cuando el viento duerme y sólo nos trae sus gratos sonidos, una aura tímida, nos da la idea perfecta de la grandeza de la soledad, nos transporta, como el canto de la rana, a regiones extrañas y solitarias, nos hace saborear algo tan apacible y tan dulce como un amor puro (14) .  

El tiple perfeccionado se construye con maderas finas; el mástil ocupa más de la mitad de su extensión, y en él están incrustados los trastes, cuyo número es variable. Antes llevaba cuatro cuerdas templadas como las cuatro primeras de la guitarra; mí, si, sol, re. Hoy se han agregado otras cuerdas unísonas: unas entorchadas en octava baja y otras requintas en octava superior. Las cuerdas que en lo antiguo eran de intestino de rumiantes, son hoy metálicas.  

Al són del tiple bailaban los colonos en las primeras horas de la noche el torbellino y el bambuco. La música del torbellino, que siempre ha primado en el interior de la República, es aire de tres movimientos rápidos, y cada uno de los tres tiempos consta de dos notas de igual valor, siendo cada uno acorde completo de octava, ya en la tónica, ya en la cuarta, alternando con la quinta. Los tonos más comunes, siempre en el modo mayor, son do, re, sol, lá.

 

Regresar al índice             Continuar con el capítulo

 

(1) EM. LEFRANC. lib. cit., 109. CÉSAR CANTÚ, Compendio de Historia Universal, versión castellana de J. B. Enseñat, 682. (Regresar a 1)

(2)     SOLÓRZANO y PEREIRA, Política Indiana, II, 200—201 (Regresar a 2)

(3) ZAMORA. lib. cit.. 225 y 227. (Regresar a 3)

(4) Va que hablamos nuevamente de la iglesia y convento de Las Aguas, advertimos que en la página 151 aseverarnos que el historiador Zamora no había estudiado este edificio. Esto lo dijimos por error de consulta, pues dicho historiador en la página 516 de su interesante obra trae el capitulo XV De la Fundación del Convento de Nuestra Señora de Las Aguas en esta ciudad de Santafé. Zamora por fortuna confirma las noticias que nosotros di­mos sobre dichos convento e iglesia en la página arriba citada. (Regresar a 4)  

(5) RICARDO CASTRO. Páginas Históricas colombianas, 54. (Regresar a 5)

(6) JUAN AGUSTÍN MATALLANA, Resumen histórico del origen , progresos, misterios y maravillas de las imágenes de Jesús, María y José de la Peña, etc. Las estatuas fueron coloreadas por el artista Pedro Laboria en 1730. En los últimos años, 1880—8, se reconstruyeron el frontis de la iglesia y el campanario. En el sitio en que estuvo la primera ermita, a más de la mitad de la altura del cerro, se ha levantado varias veces una gran cruz de madera. ROSENDO PARDO, Reseña Histórica del Santuario de La Peña. Boletín de Historia. IV. 633 (Regresar a 6)

(7) PIEDRAHITA, lib. Cit. EUGENIO ORTEGA, Los Chibchas. (Regresar a 7)

(8) J. CRISÓSTOMO OSORIO, Breves apuntamientos para la historia de la música en Colombia, Repertorio Colombiano. III, número 15. En este estudio se hallan más noticias sobre la música indígena. (Regresar a 8)

(9) P. SIMÓN, lib. cit.. III, 286. (Regresar a 9)

(10) OCÁRIZ, lib. Cit., 118.  (Regresar a 10)

(11) LÁZARO M. GIRÓN, La Marimba, Papel Periódico Ilustrado, IV, 306. (Regresar a 11)

(12) GROOT, lib. cit., I, 357. (Regresar a 12)

(13) CALVO DE LA RIVA, lib. cit., 89.  (Regresar a 13)

(14) J. CAICEDO ROJAS. El Tiple, Bibliografía Colombiana. 2ª parte, 163. (Regresar a 14)