Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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Continuación del capítulo 15.


Durante el Gobierno de Cabrera y Dávalos, el Licenciado don Francisco José Merlo de la Fuente, del Consejo de Su Majestad, su Oidor y Alcalde de Corte en la Audiencia y Cancillería del Nuevo Reino, fue nombrado patrono de la capilla de Belén. Este Oidor adornó y ornamentó la capilla con munificencia, siendo Capellán don Juan Manuel de Galvis, en 1700. En aquellos tiempos, según lo cuenta Merlo de la Fuente en unas memorias que se conservan en el archivo de Belén, se celebró pomposa fiesta religiosa en la humilde capilla. A ella concurrieron el Presidente Cabrera y Dávalos y su esposa doña Gertrudis de Quirós y Ceballos. Con ellos iba su hija, doña Teresa de Cabrera y Dávalos, de quien refiere Merlo este curioso incidente, reputado entonces como milagro:  

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“Y perdídosele como a niña una cruz de perlas del rosario que llevaba en el concurso, sin diligencia se halló con ella, porque luego se la llevaron a su casa. Permitiendo después esta Divina Reina que como compañera y esposa del Franco. haya doña Teresa continuado en su asistencia, inflamada en la devoción de la Santísima Virgen, cooperando en lo que se refiere y participando de particulares beneficios y consuelos en sus partos y congojas repetidos.”  

En un óvalo de madera, fijado en un muro de la iglesia, se lee esta inscripción:  

El Sr. Arzobispo D.r D.n Joseph Xavier de Araux concede 80 días de Indulgencias a todos los que devotamente rezaren una salve en esta capilla.  

La iglesia de Belén que levantó Toscano, y que tenía 21 por 15 metros de dimensión y pobrísima arquitectura, fue derribada en 1909 por sacerdotes de la Compañía de Maria, de origen francés, que construyen al presente un bello templo, del cual volveremos a tratar.  

Al cerrarse el siglo XVII ya había en la Colonia algunos hombres que se llamaban instruidos, y en efecto lo eran por su erudición, pero todos ellos carecían de gusto y de genio. Refiriéndose a la misma época, el historiador literario ecuatoriano don Juan León Mera dice que “estos hombres instruidos pertenecían al clero secular y regular, y su sabiduría se fundaba en tal cual conocimiento en materias teológicas y en saber embrollar una discusión con pesados silogismos, cosas, por supuesto, sobrado poderosas para deslumbrar a los aborígenes y colonos” (10) . Más afortunada Santafé que Quito, contaba entre sus hombres instruidos no solamente a miembros del clero sino algunos civiles que cultivaban las ciencias, las letras y la poesía, como vamos a verlo haciendo una concisa enumeración de ellos. Seguimos en este estudio bibliográfico, en especial, al laborioso y verídico cronista Ocáriz, eminente Vergara y Vergara y al humanista Antonio Gómez Restrepo, quien enriqueció el libro de Vergara con eruditas notas.  

Las letras españolas habían tenido su edad de oro en los reinados de Carlos V y los Felipes, en la poesía lírica, con Boscán y Garcilaso, cuyos laureles recogieron en buena hora Alcázar, los Argensolas, Gil Polo, Herrera, Rioja, Cetina y otros; en la lírica sagrada, con fray Luis de León y San Juan de la Cruz; en la prosa mística, con Santa Teresa; en la poesía épica, con Ercilla; en el teatro, con Calderón, Lope, Moreto y Alarcón; en la más alta literatura, con Cervantes y Solís, quienes iban ya a publicar El Quijote y La Conquista de Méjico; esa época de literatura grandiosa no tuvo reflejo en las colonias españolas de América, donde se ignoraba hasta los nombres de esas glorias de la Península; por lo cual el historiador ecuatoriano dice: “el célebre Colón mostró la manera de atravesar el Océano, mas no la de trasladar a estas regiones las simientes de la civilización y los productos de las grandes inteligencias.”  

Vamos a mencionar los escritores nacidos en la ciudad de Bogotá desde fines del siglo XVI y los que brillaron en el siglo XVII.  

Es el primero don Santiago Alvarez del Castillo, hijo del Colegio del Rosario, quien pasó a España con la familia del Presidente Sande, y allí vistió el hábito de capuchino, cambiando sus apellidos por el nombre de fray Sebastián de Santafé. Escribió sobre teología e historia, pero sus obras se perdieron.    

Don Juan Rodríguez Fresle, autor de El Carnero, curiosa y popular crónica escrita con candor inimitable, en la cual consignó los más salientes acontecimientos ocurridos en Santafé en el primer siglo después de su fundación.  

Don Pedro Fernández de Valenzuela, ya citado en este libro, escribió tres tratados espirituales: Dictámenes sentenciosos, Rosario de Cristo y Flores espirituales. En cuanto a lo científico, ya dijimos que había escrito un Tratado de medicina y modelo de curar en estas partes de Indias; de estos trabajos no sabemos que se imprimiera sino el Rosario de Cristo (11) .  

Don Fernando Fernández dé Valenzuela, nombrado ya en la página 150, hijo del anterior, eclesiástico, autor de obras de teología, historia y poesía. Recordarán nuestros lectores que él fue el comisionado pará llevar a España el cuerpo del Arzobispo Almansa, y que con el nombre de Bruno de Valenzuela ingresó a la Orden de cartujos.  

Don Pedro de Solís y Valenzuela, bachiller, hermano del anterior, publicó en Madrid en 1647 un libro que llamó Epítome de la vida y muerte del Ilustrísimo señor doctor don Bernardino de Almansa.... Arzobispo de Santafé de Bogotá. En este tomo se encuentran algunas poesías de santafereños, que no podemos dejar de mencionar: es la primera un soneto escrito por Baltasar de Jodar, hermano de Solís y Valenzuela, con el objeto de laudar el libro. Ya Vergara y Vergara dijo que los primeros versos del soneto son sonoros y hermosos por estar inspirados en el amor a la Patria, y que el resto es malo; insertarnos los que han sido bien juzgados:  

De alisos y de sauces coronado,  
Cuanto un tiempo corriente detenido,  
A pesar de las ondas del olvido  

A Fucha miro en perlas dilatado:  

Que en líneas de cristal va desolado  
Llevando en riza plata ya esculpido  

Tu nombre    

No obstante la autorizada opinión de Vergara y Vergara, nosotros no creemos ni en la sonoridad ni en la hermosura de estos versos, que nos han hecho recordar a Góngora en España y al Capitán Taléns en Santafé. También elogió el libro de Solís y Valenzuela, en un soneto, el pintor Antonio Acero, amigo de exornar sus cuadros con estrofas de su pluma, tarea en la cual ésta no alcanzó a la altura de su pincel, pues las musas se negaban a bajar a su taller. Tomamos al acaso la siguiente estrofa de una de sus composiciones:  

En un mundo tan grande y donde ha habido  
Mil tiempos, mil edades diferentes,  
Así como unos montes, ríos, fuentes  
Arboles y animales siempre han sido.  

No tememos asegurar que las demás poesías del pintor Acero tienen idéntico gusto literario. El presbítero Francisco Rincón también dejó en el libro de Solís y Valenzuela un tributo de simpatía en el siguiente dístico:  

Tot matibos santum portans, terrestria quaerens  
Coelestis fugiit, sanctus et ipse tulit.  

En nuestra desautorizada opinión, creemos que el presbítero Rincón hizo muy bien en escribir en latín para quedarse inédito ante la generalidad de los críticos.  

Don Miguel Silvestre de Luna escribió en esa época un soneto para elogiar al autor de la Fénix Cartujana. Empieza así:  

Canta, cisne galán, que el sacro coro
Del Fucha escucha su divino acento  

Sin duda era una misma la musa que inspiraba a Silvestre Luna y a Baltasar de Jodar.  

Fray José de Miranda, dominico y orador de fama, fue también de los escritores de ese tiempo, según dice Ocáriz. Sus obras se han perdido.  

Igual suerte corrieron las obras de oratoria sagrada y de poesía del Canónigo de Santafé José Alava de Villarreal.  

Otro clérigo, Francisco José Cardoso, prosista y poeta, dejé manuscritas sus obras, entre las cuales merece citarse una novela en que no usó ninguna palabra que tuviera la letra a, esfuerzo de juego de lenguaje, común entonces:  

Don Antonio Osorio de las Peñas, Cura de Villa de Leiva, imprimió cuatro cuerpos de sermones, obra que no se encuentra en Bogotá, y tres libros: Maravillas del hijo de Dios en la persona de su Madre Santísima; Maravillas de Dios en sus santos, y Maravillas de Dios en sí mismo. Entre los sermones figura uno bajo el título Capa azul, y dice explicándolo:  

Julio Segundo, Pontífice Máximo, en el capítulo III de la Regla de Monjas de la Concepción, les ordenó que su capa sea azul para que diga su capa que son hijas de una Madre del Cielo toda santidad, toda purezas en el instante de su Concepción ........ De suerte que, a ceñir espada las monjas de la Concepción, a capa y espada defenderían la pureza de María. Pero baste la capa por ahora, que para defensa ella sola basta, como veremos.  

Don Juan García de Espinosa escribió dos obras: Política mineral y Flores de sucesos indianos; por fortuna para los lectores se perdieron.  

Don Hernando Domínguez Camargo, citado por el literato ecuatoriano Mera en la página 39 de su obra, escribió un poema heroico de San Ignacio de Loyola, prologado por el jesuita quiteño Antonio Navarro Navarrete, quien lo publicó en Madrid en 1666. Del libro de Vergara y Vergara copiamos los siguientes versos de un soneto contra Guatavita, población de Cundinamarca:  

Una iglesia con talle de mezquita                         ..............................................  
Un medico que cura sabañones  

y llama al pueblo

El Argel de ganados forasteros.  

Corte de verso y pensamiento que si acredita al poeta, por más deshonor que cause a Guatavita, y concluye diciendo:  

Gente zurda de espuelas y de guantes  
Aquesto es Guatavita, caminantes.  

A su vez Mera, para demostrar que se seguía en América la lamentable decadencia de las letras en la Metrópoli, inserta una poesía de Domínguez Camargo llamándola bien estrafalaria y ridícula, en la cual quiso describir la caída de las aguas del valle de Chillo:

Corre arrogante un arroyo  
Por entre peñas y riscos,  
Que enjaezado de perlas  
Es un potro cristalino  
Es el pelo de su cuerpo  
De aljófar, tan claro y limpio  
Que por cogerle los pelos  
Le almohazan verdes mirtos.  
Cíñele el pecho un pretal  
De cascabeles tan ricos,  
Que si no son cisnes de oro  
Son ruiseñores de vidrio.  

El poema de San Ignacio fue defendido por el célebre cubano don Manuel del Socorro Rodríguez, quien insertó algunas de las mil doscientas octavas que lo componen y que son de las mejores, no obstante ser gongóricas hasta el extremo.  

El doctor Bernardo José de las Peñas escribió sobre literatura e historia; también se extraviaron sus manuscritos.  

Lucas Fernández de Piedrahita, ya muchas veces nombrado en este libro, fue el inteligente autor de la Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino.  

El Padre Alonso de Andrade, alias Jerónimo Suárez de Zornosa, escribió una hermosa biografía de Pedro Claver, que se imprimió con su seudónimo.  

Fray Luis de Jodar, franciscano, hermano de los Valenzuelas ya nombrados, fue autor de la vida de la Venerable Madre Catalina María de la Concepción, fundadora del Convento de Santa Clara de Cartagena.  

Fray Martin de Velasco, también franciscano, imprimió en Cádiz su Arte de Sermones.  

Agregamos, para cerrar esta lista, en el siglo XVII, el libro que ya mencionamos en la página 135, escrito por el bogotano Arias de Ugarte, que llamó Regla, Constituciones y ordenaciones de las religiosas de Santa Clara de la ciudad de Santafé de Bogotá, impreso después en Roma en 1699.  

No citamos en este estudio algunos prosistas bogotanos de ese tiempo, entre los cuales ocupa lugar preferente el verídico historiador fray Alonso de Zamora, por no hacernos demasiado prolijos, y porque en nuestro libro se encuentran repetidas inserciones de sus trabajos, que muestran la limpieza y galanura de su estilo, y también porque ya hablaron extensamente sobre su mérito los bibliógrafos Vergara y Vergara, Laverde Amaya y Gómez Restrepo.  

Nosotros nos apartamos de las ideas del distinguido literato José Rivas Groot expuestas con brillantez en el prólogo del Parnaso Colombiano, colección de poesías recogida por don Julio Añez en 1886, aunque reconocemos la alteza de sentimientos que encierran. El señor Rivas Groot dice:  

Quede allá en mala o en buena hora, para los que necesitan adorar al vulgo iconoclasta, la flaca tarea de escarnecer el pasado antes de y sin desear conocerlo, de romper el ídolo sin mirar si éste es feo vestigio o imagen adorable; y quede también para otros, fanáticos en el sentido opuesto, la no menos flaca labor de escarnecer el presente y negar el porvenir, manifestando anhelos de volver a lo que no volverá, y poniendo así en duda los destinos providenciales de la humanidad sobre la tierra (12) .  

Y decimos que nos apartamos de las teorías elevadas del señor Rivas Groot, porque creemos que no daríamos luz bastante al tratarse de asuntos literarios en la Colonia, si no hiciéramos conocer las defectuosas muestras literarias de los cultivadores de la poesía en la atrasada Santafé.    

Observa el distinguido publicista mejicano Victoriano Agüeros que los poetas americanos de aquellos tiempos “estaban dotados de numen, de imaginación y de otras bellas cualidades, se hallaban muy lejos de merecer que la posteridad recogiera sus nombres y los admirara, porque aquí, lo mismo que en España, el mal gusto marchitaba los ingenios, y los llevaba por un camino extraviado y verdaderamente fatal” (13) .  

Tal es la lista de escritores bogotanos del siglo XVII, cuando la sociedad colonial estaba ya compuesta de naturales del país, llamados criollos, cuyos destinos regían empleados españoles, que los miraban con desdén. El mérito de dedicarse al estudio en aquel siglo batallador, careciendo de estímulo en tan atrasada sociedad, y del primero de los elementos de la civilización, la imprenta, es digno de altísimo encomio. La Historia debe justo tributo de alabanza a los santafereños que se dedicaron al cultivo de las letras en la pequeña capital del Nuevo Reino, sin tener bibliotecas de consulta ni apoyo moral ni material de la sociedad colonial, ni siquiera la esperanza de imprimir sus obras, pues para lograrlo tenían que enviarlas a España, con grandes costos, sujetándolas a múltiples censuras, a las veces dictadas por personas incompetentes para juzgarlas, y esperar largos años a que terminara la impresión, generalmente incorrecta, si lograban obtenerla.  

Hemos llegado al fin del siglo XVII, y creemos haber dado a conocer los lentos progresos de la vida colonial, las costumbres y vida de los habitantes de la capital del Nuevo Reino en aquel tiempo que puede llamarse la edad media de nuestro país.  

Quizá se nos diga que hemos llenado muchas páginas con leyendas, consejas y anotación de hechos y sucesos más ó menos pueriles. Pero nosotros creemos que tales relaciones son el vivo reflejo de la sociedad colonial. En apoyo de este criterio histórico nos permitimos hacer nuestras las palabras del célebre historiador inglés Tomás Babington Macaulay a este respecto:  

Hay una frase menguada a que son aficionadísimos los historiadores vulgares: “la dignidad de la historia.” Un escritor está en posesión de algunas anécdotas que ilustrarían con luz vivísima el efecto que produjeron sobre las costumbres y la moralidad de los parisienses las especulaciones de la Compañía del Misisipí pero suprime esas anécdotas por ser demasiado bajas para la dignidad de la historia. Otro se siente fuertemente inclinado a mencionar algunos hechos relativos al horrible estado de las prisiones en Inglaterra hace dos siglos; pero reflexiona que los sufrimientos de media docena de bribones, amontonados sobre ladrillos desnudos, en una cueva de quince pies cuadrados, formarían un asunto que no se compadecería bien con la dignidad de la historia. Otro, por respeto a la dignidad de la historia, publica una relación del reinado de Jorge II, sin mencionar siquiera la predicación de Whitefield en Moorfields. ¿Cómo un escritor que puede hablar de Congresos de Soberanos, de pragmáticas sanciones, de fosos y de baluartes, de batallas donde murieron diez mil hombres y donde cayeron prisioneros seis mil, con cincuenta banderas y ochenta cañones, cómo habría de descender a la lonja, a las cárceles, al teatro, a los cuarteles?    

Claro es que un historiador no debe recordar bagatelas y que ha de ceñirse a lo que es importante. Pero parece que muchos escritores no entienden en qué consiste la importancia histórica de un suceso. Parece que no aciertan a comprender que son dos cosas muy diferentes la importancia de un hecho, considerado con relación a sus efectos inmediatos, y la importancia del mismo hecho considerado como elemento de formación de una ciencia. La cantidad de bien o mal que produce un hecho no es necesariamente proporcionada a la cantidad de luz que de ese hecho se desprende al estudiarlo, como medio de producir después el bien o el mal. El envenenamiento de un Emperador es ciertamente un suceso mucho más importante que el envenenamiento de un ratón; pero el envenenamiento de un ratón forma acaso época en la química, mientras que el Emperador puede ser envenenado por medios tan comunes y presentar síntomas tan poco dignos de estudio, que ningún diario científico tomaría nota del suceso.... Para nosotros es sin duda tan útil saber cómo se ocupaban las mujeres inglesas ahora ciento ochenta años, hasta dónde llegaban en el cultivo de la inteligencia, cuáles eran sus estudios favoritos, qué grado de liber­tad se les concedía, qué uso hacían de esa libertad, cuáles eran las prendas que más apreciaban en los hombres, qué pruebas de cariño les permitía el decoro dar a sus galanes, que conocer en todos sus pormenores la ocupación del Franco—Condado y el Tratado de Nimega (14) .  

A su vez, otro ilustre inglés, Thomas Carlyle, trae, a propósito de la forma moderna de la historia, las siguientes palabras:  

Poco importa que sea rey o labriego el personaje de la escena, ni que ésta pase en la floresta de la encina real, allá en la marca de Staffordshire. Basta que el teatro sea el mundo real que pisamos y adonde hemos venido a dar sin saber cómo; basta que sean hombres los autores y que sean vistos, pero con los ojos de un hombre. Pueril podrá ser, y hasta repugnante de suyo, un episodio; pero si es real y viene presentado como se debe, se quedará grabado y como ennoblecido en la memoria, iluminado con el pálido resplandor que le imparte el pensamiento, animado con aquella simpatía profunda que sólo inspiran los muertos. Porque el pasado es para nosotros sacrosanto, y lo son los muertos, sin que sean poderosas a arrebatarles su aureola su maldad y bajeza, cuando vivos.  

La aventura más común de un ser insignificante revela, después que sobre ella hayan pasado sesenta o más años, su intención y sentido, y tiene aparejadas para nosotros enseñanzas altísimas (15) .  

Las ideas de los dos célebres historiadores ingleses, seguidas hoy por todos los que estudian los sucesos del pasado con alto criterio filosófico en Europa y América, nos habían hecho ya sus adeptos desde 1884, cuando dijimos, en el capítulo III de una monografía histórica sobre la medicina en Bogotá, que nos separábamos de la llamada dignidad de la historia y nos apartábamos de la idea de Voltaire, cuando sentó el siguiente aforismo:  

Ne dites à la posterité que ce qui est digne de la posterité (16) .

 

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(10) JUAN LEÓN MERA. Ojeada histórico crítica sobre la poesía ecuatoriana. 32 (Regresar a 10)

(11) OCÁRIZ, lib. cit, 216, que menciona Vergara, dice que don Pedro era natural de Baeza, en España.  (Regresar a 11)  

(12) J. RIVAS GROOT, Estudio Preliminar, pág. IV. Parnaso colombiano, colección de poesías escogidas por Julio Añez. Vol. I. 1886. (Regresar a 12)

(13) VICTORIANO AGÜEROS. Reseña de la literatura mejicana; introducción a la obra Escritores Mejicanos Contemporáneos. Repertorio Colombiano, IX, 218. (Regresar a 13)

(14) MACAULAV, Boswell’s Life of Johnson. (Regresar a 14)

(15) T. CARLYLE. Essays, IV. pp. 50 y siguientes. London. Chapman & Hall. 1872. (Regresar a 15)

(16) VOLTAIRE, Hist. de Pierre—le—Grand. Preface. (Regresar a 16)