Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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CAPITULO XV

 

El  Arzobispo Sanz Lozano—Una obra pía—Otra disidencia entre los poderes civil y eclesiástico— Muerte de Castillo—Gobierno interino de Sebastián de Velasco—El tiempo del ruido—La fiesta de San Juan—Muerte del Arzobispo Sanz Lozano—Su retrato—Muerte del Obispo historiador Piedrahita—Nueva epidemia—Llega el Arzobispo Urbina—Segunda prohibición del uso de la chicha—Propiedad de las aguas de la ciudad—Leyenda del venado de oro—Segunda y tercera reconstrucciones de la capilla de Belén—Un curioso milagro—Escritores bogotanos del siglo XVI—Porqué son dignos de mención—La historia en la época moderna.  

 

Don Antonio Sanz Lozano, natural de Cavanillas, varón docto, Obispo de Cartagena veinte años, fue promovido al Arzobispado de Santafé en 1681 (1) .  

Dos años después, siguiendo el ejemplo de Diego de Ortega, fundó Rodrigo Téllez obra pía para dotar huérfanas pobres, con el fin de que tomasen estado, y nombré patrono de ella al Alcalde de primer voto.  

Conserva la historia el recuerdo de las controversias y disputas que sostuvieron el Presidente Castillo y el Arzobispo Sanz Lozano. Reclamaba la Audiencia de Quito al presbítero Domingo Laje, de quien se decía que estaba casado en España, y éste se hallaba asilado en la casa del Cabildo metropolitano. Ordenó Castillo la prisión del clérigo, y el Arzobispo se negó a entregarlo, acogiéndose al fuero eclesiástico; el Presidente decretó entonces el extrañamiento del Arzobispo, y éste fulminó excomunión contra Castillo. Tan curiosa lucha, que agitó la sociedad colonial que temía al Presidente y respetaba al Prelado, terminó con la fuga del clérigo, con la cual el Arzobispo levantó la excomunión y el Jefe del Reino derogó el decreto de extrañamiento, no quedando de la controversia sino una crónica más en los anales de la Colonia (2) . Concluido el litigio, cesó el alarma, y la vida tranquila continuó para los santafereños hasta el año de 1685, en que murió el Presidente Castillo y se encargó del mando don Sebastián de Velasco, quien nada notable hizo durante un año que gobernó en interinidad.

Llegó a Santafé con el titulo de Presidente, obtenido por influencia del Marqués de los Velez, don Gil de Cabrera y Dávalos, Caballero de Santiago. Se encargó del mando en 1686. Este gobernante se distinguió solamente por su ineptitud e indolencia en el largo período de diez y siete años que rigió los destinos del Reino, tiempo en el cual, dice Vergara y Vergara, “durmió la Colonia un sueño sepulcral.”

Sólo un ruido memorable se dejó oír en medio de tanto silenció: el 9 de marzo de 1687, a las diez de la noche, con un ruido extraordinario despertaron los habitantes de Santafé, quienes dormían tranquilos hacía ya largo tiempo, pues las ocupaciones nocturnas consistían en rezar el rosario y cenar en familia; terminaban temprano, y el toque de queda les cerraba las puertas de la calle.

No fue—dice el jesuita José Cassani—de tan corta eficacia ni fortaleza que no interrumpiese ni cortase la fuerza y pesadez del primer sueño a los que por trabajadores estaban ya entregados al descanso; de suerte que es la mayor ponderación la verdadera seguridad de que no hubo persona a quien no espantase y que no lo oyese. Al primer golpe dudaron todos; al segundo, temieron; al tercero, se aterraron, y con la perseverancia salieron de sí, y aun de sus casas y aun de la ciudad. es fácil referir la confusión y la turbación de aquella noche: solo aquella prosopopeya con que nos representan los predicadores el día del juicio, puede prestarnos alguna explicación a lo que físicamente sucedió la noche del espanto. La gente toda fuera de sus casas, por el terror de que se venían abajo: unos medio vestidos, como estaban en sus posadas; otros enteramente desnudos, porque estaban ya acostados, y todos gimiendo y clamando misericordia, discurrían sin tino por las calles; nadie sabía a dónde iba, porque nadie sabía dónde estaba; todos clamaban al cielo, porque veían que les faltaba la tierra: fue preciso abrir las iglesias, donde se refugiaba, como a sagrado, el temor, huyendo de la Divina Justicia (3) .  

Otro jesuita, Juan Ribero, al relatar este ruidoso suceso dice lo siguiente:  

Habiendo estado así el principio del día, como también la tarde, con serenidad y quietud, se comenzó a oír generalmente en toda ella (la ciudad) y en muchas leguas de su contorno, un tan estupendo y terrible ruido que cuantos lo oyeron asombrados y atónitos, no se acuerdan de haber oído cosa igual, ni esperan oírla si no es en otro caso semejante al que pasó entonces; duró este ruido el espacio de un cuarto de hora, y en este breve tiempo es indecible el gentío que ocupó las calles con la novedad; pues aunque había pocos en pie y despiertos en aquella hora, por estar muchos entregados al sueño, y los más, recogidos en sus camas, el sobresalto y confusión ruidosa, despertando a unos y desacomodando a otros, los hacía dejar el sueño y recogimiento y salir despavoridos y asombrados, ya a medio vestir, ya desnudos, como permitía a cada uno la turbación, y daba prisa el deseo natural de huir de la muerte, cuyo temor a todos había ocupado.  

Pero aunque salían huyendo, no sabían a dónde iban, pues dejando sus casas donde a cada uno le parecía ser el ruido que se escuchaba, en saliendo fuera de ellas le percibían mayor, y hallaban mayor confusión; y así, faltos de consejo y como fuera de sí, andaban las gentes por las calles y plazas a carrera, todos, sin distinción de sexo o estado, huyendo hacia diferentes partes, conforme les parecía poder librarse mejor del peligro que les amenazaba: unos corrían como locos hacia la eminencia de los cerros y montes vecinos, juzgando que el ruido se formaba en la llanura; al contrario, otros huían la vecindad y cercanía de los cerros, acogiéndose presurosos al llano, por parecerles que de la altura les venía todo el daño. Los del barrio de Las Nieves corrían a buscar refugio en lo principal de la ciudad, y los de la ciudad, huyendo de ella, se retiraban a Les Nieves, y últimamente, encontrándose unos con otros de huida, ninguno encontraba el refugio y consuelo que pretendía, pues donde juzgaban hallarle, advertían que la confusión de las gentes era mayor, la turbación de los ánimos más extraña, y el temor de todo viviente más crecido, y preguntando unos a otros por si sabían el origen del caso, tan insólito y formidable, nadie daba razón, porque todos ignoraban la causa, y a ninguno dejaba lugar el miedo y sobresalto para poder responder.

No aumentaba poco la aflicción y desconsuelo grande que el caso traía consigo, el continuo y triste alarido que se escuchaba por las calles de niños y mujeres, que con la debilidad de la edad y del sexo tienen menos ánimo para hacer rostro a los peligros, y se acogen más fácilmente a las lágrimas; a esto se juntaban los incesantes y formidables aullidos de los perros que, conjurados todos cuantos había en la ciudad, parece que lloraban y sentían a su modo la calamidad y ruina de los hombres; todo lo cual, junto con los clamores lúgubres y piadosos de las campanas, que a una rompían entre los sonidos tristes del aire, componían una noche tremenda y horrorosa de juicio. Y, a la verdad, si de esto puede haber remedio alguno en esta vida, que baste a darnos especies de lo que será aquel día último de los tiempos, uno fue, y muy al vivo, el de esta lamentable noche, según el temor, confusión, sobresalto y otras circunstancias que concurrieron en ella (4) .  

Por su parte, el simpático cronista Caballero dice:  

A 9 de marzo de 1687, estando la noche serena, buena y sin alteración ninguna, como a las diez de la noche comenzó un extraño ruido en la tierra, en el aire o en el cielo—que al fin no se supo dónde fue,—el que duró cerca de media hora, de suerte que no quedó persona despierta ni dormida que no lo sintiese. Al primer golpe dudaron; al segundo, temieron, y al tercero, se aterraron de tal modo, que salieron todos de sus casas como estaban, desnudos o vestidos, y corrían sin saber para dónde, pidiendo misericordia. Nadie sabía a dónde iba ni a dónde estaba; los de un barrio iban a otro, y los de aquél a éste, y así se atropellaban unos a otros en esa hora, y se abrieron todas las iglesias y se expuso el Santísimo Sacramento.

En esta confusión nadie sabía a qué atribuirlo: unos decían que era el demonio que disparaba una gran batería, pero esto era nada, pues el ruido, según se sintió, era más recio que el estallido de un cañón de 36; y como era continuo, los del campo les parecía que iban ya volando por el aire. En fin, cosa terrible y espantosa. Quedaron todas las gentes como atontadas, pues se preguntaban unas a otras lo sucedido, y nadie acertaba a dar una razón. El ruido les duró en los oídos por mucho tiempo, y el terror pánico que concibieron fue tal, que a cualquiera ruidito que oyesen se levantaban dando tantos gritos y alaridos, que ponían en consternación a todo un barrio o parroquia. El ruido no se puede figurar, por haber sido una cosa muy extraña y fuera de los limites de la naturaleza. El trueno más grande de un rayo sería nada en su comparación, y esto, seguido por espacio de media hora, fue lo que aturdió y quedaron todos como dementes (5) .

Hasta el Presidente Cabrera y Dávalos salió de su letargo, y dejando el Palacio, reunió numerosa comitiva y recorrió las calles de San Agustín y Santa Bárbara, porque la opinión general más común era que enemigos sangrientos, al són de cajas de guerra y disparando mosquetes, bombardas y piezas de artillería, ocupaban las orillas del Fucha.  

Pasó el ruido dejando impresiones inolvidables y la idea entre las gentes vulgares de que el olor de azufre que se había percibido era causado por diablos que cruzaban por los aires; los colonos de mejor juicio y más sano criterio no atribuyeron el olor de azufre a Satanás y a su corte, y todos supieron, meses después, que en la misma noche del ruido, terremotos repetidos habían conmovido las tierras del Ecuador y del Perú. Desde entonces, cuando entre nosotros se quiere ponderar la antigüedad o vejez de alguna cosa, se dice: eso es del tiempo del ruido.  

En las fiestas de San Juan, San Pedro y San Eloy, había la costumbre de correr gallos en las calles y plazas de la ciudad, lo cual había querido destruir el Arzobispo Sanz Lozano, imponiendo excomunión a los que con pretexto de devoción hicieran chirriaderas en aquellos días, sin lograr su objeto. La concurrencia en las calles era numerosa, y constantes los gritos, especialmente en la Calle de la Carrera, donde se apostaban durante el día, por caballeros de la alta sociedad, carreras de caballos, y sitio donde por las noches se reunían, rodeando las mesas en que se jugaba pasadiez y bisbis, los que habían lucido su habilidad en el manejo de los bridones durante el día, con las familias de los maestros artesanos, siendo la única vez en el año en que un hijo de un Caballero de Santiago o de Calatrava, el sobrino de un Oidor, si éste no lo hacia en persona, o el descendiente de un Virrey y Capitán General, hablaban familiarmente con los hijos del pueblo y sus familias, escena de fraternidad democrática exótica en aquel tiempo, en que los Jefes del Reino exigían el tratamiento de Señoría Ilustrísima y se sentaban bajo dosel, en que discutían los Cabildos civil y eclesiástico la preeminencia de sentarse en sillas forradas en terciopelo y usar quitasoles en las procesiones, y en qué los Canónigos tenían por navidad renta para gallinas. Laso de la Vega prohibió por bando esta costumbre, disposición que hizo más fría y monótona la vida colonial, pero en cambio permitió las corridas de toros, hasta entonces prohibidas, pues como buen castellano comprendió la imposibilidad de hacer cumplir esta restricción en España y sus dominios, que era además injusta, pues las censuras eclesiásticas que la prohibían, y que él logró se levantasen, sólo se habían dictado en el Nuevo Reino.

De una vez hacemos conocer un curioso bando que medio siglo después hizo promulgar el Virrey José Alfonso Pizarro, como curioso documento sobre diversiones populares, que revela con clara luz algo de las costumbres coloniales:  

Don José Alfonso Pizarro, etc. —Por cuanto en los días 23, 24 y 25 del presente mes, con el motivo de celebrarse las vísperas y fiestas de San Juan y San Eloy, me hallo informado se hacen corridas de toros por las calles de esta ciudad, a que concurre mucha parte de los vecinos, continuando esta festividad hasta en la noche de dichos días, en las que acaece atropellar a los que andan a pie, subcediendo lo mismo por las mañanas de los mencionados días, por lo que muchas personas no concurren a las iglesias a celebrar los divinos oficios, y para evitar éste y otros perjuicios que puedan resultar, ordeno y mando a todos los vecinos, estantes y habitantes en esta dicha ciudad, que con ningún pretexto ni causa, llegada la noche desde las Ave Marías, no salgan ni corran a caballo, ni saquen toro dentro del lugar ni sus arrabales hasta la hora común del alba, como ni tampoco al tiempo en que se celebran los divinos oficios; pena al transgresor de perdimiento del caballo y silla y de dos meses de cárcel. Y para que llegue a noticia de todos, y ninguno pretenda ignorancia, se publique por bando en la forma acostumbrada. Fecho en Santafé a 22 de junio de 1753 años—EL MARQUÉS DE VILLAR.  

La fiesta de San Juan estuvo en auge entre el pueblo de Bogotá hasta fines del siglo XIX; de entonces acá ha disminuido considerablemente esa práctica salvaje, merced a costumbres más civilizadas, si bien es cierto que al presente parte de la hez del pueblo la celebra en ventorrillos de los aledaños de la capital.  

El 28 de mayo de 1688 falleció en Tunja el Arzobispo Sanz Lozano. Recordamos que su memoria es simpática por haber dotado cuatro becas para los Colegios de San Bartolomé y El Rosario.  

En la galería de la Catedral se lee lo siguiente, al pie de su retrato:  

El Ill.mo Sr D.r D.n Antonio Sanz Lozano, fué Obpo. de Cartag.na de Indias, y promovido a Arzobispo de esta S.ta lg.a Metropolitana de Santafé, en donde tomó posseción el día 22 de Febrero de 1681. Fundó y dotó cuatro becas para los colegios de S.n Bartolomé y el Rosario, y seis capellanías p.a el coro de esta Santa Yglesia Catedral.  

En ese mismo año llegó noticia de haber fallecido el Obispo de Panamá, don Lucas Fernández Piedrahita, hijo de Bogotá, donde se le tributaron honores fúnebres.  

El mismo año en que falleció el Arzobispo, una fuerte epidemia, que los historiadores han llamado simplemente peste, pues se desconocen sus síntomas, afligió la ciudad de Santafé haciendo numerosas víctimas; aunque el número de éstas no fue comparable con el que hizo la peste de Santos Gil un cuarto de siglo antes, fue tan violenta la epidemia, que dejó imperecedera memoria en la capital de la Colonia.  

Sucedió en la Silla arzobispal al señor Sanz Lozano el español fray Ignacio de Urbina, quien hizo construir un buen órgano para la Catedral. Trabajólo Pedro Rico por la suma de $ 3,000, y se estrenó el 8 de diciembre de 1693. Llamóse este órgano “de los ángeles” por haber circulado la especie, en aquel lejano tiempo, de que fue tocado una noche por los espíritus celestes.  

Vimos atrás que el Presidente Pérez Manrique prohibió la fabricación y uso de la chicha, vino colombiano muy nutritivo, según opinión del doctor José Félix Merizalde, prohibición que no hicieron cumplir sus sucesores. Aumentándose el consumo de este licor, rival del pulque mejicano, el Arzobispo Urbina, siguiendo las huellas del Marqués de Santiago, prohibió vender chicha, bajo la pena de excomunión. No pudo el Prelado obtener que se suspendiera la venta de ese para él odiado licor, y con escándalo público el pueblo prefirió incurrir en las penas morales decretadas antes que abandonar el uso popular del vino nacional. De acuerdo con el señor Urbina, para que no apareciese acto de debilidad del Prelado, el Coro catedral le suplicó que revocase la resolución, a lo que accedió el Arzobispo, quien evitó así el desacato a su autoridad y de seguro ganó popularidad, quedando persuadido de que una disposición gubernativa no rompe arraigada costumbre (6) .    

Por cédula real de 19 de agosto de 1695 el Rey de España cedió a la ciudad de Santafé la propiedad de las aguas de su Distrito. Desde entonces el Gobierno colonial, que representaba la voluntad del Rey y a veces el capricho de sus favoritos, dejó al Ayuntamiento de Santafé la libre administración de las aguas de la ciudad (7) .  

Cuenta la crónica que llegó entonces (1700) a la capital del Nuevo Reino un joven distinguido, con el objeto de buscar fortuna. Se llamaba don Diego Barreto, portugués y hombre de vida disipada y tormentosa, que dejaba el garito solamente para buscar lances de amor.  

Habitaba entonces en la ciudad un rico comerciante, don Pedro Domínguez Lugo, oriundo de España, quien viudo hacía algunos años, fincaba su ventura en hacer la dicha de la única hija que tenía, la cual, a más de ser muy bella, era modelo de virtudes y habla negado su solicitada mano a muchos pretendientes, por no abandonar a su anciano y cariñoso padre.  

No pasó mucho tiempo sin que Barreto y doña Inés de Domínguez tuvieran ocasión de conocerse y de tratarse, y como era natural, pronto se escribieron cartas de amor y tuvieron citas nocturnas, no obstante la vigilancia de don Pedro, quien, con el alma adolorida, le hizo saber a su hija que desaprobaba la preferencia y el cariño que le había consagrado a un aventurero de insanas costumbres y de hogar desconocido.  

Nada valieron las instancias de Domínguez en el enamorado corazón de doña Inés, y entonces, cegado por la ira, atacó a don Diego, estando los dos armados de sendas espadas, en el momento en que el galán, cubierto por las sombras de la noche, se acercaba a la ventana en que lo esperaba la enamorada doña Inés. En el lance el airado padre quedó gravemente herido, a pocos pasos de su morada y a la vista de la apasionada doncella.  

Barreto huyó, persuadido de que había dado muerte al acaudalado comerciante, y buscó El Boquerón, al oriente y en las afueras de la ciudad, como lugar de refugio. La oscuridad, que era profunda, una lluvia torrencial que se desató e hizo crecer excepcionalmente el riachuelo San Francisco, y el hallarse entre abruptas peñas, en donde no había sendero, fueron causas que lo obligaron a detenerse en una gruta donde se favorecía del agua y del peligro de morir despeñado.  

La noche se parecía entonces a la escena descrita por el poeta Rafael María Baralt.  

Súbito el estampido  
del trueno horrizonante se desata,  
y el intenso bramido  
de la tormenta al aire se dilata;  
rompe el rayo las nubes: piedra y fuego  
con él caminan, y en su furia ciego  
campos incendia y montes arrebata.  

Allí pasó la noche don Diego meditando en lo que haría para no dejarse aprehender de las autoridades coloniales. Con la primera claridad del día se preparaba don Diego a abandonar su asilo, cuando vio brillar, en el fondo oscuro de la gruta, algo que lo deslumbró por el momento.  

Avanzó unos pocos pasos, y se encontró con una pesada masa de metal; pasada la ofuscación que la oscuridad causa en los primeros momentos después de contemplar la luz, paulatinamente sus ojos vieron más en la semioscuridad de la gruta adonde no entraba más claridad sino la de tenues rayos que se filtraban al través del tupido matorral; entonces pudo contemplar un venado, de tamaño natural, toscamente fabricado en oro macizo; don Diego no daba crédito a lo que sus ojos veían; por un momento se creyó víctima de un sueño y que todo lo que le había sucedido desde la noche anterior no era más sino una ardiente pesadilla; pronto, sin embargo, tornó a la realidad y se convenció de lo cierto y efectivo que era aquello que contemplaba. Entonces vino a su memoria el haber oído referir que en el sitio de recreo de los Zipas, Teusaquillo, en cuyo lugar se fundó a Santafé, existía un santuario en donde los indios adoraban un enorme venado de oro, y que cuando la invasión de los conquistadores, los indios, por orden del Zipa, lo escondieron a toda prisa, sin que hasta entonces se hubiera vuelto a saber de su paradero (8) .  

Don Diego, que no podía volver a la ciudad, mutiló la cornamenta del venado, ayudándose de su espada y de gruesos guijarros, “y se dispuso a poner señales precisas para que, cuando volviera, le fuese imposible equivocar el sitio. En primer lugar, tapó con piedras la estrecha entrada de la cueva, arrancó algunas plantas parásitas y líquenes de los que se desarrollan en aquellos sitios, y los colocó en las junturas para que echando raíces simularan la espontánea vegetación de la naturaleza y fuera imposible a otra persona descubrir la gruta que encerraba su tesoro. Concluido su trabajo, miró hacia la ciudad y tiró la visual en línea recta; su mirada encontró el aldabón de la puerta principal dé la iglesia de La Veracruz; con esto ya tenía la señal para orientarse; luego, queriendo dejar aún otra seña más precisa, clavó su espada al frente de la entrada de la gruta,” y abandonó aquel sitio, seguro de volver a encontrarlo.  

Don Pedro sanó de su herida y continuó con fruto sus operaciones comerciales, pero no volvió a tratar a doña Inés con las atenciones que antes le prodigaba.  

Después de cuatro años don Diego volvió ocultamente a la ciudad, creyendo que el tiempo transcurrido era suficiente para el olvido de su trágica aventura. Luego que hubo llegado, confió a un íntimo amigo, con toda franqueza, el secreto de su amor y fortuna, y los dos marcharon sin dilación a las faldas de Monserrate por el mismo camino que en memorable noche había recorrido don Diego cuatro años antes, en busca del venado de oro. La casualidad los hizo pasar por las puertas de la casa de don Pedro, donde estaba éste de pie en el ancho zaguán. Reconoció don Pedro al punto a su enemigo, agítanse en su corazón los viejos recuerdos de odios y venganzas, y el ofendido padre se lanza sobre el enamorado, con puñal en la mano, el cual le clava en el pecho a don Diego, que cae en brazos de su amigo, ya hecho cadáver.

Al poco tiempo falleció don Pedro en estrecha prisión, y doña Inés, sola en el mundo, buscó asilo en los claustros del monasterio de Santa Clara.  

Esta leyenda se conservó como tradición en Santafé por mucho tiempo, y no faltaron cándidos que ignorando la historia de los chibchas, buscaban desde el atrio de la antigua Veracruz, con mirada ansiosa, el lugar donde debía encontrarse la cueva que guardaba el venado de oro.  

Ya vimos antes que durante el Gobierno de don Juan Bautista de Monzón, en 1580, los miembros de la Cofradía de Nuestra Señora de Belén levantaron una ermita cubierta de paja, para dar culto a la Virgen, en árida y despoblada colina.  

En 1673 pidió permiso el Capitán don Esteban Antonio Toscano al Arzobispo Arguinao para reconstruir la ermita, al oriente del barrio de Santa Bárbara, en el sitio llamado El Pedregal, dedicada a Nuestra Señora de Belén, en el lugar ocupado por una casa de su propiedad, con el fin de pasar a la sombra de la ermita, y con hábito, los últimos días de su vida de soltero.  

Naturalmente se hizo expediente sobre el asunto; el Cura de la parroquia de Santa Bárbara se opuso a la obra porque le disminuía sus emolumentos; el Capitán aseveró que gentes que habitaban en El Pedregal no asistían a misa los días feriados por la lejanía de la iglesia parroquial, y todo dio por resultado que el Obispo Presidente Liñán y Cisneros concediera la licencia pedida y que el fundador Toscano nombrara por cláusula testamentaria patronos de la iglesita al presbítero José Manrique de Lara y a don Andrés Calderón (9) .  

La iglesia se construyó de teja, con frente y espadaña mirando al Occidente, y con habitaciones contiguas para morada del fundador Toscano.  

 

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(1) MANUEL EZEQUIEL CORRALES, Efemérides y Anales del Estado de Bolívar. I, 166. (Regresar a 1)

(2) C. BENEDETTI, lib. cit., 223. J. J. BORDA, compendio de Historia de Colombia, ed. de 19O8, pág. 85. (Regresar a 2)

(3) JOSÉ CASSANI, Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús en el Nuevo Reino de Granada.   (Regresar a 3)

(4) JUAN RIVERO, Historia de las Misiones de los Llanos de Casanare, 271.  (Regresar a 4)

(5) J. M. CABALLERO, Patria Boba, 80.   (Regresar a 5)

(6)  Veremos luego que el reverendo Arzobispo Azúa obtuvo real cédula que prohibió por tercera vez el uso de la chicha, y que no consiguió con ella mejor resultado que el señor Urbina. (Regresar a 6)

(7)   Constitucional de Cundinamarca, 1851, pág. 92. (Regresar a 7)

(8) De El Correo Nacional, año VII, n° 1745, de 14 de noviembre de 1896, hemos tomado en extracto y reproducido en parte la crónica intitulada El venado de oro, publicada allí anónima.  (Regresar a 8)

(9)  Expediente original que se conserva en el Archivo Nacional. (Regresar a 9)