Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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CAPITULO XIV

 

La Capilla del Sagrario—Curiosa profecía—La primera piedra—El antiguo altar mayor—Su mérito arquitectónico—Cuadros de Vásquez—Muerte del Rey Felipe IV—Mal Gobierno de la Corte de Madrid—Obsequio de Santafé de Bogotá a la Reina Mariana de Austria—El ilustre Ayuntamiento de Santafé—Muerte de Egües y Beaumont—Presidencia de don Diego de Corro Carrascal—Gobierno del Presidente Villalba y Toledo—Se termina el Puentegrande—Muerte de Villalba—El Obispo Presidente Liñán y Cisneros—Fin de su Gobierno—Tres Presidentes en el Nuevo Reino. Fundación del noviciado de los jesuitas (Hospicio).—Mal Gobierno de los Oidores—Llega el Presidente Castillo de la Concha—Muerte del Arzobispo Arguinao, y retratos que de él se conservan—Recopilación de las leyes de Indias.

  

POR aquellos años (1660) vivía en Santafé don Gabriel Gómez de Sandoval, Sargento Mayor del ejército real, hombre piadoso y especialmente devoto del Sacramento de la Eucaristía, quien había hecho voto de levantar un templo al Santísimo. Compró con tal objeto, en $ 640, dos casas contiguas, hacia el Sur, a la que habla levantado para el servicio del Capítulo Catedral el Arzobispo don Julián de Cortázar, y colindando por el costado sur con las casas de la obra pía que fundó Diego de Ortega con el objeto de dotar niñas pobres que quisieran casarse, o sea en el sitio que ocupa la Capilla del Sagrario, en la acera oriental de la mejor plaza de la capital. La primera piedra de esta iglesia la bendijo y colocó, el 28 de octubre de 1660, el Provisor del Arzobispado don Lucas Fernández de Piedrahita, distinguido historiador, hijo de Bogotá.  

Refiere la crónica, y lo confirma un cuadro al óleo que se conserva en la sacristía de la capilla, que a principios del siglo XVII el presbítero Diego de la Puente, que habitó como ermitaño los montes de las inmediaciones de Ráquira, luego, con otros compañeros, el convento de La Candelaria en la misma comarca, y que más tarde vivió aislado seis años en una gruta natural a inmediaciones del Salto de Tequendama, volvió a Santafé atendiendo a las súplicas de los admiradores de sus virtudes. 

En Santafé predijo el presbítero de la Puente que un hombre que habría de pasar de España al Nuevo Reino edificaría un templo consagrado al culto del Santísimo. La profecía del anacoreta la vieron cumplida los santafereños en la obra emprendida por el madrileño Gómez de Sandoval. 

A la colocación de la piedra fundamental de este edificio asistieron el Presidente Pérez Manrique, la Real Audiencia, el ilustre Ayuntamiento, el Cabildo eclesiástico, los empleados públicos y la nobleza santafereña. 

Don Juan Flórez de Ocáriz, autor del célebre libro Genealogías, condujo la palangana en que iba la lámina de plata en que estaba grabada la fecha de la fiesta, el nombre del Pontífice Alejandro VII, reinante entonces, y el del Rey Felipe IV, Soberano de la extensa monarquía española. Junto con la lámina se enterraron las monedas de la época, según usanza de entonces. 

El mismo Gómez Sandoval se encargó de dirigir los trabajos. Cuarenta años duró la edificación de la capilla. El señor Gómez y Sandoval viajó por Europa vendiendo joyas con el fin de aumentar el dinero disponible para la obra, en la que gastó más de $ 75,000. Francisco de Acuña (1) trabajó un sagrario de carey, marfil y nácar, destruido por el terremoto de 1827, y cuyo costo fue de $ 6,400. Tenía ocho caras y constaba de tres cuerpos con bellas columnas corintias, que sostenían una alta cúpula, sobre la cual se levantaba una estatua representativa de la Fe. El todo tenía la figura de la tiara pontificia. 

El jesuita Antonio Julián, autor de varios libros sobre historia de América, residente muchos años en el Nuevo Reino, al hablar sobre la capilla dice que es fábrica magnífica y que el altar o sagrario era tan alto que pasaba de la cornisa de la media naranja, y que su hechura era de bellísimo diseño. Otros autores de más exquisito gusto dicen que la obra era de escaso mérito artístico, pero rica y valiosa por sus de. talles y costosos y raros materiales.  

El templo es todo de piedra, en forma de cruz latina formada de una nave y dos capillas laterales; tiene elegante fachada de orden dórico, pórtico plateresco, ornamentaciones talladas en piedra, reveladoras del adelanto del arte de los canteros en aquellos años; sobre las bien cinceladas columnas se ostenta el escudo de España, uno de los pocos que no fueron destruidos hace un siglo, en 1813, cuando Nariño declaró la independencia absoluta del país; una ventana redonda da luz al coro, y coronan el frontis, sobre amplia cornisa, dos espadañas que hacen las veces de torre, y que dejan ver, por el espacio libre entre ellas, la elegante media naranja del templo, obra del arquitecto bogotano Nicolás León. Esta bella portada contribuye a dar severidad y belleza al costado oriental de la Plaza de Bolívar. Sobre la puerta se leen, en letras de oro, estas inscripciones (2)

 

SERVIR A DIOS    
REINAR ES

HONOR Y GLORIA SOLO
A DIOS 

                           

Al pasar la única puerta del templo se encuentra un cancel sostenido por cuatro columnas, sobre las cuales se ven otros tantos ángeles; dicho cancel está ornamentado con numerosas esculturas y vetustos dorados. El antiguo sagrario, destruido en 1827, estaba colocado bajo el eje de la media naranja; el moderno, que estudiaremos después, se levantó en la cabeza de la cruz latina. El espacio comprendido entre la puerta principal y las pilas está embaldosado con mármol blanco, e igual pavimentación tiene el piso del presbiterio.  

La capilla izquierda tiene un altar gótico moderno y un cristo de buena escultura, obra del artista bogotano Bernabé Martínez. La de la derecha, que da paso a departamentos interiores de la capilla, muestra en su centro una tumba de mármol de una matrona bogotana. Bajo el presbiterio existe una cripta donde se sepultaban los descendientes del fundador y patronos del templo. Por todas partes, en los muros, se ven pinturas de Vásquez, de diversas dimensiones. 

El artista Vásquez pintó más de cincuenta cuadros para ornamentar el nuevo templo, de los cuales se conservan treinta y seis, según dato suministrado por don Carlos Pardo, entusiasta admirador del arte antiguo. De una gran piedra que había en ese tiempo, cerca de la iglesia, se hizo la escultura de un ángel que sostiene una gran taza en los brazos, y que sirvió de pila para el agua bendita hasta hace poco tiempo (3) .

Cedemos la pluma al artista José Manuel Groot para apreciar los seis grandes cuadros de Vásquez que representan pasajes del Antiguo Testamento:  

El que representa a Sansón tomando el panal de la boca del león muerto, tiene un paisaje muy variado, con diversos términos, y es sin duda el mejor paisaje que pintó Vásquez. El cuadro que representa el pasaje de los madianitas con las tiendas de campaña, y en que se ve el militar que sueña viendo el pan que rueda desde el cielo, es excelente y la noche está muy bien representada: vense a distancia los grupos y las tiendas donde se duerme, y a un lado del primer término se descubre por el anca un caballo castaño que come su pienso; y es tal la propiedad con que Vásquez supo expresar su idea, que la imaginación se siente tocada del aspecto silencioso de una oscura noche en que parece oírse el crujido de los dientes del caballo que está comiendo. Estos son los mejores de los seis, aunque están muy deteriorados por lo que sufrieron cuando se arruinó parte de la Capilla en el temblor de 1827. Después de éstos siguen otros dos, mayores, apaisados, que están a los dos lados del sagrario: uno del lavatorio y otro de la cena eucarística. El cuadro del lavatorio tiene fondo muy oscuro y se halla muy deteriorado. Las figuras están iluminadas por hachas encendidas que el pintor supo repartir en manos de varios jóvenes sirvientes con el fin de hacerlas visibles. El dibujo es muy correcto y los grupos bien dispuestos. En el principal están el Salvador, San Pedro y un joven que alumbra. El Señor, tomando el pie del Apóstol y dirigiéndole la mirada, parece que le dice aquellas palabras: Si no te lavare no tendrás parte conmigo. El Apóstol, como corrido y temeroso con tal amenaza, parece que se resigna humildemente. Los demás, unos están descalzándose, otros observando y otros conferenciando entre sí. El cuadro de la cena eucarística está colocado al frente de éste; le da muy bien la luz, y su punto de vista es desde la tribuna superior. Desde este punto se goza de sus bellezas y se descubre todo su mérito. Desde abajo produce un notable contrasentido la perspectiva de la mesa, cuya tabla se ve por encima. Este cuadro, como el compañero, tiene de ancho seis varas y de alto algo más de tres. Su composición consta de veinticinco figuras poco mayores que el natural, y de las cuales cinco apenas se ven de los hombros para arriba, en sombra, detrás de los demás. En el fondo, que es oscuro, se ve en parte la arquitectura del edificio perfectamente bien dirigida y de buen gusto. Están pues los Apóstoles sentados al contorno de la mesa, que es redonda, siendo por de contado figura principal la de Cristo, que está al frente ocupando el lugar más distinguido. La expresión del rostro es sublime: los ojos levantados al cielo, lleno de majestad y nobleza, la boca entreabierta como que dirige al Padre sus palabras al tiempo de bendecir el pan que tiene en la mano izquierda, mientras levanta sobre él la derecha. Parece que se le nota la respiración agitada que llena el pecho amoroso en aquel solemne momento. En la fisonomía, grave y simpática, se nota aún la juventud de aquel que era Maestro y Señor de los demás. Yo creo que quien haya leído el Evangelio de San Juan y mire con atención esta imagen, no puede menos de orar fervorosamente sobre el amor de Jesús para con los hombres. Hay que advertir que la escena está perfectamente iluminada por una luz fuerte que desciende de una araña de bronce con muchas velas, que está suspendida del techo, perpendicular a la mitad de la mesa. Así es que las figuras que están sentadas alrededor de ella, reciben la luz de cara, y por consiguiente el Salvador y los Apóstoles que quedan al frente, del lado opuesto, se ven todos iluminados, mientras que los que quedan a los lados y se ven de perfil, tienen iluminada la parte que mira a la mesa, y oscura la parte de la espalda. Así mismo las figuras que están del lado acá del golpe de luz y dan la espalda al espectador, se proyectan oscuras sobre la claridad de la mesa. La última de estas figuras, y la más oscura, es la de Judas, que está en el lugar opuesto al Señor, y vuelve la mirada al espectador como si le hubiera llamado la atención, o como si quisiera evitar la vista de su Maestro. Las figuras de los lados, y que se proyectan las unas sobre las otras, se ven perfectamente separadas, por la inteligencia con que están dirigidas las luces y sombras, porque debiendo pasar por entre ellas los rayos do luz que parten del centro, Vásquez consiguió todo el efecto de la verdad, contrastándolas de modo que las partes oscuras de una cayesen sobre las partes claras de las otras. Esto, unido a la sabia degradación de las figuras y sus tintas, produce tan completamente los efectos del aire intermedio, que trabajo cuesta, al ver este cuadro desde su punto de vista, persuadirse que no hay verdadera distancia entre los que están sentados de la parte de allá y los que están de la parte de acá. Mucho se podría decir relativamente a la expresión de las figuras. Vásquez conocía la historia que representaba y los caracteres de sus personajes, y por eso supo, no diré pintarlos, sino inspirarles los diversos afectos del ánimo que debían experimentar en aquellos momentos, después de aquellos sentimentales discursos con que el Señor los había preparado. San Juan, lleno de juventud y candidez, observa con amor a su Maestro. San Pedro, enérgico y respetuoso, parece maravillado de aquella nueva ceremonia. Otros parece que hablan en voz baja sobre lo mismo; otros observan con gravedad y devoción; otro ha dicho alguna cosa al del frente; y éste, medio levantado del asiento en que apoya la mano, se alarga un poco, inclinándose sobre la mesa, como para oír mejor lo que le han dicho. Esta figura, que se ve toda, por ser de las que están en el primer término, tiene mucha expresión y movimiento: la acción de levantarse del asiento está empezada y no concluida, según el precepto de Mengs. Como el golpe de luz viene de arriba, todo lo que se halla bajo las figuras y la mesa, está en oscuridad; mas a pesar de esto las cosas se distinguen sin salir demasiado para dañar el efecto de la sombra. Mirando el cuadro de cerca no se ven sino confusas indicaciones debajo de la mesa; pero al alejarse se distinguen, en el grado que requiere el sombrío, los pies de las figuras, sin confusión ni contrasentidos; de manera que se sabe cuáles son los pies de cada una, correspondiéndose perfectamente con el resto de los cuerpos que salen de la mesa para arriba, de tal modo, que se comprende muy bien cómo quedaría cada una de ellas si se quitase la mesa y se viesen enteras. Vásquez entendía tan bien como el claroscuro el efecto de los colores, y así, él no vestía sus figuras al acaso. En este cuadro, como en los demás que conozco de composición suya, se observa que los colores que acercan están en los primeros términos, y los que alejan, en los últimos, y al por precisión tenía que emplear en un término lejano un color que acercase, lo rebajaba de modo que no produjera contrasentido. Tampoco juntaba colores que hicieran mal efecto; siempre los disponía de manera que produjeran un contraste armonioso, y sabía sacar ventaja de los reflejos oponiendo a una parte oscura un color claro que le enviase luz. 

Además de los Apóstoles y las figuras del fondo, hay en primer término un personaje al lado izquierdo, puesto de pie, ricamente vestido, que con gallardo ademán extiende el brazo y señala con la mano fuera del cuadro, al mismo tiempo que dirige la mirada al lado opuesto, como quien da alguna orden o manda alguna cosa. Parece que Vásquez presentaba aquí al afortunado dueño de casa que quiso franquear la suya al Señor para celebrar los altos misterios. 

Esta figura está dibujada con la mayor elegancia y corrección, e iluminada mitad por mitad en sombra: los bordados del rico vestido apenas están ligeramente tocados en la parte sombreada. El color de las carnes es algo trigueño, fresco y jugoso, cosa que lo distingue de las demás figuras, que en lo general tienen carnes más claras, aunque todas diferentes. Este cuadro puede llamarse cuadro de estudio, por la variedad y corrección de las cabezas y manos. Es preciso verlas de cerca para advertir la variedad y degradación de tintas tan puras y delicadas, así como los toques tan ligeros como espirituales de sus claros. 

Detrás de la figura de que voy hablando asoma un muchacho con un hacha encendida, a cuya luz se presenta perfectamente claro, contrastando con la figura de acá, que se proyecta sobre aquella luz con su medio lado en sombra fuerte; lo que hace salir enteramente fuera la una y retirar la otra. 

Tras estas dos figuras hoy otros personajes jóvenes, ricamente vestidos, los cuales parece que conferencian sobre lo que está pasando, de manera que la unidad de acción está perfectamente bien observada en todas las figuras. Al lado opuesto hay un magnifico aparador, en cuyas gradas están puestas vajillas de plata, jarros y candelabros, y allí junto un jarrón de bronce, cuyo pedestal adornan varios arabescos, con tal destreza y gusto dibujados, que bastara esto sólo, como las líneas de Pratógenes, para decir: aquí hay un maestro. Hay en el suelo unos platones de plata, cuyo metal está perfectamente imitado en todos sus brillos y reflejos. También se halla aquí una figura en primer término, que contrasta con la otra en ademán opuesto. Es un Personaje que parece dispone alguna cosa y vuelve su acción hacia otro muchacho que con una hacha en­cendida ilumina todo aquel menaje, y sin contrariarse el efecto de las sombras del grupo de la mesa. Vásquez sabía que la colocación de objetos oscuros en primer término, hace retirar los demás y da profundidad al cuadro; por eso colocó a éste casi en total sombra; por la parte superior remató el cuadro con una gran cortina arregazada hacia un lado, tan oscura, que parece negra, y sólo en una que otra parte de los pliegues de vuelta se ven unos claros fuertes de encarnado, que es el color del género. Esta cortina parece un gran telón de boca, y el cuadro un teatro en que se ven los personajes aislados por el aire intermedio esclarecido con las luces de las hachas y velas de la lámpara. 

Hay en la Capilla otros muchos cuadros de Vásquez, de menores dimensiones, y entre ellos los hay de mérito excelente, los hay de mérito mediano y los hay comunes y aun defectuosos .... (4) .  

La victoria de Villaviciosa obtenida por los portugueses contra los españoles en 1665 fue anunciada al monarca Felipe IV. Cuando éste leyó la carta, dice un historiador francés, dejó caer el papel y exclamó: es la voluntad de Dios. Languideció tres meses aún y falleció el 17 de septiembre de 1665, después de un reinado desgraciado de cuarenta y cuatro años (5)

Sucedió a Felipe IV, Carlos II su hijo, tan débil de cuerpo como de espíritu, bajo la tutela de su madre Mariana de Austria. La Reina concedió ilimitado favor al jesuita Juan Neidhard (Nitard) en los primeros años de Gobierno, y después a don Fernando Valenzuela y a otros favoritos; y de tal suerte influían estos cortesanos en los destinos de la Monarquía, que bien puede decirse que ellos fueron los verdaderos mandatarios indirectos de la Colonia durante la regencia de la Reina madre y del reinado de Carlos II (6) . Ocáriz, como testigo presencial de la llegada de la Reina Mariana a Madrid, recuerda que en dicho acontecimiento se levantó un arco a nombre de Santafé de Bogotá, en honor de la nueva Reina, el año de 1649; este arco tenía en su frente una mujer con vestido indígena, con sartas de esmeraldas, y en la diestra una ganga de las minas de Muzo, en actitud de ofrecer estos presentes a la Soberana; en un óvalo se leían los siguientes versos que harán recordar a nuestros lectores las poesías del Capitán Talens y la que figura al pie del retrato de don Fernando de Mendoza en el Colegio del Rosario:  

Santafé da a su beldad
Las esmeraldas que alcanza,
Siendo a tanta majestad
Fe,
el nombre, el don, Esperanza,
Y el afecto, Caridad.  

Sancta Fides Gemmas virides interferit auro 
Sic utraque nitet Munere spes et amor
(7) .  

El ilustre Cabildo y Regimiento de la ciudad se componía en aquel tiempo del siguiente personal, según el cronista que acabamos de citar: tenía Alférez Mayor, Provincial de la santa hermandad, o sea en idioma moderno Jefe de Policía, Alguacil Mayor, Depositario General, quince Regidores, Escribano, otro Escribano del número, y cada año dos Alcaldes ordinarios y dos de la hermandad, un Procurador y un Mayordomo. 

El Presidente Egües Beaumont murió el 25 de diciembre de 1664, cortando con su fallecimiento las festividades públicas acostumbradas en la Colonia en el día de Navidad. La muerte tuvo lugar a las seis y media de la tarde; en la iglesia de los jesuitas se hicieron funerales al día siguiente, y su cuerpo se depositó en una de las criptas de San Ignacio, de donde fue exhumado más tarde y trasladado a Tudela, de Navarra (8)

La Audiencia quedó encargada del Gobierno conforme lo prescribían las disposiciones reales, hasta el día 12 de junio de 1666, día en que se encargó del mando don Diego del Corro y Carrascal, Inquisidor de Cartagena de Indias, y quien alcanzó el puesto de Presidente por influencias del Conde de Peñaranda, otro de los favoritos de la Monarquía durante la minoridad de Carlos II (9) . Este Presidente interino, que gobernó corto tiempo por haber sido promovido en propiedad a la Presidencia de Quito, no dejó huella sensible de su paso, digna de mencionarse en los anales de la Colonia. 

En 10 de agosto de 1667 se encargó de la Presidencia del Reino el General de artillería don Diego de Villalba y Toledo, del hábito de Santiago, quien llegó a Santafé acompañado de su esposa doña Juana Girón, hija legítima del Marqués de Sofraga, antiguo Presidente que ya conocemos. Villalba era gentil hombre y mayordomo de don Juan de Austria, y éste fue su protector durante la época que gozó del favor del Rey Carlos II.

Bajo el Gobierno de Villalba se llevó a cabo la construcción de la obra de Puentegrande, sobre el río Funza o Bogotá, que había dejado iniciada la Administración de Egües. La obra costó $30,000, y el puente se edificó en seco, a un lado del álveo del río, y por consiguiente fue preciso abrir nuevo cauce para que el agua pasase por debajo de los arcos. En esa construcción trabajaron multitud de indígenas de los pueblos circunvecinos, y este puente sólido reemplazó a los de madera, que eran arrebatados frecuentemente por las crecientes, evitando a los transeúntes el paso por medio de balsas que ocasionaba frecuentes desgracias (10)

 

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(1)Don Eladio Vergara cree que Acuña se llamaba Miguel, otros historiadores lo citan con el nombre de Francisco. (Regresar a 1)

(2)Las dos inscripciones en mármol que adornan las bases de las columnas, las insertaremos al hacer el estudio del atrio de la Catedral. Los que deseen más noticias sobre la Capilla del Sagrario, que estudiaremos nuevamente en 1827, las encontrarán en las siguientes obras: ANTONIO JULIÁN, La Perla de América, 106; VARGAS JURADO, Patria Boba, 5; GROOT, lib. cit., I, 334; ELADIO VERGARA, La Capilla del Sagrario de Bogotá, 28; E. POSADA, Narraciones, 127; Papel Periódico Ilustrado, II, 341. (Regresar a 2)

(3) Este ángel fue trasladado a la casa cural de la parroquia de San Pedro, donde se conserva. (Regresar a 3)

(4) J. M. GROOT, Noticia bibliográfica de Gregorio Vásquez Ceballos, págs. 20 y siguientes (1859). Don ELADIO VERGARA publicó en el libro citado la lista de los cuadros de Vásquez que se conservaban en la Capilla, cuyo número alcanzaba a 42. Hablaremos otra vez de esta iglesia al llegar a sucesos ocurridos en 1827, año en que fue destruida en parte por un terremoto. (Regresar a 4)

(5)   EM. LEFRANC. lib. cit., II, 99. ANTONINO OLANO, lib. cit., 27. MARIANA, lib. cit., II, cap. y. (Regresar a 5)

(6) ENRIQUE FLÓREZ, clave Historial, 1,358. A. DUVERINE, Cuadro Histórico, Madrid, 1840, pág. IX. D. J. R., Diccionario Biográfico Universal. Luis GREGOIRE, Diccionario Enciclopédico de Historia. Geografía, etc. II. LEFRANC, lib. cit., II, 103. Noticia de los autos hechos contra el maestro Froilán, confesor que era del señor Carlos II (manuscrito original anónimo que se conserva en la Biblioteca Nacional). (Regresar a 6)

(7) OCÁRIZ. lib. cit, 118, 119. (Regresar a 7)

(8) OCÁRIZ, lib. Cit., 100. (Regresar a 8)

(9) VERGARA y VERGARA, lib, cit., 73. (Regresar a 9)

(10) GROOT, lib. cit., I, 355. (Regresar a 10)