Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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CAPITULO XIII

 

Gobierno del Presidente Dionisio Pérez Manrique de Lara—Defensa de nuestras costas—Conato del Marqués de Santiago contra la chicha—Oidores durante este Gobierno—Fundación del convento de recoletos de San Agustín en Santafé—Origen de la Orden en el Nuevo Reino—Vicisitudes de la Orden—Iglesia de La Candelaria—El último cuadro de Vásquez. El artista Juan Antonio Velasco—La torre y el atrio—Un sitio histórico. La antigua capilla de Las Cruces—Prisión y muerte del Deán Pedro Márquez—El estandarte de la Inquisición—Fundación de la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe—El Visitador don Juan Cornejo—Luchas entre los altos empleados—Prisiones sucesivas—Destierro de Pérez Manrique. Regresa y muere en Bogotá—Los Arzobispos Diego de Castillo y Juan de Arguinao—Gobierno de Egües y Beaumont—Carnicería—Obras públicas. El puente de San Francisco—Puentegrande.

 

CUARENTA y cinco días antes del fallecimiento del esclarecido Prelado fray Cristóbal de Torres, hizo su entrada en la capital del Nuevo Reino, el 25 de abril de 1654, el Presidente don Dionisio Pérez Manrique de Lara, Marqués de Santiago, antiguo Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, ex—Oidor de Lima y ex—Presidente de Charcas. Fue recibido, según la costumbre, con ruidosas fiestas que consistían en alumbrar con velas de sebo las oscuras calles y en la organización de corridas de toros en la plaza principal. 

El día que tomó posesión del Gobierno, asistieron al acto todos los empleados del Rey, el Coro catedral, presidido por el Arzobispo Torres, y allí supieron que el Marqués de Santiago debía gobernar el Reino por ocho años, plazo que por real cédula fechada en Madrid el 11 de septiembre de 1659 se le prorrogó por el tiempo que creyera conveniente el Monarca de España.  

Atendió el Marqués de Santiago en los primeros años de su Gobierno a la defensa de nuestras costas, visitadas de nuevo por piratas y corsarios, para lo cual organizó una expedición cuyo mando confió a su hijo don Francisco. Satisfecho de haber alejado el peligro del extenso litoral del mar Atlántico, dictó varios autos relativos al buen gobierno del interior. 

Entre éstos figura, quizá como el más notable por la curiosidad que entraña, el que prohibía el popular licor indígena de uso muy antiguo y extenso, llamado por el médico bogotano doctor José Félix Merizalde en su Epitome de los elementos de Higiene, vino colombiano muy nutritivo. Oigamos al historiador Groot relatar tan curioso asunto:  

Este auto, de muy fácil ejecución, no hacía muchos meses que se había publicado (en 1658), y era nada menos que suprimiendo la chicha. En este curioso auto de gobierno decía el Presidente que no sólo los indios, negros, mulatos y mestizos usaban aquella perniciosa bebida, sino hasta algunos españoles.  

Del mismo auto son las siguientes líneas:  

Bebiendo desmedidamente una bebida tan fuerte y contraria a la salud, no sólo la pierden encendiéndose en fiebres malignas de que se ocasionan dolores de costado, tabardillo y otros contagios, con que se dilata y extiende en toda la ciudad con muerte de muchos, sino que, embriagados con la mala calidad de dicha bebida y con los fuertes ingredientes que de propósitos le echan, que son por su fortaleza aun venenosos, cometen muchos muy graves y enormes pecados y ofensas contra la majestad de Dios, así de deshonestidades como de muertes y alevosías y otros excesos ....  

Por demás está decir que el decreto no se cumplió, como no se cumplieron los que se dictaron posteriormente sobre este asunto, que más tarde veremos con mayor atención. 

Acompañaron a Pérez Manrique en el Gobierno los Oidores Diego de Baños y Agustín de Villavicencio. 

En el año de 1654 se fundó en Bogotá, tres cuadras al oriente de la Catedral, .un hospicio y colegio de frailes recoletos de la Orden de San Agustín, con el nombre de Nuestra Señora de La Candelaria. Esta Orden se estableció por primera vez en el territorio colombiano, en jurisdicción de Tunja, en sitio conocido con el nombre de Desierto de Ráquira, desde entonces de La Candelaria (1)

Apenas terminado el edificio en Santafé, la autoridad civil ordenó demolerlo en 1681, sin duda por no haber llenado los frailes las multiplicadas condiciones impuestas por la rígida y complicada legislación de la época. En 1684 obtuvieron los religiosos licencia real para reedificarlo, y emprendida la obra, se terminó siete años después (2)

Dispuso la Sede Romana por Decreto de 22 de junio de 1629, confirmado por Urbano VIII, que los agustinos descalzos del Nuevo Reino de Granada quedasen unidos a la Congregación de España y sujetos al General de dicha Congregación. El Breve de Su Santidad fue aprobado por el Rey en febrero de 1633. En abril de 1640 obtuvieron los frailes otro Breve que separaba los recoletos de la Congregación de España, y erigía para ellos Provincia sujeta al General de la Orden (3)

La iglesia de La Candelaria es de pobre y desairada arquitectura. Su frente, que mira al sur, es blanco y de mal gusto. El coro tiene lujoso artesonado, y el cielo de las naves laterales está adornado con numerosas figuras de estilo bizantino. Los altares están sostenidos por gruesas columnas salomónicas, envueltas en viñas con dorado fino. Hay allí confesionarios de madera sin barnizar, adornados con toscos relieves de talla pero de buen aspecto. Multitud de cuadros al óleo cubren los muros y los altares, sin que ninguno de aquéllos llame la atención por su mérito artístico. En la nave izquierda se conserva en un altar una Virgen de la Concepción, de Vásquez Ceballos, su última obra, inferior a muchas otras de su mano, “la cual se colocó en 8 de diciembre de 1710 con misa cantada, en la cual comulgó el piadoso artista y de allí salió con el accidente de que murió. En este cuadro está su nombre con la fecha; pero se conoce muy bien la de cadencia del espíritu y la debilidad de la mano.”  

La iglesia de La Candelaria recuerda a otro artista, don Juan Antonio Velasco, hijo de Popayán y patriarca de la música en Bogotá, cuyo nombre volveremos a ver en estas páginas. Visitaba con frecuencia la iglesia de La Candelaria y era amigo de muchos Padres recoletos que cultivaban el arte y que lo apreciaban hasta el extremo de haber destinado una celda para estudios y ensayos de orquesta, dirigida por Velasco y compuesta de ejecutantes que llevaban la cogulla de los candelarios (4)

Agregamos a las anteriores noticias las que registra el cronista Vargas Jurado en el libro La Patria Boba: él recuerda la segunda fundación do la iglesia de La Candelaria, y que en el año de 1685 sostuvo pleito la comunidad de recoletos agustinos con la Orden de frailes de San Juan de Dios “sobre preferencia,” litigio que decidió el Arzobispo Sanz Lozano en favor de los agustinos descalzos. Hace constar que el Arzobispo Quiñones, fallecido en 1736, donó al convento de La Candelaria $ 7,000, dinero con que acabaron la obra de la iglesia (páginas 8 y 16). 

Hoy se ve un altar gótico de madera que rompe el orden de ornamentación de la iglesia, en la nave izquierda. En él hay una lápida de mármol con la siguiente inscripción:  

NS
A Ntra. Sra. del S. C. de Jesús

Homenaje de gratitud
Por una gracia recibida

María
Bogotá— Colombia

Mayo 5 de 1911

 

La torre de La Candelaria, que recuerda la de la iglesia de San Francisco, se acabó de construir el año de 1857, y no se hace notar ni por su mérito arquitectónico ni por su elevación. 

El atrio tiene un nivel inferior al de la calle 11; está separado de ella por un muro que sostiene una verja de hierro, donada por el General Rafael Reyes. En dicho muro, frente a la torre, se lee esta inscripción grabada en piedra arenisca: 

RECUERDO DEL R. P. FRAY JOSÉ
VICTORINO ROCHA
MAYO 28 DE 1888  

Los cuatro ángulos formados por la intersección de la carrera 4.ª y la calle 11, constituyen lo que podemos llamar un sitio histórico. Un ángulo lo ocupa la torre de La Candelaria; al frente sur de la torre se levanta la casa en que murió el pintor Vásquez; al frente occidental está la habitación que ocupó largo tiempo el ilustre doctor José Ignacio de Márquez y donde falleció el instruccionista doctor Luis A. Robles; en el ángulo diagonal está la casa del patricio don Luis Caicedo y Flórez (5) . Estos edificios llevan la imaginación a los tiempos coloniales y a los de la República.  

Al oriente de la iglesia existía el convento de agustinos descalzos, con frente pobre y amplia portería. Después de 1861 ha servido de cuartel, de escuela universitaria de ingeniería y de local del Seminario Conciliar. 

Anexa a la iglesia, sobre la carrera 4.ª, han construido los candelarios recientemente una casa que les sirve de convento. 

El año de 1655 se levantó una ermita al suroeste de la ciudad, para tributar culto en ella a una efigie del Señor de la Columna, y fue conocida con el nombre popular de capilla de Las Cruces. La capilla se levantó a la orilla norte del riachuelo San Agustín, en el ángulo noroeste formado por la carrera 11 y la calle 6.ª, y allí existió hasta 1827, año en que fue arruinada por el terremoto memorable de ese tiempo. Se trasladó después a la plaza situada más al Sur, llamada de Las Cruces y bautizada oficialmente con distintos nombres, como veremos luego (6)

Llamó la atención de los santafereños la muerte del Deán de la Catedral, doctor don Pedro Márquez, sacerdote de genio díscolo y costumbres mundanas, quien había estado preso por orden del Arzobispo Torres, cuya memoria odiaba. En una fiesta religiosa que tuvo lugar en la Catedral, de pie sobre la losa que cubría el cadáver del Arzobispo, dijo con aire de triunfo: “,Quién le dijera al señor Torres que yo lo había de tener bajo mis pies?” Poco tiempo después, hincado al pie del altar mayor, exclamó en alta voz: “¡El señor Arzobispo me ha muerto! ¡Me mató el señor Arzobispo!” Sus amigos y muchos piadosos fieles lo rodearon, y luego lo condujeron a su habitación en una litera, porque se encontraba incapacitado para caminar. Allí refirió que había visto al Arzobispo, de pie, cerca del altar, vestido de pontifical, mirándole con tal severidad, que estaba seguro de que le había quitado la vida. El Deán murió pocos días después, causando su fallecimiento honda impresión en la sociedad santafereña, que creía en endriagos y fantasmas, en emplazamientos y castigos de ultratumba, punto digno de mencionarse en las costumbres de los colonos que vivieron a mediados del siglo XVIII (7)

El Deán Márquez, licenciado, fraile do la Orden de Santiago, Capellán de honor del Rey y Comisario de la Santa Cruzada, era natural de la villa de Villarejo de Salvanés, en el Arzobispado de Toledo, y llegó a Santafé proveído de Deán el año de 1649. Guardó buenas relaciones con el Arzobispo Torres hasta el sábado de Ramos del año de 1653, día en que terminados los oficios en la Catedral se presentó a Márquez un Capellán exigiéndole le diese colación, de orden del señor Arzobispo. Negóse el Deán, con duras palabras, a cumplir la orden por ser cosa desusada. Supiéronlo el Prelado y su Provisor, don Cristóbal de Araque, e inmediatamente, con anuencia del Arzobispo, aquél dictó auto de prisión contra el Deán, poniéndole guardas de vista, “con doce pesos de salario al día,” pagados de las rentas del Deán, que fueron embargadas. Quejóse el preso ante la Real Audiencia el 6 de mayo, y este Tribunal, presidido por don Juan Fernández Córdoba y Coalla, Marqués de Miranda de Anta, dictó auto de ruego y encargo, improbando la prisión del Deán y pidiendo al arzobispo que lo pusiese en libertad, auto que le fue notificado al Prelado por el escribano de Cámara, don Antonio de Salazar Falcón, y que por ser real provisión el Arzobispo acató y puso tres veces sobre su cabeza.  

Cuatro días después lo contestó con entereza y sobrada energía, rehusando poner en libertad al Deán, hasta que muriera, si antes no se humillaba y pedía perdón a la dignidad arzobispal, y apeló de lo dispuesto por la Audiencia para ante el Rey de España (8)

En varias relaciones se ha dicho que la prisión del Deán duró tres años, desde 1651 hasta el día siguiente de la muer­te del Arzobispo Torres, o sea hasta el 10 de junio de 1654. La verdad histórica, fundada en documentos publicados por Pardo Vergara, es que la prisión tuvo lugar en febrero de 1653 ; que fue puesto en libertad por el Gobierno civil, y que hacía más de un año que gozaba de libertad cuando murió el señor Torres. El Deán Márquez murió en 1655 a causa de un ataque de hipocondría (9)

Al tiempo que moría el Deán Márquez se celebraba en la capital del Nuevo Reino la llegada del estandarte de la Santa Inquisición, para recibir el cual se hizo paseo público, función a que asistieron el Presidente, la Audiencia, los Cabildos civil y eclesiástico y las comunidades de frailes. Esta ceremonia no la describimos ahora con detalles, pues haremos la relación de una similar ocurrida en 1818, cuando bajo el Gobierno del Virrey Sámano se reinstaló el Tribunal de la Inquisición, suprimido en Colombia a causa de la revolución de la Independencia.  

Corría el año de 1656 cuando se fundó otra ermita con el objeto do colocar en ella la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, en los aledaños de la ciudad, sobre la cumbre más alta de la serranía oriental que domina la Sabana, cerro que se llamó desde entonces de Guadalupe. Desde los primeros días de la Conquista habían fijado los soldados fundadores de Bogotá sendas cruces sobre las cúspides de las eminencias de Monserrate y Guadalupe. El 8 de septiembre del año dicho se hizo una peregrinación religiosa que presidieron la Audiencia, el Cabildo eclesiástico y el Ayuntamiento, con el objeto de trasladar una imagen de la Virgen de Guadalupe a la humilde capilla que se acababa de construir. La ermita duró en pie hasta 1743 (10)

Recordamos aquí que en la solemne jura de Carlos III que se festejó en Bogotá en agosto de 1760, se adornó el Palacio del Virrey con excepcional lujo, y que este funcionario cedió a la ermita de Guadalupe los valiosos utensilios que sirvieron para adornar entonces los balcones del Palacio virreinal. 

El Gabinete de Madrid, según costumbre, había enviado con las funciones de Visitador del Presidente Pérez Manrique, a don Juan Cornejo, quien suspendió al mandatario en 1660 y lo arraigó en Villa de Leiva, donde se hallaba de paseo. Corrido algún tiempo, le dio permiso de regresar a la capital, y de vuelta, sabiendo que Cornejo se habla granjeado enemigos durante su Gobierno, lo suspendió a su vez y lo redujo a pri­sión. Estas luchas entre altos empleados españoles causaban desazones e inquietudes en la tranquila sociedad colonial, merecedora de mejor suerte por sus buenas condiciones morales. El Rey improbó la conducta de Pérez Manrique, lo declaró suspenso de su empleo y dispuso que el Juez de residencia, Cornejo, continuase la visita, la que concluyó en 1663. El Marqués de Santiago fue confinado segunda vez a Villa de Leiva, donde vivió muchos años, con prohibición de venir a Santafé. Más tarde el Consejo de Indias, en atención a los servicios que antes prestó al Rey Pérez Manrique, le alzó el destierro, le restituyó los honores y el título de Presidente, y le permitió que habitase en la capital, donde pasó vida tranquila hasta su muerte (11)

Para suceder en la Silla metropolitana de Santafé a fray Cristóbal de Torres fue designado don Diego del Castillo, nombrado antes Obispo de Cartagena; pero en vez de pasar a Indias aceptó el Obispado de Oviedo. En Santafé continuó gobernando la Iglesia, en Sede vacante, el bogotano Lucas Fernández de Piedrahita, hasta el año de 1661, época en que vino a ocupar el sillón de los Arzobispos don fray Juan de Arguinao. El viernes 17 de junio de 1661 salieron a recibir a este Arzobispo la Audiencia, los dos Cabildos, los altos empleados, de acuerdo con el ceremonial prescrito por real cédula de 1658; hasta entonces los Prelados se vestían de pontifical en el templo de San Francisco, y de allí a la Catedral eran conducidos bajo palio, costumbre revivida desde tiempos de la República. 

Existió hasta 1910 en la antigua Plaza de San Diego, en el mismo lugar donde hoy está la entrada principal del Parque de la Independencia, una antigua y espaciosa casa, de pesada construcción, y cuyo frente sostenía una galería de columnas de piedra. La cédula de 1658 disponía que todos los altos empleados que hemos nombrado concurriesen a aquel lugar a rodear la mula que había de montar el Arzobispo, el cual, ya a caballo. era el centro de la procesión que se dirigía a las puertas de la Catedral (12) .  

El señor Arguinao era religioso dominico, natural de Lima, y veremos después que su Gobierno eclesiástico fue benéfico para el Nuevo Reino.

El 2 de febrero de 1662 llegó a la capital del Virreinato el Presidente don Diego de Egües y Beaumont, Caballero del hábito de Santiago y condecorado con muchos honoríficos títulos. Ocuparon sillas en la Audiencia, con alternativas, durante el Gobierno de Egües, los Oidores Gómez Suárez, Carlos Cohorcos, Mateo de Ibáñez de Rivera y Francisco Leiva, y los Fiscales Baltasar Gony y Juan Oviedo. Egües estableció carnicería pública al occidente de la ciudad, medida de higiene desconocida en Santafé; terminó la torre de la antigua Catedral, y concluyó el atrio que principio el Arzobispo Almansa. Con la cooperación del Síndico de la ciudad, Francisco Caldas Barbosa, mejoró el puente de San Agustín y construyó dos sobre el río de San Francisco, uno de los cuales, de que tendremos que hablar muchas veces, se conoce aún con el nombre de puente de San Francisco, en cuyo sitio existió en tiempo lejano, desde que gobernó la Colonia Montaño, un puente de madera llamado de San Miguel, destruido por violenta avenida (13)

El Presidente don Juan de Borja, como antes vimos, tuvo también el mérito de haber levantado este puente de piedra, y fue destruido segunda vez por una corriente el mismo año en que llegó el Presidente Egües. 

La obra que entonces levantó de piedra y ladrillo este gobernante, se amplió en 1883 como veremos detenidamente. Las viejas inscripciones que lo ornamentaban y que se conservan en el Museo Nacional, dicen: 

ESTA FABRICA SE HIZO EN UN AÑO
ACAVOSE EL DE 1664
ESTA FABRICA LA FOMENTO EL SEÑOR D, DIEGO
DE EGUES BEAUMONT. DEL ORDEN DE SANTIAGO
GOBERNADOR Y CAPITAN GENERAL DE
ESTE NUEVO REYNO.—AÑO DE 1664. 

También se debe a Egües Beaumont el haber principiado una obra pública de grande utilidad, que aún subsiste, con el nombre de Puentegrande. Este puente está sobre el río Funza, en la calzada de Occidente, que hizo célebre al Oidor Anuncibay, y que fue, hasta la construcción del ferrocarril de la Sabana, la vía comercial más transitada del Nuevo Reino.        

 

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(1)GROOT, lib. cit., I, 226. (Regresar a 1)

(2) DURÁN y DIAZ, lib. cit, pág. 46. (Regresar a 2)

(3)SANTIAGO MATUTE, Los Padres Candelarios en Colombia vol. II, 67, 73, 79. (Regresar a 3)

(4) JOSE CAICEDO ROJAS, Especies Extinguidas, Correo de las Aldeas, II, 294. (Regresar a 4)

(5)ARTURO QUIJANO, Casas históricas de Bogotá, Boletín de Historia, III, 367. (Regresar a 5)

(6) Constitucional de Cundinamarca de 1832, número 51. DURAN y DIAZ, lib. cit., pág. 51. (Regresar a 6)

(7)ZAMORA, lib. cit., pág. 466. GROOT, lib. cit., pág. 328. (Regresar a 7)

(8) JOAQUÍN PARDO VERGARA, Datos biográficos de los Canónigos de la Catedral Metropolitana de Santafé de Bogotá. (Apéndice). (Regresar a 8)

(9)E. POSADA, Apostillas, Boletín de Historia, y, 384. SOLEDAD ACOS­TA DE SAMPER, Una aparición, Papel Periódico Ilustrado, I, 229. (Regresar a 9)

(10) OCÁRIZ, lib. cit., 196. DURÁN y DIAZ, lib. cit., 50. Este autor refiere que la ermita se reconstruyó en 1760, y volvió a arruinarse en los temblores de 1785. Levantada de nuevo, la derribó el terremoto de 1827. El arquitecto bogotano Nicolás León empezó a levantar Otra ermita en 1830, en un estribo del cerro y a la mitad de la altura de él; ignoramos porqué no concluyó la obra, cuyas paredes y arco de entrada aún subsisten, como antigua ruina. De la iglesia de Guadalupe que hoy existe, hablaremos luego. El cronista CABALLERO dice en la página 77 de La Patria Boba que el 12 de julio de 1785, a las ocho de la mañana, cayó la iglesia de Guadalupe por causa de fuerte movimiento sísmico. (Regresar a 10)

(11) QUIJANO OTERO, lib. cit., 99. GROOT, lib. cit., I, 357. (Regresar a 11)

(12) OCÁRIZ, lib. cit., 145. (Regresar a 12)

(13) ZAMORA, lib. cit,, 211. (Regresar a 13)