Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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CAPITULO X

 

Fin del Gobierno de don Juan de Borja—Muerte del Presidente—Su descendencia—Otra vez gobierna la Audiencia—El puente de Lesmes—Presidencia de don Sancho Girón—Su recepción—El Arzobispo don Bernardino de Almansa—Querellas entre el Arzobispo y el Presidente—Simulacro de combate en el atrio de La Catedral—Reedificación de la iglesia de La Veracruz—Una piadosa Hermandad—Los Cristos de La Veracruz—Monte de piedad— Un compromiso a perpetuidad—Nuevos Oidores—Nuevas querellas con el Arzobispo—Peste de Santos Gil—Quién era Santos Gil—Cómo murió el Arzobispo Almansa—Retrato de este Arzobispo—Traslación de su cadáver a España—Un bogotano en la Cartuja—Otra vez el Hospital de San Pedro—El primer protomédico —Triunfo de la Universidad Tomistica—Fin del Gobierno del Marqués de Soiraga—Gobierno del Presidente Martín de Saavedra y Guzmán—Llegada del Arzobispo fray Cristóbal de Torres—Continúan los disputas entre los dos Poderes—Fundación de la lnclusa en Santafé—Juzgado de intestados—Junta del Montepío—Fundación piadosa de Francisco de Mendoza.

 

EL Presidente Borja puso en vigor nuevamente disposiciones olvidadas de la Corte española. Prohibió con severidad que junto con los cadáveres de los indios se enterrasen los parientes de éstos, y ordenó que el Fiscal de la Audiencia se encargase de los pleitos de los indios pobres (1) . El Gobierno de este Presidente pasa como uno de los mejores de la Colonia, pues en los veintidós años que gobernó don Juan de Borja mereció el extraño título de Padre de la Patria. Murió Borja en la capital súbitamente el 12 de febrero de 1628; su esposa y sus hijos quedaron residiendo en Santafé, y sus descendientes hacen parte de la sociedad distinguida de la capital del Ecuador (2)

A causa de la muerte del Presidente, quedó, por dos años, el Gobierno a cargo de la Audiencia, en la cual habían tenido asiento los Oidores Antonio de Villarreal, Juan de Villabona, Francisco de Herrera, Alvaro Zambrano, Lesmes de Espinosa Sarabia, Antonio de Obando, Francisco de Sosa y Juan Varcárcel, y los Fiscales Fernando de Saavedra y Juan Ortiz de Cervantes, quien fue promovido a Oidor, y dejó memoria imperecedera por haber fundado la capilla de la Virgen del Campo en la recoleta de San Diego, como ya dijimos, y por haber escrito un libro intitulado: De la conveniencia de perpetuar las encomiendas de indios. 

El Oidor Lesmes de Espinosa Sarabia también dejó unido su nombre en Santafé al segundo puente que se levantó sobre el riachuelo San Agustín, obra que existió hasta 1814, año en que fue destruido por una creciente, y se conoce con el nombre de Puente de Lesmes, por haberlo hecho construir dicho Magistrado. El nuevo puente lo hizo levantar en 1816 don Pablo Morillo, en la carrera 6.ª, y ha conservado el nombre del antiguo garnacha. 

El Oidor Lesmes murió suspendido de sus funciones por el Visitador Antonio Rodríguez, y tan pobre que su entierro se hizo de limosna en la iglesia de monjas clarisas (3)

El 1.° de febrero de 1630 llegó a Santafé el sucesor de Borja, don Sancho Girón, Marqués de Sofraga, sujeto de carácter levantisco e iracundo, engreído con sus títulos de nobleza. La Audiencia, a la cual habían ingresado los Oidores Juan Padilla y Diego Carrasquilla, el ilustre Ayuntamiento, notables miembros del clero y los más distinguidos de los moradores de Santafé, salieron a recibir al octavo Presidente del Reino, a su esposa doña Inés Rodríguez de Salamanca y a la numerosa servidumbre que los acompañaba.    

Al año siguiente, el 10 de octubre de 1631, entró en esta ciudad don Bernardino de Almansa, Arzobispo del Nuevo Reino (4) . Habla nacido en Lima, pertenecido al coro catedral de Cartagena y Charcas, desempeñado en España el cargo de Inquisidor de Calahorra y de Soledad, y antes de servir el Arzobispado de Santo Domingo fue promovido al de Santafé (5)

Para dar noticia de las costumbres y ridículas etiquetas de aquellos tiempos, y con el fin de dejar el sabor añejo de antigua crónica, cedemos la pluma al candoroso y verídico Zamora: 

Llegó nuestro Arzobispo. (Almansa) al pueblo de Facatativá, adonde salen las personas principales a dar la bienvenida a los Arzobispos y Presidentes. Lo era de este Reino don Sancho Girón, Caballero de la Orden de Alcántara, Marqués de Sofraga, recebido en 12 de febrero del año antecedente (1830). Tenía ya noticia de la entereza, valor y limpieza del gran Prelado que venia, y para que el celo de la honra de Dios y bien de la República que tenía el Arzobispo se empezara a perturbar desde su entrada, concitó el demonio al Presidente, que deseoso de. continuar la mayoría con que gobernaba lo eclesiástico y secular, envió a dos religiosos de la compañía para que propusiesen al Arzobispo, que le había de dar Señoría Ilustrísima (cortesía particular que dicen se tiene sólo con el Presidente Real de Castilla) a que deseaba llegar el de Santafé, y que la introdujese el Arzobispo, que también había de dar Señoría a su hijo; y que saliendo de la iglesia, lo había de visitar en su casa antes de entrar en la suya (6) .  

El Arzobispo se excusó cortésmente de acceder a los deseos del Presidente, y expuso que las leyes del Reino sólo concedían esos tratamientos honoríficos a los grandes de España y a los Obispos consagrados.

El Arzobispo llegó enfermo a esta ciudad, y concluida la ceremonia religiosa de su recepción en La Catedral, a la cual no asistió el Marqués de Sofraga, se retiró a su palacio. 

Cuando llegó Breve de Urbano VIII para que el Deán de La Catedral, don Gaspar Arias Maldonado, diese el palio al Arzobispo Almansa, se hizo pomposa fiesta a la cual concurrieron la Audiencia, los Cabildos, las comunidades religiosas, lo que se llamaba nobleza en Santafé y el pueblo. Faltó el Marqués de Sofraga, quien, para hacer notorio su desaire, hizo día de campo y ordenó a su familia se abstuviese de asistir a la ceremonia de la investidura del palio que por primera vez iba a tener lugar en Bogotá. 

Continuaron las desavenencias entre los dos Jefes de los Poderes civil y eclesiástico y culminaron con motivo de que el Arzobispo resolvió concluir la única torre de la antigua Metropolitana y ampliar el atrio que antes vimos había sido cementerio. El Presidente, por medio del Ayuntamiento, y apoyándose en que su coche no tenía fácil tránsito, se opuso a la ampliación pretendida. 

El Prelado no atendió la contradicción; el Presidente dictó auto para que los oficiales no trabajasen en la obra, bajo pena de prisión a los contraventores; y no habiendo sido obedecido, los mandó apresar. Sucedían estas escenas cuando los Canónigos salían de coro, lo cual visto por ellos, se quitaron los manteos, y tomando las herramientas continuaron el trabajo, presidiendo el Deán como maestro (7)

A poco apareció el irritado Presidente con los arreos de Capitán General. Los eclesiásticos y el pueblo se amotinaron, y en tales momentos llegó orden del Arzobispo para que los Canónigos se retirasen; con esta prudente medida se calmó el alboroto, y en el campo disputado se clavó una cruz como recuerdo. De estos ridículos hechos hubo apelación ante la Corte; no obstante ella la lucha continuó, y el Arzobispo para cortarla resolvió practicar visita eclesiástica en las parroquias de su jurisdicción (8)

El año de 1631 se principió la reedificación de la iglesia de La Veracruz (capilla de cuya fundación hablamos en la página antes) en sitio que cedieron los Padres franciscanos a la hermandad de la Santa Veracruz, contiguo al ocupado por la primitiva ermita, levantada en los primeros años de la colonización. Esta iglesia fue derribada en el primer centenario de la Independencia para levantar la que hoy existe, como veremos después. El edificio se inspiró en un plano común en América en el período de decadencia de la arquitectura, y fue especie de modelo para otras iglesias de Bogotá que aún están en pie, tales como las de los extinguidos monasterios de monjas del Carmen, Santa Inés, Santa Clara y La Enseñanza (9) . La iglesia de La Veracruz era una gran sala, sin fachada, con dos puertas laterales que miraban al Oriente, sobre el Parque de Santander; el altar mayor estaba situado al Norte; la ornamentación era mediana en lo arquitectónico, y en lo artístico contaba con algunos cuadros de mérito. 

Diremos de una vez que en 1748 se hicieron reparaciones en el templo y que en 1869 dispuso el Ilustrísimo señor Arzobispo Arbeláez que se construyera de nuevo el tejado, por hallarse en estado ruinoso. La Veracruz fue dependencia del convento de franciscanos desde el año de 1550 hasta 1840, año en que renunciaron la administración que por espacio de tres siglos habla estado a su cargo.

La hermandad de La Veracruz estableció en sus constituciones la organización de procesiones en Semana Santa, y la obligación para los hermanos de asistir en la capilla a los condenados a muerte, acompañarlos al suplicio a són de campana y con un cristo de bulto, enastado, a la cabeza del fúnebre cortejo. Esta imagen del Crucificado adquirió alto valor histórico desde el tiempo del terror, pues ella fue mudo testigo de la crueldad de los Jefes del Ejército expedicionario (10) .  

Guárdanse en esta iglesia tres crucifijos históricos: 

Tres cristos se conservan en esta iglesia, de alto valor histórico: uno de los tres, el más venerable y hermoso, es el que tuvo en las manos San Francisco de Borja al tiempo de expirar. Nuestro benemérito historiador, el Obispo don Lucas Fernández de Piedrahita, da acerca de él la noticia que está contenida en las siguientes líneas: “ El Colegio de la Compañía de ......... tiene casa de noviciado aparte, en la calle mayor de la parroquia de Las Nieves, a quien el autor de este libro, el año de 1662, donó el milagroso crucifijo que tenía y con que murió San Francisco de Borja” (11) .  

Otro cristo, el más grande, está pintado al óleo en una cruz de madera, de un metro setenta y seis centímetros de longitud; al pie de la cruz está la imagen de la Virgen Dolorosa, y las figuras están tan ultrajadas por el tiempo, que no puede juzgarse de su mérito. Esta cruz acompañó en la capilla a los mártires de la patria, en días de llanto y de gloria, y también en sus últimas horas a los criminales condenados por delitos comunes.  

 

El cristo de los mártires.

 

El tercero representa a Jesús en una escultura de sesenta y cuatro centímetros de alto, sostenido por una cruz tosca. Este era el que, precedía las procesiones de los ajusticiados, y el asta en que se le llevaba se conserva todavía en la iglesia de La Veracruz. Testigos presenciales han dejado consignado que se llamaba monte de piedad el grupo de hermanos de La Veracruz y de piadosos acompañantes que conducían a la capilla a los condenados a muerte. Salían de la iglesia, enastado el crucifijo, un sacristán que tocaba la campana, un acólito que conducía la túnica que debía ponerse el reo para subir al banquillo; otros llevaban dos faroles de plata labrada, sin vidrios. La hermandad colocaba los cadáveres de los ajusticiados en ataúd, los conducía a la sepultura, abierta en el recinto del templo, y auxiliaba a las viudas y huérfanos, si los había. 

Creemos oportuno recordar también que en 1691 obtuvieron los hermanos de La Veracruz que el Rector y comunidad del ilustre Colegio Mayor del Rosario se comprometieran por si y por sus sucesores a acompañar las procesiones de Cristo crucificado en Semana Santa (12)

Por aquel tiempo, 1630—1640, llegaron como Oidores a la ciudad los licenciados Gabriel de Tapia, caballero de la Orden de Alcántara; Blas Robles y Gabriel Alvarez de Velasco, gallego, literato, que casó en Santafé con doña Francisca Zorrilla, y de quien volveremos a tratar. Llegó también don Antonio Rodríguez de San Isidro Manrique con carácter de Juez de residencia del Marqués de Sofraga. 

Asuntos de Gobierno indispusieron a los dos Magistrados civiles; sucedió entonces que el Arzobispo Almansa recibió queja de los vecinos del barrio de Santa Bárbara de que el Visitador Rodríguez Manrique llevaba vida licenciosa y lo acusaban como pecador público. El Arzobispo amonestó por carta al Visitador (13) , y de allí nació el arreglo de las diferencias de los dos Magistrados civiles en contra del Prelado, a quien pensaron extrañar del Nuevo Reino, de acuerdo con la mayoría de la Audiencia. El Arzobispo, para evitar la continua lucha con el Poder civil, salió para el Norte a practicar la visita de su vasta Arquidiócesis. 

 

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(1)ANTONIO DE HERRERA, Historia General de las islas y Tierra firme, Década VIII, libros VII y X, págs. 159 y 2.50 (Regresar a 1)

(2) PLAZA, lib. cit., 245. A. OLANO. lib. cit., 10. (Regresar a 2)

(3)OCÁRIZ, lib. cit., 93. (Regresar a 3)

(4)Los cronistas GARZÓN DE TAHUSTE, lib. cit., 638, y OCÁRIZ, lib. cit.. 138, afirman que llegó el señor Almansa a Bogotá el 10 y el 12 de octubre de 1631, respectivamente; y ZAMORA, pag. 413, y GROOT, 2ª edición, vol. I. 278, fijan el 12 de febrero del mismo año como la fecha de la llegada del dicho Arzobispo a la capital. (Regresar a 4)

(5) GARZÓN DE TAHUSTE, lib. cit., 638. OCÁR1Z, lib. cit., 138. (Regresar a 5)

(6) Lib. cit., pág. 413. (Regresar a 6)

( 7)GROOT, lib. cit., 280. (Regresar a 7)

(8)ZAMORA, 413; VERGARA Y VERGARA, Historia de la Literatura, etc., pág. 94. (Regresar a 8)

(9) ALFREDO ORTEGA, Revista Contemporánea número 3. Bogotá, 1904. (Regresar a 9)

(10) En el vol. IV del Papel Periódico Ilustrado número 88, pág. 251, publicamos en 1885 noticias referentes a la iglesia y hermandad de La Veracruz. (Regresar a 10)

(11) J. M. MARROQUÍN, Los Cristos de La Veracruz. Papel Periódico Ilustrado, vol. IV, 250. Don JOSÉ S. PEÑA, en el Papel Periódico Ilustrado (vol. II, pág 26). consignó la tradición de que este crucifijo fue enviado por el Padre Acuaviva, General de los jesuitas, al Presidente don Juan de Borja, nieto del Santo. El testimonio del señor Peña, que era simple tradición, no concuerda con el respetable testimonio histórico del Obispo Piedrahita. (Regresar a 11)

(12) MANUEL DE AHUMADA, libro inédito escrito en 1748, que pertenece al archivo de La Veracruz. (Regresar a 12)

(13) El historiador GR0OT, vol. I, 2ª ed, 282, inserta la carta del Arzobispo, en que éste dice haber recibido quejas de personas principales. De dicha carta tomamos esta frase que se refiere a los denunciantes: «Han declarado ante mí el escándalo y mal ejemplo que Vuesa Merced ha causado y causa, teniendo en su compañía a María Mateos, con quien dicen há muchos años está Vuesa Merced en mal estado, y de quien tiene una hija; y que está juntando treinta mil pesos para dotarla, y otras circunstancias agravantes. » (Regresar a 13)