CONTINUACIÓN DEL CAPITULO 18
El capitán Lanchero, de quien acabamos de hacer referencia, era encomendero de Susa, y en los indios que tenía hacían los Musos confinantes más estragos desde que se despobló la ciudad de Tudela. Para evitar estas devastaciones que le minoraban y aun amenazaban agotarle enteramente sus rentas, determinó pedir autorización á la Audiencia para hacer nueva entrada y otro ensayo de población. Armó, pues, en 1555, ochenta hombres, y llevando muchos perros, entró por el valle de Jesús, términos de la ciudad de Vélez. Saliéronle al encuentro los Musos con sus acostumbrados bríos, no dándole un momento de descanso. Se apoderaron de la pólvora que llevaban los españoles, quienes se vieron obligados á enviar una partida á traer nueva provisión, y era tal el encarnizamiento y la animosidad de estos indios, que no sólo envenenaban las flechas y las picas y estacas que sembraban en los senderos que debían seguir los españoles, sino también las frutas que dejaban en las casas con que al principio morían rabiando los españoles. A pesar de tan continuas hostilidades, fundaron éstos una ciudad con el nombre de Trinidad de los Musos, en sitio descampado, no lejos del famoso cerro de Itoco, en donde pocos años después se descubrió la mina de las hermosísimas esmeraldas que después se han distribuido por todo el mundo, y hoy adornan las joyas más vistosas en Europa, Asia y América. (10) Y no sólo en el cerro de Itoco, sino también en el de Abipí, á tres leguas de distancia de éste, se descubrió otro rico filón de esmeraldas, cuyo trabajo no se siguió por falta de agua, y después parece que se ha perdido, como en Somondoco, hasta la tradición del sitio de la mina.
Como ya debemos despedirnos de los Musos, que por tanto tiempo lucharon por su independencia con constancia y valor dignos de mejor suerte, diremos algo de sus costumbres y tradiciones, por lo menos de aquellas que parezcan singulares, y de las cuales se distinguían de los Panches y Colimas sus vecinos, con quienes tenían muchos usos comunes que no mencionaremos por haberlo ya hecho directa ó indirectamente, tratando de estos.
Los Musos no reconocían cacique ni señor, pero en la guerra seguían á los más valientes y siempre el consejo de los ancianos. La venganza de la muerte violenta de alguno tocaba á la familia y á los que llevaban el mismo apellido, pero se satisfacía y perdonaba el agravio con presentes. Hablaban el mismo idioma todos, y tenían universalmente como tradición que al principio del mundo apareció un hombre, ó, más bien, cierta sombra ó figura en postura reclinada, que designaban con el nombre de Are, el cual fabricaba de madera ciertos rostros de hombres y mujeres y, echándolos al agua vivían y se multiplicaban, dedicándose luego á trabajar la tierra. Entonces el Are pasó á la otra banda del río de la Magdalena, y desapareció. Daban á sus hijos á la edad de cinco años nombres tomados de árboles, plantas, piedras ó animales, y estimaban en tan poco la vida, que se suicidaban por el menor contratiempo. El hermano de más edad heredaba las mujeres del difunto, si la muerte había sido natural. Embalsamaban los cuerpos con betumen después de secarlos al fuego. Los más célebres adoratorios de los Musos estaban situados en dos peñascos altos que llamaban Fura Tenia, Tena, es decir, mujer y marido; por entre estos dos peñoles corre al norte el río Zarbi, que pasa á una legua de la Trinidad de Muso, y allí hacían grandes sacrificios y ofrecimientos de oro. Sustentábanse con maíz, frisoles, yucas, batatas y papas, y diversidad de frutas, pero no tenían el plátano, que fué introducido más tarde en aquellos valles y se aclimato perfectamente.
Algo debemos decir de los Colimas, confinantes de los Musos por el sur, los cuales habitaban las tierras que hoy comprende el cantón de la Palma; su lenguaje era agradable al oído, pero nunca sonaba la L en él. Era muy parecido al de los musos. Llamáronlos colimas los Chibchas, que quiere decir crueles y sanguinarios; mas ellos se llamaban tapaces, es decir, piedra ardiente, y tenían por tradición haber venido de las montañas de la orilla derecha del Magdalena junto con los Musos, y que, venciendo á los Chibchas, que ocupaban con sus sementeras los valles escabrosos y profundos de esta parte de la cordillera, los arrojaron hacia lo alto, y se establecieron en ellos, tomando cada parcialidad el nombre del sitio que eligió para habitar. Así unos se llamaban curipíes, es decir, habitantes del Curí ó Guamo, por algún árbol notable de esta especie, caparrapies, ó habitantes de los barrancos, etc. La ciudad de la Palma fué fundada por los vecinos de Mariquita, hostigados por las frecuentes invasiones de los Colimas, y todavía pertenece á esta provincia, aunque situada á más de diez leguas de la ribera derecha del Magdalena, en posición paralela á la Trinidad de los Musos, respecto de la cordillera, y abundante en toda especie de producciones vegetales y en minas de oro y de cobre. Llamóla La Palma su fundador el Alcalde don Antonio de Toledo, por ciertas palmas que hermoseaban el sitio que escogió en 1561 para plantear la población, en cuyo territorio se contaban sobre seis mil indígenas tributarios, lo que supone que el número total de loa Colimas alcanzaba á más de treinta mil.
Desde el año de 1553 había salido de Santa Fe el capitán Juan de Avellaneda con una partida á explorar las minas de oro que se creía existían en la falda oriental de la cordillera hacia los llanos. Llevó para ello ciertos esclavos acostumbrados á catear los lavaderos de oro, y habiendo enviado de los Llanos suficientes muestras de este metal, se le autorizó para que fundara la ciudad de San Juan de los Llanos, en el mismo sitio que Espira y Fredemán habían llamado el uno Nuestra Señora y el otro la Fragua; mas esta población, distante de todos los recursos, y de clima poco salubre, no subsistió mucho tiempo, de donde se infiere que los productos de las minas no fueron de mucha consideración; pues ya veremos que las ciudades de Zaragoza y de los Remedios, en la provincia de Antioquia, fundada la segunda en 1560 por el Capitán Francisco Ospina, y de cuyas inmediaciones se sacó una cantidad considerable de oro desde los principios, aunque situadas en circunstancias poco favorables, han subsistido hasta hoy.
Don Fray Juan de los Barrios, obispo de Santa Marta, en cuya circunscripción caían las colonias de lo interior, subió á visitarlas en 1554, y, reconociendo que lo accesorio era más importante que lo principal, fijó en Santa Fe su residencia, hasta que en su tiempo, diez años después, se erigió el arzobispado y fué nombrado primer arzobispo, aunque no le llegó el palio hasta después de su muerte. La presencia de este prelado fué muy importante en Santa Fe para promover la predicación del Evangelio y la catequización de los indígenas, aunque desgraciadamente se siguió un sistema poco calculado para hacer comprender y amar las verdades de la fe; pues él consistía en hacer venir á los catecúmenos muchachos de ambos sexos de cada doctrina á la puerta de la iglesia ó á la casa del cura, por tarde y por mañana, y cuidar de que repitieran el catecismo, las más veces sin explicación alguna, azotando sin misericordia á los que no lo aprendían de memoria con suficiente prontitud, ó que llegaban tarde por estar sus casas muy apartadas del pueblo. A los religiosos de San Francisco se les encomendaron las cinco doctrinas en que se dividieron los indígenas del valle de Ebaque ó Ubaque, y cuya población excedía de cuarenta mil almas; y las del valle de Sogamoso se pusieron á cargo del convento de la misma religión, en Tunja. (11) .
Causó luego mucho sentimiento en todo el Reino la noticia de la funesta muerte de los jóvenes oidores Galarza y Góngora, que naufragaron con el Adelantado Heredia en las costas de España, cuando, á consecuencia de la residencia tomada por el oidor Montaño, fueron remitidos presos sin habérseles probado otro delito que el favor acordado á Armendáriz, en lugar de auxiliar al licenciado Zurita en la residencia que no pudo tomarle. Estos dos letrados, si hemos de creer el testimonio conteste de los cronistas, fueron aclamados padres de la Patria por los colonos. Quizá la suavidad y tolerancia con que aplicaban las nuevas leyes sobre encomiendas y tratamiento de los naturales, influyeron para que se les acordase tan honorífico título, que después muy pocos jueces y funcionarios lograron en América, y que, si los indígenas hubieran tenido representación, el concierto de alabanzas no habría sido tan unánime.
Nombró la Audiencia en esta sazón al Mariscal Gonzalo Ximénez de Quesada para pasar á Cartagena y tomar residencia al Licenciado Juan Maldonado, que quedó gobernando por ausencia y después por muerte de don Pedro de Heredia, pero no pasó muchos meses allí, por no convenirle el clima, y se dió el gobierno á don Juan Bustos Villegas, en cuyo tiempo siete buques de piratas franceses, á las órdenes de Martín Cotes, después de tomar y saquear sin resistencia á Santa Marta, atacaron la ciudad de Cartagena, de la que también se hicieron dueños, á pesar dé las trincheras y otros preparativos de defensa que el Gobernador Bustos había ordenado. Empleáronse en defender la ciudad quinientos indígenas con arcos y flechas envenenadas que algún estrago hicieron en los piratas, pero, agotada la pólvora, de que los españoles tenían corta provisión, tuvieron los vecinos que abandonar la ciudad á la rapacidad de los aventureros, los cuales la saquearon y quemaron en parte.
Restituido Quesada á Santa Fe, solicitó de la Audiencia la autorización para ejecutar á su costa la conquista de los afamados, ricos y poblados territorios de Pauto y Papamene; concediósela la Audiencia, y de España le vino por fin el nombramiento de Adelantado del Nuevo Reino de Granada pero sin jurisdicción ni mando alguno, y el de Gobernador perpetuo de las tierras que descubriera, ofreciéndosele el título de Marqués de estas mismas, para la época en que se pacificasen. Cuando una vez llega á apoderarse fuertemente de los hombres cierta idea, por absurda que sea, con tal que en su suceso estén interesadas las pasiones, no hay otro medio de desarraigaría que una serie no interrumpida de ruidosos desengaños y de catástrofes. Así aconteció con este ruinoso sueño del Dorado, en cuya solicitud vamos á ver salir al descubridor de Nueva Granada con trescientos hombres de lo más florido de las colonias, algunas mujeres, mil quinientos infelices indios chibchas de servicio de ambos sexos, gran número de ganados y un tren en cuyos preparativos se gastaron trescientos mil pesos de oro. A fin de que se tenga una idea de cuáles eran las esperanzas halagüeñas que hacían nacer esta empresa, la cual conmovió á todo el Reino, copiarémos algunos de los artículos de la capitulación concluida con Quesada por la Audiencia, instruida para ello por el Consejo.
1.a. Que debía llevar por lo menos 400 hombres provistos de armas, ocho sacerdotes y los bastimentos necesarios, y además, toda especie de ganado mayor y menor, todo á su costa.
2.a Que había de ir personalmente, y bajo pena de muerte no había de llevar ningún indio. Esta cláusula estaba de acuerdo con las nuevas leyes, y se cumplió tan mal, que la expedición sacó mil quinientos indios, de los cuales sólo sobrevivieron tres mujeres y un varón.
3.a Que había de ir tomando posesión á nombre del Rey de aquellas tierras, desde el río Pauto, donde comenzaba su gobierno, y que había de hacer de ellas las más poblaciones de españoles que pudiese, y fuertes para su resguardo, y dentro de cuatro años meter otros quinientos hombres casados, con sus familias, los más que pudiese, artesanos y labradores, y quinientos negros esclavos; de ganados, quinientas vacas más, trescientas yeguas, cuatrocientos caballos, mil cerdos y tres mil ovejas y cabras.
4.a Se le designaban como términos para su gobierno cuatrocientas leguas en cuadro entre los ríos Pauto y Papamene, comenzando á contarse á espaldas del Nuevo Reino, pero fuera de lo que se tenía concedido por aquella parte á D. Pedro Silva y Diego Hernández Serpa. Nombrábasele Gobernador vitalicio y con derecho á sucederle su heredero y sucesor inmediato, y mil ducados de renta, pagaderos de lo que tocase al Rey en lo que se conquistase.
5.a Si cumplía con lo capitulado, se ofrecía el título de Marqués de la misma tierra, para el Adelantado y sus herederos, y, además, veinticinco leguas cuadradas de tierras pobladas de indios, para sí y sus sucesores perpetuamente. Fuera de esto, la vara de Alguacil mayor en la Audiencia que se estableciera en aquel territorio, oficio que podría traspasar á sus herederos.
6.a Que pudiese dar encomiendas y repartir indios, tierras y estancias de labor y de ganados, heridos de molinos, aguas para ingenios de azúcar, y que por diez años no pagaran al Rey los descubridores sino el diezmo de las minas de oro y piedras preciosas, y quedasen los colonos exceptuados de derechos sobre las mercancías de Castilla que importasen.
7.a Respecto al señalamiento de los términos de las nuevas ciudades que se fundasen, se reservaba la Audiencia el proveer más tarde lo conveniente, más se le autorizaba por cinco años para tener dos naves en qué traer de España lo necesario á las nuevas poblaciones, y además, se le hacía gracia de dos pesquerías de las que se encontrasen, una de perlas y otra ordinaria, y se le autorizaba para nombrar curas, regidores y otros oficiales necesarios en las ciudades y para asignarles salarios.
Salió esta numerosa expedición de Santa Fe el año de 1569, y contribuyó en mucha parte para los costos Francisco Aguilar, vecino de San Juan de los Llanos, que en cortos años se había enriquecido con las minas del río Ariari. Es singular que este hombre empleara su caudal en una empresa cuyas dificultades, como habitante de los Llanos, debía conocer más que otro alguno. Superfluo parece añadir aquí que, desde que bajaron á los llanos, en las primeras jornadas comenzaron las hambres, necesidades, enfermedades y la mortandad. Para impedir la deserción que empezaba á cundir, mandó el Adelantado ahorcar dos soldados, pero, viendo que esto no la atajaba, se resolvió á conceder licencia para volverse á Santa Fe á los más enfermos, entre ellos al capitán Juan Maldonado. Desde las selvas de la margen de un río que llamaron Guaigo, gastó este oficial seis meses en llegar á San Juan de los Llanos. El oro, las perlas, otras piedras preciosas, las innumerables poblaciones, los campos amenos y cultivados que debían rodear el asiento del Dorado, se habían convertido en pajonales que hacían horizonte, ó en selvas espesas pobladas de enormes sierpes ó de animales carniceros.
Soledad y silencio, hambres y enfermedades, he aquí lo que se veía por dondequiera. De nada le había valido al Adelantado apartarse de la ruta que su hermano Hernan Pérez de Quesada había seguido en pos del Dorado diez y ocho años antes por el pie de la cordillera. Engolfado en los llanos, su suerte era todavía más triste: menores y más raras tribus vagabundas, ríos más grandes y más difíciles de vadear, y sin recursos contra las inundaciones periódicas de aquellas regiones que hasta hoy permanecen desiertas, aunque dotadas por la naturaleza del suelo más feraz y opulento. La pérdida más sensible que hizo el ejercito, si este nombre puede darse al grupo de españoles enfermos y desengañados que vagaban en aquellas selvas, fué la del Padre Medrano, que falleció de calenturas. Este religioso franciscano acompañó á Quesada en clase de cronista, para escribir los sucesos de la jornada, y sus papeles desgraciadamente se perdieron. Antes de su salida había dejado comenzada la historia del descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, que sirvió de fundamento á la crónica del Padre Aguado y después á F. Pedro Simón.
Reducido ya Quesada á no contar sino con cuarenta y cinco hombres, tuvo, sin embargo, que conceder licencia para volverse á veinte de estos, quedándose sólo con veinticinco en las márgenes del Guaviare, verosímilmente cerca de su confluencia con el Orinoco, desesperado, luchando contra su mala fortuna, avergonzado de regresar al Reino después de semejante desastre, cargado de deudas, habiendo perdido la ilusión del Dorado y el suspirado título de Marqués que solo se había concedido en las Indias á Hernán Cortés y á Francisco Pizarro; Vióse, sin embargo, al fin compelido á renunciar á su porfía, y á emprender la retirada más triste al cabo de tres años de desventuras. Cualquiera creería que, después de tan tremenda lección, no habría más locos que emprendieran otra jornada en solicitud del Dorado; más no sucedió así. El vulgo decía que la desgracia podía depender de la mala dirección, y que lo único que sé había ganado era el saber que por este lado tampoco debiera buscarse el Dorado: conque, si no en esta parte de nuestro trabajo, en la segunda (12) habremos de registrar nuevos desengaños, aunque ya no tan costosos.
Es tiempo de que volvamos á las provincias del sur y de Antioquia, para dar cuenta de los últimos sucesos acaecidos en el periodo que abraza la primera parte de nuestra relación, y lo liaremos en él capítulo siguiente.
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(10) Desde el año de 1568 comenzaron á trabajarse las minas, llevando acequias de agua á la cumbre del cerro. Poco tiempo después de descubierta esta mina, se llevaron dos de estas piedras á España, que se apreciaron en veinticuatro mil castellanos, y el año de 1612, cuarenta años después de su descubrimiento, ya habían entrado, según dice F. P. Simón, en las cajas reales, sólo del derecho de quintos, trescientos mil pesos. (Regresar a 10)
(11) No hay duda
de que si se hubieran custodiado los archivos de los conventos con suficiente cuidado,
podrían hallarse noticias estadísticas importantes respecto á la primera época del
descubrimiento, número de indígenas en cada doctrina, como todavía pueden sacarse datos
interesantes de libros parroquiales antiguos que en muchos lugares se conservan. (Regresar a 11)
(12) Desgraciadamente el autor murió antes de haber podido escribir la 2.a parte del Compendio.S, A, S. (Regresar a 12) |