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COMPENDIO
HISTÓRICO
DEL
DESCUBRIMIENTO Y
COLONIZACIÓN
DE LA
NUEVA GRANADA
EN EL SIGLO DECIMOSEXTO
CAPITULO
I
Colón descubre las
costas del istmo de PanamáTrata con los naturales. Carácter de
éstosObstáculos para la primera colonia que
intenta fundar.
Mas
Cristóbal Colón el almirante,
Que no se contentaba con el hecho,
Llevo sus velas muy altas adelante
Pensando de hallar algún estrecho
Que para mar del Sur le diese vía,
Aunque para naves no lo había.
(Elegías de varones ilustres de Indias por J. CASTELLANOS,
cura
de
Tunja),
Cristóbal
Colón descubrió la primera tierra del Nuevo Mundo el día 12 de Octubre de 1492. Las
extensas, ricas y pobladas islas Antillas absorbieron toda la atención del célebre
navegante durante su primero y aun en el segundo viaje, que se verificó el año siguiente
de 1493. En el de 1498 emprendió su tercer viaje, que lo condujo al descubrimiento de la
isla de Trinidad y costar de Paria, en tierra firme. Diversas circunstancias le
impidieron,. por entonces continuar descubriendo hacia el
poniente, y desde la isla de Margarita se volvió á la de Santo Domingo
(1)
.
Por Mayo del año de 1502, después de su
prisión y persecuciones, dió Colón la vela desde España para su cuarto y último
viaje, con el intento de buscar el estrecho que juzgaba debía existir, á fin de llegar
á la porción conocida de la India Oriental. Tocó antes en Santo Domingo
sin
que se le permitiera guarecerse siquiera en él puerto qué pocos años antes había
descubierto, y siguió luego en solicitud de la tierra firme. Llegó primero á la isla
Guanaja, frente al cabo Casinas, que hoy llaman de Honduras. El 14 de Septiembre
descubrió el cabo Gracias á Dios, que forma la extremidad de las costas de Nueva Granada
por esta parte. Navegaba Colón por aquella costa al este con vientos y corrientes
contrarios, obligado á fondear todas las noches para no perder en la oscuridad lo que
había ganado en el día, cuando, al doblar este cabo, observó con la mayor satisfacción
que la dirección de la costa cambiaba del este al sur, lo que le ofrecía la ventaja de
poder seguir su exploración con viento favorable. A esta circunstancia debió el cabo su
nombre y es uno de los pocos lugares que conservan el que Colón les dio al descubrirlos,
pues por una rara fatalidad, no sólo no tomó el nuevo continente el nombre de su
descubridor, sino que aun se han cambiado á la mayor parte de los sitios los nombres que
el Almirante les impuso en la época del descubrimiento.
Continuó su viaje la flotilla, que se componía
de cuatro embarcaciones pequeñas (carabelas) la mayor de setenta toneladas, evitando los
bajos que abundan en aquella costa. El sol del mismo mes de Septiembre envió el Almirante
dos botes á la boca de un río para hacer agua y leña, y habiéndose perdido el uno con
la reventazón del, mar en la barra del río y ahogándose la gente, le dio el nombre de
río de la Desgracia ó del desastre.
El día 25 fondeó la expedición en cierta isla
que los indígenas llamaban Quiriviri y Colón Husita, á más de legua y media dé
distancia de Cariay, población que estaba situada á las márgenes de un gran río
(probablemente San Juan de Nicaragua). Acudieron en gran número los naturales á la
curiosidad de los forasteros. Venían armados de arcos, flechas y dardos de palma negra
con espinas fuertes de pescados en las puntas; otros traían picas y macanas, y todos
andaban desnudos, excepto hacia la cintura; que llevaban envuelta en telas de algodón
blancas y encarnadas. Los hombres con los cabellos crecidos y atados al rededor de la
cabeza, y las mujeres con el pelo cortado. Algunos traían planchas de oro bajo (guanin) y
otros joyuelas del, mismo metal colgadas a cuello.
Colón dispuso que fueran los botes á llevar
regalos á los indígenas, mas con orden expresa de que ningún castellano saltara en tierra, así por temor de alguna emboscada, como
por evitar un choque y consiguiente matanza de naturales lo cual podía retraerlos del
trato con los españoles, privándole así de adquirir las noticias que solicitaba de
aquellas tierras. También ordeno que nada recibieran de los naturales en cambio de los
presentes y temiendo quizá que los vestidos, gorras y cascabeles, etc. Que habían
recibido, contuvieran algunos hechizos después de haber consultado entre si, convinieron
en volverlo todo, a la orilla del mar, en donde lo encontraron los marineros al día
siguiente cuando regresaron a la playa.
No se conformaba,
sin embargo, aquella pobre gente con ver que
los españoles se mantuvieran por dos días en sus naves sin desembarcar, á pesar de las
señas con que los convidaban desde tierra. Así fue que se decidieron á enviar como en
rehenes dos jovencitas á cargo de un anciano que, enarbolando una bandera blanca, las
trajo á los botes. Presentadas á Colón, éste los trató con la mayor consideración, y
vestidas y ataviadas las hizo desembarcar inmediatamente. Mas al otro día los naturales
restituyeron cuanto se dio á las muchachas, y habiendo desembarcado el adelantado
Bartolomé Colón, hermano del Almirante, con un escribano para asentar las noticias que
se adquirieran y cuestionados por señas algunos naturales, al ver estos sacar el papel y
las plumas y comenzar á escribir, pensaron ser aquello todo encantamiento, y huyeron la
mayor parte á los bosques.
Bartolomé Colón, internándose para reconocer
el país, encontró una casa más grande que las demás, con algunas sepulturas en donde
conservaban embalsamados y sin ningún mal olor varios cadáveres. Tenían éstos cubierta
cada sepultura con tablas, y esculpidas en ellas imitaciones de animales, y en tina de
ellas la figura del difunto. Semejante costumbre, que hasta aquí no había observado
Colón en ninguna de sus viajes anteriores, le dió una idea ventajosa de aquellos
habitantes. En efecto, el arte con que conservaban los cadáveres en un clima tan caliente
y húmedo, en donde, como después veremos, aun las provisiones más secas de los
españoles se corrompían, manifestaba un grado de industria algo más adelantado que el
de los insulares, Aquí se tomaran dos indígenas á fin de que sirvieran de intérpretes
en el resto del país que se proponía recorrer Colón. Mucha consternación causó entre
los naturales la noticia de que los españoles se llevaban das de entre ellos. La costa
vecina se llenó de individuos que venían á ofrecer armas, joyas, telas y cuanto
poseían en rescate de los presos. Cuatro indígenas se presentaron como diputados ó
embajadores para tratar del rescate de sus compañeros, llevando á las naves entre otros
presentes un cerdo montés vivo, Colón los despidió con presentes de cosas de Castilla,
haciéndoles entender como pudo que llevaba aquello dos individuos solo para que le
sirvieran de guía por algunos días, y que luego les daría la libertad, é
inmediatamente, el 5 de Octubre se partió de
aquellos parajes que se conocen ahora con el nombre de costa de los Mosquitos.
La hermosura y lozanía de la vegetación de
unas, islas se veían en el ángulo que forma la costa para tomar de nuevo la dirección
al poniente, decidieron á Colón á penetrar en el golfo que hoy llaman bocas del Toro.
En las ramas de los mangles y hobos de frutos dorados se enredaba la jarcia de los buques,
tan profundos y seguros eran los canales que daban entrada al golfo. A los mayores
llamaban los naturales Cerabora y Aburema. En uno de los puertos de aquellas islas,
(archipiélago de las Bocas del Toro ó bahía de Almirante), estaban surtas veinte canoas
y los indígenas andaban desnudos y pintados de colores, con ciertas planchas de oro finó
colgadas al cuello. Estas fueron las primeras muestras de oro puro que los españoles
vieron en aquella costa, y que les hicieron también cometer la injusticia de prender á
dos naturales que rehusaban trocar sus adornos de oro por cosas de Castilla; lo que prueba
que, la pretensión de traficar por la fuerza tiene precedentes bien antiguos en la
historia de América. Veintidós ducados pesaba el adorno de que fué despojado uno, de
aquellos naturales, y catorce el del otro. Todos los habitantes, así de las islas como de
la tierra firme, aseguraban sin discrepancia que aquel metal se sacaba de algunos sitios
al poniente, á uno de los cuales llamaban Veragua, y tan grabado quedó aquel nombre en
las mentes de los descubridores, que prevaleció sobre el recuerdo de las horribles
penalidades que sufrieron en este viaje, como adelante se verá, y por las que se. llamó
entonces aquella costa costa de los Contrastes y
luego Costa Rica y costa de Veragua, y duque de Veragua es el título con que se reconocen
en España los descendientes de Colón.
El 17 de Octubre continuó éste su viaje y
llego á la boca del río Guaiga. Centenares de
indígenas se arrojaron al mar blandiendo sus armas para embestir á los botes con los
castellanos que iban á desembarcar. Estos se mantuvieron á cierta distancia de la playa
para dar lugar á que se aplacara la furia de los indígenas, que arrojaban agua del mar,
mascaban yerbas y las escupían á los marineros. Por fin, sin embargo, al ver la conducta
pacífica de los castellanos, se aquietaron y redujeron á cambiar, aunque con alguna
repugnancia,
sus planchas de oro, como patenas, por las frioleras de Castilla de que no hacían mucho
caso., Estos indígenas tenían varios instrumentos bélicos como tambores, bocinas y
caracoles con que hacían mucho ruido. Al día, siguiente se manifestaron de nuevo los
naturales en actitud de guerra, procurando impedir á los castellanos que desembarcaran,
mas á los primeros tiros de cañón y de arcabuz que se hicieron de los buques y barcas,
se dispersaron y volvieron después sin armas, aunque no trocaron sino tres planchas, diciendo que rió habían
venido preparados á comerciar, sino á pelear.
Impaciente Colón de continuar su viaje de exploración,
hizo levar las anclas de la boca de este río, y navegando pocas leguas surgieron las
naves cerca de otro río considerable llamado Cateba. Por todos los bosques y playas
vecinas se oía el sonido de los instrumentos de guerra que convocaban á los indígenas
á defender la tierra, más habiendo venido una canoa á bordo con algunos de estos, y
entendido que no se trataba de hostilizarlos consintieron en trocar su oro por cascabeles,
cuentas y demás artículos de rescate.
Los españoles bajaron á tierra y observaron dos cosas
que les parecieron dignas de recuerdo; la primera, que el jefe de estos indígenas, que aquí como en casi toda esta costa
se llamaba Quibí, no se distinguía de los demás sino en que se precavía de la lluvia
que no cesaba de caer (era el mes de Octubre) con una grande hoja de árbol en forma de
paraguas, y la segunda él haber visto un fragmento de mezcla que parecía hecha de piedra
con arena y cal, que fue el primer indicio de edificio de mampostería que se halló en
América. No se descuidó Colón en te mar de ello muestras para llevar á España.
Continuó luego su viaje tocando en Cobrara y Cubiga, ríos en cuyas bocas no se halló
población. En este último río, según decían los indígenas de Cariay, terminaba la
tierra de oro. Más Colón ni se detuvo ni quiso volver atrás á visitar cinco pueblos
que se habían visto sobre la costa, como se lo pedían sus compañeros ansiosos de
traficar con los habitantes. Más noble objeto impulsaba al Almirante en su viaje.
Pocas leguas después entró á un puerto que por su
hermosura y comodidad nombró Portobelo (el nombre le ha quedado), cercado de habitaciones
que se levantaban en forma de anfiteatro. Siete días permanecieron allí a causa del mal,
tiempo, hasta el día 9 de Noviembre, que se apartaron las naves de tierra por la primera
vez, con gusto general porque no habían hallado otra cosa que cambiar sino algunas
provisiones y algodón hilado. Solamente ocho leguas navegaron hacia el levante, porque
los vientos contrarios y las borrascas los forzaron á volver atrás y á guarecerse cerca
de unas islas pequeñas inmediatas á la costa, á fin de reparar las naves abiertas ya
por todas partes con la violencia de los temporales. La abundancia de víveres y la
multitud de sementeras de maíz que se veían así en las islas como en la tierra firme
opuesta, hizo que llamaran este asilo puerto de los
Bastimentos. El 23 de Noviembre salió dé aquí la expedición, navegando otra vez
hacia levante por tres días en que sufrieron tanto por el mal tiempo, que Colón se
decidió á esperar algunos días en un pequeño puerto en donde se refugiaron y en donde
apenas cabían los cuatro buques, pero tan profundo, que no fue necesario echar las
anclas, sino que con cables se amarraron á los árboles de tierra. Este puerto recibió
el nombre de puerto del Retrete.
La facilidad para desembarcar
á todas horas, aun sin permiso de los superiores, relajó la disciplina de las
tripulaciones durante los nueve días que allí permanecieron, de tal modo, que los
indígenas que al principio venían voluntariamente á traer provisiones y á traficaron
sus huéspedes, se cansaron finalmente de las rapiñas y violencias de los marineros, y se
declararon en abierta hostilidad contra la expedición. Acudieron los habitantes de las
tierras comarcanas á combatir á los forasteros, y llegaban hasta cerca de las naves á
disparar sus flechas de manera que Colón, que al principio había mandado disparar
algunos
tiros de cañón solo con pólvora para amedrentarlos viendo que no se
lograba el objeto, antes bien crecían los clamores y amenazas, se halló en la necesidad
de permitir que les dirigieran algunos tiros con bala. El estrago producido por la
artillería retrajo á los indígenas, que según Colón eran de los mejor formados que
hasta entonces había encontrado, de alta estatura y sin los vientres crecidos y
contrahechos tan comunes en la mayor parte de los habitantes de las islas y costas
visitadas antes.
Los
vientos constantes de levante, junto con la alta mar, que formaban un continuo temporal contra el cual no podían
luchar tan frágiles embarcaciones, navegando la costa arriba al oriente, arrancaron por
fin á Colón la resolución de desistir de su proyecto de buscar el estrecho que él
persistía en creer firmemente debía encontrarse. Esta resolución no habría sido tan
penosa para el anciano Almirante, al haber sabido que dos años antes, unos aventureros
llevados por la codicia de traficar habían llegado hasta estos
parajes recorriendo toda la costa desde Paria, como se verá en el capítulo 2.°
(2).
Quiso por lo menos, ya que no llevaba á la Corte la
noticia de haber encontrado el canal marítimo de comunicación, satisfacer el ansia de
riquezas llevando muestras abundantes y una descripción exacta de las minas de Veragua.
Con el fin de emprender esta exploración salió del Retrete el día 5 de Diciembre, y
volviendo las proas al occidente navegó con viento tan fresco en popa, que aquel mismo
día llegó á Portobelo, diez leguas al poniente, y al siguiente continuó su viaje hacia
Veragua.
Empero duró poco la fortuna de gozar de viento
favorable, porque luego se declaró un torbellino de vientos opuestos, de todos los puntos
del compás, y tal era la furia del mar y de las tempestades, tal la oscuridad, que no les
permitía verse los unos á los otros, ni acogerse á puerto alguno, ni seguir viaje para
ninguna parte. Durante quince días estuvieron los míseros navegantes entre, la vida y la
muerte confesando sus pecados á gritos. El estrépito de los truenos era tan cercano, que
muchas veces creyeron que algunos buques disparaban su artillería pidiendo. auxilio; la
lluvia tan continua y abundante, que no había nada seco á bordo de las embarcaciones.
Cierto día observaron una manga de agua que amenazaba echar á pique las naves, la que
conjuraron, conforme á la costumbre de aquellos tiempos, recitando el Evangelio de San
Juan. Por colmo de desgracias la humedad y el calor habían corrompido de tal manera las
provisiones que les quedaban después de un viaje de ocho meses, que algunos marineros
esperaban la noche para comer la sopa del bizcocho con el objeto de no ver los gusanos que
en ella hervían. Dos días de calma les dieron algún (descanso, y la muchedumbre de
tiburones que acudieron al rededor de los buques, les proporcionó pesca abundante.
El día 17 de Diciembre lograron entrar en un puerto y se
sorprendieron al ver los habitantes alojados en las copas de los árboles. Atribuyeron
esta costumbre al temor de animales feroces ó al de tribus enemigas, y no á su verdadera
causa, que era la inundación de los ríos y ciénagas. Salieron de nuevo al mar el 20 á ser otra vez juguete de los vientos y
borrascas, que no les dejaron un instante de reposo hasta que llegaron á la boca del río
Belén, que los indígenas llamaban Kicbra, en las inmediaciones del río de Veragua,
el día 7 de Enero del año siguiente de 1503. El Almirante hizo sondear las barras de
ambos ríos, y se convenció de que no había agua para que los buques entrasen eh el de
Veraguá y sí en el de Belén, adonde primero
envió algunos botes, los cuales entraron á una población situada en las orillas del
río á poca distancia de la boca. Allí supieron que no distaban mucho las minas de oro,
pero les costó algún trabajo persuadir a los naturales que no venían á hostilizarlos,
aunque al fin consiguieron que dejaran tas armas y cambiaran sus alhajas de oro por
cuentas, campanillas y por cidra, bebida de que gustaban mucho. También se proveyeron
abundantemente de pescado del que se acoge al río en ciertos tiempos.
Fondeados allí, permanecieron todo el mes de Enero,
aunque no exentos de peligro, porque el 24
creció tan repentinamente el rió y con tanta
violencia, que rompieron las amarras los buques y se chocaron los unos contra los otros,
sufriendo alguna avería. Colón creyó haberse originado esta creciente súbita en la
cadena alta de montañas que se divisaba en
el interior y que él llamó de San Cristóbal. Entre tanto el adelantado D. Bartolomé
Colón había subido el rió de Veragua hasta cerca de las habitaciones del Quibio ó jefe
de aquellas gentes, el cual salió a recibirle con mucha cortesía y señales de amistad,
le trajo algunos presentes y admitió otros que le hizo el Adelantado, regresando este á
las naves y aquél á su pueblo. Al día siguiente bajo el Quibio á visitar al Almirante
que le hizo algunos presentes y los naturales que con él vinieron recibieron también
cascabeles y otras cosillas á trueque de las planchitas de oro que traían para rescatar.
Ya para entonces había resuelto Colón dejar á su
hermano con la mayor parte de la gente á fin de que fundaran una colonia y volver á
España á dar cuenta de sus descubrimientos y á enviar auxilios y más pobladores al
establecimiento. La violencia de los temporales en el mar afuera no permitieron al
Adelantado salir con los botes á reconocer por la costa y ríos dé las inmediaciones, el
sitio más á propósito para fundar la población, hasta el 6 de Febrero, en que con
sesenta y ocho hombres embarcados en los botes, salió, costeando una legua al occidente,
y entrando por el río Veragua como legua y media, hallaron una población en donde
desembarcaron, y tomando noticias y guías se dirigieron á ciertas minas de oro, para
llegar á las cuales hubieron de vadear un río cuarenta y cuatro veces, á pesar de no
distar este sitio sino como tres leguas de la población. Dos horas solamente
permanecieron en el lugar en donde les indicaron los indios sacaban el oro, y en tan corto
espacio de tiempo, sin más instrumento que las manos, cada castellano encontró, buscando
entre las raíces de árboles altísimos que allí había, algunos granos del metal en
cuya solicitud andaban pasando tantos trabajos y necesidades. Deseosos de participar á
sus compañeros tan alegres nuevas, volvieron á dormir el mismo día al pueblo de Veragua
y al siguiente á las, naves. Entendieron después que las minas que habían visitado no
eran las de Veragua, que estaban más cerca y adonde no quisieron conducirlos los
naturales, que por orden de su Quibio los habían llevado á las minas de Urirá con cuyas gentes estaban enemistados.
Descubiertas
las minas, no quedaba otra cosa que hacer sino elegir el sitio más cómodo para el
establecimiento de la colonia. Con este objeto emprendió una nueva expedición el
Adelantado el 26 de Febrero por la costa al occidente con más de sesenta hombres por
tierra y catorce en un bote. A siete leguas de distancia de la boca del río Belén y por
consiguiente después de pasado el Veragua, hallaron la embocadura del Urirá, en cuyas
cabeceras habían visto las minas. Los españoles fueron recibidos de paz por los naturales que mascaban cierta yerba seca y un polvo terroso mientras
duró la entrevista
(3)
.
El Quibio de Urirá con los veinte indios que le
acompañaban condujo los españoles á su pueblo en donde fueron alojados en una casa
capaz y con suficiente provisión de mantenimientos. Allí vino á visitarlos el Quibio de
D
ururí, jefe de una tribu numerosa.
Todos los naturales cambiaron á la gente del Adelantado el oro que poseían, y por medio
de los intérpretes le dieron razón de que toda aquella tierra estaba poblada hacia el
interior, y que á mucha distancia había gente vestida y armada como los castellanos.
Estas noticias inducían á Colón á pensar que se hallaba en el continente de ¡a India
oriental. Es probable que estas noticias vagas de pueblos más civilizados se referían á
los mexicanos ó quizá á los peruanos. D. Bartolomé Colón despachó la mayor parte de
su gente á las naves en vista de la acogida pacífica y hospitalaria que se le hacía, y
continuó su viaje con solo treinta hombres, hasta Cateba, muy cerca de las Bocas del
Toro, pasando por los extensos campos cultivados de Yubraba, en donde viajaron seis leguas
por entre sementeras de maíz.
Como mientras más se alejaban de Veragua, más escaseaba
el oro y que en toda aquella costa no vio el Adelantado río más considerable que el de
Belén, resolvió volver á ponerlo en conocimiento del Almirante, como lo hizo, tornando
por el mismo camino que había traído, cargada su escolta de bastante oro del que habían
cambiado en el tránsito á los naturales. Lo que hizo sin duda decir al Almirante, en la
carta que escribió á los Reyes á su regreso desde Jamaica, que había visto más oro en
la costa de Veragua en dos días que en la isla Española ó Santo Domingo en cuatro
años.
Resolvió
el Almirante, de acuerdo con su hermano, que se fundase la población en las orillas del
río de Belén, á poca distancia de su embocadura en el mar, y comenzó á trabajarse
activamente en cortar la m
adera
para levantar las casas y la palma para cubrirlas. Fabricaron diez casas grandes para
habitaciones y una mayor que debía servir de almacén de guerra y de boca. Entré los
ciento cuarenta hombres que tripulaban los cuatro buques, se escogieron ochenta para
fundar la primera colonia que se intentó establecer en la tierra firme del Nuevo
Continente y que un acto inaudito de violencia y de injusticia debía hacer abortar. Por
jefe de ella dejó el Almirante á su hermano D. Bartolomé Colón, el cual
temeroso
de que, en la ausencia de las naves lo atacaran los naturales, recurrió para precaverse
á un estratagema escandaloso y repugnante en vez de emplear los más suaves y más
seguros de que solía usar el Almirante. Este arbitrio, puesto en práctica después con
buen resultado por los castellanos en México, Perú y Bogotá, tuvo esta vez
consecuencias fatales á los pobladores europeos. Consistía en prender al jefe á fin de
desconcertar y someter á los súbditos. El día 30 de Marzo fué personalmente el
Adelantado con setenta y cuatro hombres á las casas del Cacique ó Quibio, y lo prendió
sin resistencia alguna con más de cincuenta personas de su familia entre mujeres, hombres
y niños. Dejó atrás su gente oculta en la selva, y se adelanto solo con cinco hombres
so pretexto de visitar al Quibio. Este salió
á recibirlo á la puerta de su habitación
sin sospecha alguna. Allí fué asido, por el
Adelantado y entregado á los suyos, que acudieron de tropel y rodearon las casas á fin
de que no se escapase nadie. Conducidos á los botes á pesar de los gritos y lágrimas de
las mujeres, y de que ofrecían traer cuanto oro
pudieran recoger para rescatarse, y atados de pies y manos
las argollas de las barcas, remaron apresuradamente los marineros con su presa
hacia las naves que debían llevar a España esta desdichada familia.
Como
el Adelantado permaneció recogiendo cuantas alhajas de oro
tenía el Quibio en su casa, y que pesaron 300 ducados
(4)
,
y dando las órdenes consiguientes para perseguir
á los fugitivos, encomendó los presos y particularmente el Quibio al piloto Juan
Sánchez, que prometió dejarse pelar las barbas si le permitía escaparse. Acercábase
ya la noche, y los botes á la boca del río, y de tal modo se lamentaba el Quibio por el
dolor que le causaba la estrechez de las cuerdas que lo ligaban al bote, que Sánchez
movido á compasión lo desató, quedándose sin embargo con la extremidad de la cuerda en
las manos, á tiempo que el Cacique se precipitó con tanta fuerza al río, que temiendo
el piloto ser arrastrado, hubo de soltarlo. Inútiles fueron las diligencias que se
hicieron en solicitud del Quibio, que no es probable que atado como estaba, hubiera podido
nadar hasta la orilla. Recibidos los demás á bordo de las naves, y habiendo crecido el
río Belén, salieron estas desalijadas mar afuera á fin de recibir provisiones, leña y
agua con qué emprender su viaje de vuelta á la Española. Entre tanto, indignados los
naturales por el acto insigne de felonía de sus huéspedes, ó incitados por el Quibio si
acaso salvó, cosa que no llegó á averiguarse, atacaron de sorpresa las casas de la
colonia, favorecidos por la espesura de la selva que no se había tenido la precaución de
desmontar, y aunque rechazados por el Adelantado, que quedó herido con siete castellanos
más en la refriega, no se dispersaron los indígenas ni huyeron a mucha distancia, sino
que permanecieron en las inmediaciones en actitud hostil.
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el capitulo
(1)
Gonzalo Fernández de Oviedo, Gomara y Castellanos, historiadores primitivos,
aseguran que en este viajo llegó Colón basta el cabo
de la Vela, al cual dicen puso este nombre por
haber visto por vez en sus inmediaciones una
canoa de naturales ala vela. Mas ni D. Fernando Colón, que escribió la vida de su
padre ton los manuscritos y diarios de sus navegaciones á la vista ni Pedro Mártir,
escritor contemporáneo y
de mucha fé, ni el cronista Herrera, que copió
á Fray Bartolomé de las Casas, hacen mención de tal circunstancia. Todos ellos
convienen, por el contrario, en que el almirante Colón terminó sus descubrimientos de
este viaje en Margarita. Esta opinión ha sido adoptada por los más graves historiadores
de los tiempos modernos, Robertson, D. Juan B. Muñoz, que tubo a a su disposición los
archivos de la monarquía española, D. Martín Fernández Navarrete y últimamente Mr. Irving, en su vida de Colón.
No carece de interés para los granadinos el esclarecimiento de este punto histórico. (Regresar a 1)
(2) No sin fuertes razones me he decidido á adoptar una
opinión contraria en este punto á la del señor Navarrete, respetable autoridad que ha
hecho vacilar á Mr. Irving en su Historia de Colón.
1.° El único navegante que había llegado antes que Colón hasta esta costa
por opuesto camino, que fué Rodrigo Bastida, no volvió á España hasta después de la
salida de Colón para su cuarto y último viaje, y aunque en Santo Domingo podía saberse
el derrotero de Bastida, á Colón no e le permitió desembarcar en aquella isla ni entrar
en el puerto.
2.a Según D. Fernando Colón, hijo del Almirante, que acompañó á su padre
en este viaje, él no renunció á continuar la exploración en solicitud del canal, sino
porque sus bajeles no podían ya remostar por la costa, por estar comidos de broma. No es
probable que hubiera omitido anotar una razón tan plausible que bacía inútil toda
investigación ulterior.
3.a. Porras, que se rebeló contra Colón en este viaje cuando llegaron á
Jamaica, y cuya relación, parcial y errónea en muchas circunstancias, ha mido, sin duda,
el fundamento de Oviedo para emitir la opinión que combato y que el señor Navárrete
adoptó. dice: En algunas cartas de navegar de algunos marineros juntaba esta tierra
con la que había descubierto Ojeda y Bastidas Si esto fuera vedad, ¿por qué el
clamor general cuando más tarde Colón, para echar la travesía a la Española, hizo
remontar hasta San Blas su nave? Todos ellos decían que ya saldrían del otro lado de
Santo Domingo, y que trataba de llevarles directamente á España, cuando apenas pudieron
arribar á Jamaica.
4.a.
Colón dice, en la carta en que de cuenta á los
Reyes de su viaje, que se habría quedado en Veragua sin el temor de que nunca más
aportarían navíos por allí. Al haber sabido que Bastida había llegado hasta estas
inmediaciones, no debía dudar que sobrarían naves que continuarían aquella
exploración. Colón añade: Ninguno, hay que diga debajo cuál parte del ciclo
está Veragua, cuando yo partí de ella para volver á la Española. Los polotos creían
venir a parar
a la isla de San Juan, y fue en tierra de Mango 400 leguas mas al poniente de donde
decían. Respondan si saben a donde es el sitio de Veragua.
Fácil habría sido hallarlo y no se hubiera el almirante a lanzar este reto si
hubiera sabido el termino del viaje de Bastidas. Pudiera añadir otras consideraciones
para aclarar este punto si no creyera que son suficientes las que llevo expuestas. (Regresar a 2)
(3) Quizás es esta la
vez primera que observaron los españoles la costumbre de estimular los órganos del gusto
con una materia alcalina mineral y una sustancia vegetal astringente y aromática,
costumbre que después se halló tan extendida en todo el nuevo continente, y que aun se
conserva entre muchos indígenas. (Regresar a 3)
(4) Un ducado de aquel tiempo es equivalente, según el
señor Clemente, á cerca de ocho pesos fuertes, y un castellano seria equivalente á once
pesos de hoy. Recuérdese que según Robertsón, en el siglo XVI el valor efectivo del
peso fuerte, es decir, la cantidad de trabajo que el representa o que puede representar o
que puede comprarse con él, era de cinco á seis veces mayor que en nuestros días.
Según Mr.
Irving, por una onza de oro solo
se tenia entonces tres veces mas trabajo ó alimento que hoy, y
cuatro veces mas por una onza de plata. Entonces
una onza de oro valía solamente doce onzas de plata. (Regresar a
4)
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