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3.
PACIFICACION DE LA ESPAÑOLA.
“Anduvo
el Almirante por gran parte da toda la isla, haciendo guerra cruel a todos
los reyes y pueblos que no la venían a obedecer, nueve o diez meses, y como
él mismo en cartas diversas que escribió a los reyes y a otras personas
dice. En los cuales días o meses grandísimos estragos o matanzas de gentes
y de poblaciones de pueblos se hicieron, en
especial en el reino da
Caonabo, por ser sus hermanos tan valientes, y porque todos los indios
probaron todas sus fuerzas para ver si, pudieran echar de sus tierras a
gente tan nociva y cruel, y que totalmente vían que sin causa ni razón
alguna y sin haberlos ofendido, que los despojaban de sus reinos y tierras y
libertad y de sus mujeres y hijos y de sus vidas y natural ser; pero como se
viesen cada día tan cruel e inhumanamente parecer, alcanzados tan fácilmente
por los caballos y alanceados en un credo tantos, hechos pedazos con las
espadas, cortados por medio, comidos y desganados por los perros, quemados
muchos dellos vivos y padecer todas maneras exquisitas de inmisericordia e
impiedad, acordaron muchas provincias, mayormente las que estaban en la Vega
Real, donde reinaba Guarionex, y la Maguana, donde señoreaba Caonabo, que
eran de los principales reinos y reyes desta isla, como se ha dicho, de
sufrir su infelice suerte, poniéndose en manos da sus enemigos, a que
hiciesen dellos lo que quisiesen, con que del todo no los extirpasen como
quien no podía mas; quedando muchas gentes de muchas partes y provincias de
la isla huídos por los montes y otras que aún los cristianos no habían
tenido tiempo de llegar a ella; y las sojuzgar. Desta manera (como el
Almirante mismo escribió a los reyes), allanada la gente desta isla, la
cual dice que era sin número, con fuerza y con maña, hobo la obediencia de
todos los pueblos en nombre de sus altezas y como su visorrey, a obligación
de cómo pagarían tributo cada rey o cacique, en la tierra que poseía, de
lo que en ella había; y se cogió el dicho tributo hasta el año 1496.
Estas todas son palabras del Almirante. Bien creo que los prudentes y doctos
lectores cognocerán aquí cuan justamente fueron impuestos estos tributos y
cuán válidos de derecho, y cómo los eran los indios obligados a pagar,
pues con tantas violencia, fuerzas y miedos, y precediendo tantas muertes, y
estragos y disminución de sus estados, de sus personas, mujeres y hijos y
libertad de todo su ser y aniquilación de su nación, les fueron impuestos
y ellos concedieron a los pagar. Impuso al Almirante a todos los vecinos de
la provincia de Cibao y a los de la Vega Real, y a todos los cercanos a las
minas, todos los de catorce años arriba, de tres en tres meses un
cascabel de los de Flandes, digo lo hueco de un cascabel, lleno de oro, y sólo
al rey Manicaotex daba cada mes una media calabaza de oro llena, que pesaba
tres marcos, que montan y valen 150 pesos de oro o castellanos; toda la otra
gente no vecina de las minas contribuyese con una arroba de algodón cada
persona. Carga, cierto, y exacción irracional, dificilísima, imposible a
intolerable, no sólo para gente tan delicada y no usada a trabajos grandes
ni a cuidados tan importunos, y tan libre y a quien no debía nada y que no
había de traer y ganar por amor y mansedumbre y dulzura y blanda conversación
a la fe y religión cristiana, pero aun para crueles turcos y moros y que
fueran los hunos o los vándalos que nos hubieran despojado de nuestros
reinos y tierras y destruido nuestras vidas, les fuera onerosísimo e
imposible y en sí ello irracionable y abominable. Ordenóse después de
hacer una cierta moneda de cobre o de latón en la cual se hiciese una señal,
y ésta se mudase a cada tributo, para que cada indio de los tributarios la
trajesen al cuello, porque se cognociese quien lo había pagado y quién no;
por manera que el que no la trajese había de ser castigado aunque dizque
moderadamente, por no haber pagado el tributo. Pero esta invención, que
parece asemejarse a la que hizo el tiempo de nuestro Redentor Octaviano
Augusto, no pasó adelante, por las novedades y turbaciones que luego
sucedieron, con que para mostrar Dios haber sido deservido con tan
intempestivas imposiciones, todo lo barajó y así las deshizo; y es aquí
de saber que los indios desta isla no tenían industria ni artificio alguno
para coger al oro en los ríos y tierra que lo había, porque no cogían ni
tenían en su poder más de lo que en las venas o riberas de los arroyos o ríos,
echando agua con las manos Juntas y abiertas, de entre la tierra y cascajo
como acaso se descubría, y esto era muy poquito, como unas hojitas o
granitos menudos y granos mas grandes que topaban, cuando acaecían por lo
cual, obligarlos a dar cada tres meses un cascabel de oro lleno, que cabría
por lo poco trae y cuatro pesos de oro, que valía y vale hoy cada peso 450
maravadís, érales de todo punto imposible, porque ni en seis ni en ocho
meses, y hartas veces en un año, por faltarles la industria, no le cogían
ni por manera alguna cogerlo ni allegarlo podían. Por esta razón, el rey
Guarionex, señor de la gran vega, dijo muchas veces al Almirante que si
quería que hiciese un conuco, que era labranza de pan, para el rey de
Castilla, tan grande que, durase o llegase desde la Isabela hasta Sancto
Domingo, que es de mar a mar y hay de camino buenas 55
leguas (y esto
era tanto, que se mantuviera, cuanto al pan, diez años toda Castilla), que
él lo haría con su gente, con que no le pidiese oro, porque sus vasallos
cogerlo no sabían. Por el Almirante, con el gran deseo que tenía de dar
provecho a los Reyes de Castilla para, recompensar los grandes gastos que
hasta entonces habían hecho y hacían y eran menester cada día hacerse en
este negocio de las Indias, y por refrenar los murmuradoras y personas que
estaban cercanos a los reyes y que siempre desfavorecieron este negocio que
disuadían a sus Altezas que no gasten, porque era todo mal empleado y
perdido y que no habían de sacar fruto dello, y finalmente daban al negocio
cuantos disfavores y desvíos podían, no creo sino que con buena intención,
aunque a lo que siente con harto poco celo y sin consideración de lo que
los reyes, aunque no sacaran provecho alguno a la conversión y salud de
aquellas ánimas, como católicos debían, quería cumplir el Almirante con
esto temporal, y como hombre extranjero y solo (como él decía, desfavorecido),
y que no parecía depender todo su favor sino de las riquezas que a los
reyes destas tierras les proviniesen, juntamente con su gran ceguedad e
ignorancia del derecho que tuvo, creyendo que por sólo haberlas descubierto
y los Reyes de Castilla enviarlo a los traer a la fe y religión cristiana,
eran privados de su libertad todos, y los reyes y señores de sus dignidades
y señoríos, y pudiera haber dellos como si fueran venados o novillos en
dehesas baldías, como y muy peor lo hizo, le causó darse más priesa y
exceder en la desorden que tuvo, que quizá tuviera; porque ciertamente él
era cristiano y virtuoso y de muy buenos deseos, según del los que amaban
la verdad o no tenían pasión o afición a sus propios juicios cognoscían,
así que no curaba de lo que Guarionex le importunaba y de las labranzas que
ofrecía, sino del cascabel de oro que impuesto había. Después,
cognosciendo el Almirante que los más de los indios en la verdad no lo podían
cumplir, acordó de partir por medio el cascabel y que aquella mitad llena
diesen de tributo; algunos lo cumplían y otros no les era posible, y así,
cayendo en más triste vida, unos se iban a los montes, otros, no cesando
las violencias y agravios e injurias en ellos de los cristianos, mataban
algunos cristianos por especiales daños y tormentos que recibían, contra
los cuales luego se procedía a la venganza que los cristianos llaman
castigo, con el cual, no sólo los matadores, pero cuantos podían haber en
aquel pueblo o provincia, con muertes y con tormentos se punían, no
considerando la justicia y razón natural humana y divina, con cuya
autoridad lo hacían.
Viendo
los indios cada día crecer sus no pensadas otras tales calamidades, y que
hacían fortalezas o casas de tapias y edificios y no algunos navíos en el
puerto de la Isabela, sino ya comidos y perdidos, cayó en ellos profundísima
tristeza, y nunca hacían sino preguntar si pensaban en algún tiempo
tornarse a su tierra. Consideraban que ninguna esperanza de libertad ni de
blandura ni remisión ni remedio de sus angustias ni quien se doliese dellos
tenían, y como ya habían experimentado que los cristianos eran tan
grandes comedores y que sólo habían venido de sus tierras a comer, y que
ninguno era para cavar y trabajar por sus manos en la tierra y que muchos
estaban enfermos y que les faltaban los bastimentos de Castilla,
determinaron muchos pueblos dellos de ayudarlos con un ardido aviso, o para
que muriesen o se fuesen todos, como sabían que muchos se habían muerto y
muchos ido, no cognosciendo la propiedad de los españoles, los cuales,
cuanto más hambrientos, tanto mayor tesón tienen y más duros son de
sufrir y para sufrir. El aviso fue aqueste (aunque les salió al revés de
lo que pensaron), conviene a saber: no sembrar ni hacer labranzas de su
conuco, para que no se cogiese fruto alguno en la tierra, y ellos recogerse
a los montes donde hay ciertas y muchas y buenas raíces, que se llaman
guayaros, buenas de comer, y nascen sin sembrarlas y con la caza de las hutías
o conejos de que estaban los montes y los llanos llenos, pasar como quiera
su desventurada vida. Aprovechóles poco su ardid, porque aunque los
cristianos, de hambre terrible y de andar a montear y perseguir los tristes
indios, padecieron grandísimos trabajos y peligros, pero ni se fueron ni se
murieron, aunque algunos morían por las dichas causas, antes toda la
miseria y calamidad hobo de caer sobre los mismos indios, porque como
anduviesen tan corridos y perseguidos con sus mujeres e hijos a cuestas,
cansados, molidos, hambrientos, no se les dando lugar para cazar o pescar o
buscar su propia comida, y por las humidades de los montes y de los ríos,
donde siempre andaban huídos y se escondían, vino sobre
ellos tanta de enfermedad, muerte y miseria, de que murieron
infelicemente de padres y madres y hijos, infinitos. Por manera que con las
matanzas de las guerras y por las hambres y enfermedades que procedieron por
causa de aquéllas y de las fatigas y opresiones que después sucedieron y
miserias y sobre todo mucho dolor intrínseco, angustia y tristeza, no
quedaron de las multitudes que en esta isla de gentes había desde el año
de 94 hasta el de 6, según se creía, la tercera parte de todas ellas,
!Buena vendimia y hecha harto bien apriesa! Ayudó mucho a esta despoblación
y perdición querer pagar los sueldos de la gente que aquí los ganaba y
pagar los mantenimientos y otras mercadurías traídas de Castilla con dar
de los indios por esclavos, por no pedir las costas y gastos y tantos gastos
y costas a los reyes, con lo cual el Almirante mucho procuraba por la razón
susodicha, conviene a saber, por verse desfavorecido y porque no tuviesen
tanto lugar los que desfavorecían este negocio de las Indias ante los
reyes, diciendo que gastaban y no adquirían; pero debiera más pesar el
cumplimiento de la ley Jesucristo, que el disfavor de los reyes; más la
justicia contra tanta injuria y sinjusticia; más la claridad y amor de los
prójimos, que enviar a los reyes dineros; más el fin que era la
prosperidad y crecimiento temporal y la conversión, y salvación espiritual
destas gentes, para consecución del cual se ordenaba el descubrimiento que
hizo destas Indias y la vuelta suya a ellas y todo lo demás, que todos eran
medios, que hacer por fuerza y violentamente y con tantas matanzas y perdición
de animas y de cuerpos y con tanta ignominia del hombre cristiano, que
diesen los que eran reyes y señores naturales y todos sus subditos la
obediencia y subjeción y tributos al rey, que nunca ofendieron ni vieron ni
oyeron, ni le eran obligados por razón alguna jurídica a lo hacer, pues
los infestaba sin causa, estando seguros en sus tierras y sin darles razón
por que y probársela, cosa tan dura y tan nueva y con tanta violencia e
imperio durísimo les pedían. Y
puesto que se sacaron y enviaron muchos indios por esclavos a Castilla para
lo susodicho y sin voluntad de los reyes sin alguna duda, como abajo se
mostrará, pero si Nuestro Señor no ocurriera y a la mano fuera al
Almirante, con las adversidades que luego le sucedieron (que se contarán,
si Dios quiere) para comenzar a mostrar ser injusto e inicuo cuanto con
estas inocentes gentes y contra su estado, vidas y ser se hacía, por esta
sola vía de hacer esclavos para suplir las necesidades dichas y relevar los
reyes de tantos gastos, en muy más breves días se despoblara y consumiera
la más de gente desta isla de la que restaba de la dicha vendimia. Bien
podrá cualquiera que sea cuerdo, y mayormente si fuere mediante letrado,
cognocer y juzgar como los tales indios padecían injusto captiverio, y uno
ni ninguno no ser esclavo justamente, pues todas las guerras que se les hacían
eran injustísimas, condenadas por toda ley humana, natural y divina.”
(Historia
de las Indias I, pag. 416-420)
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