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2.
LOS INDIOS DE LA ISLA TORTUGA.
“Ese
rey e todos los otros andaban desnudos como su madre los parió, y así las
mujeres sin algún empacho, y eran dizque los más hermosos hombres y
mujeres que hasta allí habían hallado, harto blancos, que si vestidos
anduviesen (dice el Almirante) y se guardasen del sol y del aire, cuasi serían
tan blancos como en España, porque esta tierra, dice él, es harto fría y
la mejor que lengua pueda decir; de ser felicísima dice bien, pero la
frialdad no la tiene, sino frescor muy sin pena, puesto que porque le llovía
por allí, y con el viento y en la mar parecíale algo fría. Dice más, que
la tierra es muy alta y que sobre el mayor monte podrían arar bueyes y
hecha toda a campiñas y valles, y que en toda Castilla no hay tierra que se
pueda comparar a ella en hermosura y bondad. Toda esta isla y la de la
Tortuga sea todas labradas como la campiña de Córdoba. Dice también de
las raíces de los ajes, que eran gordas como la pierna; de la gente dice
que, eran gordos y valientes y de muy dulce conversación, sin secta alguna.
Dice
que era cosa de maravilla ver aquellos valles y los ríos y buenas aguas y
las tierras para pan, para ganados de toda suerte (de que ellos me tienen
alguno), para huertas y para todas las cosas del mundo que el hombre sepa
pedir; todas éstas son sus palabras y en todo dice gran verdad. Y puesto
que por todas partes esta isla es un Paraíso terrenal, pero por esta de
la Tortuga es cosa no creíble la hermosura suya, junto a la cual yo viví
algunos años. A la tarde acordó el rey venir a la nao, al cual
recibió el Almirante con mucha alegría y le hizo toda la honra que
pudo; hízole decir cómo era de los reyes de Castilla, los cuales eran de
los mayores príncipes del mundo, mas ni los indios que el Almirante traía,
que era los intérpretes, ni el rey tampoco dizque podían creer otra cosa
sino que eran venidos del cielo y que los reyes de Castilla en el cielo
habitaban y no es este mundo.
Mando
ponerle de comer al rey de las cosas de Castilla, y él comía un bocado y
luego dábalo todo a sus consejeros, y al ayo y a los demás que
metió consigo. Dice aquí el Almirante: “Crean Vuestras Altezas
que estas tierras son en tanta cantidad buenas y fértiles, en especial estás
desta isla Española, que no hay persona, que lo sepa decir, y nadie lo
puede creer si no lo viese. Y crean que esta isla y todas Las otras son así
suyas como Castilla, que aquí no falta salvo asiento y mandarles hacer lo
que, quisieren, porque yo con esta gente que traigo, que no son muchos,
correría todas estas islas sin afrenta, porque ya he visto solo tres destos
marineros descender en tierra, y haber multitud destos indios, todos huir
sin que los quisiesen hacer mal. Ellos no tienen armas, y son todos desnudos
y de ningún ingenio en las armas, y muy cobardes, que mil no aguardarán a
tres; y así son buenos para les mandar
y les hacer trabajar, Sembrar y hacer todo lo otro que fuere
menester, y que hagan villas, y se enseñen a andar vestidos y a nuestras
costumbres”. Estas son palabras formales del Almirante. Es aquí de notar,
que la mansedumbre natural, simple, benigna y humilde condición de los
indios, y carecer de armas, con andar desnudos, dió atrevimiento a los españoles
a tañerlos en poco, y ponerlos en tan acerbísimos trabajos en que los
pusieron y encarnizarse para oprimirlos y consumirlos, como los consumieron.
Y cierto, aquí el Almirante más se extendió a hablar de lo que debiera, y
desto que aquí concibió y produjo por su boca, debía de tomar origen el
mal tratamiento que después en ellos hizo.”
(Historia
de las Indias I, pag.262-3)
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