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17.
UN INFORME DEL PROTECTOR DE INDIOS.
Muy poderoso señor.
Una carta de Vuestra Alteza
recibí en diez de diciembre del año pasado de nueve por: 1529, y antes
que haga lo que Vuestra Alteza me manda en que envíe relación del estado
de esta tierra, respondiendo a la carta digo: Que en esta tierra hay más
daño de lo que allá han informado, porque una cosa es oírlo y otra
verlo, como yo lo veo, y por estas causas y por otras muchas que adelante
diré, estoy descontento, no de los trabajos de la tierra y persecuciones
que en ella he pasado,
por que ya se con que sal?
lo uno
y lo otro, sino de ver la mejor tierra y la más rica y de indios más domésticos
que hay en estas partes, y verla tan perdida; y por otra parte saber que,
cuando Su Majestad a esta tierra me mandó venir, tuvo confianza y crédito
que con la voluntad que yo tengo a su servicio y con la experiencia que yo
tengo en estas partes, ayudaría al gobernador a encaminar como en
todo
se acertase,
y el señor obispo de Osma, por cuya particular
importunación (sic)
acepté esta venida, y así lo tuvo por
cierto. La verdad es que la cosa pasa acá de otra manera, y porque
Vuestra Alteza me manda que me junte con el gobernador y le aconseje y
ayude cuanto pudiera y haga con los españoles que lo obedezcan, informaré
como Vuestra Alteza me manda, y con esto cumpliré al servicio de Nuestro
Señor y de Su Majestad, pues el mal recaudo es tan público, el cual he
querido tener secreto esperando cada día enmienda de parte de la cabeza,
por cuya enfermedad padecen dolores los miembros, y como según sus cosas
andan me parece que es incorregible, Vuestra Alteza con brevedad lo mande
remediar antes que no haya quien pueda ser remediado, porque la tierra está
en más peligro de lo que Vuestra Alteza piensa, porque los indios no
esperan sino a tomarnos un poco apartados para matarnos a todos, que no
quede hombre, y esto sélo de cierta ciencia mejor que cuantos hay en la
tierra, aunque a los isleños bien se les trasluce a todo, y el gobernador
todavía está en sus trece, sin se querer conocer.
Desde ha pocos días que el
gobernador en esta tierra entró, fué a una entrada a las provincias de
Vecuga y Gaurguya, que no debiera, porque de aquellos polvos, etc... ?
Y como fuese la
primera, yo en persona fuí con él para ver cómo encaminaba las cosas
de la guerra y de la paz y del servicio de Su Majestad y del bien de la
tierra y conversión de los infieles y, según veo, con todo esto pecó
como persona que con sólo el haber se muestra entero y acabado en las
cosas de Dios y del mundo, y en las obras el más defectuoso y perjudicial
cual nunca hasta hoy vi, y porque en esta entrada quedaron los indios
escandalizados y alborotados y con odio a los cristianos, que sí Dios no
remedia, las fuerzas nuestras no bastan para se dar y mitigar su muy justa
saña. Porque certifico a Vuestra Alteza que toda la tierra por donde fué
quedó tan destruída, robada y asolada, como si fuego pasara por ella,
que por dañarlos sólo, se destruyeron más de treinta mil fanegas de maíz
que los indios tenían sembrado. Sabe Dios, Nuestro Señor, que viendo los
desafueros que con los indios y con sus haciendas se hacían muchas veces,
con gran remordimiento de conciencia yo estuve para me volver a Santa
Marta, y todavía me es forzoso sufrir hasta ver el fin. Sé que Su
Majestad quiere y manda que a los indios siempre se les entre por Dios y
que le conozcan y sirvan. Vi que el Dios y la administración que les enseñan
y predican es: “dame oro, dame oro”. Esto hacía el gobernador en apeándose
en cada pueblo, y los capitanes que enviamos a otras partes, porque él no
podía ir con los caballos, se ponían en tanto rigor con los indios por
su mandado sobre este título de darnos oro, que tomaban tizones para les
quemar sus moradas, y algún capitán hubo que sobre lo dicho mató y
ahorcó cinco e seis indios y trajo presos y malheridos
tres principales; y en otra parte, ya que nos veníamos a Santa
Marta, a delantándose un capitán con cierta gente por mandado del
gobernador a demandar oro, toparon en el camino obra de cuarenta indios
que iban con vituallas al Pueblo Grande, que era su tierra, los cuales
iban de paz; y como los vió el capitán determinó de apartar ciertos de
ellos para los tomar, que a todos no se atrevió, y sacó con color que
les mostrasen el camino para Santa Marta a
diez y siete de ellos,
los cuales venían de buen gana, y desque los tuvo bien apartados de los
otros, con mañas hizo a los españoles que llevaba que diesen en ellos, y
si lo hicieron y los mataron a todos como a gente sin sospecha, entre
los cuales mataron a un indio de buena presencia con una barba muy larga y
bien puesta, el cual era piache y capitán general, el más valeroso indio
que había en la provincia del Pueblo Grande, y le cortó la cabeza y se
la llevaron al gobernador al camino. A muchos nos pareció que debía ser
español.
A todos nos pareció mal y todo se disimuló, y otras
muchas cosas que sería largo de contar. Nunca en todo aquel viaje me dió
parte de cosa que hiciese ni quisiese hacer, ni me pidió parecer para
cosa; antes, como señor absoluto, hacía y hace le que le viene a la
fantasía, y alguna vez que le acometó a tornar a los indios, avisándole
que no se podía hacer los robos y maltratamientos que a los indios se
hacían y porque se lo dije se tornó a mí como sierpe y convocó toda la
hueste contra mí tanto que hubo capitán y muchos compañeros que pesase
a tal, que por qué habían ellos sufrir protector, ni obispo en la
tierra; que lo echasen en un navío sin velas y otras palabras
y
ofensas.
Desde ha ciertos mese envió
el gobernador ciertos capitanes sin medar, como dicho es, parte de cosa,
como Su Majestad manda en sus instrucciones, a las provincias de Sierras
Nevadas a pedir oro, en el cual viaje, así por no ir protector con ellos
como Su Majestad manda, como por ir sin cabeza ni concierto, robaban la
tierraque estaba en paz, escandalizando a los indios, tomándoles sus
joyas y preseas. Capitán
hubo que, al tiempo de pedir oro, porque no le daban tanto como él quería,
tenía aunados los guajiros y personas principales, amenazándolos si no
le daban el oro, que él los dejaría colgados y les quemaría sus
moradas. Donde el dicho viaje, se hicieron muchos hurtos y robos,
usurpando los derechos de Su Majestad, lo cual se vino a descubrir sobre
la partición de lo que traían hurtado los compañeros, y esto causó no
ir yo con e ellos o persona que tuviese en el corazón las cosas del
servicio de Su e Majestad....
De Santa Marta, a veintiuno
de enero de mil y quinientos y treinta y un años.
Criado menor de Vuestra
Alteza.
Firma: Fray Tomás Ortiz
Verlanga
(Friede, Documentos, II, pag.
177-180...188)
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