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13 DE OTRAS MUCHAS
PARTICULARIDADES DE LOS INDIOS DE LA GOBERNACION DE
CASTILLA DEL ORO EN LA
PROVINCIA DE LA LENGUA DE CUEVA E OTRAS PARTES.
Estas gentes destas partes
comúnmente son sin barbas o lampiños, puesto que algunos indios he
visto, pero pocos, que las tienen, así en
las caras como en las otras partes que los nuestros hombres en
nuestra España e Europa. E queriendo yo más particularmente entender
aquesto, averigué en esta provincia de Cueva (de quien aquí se tracta),
que también ternían barbas como los cristianos; mas así como les nascen,
se las pelas, e de
habituarse a aquello e a untarse con algunas hierbas e
otras cosas que ellos saben, ningunas les nascen, o si nascen, no
les turan; pero en sus verguenzas y en los sobacos, muchos indios, en
muchas partes desta tierra,
tienen tantos pelos como los cristianos o cualquiera otra nasción,
excepto las mujeres, que tienen más diligencia e aviso para que en tales
lugares no se les críe, ni haya polvo ni lana. Verdad es que, cerca desta
provincia, en la del Cenú, ellos con barbas, y ellas y ellos con todas
las otras partes secretas que allí traen públicas, no tienen diferencia
ni menos que nosotros; y en este caso, cuando en otras gentes destas
Indias se hable, se dirá lo demás, que es muy diferente de lo que está
dicho.
Tienen por costumbre, así
los indios como las indias, de se bañar tres o cuatro veces al día, por
estar limpios e porque dicen que descansan en lavarse; e por de mañana
que las indias vayan al río o fuente por agua, primero que de allá
vengan, se lavan e aun nadan un poco, en lo cual son muy diestros; y este
lavarse tornan a hacer a mediodía e a
la tarde, e por lo menos una vez al día ellos, e las indias mucho
más. Y es verdad que estando
un día o dos sin se lavar, como acaesce, o por
andar camino u otras causas, que naturalmente huelen a monte, o un
mal olor como el de los
negros de Guinea, que en alguno es insoportable.
Donde quiera que hay mar e río,
hay pescados e pescadores; y estos indios
de Cueva son muy dados a este ejercicio de las pesquerías, de todas
aquellas maneras que se dijo en el capítulo primero del libro XIII;
porque a la verdad, esta gente tiene en esta provincia por principal
mantenimiento suyo el pescado, así porque son muy inclinados a
ello, como porque con más facilidad, lo pueden haber en abundancia e a
menos trabajo que las salvajinas de puercos e venados, que también matan
e comen. E así en la pesquería como en la montería, se aprovechan mucho
de las redes, que hacen de henequén e cabuya, e asimesmo de algodón, que
tienen mucho e bueno, de que natura los ha proveído, e hay boscajes e
matas, grandes como árboles, dello. Y yo por árboles tengo alguna
manera, de algodón que hay en estas islas y en la Tierra Firme, pues
turan muchos años e son altos, puesto que la madera es feble o floja, e
vane a saz. E lo que los
indios quieren hacer más blanco e mejor, cúranlo e plántanlo en sus
asientos y heredamientos e cerca de sus casas. También sin redes matan e
montean los animales que he dicho, e otros a lanzadas, y en cepos que les
arman, e a veces en ojeo con cantidad de gente, e los atajan e reducen a
lugares estrechos. Después que los han muerto,
como no tienen cuchillos para los desollar, cuarteánlos, hácenlos
partes con piedras de pedernales e con hacbuelas de piedra que tienen
enastadas; e asan la carne sobre unos palos, que ponen, a manera de trévedes
o parrillas, en hueco, (que ellos llaman barbacoas) e la lumbre debajo;
porque, como la tierra está en clima que naturalmente es calurosa, presto
se daña el pescado o la carne, que se asa el mesmo día que muere.
Allende de la carne e
pescados, tienen muchas e diversas fructas. Su pan, como tengo dicho, es
maíz e yuca. Todos, por la mayor parte, beben agua, pero a ninguno
desplace el vino; antes son muy amigos dél, e aquéste hacen del maíz,
segund la cantidad que quieren hacer de chicha, que así llaman a su vino, e para hacerlo tienen esta forma.
Ponen el maíz en remojo, e así está hasta que allí en el agua comienza
a brotar por los pezones, e se hincha, e salen unos cogollicos por aquella
parte que el grano estuvo pegado en la mazorca que se crió; e desque está
así sazonado, cuécenlo en buen agua, e después que ha dado ciertos
hervores e menguado la cantidad que ya ellos saben que es menester,
apartan del fuego la olla o tinajuela en que lo cuecen, e repósase e asiéntase
abajo el grano. E aquel día no está para beber; pero el segundo día
está más asentado, e
comienzan a beber dello, aunque está algo espeso; e al tercero día está
bueno e claro, porque está de todo punto asentado, y el cuarto día muy
mejor, e la cólor dello es como la del vino cocido balnco de España, y es gentil brebaje. El quinto día
se comienza a acedar, y el sexto más, y el séptimo es vinagre e no para
beberse: pero no lo dajan llegar a ese término, e desta causa, simpre
hacen la cantidad que les paresce, porque no se pierda ni dañe: e así,
antes que aquello no esté para beber, tienen otro, que se va haciendo de
la manera que es dicho. A mi parescer, es de mejor sabor e mñas
substancia que la sidra o vino de manzanas que se hace e beben en Viscaya,
o que la cerveza o biara que beben los ingleses e en Flandes (que todo lo
uno e lo otro he probado e bebido). Este vino es sano e templado, e tiénenle
los indios por presciado e gentil mantenimiento, e tiénelos gordos. También
se hace muy buen vinagre del maíz, en esta manera. Tuestan los granos del
maíz al fuego, e después muélenlos
e hácenlos harina, la cual mezclan con agua, e dánle ciertos hervores, e
apartan la ola como está, e pásanla donde esté reposada hasta otro día,
que la tornan a cocer así como está; e después del segundo cocimiento,
cuélanlo, e lo que ha salido limpio, hecho agua o vinagre, pónemlo al
sol dos o tres días. E al tiempo que lo comienzan a poner al sol, échanle
un poco de agua limpia, para que se haga más fuerte; y en fe de aquellos
tres días, que no se daña e corrompe, ni afloja de su ser que tuvo
cuando mejor fue.
Dije en el capítulo XXVI de
suso, que por la mayor parte, los indios desta provincia de Cueva fundan
sus empresas sobre una bebdera o areito. Y qué cosa sea este areito,
largamente se dijo en el libro V, capítulo primero; e de aquellas maneras
que allí dije e otras muchas que dejé de decir, por evitar prolijidad,
se usan en esta provincia de Cueva. Y por que, como quedan borrachos, los
menos se acuerdan otro día de lo que allí se tractó cantando, siempre
quedan algunos, como deputados e viejos, que no andan en el baile o
areito, con los cuales, luego otro día siguiente se comunica al cantar de
la noche o día de antes, e lo que allí se ordenó con los capitanes; e
lo ponen por obra, como si quedasen obligados por un firme e bastante
contracto o juramento e pleitesía inviolable. Y también hay algunos de
tan buenas cabezas, que por mucho que beban, no se descuerdan ni caen
embriagos. Estos areitos, como en otra parte tengo dicho, son sus letras o
memoriales.
Una cosa de las que más se
han espantado los indios de cuantas han visto entre los cristianos, son
las letras, e que por ellas nos entendamos con los ausentes. E así,
cuando algún cristiano escribe a otro que está algunas leguas de allí,
el algún indio es el mensajero, quedan espantados que en la carta digan
acullá lo que se ha fecho acá, que aquel indio ha visto hacerse, o lo
que se entiende hace; e llévanla con tanto respecto e temor e guarda, que
les paresce que también sabrá decir la carta lo que el indio piensa o
hace, como él mesmo, e aun algunos piensan que tiene ánima la carta, e
ya se ha platicado entre ellos para lo experimentar. E especialmente un
cacique, en aquella tierra de Cueva, mandó a un indio suyo que a una
carta de su amo, que había de llevar a cierta parte a otros cristianos,
le preguntase en el camino a la carta el que la llevaba algunas cosas que
le mandó, e así lo hizo; e dada la carta, volvió con otra en respuesta
de aquel a quien iba, e después, a parte, el cacique dijo a su indio si
había fecho lo que le mando, e dijo que si creia que maliciosamente la
carta no quería hablar sino con los cristianos, e que ella había dicho
a su amo lo que le había el indio preguntado; por lo cual, el
cacique, de temor desto, huyó e se alzó. Desde a pocos días fue preso,
e preguntándole la causa porqué se había huído, pues que no se le había
fecho sin razón ni mal tractramiento alguno, dijo que él sabía que la
carta, e que aquel indio era bellaco, porque el cacique no se
lo había mandado, e que él lo había muerto después para lo
castigar, e que él sería bueno; dando a entender que él creía que la
carta había dicho por donde a él viniese daño. El que esta expiriencia
hizo, fue el capitán Gonzalo de Badajoz, el cual le dijo al cacique que
la verdad era que la carta se lo había dicho todo y él lo sabía, e que
las cartas todo lo entiendedn cuanto se conseja o se tracta contra los
cristianos, y ellos les tienden mandado que ellas no hablen con los indios
ni les descubran ningún secreto. E así se lo creyó este cacique, e de
astuto, el capitán quiso dejarle en esta sospecha.
En las cosas de la guerra he
visto desta gente que se prescian mucho; e cuando salen en campo, llevan
caracoles grandes fechos bocinas que suenán mucho, e también atambores,
e muy hermosos penachos, e algunas armaduras
de oro en los pechos, e patenas e brazales, e otras piezas en las cabezas
e otras partes de la persona; e de ninguna manera tanto como en la
guerra se prescian de parescer gentiles hombres e ir lo más
bien adereszado que
ellos pueden. Destos
caracoles grandes se hacen unas contecicas blancas de muchas maneras, e
otras coloradas, e otras negras, e otras moradas, e cañuticos de lo mesmo;
e hacen brazaletes en que con
estas cuentas mezclan otras, e olivetas de oro que se ponen en
las muñecas, y encima de los tobillos, e debajo de las rodillas,
por gentileza; en
especial las mujeres que se prescian de sí e son principales, traen todas
estas cosas en las partes que he dicho, e a las gargantas, e llaman a
estos sartales, cachira, e a las cosas desta manera.
Traen asimesmo zarcillos de
oro en las orejas, e horádanse las narices, hecho un agujero entre las
ventanas, e cuelgan de allí, sobre el labio
alto, otro zarcillo, o se ponen allí un palillo de oro tan grueso
como una péñola de escribir.
Algunos indios se tresquilan,
puesto que común mente ellos
y ellas tienen buen cabello, muy llano e negro, e se prescian dello; e las
indias lo traen luengo hasta la mitad de las espaldas, e bien cortado,
igualmente, e por encima d e las cejas; y en lugar de tiseras tienen
navajas de pedernales que cortan como buenas tiseras.
Dicho tengo que los indios
tienen los cascos de la cabeza gruesos, he mirado en ello muchas veces y
es así verdad, que es cuatro tanto grueso el casco de un indio que el de
un cristiano; e así por esto, cuando pelean con ellos los cristianos,
tienen aviso en no darles cuchilladas en la cabeza, porque se han visto
quebrar muchas espadas, porque de más de ser grueso el casco, es muy
recio en sí.
Asimesmo he visto e notado
destos indios de Cueva, que cuando van a camino e se cansan, conoscen que
les sobra sangre; e para decansar, ellos mesmoes se sajan las piernas e
los brazos con ciertos pedernales delgados que traen consigo que para este
efecto; e algunas veces hacen estas sangrías con colmillos de vívoras
muy delgados, o con unas caluelas.
También he dicho de sus
pinturas de la hija e de la jagua e de otras maneras, así en guerra como
en paz, ellos y ellas; pero en especial en la guerra se acostumbran a
pintar más a menudo los indios, e les paresce que no es hombre militar el
que no lo hace. Algunos quieren decir que no es solamente por la gala tal
pintura, sino porque se hallan más sanos pintándose con tales cosas; y
por eso no dejan de usar de tales pinturas perpetuas, que no turan menos
que sus vidas, ni se les acaban sino con pudrirse la carne pintada. Y esta
tal pintura úsanla de dos maneras: la una es como marca en cierta forma,
e con esta tal, hierran al paco, que quiere decir esclavo; la otra es por
gentileza, que significa gala e
libertad. E cada una de éstas se ponen en lugares deputados en la
persona; porque en la cara, de la boca abajo, aunque alcance a las orejas,
y en lo brazos e pecho, es gala de hombres e mujeres libres, e de la boc
arriba, en la cara, es captiverio. E aquella señal, que traen los libres
vasallos e criados e aceptas personas al señor, son de una manera, tan
justamente, sin tener uno mñas que otro, que no paresce sino que, por
estampa, está hecho de molde. Y en aquella pintura no menguan ni crescen,
porque, como he dicho, es devisa o como una librea conoscida del tiba o
que ví en cuyo señorío e obediencia viven los que así están pintasdos.
Y el mesmo saco o tiba o príncipe trae la mesma pintura; la cual pintura
o devisa escoge el señor cuando hereda la casa e estado, e la hace
dferente de la que usó su padre, para que se conozca cuáles sirvieron al
uno e cuáles al otro. Otros hay que aunque heredan la casa no mudan la
devisa que su padre tenía; e por esta causa los que han de heredar, no se
pintan, porque tienen esperanza de mudar la devisa e tomar la que les
paresciere. E estos tales oson siempre odiosos a sus padres, porque no se
pintan d su devisa, e los que toman la marca o devisa del padre
en
sus días, quiérelos mucho; e después no la puede mudar ni menguar ni
crescer en ella, porque lo temían por malo e mentiroso a su padre e no le
darían crédito en nada.
A estas gentes tampoco les
falta plaga o coxixos que los molestan e
produce la natura, para que entiendan cuán pequelas e viles cosas
son bastantes para los
ofender e inquietar e dar enojo. De lo cual, el hombre de razón debe
considerar su poco ser, para no descuidarse del oficio principal para que
fué formado, que es conoscer a su Hacedor, dándole continuas gracias de
los beneficios rescebidos, e andar por el camino derecho de su salvación,
pues tan abierta e clara tienen la vía los
cristianos todos que quieren abrir los ojos del entendimiento a
conoscer su Hacedor. E aunque algunas cosas déstas sean asquerosas o no
tan limpias para oír como
otras, no son menos dignas de notar, para sentir
las diferencias e varias operaciones de la natura por la dispensación
del Maestro della.
Ved la soberbia del león, e
la fortaleza del elefante, e la crueldad del tigre, e la ponzoña de la víbora
e del áspide, y cómo cualquier mosca o mínimo mosquito los enoja e
molesta. Y así, entre los otros trabajos que a los hombres en Tierra
Firme molestan e inquietan en muchas
partes por donde pasan por los campos, hay uno inevitable para
dejar de incurrir en él; y es que, a causa de haber muchas aguas, o andan
en piernas, o con zarahuelles arremangados, e péganseles, de las hierbas,
tantas garrapatas, que les cubren las piernas, y tan chiquitas, que la
sal molida es poco más menuda; e después que están llenos de
esta mala compañía e llegan
donde han de parar a descansar aquella noche, en ninguna manera se las
pueden quitar ni despegar de las carnes, sino untándose con aceite; e
después que un rato están untadas las piernas o partes donde las
tienen, se mueven y engruesan algo, e ráenlas con un cuchillo, e así las
quitan los cristianos; pero los indios, que no tienen aceíte
chamúscanlas
con pajas ardiendo, e sufren mucho trabajo para selas quitar.
Y
desto queda, en cualquier manera que las quiten, tanto es cocimiento donde
han estado, que no se olvida ni deja de dar pena ese día e algunos más; y en la jornada las ha traído el hombre a cuestas, no pudo ser sin
grande enojo sin lo poder excusar. Y estas garrapatas no se ha de
entender que las topan en todas partes; pero acaesce hartas veces lo que
es dicho.
Son los indios grandes
maestros de hacer sal del agua de la mar, e tan diestros, que no pienso yo
que les hacen ventaja los que
en tal ejercicio entienden en el Dique de Jelanda, cerca de la villa de
Mediolburque; porque la de los indios es tan blanca cuanto puede ser la
nieve, y es mucho más fuerte, e no se deshace tan presto como la que he
dicho.
Yo he visto muy bien la una
e la otra, e la he visto hacer a los unos e a los otros, y he comido de
ambas.
Cuando los indios no tienen
guerra, todo su ejercicio es tractar a
trocar cuanto tienen unos con otros; e así, de unas partes a
otras, los que viven en las costas de la mar o por los ríos, van en
canoas a vender de lo que tienen complimíento e abundancia, e a comprar
de lo que les falta. E asímesmo
tractan por la tierra, e llevan sus cargas a cuestas de sus esclavos: unos
llevan sal, otros maíz, otros mantas, otros
hamacas, otros algodón hilado o por hilar, otros pescados salados;
otros llevan oro (al cual, en la lengua de Cueva llaman irabra), En fín
aquello que les falta a los indios, es lo que más estiman, e aun
algunos venden los proprios híjos. E todas estas cosas
e otras se dan unas a
trueco de otras, porque no tenen moneda ni cierto prescio, e así
a caescen, en esta
manera de cambiar, muchos en años, e que se dan cosas que valen poco; por
las que valen mucho más.
En la provincia e puerto del
Cenú (que un tiempo fué desta gobernación de Castilla del Oro, e agora
es de la de Cartagena), el año de mill e quinientos y quince, fueron allí
ciertos capitanes e gente por mandado del gobernador Pedrarias Dávila, e
hallaron muchos cestos (del tamaño de aquellos que se
llevan da la montaña e de Vizcaya a Castilla con besugos), los
cuales estaba llenos de cigarras e grillos e langostas de las que saltan;
e decía los indios que fueron allí presos, que tenía aquellos cestos
para llevarlos a otras tierras e partes, dentro de la tierra e lujos de la
mar, donde no tienen pescado e se estima mucho aquel majar, para lo
comer, e les dan por ello oro e otras cosas, de que esotros tienen penuria
e nescesidad, con que vuelven cargados a sus casas.
Esta provincia da Cueva, en
todas las partes que se habla su lengua, es tierra templada, y en sus
tiempos ordenados llueve, porque hay invierno e verano; pero al
contrario que en España, porque en Castilla
lo más recio del invierno es diciembre y enero, así en hielos
como en pluvias e fríos, y el tiempo de más calor es el de Sanct Joan e
adelante en julio e agosto; e por el opósito en Cueva e Castilla del oro
el verano e tiempo más enjuto e sin aguas es por navidad e un mes antes e
otro después, e aun parte de hebrero; y el tiempo de las aguas es por
Sanct Joan, e un mes antes e otro mes o mes e medio después. E aquello
llaman los españoles invierno en quella tierra, no porque estonces haya más
frío ni por diciembre más calor: antes el tiempo todo el año es cuasi
de una manera; pero porque en aquella sazón de las aguas no se ve el sol
así ordinariamente e la gente anda más encogida, e sin que haya frío
les paresce tiempo frío, obscuro e menos apacible. Verdad es que en las
montañas o sierras no deja de haber frío, e sabe bien la compañía del
fuego; e los indios e aun los cristianos ponen brasa debajo de las hamacas
de noche e se cubren con mantas de algodón para dormir....
Cuanto a los mantenimientos
de la provincia de Cueva, digo que lo principal es maíz e yuca; pero la
yuca de allí no mata, como la de aquestas islas; antes se come asada e
cocida, como las batatas e ajes, que también hay muchos. Tienen mucho ají
e muchas maneras; calabazas
muchas de las mesmas de España, sin que las llevasen allá los
cristianos, e son naturales de la Tierra Firma en muchas provincias.
Bihaos, así como se dijo en la primera parte, los hay innumerables en
Tierra Firme, e de las cortezas dellos hacen muy lindas cestas y espuertas
con sus tapadores que los indios llaman habas, e otras cosas. Así mesmo
hay muchas iracas que son diversas hiervas que comen, e de que hacen
potajes. Piñas hay muchas, mayores e mejores que las destas islas
nuestras, de que se tractó en el capítulo XVIII, libro VII, y en algunas
partes se hace vino dellas, y es bueno e de buen gusto.
De los árboles que se han
llevado de España, digo que hay naranjos e limas e limones e cidras,
higueras, granados, palmas de dátiles, algunas, e algunos cañafistolos,
plátanos de los que aquí llaman plátanos e no lo son sino musas. De los
naturales de la tierra hay hobos, caimitos (como los desta isla cuanto al
árbol, pero la fructa es mayor e redonda) higüeros muchoas, jaguas,
guazuma, guama, hicacos, yaruma, guibara, copey, cibucán, guanábano, anón,
guayabo; todos éstos son propios árboles e fructas de las Tierra Firme,
e mejores que los destas calidades en estas islas. Mamey: estos mameyes son mejores e mayores e de más suertes
en la Tierra Firme, y en especial de la provincia de Borica, que es desta
gobernación de Castilla del Oro que son tamaños como buenos melones de
Castilla, e de muy buen gusto. Zarazamoras,
cardones, en que nascen de pitahayas, cardones de los altos e derechos,
mayores que lanzas de armas, cuadrados y espinosos, que los cristianos
llaman cirios, todas estas fructas e árboles hay en cueva e no hay para
que decirlos aquí, pues que en el libro VIII de la primera parte se
dijeron, e así mesmo de las parras e uvas.
Y demás de lo que se dijo en la primera impresión yo e después añadido
e acrecentado para la segunda, lo que demás de aquellos hay en esta
provincia de Castilla del Oro.
Cuanto a los árboles
salvajes, digo que hay espinos, e de los nogales desta isla Española, e
de todas las maneras de palmas que se dijo en el libro IX, capitulo IV, e
muchos árboles de los del jabón. E sin esos, hay ciertas raíces que
también sirven de jabón, e alzan tanta espuma o más; pero la ropa que
se usa lavar con estas raíces, por tiempo se torna amarilla, e se gasta e
rompe antes que la que se lava con jabón. Hay cedros; pero yo no los
tengo por cedros, aunque nuestros carpinteros así los llaman, e son como
los desta isla Española. Hay asimesmo de los robles que aquí hay, e de
los terebintos que se tractó en el capítulo X del libro IX; pero en la
verdad, yo no tengo por terebintos los de aquí ni de Tierra Firme. Hay
ceibas, que son árboles grandísimos; e lo que prometí en la primera
impresión, cerca de la grandeza deste árbol, en el libro IX, capitulo
XI, ya lo tengo dicho, e allí lo verá el lector.
Hay muchos manzanillos de
aquellos con que se hace la hierba de los caribes flecheros, así
en el golfo de Urabá como en la costa del Darién e de Acla, y en muchas
isletas de por allí e ya deste mal árbol, en esta enmienda de la primera
parte para la segunda impresión, yo añadí lo que más quedaba que
decir. Hay muchos árboles de los que llaman taray, alias cohaba, de los
cuales se tractó en el capítulo XIII, libro IX, e de los del helecho. En
el brasil no hay más que decir de lo dicho, porque es
muy común en muchas partes de la Tierna Firme, más que en las
islas. Pero no lo que se dijo de la broma de las maderas desta isla Española,
el mesmo defecto tienen en la
Tierra Firme e asimesmo en
esto está dicho agora de nuevo, en el libro IX, lo que más se ha podido
entender.
Otros árboles salvajes que
hay en la isla Española y en Tierra Firme, demás de los que se pusieron
en la primera impresión, son sin número, y es menester atender el tiempo
para comprehender más su ser, e así, con el mesmo tiempo, ir aumentando
la materia. Lo cual yo haré en tanto que yo pueda hacerlo.
En lo que toca a los árboles
e plantas medecinales, de que se tracta en el libro X, allí se verá lo
que es acrescentado después de la primera impresión, e allí lo busque
quien lo quisiere ver. Pero, en suma, digo que hay muchos árboles en la
Tierra Firme de aquellos que llaman de, las soldaduras, e de aquellos que
aquí llaman del bálsamo, de quien se tractó en el libro X, capítulo
IV; e asimesmo hay muchos de les que los van las avellanas o manzanillas
para purgar. Hay mucho algodón, higueras de infierno, cañas e carisos,
e de los juncos para báculos de los hombres viejos, e otras cosas que se
hallarán acrescentadas después de, la primera impresión.
Cuanto a la hortaliza que en
tierra Firme, en esta provincia de Gueva hay, la mayor parte es traída la
simiente de España, como lechugas, rabamos, acelgas,
hierbabuena, perejil, bersas, nabos, pepinos, melones, fésoles (y
estos fésoles también son naturales a Tierra Firme, e los hay en más
cantidad e de más maneras que en partes del mundo se pueden haber); apio
de lo de España hay mucho, e llevada la simiente de Castilla. Hay
culantro de la simiente que se llevó de Sevilla, e hay otro que es de la
tierna, las hojas anchas, pero es el mesmo en el sabor. Hay más tuerso de
muchas hojas e natural de la Tierna Firme; zanahorias e nabos se hacen,
pero son de la simiente de Castilla, pero de todas las hierbas que se hace
mención en el capitulo II, libro XI, hay más copia en Tierra Firme.
Hay de la hierba i mucha.
(Fernández de Oviedo, III,
pag. 321-326, 327-329).
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