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INTRODUCCIÓN A LA NUEVA EDICIÓN
Trece años han pasado desde la primera
edición de este libro. Esta nueva edición permite llenar en alguna medida el vacío que
ha ido produciendo en su texto el simple paso del tiempo. Un libro que se llama Colombia
Hoy y que no tiene ninguna referencia a más de dos lustros de transcurrir histórico
del país tiene algo de engañoso. La nueva edición incluye un nuevo capítulo sobre la
evolución económica durante los últimos años, un análisis del cambio social y un
estudio muy detallado sobre el sistema político. Además, el capítulo sobre literatura
ha sido modificado por completo, para ofrecer un panorama más orientador de ella. Por
otra parte, el texto original no daba ningún lugar al arte, el teatro y el cine: el libro
que sale ahora incluye textos especiales sobre cada una de estas actividades.
Por otro lado, vale la pena discutir
brevemente el sentido general de la evolución reciente de Colombia. Como lo señalaba
Mario Arrubla en su introducción de 1978, los autores que colaboraron con el libro
ofrecían un análisis de la sociedad que se distinguía sobre todo por hacer de la
historia el instrumento central en su esfuerzo por comprender al país. Este esfuerzo
podía sin duda inscribirse dentro del surgimiento de una intelectualidad crítica,
vinculada al medio universitario, capaz de resistir en forma más firme las tentaciones de
convertir su escritura en simple juego apologético o en la señal de superioridad social
a la que alude el mismo Arrubla. Las tres últimas décadas han visto la constitución de
una ciencia social con clara perspectiva histórica, que ha superado como referente en el
debate sobre el país a la vieja historiografía o al discurso eminentemente político. La
universidad produce hoy, como una máquina implacable, estudios sociológicos,
históricos, económicos, acerca de nuestros grandes males, y hasta una nueva disciplina,
la "violentología", sirve de testimonio adicional de cómo el mundo
universitario se apoderó del análisis social y político.
Por supuesto, en los 13 años que
separan esta edición de la primera se han producido cambios substanciales en el país y
en particular en su cultura. Todavía, desafortunadamente, el estudio del cambio cultural
no ha alcanzado un nivel mínimo de desarrollo en el país, y esto ha hecho que haya sido
imposible incluir un artículo en el que se tratara de ofrecer una primera visión de
cómo ha evolucionado, en su sentido más general, ese mundo del intercambio de signos, de
las creencias y formas de comportamiento colectivos, de la producción de bienes
culturales, ideas y discursos. Un análisis de esto tiene que partir de algunas
comprobaciones elementales. En efecto, los años recientes han visto la escolarización
creciente de la población. La casi totalidad de los colombianos tiene acceso, así sea
pobre ya tropezones, a la letra. El texto escrito, desde sus formas elementales como
herramienta de la vida diaria, pasando por el periódico y la revista, ha invadido la vida
de los colombianos. Es cierto que casi nadie lee libros, y que la tasa de lectura de
periódicos de los colombianos es relativamente baja. Pero el cambio ha sido rápido, y lo
revelan también indicadores como el creciente número de títulos publicados por las
editoriales colombianas o las decenas de publicaciones periódicas que hoy asaltan a lo
transeúntes en todas las ciudades.
Por supuesto, el triunfo del texto
escrito ha estado acompañado por el desarrollo de formas competitivas de transmisión de
la información: la radio y sobre todo la televisión. La primera sido un factor esencial
en la homogeneización cultural del país, en la unificación gradual de los gustos
musicales o de los estereotipos del lenguaje cotidiano. Ha sido también el canal por
excelencia en el flujo de noticias, que hacen que por primera vez el colombiano, y no
solamente el de una estrecha élite, haga parte, diariamente, de una comunidad nacional
identificada por las decisiones de gobierno, la crisis política, los actos de violencia,
la elección de una reina de belleza o los incidentes de una acción deportiva. La
televisión ha reforzado estas tendencias, y ha contrapuesto a la información
relativamente contextualizada del periódico una sutil transformación de la noticia en
elemento de espectáculo, en un momento adicional de un sistema de entretenimiento. La
televisión ha contribuido a que la vida (y esto pasa en todo el mundo) esté dominada por
la lógica del espectador que busca diversión. El deporte, el arte, la cultura, la
política, son para la mayoría de las personas parte de un espectáculo diario,
comunicado por televisión o por los textos más o menos frívolos de las publicaciones
periódicas, más bien que actividades en las que se toma parte.
La creciente incorporación de todos
los sistemas de producción de textos, e imágenes a una industria de carácter masivo
hace que la homogeneización del producto de los medios de comunicación no sea
únicamente un hecho nacional, sino internacional. De La Habana a Buenos Aires, de Bogotá
a la India, la gente mira las mismas series producidas con eficacia por la industria
norteamericana del entretenimiento, recibe las mismas cápsulas de información, escucha
los mismos videos musicales. Los sueños de los niños, las imágenes de lo que es una
sociedad buena y en la que vale la pena vivir, los valores sociales, se van conformando
más y más dentro de una visión global, trasmitida por esa inmensa y productiva
industria cultural, a la que Colombia está apenas llegando.
El carácter algo ilusorio de los
mensajes de los medios de comunicación no puede ocultar en Colombia, sin embargo, las
profundas heridas del cuerpo social, manifestadas sobre todo en la persistencia pétrea de
la violencia. Si en su primera manifestación, en la época del enfrentamiento entre
liberales y conservadores, fue sobre todo una violencia rural, entre campesinos
relativamente remotos a las vivencias de los grupos urbanos y de los grupos sociales
dominantes, sus formas recientes han puesto en cuestión la tranquilidad de todos los
colombianos. Las violencias de la guerrilla, del narcotráfico, de los paramilitares, del
Estado, de los delincuentes, representan una amenaza real y cercana para todos los
habitantes del país, y constituyen un elemento central del proceso político. De 1978 a
hoy se desarrollaron formas particularmente crueles y sistemáticas de esta violencia,
como la adopción de la tortura, que se extendió desde algunos cuarteles hasta
convertirse en forma habitual de amedrentamiento y retaliación por parte de grupos
delincuentes y políticos, o la substitución del simple homicidio por la desaparición de
la víctima. El terror, como mecanismo para imponer los propios intereses -y dirigido
contra el delincuente que ha violado los compromisos, o contra la delincuencia anónima en
las operaciones de limpieza social, o contra los agentes del gobierno o los políticos que
lo apoyan, o contra empresarios rurales y urbanos, o contra los simpatizantes presuntos o
reales de la guerrilla-, entró a hacer parte de los recursos habituales de quienes
disponían de algún poder sobre sus conciudadanos.
Dada la magnitud de este problema, y de
otros que daban testimonio igual de la crisis cada vez más aguda del Estado - la
generalización de la corrupción, la crisis total de la justicia, la parálisis del
sistema político--, es lógico el tono radical y contestatario de casi toda la ciencia
social reciente. A la imagen idílica de un país con una tradición pacífica, se
contrapuso la de una larga historia de violencia; a las menciones de una democracia ideal,
la visión de un país en el que ésta sólo podía funcionar en medio de grandes
restricciones; a la visión de una sociedad socialmente integrada, la de una Colombia
fragmentada, basada en la exclusión de la inmensa mayoría de los colombianos. Los
colombianos que salieron de las aulas universitarias o del bachillerato durante los años
recientes compartieron usualmente la convicción de que el sistema político colombiano
era injusto, la justicia era para los de ruana, los políticos eran corruptos y se
preocupaban exclusivamente por el propio beneficio. Cierto simplismo de algunos de estos
planteamientos, cierta incapacidad de ver la complejidad real del proceso colombiano para
subrayar sus aspectos más restrictivos no suprime la verdad esencial del diagnóstico. La
violencia colombiana no era algo gratuito, no el simple resultado demoníaco de la
ideología revolucionaria o del poder del narcotráfico: era un producto de una serie muy
compleja y difícil de desentrañar de aspectos de un sistema político y social que no
fue capaz de ver los peligros que lo acechaban ni de tomar con un mínimo de decisión las
medidas de rectificación que se requerían.
Ahora bien, si los análisis
históricos del país iban dibujando un mapa más exacto de nuestra realidad, con sus
conflictos y dificultades, la acción política opuesta al sistema escogió, bajo el doble
peso de la propia tradición colombiana y de los éxitos aparentes del modelo cubano y
luego nicaragüense, privilegiar la violencia, mediante el recurso a la guerrilla ya la
delincuencia. Treinta y cuarenta años de lucha no la acercaron al poder un solo
centímetro, pero se convirtieron, por el puro peso de su capacidad de acción, en un
factor determinante del funcionamiento político del país. Los esfuerzos por consolidar
proyectos políticos de reforma más o menos radical resultaron siempre absorbidos y
perturbados por la capacidad de la guerrilla de definir el marco y las condiciones para la
acción de los grupos de izquierda; el sindicalismo y el movimiento campesino se
atomizaron en medio de una confrontación que hacía necesario escoger entre la
revolución o el patronalismo. Por otro lado, los sectores políticos más o menos
reformistas de los partidos tradicionales resultaron impotentes para frenar la marcha al
autoritarismo, al permanente estado de sitio, ala represión que aparecía como una
respuesta lógica a la acción guerrillera.
Un punto central de esta evolución se
dio bajo el gobierno de Turbay: la guerrilla acentuó su acción más teatral y
desafiante, a la que se respondió con una creciente represión estatal que no miró con
desdén el uso de medios ilegales de acción. El efecto de mediano plano de esta
política, unida a una percepción generalizada de que el gobierno era tolerante con la
corrupción a administrativa, con el enriquecimiento ilícito, con los nuevos ricos de la
droga y con la conversión de la política en simple actividad clientelista, fueron
profundamente desmoralizadores sobre la sociedad colombiana. Todas las formas de violencia
se hicieron aceptables, y en general se hizo aceptable el uso de cualquier procedimiento
para la obtención de los resultados deseables. Colombia se estaba convirtiendo
aceleradamente en un país sin reglas de juego.
El gobierno de Belisario Betancur
frenó en parte el proceso anterior, con sus acciones contra los grupos financieros y
sobre todo con el nuevo trato al problema de la guerrilla. Por una parte el gobierno
insistió en que era esencial ampliar los canales de participación democrática, y por
otro lado inició negociaciones directas con los principales grupos armados. La elección
popular de alcaldes y el acceso de todos los grupos a la televisión fueron los
principales logros en la reforma política; las negociaciones produjeron resultados
rápidos pero que se deshicieron luego con gran facilidad. A la larga, sin embargo,
Betancur abrió un proceso que ya no se detendría: todos los gobiernos siguientes
insistieron en la búsqueda de acuerdos con la guerrilla, buscaron la forma de
democratizar el sistema político, y en general desarrollaron una, política que mostraba
una creciente desconfianza por los aparatos de los partidos y por la llamada "clase
política".
Virgilio Barco, además de lograr la
firma de la paz con el M-19, buscó por todos los medios el camino para una reforma
constitucional con un buen respaldo de opinión. Los intentos anteriores de reforma
habían fracasado, por la oposición de la Corte o por vicios de procedimientos, y fueron
reformas tímidas y que no provocaron grandes entusiasmos. La idea de que la reforma
debía partir del pueblo como "constituyente primario" fue haciendo carrera,
hasta que condujo a la convocatoria de la Constituyente, recientemente reunida. El
procedimiento, en un país con el arraigado legalismo de Colombia, fue poco ortodoxo y fue
avalado con sentencias de la Corte Suprema de dudosa lógica. y la necesidad de una
reforma constitucional, desde el punto de vista de la solución de deficiencias discretas
y puntuales del sistema judicial, o de los mecanismos de descentralización, o del respeto
de los derechos humanos, o de la reforma del Congreso, no era imperativa. La mayoría de
las medidas significativas adoptadas por la Constitución habrían podido ser adoptadas
por ley. Pero lo fundamental en la convocatoria y reunión de la Constituyente es de orden
político. En efecto, grandes sectores de la opinión tenían la sensación de que
reformas serias no eran posibles por el rechazo del Congreso a cualquier restricción a
sus privilegios, y por el inmovilismo ideológico de los parlamentaríos. La simple
regulación de los viajes de los parlamentarios aparecía imposible. Las displicentes
relaciones entre presidentes con buena popularidad y los políticos del Congreso hacían
difícil
el acuerdo sobre cuestiones de fondo, y
los partidos eran cada día más federaciones de pequeños barones regionales a los cuales
era indispensable atender, con gestos burocráticos o presupuestales, .pero que nada
tenían que ver con la definición de las políticas centrales del Estado. De otro lado,
las negociaciones de paz habían constituido a la guerrilla en el único interlocutor
político importante de los sectores tradicionales, en la única alternativa ala política
habitual. El M-19, al firmar la paz pudo, tras unos resultados electorales todavía no muy
contundentes, convertirse en el punto de atracción del voto protesta, de los sectores
populares descontentos, de buena parte de los medios universitarios, profesionales y
sindicales.
La Constituyente resultó entonces
significativa porque representaba la posibilidad de incorporar al ordenamiento legal las
propuestas de los grupos guerrilleros. La inclusión de estos sectores, así como de
grupos como el de los indígenas, en el nuevo pacto constitucional era un índice del
carácter amplio y verdaderamente democrático de la nueva carta. Por otra parte, no era
difícil incorporar los puntos de vista de los exguerrilleros en el texto constitucional,
pues su conversión a la democracia era radical: la debilidad de la guerrilla, se sumó
ala crisis de los modelos socialistas internacionales para dejar al M-19 fundamentalmente
como abanderado de un radicalismo democrático algo paradójico. En efecto, ante la
timidez y las vacilaciones democráticas que han mostrado los partidos tradicionales, poco
pesa su más tradicional apego a los procedimientos democráticos frente a la fe reciente
pero aparentemente muy firme de los nuevos converso
Una constitución que servía de base
para un nuevo acuerdo entre los colombianos: una constitución que podía fundar la paz. A
esta visión optimista se ha sumado la percepción de que buena parte de las reformas
adoptadas eran las que todo el mundo deseaba, en las que había desde antes un gran
acuerdo. El hecho es que la nueva Constitución no tiene grandes enemigos, que no
aprobaron en ella normas que cuenten con una oposición substancial en el país: es, pues,
una constitución del consenso, a diferencia de la de 1886, que fue escrita por los
vencedores de la guerra civil, sin participación del liberalismo derrotado y con el
evidente propósito de hacer difícil su acción.
Buena parte del optimismo, sin duda
excesivo, que ha producido la nueva Constitución, tiene que ver con otros aspectos del
contexto político. El gobierno de César Gaviria ha tenido un evidente éxito en el
manejo del problema de la violencia derivada de la lucha contra el tráfico de drogas, y
sus políticas de negociación con la guerrilla han sido más flexibles que las de los
gobiernos anteriores, y han permitido la reapertura de diálogos con todos 1os grupos
todavía en armas. El país espera la paz y confía, a pesar de que las cifras no indican
todavía resultados muy notables, en una rápida reducción de los niveles de violencia.
La Constitución se ve entonces como parte de ese camino de Colombia hacia la
pacificación y hacia la reforma política, y como muestra de que finalmente el país ha
entrado en una fase de cambios rápidos, inesperados y muchas veces sorprendentes.
De ese modo, la reciente historia del
país tiene algo de irónica. La guerrilla, que luchó sin mayor éxito por una
revolución que debía transformar las estructuras económicas y sociales del país, acaba
ayudando a consolidar y legitimar un régimen democrático que no pone en duda la
vocación capitalista del país y cuyas estrategias económicas y sociales no son muy
diferentes de las que desplegó en los años en que era visto como un simple agente de
burgueses o terratenientes. Y la renuncia a la acción armada provoca el descongelamiento
acelerado del sistema: lo que se buscaba con las armas sólo resulta viable al
abandonarlas; el cambio político no se da como resultado de la presión armada -aunque
ésta no deje de estar en el horizonte- sino a través de procedimientos políticos
bastante imaginativos.
En este momento de descongelamiento y
fluidez, resulta aventurado e impertinente tratar de predecir en qué dirección se
orientará el país. Es evidente que se han creado las condiciones para una consolidación
real de la democracia política, para el logro de los rasgos fundamentales de la
modernidad política, tolerante y pluralista. Pero también que subsisten elementos que
pueden frenar indefinidamente el proceso, al mantener activos los focos de la tensión
armada.
La guerrilla, la delincuencia común y
el narcotráfico pueden amenazar cualquier proceso de conservación de la democracia y
hacer que el Estado abandone sus proyectos democráticos a nombre de aventuras
autoritarias. No es una probabilidad muy grande, pero no debe ignorarse. Las
características del desarrollo económico y social, y que reciben un detallado
tratamiento en dos artículos incluidos en esta edición, pueden producir resultados
negativos. Comparativamente, a Colombia le ha ido mejor que al resto de Latinoamérica.
Sin embargo, la evolución de la economía no ha sido satisfactoria en términos de las
expectativas que genera el sistema colombiano en su propia población: con tasas de
crecimiento como las que hemos tenido, y con procesos redistributivos lentos y tímidos,
sin disminución del desempleo, sin propuestas de desarrollo que sean significativas desde
el punto de vista de los sectores más excluidos, la marcha de la economía puede seguir
siendo un factor de conflicto político y de generación de violencia y criminalidad.
Sea como fuere, Colombia ha mostrado
que puede cambiar y que su sistema político, aparentemente rígido, podía dar seales de
gran flexibilidad. El retrato de Colombia hoy que da este libro, con sus ocasionales
esfuerzos por señalar algunas de las perspectivas y los horizontes en los que se mueve,
puede servir al lector como una modesta carta de navegación hacia el futuro inmediato.
Jorge Orlando Melo
Bogotá, 1991
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