COLOMBIA HOY
Jorge Orlando Melo
Coordinador


Biblioteca Familiar Colombiana
Presidencia de la República

 

INTRODUCCIÓN A LA NUEVA EDICIÓN

Trece años han pasado desde la primera edición de este libro. Esta nueva edición permite llenar en alguna medida el vacío que ha ido produciendo en su texto el simple paso del tiempo. Un libro que se llama Colombia Hoy y que no tiene ninguna referencia a más de dos lustros de transcurrir histórico del país tiene algo de engañoso. La nueva edición incluye un nuevo capítulo sobre la evolución económica durante los últimos años, un análisis del cambio social y un estudio muy detallado sobre el sistema político. Además, el capítulo sobre literatura ha sido modificado por completo, para ofrecer un panorama más orientador de ella. Por otra parte, el texto original no daba ningún lugar al arte, el teatro y el cine: el libro que sale ahora incluye textos especiales sobre cada una de estas actividades.

Por otro lado, vale la pena discutir brevemente el sentido general de la evolución reciente de Colombia. Como lo señalaba Mario Arrubla en su introducción de 1978, los autores que colaboraron con el libro ofrecían un análisis de la sociedad que se distinguía sobre todo por hacer de la historia el instrumento central en su esfuerzo por comprender al país. Este esfuerzo podía sin duda inscribirse dentro del surgimiento de una intelectualidad crítica, vinculada al medio universitario, capaz de resistir en forma más firme las tentaciones de convertir su escritura en simple juego apologético o en la señal de superioridad social a la que alude el mismo Arrubla. Las tres últimas décadas han visto la constitución de una ciencia social con clara perspectiva histórica, que ha superado como referente en el debate sobre el país a la vieja historiografía o al discurso eminentemente político. La universidad produce hoy, como una máquina implacable, estudios sociológicos, históricos, económicos, acerca de nuestros grandes males, y hasta una nueva disciplina, la "violentología", sirve de testimonio adicional de cómo el mundo universitario se apoderó del análisis social y político.

Por supuesto, en los 13 años que separan esta edición de la primera se han producido cambios substanciales en el país y en particular en su cultura. Todavía, desafortunadamente, el estudio del cambio cultural no ha alcanzado un nivel mínimo de desarrollo en el país, y esto ha hecho que haya sido imposible incluir un artículo en el que se tratara de ofrecer una primera visión de cómo ha evolucionado, en su sentido más general, ese mundo del intercambio de signos, de las creencias y formas de comportamiento colectivos, de la producción de bienes culturales, ideas y discursos. Un análisis de esto tiene que partir de algunas comprobaciones elementales. En efecto, los años recientes han visto la escolarización creciente de la población. La casi totalidad de los colombianos tiene acceso, así sea pobre ya tropezones, a la letra. El texto escrito, desde sus formas elementales como herramienta de la vida diaria, pasando por el periódico y la revista, ha invadido la vida de los colombianos. Es cierto que casi nadie lee libros, y que la tasa de lectura de periódicos de los colombianos es relativamente baja. Pero el cambio ha sido rápido, y lo revelan también indicadores como el creciente número de títulos publicados por las editoriales colombianas o las decenas de publicaciones periódicas que hoy asaltan a lo transeúntes en todas las ciudades.

Por supuesto, el triunfo del texto escrito ha estado acompañado por el desarrollo de formas competitivas de transmisión de la información: la radio y sobre todo la televisión. La primera sido un factor esencial en la homogeneización cultural del país, en la unificación gradual de los gustos musicales o de los estereotipos del lenguaje cotidiano. Ha sido también el canal por excelencia en el flujo de noticias, que hacen que por primera vez el colombiano, y no solamente el de una estrecha élite, haga parte, diariamente, de una comunidad nacional identificada por las decisiones de gobierno, la crisis política, los actos de violencia, la elección de una reina de belleza o los incidentes de una acción deportiva. La televisión ha reforzado estas tendencias, y ha contrapuesto a la información relativamente contextualizada del periódico una sutil transformación de la noticia en elemento de espectáculo, en un momento adicional de un sistema de entretenimiento. La televisión ha contribuido a que la vida (y esto pasa en todo el mundo) esté dominada por la lógica del espectador que busca diversión. El deporte, el arte, la cultura, la política, son para la mayoría de las personas parte de un espectáculo diario, comunicado por televisión o por los textos más o menos frívolos de las publicaciones periódicas, más bien que actividades en las que se toma parte.

La creciente incorporación de todos los sistemas de producción de textos, e imágenes a una industria de carácter masivo hace que la homogeneización del producto de los medios de comunicación no sea únicamente un hecho nacional, sino internacional. De La Habana a Buenos Aires, de Bogotá a la India, la gente mira las mismas series producidas con eficacia por la industria norteamericana del entretenimiento, recibe las mismas cápsulas de información, escucha los mismos videos musicales. Los sueños de los niños, las imágenes de lo que es una sociedad buena y en la que vale la pena vivir, los valores sociales, se van conformando más y más dentro de una visión global, trasmitida por esa inmensa y productiva industria cultural, a la que Colombia está apenas llegando.

El carácter algo ilusorio de los mensajes de los medios de comunicación no puede ocultar en Colombia, sin embargo, las profundas heridas del cuerpo social, manifestadas sobre todo en la persistencia pétrea de la violencia. Si en su primera manifestación, en la época del enfrentamiento entre liberales y conservadores, fue sobre todo una violencia rural, entre campesinos relativamente remotos a las vivencias de los grupos urbanos y de los grupos sociales dominantes, sus formas recientes han puesto en cuestión la tranquilidad de todos los colombianos. Las violencias de la guerrilla, del narcotráfico, de los paramilitares, del Estado, de los delincuentes, representan una amenaza real y cercana para todos los habitantes del país, y constituyen un elemento central del proceso político. De 1978 a hoy se desarrollaron formas particularmente crueles y sistemáticas de esta violencia, como la adopción de la tortura, que se extendió desde algunos cuarteles hasta convertirse en forma habitual de amedrentamiento y retaliación por parte de grupos delincuentes y políticos, o la substitución del simple homicidio por la desaparición de la víctima. El terror, como mecanismo para imponer los propios intereses -y dirigido contra el delincuente que ha violado los compromisos, o contra la delincuencia anónima en las operaciones de limpieza social, o contra los agentes del gobierno o los políticos que lo apoyan, o contra empresarios rurales y urbanos, o contra los simpatizantes presuntos o reales de la guerrilla-, entró a hacer parte de los recursos habituales de quienes disponían de algún poder sobre sus conciudadanos.

Dada la magnitud de este problema, y de otros que daban testimonio igual de la crisis cada vez más aguda del Estado - la generalización de la corrupción, la crisis total de la justicia, la parálisis del sistema político--, es lógico el tono radical y contestatario de casi toda la ciencia social reciente. A la imagen idílica de un país con una tradición pacífica, se contrapuso la de una larga historia de violencia; a las menciones de una democracia ideal, la visión de un país en el que ésta sólo podía funcionar en medio de grandes restricciones; a la visión de una sociedad socialmente integrada, la de una Colombia fragmentada, basada en la exclusión de la inmensa mayoría de los colombianos. Los colombianos que salieron de las aulas universitarias o del bachillerato durante los años recientes compartieron usualmente la convicción de que el sistema político colombiano era injusto, la justicia era para los de ruana, los políticos eran corruptos y se preocupaban exclusivamente por el propio beneficio. Cierto simplismo de algunos de estos planteamientos, cierta incapacidad de ver la complejidad real del proceso colombiano para subrayar sus aspectos más restrictivos no suprime la verdad esencial del diagnóstico. La violencia colombiana no era algo gratuito, no el simple resultado demoníaco de la ideología revolucionaria o del poder del narcotráfico: era un producto de una serie muy compleja y difícil de desentrañar de aspectos de un sistema político y social que no fue capaz de ver los peligros que lo acechaban ni de tomar con un mínimo de decisión las medidas de rectificación que se requerían.

Ahora bien, si los análisis históricos del país iban dibujando un mapa más exacto de nuestra realidad, con sus conflictos y dificultades, la acción política opuesta al sistema escogió, bajo el doble peso de la propia tradición colombiana y de los éxitos aparentes del modelo cubano y luego nicaragüense, privilegiar la violencia, mediante el recurso a la guerrilla ya la delincuencia. Treinta y cuarenta años de lucha no la acercaron al poder un solo centímetro, pero se convirtieron, por el puro peso de su capacidad de acción, en un factor determinante del funcionamiento político del país. Los esfuerzos por consolidar proyectos políticos de reforma más o menos radical resultaron siempre absorbidos y perturbados por la capacidad de la guerrilla de definir el marco y las condiciones para la acción de los grupos de izquierda; el sindicalismo y el movimiento campesino se atomizaron en medio de una confrontación que hacía necesario escoger entre la revolución o el patronalismo. Por otro lado, los sectores políticos más o menos reformistas de los partidos tradicionales resultaron impotentes para frenar la marcha al autoritarismo, al permanente estado de sitio, ala represión que aparecía como una respuesta lógica a la acción guerrillera.

Un punto central de esta evolución se dio bajo el gobierno de Turbay: la guerrilla acentuó su acción más teatral y desafiante, a la que se respondió con una creciente represión estatal que no miró con desdén el uso de medios ilegales de acción. El efecto de mediano plano de esta política, unida a una percepción generalizada de que el gobierno era tolerante con la corrupción a administrativa, con el enriquecimiento ilícito, con los nuevos ricos de la droga y con la conversión de la política en simple actividad clientelista, fueron profundamente desmoralizadores sobre la sociedad colombiana. Todas las formas de violencia se hicieron aceptables, y en general se hizo aceptable el uso de cualquier procedimiento para la obtención de los resultados deseables. Colombia se estaba convirtiendo aceleradamente en un país sin reglas de juego.

El gobierno de Belisario Betancur frenó en parte el proceso anterior, con sus acciones contra los grupos financieros y sobre todo con el nuevo trato al problema de la guerrilla. Por una parte el gobierno insistió en que era esencial ampliar los canales de participación democrática, y por otro lado inició negociaciones directas con los principales grupos armados. La elección popular de alcaldes y el acceso de todos los grupos a la televisión fueron los principales logros en la reforma política; las negociaciones produjeron resultados rápidos pero que se deshicieron luego con gran facilidad. A la larga, sin embargo, Betancur abrió un proceso que ya no se detendría: todos los gobiernos siguientes insistieron en la búsqueda de acuerdos con la guerrilla, buscaron la forma de democratizar el sistema político, y en general desarrollaron una, política que mostraba una creciente desconfianza por los aparatos de los partidos y por la llamada "clase política".

Virgilio Barco, además de lograr la firma de la paz con el M-19, buscó por todos los medios el camino para una reforma constitucional con un buen respaldo de opinión. Los intentos anteriores de reforma habían fracasado, por la oposición de la Corte o por vicios de procedimientos, y fueron reformas tímidas y que no provocaron grandes entusiasmos. La idea de que la reforma debía partir del pueblo como "constituyente primario" fue haciendo carrera, hasta que condujo a la convocatoria de la Constituyente, recientemente reunida. El procedimiento, en un país con el arraigado legalismo de Colombia, fue poco ortodoxo y fue avalado con sentencias de la Corte Suprema de dudosa lógica. y la necesidad de una reforma constitucional, desde el punto de vista de la solución de deficiencias discretas y puntuales del sistema judicial, o de los mecanismos de descentralización, o del respeto de los derechos humanos, o de la reforma del Congreso, no era imperativa. La mayoría de las medidas significativas adoptadas por la Constitución habrían podido ser adoptadas por ley. Pero lo fundamental en la convocatoria y reunión de la Constituyente es de orden político. En efecto, grandes sectores de la opinión tenían la sensación de que reformas serias no eran posibles por el rechazo del Congreso a cualquier restricción a sus privilegios, y por el inmovilismo ideológico de los parlamentaríos. La simple regulación de los viajes de los parlamentarios aparecía imposible. Las displicentes relaciones entre presidentes con buena popularidad y los políticos del Congreso hacían difícil

el acuerdo sobre cuestiones de fondo, y los partidos eran cada día más federaciones de pequeños barones regionales a los cuales era indispensable atender, con gestos burocráticos o presupuestales, .pero que nada tenían que ver con la definición de las políticas centrales del Estado. De otro lado, las negociaciones de paz habían constituido a la guerrilla en el único interlocutor político importante de los sectores tradicionales, en la única alternativa ala política habitual. El M-19, al firmar la paz pudo, tras unos resultados electorales todavía no muy contundentes, convertirse en el punto de atracción del voto protesta, de los sectores populares descontentos, de buena parte de los medios universitarios, profesionales y sindicales.

La Constituyente resultó entonces significativa porque representaba la posibilidad de incorporar al ordenamiento legal las propuestas de los grupos guerrilleros. La inclusión de estos sectores, así como de grupos como el de los indígenas, en el nuevo pacto constitucional era un índice del carácter amplio y verdaderamente democrático de la nueva carta. Por otra parte, no era difícil incorporar los puntos de vista de los exguerrilleros en el texto constitucional, pues su conversión a la democracia era radical: la debilidad de la guerrilla, se sumó ala crisis de los modelos socialistas internacionales para dejar al M-19 fundamentalmente como abanderado de un radicalismo democrático algo paradójico. En efecto, ante la timidez y las vacilaciones democráticas que han mostrado los partidos tradicionales, poco pesa su más tradicional apego a los procedimientos democráticos frente a la fe reciente pero aparentemente muy firme de los nuevos converso

Una constitución que servía de base para un nuevo acuerdo entre los colombianos: una constitución que podía fundar la paz. A esta visión optimista se ha sumado la percepción de que buena parte de las reformas adoptadas eran las que todo el mundo deseaba, en las que había desde antes un gran acuerdo. El hecho es que la nueva Constitución no tiene grandes enemigos, que no aprobaron en ella normas que cuenten con una oposición substancial en el país: es, pues, una constitución del consenso, a diferencia de la de 1886, que fue escrita por los vencedores de la guerra civil, sin participación del liberalismo derrotado y con el evidente propósito de hacer difícil su acción.

Buena parte del optimismo, sin duda excesivo, que ha producido la nueva Constitución, tiene que ver con otros aspectos del contexto político. El gobierno de César Gaviria ha tenido un evidente éxito en el manejo del problema de la violencia derivada de la lucha contra el tráfico de drogas, y sus políticas de negociación con la guerrilla han sido más flexibles que las de los gobiernos anteriores, y han permitido la reapertura de diálogos con todos 1os grupos todavía en armas. El país espera la paz y confía, a pesar de que las cifras no indican todavía resultados muy notables, en una rápida reducción de los niveles de violencia. La Constitución se ve entonces como parte de ese camino de Colombia hacia la pacificación y hacia la reforma política, y como muestra de que finalmente el país ha entrado en una fase de cambios rápidos, inesperados y muchas veces sorprendentes.

De ese modo, la reciente historia del país tiene algo de irónica. La guerrilla, que luchó sin mayor éxito por una revolución que debía transformar las estructuras económicas y sociales del país, acaba ayudando a consolidar y legitimar un régimen democrático que no pone en duda la vocación capitalista del país y cuyas estrategias económicas y sociales no son muy diferentes de las que desplegó en los años en que era visto como un simple agente de burgueses o terratenientes. Y la renuncia a la acción armada provoca el descongelamiento acelerado del sistema: lo que se buscaba con las armas sólo resulta viable al abandonarlas; el cambio político no se da como resultado de la presión armada -aunque ésta no deje de estar en el horizonte- sino a través de procedimientos políticos bastante imaginativos.

En este momento de descongelamiento y fluidez, resulta aventurado e impertinente tratar de predecir en qué dirección se orientará el país. Es evidente que se han creado las condiciones para una consolidación real de la democracia política, para el logro de los rasgos fundamentales de la modernidad política, tolerante y pluralista. Pero también que subsisten elementos que pueden frenar indefinidamente el proceso, al mantener activos los focos de la tensión armada.

La guerrilla, la delincuencia común y el narcotráfico pueden amenazar cualquier proceso de conservación de la democracia y hacer que el Estado abandone sus proyectos democráticos a nombre de aventuras autoritarias. No es una probabilidad muy grande, pero no debe ignorarse. Las características del desarrollo económico y social, y que reciben un detallado tratamiento en dos artículos incluidos en esta edición, pueden producir resultados negativos. Comparativamente, a Colombia le ha ido mejor que al resto de Latinoamérica. Sin embargo, la evolución de la economía no ha sido satisfactoria en términos de las expectativas que genera el sistema colombiano en su propia población: con tasas de crecimiento como las que hemos tenido, y con procesos redistributivos lentos y tímidos, sin disminución del desempleo, sin propuestas de desarrollo que sean significativas desde el punto de vista de los sectores más excluidos, la marcha de la economía puede seguir siendo un factor de conflicto político y de generación de violencia y criminalidad.

Sea como fuere, Colombia ha mostrado que puede cambiar y que su sistema político, aparentemente rígido, podía dar seales de gran flexibilidad. El retrato de Colombia hoy que da este libro, con sus ocasionales esfuerzos por señalar algunas de las perspectivas y los horizontes en los que se mueve, puede servir al lector como una modesta carta de navegación hacia el futuro inmediato.

Jorge Orlando Melo

Bogotá, 1991

 

 

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