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INDICE
Prólogo
Introducción a las nueva edición
Presentación
Autores
Primera Parte
Etapas y sentidos de la historia de Colombia
Etapas y sentido de la historia de Colombia. (Período colonial, La Gran Colombia 1820-1830, La República de Nueva Granada 1830-1850, Las reformas liberales de 1850, El federalismo, Nota bibliográfica)
La República conservadora
La República conservadora. (La situación colombiana hacia 1880, La guerra, la paz y las constituciones, La expansión de la económica cafetera, La danza de los millones y el fin del régimen conservador, lecturas adicionales)
Colombia: siglo y medio de bipartidismo
Colombia: siglo y medio de bipartidismo. (Las influencias internacionales, El bipartidismo, El origen de los partidos, Gólgotas y draconianos: el golpe de Melo, El problema religioso, El Período liberal radical, La regeneración, La República conservadora
Síntesis de historia política contemporánea
Síntesis de historia política contemporánea
Industrialización y política económica
Industrialización y política económica
El desarrollo histórico del campo colombiano
desarrollo histórico del campo colombiano
Poesía y novela en la década del 80: algunas tendencias
Poesía y novela en la década del 80: algunas tendencias.
El teatro: las últimas décadas en la producción teatral en Colombia
El teatro: las últimas décadas en la producción teatral en Colombia
El cine en la última década del siglo XX: imágenes colombianas
El cine en la última década del siglo XX: imágenes colombianas.
Arte moderno en Colombia: de comienzos de siglo a las manifestaciones más recientes
Arte moderno en Colombia: de comienzos de siglo a las manifestaciones más recientes
Segunda Parte
El estado colombiano: ¿Crisis de modernización o modernización incompleta?
El estado colombiano: ¿Crisis de modernización o modernización incompleta?
Política social: prioridad de la década del 90
Política Social: Prioridad de la década del 90.
Apertura económica y equidad: los retos de Colombia en las década de los años noventa
Apertura económica y Equidad. Los retos de Colombia en ladécada de los años 90.
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Prólogo
COLOMBIA HOY: PERSPECTIVAS HACIA EL SIGLO XXI
Pocos, muy pocos libros sobre ciencias sociales resisten en el país
quince ediciones. El que Colombia hoy se prepare para aparecer en
una decimosexta edición es revelador de que algo tiene de
particular. ¿Cuál es el rasgo, o los rasgos que lo dotan de esa
particularidad?
Colombia hoy es ante todo una herramienta de trabajo fundamental
para quien quiera adentrarse en el estudio de nuestra condición
como país y como sociedad. Herramientas son, en efecto, los
estudios históricos globales de Jaime Jaramillo, Jorge Orlando
Melo, Alvaro Tirado y Mario Arrubla; los análisis históricos
sectoriales de Jesús Antonio Bejarano y Salomón Kalmanovitz; los
inventarios culturales de Juan Gustavo Cobo, Carlos José Reyes,
Luis Alberto Alvarez y Germán Rubiano; el ensayo político de
Francisco Leal y los prospectivos de Miguel Urrutia y Saúl Pineda.
Con ellos queda equipada con los conocimientos básicos cualquier
persona interesada en conocer los rasgos centrales de nuestra
sociedad, nuestro pasado, presente y eventual futuro.
Pero además, este libro es una muy afortunada condensación de
estudios que cubren tanto las situaciones como las políticas
respecto de una variedad de temas en los que se muestran aspectos
centrales de la dinámica de nuestra sociedad en la política, la
economía, la cultura en varias de sus manifestaciones. Es así un
panorama histórico e intelectual con el que se dibuja una
perspectiva global de Colombia. Pocos libros pueden sintetizar así
una visión tan global y completa de nuestro país.
Querría, con ocasión de esta nueva edición, y tal como lo hizo
Jorge Orlando Melo en la Introducción a la decimoquinta, resaltar
algunos elementos de nuestra actual situación con ello solamente
pretendo reflexionar en voz alta sobre los dilemas y tensiones que
se me presentarían si este prólogo fuera escrito justamente en
1978, fecha de la primera edición.
Releamos la tajante afirmación de Mario Arrubla en la Presentación
del libro:
...el país colombiano, comprendido como la unidad de un territorio
y un grupo humano, no ha logrado nunca adquirir el carácter de una
verdadera sociedad si por ello se entiende una comunidad de
experiencia e ideales. Lo único que de sociedad hemos tenido ha
sido la presencia de una jerarquización que por ser mera forma o
por no tener otro contenido que el psicológico ha encontrado su
verdadera sustentación en la violencia.
Esto lo escribía Arrubla cuando según las cifras disponibles las
tasas de homicidios de los años inmediatamente anteriores eran
inferiores a tres por diez mil habitantes. ¿Qué diría hoy, cuando
esas tasas bordean los 7.3, lo que nos coloca a la cabeza entre los
países violentos? En efecto, si algo nos sigue signando es la
violencia: si en promedio se han cometido en los últimos 10 años
cerca de 24.000 homicidios anuales, quiere decir que son más que
los de la década de los cincuenta que se caracterizó como la época
de la violencia.
Y se ha generalizado y convertido en más proteica. La tasa de 7.3
por diez mil habitantes es tres veces mayor que la de Brasil, el
segundo país más violento de América Latina, más de 17 veces mayor
que Uruguay, el menos violento, y el número de homi-cidios en un
año es casi tres veces más alto que el de la República China.
Varios años después se publicó en el país la obra de Daniel
Pécaut, Orden y Violencia
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(1)
, en la que el autor hace un análisis
bastante exhaustivo de nuestra historia política. Algunas de sus
conclusiones son muy llamativas: Colombia es uno de los pocos
países de América Latina que ha conservado casi permanentemente el
carácter de democracia civil en el presente siglo (T. I, p. 15)...
El único momento de interrupción del régimen civil por una
dictadura militar no constituye una pérdida de la supremacía de las
élites (idem)... A pesar de que los militares han venido aumentando
tendencialmente su influencia en el manejo de los procesos
decisorios, no deja de ser notable que no hayan franqueado el paso
decisivo: la toma del poder... La democracia civil colombiana no
pertenece ciertamente a la categoría de las democracias perfectas:
... escasa libertad de elección, clientelismo, fraude y coacción
partidos políticos incapaces de reconocer reglas de alternación en
el poder, reacios a reconocer los derechos políticos de otros
partidos; la abstención supera el 50 por ciento de los votantes
potenciales... El funcionamiento "normal" de las
instituciones ha sido más excepción que regla: la institución del
"estado de sitio" ha sido la regla
consuetudinaria... (p. 16). En tales condiciones, se pregunta
Pécaut, ¿será que la democracia colombiana es una falsa
apariencia...? El parlamento y el sistema judicial tienen muchos
vicios, pero han sido relativamente independientes del Ejecutivo...
la prensa ha gozado de una relativa libertad y dispone de un poder
propio; la izquierda, aunque ha sido reprimida a menudo con dureza,
al menos ha podido crear algunos partidos legales
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(2)
y sostener un sindicalismo
independiente... y todo lo anterior en medio de un clima de
violencia que ha superado la etapa de la violencia
"clásica" para proyectarse a las décadas
siguientes hasta producir unas cifras como las citadas
arriba.
La respuesta de Pécaut es desconcertante:
¿Es coincidencia fortuita que la violencia adquiera tal notoriedad
en un país andino donde la democracia civil restringida ha
subsistido por encima de innumerables crisis? El propósito de esta
obra es demostrar que no es así. La violencia es consustancial al
ejercicio de una democracia que, lejos de referirse a la
homogeneidad de los ciudadanos, reposa en la preservación de sus
diferencias "naturales", en las adhesiones
colectivas y en las redes privadas de dominio social y que, lejos
de aspirar a institucionalizar las relaciones de fuerza que irrigan
la sociedad, hace de ellas el resorte de su continuidad (p.
17).
Esta compleja relación entre violencia, democracia, estabilidad y
desempeño económico, en la que la primera ha sido consustancial con
los demás rasgos que nos caracterizan, llevó a Estanislao Zuleta a
caracterizar a la democracia colombiana como paradójica.
Ahora bien, no se trata de cualquier democracia ni de cualquier
economía: encarnada en un Estado cuya debilidad ha sido en gran
medida producto de un proceso histórico de apropiación privada
colectiva por las clases dominantes, que han confundido sus
intereses con los del armazón jurídico de la sociedad, el arreglo
institucional se ha caracterizado por ser una democracia bastante
limitada, con niveles muy bajos de participación electoral,
representación y capacidad de decisión por parte de las mayorías,
aunque con un alto grado de politización, movilización y gestión
"por fuera" de los precarios canales
institucionales y legales establecidos por una tradición de
desconocimiento de las diferencias sociales. Estos
"exteriores" constituyen, a su vez, las bases de
una acelerada dinámica social y configuran eso que en su momento se
llamó el "país nacional".
Una primera expresión de estos "exteriores" lo
constituye la ya larga tradición guerrillera: Colombia tiene el
discutible privilegio de contar con las guerrillas más viejas del
continente, unas organizaciones que, justamente por su
persistencia, ya en curso de volverse histórica, tienden a moverse
entre los dilemas de su rutinización como parte del panorama
nacional con su consecuente conversión en verdaderas comunidades
armadas, "clases dominantes locales", como las
llama Marco Palacios3, y su capacidad para incrementar los niveles
de desestabilización del Estado y de confrontación a su aparato
militar. Dedicadas a crear y controlar poderes territoriales, a
incrementar las bases financieras y materiales de poder, y a
acumular fuerzas para precipitar o beneficiarse de una eventual
situación de desgaste del régimen político, las guerrillas
colombianas han ido creciendo e incrementando su capacidad de
convertirse en poderes locales, sin que su dimensión real se
refleje en transformaciones apreciables en la conducción del
Estado.
Su papel como estado local, paraestado lo llaman algunos
analistas, si bien no tiene las mismas dimensiones y rasgos en las
diferentes regiones en las que hacen presencia más o menos
sistemática y permanente, se traduce en una doble tendencia -que
por lo demás define a cualquier Estado-: en primer lugar a asumir
rasgos institucionalizantes y conservatizantes asociados al
mantenimiento de un orden y el ejercicio de una autoridad que
obviamente debe castigar las desviaciones, vale decir, los
"exteriores" a su propia institucionalidad. En
efecto, hay ya muchas evidencias de prácticas autoritarias y de
mano dura contra la delincuencia, en la regulación de la vida
comunitaria privada, la reglamentación del estado civil y el
control de comportamientos de los residentes locales, así no sean
militantes activos de la fuerza guerrillera. En segundo lugar, a
propiciar formas de representación y organización democrática de
las comunidades locales, bien sea como expresión de democracia,
bien como mecanismo de presión al Estado y sus mandatarios
regionales. Esto son algunas juntas comunales, organizaciones de
vecinos y otras formas en las que no siempre se puede hacer un
balance justo entre su carácter de organizaciones democráticas y
autónomas de las bases sociales y el de fachadas de organizaciones
armadas.
Los requerimientos financieros llevan a la insurgencia a
convertirse en monopolio fiscal local, y a relacionarse de manera
permanente, así sea por una vía extorsiva, con los propietarios
locales, empresas nacionales o grandes multinacionales capaces de
pagar los tributos exigidos. Se establece así una relación como la
de cualquier estado de una sociedad clasista con sus sujetos
contribuyentes. La paradoja estriba en que las guerrillas son
apenas estado local, y de allí que no puedan presumir de ejercer el
control sobre resortes propios del ámbito nacional. No pueden, por
ejemplo, determinar lo que es legal o ilegal, de modo que en su
práctica tributaria hacen caso omiso de ese carácter. Es legítimo,
entonces, en los ámbitos locales en que ello es viable, cobrar un
tributo sobre un producto ilegal. El llamado gramaje, impuesto al
peso de la coca, marihuana o heroína, tiene la paradoja de que al
tiempo que acompaña a la regulación de un mercado para impedir la
anarquía en el comercio local del producto, estimula una forma de
ilegalidad que es combatida por el Estado. La guerrilla se coloca,
así, en la incómoda posición de proteger lo ilegal -un tipo de
actividad económica en la que el capitalismo salvaje se da en su
forma más descarnada- y combatir al Estado que busca hacer cumplir
la legalidad.
Como poder no local, el recurso tributario más eficiente es el
secuestro, piadosamente llamado "retención". Más
allá de la violencia y el sufrimiento que así se impone sobre las
familias inocentes y alejadas de la contienda política, esta
práctica, condenada por la humanidad, hace poco favor a una causa
humanitaria como se supone lo es la lucha guerrillera por la
liberación nacional y/o de los pobres. Nueva paradoja, pues, ya que
cuando alguno de los familiares de los jerarcas de la insurgencia
es secuestrado, sus familiares en armas consideran estos hechos
como violatorios del Derecho Internacional Humanitario.
Ahora bien, al lado de estas prácticas de institucionalización y
paraestatalidad, la guerrilla ciertamente combate, y con ello
contribuye a expandir la violencia y a debilitar a un Estado, de
por sí bastante inclinado a ejercerla, que se ve obligado cada día
más a recurrir también a ella para defender el orden de dominación.
Las estrategias de control territorial, de asedio a algunas grandes
ciudades y de presentar combates a unidades militares relativamente
fuertes, no sólo han mostrado que las guerrillas crecen
numéricamente, amplían su cobertura, y cambian sus estrategias en
ese panorama de avance, sino que han tomado casi siempre por
sorpresa a las Fuerzas Militares, desnudando serios problemas de
burocratización y esclerosis organizativa y operacional. En esto ha
sido clave para justificar el creciente gasto militar y la
desmedida influencia de las Fuerzas Militares en las decisiones
centrales de la política nacional. Gastos e influencia que crecen
en forma paralela con la conciencia colectiva de que los impuestos
que pagan los colombianos están financiando barriles sin fondo y
tolerando ineficiencias protuberantes acompañadas de no pocas
señales de corrupción de los cuerpos castrenses.
Una dimensión adicional de ese exterior político, e íntimamente
asociada al fenómeno insurgente, es el desarrollo de organizaciones
paramilitares que vienen enfrentando a las guerrillas, con algún
éxito, en varias regiones. Amparadas abierta o soterradamente por
algunos cuadros de las Fuerzas Militares, miembros del gobierno,
autoridades locales y propietarios de tierras, las organizaciones
paramilitares han respondido en lo fundamental a una estrategia
militar de estimular a la población civil para que actúe contra las
periferias guerrilleras; es decir, aquellos sectores de la
población sospechosa de ser auxiliadora o simpatizante de la
insurgencia. Es la línea nítida de quitarle el agua al pez. Como
otras formas de acción política desinstitucionalizada, el
paramilitarismo pronto adquirió una dinámica propia que rebasó las
posibles intenciones originales de contener a las guerrillas, y se
diversificó en pequeños o medianos ejércitos campesinos dedicados a
hacer "limpiezas" de delincuentes locales,
cuadros políticos de izquierda, o ciudadanos que denunciaran su
existencia. Potenciados mediante la financiación de grupos de
narcotraficantes convertidos en nuevos terratenientes, aunaron las
tareas de exterminio de enemigos políticos con el proceso de
ensanche de propiedades agrarias de esos mismos narcotraficantes.
Se insertaron así en una compleja relación en la que aparecieron
involucrados narcotraficantes con militares activos, retirados,
propietarios agrarios y dirigentes de ultraderecha.
Peor aún, su creciente competencia con las guerrillas en algunas
regiones se ha traducido en un tipo de violencia en el que la
víctima directa es el campesinado y la población de los municipios
en los que hay presencia guerrillera. El exterminio de campesinos y
de cuadros políticos en masacres y asesinatos colectivos se
convirtió en una forma de venganzas y advertencias al enemigo
armado. En este proceso no ha habido Derecho Internacional
Humanitario que valga: la práctica del genocidio del chivo
expiatorio es, sin duda, más fácil que la confrontación directa con
la contraparte.
Hoy sin duda el paramilitarismo constituye una fuerza que no se
puede desconocer. Y esto es cierto a pesar de que curiosamente
tanto las Fuerzas Militares como las organizaciones guerrilleras se
niegan a reconocerle entidad. Parecería que las partes están de
acuerdo en exorcizarlo: las Fuerzas Militares niegan su existencia,
las guerrillas le niegan su autonomía. Y entre tanto, la acción
paramilitar crece y potencia su capacidad bélica.
En pocas palabras, no es claro que las guerrillas colombianas
estén ganando en legitimidad lo que conquistan en poderío militar.
Su incremento numérico y los atisbos de cambios cualitativos en las
formas de combate podrían estar señalando nuevos rumbos en la
confrontación, y las perspectivas de la guerra no están
completamente por fuera de la agenda nacional. Y paralelamente los
militares sí parecen estar perdiendo parte de su legitimidad.
El que unos y otros continúen incrementando su acción puramente
militar y defendiendo su sentido tiene secuelas desastrosas: la
creciente institucionalización de la coacción como forma de hacer
política, la militarización como mecanismo de imposición de la
voluntad. En fin, la subordinación de la razón a la
violencia.
Y esto trae inevitablemente consecuencias de primer orden para la
sociedad que resulte de un eventual armisticio. Si se llega a la
negociación política, los guerrilleros se tendrán que hacer la
obvia pregunta por el tipo de sociedad que los recibirá como
reinsertados: ¿se reeditarán los procesos ensayados en el pasado
reciente y que tuvieron como rasgos sobresalientes los
incumplimientos de promesas, las retaliaciones personales, los
abandonos de principios y los acomodos a las oportunidades
individuales ofrecidas por un régimen político con algunos grados
de apertura para individualidades? ¿Serán suficientes las ofertas
de taxis, becas y cuotas iniciales de vivienda en un mundo de
inseguridad urbana, que hizo declarar a un ex guerrillero que en su
proceso de reinserción a la sociedad civil había ingresado a la
barbaridad civil?
Y si es un hipotético triunfo militar guerrillero, ¿podrán los
nuevos gobernantes desarrollar los principios de justicia social y
democracia que pregonan? De nuevo, ¿sus ya largas prácticas no
habrán convertido lo militar, disciplinario, rígido y vertical en
principios de organización social y del Estado?
Parecería que la forma tan extrema de hacer política armada desde
el "exterior" de la institucionalidad y legalidad
estatales reflejara una radicalidad consecuente de las masas cuyos
intereses supuestamente defienden los grupos armados. Esta relación
se podría deducir de los episodios en los que la incredulidad
generalizada frente a los mecanismos institucionales de expresión
llevan a que sectores de la población recurran a la protesta masiva
y la acción informal. Ello no significa, sin embargo, ni
radicalidad política ni correspondencia con las dimensiones
subversivas de las guerrillas y los paramilitares. El que en
algunas ocasiones esas protestas populares puedan ser estimuladas y
organizadas por la insurgencia no convierte necesariamente a
quienes protestan en aliados estratégicos. Justamente se podría
hacer una hipótesis al contrario: no pocas actividades
reivindicativas de masas que se expresan pacíficamente, pero por
fuera de la institucionalidad, enfrenta la violencia como
oposición: sea la intolerancia militar del Estado, sea el
oportunismo armado de la insurgencia. La violencia, pues, acalla la
protesta y distorsiona las expresiones de reivindicaciones
populares.
El seguimiento sistemático de la sociedad colombiana sigue
mostrando, por tanto, una no correspondencia entre la radicalidad
de la acción armada y la cotidianidad del ciudadano común.
Probablemente esta disyunción se deba en parte, y en adición a la
incredulidad en la acción estatal, a la expansión de la capacidad
de los colombianos de intentar las soluciones a sus situaciones
individuales a partir del "rebusque". Este
rebusque, que constituye un rasgo de nuestra sociedad con el que se
tendrá que contar en una eventual finalización de la contienda
armada, es el desarrollo de la capacidad de inventar alternativas
no normatizadas en el logro de metas. Produce un tipo de sociedad
en el que se recrean mecanismos para circunvalar la ley, para
activar una lógica en la que se privilegian la ventaja y la
oportunidad individual por encima de aquella otra que daría
especial prioridad a la noción de responsabilidad y al respeto por
el otro.
El paso del logro de la ventaja por vías informales a la
delincuencia es sutil y fácilmente franqueable. Aunque sea posible
argüir que nuestra creciente delincuencia común es un producto de
la mala distribución del ingreso, de la pobreza y marginalidad a
que se ve sometida una gran mayoría de la población colombiana, no
es menos cierto que la laxitud de un marco normativo de aceptación
general, democráticamente ganado y apoyado por la acción estatal,
facilita la conversión del rebusque en delincuencia.
Ensalzada por algunos intelectuales la ideología del rebusque
resalta la capacidad de los colombianos para sobreponerse a las
adversidades, salir de apuros, rebuscar oportunidades y salirle al
paso a los obstáculos. Sin embargo, al mismo tiempo tiene la
particularidad de que oculta que con estas prácticas se privilegia
lo individual sobre lo social, se destruyen solidaridades, se
dificulta la construcción de imaginarios comunes que estimulen la
organización para la lucha por intereses y beneficios colectivos, y
se contribuye a hacer más difíciles las tareas de construcción de
tejidos sociales.
Al lado de esta exaltación del rebusque, y sin duda como su
soporte teórico-político, se comienza a acuñar otra ideología, la
que sostiene que la capacidad creativa de los colombianos es tal
que no necesitamos del Estado para resolver nuestros problemas.
Probablemente en nuestros días de jolgorio neoliberal esta
ideología encuentre algunos adeptos. Sin embargo, difícilmente
puede superponerse a la tradición católica colombiana en la que la
razón de ser del Estado-padre, es que está llamado a satisfacer las
necesidades de los más necesitados. Los menos neoliberales
reconocerán que una forma de laicización de este principio católico
es simple y llanamente el clientelismo, rasgo central de la osatura
del sistema político nacional.
Paralelamente, pues, a la supervivencia del clientelismo, se
desarrolla esa práctica del rebusque que se expresa en la
generalización de la gestión económica por los bordes de la ley.
Aunque su apoteosis han sido el narcotráfico, el secuestro y la
corrupción, otras fuentes de fortuna ilegales ya han tenido su
historia: el contrabando, la extorsión, el peculado, las
canonjías.
El narcotráfico, en particular, expresa esa enorme capacidad para
construir situaciones de ventaja personal, de transitar por los
atajos de la ley y la institucionalidad. Desarrollado a partir de
otras actividades delictivas -el contrabando, los secuestros-, la
fabulosa rentabilidad del negocio atrajo a aquellos colombianos
para quienes la clave era, y es, el desarrollo de la imaginación en
la utilización de esos atajos. Con gran fuerza los narcotraficantes
más audaces y creativos, los que lograban los mejores
"corones" y más mulas lograban enviar
exitosamente al extranjero, desplazaron a quienes no resistieron el
empuje, y crearon un emporio de riqueza muy por fuera de los
límites de la imaginación de los colombianos.
La dinámica que las ingentes ganancias imprimen al negocio de las
drogas pronto indujo la organización de grupos exportadores cuyo
enfrentamiento con la ley era cosa de poco tiempo: a pesar de los
altos niveles de tolerancia con la corrupción reinante en el
Estado, y de que el narcotráfico la incrementaba, el curso de
colisión se hacía cada día más evidente. Hoy día, para resumir, el
narcotráfico ha puesto a la sociedad colombiana en la más aguda
encrucijada de los últimos años. El precario balance entre su
aceptación y su repudio no resistió mucho tiempo: su penetración en
los aparatos judiciales, parlamentarios, diplomáticos, en las
organizaciones periodísticas, deportivas, clubes sociales y centros
de reinados de belleza; su peso en la economía nacional, en fin,
tenía que encontrar algún límite: ya el país no podía continuar en
este proceso en el que muchas actividades y personas tendían a
volverse mafiosas o a desaparecer si osaran resistirse. El
narcotráfico condujo a Colombia por las vías del terrorismo
indiscriminado, reeditó el asesinato como fórmula de eliminación de
competidores políticos, exacerbó el cinismo de los poderosos frente
a sus servidores, incluidos aquellos colocados en los cuerpos
colegiados del Estado, y hasta se dio el lujo de incidir en los
resultados de elecciones presidenciales. En otros campos menos
conspicuos, incrementó los consumos internos de psicoactivos muy
nocivos, contribuyó a alimentar procesos de deterioro de algunos
sectores de la población, alimentó el crecimiento de las tasas de
delincuencia, contribuyó a exacerbar la estigmatización de la
juventud pobre. Y todo esto sin estimular un proceso de reducción
de las desigualdades sociales: por el contrario las
incrementó.
La coyuntura crítica de la década de los noventa dejará sin duda
una fuerte huella. No sabemos aún cuáles puedan ser las direcciones
de sus desenlaces, y mucho menos podemos pronosticar los resultados
coyunturales. Tendremos que aceptar, eso sí, que sin una política
de paz clara y generosa no podrá haber una negociación con la
insurgencia. Y aceptemos también que sin resolver el problema de la
insurgencia no podremos enfrentar exitosamente el del narcotráfico
y su secuela paramilitar. Y desde luego que sin una política de
confrontación drástica y decidida con la delincuencia
narcotraficante no será posible que el Estado colombiano gane la
suficiente dosis de legitimidad que le permita plantear una
política creíble frente a la insurgencia. Son tareas urgentes y
múltiples, desde luego, pero no pueden ocultar que más al fondo se
encuentra también la necesidad de que, sin coartar la creatividad
propia del rebusque, el Estado diseñe políticas de estímulo a las
acciones colectivas: políticas de participación, política de
estímulo a la creación de organizaciones civiles de acción en
varios campos de la vida ciudadana, una política de favorecimiento
e impulso al sindicalismo, en fin, medidas que reduzcan las
dimensiones individualistas de la lógica de la ventaja.
En la Introducción a la edición anterior Jorge Orlando Melo se
quejaba de que en Colombia no contamos aún con buenos estudios
sobre el proceso de cambio cultural en Colombia. La coyuntura
actual puede no ser el mejor momento para producirlos, por cuanto
se corre el enorme riesgo de volver
"estructural", de largo aliento histórico, lo que
puede ser un efecto de corto plazo de una crisis que, aunque
profunda, es posible que no tenga un impacto igualmente profundo.
Sin embargo, el momento sí pone sobre el tapete temas de orden
sociocultural y de psicología social de la mayor importancia en
nuestra existencia como sociedad. Para empezar, reconozcamos que
ante la supuesta incapacidad demostrada para enfrentar seriamente
el problema del narcotráfico, especialmente en su impacto
internacional, la gran potencia mundial nos ha recordado nuestra
muy modesta e incómoda condición de subordinación, y que nuestra
confianza en nosotros mismos como nación ha sufrido mengua
indeleble. De allí tendremos que derivar enseñanzas
ineludibles.
Entendamos también que al lado de la tradicional afirmación
ideológica de que Colombia es una potencia moral, los colombianos y
colombianas nos ruborizamos al enterarnos de que países en vías de
entrar en situaciones críticas en términos de delincuencia,
violencia y narcotráfico están en proceso de
"colombianización". En contraste con la imagen
construida sobre el colombiano y la colombiana como emprendedores,
creativos y capaces de desarrollar recursos positivos aun en las
mayores adversidades, hoy tenemos que sobrellevar aquella que nos
muestra como delincuentes rebuscadores internacionales, desde las
modestas mulas portadoras de escasas cantidades de drogas al precio
de correr un evidente riesgo de muerte, hasta los capos que
terminan capturados en ciudades europeas luego de haber posado como
ricos e inteligentes empresarios.
Comprendamos, finalmente, que el que nos encontremos en una
situación de aguda tensión y cambio social nos tiene que suscitar
de nuevo temas como los de Arrubla y Pécaut: cuáles son, por
ejemplo, las tareas concretas que debemos realizar para construir
tejidos sociales que permitan gestar experiencias compartidas y
comunidades de intereses; cómo lograr aperturas en los campos de
conflicto de modo que sea posible construir los mecanismos para su
tramitación arbitrada y pacífica cómo desarrollar los espacios de
convivencia que nos permitan llevar las controversias sobre la vida
pública a los terrenos de la política, hoy pisoteada por la
violencia y la insensibilidad.
Alvaro Camacho Guizado
Director del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones
Internacionales, Universidad Nacional de Colombia.
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1
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Dos tomos, Bogotá, Coediciones Tercer Mundo editores/Cerec,
1987.
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2
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Pécaut escribió su texto antes de la fundación y rápido
exterminio de la Unión Patriótica. 3 Marco Palacios, Entre la
legitimidad y a la violencia. Colombia 1875-1994, Bogotá, Editorial
Norma, 1995.
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