Perspectivas Hacia el Siglo XXI
El Estado Colombiano: ¿Crisis de Modernización o Modernización
Incompleta?
Francisco Leal Buitrago
Aunque el comienzo de la modernización en los países de América
Latina, en particular, y del Tercer Mundo, en general, se presentó
antes, el contexto de su conceptualización contemporánea aparece
con los objetivos de desarrollo del naciente organismo de las
Naciones Unidas a raíz de la finalización de la Segunda Guerra
Mundial. Como el modelo deseable era el de los países que habían
experimentado la Revolución Industrial, el concepto de
modernización se subordinó al de desarrollo, suponiendo la meta de
la industrialización capitalista. La modernización implicaba una
postura pragmática del capitalismo industrial, en la cual la
antigua ética política secular de la modernidad (que pretendió la
emancipación de la sociedad) fue sustituida por los valores de
acumulación de capital y consumo de los bienes de la
industrialización, con aspiraciones de beneficio común.
Si se tiene en cuenta el tamaño de su territorio, de su
población y de su economía, Colombia llegó retardada al proceso
latinoamericano de modernización. Comenzó pobre y con sus
estructuras muy atrasadas, pero pronto recuperó el tiempo
"perdido". Las relaciones sociales derivadas de la producción y la
comercialización del café, las cuales venían en expansión desde el
siglo XIX, sirvieron de base para iniciar un rápido avance hacia la
organización social capitalista en la década de los años
veinte.
A pesar de ciertos cambios institucionales, el cuasi-estado del
país, complementado por la Iglesia y el bipartidismo decimonónico,
no se adaptó a las nuevas realidades y sucumbió ante la avalancha
de cambios, conflictos y violencia que en la década de los años
cuarenta desataron sectores de la sociedad como reacción a la
modernización. Por eso, el Estado llegó también con retraso a la
modernización, cuyo inicio se acordó ritualmente en 1957, con el
consenso del Frente Nacional.
Los conflictos que emergieron, pusieron a prueba la capacidad
política del Estado en proceso de modernización. Este asumió un
papel peligrosamente ambivalente: procurar la estabilización de los
sistemas político y económico dominantes, a costa de represar las
demandas de la pluralidad de fuerzas sociales configuradas con la
modernización. Caminando y multiplicándose con rapidez, en forma
fragmentada y dispersa, pero orientadas por una crisis política,
las fuerzas sociales de una ambigua sociedad civil sitiaron poco a
poco al Estado, a este desafío se enfrenta hoy día el Estado
Nacional. Es el desafío a lo que podría ser una modernización
incompleta o un ejemplo del fracaso de la utopía de bienestar
general postulada por el capitalismo y sus teorías de
modernización.
Este ensayo es una interpretación de la formación del Estado
capitalista en Colombia, con su modernización y sus crisis, en un
intento de confirmación de una tesis central. Ella plantea la
subordinación, estructural y a largo plazo, del desarrollo político
con respecto al económico, o, en otras palabras, la adecuación de
las relaciones políticas a los objetivos de la acumulación
capitalista. Con racionalidades distintas pero complementarias,
los
sistemas político y económico dominantes han mantenido su
estabilidad, en desmedro del avance de las formas económicas
subsidiarias y de la estabilidad de las expresiones políticas
subordinadas. El Estado ha sostenido una tendencia
antiintervencionista, tanto en lo económico como en lo político.
Pero hay intervención estatal cuando se pone en peligro la
estabilidad de los sistemas económico y político, o la de los
privilegios estamentales precapitalistas que aún sobreviven. La
multiplicación de la violencia ha sido el resultado más visible del
proceso de modernización.
El ensayo se desenvuelve a través de cinco secciones. La
primera, destaca la formación y consolidación del Estado
capitalista, centrado en el cambio de régimen del Frente Nacional,
el cual instauró el monopolio de los partidos Liberal y Conservador
en la administración del Estado. La segunda sección da cuenta del
proceso político transcurrido durante el Frente Nacional, el cual
culminó en la coyuntura de 1974 a 1978, que prolongó el monopolio
bipartidista en el control del Estado. La tercera sección
identifica las características del nuevo Estado, una de las
cuales, el bloqueo a la participación política impidió el
fortalecimiento estatal. Sobre la base de las características del
nuevo Estado, la cuarta sección avoca el proceso crítico
transcurrido entre 1978 y 1990, que desembocó en una coyuntura
similar a la de la finalización del Frente Nacional, en el sentido
de definir la situación política. La última sección señala los
aspectos políticos más destacados de esa coyuntura hasta el quinto
mes de 1991.
1. La formación del pacto político
Ya bien entrado el siglo XX, un clima de modernización surgió en
la sociedad colombiana tras el súbito aumento de los precios del
café en el mercado internacional al inicio de la década de los años
veinte49. La consecuente monetarización de la economía se apoyaba
en los crecientes ingresos cafeteros, en la llamada indemnización
norteamericana por la separación de Panamá y en los empréstitos
externos de esa década. Ello facilitó cierto avance en la
ordenación institucional de un Estado débil suplantado en su
función de cohesión política por la sectaria competencia entre
liberales y conservadores. Sobre estas bases y en medio de los
problemas económicos causados por la Gran Depresión del año 29, se
produjo el primer intento de modernización del Estado. Fue el
experimento de la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo a
mediados de los años treinta. En contra de la mayoría de los grupos
dominantes, básicamente terratenientes, exportadores cafeteros y
emergentes industriales, los cuales se unificaron en torno a un
proyecto autoritario contra la intervención que frenó la mayor
parte de reformas, se logró un avance hacia la autonomía económica,
la liberalización y la secularización del Estado50.
Una década más adelante, tras otro repentino aumento de los
precios internacionales del café por la culminación de la Segunda
Guerra Mundial, irrumpió definitivamente la modernización
social51. Sobrevino de manera arrolladora, impulsando distintos
frentes que se encontraban en curso en una sociedad regionalizada,
fragmentada, atrasada, rural y parroquial. Esos frentes eran el
comercio de exportación e importación, la industrialización y la
urbanización, la descomposición campesina y la proletarización. Los
cambios estructurales que irrumpieron con la modernización pronto
encontrarán la vía del desborde violento de los conflictos52. Esto
ocurrió debido a la incipiente formación de la sociedad civil, a
la falta de unificación de las clases dominantes y, más que todo, a
la carencia de un Estado con capacidad para ejercer mínimamente las
funciones de conducción política institucionalizada con
participación ciudadana.
De esta manera, con un cuasi-estado que se derrumbaba en sus
instituciones53, se traspasó la línea del medio siglo,
ensangrentándola por la violencia que se canalizaba a través de la
competencia entre los dos partidos, orquestada por sus jefes
nacionales. Fue la trágica celebración de una centuria de
existencia de dos colectividades que, más que partidos, eran
intransigentes subculturas políticas. Pero la competencia
partidista por el escaso botín burocrático se presentaba en una
sociedad en plena ebullición, que transformaba con rapidez su
organización. Una sociedad con suficiente diversificación como para
conservar sin grandes desajustes un bipartidismo manejado
oligárquicamente. El bipartidismo buscaba copar, con el uso de
burdas herramientas represivas de un estado artesanal, las mentes
de nuevos estratos sociales con la vieja ideología de matrícula
sectaria a uno y otro bando. Estaba incapacitado para redefinir,
modernamente, sus labores de administrador político de una sociedad
apabullante que lo desbordaba.
Pero, a pesar de las demandas de la sociedad para canalizar sus
desbordes, no existían condiciones sociales ni políticas para
remodelar el Estado. Los dirigentes del bipartidismo se confundían
con el Estado, como expresión del prolongado ejercicio de un poder
oligárquico, vertical y omnímodo. Se pensó redefinir el Estado con
un proyecto de reforma de la constitución de corte corporativo,
adelantado entre los años 52 y 53 por la dictadura civil inspirada
por Laureano Gómez. El proyecto pretendió cambiar el Estado desde
arriba para sacar adelante un solo partido, el conservador, contra
el grueso de la vieja dirigencia bipartidista y las nuevas fuerzas
sociales54. El efecto fue el golpe militar del 13 de junio de
1953, propiciado por una amplia coalición bipartidista, práctica
usada en los momentos críticos. El gobierno militar dio una pausa
de paz para meditar sobre el tipo de estado requerido por un país
que llenaba aceleradamente de campesinos, grupos medios rurales y
nuevas capas sociales sus numerosas ciudades.
La solución surgió tras la reanudación de la violencia y la
utópica ambición del General Rojas Pinilla de sustituir a un
bipartidismo pujante y conflictivo. La fórmula salvadora del Frente
Nacional fue el producto de una confrontación de poderes, en la que
los jefes del bipartidismo, la dirigencia oligárquica55, hicieron
uso excepcional, en 1957, del recurso de movilización social
representado en el denominado Frente Civil. Se llegó a una
coalición política que, como nunca antes, prometía ser duradera56.
Era el cambio, a fondo, de la vieja lógica política de exclusión
burocrática del partido contrario al de gobierno, de la rivalidad
en el arbitrario manejo de un escaso botín presupuestal, del
recurso de control social basado en la identidad sectaria entre
campesinos y hacendados divididos verticalmente por las divisas
partidistas azul y roja. Era el amanecer de una sociedad diferente,
que presagiaba mayores cambios y que integraba, por vez primera,
amplios estratos medios y sectores variados de la población en una
decisión trascendental: el pacto político del Frente Nacional.
Como pacto político de mayorías, el Frente Nacional, formu-lado
en la Reforma Constitucional, el Frente Nacional de 1957, fue el
primero en la historia nacional. Antes de ese acontecimiento, es
difícil hablar de "voluntad de las mayorías". Sus efectos crearon
el Estado capitalista. Anteriormente, hubo avances para colocar al
Estado al servicio de la emergente organización capitalista,
particularmente en el año 36 con la "Revolución en Marcha" del
presidente López Pumarejo, y amagos en 1953 con el proyecto
reaccionario de reforma constitucional durante la dictadura civil
de Laureano Gómez. Ninguno de los dos experimentos fue completo,
principalmente por el atraso de la sociedad, en el primer caso, y
por la falta de unidad política de los grupos dominantes y la
ausencia de participación social, en ambas situaciones.
Las condiciones adversas variaron rápidamente desde 1953,
gracias a la crisis política generada por la violencia, al temor de
su efecto negativo sobre la estabilidad de la economía y a las
contradicciones del fallido experimento de solución con el
gobierno militar. Pronto se removieron los obstáculos y se
aprovecharon las condiciones favorables para el cambio
institucional. Se derivaban de la expansión de las relaciones
sociales capitalistas. En estas condiciones, el objetivo de los
que promovieron el pacto fue articular un sistema de instituciones
estatales que respondiera a las exigencias de una sociedad en
proceso de modernización acelerada. Pero ésta avanzaba de manera
caótica, debido al arraigo de privilegios estamentales de las
clases dominantes, los cuales se confrontaban con la falta de
regulación política de las relaciones de poder de las emergentes
capas sociales.
A pesar de la trascendencia que tuvo, el proyecto nacional de
redefinición del Estado y el sistema político no buscó más allá del
apaciguamiento de la política bipartidista y el sometimiento de los
militares con el fin de restablecer el control político de la
sociedad. Ambos objetivos eran necesarios, aunque no suficientes,
para enfrentar con éxito los desajustes sociales provocados por el
avance del capitalismo. Así mismo, los forjadores del proyecto
supusieron, erradamente, por causa de la preponderancia del poder
oligárquico a través del bipartidismo, que este último llenaba con
creces todas las expectativas de participación de la población,
por tal razón, ubicaron a los partidos, mancomuna-damente, como
garantes y administradores únicos de un proceso que imaginaban sin
mayores conflictos y, por tanto, con capacidad de remodelar las
instituciones de acuerdo con los cambios que ocurrían.
Hasta ese momento, la política, como ejercicio del poder
público, estaba monopolizada por el bipartidismo que copaba todos
los espacios de la incipiente sociedad civil. Eso había sido
posible gracias a que los partidos sustituían funciones de un
Estado precapitalista y débil. El atraso de la sociedad, la
predominante bipolaridad de clases (terratenientes y campesinos),
la tradición autoritaria de una clase latifundista y la
subordinación pasiva de las mayorías que ello conllevaba, hacían
aparecer a las sectarias subculturas políticas liberal y
conservadora como detentadoras de una acogida supuestamente
nacional. Aunque en forma acelerada, la Nación apenas estaba en
proceso de configuración. En estas condiciones, en la fórmula del
pacto político se incluyó, arrogantemente, como natural, el
monopolio bipartidista en el ejercicio del poder.
Sin embargo, el pacto político de mayorías del Frente Nacional
ocultaba el trasfondo de lo que lo facilitó: un fructífero
crecimiento de la economía y una unidad de propósitos de las
emergentes burguesías con los viejos latifundistas, para
salvaguardar tanto el antiguo orden patrimonial como los generosos
resultados de la exportación cafetera y la producción industrial
57. Esos propósitos se habían plasmado a mediados de los años
treinta, cuando, por diferentes vertientes, habían enfrentado al
"peligro bolchevique", calificativo dado al reformismo de la
Revolución en Marcha. Tal unidad de propósitos no había podido
concretarse políticamente debido al arraigo del bipartidismo que
dividía abruptamente el poder público oligárquico.
Este era el precio que había pagado un cimentado logro en el
control social de la población hecho posible por el sectarismo. Por
eso, luego del experimento del gobierno militar y el resurgimiento
de la violencia, se necesitaba modernizar y fortalecer el Estado
para apaciguar los ánimos, tanto del pueblo como de los jefes
políticos, y, a partir de ahí, permitir con el apoyo institucional
la prolongación del nuevo y exitoso modelo de desarrollo. La
continuidad de la política económica durante el Frente Nacional fue
la corroboración de un modelo balanceado, sin posiciones extremas,
que buscó un equilibrio a toda costa entre crecimiento e
inflación.
Sobre esta base, se construyó la nueva funcionalidad de las
instituciones estatales, en un intento de encauzar los conflictos
sociales, con la tácita supervisión de la dirigencia oligárquica
bipartidista que pretendía de esta manera continuar como árbitro
supremo de la sociedad. Se desconocían así las realidades de una
sociedad en rápido proceso de diversificación social, con nuevas
clases y grupos de intereses, y, por tanto, con una variedad de
fuentes de poder. La nueva vida política requería un manejo
abierto, democrático, que eliminara no solamente el viejo
sectarismo partidista y los privilegios estamentales, sino que
impidiera el surgimiento de conductas colectivas de intransigencia
política.
Los dieciséis años de ejercicio constitucional del Frente
Nacional, de 1958 a 1974, cimentaron en el Estado y en el sistema
político algunas características estructurales especiales, junto
con el cumplimiento de los objetivos iniciales de su proyecto
nacional (apaciguamiento de la competencia bipartidista y control
del ensayo de autonomía militar) y con los efectos que provocó la
ausencia de una proyección democrática. La modernización del
aparato estatal y la estabilización de la economía dominante fueron
las características de más rápido desarrollo. Pero el monopolio
político y el usufructo estatal del bipartidismo fue lo que tuvo
mayor incidencia. Contrastaba con su debilitamiento acelerado por
la pérdida del sectarismo y, sobre todo, con su falta de
representatividad en los numerosos sectores surgidos de la
diversificación social. Esto produjo serios desbalances que dieron
al traste con la necesaria fortaleza política que requería el
Estado para controlar la pluralidad de la sociedad. La debilidad
estatal se reflejó en el recurso oficial de la represión, cada vez
que surgían posiciones críticas al sistema.
El objetivo de modernización de la burocracia le dio el perfil a
las instituciones de un Estado capitalista resultante del primer
consenso con ribetes de proyecto político nacional. Hasta el pacto
político, la distribución tradicional de los niveles nacional,
departamental y municipal en las tres ramas del poder público
cubría todo el escenario burocrático. Además, estos dos últimos
superaban en número de funcionarios al nivel central o nacional.
El conjunto era modesto en volumen y crecimiento, pues escasamente
llegaba a los 130.000 empleados públicos en 195758. Por efecto de
la nueva organización se invirtieron las tendencias de crecimiento
burocrático. Se inició un aumento sostenido del nivel central que
superó, entrada la década de los años setenta, a los dos restantes.
Fuera de ello, la expansión del conjunto se aceleró
significativamente. Ya en el año 72 el número de funcionarios
públicos se acercaba al medio millón y 15 años más tarde al
millón59. La ampliación del sistema educativo tuvo gran peso en el
proceso.
Pero el crecimiento burocrático no fue solamente cuantitativo,
también se presentó diversificación. Paralelamente a la
organización tradicional que se amplió con una serie de
departamentos administrativos aparte de las áreas electoral,
fiscalizadora, y de control, emergió un sector denominado
paraestatal o de organismos descentralizados. Estos se
establecieron más que todo en el nivel nacional, pero también
aparecieron en los otros dos niveles. En pocos años entraron a
competir en volumen de presupuesto y de personal con el esquema
tradicional60. Las decenas de establecimientos públicos, las
empresas industriales y comerciales del Estado y las sociedades de
economía mixta completaron el panorama de un complejo aparato
burocrático con visos de gran modernidad, pero enredado en su
organigrama y sus funciones. Tal complejidad iría a trascender más
adelante, al ser usada de manera clientelista en beneficio de la
reproducción bipartidista y la corrupción, y en detrimento de la
eficiencia administrativa para la que la modernización
supuestamente se había establecido61.
La modernización de las instituciones del Estado fue funcional a
la necesidad de abrir nuevos espacios sociales y ocupacionales para
las nuevas clases, producto del desarrollo del capitalismo. La
expansión del gasto público, especialmente del gasto social, fue el
soporte y complemento del crecimiento institucional. Del 19 por
ciento del gasto público en que habían permanecido hasta mediados
de la década de los años cincuenta, los gastos sociales alcanzaron
el 32 por ciento en 1978, dentro de un expansivo presupuesto
nacional62. De esta manera, la proliferación de estratos,
principalmente de las nuevas clases medias, encontró la más
importante forma de acomodo en la sociedad. Fue la más efectiva
válvula de escape para la inestabilidad social, producto de los
cambios estructurales y la violencia. Pero este apoyo para la
continuidad de las formas de dominación no correspondió con el que
se requería para el fortalecimiento político del Estado. El proceso
que se desató con posterioridad a la finalización de la
alternación presidencial, en 1974, dio al traste con esa
necesidad.
La segunda característica que cimentó el ejercicio del Frente
Nacional fue la institucionalización de la estabilidad económica
alcanzada de hecho con anterioridad. La estabilidad política buscó
su contraparte en el manejo de la economía. Sobre la base de las
exigencias de racionalidad en el manejo económico por parte de los
organismos multilaterales de crédito, como el Banco Mundial y el
Banco Interamericano, el primer gobierno frentenacionalista creó
el Departamento Nacional de Planeación. Pero la innovación mayor se
presentó en el siguiente gobierno. Consistió en el paso del control
monetario a manos exclusivamente oficiales a través de una Junta
Monetaria de carácter técnico. El monopolio de emisión permaneció
en el Banco de la República, una entidad mixta. Se creó, además,
el Consejo Nacional de Política Económica y Social, Conpes, como
control técnico-político de las decisiones del Ejecutivo. Se
planteaba, así, la posibilidad de separar las políticas partidista
y económica, aunque el ejercicio en materia de política económica
dependía en buena medida de las decisiones del Ejecutivo y el
Legislativo.
La separación de políticas vino a hacerse efectiva a raíz de la
necesidad de enfrentar la crisis externa que afrontaba el Estado
por causa de la expansión fiscal con que se impulsó inicialmente el
reformismo del Frente Nacional. La solución se adelantó durante el
tercer gobierno del Frente Nacional, el de Carlos Lleras Restrepo,
entre 1966 y 1970. La visión política y el ejercicio tecnocrático
de este gobierno quedaron materializados en los resultados que,
para el fin que se discute, proporcionó la Reforma Constitucional
de 1968 y otras medidas entre las que sobresale el Decreto 444 de
1967, el cual unificó y permitió la regulación de la tasa de cambio
internacional y del control de los flujos de capital.
La reforma Constitucional, aprobada finalmente por el Congreso
gracias a las prebendas económicas y gremiales que le brindó el
Ejecutivo, le quitó la tentación al Legislativo de mezclar la
política partidista con la política económica. La Reforma le restó
al Congreso iniciativa legislativa y lo limitó en el manejo de los
asuntos económicos. En el Ejecutivo quedó la responsabilidad del
gasto público y la tributación, aparte de que podía legislar
transitoriamente a través de la novedosa medida de declarar la
"emergencia económica" (artículo 122) cuando la perturbación del
orden no fuese de carácter político sino económico. Algo así como
un "estado de sitio económico". Se despolitizó al Congreso, en el
sentido de minimizarle sus funciones institucionales, y la
autocracia del Ejecutivo quedó disimulada con el creciente control
que, a partir de allí, adquirieron los Congresistas sobre los
mecanismos de reproducción del sistema político a medida que su
labor se hizo acentuadamente gremial.
La estructura estatal que se desarrolló hubiera sido difícil de
lograr de no existir una coincidencia previa de principios en los
grupos dominantes estratégicos, como se mencionó. Después de
detener las reformas de la Revolución en Marcha, la integración de
intereses económicos hizo posible el nacimiento del Frente Nacional
y permitió alcanzar la continuidad en el manejo de la política
económica. La integración se amplió con la creación progresiva de
gremios empresariales, como expresión de la organización social
del capitalismo. Fue una defensa frente al avance de la
intervención del Estado en la economía; una forma de volcar la
intervención a su favor. Por ello, el desarrollo gremial se dio en
forma paralela con el avance intervencionista63. Una especie de
corporativismo en la sombra que, si bien tiene fisuras y tendencias
varias, no transige sobre sus principios fundamentales64. Por esta
razón de peso, el Estado nacido del Frente Nacional ha fracasado en
las reformas cuando sus gobiernos han intentado salirse de la línea
predeterminada por la integración de los intereses dominantes. El
Estado ha tendido hacia su privatización, al defender no sólo
privilegios modernos sino premodernos.
En Colombia no han tenido cabida los "extremismos" en materia de
política económica y los gobiernos contemporáneos no se han alejado
del "centrismo" ideológico. No han existido, en el sentido estricto
de la palabra, modelos de desarrollo, ni modas proteccionistas o
neoliberales, estructuralistas o monetaristas. La pauta ha sido una
práctica combinación de líneas medias, entre sustitución de
importaciones y promoción de exportaciones, entre un poco más y un
poco menos de aranceles, entre incentivos y restricciones a la
actividad privada, y entre inercia estructuralista cepalina y
monetarismo de organismos internacionales.
En el país no han tenido éxito las políticas sociales o
económicas que han buscado romper con los patrones de
concentración de capital e ingreso que le dan continuidad a la
acumulación sostenida de capital y a los privilegios
terratenientes. El ejemplo más sobresaliente es el del fracaso de
la Reforma Agraria promulgada en 1961 dentro del espíritu cepalino
y el ímpetu reformista inicial del Frente Nacional. Ella se frenó
especialmente con la incapacidad gubernamental de canalizar las
inquietudes de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, ANUC,
fundada por el gobierno en 1969, con el complementario acuerdo de
Chicoral entre gobierno y terratenientes en 1972, y con las Leyes
4ª y 5ª de 1973 y 6ª de 1975 que legalizaron la contrarreforma
agraria65.
Aparte de la frustrada Reforma Agraria y una tenue política
redistributiva al inicio del Frente Nacional, solamente hubo un
intento débil de redistribución del ingreso durante el gobierno del
presidente Barco. Por eso, la redistribución del ingreso entre las
varias clases y capas sociales que han emergido ha sido más por
obra y gracia del remolino de los cambios estructurales producidos
por la modernización y la consecuente dificultad en la
estabilización social que por las políticas programadas para tal
fin. Ha sido más una redistribución por causa de la aparición de
nuevas capas sociales que por la pérdida de unas a favor de otras.
El ensanche del sistema educativo ha sido casi el único factor
redistributivo. Como lo muestran distintos estudios, la
distribución del ingreso continúa como una de las más concentradas
de América Latina, y lo sería más si se tuvieran en cuenta las
rentas de capital y la propiedad territorial, sobre todo la
rural66.
La misma estructura tributaria del Estado se contrapone a las
políticas sociales redistributivas. Sólo desde 1935 el Estado pudo
organizar un sistema de tributación directa. Con la modernización
estatal se abrieron nuevamente las puertas a la tributación
indirecta que había reducido su importancia. En 1965 se inició el
recaudo por impuesto a las ventas y en la década siguiente su
valor sobrepasó al de la tributación directa. La sofisticación
posterior, y gran número de pequeños impuestos, han colocado a la
tributación indirecta y a su carácter indiscriminado como la
fuente principal de los recursos ordinarios del Estado
institucional. La resistencia a la redistribución económica se ha
reflejado también en las periódicas amnistías y reformas
tributarias (1960, 1967, 1974, 1983 y 1986).
Además, la concentración de la riqueza y el ingreso guardan
relación con el problema del desbalance regional en la
modernización social. El sistema institucional del Estado es un
reflejo del desarrollo desigual acentuado con el Frente Nacional.
El carácter centralista del sistema67 provocó un abultamiento de
recursos en las entidades ubicadas en los mayores centros urbanos.
El deterioro progresivo de la administración local dejó en la
miseria fiscal a la inmensa mayoría de los municipios, situación
agravada por la crisis del bipartidismo. Un mecanismo de
compensación utilizado para contrarrestar el centralismo de la
Reforma del 68 fue el llamado situado fiscal, el cual garantiza la
cesión a los municipios de una parte de los ingresos nacionales por
impuesto a las ventas68. Aunque posteriormente se amplió la
participación durante el gobierno del presidente Betancur con la
llamada descentralización del Estado, de ninguna manera soluciona
el creciente desequilibrio en el desarrollo regional que, en el
fondo, es un subproducto del crecimiento mismo del capitalismo.
2. La revolución de las expectativas
Las previsiones gradualistas del llamado "desmonte del Frente
Nacional", expuestas en la Reforma Constitucional de 1968, se
encontraron al inicio de su ejecución, en 1974, con un Estado ya
caracterizado. Sus dos éxitos, primero, como factor de integración
de los nuevos grupos sociales, esto es, como amortiguador político,
y segundo, como medio de continuidad de las tendencias económicas,
permitieron que la clase política siguiera usufructuando la
administración del Estado por su papel de gestor de esos éxitos. El
desempeño político del gobierno del presidente Alfonso López
Michelsen (1974-1978), a quien le correspondió definir las pautas
de prolongación o cambio de la pesada herencia frentenacionalista,
condicionó el trágico proceso político subsiguiente hasta
1990.
El presidente López se encontró con el legado político del
reformismo del gobierno de Carlos Lleras Restrepo (1966-1970). El
equilibrio entre las políticas económica y partidista durante los
dos primeros gobiernos del Frente Nacional (Alberto Lleras Camargo,
1958- 1962, y Guillermo León Valencia, 1962-1966) se resquebrajó
desde el inicio del tercero de ellos. Carlos Lleras afirmó la
continuidad en el manejo estatal de la economía, pero a costa de
centralizar tecnocráticamente el poder de decisión del Ejecutivo,
despojar de sus funciones estatales al Legislativo, ignorar al
judicial, plantear la autonomía en el manejo del orden público por
parte de los militares y lanzar al bipartidismo a la voracidad de
quienes buscan su representación pública69. Fue el sacrificio de un
futuro democrático, en aras de "asegurar las cargas" en lo
económico: la economía de los oligopolios como fin último de la
política. Fenómenos de la sociedad civil en formación, que hubieran
podido contrarrestar efectos anómalos de esas decisiones, fueron
víctimas de la ausencia de un mejor criterio político del
presidente Lleras Restrepo, el desmantelamiento de la politización
estudiantil dentro de cauces institucionales y la ruptura de la
posibilidad del nacimiento de un tercer partido por la represión
electoral a la Alianza Nacional Popular, Anapo, del General Rojas
Pinilla, son ejemplos de casos que frenaron la necesidad de
expresión política de las fuerzas sociales en ebullición70.
El apuntalamiento de la heredad del Frente Nacional continuó con
el último de sus gobiernos, con mejor criterio político que su
antecesor, pero dejándose llevar por la corriente, el presidente
Misael Pastrana Borrero (1970-1974) demostró por qué lo empujaron
a la presidencia con tanto tesón quienes asumieron la tutela
patriarcal del nuevo régimen: el Expresidente conservador Mariano
Ospina Pérez y el liberal Alberto Lleras Camargo. Asegurados los
medios estatales de continuidad en la política económica se podía
avanzar en la diversificación empresarial dando vuelo a un sector
rezagado en el país, pero pujante en el contexto internacional, el
financiero. La respuesta fue la creación de un mecanismo que
cumplía a la vez funciones opuestas de estímulo a la especulación
financiera y al ahorro para la satisfacción de la necesidad social
de generar vivienda. La Unidad de Poder Adquisitivo Constante,
UPAC, añadió un elemento perturbador para el control inflacionario,
en beneficio de los sectores especuladores71. Además las UPAC
dieron la bienvenida a un desdibujado neoliberalismo, ampliado en
el gobierno siguiente con mecanismos de beneficio al sector
financiero.
A pesar de no haber ocupado nunca las curules del Congreso, el
presidente Pastrana dio muestras de saber cómo se manejan las
relaciones políticas. Dos hechos marcan esa habilidad: el
desmantelamiento de la Reforma Agraria y el paso a la
profesionalización de la clase política. En el primero de ellos,
el beneficio al sector financiero de la economía con las UPAC
corrió parejo con el favorecimiento a la vieja y poco productiva
clase terrateniente. El Acuerdo de Chicoral comprometió al Estado
a no cumplir con lo ordenado una década antes por la Ley 135 de
1961 sobre Reforma Agraria. Ese vacío político fue llenado por las
Leyes 4ª y 5ª de 1973, que limitaron las condiciones de
expropiación de tierras por parte del Estado y pusieron a
disposición de los terratenientes ventajosos recursos de capital
para la modernización de la producción agropecuaria. Estas medidas
legislativas complementaron la represión estatal contra la
organización campesina de la ANUC y el fomento de su división. Se
aseguraba la tendencia de desarrollo capitalista en el campo por
la vía terrateniente y, a la vez, se permitía la permanencia de los
rezagos de las haciendas precapitalistas72.
La llamada clase política73 (policlasista en su composición
social) recibió su grado profesional durante la administración
Pastrana. El pánico que los sectores dominantes trasmitieron al
sistema político ante la arrolladora votación de la ANAPO en las
elecciones de 1970, sirvió de base para que la clase política
cerrara aún más el sistema y buscara mantener los beneficios sólo
en manos del bipartidismo. La clase política dejó de ser una
heterogénea agrupación artesanal, para convertirse en una especie
de casta profesional, dada la tendencia a la homogeneidad en una
labor vitalicia y a cerrar el ingreso de miembros que no
provinieran de su propia capacidad de reproducción política. Para
el efecto, los políticos se apoyaron en las prebendas derivadas
del proceso que desembocó en la Reforma Constitucional del 68, las
cuales abrían las puertas para la apropiación privada de recursos
estratégicos del Estado en fines políticos. Usaron las premodernas
prácticas de "gamonalismo", "compadrazgo" y "manzanillismo" para
profesionalizarlas a través de un moderno clientelismo, y llenar
así el vacío político de las funciones parlamentarias de que
habían sido despojados. La acumulación y reproducción de un
capital político constituyeron la base para que esa labor se
hiciera profesional. El carácter cerrado de casta se derivó de las
condiciones establecidas para renovar las curules de los tres
niveles estatales del llamado poder legislativo. Quedaron
protocolizadas la inoperancia del Legislativo, la libertad de
acción del Ejecutivo, la corrupción administrativa y el abandono de
la justicia74.
La profesionalización de la clase política fue facilitada por la
diversificación social surgida de los cambios en la estructura de
clases por la intensa modernización. Fue un ascenso de grupos en la
escala social, que sirvió para democratizar el acceso a los cargos
de dirigencia política y despojarlos del manejo de los que en el
país aún se denominan los "jefes naturales". Un largo proceso que
ha socavado el poder de la oligarquía que sufre una lenta agonía, y
que ha servido para entronizar el ascenso de los jefes regionales
al primer plano del manejo bipartidista. No obstante, la
democratización de la dirigencia política se truncó con la creación
de variadas barreras de defensa que han cerrado todavía más el que
puede llamarse "sistema político del clientelismo"75.
El gobierno de López Michelsen fue el primero elegido
electoralmente sin la alternación partidista presidencial. El uso
de la libertad formal de la democracia representativa quedó
empañado por la demostración del poder oligárquico que tuvo esa
elección: la competencia de tres candidatos presidenciales hijos de
otros tantos ex presidentes76. Pero esa imagen negativa se superó
con la elección de quien representaba la esperanza, el cambio hacia
la ampliación de la participación política, de quien había sido,
entre todos los "jefes naturales", el único crítico del Frente
Nacional cuando comandó la disidencia del Movimiento
Revolucionario Liberal, MRL.
López se encontró con los efectos de dieciséis años de crecido
gasto público en el fomento del desarrollo capitalista y la
integración de amplios sectores de la sociedad. Por ello, la
orientación de la política económica estabilizadora se ocupó más
del plano interno que del externo. La reducción del déficit fiscal
y la inflación fueron las metas. Al mismo tiempo, se acentuó la
tenue tendencia neoliberal del gobierno anterior. La disminución
del fomento hubiera podido compensarse por medio de un manejo
distinto de la bonanza en los precios internacionales del café
surgida a mediados de 1975. El Presidente fue reticente a la
socialización del excedente de las exportaciones. El café, eje de
la modernización del país y base del surgimiento de la burguesía
más mimada por el Estado y del gremio más poderoso del país77,
hubiese podido ser un remedio adecuado para compensar las
limitaciones económicas que se vivieron. Con el lema "la bonanza es
de los cafeteros", el presidente López Michelsen ratificaba,
quizás, el origen de la fortuna de su familia78.
Adicionalmente a la orientación elitista, reflejada también en
la composición social de su gabinete, en el año 75 se promulgó la
Ley 6ª que respaldaba el proceso de concentración de tierras al
favorecer a los terratenientes en sus conflictos con los
campesinos, provocados por las difundidas relaciones de aparcería.
Y para no dejar dudas sobre la muerte real de la Reforma Agraria,
se crearon como sus sustitutos el Programa de Desarrollo Rural
Integrado, DRI, y el Plan de Alimentación y Nutrición, PAN. Estos
programas tuvieron su origen en los planes desarrollistas ideados
internacionalmente por agencias multilaterales79.
A pesar del rígido legado recibido de sus antecesores, el
gobierno de López fue decisivo para proyectar las reglas del juego
político subsiguiente. Perdió la oportunidad de lanzar medidas
redistributivas en el campo de la política económica. Aparte de
negativa al uso social de la bonanza cafetera, en momentos en que
era necesario dada la crisis fiscal que encontró, la amplia reforma
tributaria de 1974 gravó tímidamente al capital y a los grupos de
altos ingresos. Al igual que el resto de las reformas tributarias
ejecutadas desde 1960, su dinámica de recaudación de ingresos
estatales perdió fuerza a los pocos años. La ausencia de reformas
efectivas en el campo económico durante "el gobierno de la
esperanza" determinó que, con la estructura actual, el Estado
colombiano difícilmente pueda hacer del desarrollo capitalista un
proyecto político de carácter nacional.
Pero si en el campo económico no se logró dar el vuelco que
requerían las necesidades, en el plano puramente político ocurrió
otro tanto. El gobierno fue fiel intérprete del parágrafo del
ordinal primero del artículo 120 de la Constitución nacido de la
Reforma del 68. "La participación justa y equitativa del segundo
partido en votación" la concedió a su rival electoral, Alvaro Gómez
Hurtado, lanzando a los oficialismos llerista y ospinista a la
oposición. Fue la ratificación oficial de la fragmentación
bipartidista y de la prolongación de hecho de la convivencia del
Frente Nacional. Al sistema político se le abría el camino para
hacer compatibles un régimen limitado en la participación
ciudadana con los adversos legados frentenacionalistas como la
profesionalización de la clase política.
El Gobierno trató de enmendar la ausencia de proyección política
con la herramienta más socorrida por los mandatarios que han
querido pasar a la historia como reformadores sin serlo: la reforma
constitucional. El intento de cambio de la Constitución fue el
sustituto que el gobierno del presidente López ofreció a la
sociedad para rejuvenecerla políticamente. Presentó al Congreso un
proyecto para convocar una Asamblea Constitucional, denominada
popularmente "Pequeña Constituyente", con el fin de adelantar
reformas que se relacionaban básicamente con asuntos de carácter
administrativo para dar participación a las comunidades locales en
la selección de sus administradores y aumentar su capacidad
presupuestal para la solución de las necesidades de servicios
públicos. Así mismo, buscaba reformar la administración de justicia
y la jurisdicción constitucional80. Tras la discusión en dos
legislaturas consecutivas como es el rigor constitucional, el
proyecto fue aprobado en el año 77. Pero naufragó ante la Corte
Suprema de Justicia que lo declaró inconstitucional en mayo del año
siguiente, tres meses escasos antes de finalizar ese gobierno su
mandato.
No hay duda que durante ese tiempo el país atravesaba un momento
crucial. Se trataba de decidir sobre la continuidad del régimen o
su redefinición. Era una situación crítica en la cual la
movilización social estaba a la orden del día. De hecho, el auge
de los "paros cívicos" constituyó el punto de partida de la
Reforma, según la exposición de motivos del Gobierno ante el
Congreso. No obstante, la pequeña Constituyente no atacaba el
meollo del problema. Era una respuesta a necesidades importantes
pero no fundamentales que hubiera podido plantearse como parte de
una amplia propuesta con contenido nacional. El Acto Legislativo
aprobado por el Congreso se enmarcaba dentro de un clima de tibio
neoliberalismo descentralizador del Estado, liberador de
responsabilidades del Ejecutivo central. Era la expresión de un
gobierno sin iniciativa hacia el futuro, a la zaga de los
acontecimientos, que únicamente atendía, en el orden en que
ocurrieran, las presiones de los grupos sociales que las coyunturas
volvían explosivas. El gobierno de López se lavó las manos cediendo
una palabra limitada en su poder a las dos restantes ramas del
poder público.
El indicador más claro de las dimensiones del problema y de la
responsabilidad que no supo ni quiso afrontar el Gobierno en este
momento crítico fue el paro nacional del mes de septiembre del año
77. Ese paro, que conmocionó a las clases dominantes, fue propuesto
por el tradicionalmente débil y fragmentado sindicalismo81. Por su
concurrencia, fue un éxito desde la perspectiva de sus
organizadores, pero el Gobierno respondió con la más dura
represión. Estaba próximo el ejercicio pleno de la autonomía
militar en el manejo del orden público. Era el producto de casi
veinte años de ausencia de una política de Estado en el orden
militar. Largos años de improvisaciones con ocupación de las
Fuerzas Armadas en labores ajenas a sus funciones castrenses. La
respuesta represiva militar abrió el camino para llenar,
contradictoriamente el vacío de participación política en un
ambiente asfixiado por el monopolio bipartidista en la
administración del Estado. El anuncio del avance militar se hizo
público tres meses después del paro, con la carta de los Generales
y Almirantes de Bogotá al Presidente exigiéndole mano dura a los
que ellos consideraban los progresos de la subversión82.
3. El Estado que todos buscan
La anhelada fortaleza política del Estado concebido por los
artífices del Frente Nacional se manifestó principalmente por medio
del crecimiento de su burocracia y sus recursos. Esta envoltura de
fortaleza inició su deterioro con la aparición, a mediados de los
años sesenta, de guerrillas radicalizadas (Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia, FARC; Ejército de Liberación
Nacional, ELN, y Ejército Popular de Liberación, EPL), expresión
nacional de la nueva izquierda latinoamericana y herederas de la
violencia bipartidista83. Su presencia desafiaba el principio del
monopolio de la fuerza, tan caro para los Estados del capitalismo.
A este hecho, agravado en la década siguiente con el surgimiento
de nuevos grupos armados, particularmente el Movimiento 19 de
Abril, M-19, se sumaban las limitantes de la democracia, derivadas
del sistema que se configuraba, tales como el moderno clientelismo
y el entrabe de funciones entre el Ejecutivo y el Legislativo.
Además, quedaban lastres del antiguo sistema, como el legado de la
oligarquía. A pesar de estos contratiempos, dos factores
principales servían para disimular las debilidades estatales: 1º la
estabilidad del sistema político, proveniente de la administración
bipartidista del Estado, y 2º la búsqueda de protección estatal por
parte de las organizaciones emergentes de la sociedad civil para la
satisfacción de sus necesidades.
El Estado que surgía de la coyuntura del gobierno de López, el
cual definió el curso del legado frentenacionalista, se
caracterizaba por una contradicción. El abierto respaldo político
estatal a los sectores dominantes contrastaba con la extrema
dificultad que tenían el resto de los numerosos grupos sociales de
beneficiarse del Estado. Buscaban su patrocinio como garantía de
estabilidad para sus relaciones sociales, pero se enfrentaban con
canales de participación y de representación políticos bloqueados
por la nueva configuración del sistema de poder. Esos estrechos
canales reflejaban un híbrido entre el pasado precapitalista y la
modernidad política de los últimos veinte años. Con ellos, el
Estado estaba incapacitado para responder adecuadamente a los
sectores sociales emergentes que buscaban la legitimación política
de un espacio social más confortable.
El bloqueo político que el nuevo sistema exhibía se identifica
por medio de tres barreras principales:
1. El clientelismo de un bipartidismo con monopolio de poder
institucional, pero incapaz de responder en ese plano a los
requerimientos sociales.
2. Los reductos oligárquicos del sistema político en una
sociedad ansiosa de nuevos espacios de participación, y
3. El entrabamiento de funciones entre el Ejecutivo y el
Legislativo en un Estado enfrentado a exigencias de flexibilidad.
Estas barreras influyeron en el proceso político hasta 1990,
presionadas por la necesidad de protección del Estado que tenían
los miembros de sectores sociales emergentes que adquirían
condición de ciudadanía.
Los arquitectos del Frente Nacional cargaron con una especie de
atavismo paternalista proveniente de la búsqueda de protección del
Estado por parte de diversos grupos sociales. La actitud política
de las fuerzas de la sociedad se orientó a identificar al Estado
moderno como su salvador. El objetivo tutelar lo perseguían no
solamente quienes lo rodeaban, sino también fuerzas que irrumpían
con alternativas para la organización estatal, como el MRL y la
Anapo. Pero como el pacto fue respaldado por una movilización
social y un consenso apreciables, estas fuerzas aparecían como
antítesis del sistema aunque nunca lo desafiaran. Más bien lo que
buscaban era trato preferencial por parte del Estado.
Dentro del mismo patrón paternalista, pero menos claro en
apariencia, el surgimiento de guerrillas radicalizadas representó
la búsqueda de la sombra protectora del Estado por parte de
campesinos en proceso de descomposición y de grupos y estratos
medios que brotaban de la modernización desordenada del
capitalismo. La dificultad de obtener un espacio estable de
participación política y social por medio de los obstruidos cauces
institucionales, los impulsó a recurrir a la violencia para
apoderarse de un Estado que les era esquivo. Se seguía así la
enseñanza bipartidista de la etapa de la violencia que apenas se
extinguía.
Las demandas de protección del Estado, tanto de quienes se
ocultaban tras su sombra como de quienes se envalentonaban para
capturarlo, disfrazaron la debilidad política de un ente
incapacitado para aprovechar condiciones favorables de consenso
social, requisito necesario pero no suficiente para cumplir un
papel unificador de la nacionalidad.
El paternalismo del Estado entrelazó las tres barreras
mencionadas con que el sistema cierra las compuertas de la
participación. La primera, el clientelismo, se muestra como lo
contrario, como una amplia puerta de entrada al mundo de la
política. Absorbe y es absorbido por un bipartidismo que disimula
así la ausencia de organización institucional. El clientelismo fue
el instrumento que la clase política usufructuó para crecer y luego
encerrarse en sí misma y tratar de perpetuarse. Ocurrió
rápidamente, ya que el clientelismo proporciona un fácil recurso
para la estabilidad política institucional requerida por el
desarrollo del capitalismo. Es un refuerzo a la acumulación de
capital para no alterar los patrones de concentración de ingresos,
bienes y servicios. Mientras el capital avanza en su reproducción a
expensas de clases y regiones deprimidas, la estabilidad política
del sistema la aseguran los jefes del bipartidismo por medios
clientelistas. Con la garantía de supervivir como casta, la clase
política apuntala la continuidad de un sistema apropiado para la
economía dominante. Se trata, sin duda, de un titánico esfuerzo
para mantener una democracia formal en un ambiente en el que los
conflictos sociales desbordan, por medios violentos, la capacidad
del clientelismo para satisfacer en forma personalizada viejas y
nuevas necesidades a costa de los recursos del Estado.
La manera de hacer política refleja un Estado que difícilmente
trasciende las limitaciones de las relaciones de clientela para
satisfacer intereses de los grupos mayoritarios; un Estado que
atiende las necesidades de la sociedad en la medida en que sus
actos se ajunten al objetivo primario de reproducción de los
políticos profesionales; un Estado con su capacidad política en
entredicho, es decir, con el interrogante sobre el momento en que
se desborde la estabilidad del sistema político del clientelismo
como consecuencia de la inestabilidad producida por los conflictos
sociales.
La segunda de las barreras del sistema para la participación es
la sorprendente sobrevivencia de la oligarquía a la modernización y
la diversificación sociales. Los reducidos grupos que dominaron la
escena del poder político no sólo se dieron el lujo de proyectar
la modernización del Estado sino que continuaron a la espera de
seguir rigiendo los destinos patrios desde su máxima jefatura.
Aunque desafiada por la cosecha de "caciques" del clientelismo,
producto de la persistente regionalidad en un mundo que se
moderniza, la tradición de los "jefes naturales" de ambos partidos
opera casi como el único recurso de articulación del faccionalismo
a que están sometidas las dos colectividades84. Con la reanudación
de la competencia presidencial, a partir de 1974 con López
Michelsen, permanecieron en la ya no tan rigurosa "fila India"
Turbay Ayala, Alvaro Gómez, Belisario Betancur, los ex presidentes
y unos nombres un tanto nebulosos, como el de Virgilio Barco, que
esperaban turno para ser llamados en el momento en que la
dispersión de su partido amenazara la existencia de la
organización. La permanencia en el juego político de un núcleo
conocido de figuras evitaba sobresaltos y apoyaba la estabilidad. Y
parte de ésta consistía en controlar la intromisión de fuerzas poco
familiares.
Pero la institución que sin duda refleja más el legado de la
oligarquía precapitalista es el "club de ex Presidentes". Su poder
político proviene de dos fuentes principales que lo hacen posible.
La primera, consiste en la función de disciplinar la tradicional
fragmentación del bipartidismo, que lo identificó desde el siglo
XIX como un par de agregados de facciones regionales. Finalizado
formalmente el Frente Nacional, el fenómeno de la fragmentación
requería más que nunca de la mediación política para racionalizar
la competencia y dirimir los enfrentamientos entre las numerosas
facciones liberales y conservadoras. Los ex Presidentes están
hechos para ello, como herederos más que simbólicos de la república
oligárquica. Pero su gran poder de mediación contrasta con la
imposibilidad de satisfacer sus no siempre ocultas ambiciones
reeleccionistas. La competencia en el mismo club asegura la
eliminación de sus aspiraciones.
La segunda fuente de ejercicio del poder de los ex presidentes
proviene de la misma Presidencia de la República. El Frente
Nacional instituyó el club de ex mandatarios como una especie de
consejería presidencial para los momentos de incertidumbre y
conflicto políticos. Esta institución ha dado trazas de
prolongarse no solamente por la continuidad de la administración
monopólica estatal del bipartidismo, sino también por las
dificultades del ejercicio político que engendró la Reforma
Constitucional del 68 entre las Ramas Ejecutiva y Legislativa del
Poder Público. La capacidad de opinión y legitimación de las
decisiones presidenciales de esta consejería se ha constituido
también, eventualmente, en garantía para asegurar una estabilidad
que frene la intromisión de fuerzas extrañas al sistema.
La tercera barrera con que el sistema controla el proceso de
toma de decisiones, vale decir, la conservación de la estrechez de
los canales de representación y participación ciudadanas, es el
entrabamiento de la función política entre el Legislativo y el
Ejecutivo. A pesar del gran poder del presidencialismo85,
proveniente de la misma Constitución de 1886 y de reformas como la
del año 68, el ejercicio de ese poder institucional se encontró con
una serie de obstáculos que han dificultado en grado sumo
eventuales cambios que alteren la paralizante estabilidad del
sistema.
El primer obstáculo ha sido el fraccionamiento de los dos
partidos reflejado en el Congreso. Se ha hecho más explícito a
medida que fracasan los mecanismos de sanción social por
inmovilismo del Congreso, como las denuncias periodísticas. Con el
abierto faccionalismo en el Congreso, el Ejecutivo se quedó
definitivamente sin partido de gobierno que defienda su gestión.
Este ha sido sustituido con el incremento de negociaciones de tipo
clientelista con cada una de las cabezas de las múltiples facciones
legalizadas y legitimadas por la posesión de una curul, facciones
que a manera de minipartidos operan de manera horizontal en la
política institucional. El privilegio presidencial de diseñar la
agenda política quedó desbordado por las dificultades para ponerla
en práctica.
El segundo gran obstáculo que entraba las relaciones entre el
Ejecutivo y el Legislativo ha sido lo que algunos autores llaman
"el poder negativo del Congreso"86. Se refiere a las paradójicas
dificultades que tiene el Presidente, a pesar de la iniciativa
legislativa del Ejecutivo, para adelantar reformas por vía del
Congreso. Las exigencias a las reformas constitucionales, sujetas a
la aprobación de la mayoría absoluta (las electorales, de las dos
terceras partes) de cada una de las dos Cámaras en dos
legislaturas sucesivas, han hecho fracasar varios intentos de
modificación constitucional. Así mismo, la distorsión en la
representación parlamentaria de las fuerzas actuantes en la
sociedad impide que se defiendan muchos proyectos, bien sea por
falta de interés o porque afectan a los que están
sobrerrepresentados. Es conocido el exceso de representación rural
y, por tanto, el del latifundio tradicional en el Congreso, en
buena medida por su negativa a aprobar los últimos censos de
población que registran la urbanización del país. También es
conocida la representación extra de áreas marginales, como el
Chocó, la cual, contradictoriamente, no ha servido para sacarlas
de su extrema condición de atraso. El mantenimiento del statu quo
se convirtió en garantía de la clase política para su existencia
como casta.
A pesar del entrabe entre el Ejecutivo y el Legislativo, su
relación conjuga dos tipos de funcionalidades estabilizadoras: la
de los sistemas político y económico, y la de la clase política
usurpadora de los nombres de dos partidos inexistentes en la
práctica. En las elecciones, donde han tenido presencia
apabullante gracias al férreo control bipartidista del sistema
electoral, se han reemplazado los rótulos de liberal o conservador
por los nombres de las numerosas facciones y los de sus
jefecillos.
El inmovilismo institucional ha estimulado la permanencia de
otro factor que proviene del desborde violento de los conflictos
sociales. El Ejecutivo se ha engolosinado con el uso de otra de las
prerrogativas constitucionales del presidencialismo: el estado de
sitio, las condiciones de su uso y abuso estaban creadas desde
antes del advenimiento del pacto social. El recurso del artículo
121 de la Constitución conjugó la búsqueda de solución del entrabe
a la gobernabilidad por parte de la clase política en el Congreso,
con los requerimientos de represión derivados de la incapacidad
política del Estado de manejar el orden público subvertido por
quienes creen que la vía guerrillera es la mejor para acceder a la
participación política negada por el sistema. El artículo 122, el
de la emergencia económica, creado por la Reforma del 68, se sumó a
la excepcionalidad necesaria para pasar por alto el entrabe del
Legislativo. La retórica de defensa del Estado de Derecho pasó a
ser un recurso cada vez más hueco.
Pero el camino anterior del presidencialismo se cerró
parcialmente con la exigencia constitucional de ratificación por
parte del Congreso y de la Corte Suprema de Justicia de la función
extraordinaria de legislación del Ejecutivo. La Corte Suprema de
Justicia encontró campo fértil para ejercer la labor que la
Reforma Constitucional de 1968 le encomendó de revisar la
exequibilidad de las medidas legislativas tanto del Congreso como
del Ejecutivo. Los magistrados hallaron inconsistencias de forma
entre la Constitución y supuestas medidas democratizadoras de la
vida política, como las reformas constitucionales de 1977 y 1979.
Así, comenzó otra fuente de obstáculos de la actividad
gubernamental que tendría importantes incidencias cuando la Corte,
avanzada la década de los años ochenta, inició el cambio de los
fallos jurídicos por los de carácter veladamente político87.
Esta síntesis general de la estabilidad estática del sistema
(valga la redundancia), proporcionada por una serie de estructuras
(clientelismo, legado de la oligarquía, poder negativo del
Congreso, fallos de constitucionalidad de la Corte) encargadas de
velar por la reproducción de su funcionalidad, da la pauta para
entender la debilidad política del Estado y la dificultad para
apreciarla, dada la búsqueda de protección estatal por parte de
variados grupos sociales.
Al respecto, lo más importante de señalar es la especificidad de
la debilidad estatal. El Estado se expresa en toda la sociedad a
través de múltiples facetas que trascienden las meras instancias de
sus instituciones. A partir de las instituciones, el Estado se
proyecta construyendo o achicando espacios de acción política
dentro de la sociedad civil, en gran medida por medio de lo que se
ha llamado la sociedad política, es decir, aquella frontera difusa
en la que es difícil determinar si se trata del Estado o de la
sociedad civil. Los partidos políticos ilustran la ambigüedad de
esas fronteras. El tamaño de la sociedad civil y las relaciones de
poder entre las organizaciones que la definen son determinantes
para la construcción de espacios políticos. De estos espacios
dependen la proyección, la funcionalidad, la fortaleza o la
debilidad de las instituciones del Estado. Pero esa debilidad puede
ser variada y hay que especificarla: si es política y de qué tipo
(militar, institucionalizadora, de mediación), si económica y de
qué clase (fiscal, intervencionista), si administrativa o
burocrática.
La debilidad del Estado colombiano es, ante todo, de carácter
político88. Una falta de capacidad para mediar e institucionalizar
los conflictos sociales. Esta carencia está emparentada con otro
tipo de limitaciones estatales, como la relativa insuficiencia
fiscal en términos de captación de recursos directos, pero esta
relación no es determinante en el caso colombiano. A pesar de que
el país tiene uno de los más bajos coeficientes de tributación del
mundo, las instituciones del Estado crecieron lo suficiente
jurídica, económica y burocráticamente con el Frente Nacional, como
para servir de base a un Estado políticamente fuerte89. El problema
es otro, aunque se refuerza por limitantes de tipo secundario. El
problema se deriva, fundamentalmente, de la incapacidad del Estado,
dados su régimen, el sistema político y la precariedad de la
sociedad civil, para generar mecanismos y fuerzas de consenso
alrededor del problema de la autoridad, de la subordinación
activa90. Ni aun con aparatos coactivos relativamente fuertes es
posible desarrollar esa clase de soportes. A la inversa, el sistema
coactivo, en general, y el militar, en particular, han sido
contraproducentes para esos propósitos, aparte de que se han
deteriorado y vuelto ineficientes, por causa de la misma
fragilidad político-ideológica del Estado, lo que tiende a
conformar un círculo vicioso.
Las instituciones represivas del Estado, especialmente las
militares, formaron parte del pacto social frentenacionalista,
pero con perfil bajo, por el derrocamiento de la dictadura del
General Rojas Pinilla. Pero su éxito al exterminar reductos de
bandoleros y acabar con la violencia entre los dos partidos los
colocó de nuevo en un primer plano de legitimidad a mediados de la
década de los años sesenta. Tras la aparición de la nueva
violencia, la de las guerrillas antisistema, los militares entraron
en el contexto internacional de la guerra fría con la doctrina de
la seguridad nacional y la ideología anticomunista. Ello, sumado al
abuso presidencial del recurso del estado de sitio, facilitó que
las instituciones militares recibieran mayores demandas de las
fuerzas dominantes para cubrir frentes ajenos a sus tareas.
Dadas las resistencias del sistema para ampliar la
representación y la participación políticas, con frecuencia los
gobiernos han respondido represivamente a las demandas de las
nuevas fuerzas sociales. De esta manera, se ha alimentado la
violencia y se ha justificado el uso de las instituciones militares
para menesteres poco gratos a otras instituciones del Estado. La
justicia penal militar, la asistencia social en zonas de violencia
(acción cívico militar), las obras públicas en las mismas áreas y
la enseñanza a los militares para que consideraran toda oposición
al sistema como subversiva, los colocaron en una situación de
permanente enfrentamiento con la sociedad91. A partir de la
finalización del gobierno del presidente López Michelsen, las
instituciones militares pudieron ejercer su adquirida autonomía en
el manejo de las políticas de orden público. La relativa libertad
política que recibieron les permitió mimetizar su trágica
condición de antinación. Con el tiempo, por la imposibilidad de
satisfacer todas las demandas, comenzando con la derrota a los
diversos grupos guerrilleros, las instituciones militares
tendieron a deteriorarse en su profesionalidad, con graves
consecuencias políticas.
4. La marcha por el filo del caos
En el título anterior se mostró la caracterización del Estado
colombiano una vez finalizado el mandato constitucional del Frente
Nacional en 1974 y transcurridos los cuatro años del gobierno del
presidente López. Esas características, funcionales para el tipo de
capitalismo que se desarrolló, le dieron al Estado una alta
capacidad para reproducirse, a costa de un futuro explosivo. La
estabilidad de los sistemas económico y político, apoyada en la
rigidez de la distribución de bienes y servicios y en un sistema de
poder cerrado y circular, contrastaba con la diversidad de las
fuerzas de la sociedad y su necesidad de construir espacios
económicos, sociales y políticos para crecer y legitimarse. Este
contraste proyectó un proceso político en el cual se desbordaron
los conflictos y se incubó una crisis que desembocó en 1990 en una
coyuntura similar a la del gobierno López, es decir, decisiva para
definir el porvenir de la sociedad.
Los tres gobiernos que transcurrieron entre 1978 y 1990 (Julio
César Turbay Ayala, Belisario Betancur y Virgilio Barco) enmarcan
el desarrollo de una crisis política planteada con anterioridad. A
manera dialéctica, a medida que se buscaron soluciones se
profundizó la crisis hasta desembocar en una coyuntura en la que
afloraron a la superficie condiciones favorables para su eventual
definición. Cada uno de esos gobiernos representó un modelo
diferente de solución condicionado por el fracaso del anterior. Al
modelo represivo del presidente Turbay se contrapuso el del diálogo
de Betancur, y a éste el de la mano tendida y el pulso firme del
mandatario Barco. Todos y cada uno de ellos estuvieron cruzados por
el desborde violento de los conflictos y en todos se buscó acomodo
dentro de un estado que la mayoría de los grupos dominantes estima
inmodificable92.
Las medidas de equilibrio que se tomaron a lo largo de doce años
para ajustar las fisuras de la rígida estructura estatal fueron la
base para que al final hiciera erupción un larvado cuestionamiento
de las reglas del juego político por parte de diversos sectores
sociales. En el proceso sobresale el sorpresivo resultado de la
simbiosis entre intereses económicos y políticos dominantes:
continuidad, con leves altibajos, de la estabilidad económica, en
contraste con la desequilibrada barahúnda política. "A la economía
le va bien y al país le va mal" fue la frase que el Presidente de
la Asociación Nacional de Industriales, ANDI, pronunció en 1987, en
medio de cientos de asesinatos, en remedo de una sentencia similar
que un predecesor suyo había pronunciado 38 años antes, en pleno
furor de la violencia. El efecto de demostración del equilibrio y
el crecimiento de una economía dominante rodeada de años de miseria
y violencia, fue un importante catalizador para la formación de la
conciencia ciudadana que impulsó la coyuntura de 1990.
El férreo control de la administración del Estado por parte del
atomizado bipartidismo contrastaba con su pérdida de fuerza en el
contexto de la débil sociedad civil. La fragilidad de los partidos
se disimulaba con su presencia dominante en las lides
electorales,93 reflejo de su manejo del sistema, lo que retardó la
percepción y la aceptación de la crisis por parte de jefes
políticos y dirigentes económicos que se creían dueños del destino
nacional. Ya en los años ochenta, aun eran pocos los políticos
profesionales que se daban cuenta de que algo andaba mal en casa.
Incluso, muchos de ellos alcanzaron a llegar a 1990 pensando en la
eternidad de su destino.
Una de las consecuencias de la pérdida de presencia bipartidista
en círculos apartados de las relaciones clientelistas fue el
aumento de la influencia política directa de los gremios
dominantes de la economía. A su ya tradicional vitalidad, a su
presencia en las juntas directivas de los institutos del Estado y
al frecuente intercambio entre liderazgos gremiales y altos cargos
gubernamentales, se añadió su papel de cuasipartidos, que coincidió
con una posición crítica frente al bipartidismo. Su influencia
informal en el Congreso y el carácter difuso de sus expresiones
políticas, con excepción del papel en las juntas directivas
estatales, hicieron posible que los gremios aparentaran menos
influencia de la que realmente poseen. Aparte del apocamiento
bipartidista, la presencia política de los gremios fue facilitada
por la Reforma Constitucional del 68 que señaló el papel de la
sociedad en la planeación económica. Comenzó a ser frecuente el uso
del término concertación, para expresar los arreglos políticos de
los gremios con el Gobierno. Estos han buscado formar un frente
común, pero la concertación de tipo multilateral se ha dificultado
por causa de la diversidad e incluso contraposición entre intereses
gremiales inmediatos94. El único gremio que casi no aparece en el
horizonte político es el de los cafeteros, precisamente por ser el
más poderoso y por actuar, a la manera bipartidista, por dentro del
Estado. Pero a partir de los años ochenta se han debilitado los
términos de su estrecha relación con el Estado, lo que traduce la
disminución de la participación del café en las exportaciones.
La simbiosis de largo plazo entre los intereses económicos y
políticos dominantes ha sido la mejor garantía para la continuidad
de la estabilidad económica. Pero a corto plazo se han observado
cambios un tanto bruscos en la conducción de la política
económica. El gobierno del presidente Turbay rompió con la
austeridad fiscal anterior y acentuó la tendencia neoliberal,
aunque trató de controlar los efectos inflacionarios con las
socorridas medidas monetaristas de contracción. Tal vez lo más
importante de ese gobierno en política económica fue la pérdida de
cautela en el endeudamiento externo, disimulada hasta 1980 por el
crecimiento de las reservas internacionales, subproducto del
crecimiento de la economía. Junto con las emisiones de moneda, los
recursos externos iniciaron su carrera para solucionar el
desequilibrio fiscal. A partir de 1980, los precios
internacionales del café se vinieron abajo y la economía se
estancó. Comenzaron a verse los efectos del endeudamiento externo
y los signos de recesión. La economía desembocó en 1982 en su mayor
crisis financiera, influida solamente en parte por el paralelo
estancamiento internacional95.
Aunque con un retorno prudente a la política proteccionista con
promoción de exportaciones, el mandato del presidente Betancur
asumió en forma ligera el deterioro de la economía, al recurrir a
las reservas internacionales para frenar la crisis. Además,
nacionalizó buena parte de los bancos que tenían problemas graves y
subsidió otros con masivos recursos estatales para tranquilidad de
sus pocos pero poderosos dueños con mayoría de acciones, los cuales
vieron así socializadas sus pérdidas. Unicamente en el año 84 el
Gobierno tomó drásticas medidas para corregir el desequilibrio
externo. Antes de finalizar el período presidencial ya se había
conjurado la crisis, pero el desempleo y, sobre todo, la deuda
externa habían aumentado 13.400 millones de dólares contra 6.300 de
cinco años atrás y sólo 2.500 de reservas internacionales96. La
salida de la crisis no dejó maltrecho al sector financiero de la
economía sino que lo revitalizó, cuestión que se hizo más notoria
con el debilitamiento del sector industrial97. Fue un indicador de
la marcha inexorable del proceso de internacionalización de la
economía.
El gobierno del presidente Barco reforzó el endeudamiento
iniciado con Turbay, el cual llegó a los 18.000 millones de
dólares en 1990. Terminaba el amañado argumento de la excepción del
caso colombiano en América Latina. El peso del llamado servicio de
la deuda pasó a ser el primer factor en las consideraciones
fiscales98. Trastabillaba la estabilidad de la economía. En 1990,
la inflación moderada que ayudó por años a la acumulación de
capital se colocó al borde del abismo al traspasar el 32 por
ciento. Pero el hecho fue celebrado en silencio por el sector
financiero que tuvo un año bandera en sus ganancias. Pudo más la
inercia de las estructuras para alimentar los privilegios de los
Santodomingo, Ardila, Sarmiento y demás grupos económicos
dominantes, que la supuesta asepsia presidencial para no
contaminarse con las cabezas del poder. Fiel a la tradición de
línea media en política económica, el gobierno Barco coqueteó con
la denominada apertura económica y tomó tímidas medidas en la etapa
final. Formaba parte de la ola internacional de políticas
neoliberales bajo la presión de organismos rectores de la economía
mundial.
Entre 1978 y 1990, la contribución del Estado a la estabilidad
de la economía de los sectores dominantes no tuvo mayores
sobresaltos, si se exceptúa la crisis financiera del año 82. Pero
un problema subsidiario, el de la "economía social", iba paralelo
al modelo de prosperidad de la economía oligopólica. Ocurría en las
pequeñas empresas. Transcurría en los sectores obreros, campesinos
y desclasados, en las numerosas pero débiles instituciones de base,
en los estratos bajos e intermedios de las antiguas y emergentes
clases medias. Todos ellos aguantaban el embate de un lento
deterioro de sus niveles de vida. Sus protestas, desarticuladas
las más de las veces, fueron oleadas y brotes espontáneos y
dispersos, que buscaron medidas del Estado para un mejor bienestar.
Las manifestaciones de protesta, como las marchas campesinas, los
paros cívicos, las expresiones de los movimientos cívicos y
populares, y las amenazas de paros nacionales de las dispersas
fuerzas sindicales constituyeron, por su cantidad y orientación
espontánea en la misma dirección, un factor de primer orden para
agitar el contexto político de este período, de por sí bien
agitado. Estas manifestaciones fueron el puente, la conexión entre
economía y política, entre sociedad civil y sociedad política con
el Estado al frente como objetivo de manipulación de unos y
otros99.
La inauguración de la autonomía en el manejo del orden público
por parte de los militares durante el gobierno del presidente
Turbay (1978-1982), gestaba durante los gobiernos anteriores, fue
el reflejo de la primera visión de una crisis política que
emergía. El estado de sitio no les fue suficiente a los militares
para conjurar "la crisis de autoridad por exceso de libertades" que
percibían en la sociedad. Veían que el libertinaje era aprovechado
por el comunismo internacional, que se materializaba en las
guerrillas y se cultivaba en las expresiones sociales de crítica al
sistema, lo cual exigía medidas rápidas y efectivas. Esta maniquea
visión militar era el subproducto de la ideología internacional de
la seguridad nacional, estimulada por los sectores gubernamentales
estadounidenses, visión que determinó el tratamiento represivo de
un problema político bien diferente ubicado en el corazón mismo del
sistema y respaldado por el Estado.
La administración Turbay se empapó de este modelo de
interpretación y tratamiento de una naciente crisis colocada en
una latitud distinta de la que fue objeto de burdas medidas de
fuerza. Los dramáticos altibajos de su curso, administrados bajo
las normas del llamado Estatuto de Seguridad, son importantes para
entender el resultado político de ese gobierno. Una muestra de
hechos destaca el protagonismo del grupo guerrillero M-19: el
escándalo internacional por la toma de la Embajada de la República
Dominicana repleta de Embajadores; el robo cinematográfico de
5.000 armas en pleno corazón de los cuarteles militares de la
ciudad de Bogotá, la osadía, plena de ingenuidad, que permitió la
captura casi inmediata de la dirigencia de ese grupo y su
juzgamiento posterior con gran publicidad.
Estos y otros hechos se presentaron en medio de una sistemática
aunque poco sofisticada violación de derechos humanos por parte de
los organismos armados del Estado. Varios informes que al respecto
emitieron agencias internacionales especializadas fueron
respondidos con bufonescas declaraciones del Presidente. En los
últimos meses de 1981, para contrarrestar la difusión ("mala
prensa", según el Gobierno) de los excesos del modelo represivo, se
nombró una inoperante Comisión de Paz y se promulgó una amnistía
limitada y condicional. En medio de la barahúnda, la
administración Turbay quiso pasar a la historia con otra de las
tantas reformas a la Constitución, la cual fue aprobada en 1979 por
el Congreso, pero declarada inexequible por la Corte Suprema de
Justicia en 1981 debido a vicios de procedimiento100.
El inicio de la llamada apertura democrática con el gobierno de
Belisario Betancur (1982-1986) y el cambio de orientación en el
contenido y el tratamiento de la crisis política pueden entenderse
al mirar el callejón con abismos por donde había transitado la
administración Turbay. Además del voto de su partido, Betancur fue
favorecido con el voto liberal a un Movimiento Nacional que
presagiaba una renovación dentro del bipartidismo. A pesar del
capital político que ostentaba, el nuevo Presidente prefirió seguir
la expedita vía de la coalición heredada del Frente Nacional,
aunque pregonando que al problema de la violencia podía dársele un
tratamiento más político que represivo. Recogió la idea final del
anterior gobierno sobre amnistía a las guerrillas, la despojó de
sus condicionamientos y le dio vía libre a la libertad de la
dirigencia del M-19 una vez que el Congreso, apabullado por el
respaldo popular al Presidente, dio pronta aprobación a la ley
correspondiente. El Gobierno también recogió uno de los últimos
proyectos del mandato de Turbay y lo adaptó a su visión, con lo
cual presentó al Congreso una amplia gama de propuestas para una
"apertura democrática". Con esos instrumentos en la mano, el
gobierno de Betancur comenzó lo que se denominó el proceso de paz,
comisiones de paz y verificación, diálogo, juego político, tira y
afloje con las guerrillas; una dinámica ascendente, con altibajos,
que tendría un punto culminante al inicio de la década
siguiente101.
La primera confrontación política derivada del nuevo camino
escogido por el Gobierno fue con los militares, no obstante fuera
ahogada por el caudal político inicial del Presidente. Las
instituciones militares aún no perdonan la liberación de la
dirigencia encarcelada del M-19. Achacan el crecimiento subversivo
subsiguiente a este hecho, ignorando que el modelo turbayista fue
el mejor abono para su reproducción.
El Presidente optó por un tratamiento poco político con los
militares: dejar de lado a la institución castrense y luchar al
margen por menguarle la autonomía política que había alcanzado102.
Como contrapartida, la institución militar buscó sabotear el
proceso de paz, en una lucha sorda pero radical. Atentados a
guerrillas en tregua y diálogo con el Gobierno, forcejeo por hacer
uso de la autonomía en el manejo del orden público, declaraciones
agresivas que provocaron el retiro de un General Ministro de
Defensa y ruptura por el M-19 de las negociaciones con el Gobierno
a mediados del año 85, fueron parte de una confrontación entre las
dos instituciones estatales que culminó, finalmente, con la batalla
del Palacio de Justicia en noviembre de ese año. En ella se desató
toda la agresividad militar para exterminar, a cualquier costo, al
M-19 en su pretensión de acorralar políticamente al Presidente. Lo
lograron a costa del sacrificio de gran parte de la Corte Suprema
de Justicia y un centenar de muertos, en un momento en que el
proceso de paz estaba agonizando en manos de las FARC. Esta agonía
fue una razón de peso para que el Presidente asumiera la
responsabilidad de los trágicos sucesos, no obstante haber sido
sobrepasado por las decisiones militares. El Gobierno podía
lavarse las manos al decir que el proceso de paz había fracasado
por culpa de la guerrilla103.
Esta etapa del proceso de paz no fracasó del todo. Aparte de los
efectos de formación de conciencia ciudadana sobre la importancia
de la política, tuvo como subproducto un pequeño partido político
con dos padres que contribuyeron a su perdición: el Partido
Comunista y las FARC. La Unión Patriótica, UP, nunca pudo
independizarse de la tutela de sus progenitores, lo que la
identificó, a los ojos de la coalición reaccionaria que comenzaba
a dibujarse, como un blanco perfecto. La coincidencia de intereses
de la reacción se apoyaba en las instituciones armadas del Estado y
algunas fuerzas del latifundio y el empresariado. El doble juego de
paz y guerra del Partido Comunista y su aliado guerrillero
facilitó el exterminio físico y político de la UP, ya durante el
gobierno del presidente Barco104. La preparación de una escalada de
violencia, cuya víctima central sería la Unión Patriótica, ya
estaba dada. Su instrumento principal fue el narcotráfico.
El factor central de deterioro del experimento de paz del
gobierno del presidente Betancur fue el bipartidismo. Sin partido
de gobierno, ya que el conservatismo sólo hizo valer el usufructo
burocrático y las gabelas clientelistas, el Presidente trató
infructuosamente de manipular la política por medio de sus
reconocidas habilidades de comunicador. Además, la coalición con el
liberalismo no sirvió sino para reafirmar las tendencias
exclusivistas del sistema. La clase política le sacó el cuerpo a la
responsabilidad de asumir los problemas de la agitada sociedad
civil, a excepción de los que tuvieran que ver con los beneficios
clientelistas. La idea presidencial de aislarse de todo y ser
solamente Belisario, antes que proteger su figura terminó por
arrinconarlo discretamente luego de la tragedia del Palacio de
Justicia, en espera de que se agotara el período de su mandato.
Como sus antecesores y a pesar de su retórica populista, quizás
jamás pensó en acudir a las fuerzas sociales para sacar adelante
sus proyectos. El terror al populismo, cuyas simientes se han
combatido con certeros golpes, forma parte del legado oligárquico
de la política nacional105.
El bipartidismo federado, o más precisamente, la clase política,
tampoco sacó avante los proyectos de apertura defendidos casi
solitariamente por los Ministros de Gobierno. Al final del mandato
de Betancur, luego de tediosas aunque esporádicamente agitadas
legislaturas, quedó consignada, para salvar el honor reformista del
Presidente, la elección popular de alcaldes, es decir, la elección
directa de los mandatarios municipales, medida si se quiere
revolucionaria en el contexto nacional. Se requirió mucha argucia
por parte del escaso grupo al que le interesaba la reforma
(inclusive con el aplazamiento de dos años para comenzarla) para
obtener la aprobación legislativa. Fue acompañada por otras
reformas de escasa significación, quizás con la excepción de una
parte de la denominada descentralización del Estado: el aumento
progresivo en la cesión de algunas rentas del ejecutivo central a
los municipios106.
La transición entre las administraciones Betancur y Barco se
cruza con el problema del llamado narcotráfico. Esta fuerza
económica y social había sido procreada en la década anterior por
una sociedad en ebullición que se topó con determinadas condiciones
de desarrollo del capitalismo en los contextos nacional e
internacional. Desde entonces ha sido uno de los motores de la
antigua dinámica de cambio de la sociedad, que contrapone la
inestabilidad propia de la transición con la permanencia de los
sistemas económico y político dominantes. Pero, esta vez, la
inestabilidad traspasó los límites de la violencia criminal y
afectó la tranquilidad de los usufructuarios directos de la
permanencia del sistema en su conjunto.
En los años ochenta, el narcotráfico quiso abarcar, con la misma
velocidad con que había crecido, espacios políticos y sociales
equiparables a su gran poder económico. Al ascender se topó con la
realidad de la estrechez de los canales de legitimación que los
grupos dominantes se habían cuidado de no modificar. La impaciencia
de su poder provocó en 1984 el asesinato del Ministro de Justicia,
Rodrigo Lara Bonilla. Este hecho marcó una senda en la que el
narcotráfico se convirtió en agresivo instrumento para mantener,
contradictoriamente, con golpes terroristas generadores de
inestabilidad social, la estabilidad del sistema político. Con la
ayuda de las Fuerzas Armadas, pretendió ser el aliado del Estado en
la lucha antisubversiva. Pero terminó, en las postrimerías del
gobierno Barco, gracias a su ambivalente juego y a las
características delincuenciales de su oficio, enfrentando a
sectores del Estado y la sociedad. El impulso de poder de su
riqueza y audacia criminal aceleró el final de la estabilidad
política107.
Virgilio Barco (1986-1990), Presidente con poca capacidad en el
manejo político, pero uno de los más liberales en la vida
contemporánea nacional, asumió su cargo con la legitimidad que
desde 1982 han detentado al inicio de sus períodos los mandatarios.
Esta legitimidad, verdadero capital político, ha sido
proporcionada a los últimos jefes de Estado por un estrecho pero
creciente voto de opinión. El periódico respaldó, se reafirmó con
votos y el ejercicio de opinión, a medida que se definió la crisis
política que experimenta el país. Esta crisis se condensa en la
carencia de legitimidad del régimen108, que es la falta de
credibilidad de gran parte de la sociedad civil en las ejecutorias
de la clase política, dentro y fuera del Estado. Contrasta con el
crédito que la ciudadanía ha proporcionado a los últimos tres
presidentes, en parte como resultado del presidencialismo que es la
encarnación del Estado en la Nación, casi sin importar qué
presidente representa esa mágica y poderosa institución.
Aunque de manera contradictoria, dando tumbos y rompiendo con el
formalismo de un supuesto Estado de derecho (contrapuesto a la
realidad del estado de sitio casi permanente), el presidente Barco
demostró que era factible hacer un uso efectivo del
presidencialismo. Sin habilidad, pero con terquedad, solitario,
buscando aislarse de las influencias de la clase política y de la
dirigencia empresarial, sin olfato político pero con voluntad,
tratando de sacarle el quite a las contingencias y, ante todo,
desbordado por las circunstancias de una veloz y variada sucesión
de coyunturas, el Presidente llegó al fin de su mandato con un
lastre de críticas y un inmenso interrogante sobre el futuro del
país. Ensayó concertación, diplomacia, represión con visos de
guerra, plebiscito anticonstitucional, casi todo con excepción (a
pesar de sus amagos) de la movilización política. Después de un
agotador malabarismo lleno de errores y sorpresas, este gobierno
confluyó, finalmente, en la mayor indefinición política de la etapa
contemporánea. Pero esta indefinición determinó, ya bajo la batuta
de un nuevo gobierno, la apertura de un panorama nuevo en los
últimos meses de 1990.
Con el feo nombre de esquema gobierno-oposición, el gobierno
Barco bautizó un intento para cambiar la herencia de maridaje
bipartidista en la administración estatal. Con un rechazo al
Parágrafo del ordinal primero del artículo 120 de la Constitución
(el de la participación adecuada y equitativa del segundo partido
en votos), el presidente Barco pretendió adelantar un gobierno de
partido enfrentado a una oposición que pudiera canalizar el
descontento social acumulado, para institucionalizar de esta manera
los conflictos y acabar con su desborde violento. Su decisión fue
facilitada por la arrogancia del ex presidente Pastrana quien
aceptó el desafío creyendo ser el dueño de un partido homogéneo y
disciplinado que, para mayor claridad de su futuro promisorio,
rebautizó como Partido Social Conservador. El catalizador del
proyecto gobiernista estaba representado por un programa
tecnocrático de inversiones para desarrollar las zonas marginadas
ocupadas por grupos guerrilleros. Había que quitarle el agua al
pez, la base social a la subversión, casi como remedo de la máxima
maoísta prostituida por las doctrinas militares de
contrainsurgencia.
A mitad del período de gobierno ya se percibía la inoperancia
del modelo, pero había que persistir, tercamente. Al final, fracasó
simplemente porque sus supuestos eran falsos. Primero, no existía
un partido, el liberal, que cumpliera el papel de partido de
gobierno; era solamente una federación de facciones en competencia
cerrada por el usufructo del poder. Un partido de gobierno requiere
disciplina, jerarquías operantes e ideologías que interpreten las
políticas del gobierno. Segundo, no existía tampoco un partido que
pudiera colocarse en el papel de aglutinante de la oposición. La
misma razón anterior avala esta afirmación. Tercero, la expresión
institucional por excelencia del sistema de democracia
representativa es la relación entre el Ejecutivo y el Congreso. En
Colombia, su articulación clientelista no permite una fluida
gobernabilidad. Y cuarto, la única antena receptora disponible de
institucionalización de fuerzas contrapuestas al Gobierno era la
Unión Patriótica, pero su potencialidad fue anulada prontamente.
Los lastres de la relación entre la UP, las FARC y el Partido
Comunista, y el exterminio a que fue sometida la UP, quitaron la
posibilidad de que fuerzas sociales de importancia se aglutinaran
a su alrededor109.
La tozudez del Gobierno en la búsqueda de medidas alternativas
para solucionar la crisis, las más de las veces improvisadas e
imaginativas pero arriesgadas, puso en guardia a sectores
dominantes temerosos de perder privilegios. Varias medidas fueron
vistas como peligrosas para la estabilidad del sistema político e,
indirectamente, de la economía que le daba su razón de ser. Por
ejemplo, la rectificación de errores del Gobierno al recuperar,
pasada la mitad del período presidencial, el inicialmente
despreciado proceso de paz del presidente Betancur, y resucitar
políticamente con ello al M-19110, redobló las prevenciones y
alentó respuestas delincuenciales. La criminalidad política contra
dirigentes populares se complicó. Se expandió también porque fue
acompañada de violencias paralelas de diverso carácter (social,
económico, delincuencia común), desarrolladas a la sombra de la
confusión que con frecuencia afloraba111. El desenmascaramiento de
la debilidad del Estado ayudó a la escalada. El papel del
narcotráfico fue definitivo al colocar a la luz del día la
impunidad, dado el desamparo de la administración de justicia. La
abierta narcoviolencia opacó aún más al monopolio estatal del uso
de la fuerza. Este factor lanzó al Gobierno a adoptar en su último
año un destructivo y sangriento simulacro de guerra, declarado por
causa del asesinato del más firme aspirante a la Presidencia de la
República, Senador Luis Carlos Galán. Durante "la guerra" también
fueron asesinados dos candidatos presidenciales de la izquierda:
Bernardo Jaramillo de la UP y Carlos Pizarro del M-19112.
Entre 1984 y 1989, la criminal temeridad de las fuerzas de la
reacción pasó por diversas masacres de campesinos, líderes
populares y cientos de militantes de la UP, de su presidente el ex
candidato presidencial Jaime Pardo Leal y de un Procurador General
de la Nación sin mayores consecuencias para sus artífices. Hubo
grave irresponsabilidad política de los gobiernos Betancur y Barco.
La reacción pensó en el Senador Galán, pues, a pesar de ser
producto del sistema, encarnaba para algunas de sus fuerzas la
potencialidad de "desestabilización" de sus intereses o, al menos,
el recorte de prerrogativas. Su asesinato fue,
contradictoriamente, el mayor reto del sistema contra sí mismo:
precipitó, finalmente, la inestabilidad del sistema político que
las dispersas fuerzas que buscaban aglutinarse alrededor de un
incipiente proyecto reaccionario pretendían evitar. Sus
consecuencias comenzarían a verse cuando el humo de la primera y
burda gran batalla del Estado por recuperar su fortaleza comenzara
a disiparse.
5. ¿Hacia un nuevo pacto político?
La "guerra del presidente Barco" trajo al campo político y en
especial al Estado varias consecuencias fundamentales. En primer
lugar, frenó el rápido debilitamiento estatal de los años
anteriores. En la confrontación con el narcoterrorismo quedó claro
que el Estado no son sólo las personas que lo administran, sino
instituciones que las trascienden. Los funcionarios sobornados,
amenazados o asesinados son transitorios frente a las
instituciones. Por medio de sobornos y chantajes, el narcotráfico
había personalizado las instituciones, en una especie de remedo del
sistema político del clientelismo. Con "la guerra", el Estado
recuperó parte de la operatividad perdida, lo que lo habilitó para
que el nuevo gobierno comenzara con un capital político más
productivo.
La segunda consecuencia de la guerra del Presidente fue el alto
que hizo en el camino el proceso de descomposición de las Fuerzas
Armadas. Esa descomposición puede apreciarse a través de tres
vertientes. La primera, viene de tiempo atrás. Guarda relación con
la compenetración de la ideología de la seguridad nacional y el
anticomunismo, al corromper el desarrollo profesional de las
instituciones armadas, sobre todo de las militares. La tortura, el
asesinato, la degradación de la concepción de inteligencia militar,
que tiende a convertirse en espionaje policivo de la vida privada,
son ejemplos de la degeneración de la profesionalidad en la
institución militar.
Una segunda vertiente de descomposición de los cuerpos armados
del Estado ha sido su alianza con los grupos paramilitares113.
Comenzó en los primeros años de la década de los años ochenta,
cuando se aprovechó un malhadado decreto del segundo gobierno del
Frente Nacional que autorizaba a los campesinos a armarse en grupos
de autodefensa frente a los bandoleros que en aquel tiempo asolaban
ciertas regiones. Continuó durante la década con el equipamiento
técnico en armas y entrenamiento proporcionado por el Ejército.
Culminó con el narcotráfico que magnificó el problema al hacer
ofensivos y terroristas a los grupos paramilitares, con
sofisticados armamentos e instrucción de mercenarios israelitas e
ingleses. El paramilitarismo fue legitimado con la ideología del
anticomunismo. El gobierno Barco rectificó tardíamente graves
errores. Con el aval de la Corte Suprema de Justicia puso en
entredicho la existencia de esos grupos calificándolos de
delincuentes comunes, restituyendo al menos la norma del monopolio
del uso de las armas por parte del Estado.
La última vertiente de descomposición militar es la corrupción
derivada de la compra de conciencias por parte del narcotráfico.
Había calado hondo, no sólo en el Ejército sino en la Policía. "La
guerra" obstruyó el paso para su fácil difusión. La aceptación
(así fuera a regañadientes y a veces simulando que se reprimía) de
las Fuerzas Armadas de su papel en la lucha fue facilitado por el
bajo perfil provocado por su imagen pública de corrupción y alianza
con el paramilitarismo. Con anterioridad a "la guerra", ese bajo
perfil permitió al Presidente darse el lujo de tener tres ministros
de Defensa: pudo cambiarlos sin traumatismos en el momento en que
políticamente era importante hacerlo. Pero no todo fue bonanza
para "los civiles". El crecimiento del presupuesto de Defensa,
iniciado subrepticiamente durante la administración Turbay,
continuó con el gobierno de Virgilio Barco. Fue otra costosa faceta
del popurrí de sus medidas políticas.
La tercera consecuencia de la embestida del gobierno Barco fue
el bloqueo de la tendencia de bipolarización de la contienda
política observada desde el año 88. Aunque no es fácil separar en
dos extremos a una sociedad regionalizada, diversificada y
multipolar en sus centros de poder, la confrontación de la
violencia tendía a agrupar dos bandos ideológicos intransigentes.
Es difícil prever a dónde iba a llegar esa tendencia, pero su curso
era peligroso. La polarización estaba animada por lo que pintaba
como un proyecto político reaccionario fortalecido por el papel del
terrorismo. Fenómenos como el del abortado Movimiento de Renovación
Nacional, MORENA, centralizado en el Magdalena Medio, acaudillado
por ideólogos del paramilitarismo y legitimado por la ideología
anticomunista, dan pie para pensar en la peligrosidad de la
tendencia. Además, la escalada terrorista y criminal no parece que
hubiese sido adelantada sólo por el narcotráfico114.
Una consecuencia final de "la guerra" fue la aclaración de la
escena en términos favorables al proceso de apertura política y
pacificación negociada. Al delimitar los frentes de batalla con la
identificación y jerarquización de los enemigos, se pudieron
culminar en mejores términos las negociaciones del gobierno con el
M-19 e iniciar conversaciones con el EPL. Además, por vez primera,
el gobierno se preocupó al menos por discutir el significado del
derecho internacional de los conflictos armados y su eventual
aplicación en las luchas armadas internas de una nación. Este hecho
permitió la negativa del gobierno a aceptar el carácter político
de las embestidas terroristas, para no darle el mismo tratamiento
de negociación que a las guerrillas. Pero, en el fondo, este tipo
de criminalidad y terrorismo extraguerrillero tienen tras de sí
connotaciones políticas. La dificultad de su desenmasca-ramiento
vuelve crítica una consideración diferente a la del delito
común.
Parte importante del favor que, contradictoriamente, hizo "la
guerra" a las condiciones de apertura democrática fue su
influencia sobre los resultados electorales de las dos elecciones
del primer semestre de 1990, y la decisión política de la Corte
Suprema de aprobar el decreto que autorizaba contar un voto extra
que en realidad se convirtió en plebiscito. Pero lo trascendental
al aclarar la escena política fue que, por accidente, añadió el
factor final para abrir las puertas de una coyuntura decisiva para
el futuro del país y culminar así el proceso de compresión de
poderes sin válvula de escape iniciado a mediados de la década de
los años setenta115.
Las consecuencias políticas de "la guerra" aparecieron juntas en
el horizonte una vez posesionado el presidente César Gaviria
Trujillo en agosto de 1990. El condicionamiento sucesivo de los
gobiernos a partir de 1978 tuvo su momento culminante en 1990.
Incluso se aprecia en términos orgánicos: buena parte de la
infraestructura de los recursos humanos que rodean al Presidente,
comenzando por la misma figura de Gaviria, se trasladó al presente
gobierno. La institución asesora de las consejerías fue una
herramienta que el Estado desarrolló a lo largo del proceso crítico
de la década. Con Betancur fue informal, auxiliar, alejada,
representada fielmente por lo que se conoció como "comisionitis".
Con Barco se volvió mixta: formal e informal, ampliando la primera
y reduciendo la segunda. A partir de esta institución, aumentada
en el presente, se abocó la pacificación y la apertura democrática,
cuyo centro fue la Asamblea Constituyente.
El gobierno del presidente Gaviria fue desbordado por un cúmulo
de circunstancias. Atendió a muchas y sus resultados son
ambivalentes. Convocó a elecciones para la Asamblea, las cuales
reflejaron, por vez primera en la historia nacional, cierta
representación de las variadas fuerzas políticas del país. En
teoría, se dio vía libre para modificar constitucionalmente todas
las instituciones del Estado. Pero esta potencialidad estuvo
sujeta a una compleja convergencia de fuerzas encontradas. Fue el
producto de un negro proceso que repentinamente mostró su interior:
la confluencia de todas las contradicciones del sistema. Un
momento crítico que puede resultar en un salto adelante o en un
gran fiasco, puesto que antes no se habían dado esas condiciones.
La misma legitimación de la Constituyente mostró la quiebra del
dominio bipartidista, la fragilidad democrática del sistema
electoral, la recalcitrante resistencia del sistema político, su
verdadera dimensión. Hay resistencia del sistema político, su
verdadera dimensión. Hay minucias que, como un arco iris que no
proviene de la luz sino de la sombra, muestra juntas las
tonalidades negativas de un sistema que, gracias a la formalidad
jurídica y electoral con que quiso disfrazarse, permitió, a su
pesar, el inicio de una lucha por la democracia que ojalá no sea
tan ensangrentada como el camino de llegada.
El gobierno acudió a la consulta ciudadana para apoyar su
proyecto de reformas a la Constitución. En él se tomaron clamores
de cambios, pero se eludieron asuntos fundamentales, como el
largamente evadido problema de la defensa nacional. En febrero de
1991, al iniciar su trabajo la Asamblea, no existían más proyectos
para discutir. Vinieron luego, improvisadamente. Sobre esta base
comenzó un atropellado proceso de confrontación institucional de
fuerzas, rodeada por múltiples y caóticas violencias cuya matriz
principal es la de carácter político.
Si se quiere avanzar en un proceso democrático, las reformas
futuras deberían orientarse hacia la privatización real de la
economía oligopólica y la consecuente devolución del carácter
público al Estado. No se trata de desestabilizar a la economía,
sino de separar al Estado del servicio prioritario a los
oligopolios. El Estado debe dejar de ser el coto de caza de
antiguos y nuevos privilegios. Además, hay que aceptar la necesidad
de abandonar el legado oligárquico, soberbio y autocrático, del
reformismo desde arriba. La participación política debe ser la
insignia del proceso político en curso. La emergente Constitución
le proporciona herramientas al gobierno para hacer efectiva una
nueva institucionalidad. Pero este capital político es fugaz. Es
necesario invertirlo prontamente. Si se tiene éxito en la
formulación de un futuro potencialmente democrático, quizás se
pueda afirmar que la modernización del Estado colombiano estaba
incompleta. De lo contrario, podría pensarse que la modernización,
producto de los lineamientos del capitalismo que conocemos, ha sido
un fracaso116.
6. Epílogo
El proceso político durante los primeros diez meses del mandato
del presidente Gaviria se vio opacado por la complejidad de los
problemas, por la gran dificultad del Ejecutivo para tomar
decisiones que no tuvieron objetivos de corto plazo y por la falta
de una concepción de la sociedad deseable por parte de las fuerzas
en conflicto. Aunque el gobierno paró "la guerra" desatada por el
presidente Barco, no aprovechó este hecho para tomar medidas
prontas para frenar la amenaza terrorista del narcotráfico. La
tardía decisión jurídica de facilitar la entrega de "capos", a
cambio de tratamiento benigno, cambia poco la actitud arrogante de
"los extraditables". El fenómeno del narcotráfico es un arma
política estratégica del gobierno en el concierto internacional,
cuyo uso decidido ayudaría a controlar su expresión violenta en el
país.
Tras el velado y nada político rechazo de las FARC y el ELN a
una adecuada propuesta de negociación del gobierno que comenzaba,
éste exageró la diferencia de trato (sin medir las consecuencias
políticas y económicas) entre los grupos que se acogieron al
proceso de paz (M-19, EPL, PRT, y Quintín Lame) y esas guerrillas
que persistían en su rebeldía. Fue deferente con los primeros y
poco político con los segundos. Para éstos, se dejó la decisión
política en manos de los militares. La consecuencia fue facilitar y
justificar la estrategia de guerra del ELN, con el agravante de
reforzar su alianza con las FARC. Se desató una burda escalada
terrorista y de sabotaje de esas guerrillas contra objetivos de la
infraestructura económica del país. Las Fuerzas Militares se vieron
confrontadas en su debilidad por su impotencia frente a los
acontecimientos. Las negociaciones de paz que se inician dan
ventaja a la guerrilla por los antecedentes inmediatos del manejo
gubernamental.
Esta situación se complicó por causa de dos factores
principales: la recesión económica y la confrontación institucional
de poderes. Las políticas de apertura se encontraron con una alta
tasa de inflación en 1990, lo cual obligó al gobierno a tomar
medidas contradictorias entre el corto y el mediano plazo. Los
costos del terrorismo guerrillero agravaron el panorama, dada la
necesidad de destinar cuantiosos recursos para enfrentar la
emergencia, incluyendo los provenientes de un innecesario impuesto
llamado de guerra. Por su parte, la confrontación entre las
instituciones estatales fue signo de la resistencia del sistema a
los cambios. Detrás de los argumentos jurídicos y políticos que a
diario se manejan, el sistema esgrime las armas de la violencia que
ha vuelto a tomar el rumbo de la confrontación política. Con ella,
el caldo de cultivo de las necesidades elementales insatisfechas y
la descomposición social multiplica las violencias.
Notas Bibliográficas
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49 William P. Mc Greevy, Historia económica de Colombia
1845-1930, Bogotá, Editorial Tercer Mundo.
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50 Sobre las reformas adelantadas durante ese gobiemo puede
verse el libro de Alvaro Tirado Mejía, Aspectos políticos del
primer gobierno de Alfonso López Pumarejo, 1934-1938, Bogotá,
Procultura, 1981.
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51 Una interpretación sobre el problema la presenta Jorge
Orlando Melo en "Algunas consideraciones globales sobre modernidad
y modernización en el caso colombiano", en Análisis Político,
número 10, Bogotá, mayo a agosto de 1990.
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52 La literatura sobre el período de la violencia es amplia.
Véase por ejemplo Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña
Luna, La Violencia en Colombia, Primer Tomo, Bogotá, Editorial
Tercer Mundo, 1962, Tomo Segundo, 1964; Varios autores, Once
ensayos sobre la violencia, Bogotá CEREC-Centro Gaitán, 1985;
Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda (editores), Pasado y presente
de la violencia en Colombia, Bogotá, CEREC, 1986.
|
|
54 Sobre este episodio puede verse el trabajo de John D. Martz,
Colombia: Un estudio de política contemporánea, Bogotá,
Universidad Nacional de Colombia, 1969, Capítulo X; también,
Daniel Pécaut, Orden y violencia: Colombia 1930-1954, Volumen II,
Bogotá, Siglo XXI Editores-CEREC, 1987, páginas 526-530.
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|
55 Este trabajo reutiliza el concepto de oligarquía que se tomó
de la teoría política clásica para designar la forma de gobierno
republicana que emergió en América Latina dirigida por una
seudoaristocracia que combina el poder político con el económico.
En las sociedades más avanzadas en la modernización, este modelo
hizo crisis a comienzos de la década de los años treinta como
efecto de la Gran Depresión. Véase Jorge Graciarena, "De la
oligarquía a la élite del poder: Una transición incompleta", en J.
Graciarena, Poder y clases sociales en el desarrollo de América
Latina, Buenos Aires, Editorial Paidós. 1967, y Francois
Bourricaud, "Notas sobre la oligarquía peruana", en F. Bourricaud y
otros, La oligarquía en el Perú, Lima, Moncloa Editores, 1969.
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|
56 El trabajo de Jonathan Hartlyn, The politics of coalition
Rule in Colombia, Cambridge, Cambridge University Press, 1988,
capítulos 3º y 4º, muestra el proceso que desembocó en este
experimento.
57 Un estudio que muestra la conformación corporativa de las
clases dominantes en el Agro es el de Jesús Antonio Bejarano,
Economía y Poder. La SAC y el Desarrollo Agropecuario Colombiano
1871-1984, Bogotá, SAC-CEREC, 1985.
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|
58 Fernando Uricoechea, Estado y Burocracia en Colombia,
Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1986, pp. 74 y 126.
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|
59 Ibid., pp. 114, 115 y 126.
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|
60 Misión de Finanzas Intergubernamentales, Finanzas
intergubernamentales de Colombia, Bogotá, Departamento Nacional de
Planeación, 1981, Capítulo XIV.
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61 Francisco Leal Buitrago y Andrés Dávila Ladrón de Guevara,
Clientelismo: El sistema político y su expresión regional, Bogotá,
Tercer Mundo Editores. Universidad Nacional de Colombia, 1990,
Capítulo 1.
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|
62 José Antonio Ocampo y otros. "La consolidación del
capitalismo moderno", en J. A. Ocampo (editor), Historia económica
de Colombia, Bogotá, Siglo XXI Editores-Fedesarrollo, 1987, p.
313.
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|
64 El 30% de los miembros de las juntas de los organismos
estatales encargados de las políticas económicas al comenzar la
década de los años ochenta pertenecían al sector privado, en
contraste con el 3% de representantes de organizaciones de las
clases subalternas. Véase Edgar Revéiz, "Evolución de las formas de
intervención del Estado en la economía en América Latina: El caso
colombiano", en CEDE, El Estado y el desarrollo, Bogotá, Uniandes,
1981. Así mismo, el trabajo de Robert H. Dix, The politics of
Colombia, New York, Praeger & Hoover, Institution press,
1987, página 124, muestra que en la década de los años sesenta 56%
de los Ministros, 42% de los Congresistas y 43% de los altos
burócratas habían ocupado cargos de dirección gremial.
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65 León Zamosc. Participación. La cuestión agraria y el
movimiento campesino en Colombia. Ginebra, UNRISD-CMEP, 1987,
Capítulo IV.
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|
66 "...ese patrón de distribución del ingreso no ha sufrido
grandes cambios a lo largo del presente siglo (...), dentro de su
tendencia constante sólo ha sufrido algunas leves oscilaciones.
Aunque no existe un consenso total entre los autores acerca de esas
fluctuaciones, sí se pueden determinar unos períodos generales en
los que las tendencias de la distribución del ingreso,
identificadas por los diversos estudios, son semejantes". William
Cartier y Mauricio Reina, "Desigualdad y pobreza en Colombia", en
Patricia Vásquez de Urrutia (compiladora), La democracia en blanco
y negro: Colombia en los años ochenta, Bogotá, Ediciones Uniandes,
Departamento de Ciencia Política-CEREC, 1989, p. 167.
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|
67Alvaro Tirado Mejía. Descentralización y centralismo en
Colombia, Bogotá, Fundación Friedrich Naumann, 1983.
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68 Misión de Finanzas Intergubernamentales, Finanzas
intergubernamentales, Capítulo X.
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69 Sobre el problema del bipartidismo puede verse F. Leal y A.
Dávila. Clientelismo..., Capítulo I. En cuanto al problema militar
puede verse mi trabajo "Los militares en el desarrollo del Estado,
1970-1983", en Leal Buitrago, Estado y política en Colombia, 2ª
edición aumentada, Bogotá, Siglo XXI Editores-CEREC, 1989.
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72 Salomón Kalmanovitz, Desarrollo de la agricultura en
Colombia, Bogotá, Editorial La Carreta, 1978, Capítulo VII.
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73 El concepto de clase política adoptado en este trabajo se
deriva del desarrollo teórico ya clásico de Gaetano Mosca. Véase
The Ruling Clas Elementi di Scienza Política, New York, Mc
Graw-Hill Book Company, 1939, capítulos II y IV. En términos
generales, concuerda con la visión generalizada que el concepto
tiene en Colombia, excepto con la estructura clientelista que
ostenta en el país.
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74 Leal Buitrago y A. Dávila L., Clientelismo..., Capítulo
I.
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|
75 Ibid.
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76 Alfonso López Michelsen, hijo de Alfonso López Pumarejo,
Presidente en dos ocasiones (1934-1938 y 1942-1945), Alvaro Gómez
Hurtado, hijo de Laureano Gómez, Presidente titular de 1950 a 1953,
y María Eugenia Rojas, hija del General Gustavo Rojas Pinilla,
Presidente de 1953 a 1957. Sobre el aspecto oligárquico de la
política colombiana puede agregarse que Misael Pastrana Borrero,
Presidente entre 1970 y 1974, es yerno de uno de los dos aspirantes
a la Presidencia en 1942; Mariano Ospina Pérez, Presidente entre
1946 y 1950, era sobrino del Presidente Pedro Nel Ospina,
mandatario entre 1922 y 1926, y nieto de Mariano Ospina Rodríguez,
Presidente entre 1857 y 1861; Carlos Holguín, Presidente entre
1888 y 1892, era hermano de Jorge Holguín, Presidente encargado en
dos ocasiones (1909 y 1921), cuñado de Miguel Antonio Caro,
Presidente entre 1892 y 1898, y sobrino de Manuel María Mallarino,
mandatario entre 1855 y 1857.
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77 Marco Palacios, El café en Colombia (1850-1970), Segunda
Edición, Bogotá, El Ancora Editores-El Colegio de México,
1983.
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80 Fernando Cepeda Ulloa, Debate sobre la Constituyente,
Bogotá, Departamento de Ciencia Política, Uniandes, 1977.
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81 Sobre el problema sindical puede consultarse el trabajo de
Rocío Londoño, "Problemas laborales y reestructuración del
sindicalismo, en Francisco Leal Buitrago y León Zamosc (editores),
Al filo del caos. Crisis política en la Colombia de los años 80,
Bogotá, Tercer Mundo Editores-Universidad Nacional, 1990.
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|
82 Leal Buitrago. "Los militares en el desarrollo...".
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83 Eduardo Pizarro Leongómez, "Los orígenes del movimiento
armado comunista en Colombia (1949-1966)", en Análisis Político,
Número 7, Bogotá, mayo a agosto de 1989.
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84 La institución de los "jefes naturales" ha admitido cierta
flexibilidad, siempre y cuando las figuras que aspiren a
pertenecer a ella, por no serlo de nacimiento, se sometan a
condiciones derivadas del sistema político vigente. Por eso han
ingresado personajes como Turbay Ayala, Belisario Betancur y
Virgilio Barco.
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85 Un planteamiento sobre la institución del presidencialismo
puede verse en el libro de Alfredo Vásquez Carrizosa, El poder
presidencial en Colombia, Bogotá, Enrique Dobry Editor, 1979.
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86 Ronald P. Archer y Marc W. Chemick. "El Presidente frente a
las instituciones nacionales", en Vásquez de Urrutia (compiladora),
La democracia en..., pp. 44 y ss.
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88 Esta característica la he planteado repetidas veces. Véase,
por ejemplo, "La crisis del sistema político bipartidista", en
Estado y política..., Primera Edición, 1984; "El gobierno de
Belisario Betancur en la coyuntura política", en Varios Autores,
Colombia en las urnas, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1987;
"Colombia: Un bipartidismo en crisis", en Lorenzo Meyer y José Luis
Reyna (coordinadores), Los sistemas políticos en América Latina,
México, Siglo XXI Editores-Universidad de las Naciones Unidas,
1989.
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89 Los ingresos del sector público crecieron del 12% del PIB,
al inicio del Frente Nacional, al 21% en los años setenta. Así
mismo, la participación del sector público en la inversión de
capital varió en la misma época del 20% del PIB a más del 30%. Ya
en la década de los años ochenta, los gastos estatales alcanzaron
el 28% de PIB, mientras los ingresos corrientes no alcanzaban el
23%. J. A. Ocampo y otros, "La consolidación del...". En 1965 el
número de empleados públicos del nivel nacional era de 186.801.
Para 1986 ese número había ascendido a 599.910. Con los datos del
total del sector público, el número de empleados en 1976 ascendía a
725.233. Para 1986 llegaba a 9l5.307. Departamento Administrativo
de Servicio Civil, Evolución del empleo público en Colombia,
Bogotá, DASC, 1986.
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90 Mi consideración de la debilidad del Estado presenta un
matiz diferente de la planteada por Daniel Pécaut. En ésta, la
ausencia de intervención del Estado en lo económico y lo social ha
hecho precario al Estado provocando, en últimas, la crisis de la
violencia. Ver Orden y violencia: Colombia 1930-1954 (dos
volúmenes), Bogotá, Siglo XXI Editores-CEREC, 1987, y "Colombia:
Violence et Démocratie", en Revue Politique et Parlementaire, 91
(940), París, abril 1989.
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91 Leal Buitrago, "Los militares en el desarrollo
del...".
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92 Francisco Leal Buitrago. "La crisis política en Colombia:
Frustraciones y alternativas", en Leal, Estado y política
en...
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93 La participación bipartidista en las elecciones nunca ha
sido menor del 95 por ciento de los votos válidos. Aquí se incluye
a la votación de la Anapo entre 1966 y 1974 cuando tuvo
significación. Se considera que ella hizo parte del bipartidismo,
no obstante haber sido rechazada por varios sectores del
sistema.
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94 Una discusión sobre el particular se encuentra en Rubén
Sánchez y Dora Rothlisberger, "Formas de organización,
representación y participación política de los gremios", en Vásquez
de Urrutia (compiladora), La democracia en...
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95 Ocampo y otros. "La consolidación del capitalismo...".
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96 Ibid.
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97 En conjunción con el monetarismo y el neoliberalismo, la
desindustrialización es una tesis que trabaja repetidamente
Salomón Kalmanovitz en su libro Economía y Nación. Una breve
historia de Colombia, Bogotá, Siglo XXI Editores -CINEP-
Universidad Nacional, 1985, Capítulo VIII.
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98 Las tendencias contemporáneas de endeudamiento pueden
apreciarse en José Antonio Ocampo y Eduardo Lora, Colombia y la
deuda externa, Bogotá, Tercer Mundo Editores-Fedesarrollo,
1989.
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99 Varias dimensiones de la agitación social de esta etapa
pueden verse en Gustavo Gallón Giraldo (compilador), Entre
movimientos y caudillos: 50 años de bipartidismo, izquierda y
alternativas populares en Colombia, Bogotá, CINEP-CEREC, 1989.
Sobre la importancia de los movimientos cívicos puede consultarse
Luis Alberto Restrepo, "Movimientos cívicos en la década de los
ochenta", en Leal Buitrago y Zamosc (editores), Al filo del caos.
Crisis...
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100 Camila Botero. "La Reforma Constitucional de 1979 en
Coyuntura Económica, Volumen X, número 1, Bogotá, abril de 1980.
Aparte de cambios menos importantes, la abordada reforma
constitucional de 1979 buscó que el Congreso recuperara parte de
sus prerrogativas en materia de intervención en los planes
gubernamentales de política económica. Así mismo, incorporaba los
auxilios parlamentarios" a nivel constitucional por medio de un
régimen de control. En materia de modificaciones a la justicia, se
retomaron parte de los aspectos que contenía la Reforma de 1977,
declarada inexequible por la Corte Suprema de Justicia.
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101 Francisco Leal Buitrago, "Algunas consideraciones acerca de
la coyuntura política" en Alvaro Camacho G. (compilador), La
Colombia de hoy. Sociología y sociedad, Bogotá CIDSE, Universidad
del Valle-CEREC, 1986; Socorro Ramírez y Luis Alberto Restrepo,
Actores en conflicto por la paz, Bogotá, Siglo XXI Editores-CINEP,
1989; Ana María Bejarano, "Estrategias de paz y apertura
democrática: Un balance de las administraciones Betancur y Barco",
en Leal Buitrago y Zamosc (editores), Al filo del caos:
Crisis...
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104 El panorama del proceso de paz durante la administración
Betancur se puede apreciar en Jaime Castro Castro y otros, ¿Paz?
¡paz! Testimonios y reflexiones sobre un proceso, Bogotá, Editorial
Oveja Negra, 1987.
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105 Una amplia visión periodística del proceso de paz es
presentada por Laura Restrepo en su libro Historia de una
traición, Bogotá, Plaza y Janés Editores, 1986.
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106 Marc W. Chemick, "Reforma política, apertura democrática y
el desmonte del Frente Nacional", en Vásquez de Urrutia
(compiladora), La democracia en...; Carlos Moreno Ospina, "La
reforma municipal: ¿Descentralización o centralismo?", en Análisis
Político, No. 3, enero a abril de 1988; Pilar Gaitán, "La elección
popular de alcaldes: Un desafío para la democracia, en Análisis
Político, No. 4, mayo a agosto de 1988.
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|
107 Diversas dimensiones del problema del narcotráfico están
consignadas en Carlos G. Arrieta y otros, Narcotráfico en
Colombia, Bogotá, Tercer Mundo Editores. Ediciones Uniandes 1990;
Economía Colombiana. Revista de la Contraloría General de la
República, Nos. 226-227, febrero-marzo 1990.
|
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108 Francisco Leal Buitrago. "Estructura y coyuntura de la
crisis política", en Leal y Zamosc (editores), Al filo del caos.
Crisis... Los gobiernos comenzaron a tener conciencia de la crisis
política al inicio de la presidencia de Barco, particularmente por
parte de sus más cercanos colaboradores. Tal percepción explica en
gran medida el proyecto inicial de gobierno y la estructura con que
tuvo que adornarse a medida que se desarrolló dramáticamente el
último acto del proceso que se inició al final del gobierno del
Presidente López Michelsen. Quizás el subproducto más importante
de la crisis ha sido un proceso de desarrollo político
materializado en la repolitización de sectores sociales y en su
capacidad de opinión. Aunque todavía limitado en su dimensión
frente a la ciudadanía formal (potencial de votantes, por
ejemplo), su número ha producido sorpresas en las elecciones a
partir de 1978. Es una franja básicamente urbana, que puede
fluctuar entre el 15 y el 30 por ciento de las votaciones.
Paradójicamente, la menor votación producida desde el inicio del
Frente Nacional fue la de la elección de la Constituyente en
diciembre de 1990 que, seguramente, fue la que tuvo mayor
participación del voto de opinión debido a su deslinde relativo de
los barones electorales.
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109 Un análisis del experimento partido de gobierno-partido de
oposición se encuentra en Leal Buitrago y Dávila Ladrón de Guevara,
Clientelismo..., Capítulo Primero.
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110 Bejarano, "Estrategias de paz y apertura...
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111 Una bien lograda síntesis del fenómeno histórico de la
violencia se encuentra en Gonzalo Sánchez G., "Guerra y política
en la sociedad colombiana", en Análisis Político, No. 11, Bogotá,
septiembre a diciembre de 1990.
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112 Alejandro Reyes Posada y Ana María Bejarano, "Conflictos
agrarios y luchas armadas en la Colombia contemporánea: Una visión
geográfica", en Análisis Político, No. 5, septiembre a diciembre de
1988; Iván Orozco Abad, "La guerra del Presidente", en Análisis
Político, No. 8, septiembre a diciembre de 1989.
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113 Una visión del problema de los grupos paramilitares se
encuentra en Jorge Orlando Melo, "Los paramilitares y su impacto
sobre la política", en Leal Buitrago y Zamosc (editores), Al filo
del caos. Crisis...
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|
114 Una versión periodística del inicio de este proceso se
aprecia en Jenny Pearce, Colombia. Inside the Labyrinth, London,
Latin American Bureau, 1990.
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115 El esbozo de las consecuencias de la "guerra del
Presidente" está planteado en la Presentación del libro Leal y
Zamosc, (editores), Al filo del caos. Crisis...
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116 Una discusión en torno al problema de la crisis del Estado
y a su relación con la modernización puede verse en Norbert
Lechner, Los patios interiores de la democracia, Santiago, FLASCO,
1988.
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117 La relación entre gasto social y demografía se trata en
Miguel Urrutia, Demografía y Gasto Social, Fedesarrollo, 1990.
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118 Esta tendencia no significó, sin embargo, una involución en
el crecimiento de la agricultura. Por el contrario, los altos
niveles de productividad alcanzados por la economía durante el
período en consideración estuvieron en gran medida asociados al
dinamismo adquirido por la agricultura comercial desde la década de
los años cincuenta, a partir de la cual se hizo visible una nueva
concepción del "problema agrario" en el país. La mayor parte de la
política agraria se concentró en el manejo de los instrumentos
crediticios, tecnológicos y de fomento sectorial, orientados
principalmente hacia la agricultura comercial. Estos esfuerzos
perduraron durante las décadas posteriores. (Para una mayor
amplitud sobre esta materia, véase: Kalmanovitz, (1987).
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|
119 Véase Ocampo (1987).
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|
122 La vieja polémica agricultura vs. industria tiene que ser
replanteada ya que no se trata de escoger entre alternativas
excluyentes. No hay duda de que una estrategia sana de desarrollo
requiere de la interrelación dinámica entre ambos sectores. Pero
también es claro que el crecimiento de la industria es el que
garantiza el de la economía en su conjunto, y el nivel de
encadenamientos y externalidades generadas, así como las
posibilidades de calificación de mano de obra y de generación de
cambio técnico, son sustancialmente mayores en ciertos sectores
industriales que en el promedio de la agricultura. Véase a este
respecto Echavarría, Caballero y Londoño (1983).
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|
123 Véase: Corchuelo (1990).
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124 Echavarría, Caballero y Londoño (1983).
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|
125 Ocampo (1987).
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|
127 Véase: Bejarano (1984).
127 Véase Echarría, Caballero y Londoño (1983); Ocampo (1987).
Corchuelo (1990); Caballero y Ramírez (1990).
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128 La comparación con el patrón internacional se realizó
tomando como referencia el parámetro de un país en desarrollo con
un ingreso percápita entre US$560 y US$1.120 dólares de 1970
(USS715 y US$3.430 en dólares de 1987). Según el Banco Mundial, el
ingreso percápita en Colombia era de US$1.240 en dólares de
1987.
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|
130 Aunque los parámetros del Banco Mundial señalan a la
economía colombiana como "moderadamente orientada hacia adentro",
el grado de protección efectiva a mediados de la década de los 80
superaba el 50% en promedio, presentando altos niveles
especialmente en los bienes de consumo corriente y durable,
materias primas para la industria y la construcción, así como
equipo de transporte (ver cuadro No. 7).
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|
131 El crecimiento de la productividad global de todos los
factores en la economía urbana fue de 2.8% anual en los años
treinta y cuarenta; cayó a la mitad en los años cincuenta y
sesenta; y a la cuarta parte en los años setenta. En la década del
80, la productividad cayó en términos absolutos (0.6%).
|
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132 El sesgo antiexportador se define como la diferencia entre
el arancel efectivo sobre las importaciones y los subsidios a las
exportaciones. Dicho sesgo alcanzaba niveles promedio del 50% a
mediados de los años ochenta, aún en el caso de productos
beneficiados con el Plan Vallejo (o similares), los CERTS y los
créditos subsidiados de PROEXPO. Esto indicaba que los incentivos
existentes para vender en el mercado doméstico, superaban en ese
porcentaje los incentivos para vender en el exterior. Véase:
Clavijo (1990 a).
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|
133 Corchuelo (1990).
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134 Véase: CEPAL. Balance Preliminar de la Economía
Latinoamericana en 1989 y Panorama Económico de América Latina
1990.
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135 Banco Mundial. "La Pobreza". Informe sobre el desarrollo
mundial 1990.
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136 Véase: Rosenthal, Gert. El Desarrollo de América Latina y
el Caribe en los años 80 y sus perspectivas. Revista de la CEPAL,
Nº 39. diciembre de 1989.
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|
137 Ha sido evidente, sin embargo, la transición de una
política económica de corte keynesiano con énfasis en la expansión
del gasto durante la primera mitad de la década, a una política
cada vez más ortodoxa en el manejo fiscal, monetario y cambiario,
en gran medida como lógica consecuencia de las negociaciones de la
deuda, siguiendo una tendencia generalizada en América Latina.
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|
138 Véase: Ospina (1990).
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|
139 En Colombia se ha utilizado un mecanismo relativamente
eficiente de estabilización en los períodos depresivos y en los
períodos de bonanza en los precios del café, que ha permitido, a
través del llamado Fondo Nacional del Café, atenuar el impacto
expansivo de los altos precios o hacer menos drástico el efecto
recesivo de los ciclos de reducción en el ingreso de divisas por
concepto de los menores precios del café.
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140 Véase: Garay (1987).
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141 Sarmiento (1991).
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144 Véase: Caballero y Ramírez (1990).
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144 Ospina (1990).
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145 Clavijo (1990).
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146 Londoño (1990-6).
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151 Este arancel es aún el más alto frente a los existentes en
el Grupo Andino: Bolivia (9.8%); Ecuador (32.8%); Perú (32.1%), y
Venezuela (17.0%). Ver DNP "Decisiones sobre el programa de
Apertura Económica Bogotá", octubre 29 de 1990.
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|
152 Este sistema constituye una adaptación del esquema de
apertura del sector agrícola en Chile, que se presenta como un buen
ejemplo de "apertura con intervención" y consiste en tomar las
últimas 60 cotizaciones promedio mensual del producto que se va a
someter al sistema, descontando las 15 más altas y las 15 más
bajas. El resultado es una banda de precios que se proyecta con
base en una tasa de inflación internacional. De esta manera, se
establecen los precios a los cuales debe importarse el producto en
cuestión, garantizando así una protección efectiva adecuada en
períodos de caída en los precios internacionales. Véase: Cano,
Carlos Gustavo. "El sector agropecuario colombiano no es enemigo de
la apertura". En: "La apertura Económica: El reto actual" Cámara de
Comercio de Bogotá, 1991).
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153 Proyecto impulsado por las Cámaras de Comercio de Colombia,
conformado por 25 Estudios de prospectiva en los diferentes
aspectos de la vida económica, política y social del país. El autor
participó en la discusión de los diferentes documentos y fue
consultor de uno de sus capítulos. Véase: Cámaras (1990).
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154 Véase: Lora (1991).
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155 El trabajo de proyecciones fue realizado para el proyecto
por Caballero y Ramírez, con base en el modelo SERES desarrollado
por la Corporación Centro Regional de Población, alrededor de 1975
y utilizado también en los trabajos llevados a cabo por la Misión
de empleo en 1986.
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156 El gasto público tiene dos componentes: la inversión y el
consumo. Ese último es el indicador que permite una mayor
normalización en las relaciones internacionales.
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157 Véase: Colombia Eficiente, 100 realizaciones. Cámara de
Comercio de Bogotá, 1988.
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158 Entendemos por privatización, el traslado al sector privado
de aquellas actividades que están en la órbita de su competencia y
que pueden ser desarrolladas por éste con mayor eficiencia
económica y social. Y si asumimos como "sector privado" todo lo que
no es público, entonces privatizar no implica solamente trasladar
servicios o actividades al sector empresarial, sino también a las
llamadas organizaciones no gubernamentales y a las organizaciones
comunitarias o asociativas en sus variadas formas. Una amplia
ilustración sobre esta concepción puede ser consultada en: Suárez y
Pineda: "Eficiencia del Estado y Privatización", en: Colombia Siglo
XXI, 1990, pp. 369- 412.
|
|
159 Véase: Suárez y Pineda (1990).
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160 Un estudio reciente analiza la magnitud de las inversiones
que el Estado Colombiano deberá emprender para adecuar la
infraestructura de transporte frente a las exigencias de una mayor
apertura de su economía. Véase: Sandoval Peralta, Diego.
"Transporte y Telecomunicaciones". En: Colombia Siglo XXI. Tomo II,
1990, pp. 427-467.
161 Un análisis de caso puede ser consultado en: Landerretche,
Oscar. "El Desempeño macroeconómico de la experiencia chilena". En:
"Apertura Económica: El Reto Actual. Cámara de Comercio de Bogotá
1991, pp. 117-134.
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163 Ver. Fajnzilber (1989), en: pensamiento Iberoamericano No.
16, julio-diciembre de 1989, p. 117.
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164 Véase: Corchuelo (1990).
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87 Hernando Valencia Villa. "Vida pasión y muerte del tribunal
especial", en Análisis Político, Número 2, septiembre a diciembre
de 1987.
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70 Francisco Leal Buitrago, "La participación política de la
juventud universitaria como expresión de Clase", en Varios
Autores, Juventud y política en Colombia, Bogotá, FESCOL-SER,
1986; Daniel Pécaut, Crónica de dos décadas de política colombiana
1968-1988, Bogotá, Siglo XXI Editores, 1988, capítulo "Colombia
después de las elecciones de 1970".
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71 No fue solamente el influjo del factor externo el que
provocó el rompimiento de la barrera del 20 por ciento de inflación
anual en el año 73. Pécaut, Ibid, páginas 191 y 205-208.
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102 Ibid.
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103 Una crónica analítica de este suceso se encuentra en los
libros de Ramón Jimeno, Noche de lobos, Bogotá, Editorial
Presencia, 1989, y Olga Behar, Noches de humo, Bogotá Planeta
Colombiana Editorial, 1988.
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53 Paul Oquist, Violencia, conflicto y política en Colombia,
Bogotá, Instituto de Estudios Colombianos, 1978, Capítulo IV.
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63 J. A. Ocampo y otros. "La consolidación..., p. 319.
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128 Véase Echarría y Londoño (1983); Ocampo (1987); Corchuelo
(1990); Caballero y Ramírez (1990).
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129 La comparación con el patrón internacional se realizó
tomando como referencia el parámetro de un país en desarrollo con
un ingreso per capita entre US$560 y US$1.120 dólares de 1970
(US$715 y US$3.430 en dólares de 1987). Según el Banco Mundial el
ingreso per capita en Colombia era de US$1.240 en dólares de
1987.
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142 Véase Urrutia (1990).
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143 Véase Gómez (1990).
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145 Ospina (1990).
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146 Clavijo (1990).
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147 Londoño (1990-6).
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148 Bejarano (1988).
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149 DNP. Plan de Economía Social 1986-1990. Bogotá 1987.
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150 Véase: Urrutia (1990).
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Bibliografía
Lecturas Dominicales
Análisis político. Esta revista, del Instituto de Estudios
Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional,
sale cada cuatro meses desde 1987. Los 13 números publicados hasta
el presente contienen la mejor colección de ensayos sobre política
en el país.
ARRIETA, Carlos G. y otros, Narcotráfico en Colombia, Bogotá,
Tercer Mundo Editores-Ediciones Uniandes, 1990. Libro útil para
apreciar las diferentes dimensiones sociales del problema del
narcotráfico.
GALLON, Giraldo, Gustavo (compilador), Entre movimientos y
caudillos: 50 años de bipartidismo, izquierda y alternativas
populares en Colombia, Bogotá, CINEP-CEREC, 1989. La publicación
presenta una visión general sobre las principales experiencias
políticas alternativas contemporáneas.
LEAL Buitrago, Francisco, Estado y política en Colombia, 2a.
edición aumentada, Bogotá, Siglo XXI Editores-CEREC, 1989. Los
ensayos del libro analizan los partidos y los militares desde una
perspectiva histórica, además de fenómenos como la gestación de la
actual crisis política.
LEAL Buitrago, Francisco y Dávila Ladrón de Guevara, Andrés,
Clientelismo: El sistema político y su expresión regional, Bogotá,
Tercer Mundo Editores-Universidad Nacional, 1990. Este libro
presenta una visión del funcionamiento del Estado y el sistema
político desde el ángulo del fenómeno del clientelismo.
LEAL Buitrago, Francisco y Zamosc, León (editores), Al filo del
caos. Crisis política en la Colombia de los años 80, Bogotá, Tercer
Mundo Editores-Universidad Nacional, 1990. Es una publicación útil
para entender el papel político de los principales actores del
Estado y la sociedad civil en la última década.
PECAUT, Daniel, Crónica de dos décadas de política colombiana
1968 - 1988. Bogotá, Siglo XXI Editores, 1988. Es un buen análisis
del transcurrir político del país en las últimas décadas.
RAMIREZ, Socorro y Restrepo, Luis Alberto, Actores en conflicto
por la paz. Bogotá, Siglo XXI Editores - CINEP, 1989. Presenta un
estudio del proceso de paz durante las administraciones de
Betancur y Barco.
VAZQUEZ, de Urrutia, Patricia (compiladora), La democracia en
blanco y negro: Colombia en los años ochenta. Bogotá, Ediciones
Uniandes, Departamento de Ciencias Políticas - CEREC, 1989. Los
artículos de esta publicación dan una buena visión sobre varios
problemas políticos del país.