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En medio
del humo de los cañones de las últimas batallas por la independencia, la historia
nacional de la actual República de Colombia empezó a ser escrita. En 1827 José Manuel
Restrepo publicó en París la primera parte, en seis volúmenes, de su soberbio trabajo
sobre las luchas por la independencia de los estados de Venezuela, Ecuador y Colombia.
Restrepo reconstruyó, detalle por detalle, una monumental cronología de todos aquellos
eventos considerados por él como significativos en la guerra contra España1. Propietario
de documentos originales y un observador excepcional, en su calidad de miembro de la elite
política criolla, el historiador Restrepo no se limitó a una simple descripción de los
hechos. Por el contrario, en su Historia de la revolución de la República de Colombia
creó los mitos
2
fundacionales de la nación.
Siglo y medio después, los más importantes de ellos continúan vigentes.
Tres mitos en
particular han sido repetidos por generaciones de historiadores a tal extremo, que hoy son
aceptados como verdades esenciales sobre los orígenes de la nación colombiana. El
primero de estos mitos sostiene que la Nueva Granada o la actual Colombia era ya en el
siglo XVIII colonial una unidad política, cuya autoridad central gobernaba desde Santafé
de Bogotá el extenso territorio bajo su dominio. El segundo está contenido en la imagen
de una elite criolla andina que se declara en rebelión contra el gobierno de España el
20 de julio de 1810, motivada por los ideales de creación de una nación independiente, y
su posterior fracaso ocasionado por el espíritu divisionista de las elites del Caribe
colombiano. El tercero reside en la idea de que la independencia de Colombia fue el
trabajo exclusivo de los criollos. Los indios, los negros, los mulatos y los mestizos se
aliaron con el gobierno español o desempeñaron un papel pasivo bajo el comando de las
elites criollas.
Es sorprendente, pero
no existe hasta el día de hoy una sola versión de la historia colombiana que contradiga
las ficciones creadas por Restrepo hace ya más de 160 años3. En las páginas que siguen,
me propongo mostrar en primer lugar que la Nueva Granada no existió nunca como una
entidad política unificada sino como un fragmentado conjunto de regiones autónomas en
conflicto. En segundo lugar, que en el momento de construir la república no existía, por
lo tanto, una elite criolla dotada de una visión nacional sino, por el contrario, un
conjunto de elites regionales con proyectos e identidades diferentes. Tercero, que la
independencia de España en el interior de Colombia produjo un resultado mayor: la derrota
del proyecto de autonomía política del Caribe colombiano, la creación de un Estado
andino y la consolidación de un discurso nacional que tenía como uno de sus ejes una
imagen negativa de lo caribe. Finalmente que, como mostraría Florencia Mallon sobre
México y Perú en su último libro4, el proceso de imaginarse la nación en Colombia es
múltiple, extendido en el tiempo y el resultado de intensos conflictos en los que los
grupos subordinados han participado con sus propios discursos, pequeñas victorias y
grandes fracasos.
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¿QUIÉN MANDABA AQUÍ?
Durante los años
finales de la colonia, la organización política y administrativa del Virreinato de la
Nueva Granada constituyó un caso extremo de debilidad de la autoridad central y de
fragmentación regional. Cuando la crisis final del imperio español estalló en 1808, el
virreinato era una entidad política que apenas intentaba consolidarse en medio de una
gran incapacidad para superar los graves obstáculos que se oponían a su existencia. Para
entender cabalmente el carácter de las luchas por la autonomía de la región Caribe en
el contexto de la formación de la nueva república en los años iniciales del siglo XIX,
el estudio de este aspecto clave de la historia de la Nueva Granada es esencial.
Desde mediados del
siglo XVI hasta 1739, el vasto territorio que constituiría el nuevo Virreinato de la
Nueva Granada estuvo bajo la jurisdicción del Virreinato de Lima. Para imponer su
autoridad una autoridad severamente limitada a causa de las largas distancias y del
estado deplorable de las comunicaciones la corona estableció un sistema complicado
de gobierno en este enorme territorio del norte de Suramérica. Tenía como ejes centrales
las Reales Audiencias de Nueva Granada, Quito y Panamá, sujetas al virrey en Lima; y los
capitanes generales en las provincias más importantes, quienes dependían formalmente de
dichas Audiencias Reales5.
Tales Audiencias
ejercieron sus funciones, para efectos prácticos, con independencia de los virreyes del
Perú y en directa comunicación con el rey y los organismos centrales de la corona. Algo
similar pasó en el interior de ellas, pero en menor proporción: los capitanes generales
de las provincias asumieron una autonomía en el manejo de sus asuntos que frecuentemente
pasaba por encima de la autoridad de los oidores asignados a esta región de
Hispanoamérica. Los capitanes-gobernadores tendieron a resolver sus problemas
directamente con el rey. Naturalmente, en la vida diaria de estas colonias, era imposible
mantener un verdadero control sobre los funcionarios coloniales desde Madrid.
Este complicado sistema
pareció reflejar mejor que ningún otro las realidades del dominio colonial español
sobre sus territorios. El logro de una estabilidad política quedó simbolizado por la
sumisión de unas colonias que en su interior se organizaban mediante la coexistencia de
espacios autónomos e identidades regionales construidas por el influjo de una geografía
en extremo fragmentada y del precario estado de las comunicaciones. La corona también
promovió deliberadamente una cultura política que tenía como uno de sus trazos
dominantes el conflicto permanente entre los diferentes agentes administrativos y una
relativa anarquía en la toma de decisiones. La aceptación de la autoridad del rey estuvo
mediada por un complejo y ambiguo sistema de jurisdicciones y tradiciones políticas que
hicieron del funcionario local un mandatario que podía negar cualquier otra autoridad
sobre él en territorio americano6.
En 1734, el intendente
general Bartolomé de la Tienda captó mejor que nadie la esencia de la política interna
de la Nueva Granada. "Cada gobernador en su distrito, dice, sea o no su
jurisdicción grande, con el carácter de Capitán General, es absoluto y no conoce
superioridad en otro para corregir sus yerros"7. Probablemente en ninguna otra parte
de Latinoamérica esta autonomía regional exhibió manifestaciones más extremas que en
lo que es ahora el territorio de Colombia o la vieja Nueva Granada.
Francisco Silvestre,
fiscal de la Real Audiencia, refiriéndose a la ausencia de una autoridad central en la
Nueva Granada, decía: "Cada gobernador era un Capitán General de su provincia, que
se creía independiente [...] y como no había correspondencia frecuente ni comercio de
unos [gobernadores] a otras [reales audiencias] y aquellos tenían la fuerza, obedecían o
no sus providencias [de las audiencias] [...] cursaban mal ejemplo, y todo andaba
trastornado, triunfando el que más podía, aunque cada cual en el nombre de la autoridad
del Rey"8.
En 1717, España
intentó resolver por primera vez el problema de la dispersión de las provincias de la
actual Colombia y de la ausencia de un poder central por medio de la creación del
Virreinato de la Nueva Granada. En ese entonces, Santafé de Bogotá y Cartagena de Indias
se disputaron la sede virreinal, el privilegio de ser la más alta autoridad del reino.
Los hombres del poder en Cartagena usaron la posición geográfica de la ciudad como su
principal argumento para sus ambiciones virreinales. Destacaron la importancia económica
y militar de la región caribe para España y la necesidad de fortalecer la autoridad
imperial en las dispersas sociedades caribeñas. La elite de Santafé de Bogotá, por el
contrario, basó su propia posición sobre la construcción de una imagen negativa de
Cartagena. Santafé habló sobre el clima pestilente del Caribe, su falta de luces, su
escasa población, su geografía marginal (porque el reino era ante todo andino) y su
falta de tradición burocrática9.
Asustado por el
desorden del Caribe, el Consejo de Indias decidió que la capital del virreinato estaría
más segura en la ciudad de Santafé de Bogotá, escondida en las alturas de los
impenetrables Andes. Desde allí el virrey podría reinar como la única autoridad sobre
un territorio de casi imposible tránsito. A pesar de sus buenas intenciones y de todos
sus esfuerzos, el virrey Villalonga fue incapaz de gobernar. En menos de cinco años la
corona presenció el descalabro de un gobernante que no fue obedecido por nadie más allá
de los Andes orientales y de un virreinato que no era capaz de reunir siquiera los dineros
que requería para pagar a sus funcionarios. En 1723 España decidió disolver el
virreinato. Según el intendente Tienda de Cuervo los gobernadores de las provincias
marítimas del Caribe, especialmente el de Cartagena, nunca aceptaron la autoridad del
nuevo virrey, y con sus acciones dirigieron su gobierno al fracaso10.
El segundo intento de
imponer una autoridad central en Nueva Granada tuvo lugar en 1739, mediante el definitivo
establecimiento de la sede del virreinato en Santafé. La necesidad de un gobierno que
concentrara el poder se había vuelto un asunto de mucha urgencia. Enfrentada a la
perspectiva de una inminente guerra con Inglaterra, España sabía que los ingleses
estaban planeando atacar sus puertos caribeños. Las autoridades españolas temían que la
costa caribeña de Nueva Granada, poblada y dominada por los contrabandistas, se
convirtiera en un punto muy vulnerable. Sobre todo Madrid temía por la seguridad del
puerto de Cartagena, quizá su más grande fortificación en tierras americanas. El virrey
Sebastián Eslava llegó a Cartagena en abril de 1740. Absorbido por los deberes de la
guerra contra los ingleses y por la batalla contra el contrabando, Eslava no dejaría esta
ciudad. Durante sus nueve años de gobierno no iría a Santafé ni una sola vez. Gobernar
los puertos caribeños de la Nueva Granada desde los Andes se sabía ya una tarea
imposible11.
Otros virreyes imitaron
en buena parte a Sebastián Eslava. El virrey arzobispo Caballero y Góngora, por ejemplo,
gobernó durante seis años, de los cuales permaneció más de cuatro en Cartagena y sus
alrededores. Durante su gobierno mantuvo una política de tolerancia hacia las tendencias
autonómicas de Cartagena. La llegada del virrey Francisco Gil Lemos a Santafé en el año
de 1789 significó, por el contrario, el comienzo de un viraje decisivo de la vieja y
complaciente actitud virreinal. Gil Lemos intentó imponer su autoridad sobre las
provincias marítimas. Su principal objetivo era el de promover la agricultura andina y
cortar el contrabando por el Caribe de productos agrícolas, tales como las harinas. En
tal empeño fracasó, tal como lo harían los virreyes José de Ezpeleta, Pedro Mendinueta
y Antonio Amar y Borbón. Después del gobierno de Gil Lemos, el contrabando de harinas,
de otros productos alimenticios y de ropas en las costas del caribe colombiano, se volvió
más grande que nunca y dominó la vida económica del virreinato. Los virreyes nada
pudieron hacer para controlar a Cartagena en medio de la profunda crisis del imperio.
En los años finales de
la colonia, durante el gobierno de los tres últimos virreyes, no fueron sólo los
burócratas españoles quienes se esforzaron por imponer la autoridad de Santafé sobre el
Caribe colombiano. La elite criolla santafereña también participó de manera decisiva.
La burocracia virreinal compuesta principalmente de criollos de las familias más
poderosas de la capital intentó forzar sobre Cartagena una economía que servía
los intereses de los hacendados y comerciantes de Santafé. El esfuerzo por controlar a
Cartagena terminó una vez más en el fracaso.
¿CUÁL NACIÓN: CARIBE O ANDINA?
Los años finales del
siglo XVIII y principios del XIX presenciaron el fortalecimiento de las elites regionales
criollas, y con ello la estructuración de proyectos de desarrollo diametralmente
opuestos. La creciente americanización de las elites urbanas y en particular el
sentimiento de crisis que predispuso a los ilustrados cartageneros a buscar soluciones
radicales y a desafiar el poder virreinal sirvieron de marco a la agudización de los
conflictos regionales en la Nueva Granada a partir de 1795, año de fundación del
Consulado de Comercio de Cartagena de Indias12.
El forcejeo por el
predominio económico y político entre la elite caribeña del puerto de Cartagena y la
andina de Santafé, evidente desde principios del siglo XVIII, adquiere su mayor
intensidad en el decenio de 1790 en la confrontación entre dos proyectos de desarrollo
económico y político diferentes. Una nueva clase de comerciantes y hacendados criollos
ilustrados había tomado forma en el Caribe colombiano alrededor del Consulado de
Comercio. Desde este organismo estructuraron una visión del progreso de las provincias
marítimas del Caribe colombiano íntimamente ligado a la expansión general del Caribe
insular y a las posibilidades de un comercio intenso con los puertos americanos
anglosajones.
Cartagena había sido
en el pasado el centro de uno de los tráficos más importantes de la América española y
del Caribe en general. Sus barrios amurallados sirvieron de sede a la más grande
factoría de esclavos provenientes de África con destino a sitios tan disímiles como el
interior de la Nueva Granada, Perú y Cuba. La harina anglosajona había igualmente hecho
su tránsito hacía el interior del reino a través de Cartagena. Sin embargo, el siglo
XVIII había sido de profunda decadencia para la ciudad, hasta el punto de que a finales
de esta centuria, los pocos intentos por crear plantaciones azucareras esclavistas se
encontraban en la ruina. El contrabando de harinas, ropas y en general de toda clase de
productos básicos se había vuelto la principal actividad económica no sólo del puerto
sino de todo el Caribe colombiano13. A pesar de su evidente estancamiento, Cartagena
seguía siendo, en los años finales de la colonia el centro militar y comercial más
importante de la Nueva Granada.
Miembros de la elite
cartagenera, como el ilustrado José Ignacio de Pombo, prior del Consulado de Comercio,
aspiraron a hacer de la ciudad otra vez el centro de un gran comercio marítimo. Se
trataba de volcar el puerto hacía el Caribe para allí comprar en grandes cantidades y
libremente las harinas, las azúcares y las ropas, mediante el llamado comercio de
neutrales, sin los graves obstáculos y problemas que suponía hacer lo mismo
clandestinamente. Comprar significaba también vender los productos de la tierra que tan
difícil salida tenían para España. Los palos, los cueros, el ganado, el algodón y el
cacao podían ser fácilmente comerciados en el Caribe. Desde 1795 hasta el año de 1809,
en el que se rebela abiertamente contra la voluntad del virrey, el Consulado de Comercio
de Cartagena no hizo otra cosa que abogar por este programa de expansión hacia el
Caribe14. El enfrentamiento con los grandes comerciantes, hacendados y burócratas
asentados en Santafé de Bogotá no se hizo esperar.
Santafé de Bogotá, la
capital del virreinato, estaba situada a 1.154 kilómetros del puerto de Cartagena y a
2.600 metros de altura sobre el nivel del mar. El viaje de subida de Cartagena a Santafé
duraba, en el mejor de los casos, algo más de 40 días y en el peor cerca de tres meses.
No obstante su evidente encerramiento, al abrigo de su aparente preeminencia, se había
formado en la sede virreinal un extendido y poderoso grupo de burócratas, comerciantes y
hacendados criollos unidos además por lazos de parentesco. Centro económico de una
intensa actividad agrícola, en particular de producción de harinas, sus dirigentes,
incluidos los virreyes que la habitaron, concibieron el progreso de la Nueva Granada
basado en el crecimiento y prosperidad de esta agricultura, la que en definitiva
alimentaba al mayor número de pobladores, en su mayoría indios y mestizos15.
Es conmovedor el afán
de los virreyes y demás burócratas del centro andino por fortalecer las harinas del
reino, por imponerlas en la plaza fuerte de Cartagena, su principal mercado. De ahí la
continua prohibición del comercio de harinas de Cartagena con el Caribe. El deseo de
promover la agricultura del interior no se limitó a proteger los cultivos de trigo. Los
últimos virreyes, con ingenua perseverancia, llegaron al extremo de concebir proyectos
tan disparatados como traer azúcar del interior andino a los puertos para exportarlo a
sitios como Panamá16.
Naturalmente, el
resultado final tuvo las características de un verdadero desastre. Ni las harinas ni las
azúcares traídas de las faldas y llanuras de los Andes orientales podían competir con
las que llegaban, más frescas y más baratas, de cualquier punto del Caribe. La travesía
de descenso de los productos de las regiones de Tunja y Santafé a Cartagena duraba
alrededor de un mes en un viaje de pesadilla por las montañas y por el río Magdalena17.
El contrabando, por lo tanto, a pesar de las grandes cantidades de dinero que se
invertían en su control, en vez de disminuir creció hasta dominarlo todo.
En 1809 catorce años
después de fundado el Consulado de Comercio de Cartagena, las relaciones entre las elites
de las dos ciudades más importantes de la Nueva Granada había llegado a su punto más
álgido. En medio de una grave carestía de alimentos, comerciantes, hacendados, altos
militares y burócratas cartageneros empezaron a exigir el derecho a comerciar libremente
con las excolonias anglosajonas del norte y las islas del Caribe18. La crisis política y
militar de España no hacía sino agravar las cosas. A lo largo del primer decenio del
siglo XIX se podían contar con los dedos de las manos los barcos españoles que habían
transportado mercancías al Caribe colombiano. De modo que en agosto de 1809 los
comerciantes y hacendados del puerto de Cartagena se declararon en abierta rebeldía
contra el gobierno de Santafé, proclamaron su autonomía en el manejo de sus asuntos
internos y abrieron finalmente el puerto al comercio libre con las islas amigas del Caribe
y con los Estados Unidos19.
La reunión del cabildo
de Cartagena del día 19 de agosto de 1809 mostró la nueva dirección que tomarían las
relaciones con Santafé de Bogotá. Integrado en su gran mayoría por comerciantes e hijos
de comerciantes, criollos y españoles, el cabildo iría más allá de la simple apertura
del puerto al comercio libre. Pondría como centro de sus preocupaciones el derecho
político a la igualdad con las otras ciudades españolas, lo cual en otras palabras,
significaba no reconocer otra autoridad sobre sus cabezas diferente de la del rey.
De modo que es de la
mayor importancia insistir en que, a diferencia de lo que la historia tradicional ha
contado, el proyecto político inicial de las elites criollas y españolas del puerto de
Cartagena no tenía nada que ver con el propósito de formar una nación de la antigua
Nueva Granada, mediante la separación de España. En realidad, era todo lo contrario; a
lo que aspiraban los comerciantes y los hacendados de Cartagena era a separarse de la
Nueva Granada y en especial de su centro, Santafé de Bogotá, para gozar por primera vez
de una autonomía que les permitiera redefinir sus destinos como parte integral del
Caribe. En el logro de esa autonomía estaban dispuestos a negociar con Cádiz y a
permanecer bajo el imperio de España. No fue así, porque el gobierno transitorio de las
Cortes españolas no lo permitió y condujo finalmente a Pombo, García de Toledo,
Narváez y demás dirigentes de la elite cartagenera a la declaración de una
independencia que no querían, en medio de unas circunstancias políticas que tampoco les
era ya dable controlar20.
El año 1810, crucial
para el nacimiento de la república, presenció la expulsión del gobernador español de
Cartagena, del virrey de la Real Audiencia. Las elites criollas de Santafé y Cartagena
empezaron a concentrar en sus manos el poder político en las dos ciudades más
importantes del virreinato. Convertidos de la noche a la mañana en entusiastas
republicanos, los criollos de Santafé intentaron una vez más lo que bajo el gobierno de
los virreyes Borbones no habían obtenido: forzar al Caribe colombiano a obedecer la
autoridad central de los Andes. Empero, el fracaso era inevitable. Aunque Cartagena
dependía para su supervivencia del dinero procedente de las provincias andinas, se negó
a aceptar la autoridad de Santafé.
Durante el período de
la primera independencia (de 1810 a 1815) el conflicto entre Cartagena y Santafé vivió
su fase republicana. Construir una nación centrada en los Andes fue imposible mientras
Cartagena tuvo fuerza suficiente para resistir. La historiografía tradicional ha
convenido en llamar este período colombiano como el de "la patria boba",
argumentando que la inexperiencia o inmadurez o ambos a la vez de los
colombianos los llevó a enfrentarse entre ellos mismos por motivaciones ideólogicas
inútiles; circunstancia ésta última que aprovecharon los españoles para reconquistar
la Nueva Granada. Según esta interpretación, muy en boga todavía, las divisiones en el
bando republicano surgieron súbitamente y como consecuencia de las mismas luchas de
independencia21.
Una nueva lectura de la
llamada "patria boba", que tuviera en su centro la etiología de los conflictos
regionales, nos permitiría observar una evidente continuidad en las tensiones entre
Cartagena, como centro del Caribe colombiano, y Santafé de Bogotá, capital de los Andes.
Una historia que, en sustancia, no cambia de la colonia a la república. El viejo
conflicto entre las elites regionales que toma cuerpo a finales del siglo XVIII, hasta el
punto de empezar a expresarse como el choque de proyectos geoeconómicos diferentes,
adquiere una nueva dinámica una vez que desaparecen de la escena el rey y su irritante
burocracia colonial. El célebre manifiesto de Cartagena del 21 de septiembre de 1810,
mediante el cual se niega a pertenecer a una república cuyo gobierno central resida en
Santafé de Bogotá, puso de presente la tajante decisión de Cartagena de proteger su
autonomía22. El historiador Restrepo lo consideraría producto de la envidia; y el
prócer Antonio Nariño, gesto arrogante contra las luces23.
A partir del manifiesto
de Cartagena, la posibilidad de integrar pacíficamente estas dos regiones en una nación
desaparece. Al no contar con el poder militar de Cartagena, los esfuerzos de Santafé por
reagrupar a la vieja Nueva Granada son inútiles. Cada provincia sigue su propia voluntad
y la anarquía reina en los territorios de Colombia bajo la forma de guerras civiles
sucesivas. La provincia de Cartagena se organiza como república independiente, y así
existe hasta principios de 1816, fecha en la cual el reconquistador español Pablo Morillo
se la toma después de un sitio de cuatro meses que la destroza a fondo. Más del 50 por
ciento de su población muere en el sitio de Morillo y el estado de ruina en el que queda
la ciudad no se vuelve a superar hasta pasado un siglo. A partir de 1816, Cartagena deja
de ser el centro del poder regional caribeño.
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UNA REPÚBLICA PARA MULATOS
La historiografía
convencional sobre la independencia de las repúblicas latinoamericanas ha creado una
especie de modelos de contraste entre el caso venezolano y el colombiano. Según dicha
visión, en Venezuela una alta dosis de tensión étnico-social le imprimió un contenido
a las luchas independentistas mientras que en el caso colombiano este tipo de tensiones
fueron prácticamente inexistentes, o en todo caso, muy tenues24. Una mirada más detenida
sobre los acontecimientos de Cartagena, sin embargo, pareciera llevarnos en una dirección
opuesta. Es decir, lo que los documentos parecen revelar es que, al mismo tiempo que
comerciantes y hacendados luchaban por conquistar un espacio autónomo y más íntimamente
integrado a la expansión del Caribe, dentro de la ciudad se desataba un conflicto
étnico-social determinante del rumbo de los planes autonómicos e independentistas.
Para el año de 1810 la
población total de Cartagena, según cálculos conservadores, debía de haber alcanzado
los 20.000 habitantes, una buena mayoría de ellos distinguida con el nombre de
"libres de todos los colores"; es decir, de negros, mulatos y zambos en el goce
de su libertad. Para ese entonces, se había formado ya en la ciudad una clase de
artesanos mulatos muy próspera y respetable. Joaquín Posada Gutiérrez, general de los
ejércitos patriotas e íntimo amigo de Bolívar, nos ha dejado en sus memorias un vivo
retrato de estos hombres y de sus afanes por diferenciarse de los de inferior
condición25. Sastres, carpinteros y, en particular, especialistas de los astilleros se
contaban entre el mayor número de artesanos acomodados de la ciudad portuaria26. Cuando
se agudizó la crisis del imperio, este grupo de hombres empezó a participar de una
manera decisiva en la vida política de Cartagena. Se puede afirmar sin temor a
equivocarse que la radicalización hacia una independencia absoluta de lo que se inició
como un movimiento por la autonomía liderado por los grandes comerciantes y hacendados,
es consecuencia de la participación consciente de estos artesanos mulatos, de gran
influjo sobre la mayoría de la población. La lucha política en Cartagena se radicalizó
en una dirección no querida por la elite moderada criolla27. El carácter social de la
contienda se hizo cada vez más relevante. El señor Benito Azar, espía enviado a
Cartagena por el recién nombrado virrey Benito Pérez, le escribe a éste último
contándole que "supe por la gente que de las tres partes de los vecinos de Cartagena
las dos deseaban destruir la junta y restablecer el gobierno antiguo, pues que con aquella
ninguno se hallaba seguro en su casa por el atrevimiento de los sambos, negros y mulatos
vagos a quienes la junta no trataba de contener..."28. Ocho meses después la
declaración de independencia absoluta de España, el 11 de noviembre de 1811, es
literalmente impuesta a la junta de gobierno, conformada por miembros de la aristocracia
criolla, por la fuerza de los mulatos y negros armados29.
Conquistada la
independencia y establecida la República de Cartagena de Indias, mediante la
Constitución de 1812, los hechos que siguen son percibidos por los criollos liberales
como producto del caos y de la anarquía del pueblo bajo. Al 11 de noviembre de 1811,
García de Toledo, máximo líder de la fracción criolla moderada, lo llama "día el
más funesto que podrá ver la patria [...] día de llanto y escándalo no sólo para esta
plaza y su provincia, sino para todo el reino". La razón de juicio tan drástico no
estuvo en la simple declaración de la independencia, que por lo demás era ya inevitable,
sino en "haber enseñado al pueblo a voltear la artillería contra la plaza"30.
Lo que en el fondo lamenta García de Toledo es el acto de fuerza que puso las armas en
manos de los subordinados, destruyendo la poca autoridad de la elite criolla en el poder.
A partir del 11 de
noviembre, y durante los cuatro años que duraría esta primera independencia, la escena
política estuvo dominada en gran medida por la actividad de los mulatos y negros armados.
Según Restrepo, "como desde el principio fue llamada la plebe a tomar parte en los
movimientos a fin de echar por tierra al partido real, ella se insolentó; y la gente de
color, que era numerosa en la plaza, adquirió una preponderancia que con el tiempo vino a
ser funesta a la tranquilidad pública"31. El historiador Jiménez Molinares
reproduce con mucha más exactitud el sentimiento de la elite criolla ante la pérdida de
todo control sobre el pueblo, la profunda amargura de los Toledo, Ayos, Granados,
Narváez, por lo que ellos veían como el desorden y la anarquía de los mulatos.
Extrañado por el hecho de que la constituyente de enero de 1812 se iniciara nombrando un
presidente con facultades dictatoriales, dice Jiménez Molinares: "Ello obedeció al
estado de incurable anarquía en que vivía la ciudad bajo el azote del populacho
organizado en batallones armados, situación que se sufría desde el 11 de noviembre
anterior y se prolongó hasta el 6 de diciembre de 1815 [...] La coacción de la plebe
armada sobre los organismos del gobierno redujo la autoridad a una sombra; el motín era
el expediente con que se solucionaban todas las cuestiones"32.
Este cuadro de tonos
dramáticos está muy lejos, sin embargo, de reflejar toda la realidad. No hay duda de que
los mulatos y negros armados hicieron uso de su poder cada vez que lo consideraron
necesario, pero no hasta el extremo de reducir la autoridad a una sombra o de solucionarlo
todo a través del motín. La situación no llegó a los extremos de Haití. Los artesanos
mulatos eran probablemente los menos interesados en llevarla hasta ese punto. Dirigentes
como García de Toledo, Ayos, Del Real y Granados siguieron ocupando posiciones
importantes y la presidencia del Estado estuvo casi siempre en manos de miembros
distinguidos de la elite criolla. Es probable que, por el contrario, los dirigentes
mulatos hayan desempeñado un papel decisivo en evitar una insurrección más violenta por
parte del pueblo bajo, en especial de los esclavos. Casos como el del teniente de los
patriotas pardos, Manuel Trinidad Noriega, que usó su vida para salvar la de los
comerciantes españoles de la furia de las gentes más desposeídas, debieron de ser
frecuentes33.
Uno de los dirigentes
con mayor ascendencia sobre el pueblo cartagenero, al menos hasta la asamblea
constituyente de 1812, fue Pedro Romero. Romero perteneció a esa clase de respetables
artesanos mulatos que, desde finales del siglo XVIII, se había propuesto acortar las
distancias que la separaban de los criollos. Nacido en Matanzas (Cuba), desde muy temprano
se estableció en Cartagena. En 1778, a la edad de 24 años, vivía en el barrio de Santa
Catalina de esta ciudad y se encontraba ejerciendo el oficio de herrero. Es probable que
Romero haya sido uno de los artesanos que el ingeniero Arévalo se trajo de Cuba para los
trabajos de fortificación. En las vísperas de la revolución, el matancero, como se le
llamaba por ser de Matanzas, debió de ser un hombre de posición respetable, hasta el
punto de tener una gran influencia sobre los habitantes de su barrio. Sabemos que en 1810
imploró al rey que le dispensara a su hijo mayor Mauricio la condición de mulato, para
que pudiera estudiar leyes. Su hija María Teodora estaba casada con Ignacio Múnoz, un
joven abogado de provincia, establecido en Cartagena. Múnoz se convertiría en uno de los
líderes de la revolución. Muchos de estos artesanos mulatos eran dueños de esclavos. No
sabemos si Pedro Romero lo era, pero su hija y su yerno, el abogado Múñoz, poseían al
menos una esclava en 1835. En 1810 Romero se desempeñaba como herrajero del arsenal de la
ciudad34. En el mismo lugar trabajaba Pedro Medrano, el otro artesano que al final de la
lucha llegaría a tener muchísimo poder sobre las filas del pueblo35.
En 1812 Pedro Romero es
elegido a la convención que elaboró la constitución del Estado. El dato es
significativo, porque en sí mismo mostraba el poder que habían adquirido los mulatos.
Con su elección, Romero destruía una tradición centenaria de exclusión de los hombres
de color de posiciones importantes del gobierno. Sin embargo, más significativo es que en
dicha convención se adoptase una constitución que en uno de sus apartes prohibía por
primera vez en suelo colombiano el comercio de esclavos y creaba un fondo de manumisión
para liberarlos36. O sea que es claro que sí hubo una posición contraria a la esclavitud
por parte de dichos artesanos. Ante la presencia de hacendados esclavistas poderosos, como
García de Toledo, Eusebio Canabal y Santiago González, aquéllos se decidieron por una
fórmula de compromiso que buscaba eliminar la esclavitud gradualmente.
En cambio, el gran
logro de los mulatos en la convención fue plasmar en la Constitución lo que las Cortes
de Cádiz en 1811 les habían negado: la igualdad de derechos de todos los hombres libres,
al margen del color de la piel y del grado de su educación37. Todo parece indicar que, al
menos durante los años que duró la primera república, los mulatos hicieron uso de este
derecho. En 1813 el exobispo de Cartagena escribió desde La Habana al rey un informe
detallado sobre la situación en el puerto insurgente. En uno de sus apartes decía:
"En cuanto al sistema de gobierno establecido en Cartagena de Indias [...] se hallaba
entonces compuesto de un presidente del Estado, de una cámara de representantes, un
senado, con un tribunal superior de justicia, en cuyos cuerpos todos se hallan mezclados,
los blancos con los pardos, para alucinar con esta medida significativa de igualdad, una
parte del pueblo"38. No sabemos de mulatos que hubiesen pertenecido al Tribunal de
Justicia, pero sí sabemos que no fue Romero el único en ocupar puestos importantes.
Cecilio Rojas y Remigio Márquez firmaron, junto con Romero, la Constitución de 1812,
como miembros del cuerpo constituyente39. Pedro Medrano era miembro de la asamblea
constituyente que reformó la constitución en 181440. Mauricio Romero, hijo de Pedro, fue
elegido miembro de la comisión de seguridad pública en 181241.
Parece poco probable
que con estos logros los dirigentes de los mulatos hayan tenido mucho interés en mantener
un ambiente de permanente anarquía. Pedro Romero, por ejemplo, en 1815 había roto con
los Piñeres, quienes encabezaban el ala más radical y democrática de la elite criolla,
y gozaba otra vez de la confianza del sector más moderado y aristocrático. En marzo de
1815, al mismo tiempo que los Piñeres y sus más cercanos copartidarios eran expulsados
de la ciudad, Romero formaba parte del Estado Mayor de Guerra, que se opuso drásticamente
a entregarle las armas a Bolívar42. En octubre del mismo año era miembro de la cámara
de representantes de la provincia y uno de los jefes militares destacados de la ciudad43.
Dos meses antes, el 20
de agosto de 1815, y después de someter a Venezuela, había iniciado el general Pablo
Morillo, al mando de las fuerzas de reconquista españolas, el sitio contra la plaza
fuerte de Cartagena. La mayoría de los pueblos de la provincia proclamaron de nuevo al
rey Fernando VII sin oponer la más mínima resistencia44. Cartagena quedó, como nunca,
sola contra el más formidable ejército de ocupación español. Cuando Morillo entró en
Cartagena el día 6 de diciembre, después de casi cuatro meses de cerco permanente, más
de 2.000 hombres, mujeres y niños habían emigrado la noche anterior, en acto final de
desesperación, con destino a las islas del Caribe, a bordo de embarcaciones corsarias.
Muchos morirían en el intento, y otros regresarían presos a Cartagena a morir a manos de
los españoles. Dentro de su recinto habían muerto ya de hambre y diezmadas por la peste
más de 6.000 personas. El general Morillo describió al ministro de Guerra la trágica
visión que ofrecía la plaza fuerte el 6 de diciembre de 1815: "La ciudad presentaba
dice el espectáculo más horroroso a nuestra vista. Las calles estaban llenas
de cadáveres que infestaban al aire, y la mayor parte de los habitantes se encontraban
moribundos por resultado del hambre"45. Sin embargo, no todo fue heroísmo. Pascual
Enrile, segundo de Morillo, le escribía al ministro de Marina: "No es posible que
pueda expresar a usted el estado horroroso en que se ha encontrado la ciudad. Los malvados
que mandaban conservaban los víveres; daban cuero cocido de ración al soldado y nada a
los desgraciados habitantes"46. El dirigente criollo Antonio José Ayos declaraba,
como si se tratara de la cosa más natural, en el juicio seguido por los españoles contra
él, que "aunque a costa de haberme deshecho de la última alhaja de mi uso, de que
hacía más aprecio, tenía suficientes mantenimientos para muchos días y los esperaba
sucesivamente de Jamaica, como probablemente creo que vinieron en los varios buques que
llegaron después de la entrada de las tropas en la plaza"47.
Así había acabado la
primera experiencia de gobierno republicano en Cartagena de Indias, después de cuatro
años en los cuales el pueblo de mulatos y negros, y no sólo las elites de criollos,
participó decisivamente en la vida política, con sus propios representantes y sus
propios proyectos de igualdad social. La república del Caribe colombiano había sido
derrotada y aniquilada. La gravedad de sus propios conflictos y tensiones sociales, que la
pusieron varias veces al borde de una guerra interna entre criollos y mulatos, desempeñó
un papel determinante en ese aniquilamiento. Además, le tocó librar la lucha contra el
poder español sin la mínima colaboración de las provincias andinas. Restrepo, a pesar
de su antipatía hacia Cartagena, no deja de reconocer lo siguiente: "En los
gobiernos provinciales había muchos enemigos de Cartagena, que la consideraban como el
sepulcro de la población y de las riquezas del interior [...] por estas razones y por las
miras interesadas que se atribuían a su gobierno, compuesto en lo general de
comerciantes, pocas provincias querían auxiliarlo"48. Y en 1835 Juan José Nieto,
uno de los caudillos políticos más importantes del siglo XIX en Cartagena, decía en
carta al general Santander, para entonces presidente de la república: "Ninguno
podrá negar la oposición de intereses que hay entre las provincias de la Costa y el
Centro [...] Es voz general de todos nuestros patriarcas de la independencia, que cuando
los españoles sitiaban esta plaza, que se pidieron auxilios a esta capital, se lo negaron
al comisionado que los fue a solicitar, señor doctor Juan Marimón [...] diciendo que
dejasen tomar a Cartagena para tener el gusto de venir de allá a recuperarla, prefiriendo
la rivalidad al patriotismo, rivalidad que según el testimonio de los de aquella época,
causó mil males a la república y espantosos desastres a nuestra tierra"49. Hasta
ese punto llegó la influencia del conflicto entre el Caribe y los Andes en el fracaso de
la primera independencia. ¿Cómo hablar de una nación formada por estas dos regiones?
Los líderes de la
aristocracia criolla que sobrevivieron a la inmigración y cayeron en las manos de
Morillo, como García Toledo, Ayos, Manuel Castillo y Rada y Pantaleón Ribón, fueron
fusilados poco después de ser apresados. En el juicio que se les siguió por traición al
rey, adoptaron la posición más indigna, proclamando su lealtad a la corona y llegando
incluso a denunciar con nombres propios a muchos independentistas, con tal de salvar sus
vidas50. Celedonio y Gabriel Piñeres, dirigentes del criollismo radical democrático, se
unieron a Bolívar en la expedición de los Cayos. En la masacre de la Casa Fuerte de
Barcelona, en Venezuela, fueron degollados. Junto con ellos, la esposa de Celedonio y dos
de sus hijos51. Los líderes mulatos no corrieron mejor suerte. Pedro Romero murió de
hambre en Haití. De Pedro Medrano y Cecilio Rojas nunca más se supo nada. Antes de
fusilar a los criollos, conocidos como los mártires de la patria, Morillo había fusilado
ya un número de 35 personas de origen humilde. De ellas no sabemos nada52. En el sitio de
Morillo no sólo desapareció la clase empresarial cartagenera. También, y esto no ha
sido escrito ni una sola vez, lo mejor de sus hombres y mujeres mulatos y negros. Más de
7.000 personas murieron, muchas víctimas de las enfermedades que asolaron la ciudad en
los días finales. A diario, dice Morillo, setenta morían, como consecuencia de la
peste53.
Cartagena duraría
ocupada por los españoles hasta 1821. En efecto, fue la última de las ciudades
importantes de la Nueva Granada en liberarse del dominio ibérico. A pesar de que algunos
delegados participaron en su nombre en los congresos de Angostura y de Villa del Rosario
de Cúcuta, la ciudad, como tal, no tuvo ninguna influencia en la creación de la Gran
Colombia. Cartagena no contaba ya para nada. El conflicto en torno a la construcción de
la nación se había trasladado, como consecuencia de la expansión del movimiento de
independencia, al protagonizado entre los huestes militares venezolanas y el enjambre de
abogados y burócratas santafereños. De alguna manera, éste era otra vez un conflicto
entre el Caribe y los Andes, sólo que ahora el Caribe lo encarnaba no Cartagena sino
Caracas. La Gran Colombia estaba condenada al fracaso, como lo habían estado los intentos
por crear una nación con las provincias de la Nueva Granada. Ahora con más razón,
porque a los venezolanos y a los santafereños no los unía nada, ni siquiera un pasado
administrativo común. La Gran Colombia era un simple instrumento de guerra y no más,
desaparecida la guerra, desaparecería con ella.
En marzo de 1832,
destruida la Gran Colombia, Cartagena pasaría a pertenecer a una república andina,
gobernada enteramente desde Santafé, como nunca lo estuvo en los viejos tiempos del
virreinato. Se había creado un nuevo Estado, pero el sentido de nación estaba lejos de
existir. Sólo el uso de la fuerza, controlada ahora desde los Andes, y la debilidad
mendicante de Cartagena impondrían a sus habitantes la pertenencia a la ahora llamada
República de la Nueva Granada. Cuatro meses después de fundada, en julio de 1832, un
grupo de cartageneros, denominado Veteranos de la Libertad, hizo público un proyecto
separatista que pretendía hacer de la costa caribe un Estado autónomo. Todavía dos
años más tarde, dice Restrepo, ciertos hijos de Cartagena promovían proyectos
descabellados contra el gobierno de Santander, al que acusaban de odiar a los habitantes
de aquella provincia54. Un siglo de guerras civiles costó mantener un Estado cuyo origen
había sido no el producto de "una comunidad imaginada", sino lisa y llanamente
un acto de fuerza.
En 1835 decía Nieto:
"En fin, mi amigo, los diputados de esta Provincia que han ido al Congreso nos han
acabado de desengañar. De la boca de ellos sabemos que en la legislatura donde hay una
mayoría excesiva sobre la diputación de esta parte, es imposible poder conseguir nada en
su favor, porque se encuentra un espíritu de oposición que degenera hasta el insulto y
que allí encalla cuanto proyecto se proponga en utilidad de la Costa [caribe], con tal
que se presuma siquiera que toque en algo los intereses del centro, aunque sea
indirectamente, mientras para allá se consigue todo"55.
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LA CONSTRUCCIÓN DE UNA IMAGEN
Al estallar la crisis
política del imperio y producirse las primeras manifestaciones de rebeldía, las
provincias del Caribe colombiano ya eran percibidas como un mundo cultural y social
diferente del establecido en los Andes. En efecto, se podría argumentar que el proceso de
hacer de la costa caribe y su gente la imagen del "otro" fue parte de la
construcción de la identidad andina como el "ser" que mejor representaba una
imaginada nación "colombiana"56. En ese sentido habría que hacer una nueva
lectura de los escritos de los ilustrados que pensaron la "nación" en el
período de las revoluciones de independencia. Los ensayos de Francisco José de Caldas y
Pedro Fermín de Vargas, dos de los más importantes intelectuales de la elite andina de
los años finales de la colonia, describen la costa caribe como un lugar distante, no
sólo física sino culturalmente también. En los trabajos de Caldas, por ejemplo, las
provincias de la costa, con sus llanuras ardientes y sus "salvajes" e
"indisciplinados" negros y mulatos, representan la imagen más exacta no sólo
de la ausencia de progreso, sino de la imposibilidad de obtenerlo57. Los Andes, por el
contrario, han sido idealmente creados para producir un individuo moral e intelectualmente
superior. En 1796, en su disputa con el Consulado de Comercio de Cartagena, los
comerciantes y hacendados de Santafé no dudaron en referirse a las tierras de la costa
como situadas en las márgenes o frontera del reino58.
Así, el centro andino
creó la imagen del Caribe como frontera y como un espacio donde había una ausencia de
orden social59. Tal elaboración de un discurso hegemónico fue fiel trasunto de una
característica clave de la sociedad caribeña en vísperas de la independencia: la
extrema debilidad del control de las elites sobre los grupos subordinados. Esta debilidad
se mostraba en dos niveles: primero, en los fallidos intentos de la elite santafereña por
imponer una autoridad central sobre las provincias marítimas; y segundo, en la
incapacidad de las elites caribeñas de controlar a la mayoría de los habitantes de la
costa.
José Ignacio de Pombo,
el más brillante de los ilustrados cartageneros de la independencia, expresó mejor que
nadie la ambigüedad del pensamiento de la elite del Caribe, en un período en el cual
todavía se siente fuerte y capaz de objetar el discurso hegemónico de los Andes. Pombo
discute las teorías racistas de Caldas, en particular las opiniones de este aficionado a
las ciencias sobre la inferioridad natural de los nativos costeños por ser originarios de
los climas ardientes; y va más lejos aún, proclamando al americano de las tierras del
Caribe colombiano como un ser excepcionalmente dotado al que sólo le hace falta una mejor
educación para alcanzar la perfección. Pombo, sin embargo, expresa un profundo prejuicio
cuando en carta al sabio Mutis le expresa su desconsuelo por vivir en medio de la barbarie
pudiéndolo hacer en la civilización. Además, el americano que elogia es un tipo ideal
de mestizo, que ha sido perfeccionado por la influencia de la sangre europea. Pombo
expresó con mucha claridad su terror por la presencia del negro en tierras del Caribe, y
a pesar de que hizo pública también su aversión a la esclavitud, por inhumana, una de
las reformas que más deseó impulsar fue la de abrir el país a una masiva inmigración
de europeos del norte, para con su influjo borrar del Caribe colombiano la presencia
amenazante de negros y mulatos60.
Destruida Cartagena en
1816 y consolidado el centro andino en 1831, la intelectualidad caribeña prácticamente
renunció a la elaboración de un discurso propio, hasta el punto que el más renombrado
de sus pensadores y políticos del siglo XIX, el expresidente Rafael Núñez, impuso, en
alianza con la más aristocrática de las elites santafereñas, la más férrea
centralización andina del poder en Colombia. Además, fue Núñez uno de los entusiastas
predicadores de las supuestas bondades de una inmigración masiva de europeos en la
constitución de la población colombiana.
El sentido de
pertenencia a un mundo caribe no encuentra ya ninguna expresión, en medio de los afanes
de finales del siglo XIX, de una elite intelectual costera que aspire a reconstruir sus
viejos lazos con Europa, haciendo las paces con su herencia hispánica, y a ser parte de
una nueva nación, cuyo centro indiscutible, físico y cultural, está situado en los
Andes. De ahí el hecho fascinante de que la palabra Caribe desaparece incluso de nuestra
geografía61. En los mapas escolares del siglo XX, Cartagena, y en general todo el litoral
norte de Colombia, aparece situada en, quién lo diría, el océano Atlántico62. Lo
caribe se incorpora a los textos de enseñanza como término peyorativo cuyo único uso es
el de designar a una raza de indios salvajes y caníbales.
El redescubrimiento de
una identidad caribeña en los centros urbanos del litoral norte de Colombia es un
fenómeno reciente, que tiene mucho de invención popular y que, por primera vez en la
historia de las ciudades del Caribe colombiano, sitúa en el centro de su discurso la
herencia africana.
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Notas
Página anterior:
Acta de independencia de
Cartagena, 1811.
1 José Manuel Restrepo, Historia
de la revolución de Colombia, 8 vols. (reimpr., Bogotá, Talleres gráficos, 3a. ed.,
1942-1950).
2 Utilizo el término
siguiendo a Malinowski, en especial donde señala que "myths acts as a charter for
the present-day social order; it supplies a retrospective pattern of moral values,
sociological order, and magical belief, the function of which is to strengthen tradition
and endow it with a greater value and prestige by tracing it back to a higher, better,
more supernatural reality of initial events". Citado en Timothy Brennan, "The
national longing for form", en Homi K. Bhabha (ed.), Nation and Narration,
Londres, Routledge, 1994, pág. 45.
3 Durante las décadas de
1980 y 1990 los estudios sobre la independencia han recobrado su importancia. Sin embargo,
a pesar de la originalidad de muchos de sus temas, estos trabajos dejan intacta la
mitología nacional construida por Restrepo. Véase por ejemplo, Zamira Díaz de Zuluaga, Guerra
y economía en las haciendas, Popayán,
1780-1830, Bogotá, Talleres Gráficos
del Banco Popular, 1983; David Bushnell, "The independence of Spanish South
America", in Leslie Bethell (ed.), The Cambridge History of Latin America,
vol. III, Cambridge, Cambridge University Press, 1985; Germán Colmenares y otros, La
independencia: ensayos de historia social, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura,
1986; Margarita Garrido, Reclamos y representaciones. Variaciones sobre la política en
el Nuevo Reino de Granada, 1770-1815, Bogotá, Banco de la República, 1993, págs.
365-370; Anthony McFarlane, Colombia before Independence, Cambridge, Cambridge
University Press, 1993, págs. 178-184, 324-346; Hans-Joachim König, En el camino
hacia la nación. Nacionalismo en el proceso de formación del Estado y de la nación de
la Nueva Granada, 1750-1856, Bogotá, Banco de la República, 1994. Particularmente
ilustrativos son: John Lynch, The Spanish American Revolutions, 1808-1826, Nueva
York, W.W. Norton and Company, 1973, págs. 227-265 y Richard Graham, Independence in
Latin America. A comparative Approach, Nueva York, McGraw-Hill, Inc., 2a. edición,
1994, pág. 94.
4 Florencia E. Mallon, Peasant
and Nation. The Making of Postcolonial Mexico and Peru, Berkeley, University of
California Press, 1995.
5 Los gobernadores de
Cartagena tuvieron hasta la creación del virreinato la condición de capitanes generales
de la provincia. Este segundo título significó que en el manejo de los asuntos militares
eran completamente autónomos y sólo respondían ante el rey, gozando así de un poder
casi absoluto en los territorios bajo su mando. Un detallado registro de la actividad de
las Reales Audiencias y de los gobernadores de la Nueva Granada antes de la creación del
virreinato se puede encontrar en Academia Colombiana de Historia, Historia extensa de
Colombia, vol. III, ts. 1-4, Bogotá, Ediciones Lerner, 1965-1967.
6 Para una mayor
discusión sobre este aspecto veáse John L. Phelan, "Authority and flexibility in
the Spanish Imperial Bureacracy", en Administrative Science Quarterly, V (junio de
1960), págs. 48-65; y Frank Jay Moreno, "The Spanish Colonial System: a functional
approach", en Western Political Quarterly, junio de 1967, págs. 308-320.
7 "Memorias del
Intendente Don Bartolomé Tienda de Cuervo sobre el estado de Nueva Granada y conveniencia
de restablecer el virreinato, 1734", en Jerónimo Becker y José María Rivas Groot,
El Nuevo Reino de Granada en el siglo XVIII, Madrid, 1921, pág. 208.
8 Francisco Silvestre,
"Apuntes reservados particulares y generales del estado actual del Virreinato de
Santafé de Bogotá, 1789", en Germán Colmenares, Relaciones e informes de los
gobernantes de la Nueva Granada, vol. II, Bogotá, Ediciones Banco Popular, 1989,
págs. 37-38.
9 "Carta del cabildo
de Cartagena al Rey", Cartagena, 24 de julio, 1720, y "Carta del Teniente de
Gobernador de Cartagena, Alejo Díaz Múñoz, al Rey", Cartagena, 25 de julio, 1720,
en AGI: Santafé, legajo 326.
10 Tienda de Cuervo,
págs. 203-230. Véase también María Teresa Garrido Conde, La primera creación del
Virreinato de la Nueva Granada, 1717-1723, Sevilla, Escuela de Estudios
Hispano-Americanos, 1965, págs. 95-102; Juan Marchena Fernández, La institución
militar en Cartagena de Indias en el siglo XVIII, Sevilla, 1982, págs. 216-220.
Francisco Silvestre, fiscal de la Real Audiencia en la segunda mitad del siglo XVIII,
consideró que el establecimiento de una autoridad central fue la razón más importante
para crear el Virreinato de la Nueva Granada. Véase Francisco Silvestre, "Apuntes
reservados", pág. 38. Además, la real cédula que creó el nuevo virreinato
abiertamente se refirió a la necesidad de una autoridad central para poner fin a los
conflictos regionales. Véase "Real Cédula de 1717", en Becker y Rivas Groot, op.
cit., págs. 200-201.
11 Colmenares, Relaciones
e informes, vols. I-III.
12 El proceso de
americanización de las elites del Caribe colombiano y la significación del Consulado de
Comercio de Cartagena están tratados con más detalle en Alfonso Múnera, "Failing
to Construct the Colombian Nation: Race and Class in the Andean-Caribbean Conflict,
1717-1816" (Ph. D. dissertation, University of Connecticut, 1995), capítulos III-IV.
13 Alfonso Múnera,
"Ilegalidad y frontera, 1700-1800", en Adolfo Meisel Roca (ed.), Historia
económica y social del Caribe colombiano, Barranquilla, Uninorte, 1994, págs.
130-141.
14 Múnera, "Failing
to Construct the Colombian Nation", págs. 136-173.
15 Véase Colmenares, Relaciones
e informes, vols. I-III.
16 Véase Gabriel Giraldo
Jaramillo (ed.), Relaciones de mando de los virreyes de la Nueva Granada. Memorias
económicas, Bogotá, 1954, págs. 175 y 215-216.
17 Los mejores relatos
del viaje Cartagena-Santafé-Cartagena se encuentran en los diarios de viajeros y
funcionarios que transitaron el río Magdalena y los caminos a la capital en las primeras
décadas del siglo XIX. Véase Joaquín Fidalgo, "Expedición Fidalgo", en
Antonio Cuervo, Colección de documentos inéditos sobre la geografía y la historia de
Colombia, vol. I, Bogotá, 1891, págs. 81-83; Augusto Lemoyne, Viajes y estancias
en América del Sur, la Nueva Granada, Santiago de Cuba, Jamaica y el Istmo de Panamá,
1828, Bogotá, 1945, págs. 43-112 y 349-355; G. Mollien, Viaje por la República
de Colombia en 1823, Bogotá, 1944, págs. 25-58.
18 "Expediente sobre
escasez de víveres, 1809", en AGI: Santafé, legajo 745.
19 Op. cit. Todos
los pronunciamientos que condujeron finalmente a la clase dirigente de la ciudad a
declararse en rebeldía contra España están contenidos en este expediente.
20 Para más detalles,
véase Múnera, "Failing to Construct the Colombian Nation", págs. 174-211.
21 El origen de esta
versión tradicional está en Restrepo, op. cit., vol. I, págs. 107, 116-118.
22 "Exposición que
la Junta de la Provincia de Cartagena hace a las demás de la Nueva Granada, relativa al
lugar en que convendría reunirse el Congreso general", en Manuel Ezequiel Corrales, Documentos
para la historia de la provincia de Cartagena de Indias, hoy Estado Soberano de Bolívar
en la Unión Colombiana, Bogotá, Imprenta de Medardo Rivas, 1883, vol. I, pág. 154.
23 Restrepo, op. cit.,
pág. 117; Antonio Nariño, "Reflexiones al Manifiesto de la junta de Cartagena,
sobre el proyecto de establecer el congreso supremo en la Villa de Medellín, comunicado a
esta suprema provisional", septiembre de 1810, en Corrales, Documentos, vol.
I, pág. 171.
24 Esta tesis aparece
expuesta en John Lynch, The Spanish American
Revolutions, 1808-1826, Nueva
York, W. W. Norton and Company, 1973, págs. 227-265. Más claramente en Richard Graham, Independence
in Latin America. A Comparative Approach, Nueva York, McGraw-Hill, Inc., 2a edición,
1994, pág. 94, y David Bushnell, "The Independence of Spanish South America",
en Leslie Bethell (ed.), The Cambridge History of Latin America, vol. III,
Cambridge, Cambridge University Press, 1985.
25 Joaquín Posada
Gutiérrez, Memorias, III, Bogotá, Editorial Iqueima, 1951, págs. 81-100.
26 Véase Censo de
Cartagena de 1780, en Archivo Nacional de Colombia, sección Miscelánea.
27 Para un relato
detallado de la radicalización del movimiento y la participación de los artesanos,
véase Múnera, "Failing to Construct the Nation", págs. 216-260.
28 "Informe de don
Benito Azar al Virrey don Benito Pérez", Mérida de Yucatán, 26 de abril de 1811,
en AGI, Santafé, legajo 630.
29 Gabriel Jiménez
Molinares, Los mártires de Cartagena de 1816, Cartagena, Imprenta Departamental,
1947, págs. 244-264.
30 Corrales, Documentos,
I, pág. 390.
31 Restrepo, Historia
de la revolución, vol. I, pág. 167.
32 Jiménez Molinares, Los
mártires, I, pág. 287.
33 "Carta en que se
refieren muchos hechos relacionados y consiguientes a la sublevación del Regimiento fijo
de Cartagena", Cartagena, 10 de febrero de 1811, en Corrales, Efemérides y anales,
pág. 68.
34 Sobre Pedro Romero y
su familia, véase "Censo de artesanos del barrio de Santa Catalina, 1780", en
Archivo Nacional de Colombia, sección Miscelánea; Roberto Arrázola, Secretos de la
historia de Cartagena, Cartagena, 1969, págs. 67-69; Imparcial, Recuerdos
históricos relacionados con la vida política del doctor Ignacio Múnoz, Cartagena,
Tipografía de Donaldo R. Grau, 1880, pág. 6; Manuel Marcelino Núñez, Exposición de
los acontecimientos memorables relacionados con su vida política, que tuvieron lugar en
este país desde 1810 en adelante, Cartagena, 1864; Donaldo Bossa Herazo, La vida
novelesca e infortunada del doctor Ignacio Muñoz, paladín de la libertad, Cartagena,
Impresora Marina, 1961, págs. 6-10; Antonio del Real Torres, Biografía de Cartagena,
1533-1945, Cartagena, Imprenta Departamental, 1946, pág. 116; José P. Urueta y
Eduardo G. de Piñeres, Cartagena y sus cercanías, Cartagena, Tipografía de Vapor
Mogollón, 1912, pág. 534; Jiménez Molinares, Los mártires, págs. 244-248 y
285-288; Corrales, Documentos, I, págs. 65-66, 94-95, 411, 413-417, 423, 449.
35 Urueta y Piñeres,
Cartagena y sus cercanías, pág. 534.
36 Corrales, Documentos,
I, pág. 546.
37 "Constitución
del Estado de Cartagena de Indias", Cartagena, 15 de junio de 1812, en Manuel Antonio
Pombo y José Joaquín Guerra, Constituciones de Colombia, Bogotá, Talleres del
Banco Popular, 1986, pág. 161.
38 Roberto Arrázola, Documentos
para la historia de Cartagena, 1813-1820, Cartagena, Tipografía Hernández, 1963,
pág. 41.
39 Pombo y Guerra, Constituciones,
II, pág. 168.
40 "Extracto de las
sesiones del colegio electoral", Corrales, Efemérides y anales, II, págs.
156-169.
41 Corrales, Documentos,
I, pág. 449.
42 José Urueta, Los
mártires de Cartagena, Cartagena, pág. 105.
43 Jiménez Molinares,
Los mártires, II, págs. 120, 151.
44 Corrales, Documentos,
II, págs. 103-117.
45 Jiménez Molinares, Los
mártires, II, pág. 316.
46 Op. cit., pág.
316.
47 Roberto Arrázola, Los
mártires responden, Cartagena, Tipografía Hernández, 1973, págs. 168-169.
48 Restrepo, Historia
de la revolución, pág. 181.
49 Juan José Nieto, Selección
de textos políticos, geográficos e históricos, Bogotá, Editorial Presencia, 1993,
págs. 21-22.
50 Arrázola, Los
mártires responden.
51 Bossa Herazo, La
vida novelesca, pág. 14
52 Antonio Rodríguez
Villa, El Teniente General don Pablo Morillo. Primer Conde de Cartagena. Marqués de la
Puerta, Madrid, Tipografía de Fortanet, 1908, III, pág. 32.
53 Op. cit., pág.
5
54 José Manuel Restrepo,
Historia de la Nueva Granada, Bogotá, Editorial Minerva, págs. 48, 135.
55 Nieto, Selección
de textos, pág. 23.
56 A esta imagen negativa
que se crea de los pueblos de la costa, como lo otro que se rechaza, he llegado inspirado
por los trabajos de Edward Said, especialmente por su Orientalism, Nueva York,
Vintage, 1979.
57 Véase, sobre todo,
Francisco José Caldas, "Estado de la geografía del Virreinato de Santafé de
Bogotá, con relación al clima y el comercio" y "El influjo del clima sobre los
seres organizados", en Semanario del Nuevo Reino de Granada, Bogotá, 1942, vol. I,
págs. 15-54 y 136-196.
58 Expediente sobre la
formación del Consulado de Comercio de Santafé, 1796, en AGI: Santafé, legajo 957.
59 Para una mayor
discusión sobre el concepto de Frontera como objeto cultural, véase Robin
Well, "Frontiers Systems as a sociocultural Type", in Papers in Anthropology,
vol. 14, Oklahoma, Norman, 1973, págs. 6-15; Beverly Stoeltje, "Making the Frontier
Myth: Folklore Process in a Modern Nation", en Western Folklore, 46 (octubre, 1987),
págs. 235-253; Kerwin Klein, "Frontier Tales: The Narrative Construction of Cultural
Borders in Twentieth-Century California", Comparative Studies in Society and
History, vol. 34 (julio, 1992), págs. 469-490. Para una aproximación histórica,
véase Alistair Hennessy, The Frontier in Latin American History, Albuquerque,
University of New Mexico Press, 1978; y James Lockhart and Stuart B. Schwartz, Early
Latin America. A History of Colonial Spanish America and Brazil, Cambridge, Cambridge
University Press, 1983, págs. 252-304. Para una aplicación del concepto de
Frontera a la historia colombiana, véase Claudia Steiner, "Héroes y
banano en el golfo de Urabá: la construcción de una frontera conflictiva", en
Renán Silva (ed.), Territorios, regiones, sociedades, Bogotá, Editorial
Presencia, 1994, págs. 137-149.
60 Guillermo Hernández
de Alba (ed.), Archivo epistolar del sabio naturalista don José Celestino Mutis,
vol. IV, Bogotá, Editorial Kelly, 1975, pág. 134; Sergio Elías Ortiz, Escritos de
dos economistas coloniales: don Antonio Narváez de la Torre y don José Ignacio de
Pombo, Bogotá, 1965, págs. 239-240.
61 En 1858 José Manuel
Restrepo nombra el litoral Caribe colombiano como "costa atlántica", en Historia
de la Nueva Granada, pág. 48.
62 Todavía en 1980 uno
de los mejores libros de historia sobre la costa caribe colombiana publicaba en una de sus
primeras páginas un mapa en el cual el mar Caribe desaparecía para ser reemplazado por
el océano Atlántico. Véase Orlando Fals Borda, Mompox y Loba. Historia doble de la
costa, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1980.
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