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PARTE
I:
LAS RUTAS DE LA HERENCIA PREHISPÁNICA
CAPÍTULO 4:
CAMINOS DEL PIEDEMONTE ORIENTAL
Sistemas de comunicación prehispánica entre los Andes orientales y el piedemonte llanero
CARL HENRIK LANGEBAEK RUEDA
A la llegada de los
españoles los cacicazgos andinos colombianos tenían una economía basada en la
agricultura intensiva. Actividades complementarias, como la caza y la pesca, ocupaban una
posición más bien marginal; aun menos importante, en términos de subsistencia, era el
intercambio. Lo anterior no quiere decir que los cacicazgos andinos no estuvieran en
contacto. Diversas comunidades mantenían alianzas entre sí con el fin de competir con
otras por tierras y recursos. Por lo demás, en ciertos casos existían redes de
intercambio orientadas a la circulación de artículos de lujo o de materias primas que
resultaban importantes en el desarrollo de la producción artesanal de ciertas comunidades
privadas del acceso autónomo a esos materiales.
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Carretera a Yopal, al
lado del río Cusiana.
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En este artículo se
describe un caso en el cual se pueden reconocer vínculos desarrollados de comunicación
entre dos etnias indígenas. Simultáneamente se pretende identificar las variables que
incidieron en la formación de esos vínculos, así como su posible intervención en
procesos de evolución social. El caso corresponde al de los muiscas de las tierras altas
de Cundinamarca y Boyacá y las comunidades del piedemonte llanero, al oriente de los
Andes.
Al igual que en la
generalidad de los cacicazgos colombianos, tanto las comunidades de los Andes como las del
piedemonte mantuvieron economías orientadas al abastecimiento autónomo de recursos
básicos. Sin embargo, el intercambio se desarrolló mucho más que en la mayor parte de
los cacicazgos andinos. Prueba de ello son las frecuentes referencias etnohistóricas
sobre caminos entre la cordillera y el piedemonte (Langebaek, 1987: 132; Perea, 1989). Al
menos tres variables sirven para explicar la intensidad de los contactos entre los muiscas
y sus vecinos del oriente. En primer lugar la circulación de bienes exóticos de los
Llanos ayudaba a reforzar el prestigio político de los caciques muiscas, cuyo grado de
consolidación política era más considerable. Por otra parte, la circulación de
materias primas difíciles de producir en las tierras altas, particularmente algodón,
abastecía la producción de textiles entre los muiscas la cual servía para satisfacer
necesidades de las comunidades llaneras. En tercer lugar, las distancias entre las tierras
altas y frías y el piedemonte llanero eran supremamente cortas,facilitando así el
transporte relativamente frecuente de bienes entre ambas regiones.
LOS CACICAZGOS
MUISCAS
Durante el siglo XVI,
cacicazgos muiscas sujetos a Sogamoso, Guatavita y Tunja mantenían vínculos con las
comunidades de los Llanos. Tal es el caso de Garagoa, Guatavita, Sogamoso, Somondoco,
Tunja, Tota y Ubeita. Tota, dependiente de Sogamoso, estaba ubicada en las orillas del
lago del mismo nombre, a 3.000 metros. Garagoa, Somondoco y Ubeita estaban localizadas en
la parte baja del cañón del río Garagoa, una vía de acceso a los Llanos dominada por
Tunja (Villamarín, 1972; Tovar, 1980). Más al sur, el flanco oriental de la cordillera,
incluyendo las cuencas de los ríos Negro y Guavio que también constituyen vías de
acceso natural a los Llanos, estaba dominado por Guatavita.
La economía de los
cacicazgos muiscas se basaba en la agricultura intensiva de maíz y tubérculos de altura
en los valles fríos, complementada por el acceso simultáneo a diferentes ecologías
(Langebaek, 1987). A la llegada de los españoles una densa población estaba organizada
en un sistema político jerarquizado, en el que existían especialistas políticos y
artesanos de tiempo completo, así como mercados regulares. En estos mercados no solamente
se realizaban transacciones económicas; los caciques participaban activamente en ellos y
acudían para «dar respeto» a los líderes políticos
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Detalle
del camino real de Santafé a Choachí en el páramo de Cruz Verde.
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de mayor
importancia, participar en ceremonias religiosas y reforzar pactos de alianza (Langebaek,
1987).
Cada «pueblo» muisca
tenía como líder a un cacique y se dividía en «capitanías» llamadas utas o sybyn de
acuerdo con su tamaño. Cada capitanía ocupaba una aldea bajo el mando de un capitán y
se caracterizaba por actividades económicas especializadas tales como producción de
textiles, alfarería y orfebrería. Los capitanes, así como los caciques, heredaban su
cargo por línea matrilineal y tenían derecho exclusivo al uso de ciertas prendas (mantas
«coloradas», por ejemplo) y a ser alimentados por su comunidad (Broadbent, 1964;
Villamarin, 1972; Londoño, 1985; Tovar, 1980; y Langebaek, 1987). En tiempo de siembra y
de cosecha, los caciques y capitanes recibían tributo de los miembros de sus comunidades.
Incluso a finales del siglo XVI el cacique de Tota podía presumir de tener 40 mantas de
algodón, caracoles marinos, totumas «de Santa Marta» y oro al menos adquiridos en parte
como «regalos» ceremoniales de su comunidad (ANC V.B f 493r).
El desarrollo de los
cacicazgos muiscas no fue completamente homogéneo y las crónicas enfatizan algunas
diferencias en términos de organización política y religiosa. Sin embargo, los
cacicazgos muiscas compartían una lengua común y hablaban dialectos pertenecientes a la
familia lingüística chibcha (González, 1980). La relación entre las diferentes
comunidades del altiplano era en general pacífica y existían vínculos de exogamia entre
muchos de ellos. La participación en los mercados, por ejemplo, estaba abierta a todas
las comunidades. Los conflictos armados entre los muiscas generalmente se iniciaban debido
al interés de una confederación en expandir su dominio territorial o aumentar su
prestigio (Londoño, 1985). En consecuencia, los conflictos bélicos terminaban en el
desplazamiento territorial de las comunidades perdedoras, o en su incorporación a la
confederación triunfante.
COMUNIDADES DE LOS
LLANOS
El nivel de desarrollo
político de las comunidades del piedemonte llanero difería de aquel alcanzado por los
muiscas. En efecto, los documentos enfatizan una diversidad cultural que no tiene paralelo
con aquella de las tierras altas (ANC C+I 18 f 177v, V.B 4 f 494r). En primer lugar se
mencionan los teguas o cochaquizos, los cuales ocupaban, tanto las estribaciones de la
cordillera, como parte de las tierras planas (ANC V.B 11 f 357v). Además de los teguas,
los documentos mencionan otras «naciones» como los colimas, guacomas, quinchagoches,
guayupes, caquetios, buchipas, atames, betoas, amotoas y saes, quienes vivían
relativamente cerca del territorio muisca (ANC V.B f 494v, C+I f 177v; Morey, 1975; Llanos
y Pineda, 1982: 44-45; Mora y Cavelier, 1987).
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Pueblos de indios del
partido de Gácota, entre el río Chitagá y las montañas, año de 1772. (AGN, Mapoteca
4, mapa 55 A).
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Las comunidades del
piedemonte se caracterizaban por su diversidad lingüística, y por contrastes en patrones
de asentamiento y economía. Los teguas tenían una lengua que se consideraba diferente de
la de sus vecinos (Simón, 1981 3: 232; ANC V.B 11 357r). Los saes y buchipas hablaban
lenguas que eran mutuamente ininteligibles (ANC C+I 66 f 180v). En cuanto a patrones de
asentamiento, se afirma que los teguas vivían, como los muiscas, en aldeas nucleadas
(Simón, 1981 1: 505), mientras que los guayupes lo hacían en grandes malocas comunales
(Llanos y Pineda, 1982; y Pineda, 1985). Además, también existían diferencias en cuanto
a que algunas comunidades le daban más importancia al cultivo del maíz y otras al de
yuca (Osborn, 1989).
La guerra entre las
comunidades del piedemonte era frecuente y tenía un carácter completamente diferente del
que poseía entre los muiscas. El resultado más corriente de la guerra en el piedemonte
era, o bien el desplazamiento de las comunidades perdedoras hacia áreas marginales, o su
aniquilamiento total a manos de las comunidades victoriosas (ANC C+I 18 f 149r). Los
caciques de la región no podían ampliar su dominio territorial mediante conflictos
armados. A pesar de las continuas guerras, cada comunidad, vencedora o derrotada, seguía
manteniendo su autonomía política.
Muchas veces la economía
de las comunidades del piedemonte se describe como cercana al nivel de subsistencia. Fray
Pedro de Aguado (1956 1: 282) afirma, por ejemplo, que las comunidades de la región
vivían en «extrema pobreza». Esta observación del cronista, desde el punto de vista de
los documentos de archivo y las investigaciones arqueológicas, parece una exageración
(Marwitt, 1975; Morey, 1975; Mora, 1988, y Spencer E. y C., 1990). Sin embargo, tampoco
parece factible que se le pueda comparar con el nivel de la economía muisca. En primer
lugar la caza y la pesca se describen como actividades sumamente importantes, sobre todo
en los meses de verano (Morey, 1975). La agricultura a pequeña escala de yuca y maíz se
complementaba además con el cultivo de tabaco, ají, algodón, maní y drogas como el
yopo (Anadenanthera peregrina) y coca (Erythroxylum novogranatense), así como por la
recolección de plumas de aves tropicales y miel (Morey, 1975; Rausch , 1984; Mora, 1988;
Langebaek, 1991). Algunos grupos, como los operiguas, extraían oro de aluvión pero
aparentemente no eran orfebres; de los saes y buchipas se menciona que tejían mantas de
algodón pero no tanto como la gente de «las sierras», es decir, los muiscas (ANC C+I 18
f 178v).
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