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PARTE
I:
LAS RUTAS DE LA HERENCIA PREHISPÁNICA
CAPÍTULO 3:
CAMINOS DE LOS ANDES DEL SUR
Los caminos del sur del Cauca y de Nariño
MARÍA VICTORIA URIBE
ALGUNAS
GENERALIDADES SOBRE LA REGIÓN
El paisaje natural del sur
del Cauca y de Nariño es muy variado y se halla constituido por tres regiones físicas
con características bien diferenciadas. En primer lugar están el litoral y la llanura
del Pacífico, una franja paralela a la cordillera Occidental, caracterizada por la
inestabilidad de sus costas, la presencia de manglares entre el litoral y la llanura y una
selva húmeda con precipitaciones pluviales que oscilan entre 4.000 y 7.000 mm anuales;
los rasgos anteriores han determinado la existencia de un patrón de asentamiento muy
disperso de población en un principio indígena y posteriormente negra que vive en
construcciones palafíticas.
Esta llanura está surcada
por numerosos ríos que bajan de la cordillera Occidental para desembocar en el Pacifico;
entre los más importantes se encuentran, de sur a norte, el Mira, el Patía, el Telembí
y el San Juan de Micay; desde épocas prehispánicas estas corrientes de agua y los caños
que las interconectan han tenido una doble función: ser proveedoras de oro y de platino
de aluvión y medio único de transporte entre la llanura selvática y el litoral. Los
grupos prehispánicos que poblaron la zona se asentaron sobre montículos artificiales
para aislarse de la humedad, viviendo de la pesca y de la agricultura.
En el siglo XVI la
región fue conocida con el nombre genérico de la provincia de las Barbacoas, una clara
referencia a las viviendas palafíticas de sus moradores. Entre los indígenas que estaban
asentados en la zona a la llegada de los españoles se destacan los sindaguas, ubicados en
ambas riberas del Bajo Patía hasta el río Iscuandé y sobre las riberas del río San
Juan de Micay. Las comunicaciones terrestres entre los grupos costeros y aquellos de la
región andina se llevaban a cabo con la intermediación de los grupos del piedemonte cuyo
nomadismo y belicosidad dificultaba las relaciones interregionales.
En segundo término,
paralelo a la costa y con un eje norte-sur, se extiende el ramal occidental de la
cordillera de los Andes que en la parte correspondiente a Nariño está formado por el
nudo de Los Pastos y sus derivaciones montañosas que sirven de parteaguas entre la cuenca
del Patía y la del Putumayo. Entre éstas cabe destacar los volcanes y páramos que
circundan los fríos altiplanos de Túquerres e lpiales y el valle de Atriz, asiento de la
ciudad de Pasto. Hacia el norte del altiplano nariñense se extiende la fosa del Patía,
río que nace en el núcleo orográfico e hidrográfico más importante del país,
conocido como Macizo Colombiano, donde se cruzan los caminos del valle del Magdalena, de
Pasto y Quito, del valle del Cauca y de la costa pacífica; sobre sus laderas occidentales
se encuentra el distrito minero de Almaguer, zona montañosa y quebrada del departamento
del Cauca por donde corren los ríos Guachicono, Sambingo, Mayo y Juanambú, afluentes del
Patía.
Esta zona andina sureña
está cruzada por una cadena de volcanes cuya actividad ha influido notablemente en la
configuración de la topografía que caracteriza la región y en el poblamiento de la
misma. En efecto, de sur a norte se destacan los volcanes Chiles, Cumbal y Azufral
separados del Galeras y el Doña Juana por la profunda cuenca del río Guáitara, afluente
del Patía. Esta intrincada topografía ha sido un obstáculo para el trazado de las vías
terrestres hacia la costa pacífica y hacia el Amazonas y, en menor escala, de aquellos
que comunican la región con Popayán y Cali, hacia el norte, y con Quito y el resto de la
región andina central hacia el sur.
La última de las regiones
naturales se encuentra hacia el oriente de la zona andina; se trata de la región
selvática del Amazonas, relativamente aislada y con pocas vías de comunicación entre
las cuales está la carretera que comunica a Pasto con Mocoa y Puerto Asís en el
Putumayo. Hasta principios del siglo XX esta selva tropical estuvo poblada por numerosas
tribus indígenas como los sionas, macaguajes y huitotos quienes fueron diezmados por los
procesos de explotación del caucho; hoy en día se encuentran en avanzado proceso de
aculturación. Desde finales del siglo XIX la zona ha sido escenario de sucesivas oleadas
de colonización emprendidos por nariñenses, caucanos y tolimenses; este repoblamiento se
ha llevado a cabo a través de las trochas y caminos de herradura que se originan en el
altiplano nariñense y de allí descienden hasta la llanura amazónica.
En términos generales
esta porción limítrofe del territorio nacional no presenta un desarrollo homogéneo,
pues existen algunas zonas como la Bota Caucana, la costa pacífica, la cuenca baja del
río Patia y el piedemonte amazónico que han sido abandonados por el Estado y que están
escasamente vinculadas al mercado, factor que ha contribuido a convertirlas, desde épocas
coloniales, en zona de refugio de grupos alzados en armas. No obstante el aislamiento en
que han permanecido y las dificultades físicas que supone su incorporación a lo largo de
su historia, las diferentes administraciones departamentales han tratado de integrar las
mencionadas regiones por intermedio de caminos, la mayoría de los cuales no dejan de ser
proyectos utópicos.
VÍAS QUE
ATRAVIESAN UNA GEOGRAFÍA QUEBRADA Y ÁSPERA
La historia de las vías
terrestres en el sur de Colombia puede analizarse a la luz de los intereses predominantes
en tres momentos históricos. Un primer momento corresponde a la época prehispánica
cuando la región se hallaba poblada por grupos indígenas y los caminos servían tanto a
los propósitos de caciques y principales como a los del resto de la comunidad; algunos
vestigios correspondientes a esta época se encuentran diseminados en el paisaje. El
segundo corresponde a la época colonial y a los procesos de repoblamiento llevados a cabo
por la Corona española, época durante la cual los caminos indígenas fueron readecuados
para servir a los intereses de encomenderos, soldados y colonizadores en general.
Finalmente hay un tercer momento que corresponde a los siglos XVIII, XIX y XX, durante los
cuales los caminos ya existentes sufren las modificaciones inherentes al proceso de
desarrollo; se abren nuevas vías de penetración que buscan diversificar los mercados y
ampliar la cobertura de la Iglesia misionera.
Este proceso histórico de
varios siglos deja ver unos cambios sutiles pero importantes en la concepción de la
comunicación entre indígenas, criollos y españoles; en efecto, los senderos indígenas
iniciales son aprovechados posteriormente por los españoles quienes los ensanchan y
convierten en caminos de herradura; con el advenimiento de la época moderna algunas de
las carreteras se construyen desconociendo los trazados anteriores, mientras que otras se
superponen a los caminos previos introduciendo algunas modificaciones en lo que se refiere
a pendientes, banqueos y demás requerimientos técnicos.
LOS SENDEROS
INDÍGENAS DE LA ÉPOCA PREHISPÁNICA
A partir del siglo XIII el
altiplano nariñense fue testigo de incursiones aisladas por parte de soldados del
ejército inca; estas misiones exploratorias buscaban la anexión de esta porción de los
Andes septentrionales al estado incaico. Hacia el siglo XV los incas habían logrado
incorporar el territorio que constituye el límite actual entre las repúblicas de
Colombia y Ecuador, colocando a lo largo del curso medio del río Chota-Mira, la frontera
efectiva del imperio.
Como parte de sus
políticas de conquista los incas imponían el quechua como lengua franca y se anexaban el
recién conquistado territorio por intermedio del tributo y del trazado del camino real
cuya trayectoria en los Andes centrales iba acompañada por aposentos de descanso para los
viajeros y silos para almacenamiento de cereales; no obstante el avance norteño de los
ejércitos incaicos, la población nariñense quedó marginada de los beneficios
económicos que suponía dicho camino.
Unos siglos antes de la
irrupción de los incas el altiplano nariñense estaba dispersamente poblado por pequeños
enclaves cacicales distantes entre sí unos dos o tres días de camino. En efecto, los
restos materiales correspondientes a la fase Piartal, ubicada entre los años 750 y 1250
de nuestra era, ocupan una extensa zona de los altiplanos de Nariño en Colombia y el
Carchi en el Ecuador; localidades como Alar y El Milagro en el valle ecuatoriano del río
Chota; El Ángel, Huaca, San Isidro y Tuza en la provincia del Carchi, y Pupiales,
Carlosama, Chilmá y Guaitarilla en el altiplano nariñense, son algunas de ellas.
Durante la mencionada fase
los indígenas tenían ubicados sus asentamientos en varios pisos térmicos, entre los
1.500 y los 3.000 metros sobre el nivel del mar, con una producción basada en el cultivo
de parcelas en varios niveles altitudinales, lo que los impulsaba a desplazarse
continuamente entre unas y otras. Esta modalidad de ocupación discontinua del territorio
por parte de los cacicazgos los obligaba a un desplazamiento constante que se llevaba a
cabo por entre senderos hundidos que seguían la topografía natural, cruzando el paisaje
por la parte alta de las lomas y de los cerros; por haberse formado a lo largo de los
años, sin modificaciones de la topografía y el paso continuo de la gente, de ellos no
han quedado sino escasas huellas en el paisaje.
El intercambio a
corta, mediana y larga distancia
La movilización de los
grupos familiares entre las diferentes parcelas de cultivo no fue la finalidad única de
estos caminos; también facilitaron el desplazamiento de los indios mercaderes con los
productos de intercambio hacia otras zonas étnicas como el valle del Chota en el Ecuador,
el valle medio del Guáitara en Nariño, la costa pacífica y el piedemonte amazónico.
Los mercaderes eran los encargados de trasladar productos de las tierras tropicales a la
región andina y viceversa, para lo cual utilizaban algunos pasos naturales de las
cordilleras.
Existen evidencias que nos
hablan del inter-ambio a larga distancia de estos grupos andinos con lejanas comunidades
establecidas en la costa pacífica. En efecto, durante la fase Piartal en las tumbas de
los principales aparecen depositados algunos bienes procedentes de la costa; se trata de
varias especies de caracoles de mar y cuentas de collar fabricadas a partir de la concha
de un bivalvo (Spondylus sp.) que vive a profundidades que oscilan entre 20 y 40
metros, en las cálidas aguas de la corriente del Niño en el golfo de Guayaquil. Se
ignora cuál fue la ruta de acceso que utilizaron los representantes de la fase Piartal
para procurarse las cuentas de Spondylus; sin embargo, las evidencias parecen
apuntar a un contacto indirecto con grupos de la costa ecuatoriana, por intermedio de
indígenas del piedemonte, más que a contactos directos con grupos de la costa pacífica
colombiana.
La ruta que los mercaderes
seguían hacia la llanura del Pacífico en procura de sal, de oro de aluvión y de
caracoles marinos, partía del altiplano de Túquerres, cruzaba por en medio de los
volcanes Chiles y Cumbal y de allí descendía a Myasuer para tomar, finalmente, el curso
superior del río San Juan; otra ruta alterna parece haber existido desde el altiplano
bordeando las faldas del volcán Cumbal para descender hacia el río Telembí.
Tanto el intercambio de
larga como de mediana distancia fue asunto de mercaderes especializados que entre los
pastos, unos siglos más tarde, serían conocidos con el nombre de «mindaláes». Dentro
de la mediana distancia los productos sujetos a mayor demanda por parte de las comunidades
andinas fueron la sal, el ají, la coca y el algodón cultivados y producidos en el valle
ecuatoriano del río Chota; la madera de la palma de chonta, materia prima para la
fabricación de las macanas, los lanzadardos, los implementos del telar y las bancas
usadas por los chamanes, así como el oro de aluvión, se obtenían de las comunidades que
vivían en las vertientes cordilleranas ubicadas a ambos lados del callejón interandino.
Al respecto las crónicas coloniales mencionan el intenso intercambio que sostenían los
pastos con los abades, sus vecinos de la cuenca del río Pacual, y con los pobladores del
curso medio del río Telembí y sus afluentes.
Por el contrario, el
intercambio a corta distancia fue asunto de las unidades domésticas que lo llevaban a
cabo de una manera espontánea sin que fuera acaparado por la elite cacical o por los
mercaderes aborígenes. Este tipo de intercambio o trueque de bienes de subsistencia
logró sobrevivir durante el régimen colonial y continúa practicándose aún hoy en día
entre algunas comunidades campesinas e indígenas del altiplano nariñense.
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Carta geográfica del
departamento del Cauca y parte del Huila. Año de 1931. (AGN, Mapoteca 6 mapa 232).
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El
intercambio a mediana distancia de los pastos
La población indígena de
los altiplanos nariñense y carchense estaba integrada a comienzos del siglo XVI por
varias comunidades que habían logrado un desarrollo asimétrico en lo que se refiere a
cohesión interna y al tamaño de la comunidad. El grupo más numeroso de la entonces
Gobernación de Popayán era el de los pastos, seguido por los quillacingas. Los pastos
eran una comunidad aldeana que vivía de cultivar papa, quinua y maíz; los asentamientos
correspondientes en la provincia del Carchi se aglutinaban alrededor de cuatro cacicazgos
que eran Tulcán, Guaca, Tuza y Mira; en el altiplano nariñense la población se hallaba
diseminada por todo el territorio comprendido entre el Guáitara y el piedemonte de la
cordillera Occidental.
Las casas de los pastos
eran bohíos redondos de tapia pisada, de diámetro variable, con una sola entrada
orientada en sentido contrario a la dirección de los vientos alisios; estos bohíos
estaban agrupados en aldeas de hasta cien unidades ubicadas cerca de fuentes de agua e
interconectadas por senderos; sus habitantes tenían rebaños de llamas y tejían textiles
con la lana de estos animales.
La red regional de
intercambio de los pastos era más restringida que la de sus antecesores pues para la
época de la conquista habían perdido los vínculos de larga distancia que se tenían
establecidos anteriormente con la región costera y con la región amazónica; a cambio de
ello habían fortalecido sus relaciones de mediana y corta distancias con los caranquis y
pastos del valle del Chota y con los abades de la cuenca del río Pacual, afluente del
Guáitara. Con los habitantes de los valles interandinos tenían establecido un
intercambio de coca, sal, algodón, ají y añil; con los abades cambiaban mantas de
algodón por oro de aluvión que se extraía de algunas minas de la cuenca del río
Pacual. Los caminos utilizados por los mindaláes pastos para trasladar productos entre el
altiplano nariñense y las regiones templadas interandinas continuaban siendo básicamente
los mismos de sus antecesores.
LOS CAMINOS DE LA
COLONIZACIÓN ESPAÑOLA
El reordenamiento español
de los territorios recién conquistados se llevó a cabo con base en la fundación de
ciudades, villas y asientos; el objetivo de tales fundaciones era adecuar los nuevos
paisajes al modo de vida peninsular, introduciendo el trazado en cuadrícula de las
ciudades y villas e implantando los cultígenos y los animales traídos desde España.
Para gobernar tan vasto territorio, la administración colonial ideó tres niveles
jerárquicos que correspondían a las audiencias, las gobernaciones y los corregimientos,
estos últimos instrumento de control local de los cabildos y de los encomenderos. Con el
establecimiento del nuevo sistema surgieron contradicciones entre los objetivos de la
Corona, interesada en facilitar el flujo de las riquezas hacia la metrópoli, aquellos de
la población criolla, ocupada en enriquecerse y ampliar su poder y, finalmente, los
correspondientes a la población indígena que se vio obligada a abandonar su patrón de
asentamiento disperso y aglutinarse en los pueblos recién fundados para servir a los
intereses de las políticas de colonización.
Los primeros colonizadores
españoles de la región se asentaron preferentemente en zonas frías, pues consideraban
las partes bajas y pantanosas como malsanas y no aptas para la colonización; este
poblamiento discriminado fue marginando del proceso a zonas cálidas y bajas como la costa
pacífica, el valle del Patía y las regiones del Putumayo y Caquetá. Estos tempranos
pobladores eran lugartenientes de Pizarro y Belalcázar procedentes de los Andes centrales
de donde venían de conquistar los territorios sometidos por los incas. Su percepción de
las comunidades asentadas en los altiplanos del sur colombiano no fue muy diferente de
aquella de los incas; impresionados por la complejidad de la organización incaica no
pudieron ocultar su decepción al encontrarse con los cacicazgos de Nariño y el Cauca.
Entre aquellos que
recorrieron la mencionada región con posterioridad a Belalcázar estaban Pedro de Añasco
y Juan de Ampudia quienes, procedentes del Ecuador y acompañados por indios yanaconas de
servicio personal hablantes del quechua, se trasladaron a Pasto y de allí al valle de
Sibundoy para proseguir al valle del Patía y llegar finalmente a Popayán.
El camino real
entre Popayán y Quito
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«En el siglo XVI la
región fue conocida con el nombre genérico de la provincia de Barbacoas, una clara
referencia a las viviendas palafíticas de sus moradores». Mapa Corográfico de la
provincia de Barbacoas por el coronel Agustín Codazzi, 1853. (AGN, Mapoteca 6, mapa 17).
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Desde un principio
Popayán y Pasto quedaron comprendidas en la Audiencia de Quito la cual fue fundada en
1563; el camino real que unía a estas dos ciudades cubría unas sesenta leguas y tenía
por objeto, entre otros, facilitar el transporte de mercancías, la movilización de
soldados, funcionarios de la Corona y encomenderos, y el traslado del oro de las minas de
Almaguer en el Cauca, Madrigal sobre la cuenca del Patía y Mocoa en el Alto Putumayo, a
las fundiciones de Popayán y Cali. El tránsito entre Popayán y Pasto era penoso, pues
los viajeros debían pasar por atolladeros y desfiladeros y cruzar los ríos Juanambú y
Guáitara utilizando para ello tarabitas o maromas.
El recorrido entre
Popayán y Quito pasaba por el pueblo de La Sal en el Patía, cruzaba el río Juanambú,
se adentraba en territorio de los quillacingas entre los actuales pueblos de Briceño y La
Cruz y de allí, remontando las faldas del Galeras, caía al valle de Atriz donde se
encontraba la población de Pasto. De esta ciudad seguía su ruta hacia el sur pasando por
Yacuanquer, tomaba el curso del río Bobo, cruzaba por el pueblo de Funes y de aquí,
vadeando el río Guáitara, atravesaba por Iles y Gualmatán, para caer finalmente al
pueblo de lpiales; el trayecto de allí hasta Quito salía a Tulcán, en la provincia del
Carchi, de ahí pasaba por Huaco, descendía al cálido valle del Chota, subía de nuevo
hacia Ibarra, recorría la provincia de Imbabura para llegar finalmente a Quito, capital
de la audiencia.
El valle del Patía, a
mitad de camino entre Popayán y Pasto, era paso obligado para quienes se trasladaban
entre estas dos ciudades por el camino real; a pesar de este tránsito forzoso el valle
permaneció hasta muy entrada la Colonia como territorio agreste y fue asiento de
bandoleros y grupos hostiles hasta principios del siglo XX. La villa de Madrigal fue
fundada en 1542 por órdenes de Belalcázar en la cuenca media del Patía; su vida fue
azarosa y muy corta, pues tuvo que ser abandonada hacia finales de siglo debido a su
parcial destrucción en manos de los indios chapanchicas y sindaguas; fue un asiento
minero en clima cálido y estuvo sujeto al continuo ataque de los indígenas. Con objeto
de pacificar estas tribus belicosas y dar paso libre a los viajeros, a mediados del siglo
XVII se planeó la entrada a su territorio por tres puntos diferentes: por el mar,
remontando el río Iscuandé, por el río Chapanchica y por el Alta Patía, incursiones
que terminaron por derrotar a los mencionados indígenas.
Los viajeros que querían
evitar el paso por el Patía lo hacían tomando la trocha que de Popayán salía hacia la
villa de Almaguer en el Cauca, cruzaba los ríos Mayo y Juanambú y luego se unía al
camino real que seguía hasta Pasto. Este camino era de difícil tránsito debido a los
precipicios, páramos y lodazales que había que atravesar y en el recorrido muchas mulas
morían de frío y de fatiga. Respecto de las comunicaciones entre Pasto y los pueblos
interandinos, a mediados del siglo XVI se abrió el camino que comunicaba esta ciudad con
el pueblo de Buesaco, al norte.
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