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PARTE
I:
LAS RUTAS DE LA HERENCIA PREHISPÁNICA
CAPÍTULO 2:
CAMINOS DEL GUACACALLO
Por los caminos del Magdalena
HECTOR LLANOS VARGAS
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Desde Neiva podía
navegarse en pequeñas embarcaciones el río Magdalena hasta el puerto de Honda, punto de
encuentro de todos los caminos hasta bien entrado el siglo XX. En la foto, panorámica de
Honda con la iglesia de El Rosario en primer plano y el puente de El Carmen, al fondo.
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Hablar de los
caminos es apasionante porque lleva a reconstruirlos con la información disponible y a
ser viajeros o caminantes imaginarios de la historia, acompañando indígenas, esclavos,
capitanes, soldados, oficiales reales, misioneros, mercaderes y demás transeúntes de
cada época.
Trazar caminos ha
implicado conocer las ventajas y desventajas de la naturaleza, una interpretación
cultural de la misma, para superar sus obstáculos e iniciar un proceso de apropiación,
integración o destrucción de la misma.
Los caminos casi siempre
tienen una existencia prolongada, que se modifica en los diferentes períodos de acuerdo
con los intereses de quienes los utilizan.
Antes de la llegada de los
europeos las comunidades indígenas trazaron múltiples caminos con los que integraron sus
culturas a la naturaleza e intercambiaron sus productos.
Para los españoles
América fue un nuevo mundo que descubrieron con el fin de apropiarse y colonizarlo.
Además de sus armas usaron estrategias para alcanzar dicho objetivo, como capturar
indígenas que les sirvieron de guías, que los condujeron por sus caminos a la búsqueda
de las tierras de El Dorado.
Las villas y ciudades que
fundaron los españoles como centros de colonización y de expansión de la frontera
colonial, sobrevivieron gracias a los caminos que las comunicaron entre sí. Estas vías
principales adquirieron la calidad de caminos del rey de España a nombre de quien se
apropiaron las tierras del Nuevo Mundo.
América fue conquistada a
partir de las Antillas primero en sus litorales y luego siguiendo los cursos de los
grandes ríos navegables o los caminos aborígenes. El descubrimiento del océano
Pacífico orientó las expediciones de conquista por las costas suramericanas hasta las
tierras del Perú, que fueron sometidas al mando de Francisco Pizarro. Desde allí los
capitanes realizaron la conquista de las tierras araucanas del sur (Chile) y las del norte
(Quito).
La conquista de las
tierras del Ecuador estuvo dirigida por Sebastián de Belalcázar, que tomó la decisión
de seguir más al norte y al oriente, al tener conocimiento de las tierras de Cundinamarca
donde estaba El Dorado. Mientras tanto, Gonzalo Jiménez de Quesada a partir de Santa
Marta logró subir el curso bajo del río Magdalena y remontó la cordillera Oriental
hasta las tierras de los muiscas, donde fundó la ciudad de Santafé de Bogotá en 1538,
como capital del Nuevo Reino de Granada.
En el Alto Cauca,
Sebastián de Belalcázar fundó la ciudad de Popayán en 1536 como punto de enlace con la
ciudad de Quito y el Perú. Este camino, el Real del Perú, debía llegar hasta Santafé
de Bogotá a partir de Popayán, ya sea cruzando el Macizo Colombiano para alcanzar el
valle del Magdalena, o hacia el norte, por el valle del Cauca hasta Cartago, para cruzar
la cordillera por el Quindío y llegar luego al valle del Magdalena.
RUTAS DE
CAZADORES, AGRICULTORES, CHAMANES Y GUERREROS
Como era de esperarse los
caminos reales coloniales se cimentaron en varias de las antiguas rutas establecidas por
las culturas indígenas, a lo largo de su proceso histórico.
Los primeros senderos los
trazaron los grupos familiares de cazadores y recolectores que tras las huellas de los
animales recorrieron las tierras del sur del valle del río Magdalena, hace 10.000 años
aproximadamente. Establecieron sitios de vivienda o estaciones de caza en las tierras
planas cercanas a Neiva, donde fabricaron artefactos de piedra con una tecnología
sencilla.
Algunos grupos dedicados a
la molienda de raíces, además de la caza, remontaron parte de la vertiente oriental de
la cordillera Central y vivieron en tierras de Chaparral, hace más de 7.000. En la cima
del Alto de Lavapatas de San Agustín, también habitó otra familia durante el sexto
milenio antes del presente.
Posteriormente otras
comunidades aborígenes llegaron a las tierras planas y lacustres del valle de Laboyos,
donde construyeron sus viviendas, sembraron maíz en sus huertas y aprovecharon los demás
recursos naturales, en el quinto milenio antes del presente.
Hacia el primer milenio
antes de Cristo las tierras del sur del Huila fueron habitadas por comunidades agrícolas
y alfareras, cuyas casas y huertas dispersas en el territorio se comunicaron por una red
de caminos que bordearon ríos, atravesaron montañas y valles.
Con el esplendor de la
cultura de San Agustín durante los primeros siete siglos de nuestra era, además de los
senderos cotidianos surgieron caminos mágicos que condujeron a los grandes centros
funerarios, formados por aterrazamientos, montículos, templetes, tumbas y un arte
escultórico especializado para enterrar a sus grandes chamanes.
Seis o siete siglos antes
de la llegada de los conquistadores españoles, en el Alto Magdalena se produjeron
cambios, con el arribo de otra tradición cultural; no se sabe con seguridad si llegó por
la ruta del norte, del Magdalena Medio, o del sur de la Amazonia.
En el momento de la
conquista los territorios del Alto Magdalena estuvieron habitados por los yalcones (sur
del Huila), los paeces (Tierradentro, Cauca) y los pijaos (departamento del Tolima) que
limitaron hacia el norte con los panches, cuyo territorio llegó hasta los rápidos de
Honda.
Los cacicazgos yalcones
ocuparon los valles de los afluentes del río Magdalena como el del río Granates, donde
estuvo el poblado del cacique principal, que se comunicó por los caminos con las
residencias de las familias dispersas a lo largo del valle, con poblados de caciques de
otros valles y por donde intercambiaron los recursos de los tres pisos térmicos.
Es de esperarse que los
yalcones se comunicaron con el Alto Cauca ya sea por la ruta del valle de Las Papas o más
al norte, por la región de Paletará. En el sur, la cordillera Oriental presenta las
menores alturas y depresiones que comunican el Alto Magdalena con la Alta Amazonia
(territorio de los andaquíes).
Los paeces, dispersos en
una topografía abrupta, tuvieron contactos con los yalcones hacia el sur y con los
indígenas de Popayán, a través de los páramos de Guanacas y Moras.
Los pijaos se comunicaron
con los sutagaos hacia el oriente (región de Sumapaz); con las etnias del Valle del Cauca
hacia el occidente, al otro lado de la cordillera Central; al norte con panches, y hacia
el sur con los yalcones y otros grupos de Neiva, en las tierras secas de Villavieja y en
el valle del río Cabrera, donde los caminos se indicaron con rocas grabadas con
símbolos, formando un lenguaje aún desconocido.
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«En el siglo XVIII el
camino de Aímaguer, que cruzó el Macizo Colombiano por el valle de Las Papas, hasta San
Agustín y Pitalito, fue importante para comerciantes y misioneros. En los comienzos del
siglo XX fue la ruta que siguieron familias de indígenas y campesinos de resguardo del
sur del Cauca y de la Cruz, Nariño...". Mapa del Alto Magdalena y valle del
Guacacallos, 1752. (AGN, Mapoteca 4, mapa 397 A).
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Toda esta compleja
red de rutas la empezaron a descubrir los capitanes y soldados españoles hacia la tercera
década del siglo XVI, transformándola en espacios de terror y muerte y en caminos de
herradura por donde introdujeron las nuevas semillas de colonización.
CAMINOS DE GUERRA
Después de fundar a
Santafé de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada organizó expediciones de conquista en
dirección de los cuatro puntos cardinales. Una de ellas la dirigió hacia la región de
Tocaima, territorio de los panches, de donde siguió por el valle del Magdalena, hacia el
sur, esperando hallar las riquezas minerales del valle de Neiva y donde sólo encontró
tristezas; a su regreso estableció la ruta de ascenso al frío altiplano por el sitio de
Guataquí, a orillas del Magdalena.
En el año de 1538
Sebastián de Belalcázar partió de Popayán por el cauce del río Cauca hasta su
nacimiento, en la región de Sotará; bordeó el curso del río Mazamorras hasta su
desembocadura al Magdalena, territorio de los yalcones, y continuó su viaje por Timaná y
Neiva. En esta región tuvo conocimiento de un río que llamó Cabrera y otro que bautizó
Saldaña. En Neiva, Belalcázar recibió noticias de las actividades de Jiménez de
Quesada, por lo que decidió subir a Santafé de Bogotá, donde se encontró con este
conquistador y con Nicolás de Federman que venía de los Llanos Orientales.
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