CAMINOS REALES DE COLOMBIA
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Sin embargo, la navegación con lanchas de vapor, iniciada por Rafael Reyes en 1876 (Reyes, 1986), significó una profunda transformación de las comunicaciones regionales. Las quinas ya no ascendían la cordillera; ahora descendían hacia los puertos del Putumayo para, de ahí, iniciar un largo viaje que pasaba por Manaos y Pará antes de embarcarse en los grandes buques rumbo a Europa. Visto en forma más amplia significaba la inserción definitiva de nuestra Amazonia en la economía mundo (Wallerstein, 1984) y con ellos el terrible paso de «organizar» las comunidades para servir a la «civilización».

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Aspecto de la carretera La Tagua-Caucayá, después Puerto Leguízamo, en 1933, durante el conflicto colombo-peruano. En primer plano el ingeniero Carlos Miller.

Después de la caída de las quinas (1884), los quineros se hacen caucheros. Especialmente la explotación de la siringa (Hevea) produjo el máximo avance de capital sobre la planicie y, con ello, la fundación de puertos y la adecuación de varadores y trochas para facilitar el comercio y la circulación de mercancías. El puerto de Iquitos, en la Amazonia peruana, se convirtió en el nuevo centro comercial para el Alto Amazonas y los caucheros colombianos construyeron una compleja red de caminos y varadores para comunicar entre sí el Caquetá y el Putumayo con el Amazonas a través del Napo. Esta red fue monopolizada luego por la Peruvian Amazon Company o Casa Arana, sirviéndose para ello de la expropiación pacífica o violenta y generando así uno de los capítulos más sangrientos de la historia suramericana en el siglo XX.

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Camino de la cordillera que conduce a Florencia. El conflicto colombo-peruano aceleró la construcción de la carretera Neiva-Florencia para facilitar el transporte de tropa y bastimentos. En la foto: el doctor Enciso, en primer plano, el teniente Rojas, al fondo, y dos obreros. (AGN, República, Mingobierno. Reproducción cortesia de A. Gómez L.).

Simultáneamente con el desarrollo de las caucherías en el Caquetá - Putumayo se produjo el avance cauchero sobre el Vaupés y el río Negro. Partiendo de los Llanos Orientales se penetraba por el Ariari hasta San José del Guaviare y por trochas, varadores y navegación en canoa se sacaba caucho por el Vaupés hasta el río Negro para ser embarcado hacia Manaos. Otra ruta más larga y menos utilizada partía del río Meta tomando un varador hacia el río Muco; de allí se podía navegar hasta el Vichada y el Orinoco para penetrar en el río Negro, el lnírida, el Isana y en toda la compleja red de afluentes de estos ríos descritos magistralmente en La Vorágine por José Eustasio Rivera.

EL COMPLEJO MUNDO DE LAS TROCHAS Y VARADORES DE LA AMAZONIA

La palabra trocha es un americanismo para designar un camino angosto abierto en medio de la selva o la maleza. Se distingue del camino propiamente dicho en que no se tumban los árboles de sus orillas ni se invierte trabajo en ampliar la vía ni en construir puentes y pasos permanentes. La existencia de la trocha depende del tráfico, pues los viajeros despejan la vegetación con sus machetes y marcan la vía con sus propias huellas; por eso, si una trocha es poco utilizada termina por desaparecer devorada por el avance de las plantas. Realmente durante las caucherías los caminos verdaderos fueron muy pocos; predominaban las trochas de vida efímera cuya existencia sólo se conoce actualmente por el trazado en los mapas de la época. Un camino sólo tenía razón de existir en lugares tan transitados como entre San José del Guaviare y Calamar en el río Unilla (Alto Vaupés); Mocoa y el río Guineo (Alto Putumayo); Mocoa y Limón (Alto Caquetá); el paso de la Tagua a Caucayá (ríos Caquetá a Putumayo) o del Encanto (río Caraparaná) a La Chorrera (río lgaraparaná). De resto, aunque estratégicamente se supiera de la necesidad de construir caminos, la realidad socioeconómica sólo permitía mantener las trochas. Por ellas de vez en cuando pasaban unos pocos viajeros o cazadores y luego la selva tornaba a cerrarse.

Aunque el varador clásico es el paso entre ríos diferentes, también se encuentran los varadores para cruzar los saltos y raudales de un mismo río por tierra y los llamados arrastraderos de raudal. Estos se diferencian del anterior en que las embarcaciones se pasan por el mismo cauce del río jalándolas con cuerdas. Como estas técnicas no han variado en siglos podemos describirlas basándonos en observaciones actuales.

Los varadores al comunicar ríos entre sí exigen un profundo conocimiento de las zonas pantanosas donde se produce el divorcio de aguas entre afluentes navegables de esos ríos, lugar donde realmente se varan las canoas. Los pasos directos entre dos grandes ríos, como el que existe entre el Apaporis y el Mirití-Paraná, son muy raros. En la gran mayoría de los casos es necesario ascender por afluentes y subafluentes, cada vez más estrechos y de tránsito difícil, hasta llegar al punto de máxima cercanía entre las dos cuencas fluviales. Allí la canoa se descarga y se saca a tierra (se vara) para arrastrarla, por distancias que pueden variar entre pocos metros y varios kilómetros, hasta devolverla al agua en otro pequeño subafluente del río principal vecino.

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Aspecto del camino desde el río Caquetá hasta el río Mirití, en el Amazonas. (Fotogratía M. Useche, 1984).

Una canoa mediana, construida de un solo tronco ahuecado, puede tener un peso que oscila entre media y una tonelada, dependiendo del tipo de madera utilizada y del ancho que tenga. Para poderla arrostrar es necesario hacerlo sobre un tendido de cilindros de madera que, a manera de ruedas, van rodando al empujar la canoa sobre ellos. Se emplean unos veinte cilindros y una vez van siendo liberados, luego que la canoa se ha deslizado sobre ellos, se colocan otra vez al frente para reiniciar el procedimiento. Así se puede avanzar entre diez y quince metros por cada tendido realizado. De esta manera, con fuerza y paciencia es posible atravesar un varador de aproximadamente quinientos metros sobre terreno plano, en medio día de trabajo. Sin embargo, el problema se complica cuando hay que ascender y descender cuestas venciendo el enorme peso de la embarcación en forma vertical. Para ello es necesario amarrar la canoa a cables largos que se enrollan, en la parte alta de la cuesta, al tronco de los árboles para usarlos de palanca y polea. Jalando del extremo libre de los cables y empujando centímetro o centímetro la embarcación desde atrás, es posible vencer el ascenso más empinado. En casos extremos o cuando hay facilidad para fabricarlo, se construye un ingenioso y sencillo artificio, llamado «trapiche», con el cual es posible arrastrar (o contener en descenso) embarcaciones con varias toneladas de peso. Este mecanismo consiste en un tronco de unos diez centímetros de diámetro por tres metros de largo, encajado horizontalmente sobre dos horquetas de árboles bajos, de frente a la canoa y en el alto de la loma. En los dos extremos libres del tronco horizontal se amarran palancas en «x» para permitir la rotación sobre sí mismo. Si se fija una cuerda en el centro del tronco que está rotando se enrolla sobre él y ejerce una gran fuerza de tracción sobre la canoa cuando se amarra en el otro extremo de la cuerdo a su proa. El «trapiche», aunque es de una eficiencia asombrosa, puede resultar un arma mortífera en la eventualidad de soltarse la cuerda o de quedar libres las palancas de enrollar por la enorme fuerza que va acumulando en cada giro.

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