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Nota del Editor Académico
La historia de los caminos
reales traza la senda por donde se ha venido haciendo la sociedad, la economía y el
espíritu de la nación, pero también es la historia de la disolución y la
transformación de otras maneras de convivir. Es la saga de nuestra hechura como país,
inacabado pero avanzando.
Son muchos los caminos de
los pueblos y su historia es un registro formidable de la modulación de la identidad; de
los cambios que se reciben y de los que se dan. Esos caminos de ida y vuelta son los que
comunican bien. Pero hay otros, los que sólo sirven para sacarnos de la cueva y nos
llevan a la huida o nos regresan al confinamiento aldeano. ¿Fatalidad de algunos pueblos
o prudencia? Y hay también los caminos que sólo traen, sin pedir. Aquellos por donde
cabalga impetuoso el apocalipsis de las pasiones, que a veces nos libera, otras nos
esclaviza, pero siempre nos duele y nos merma. De todos esos trata este libro, con
diferentes acentos.
Caminos Reales, aquellos
por donde circulaba el soberano, es decir, el Estado, en realidad eran pocos. En un
principio se trató de los que fueron abiertos por orden expresa de la Corona para
trasladar el situado fiscal y eran, por lo tanto objeto de cuidado y vigilancia
especiales. También los hubo sobre la senda en uso, abierto de antiguo por el gobierno
indígena, ambos a fuerza y sudores de indio, yendo y viniendo hacia y desde los mismos
puntos, como tantas cosas de América. Después, el uso y la proliferación de la nueva
vida convirtieron en reales, por analogía, a los caminos recién abiertos o a los
abandonados, vueltos a hollar. Por eso podemos encontrar hoy en día reminiscencias de
caminos reales, en casi todo el territorio nacional, cuya realeza sólo consiste en la
certeza de que fueron o son reales caminos.
¿Cómo abarcar esta
diversidad, con objetividad y hasta con gracia, sin que la realidad histórica y la bueno
lectura resintieran las inevitables exclusiones de toda selección? Porque los cam¡nos,
como los hombres, tienen su prosapia y jerarquía; y sobre ellos se ha urdido una fina
trama de intereses y afectos regionales, familiares y políticos. Por eso elaboramos
nuestro propio itinerario para abordar lo geografía del alma nacional a través del
proyecto editorial plasmado en este libro.
Por iniciativa de los
historiadores Pilar Moreno de Ángel y Jorge Orlando Melo, miembros de la junta directiva
del Fondo FEN-Colombia, y de Angel Guarnizo, su director ejecutivo, emprendimos un
dilatado periplo que a lo largo de cinco años nos llevó a veces por los difíciles
senderos que toda empresa cultural debe atravesar en nuestro medio. Pero fueron sólo
estaciones en el camino.
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Mapa del camino de Santa
Fe a Ibagué, atravesando el río Magdalena. Siglo XVIII. (AGN, Mapoteca 4, mapa 234-A).
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Entre paradas,
propusimos varias estructuras del libro que finalmente condujeron a una definitiva que
permitió incluir no sólo a los caminos de más encumbrada reputación por su significado
nacional sino a los que por venir o llevar a las tierras del olvido, como los de la
Orinoquia, la Amazonia o el Chocó, pocas veces se los mencionaba, pese a que también han
servido en la construcción del país actual. Así mismo, quisimos dar una idea de la
estructura regional que el país va consolidando y del nexo o ruptura entre la historia y
el tiempo presente, relación que en los caminos tiene harta vigencia. Esa fue, sin más,
la razón de la organización interna que se le dio a la obra.
Cada uno de los autores
incluidos fue invitado a escribir según esos criterios. No se pretendió que totalizaran
la historia y la vivencia de las respectivas regiones, sino que cada artículo fuera
representativo de ellas, con el rigor del entrenamiento académico que los caracteriza y
la amenidad de su experimentada escritura. Por eso cada uno de los artículos se organizó
en el libro como una ventana que invita a asomarse a la vastedad de espacios y de tiempos
que sugieren los capítulos que los presiden.
Los directores del
proyecto y los editores estamos agradecidos con ellos por haber aceptado sumarse a este
viaje por la Colombia caminera, esperando con paciencia en las dilatadas estaciones que
tuvo. Ninguno se apeó de su cabalgadura por propia voluntad; sólo la muerte nos privó
de la sabrosa palabra del maese Pedro Gómez Valderrama, pero no alcanzó a arrebatarnos
la de don Eduardo Lemaitre. Ojalá este trabajo sea considerado también como un
reconocimiento a su memoria creadora.
Las decisiones para la
configuración del plan del libro se apoyaron en la abundante información que Marta
Lucía De la Cruz Federici investigó en el Archivo General de la Nación, en la
Biblioteca Nacional, en la Biblioteca Luis Angel Arango y en bibliotecas particulares. Con
los resultados obtenidos tras su diligente tarea, y con su asesoría, se orientaron la
estructura definitiva y el contenido gráfico del libro, quedando para posteriores usos
divulgativos un acervo de información cartográfica y documental.
Cada artículo va
acompañado de un mapa con base cartográfica actual, en el cual se señalan las
continuidades o discontinuidades de los caminos históricos, los lugares desaparecidos o
que perduraron, con el fin de ayudar al lector a situarse en la contemporaneidad de las
dos geografías. Este trabajo, para el cual se emplearon las técnicas modernas usuales en
publicaciones de esta clase, estuvo a cargo de la ingeniera geógrafa Melba de León.
Una atención especial se
puso en la elaboración de las referencias del material gráfico, para brindar a los
lectores curiosos y a los especialistas la información más rigurosa posible sobre las
fuentes.
Una obra de las
características de esta requiere la colaboración de muchas personas e instituciones,
cuyos reconocimientos aparecen en otro lugar. No puedo dejar de mencionar, sin embargo, mi
agradecimiento por la persistencia, a veces obstinación, de Angel Guarnizo, director del
Fondo FEN-Colombia, quien se encargó de mantener la vigencia institucional del proyecto a
lo largo de un lustro.
Sin el apoyo y las
orientaciones recibidas de Pilar Moreno de Ángel y de Jorge Orlando Melo esta realidad
editorial de hoy tal vez no hubiese sido. La espléndida biblioteca particular de Pilar
Moreno de Ángel y su exquisita colección de grabados del pasado siglo, fueron puestas a
disposición del proyecto, con la gentileza y sapiencia conocidas de su curadora y dueña.
Para ella y para Jorge Orlando Melo mi renovado agradecimiento.
Las fotografías actuales
y la reproducción de las de archivo y colecciones estuvieron bajo la lente de Alberto
Sierra, quien caminó tras las imágenes seleccionadas de nuestra geografía. A la
destreza de Ana María Sierra se deben la producción editorial del libro y el cuidado de
su confección. Al agradecerles su trabajo, lo hago con la seguridad de que los lectores
apreciarán, como yo, los frutos de su esfuerzo.
A Gloria Amparo, a
Claudia, y a los demás colaboradores del Fondo FEN, gracias por su siempre oportuna
ayuda.
Santafé de Bogotá,
diciembre de 1995
MARIANO USECHE LOSADA
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