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INTRODUCCIÓN
CAMINOS REALES: CAMINOS
DEL MAR, CAMINOS EN TIERRA
GERMÁN ARCINIEGAS
La historia de los
Caminos Reales es la del descubrimiento español de América. La primera historia de los
caminos del Atlántico, es italiana. El camino del mar, como es natural, le tocaba
descubrirlo a gente del mar. El obstáculo creado por los turcos al cerrar el paso por el
Mediterráneo, era problema para Venecia, Florencia,
Pisa, pero principalmente para
Génova. Todas esas florecientes naciones habían hecho su historia, la de su comercio, su
marina y sus bancos, trayendo del Oriente mercancías que se compraban en el resto
de Europa la seda, la pimienta, los clavos, la canela distribuyéndose por los
mercaderes de los estados italianos. Al cerrar los turcos el camino del Mediterráneo, se
impuso la necesidad de buscar nuevas rutas en el mar.
Una posibilidad fue cruzar
el Atlántico. Esto no era para resolverlo Castilla. El reino ibérico de Tierra Adentro
llevaba siete siglos de pelear contra los moros. En 1492 se dio la última batalla. Isabel
luce como una heroína y en el momento preciso en que llega Colón, el genovés, con su
plan de ir al Asia atravesando el mar, cae Granada. Hacía 20 siglos estaba cerrado el
Atlántico por una tradición tenebrosa. Se entusiasmó la Reina con un proyecto que
sirviera de programa para llevar su gente a otra parte. Aprobó el plan, cruzó el mar y
se encontró con los españoles en lo que vino a llamarse América. Toda la aventura
fue idea de genoveses y florentinos, llevada a cabo por el marino genovés, y puesta
providencialmente bajo la bandera de Castilla.
Llegados los españoles a
lo que vino a ser América, la encontraron completamente desunida. Era un archipiélago
que les resultó avanzadísimo en unos puntos, primitivo en otros, descosido
descontinuado. El desconocimiento de unos y otros salta a la vista cuando sólo en Nueva
Granada había más de cien lenguas. Un inca del Perú que llegara a la capital azteca,en
México, se encontraría como en la Luna. Sin manera de expresarse sino por señas. Los
españoles imponen un idioma común desde México hasta Chile que permita entenderse a
todos los pueblos. Construyen además caminos que vienen a llamarse caminos reales.
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Detalle del antiguo
camino a Cúcuta, llegando a Tipacoque, en la vereda El Amparo, Boyacá.
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CAMINOS
PRECOLOMBINOS, REALES COLONIALES Y REPUBLICANOS
Antes, es cierto, hubo
caminos... Anduvieron los precolombinos caminando y comerciando a trueque más que
imponiendo una lengua común. Por haber desarrollado sus civilizaciones sobre las
cordilleras, su arte de construir trochas y puentes, de llegar a mercados distantes
escalando montes y cruzando ríos los llevó a hacer puentes de bejucos tan elegantes como
el de Brooklyn de acero, y a empedrar caminos y hacer escaleras tan perfectas como las de
los taironas, y a cruzar provincias de lenguas diversas como en los largos caminos reales
que recorrían los chasquis incas yendo de tambo en tambo a velocidad de mulas, como
ocurría también entre los aztecas. Se explica así la rapidez en enterarse o Atahualpa o
Moctezuma de la llegada de los hombres blancos. La posta y el camino real no fueron
novedad en los imperios precolombinos. El Imperio español se montó sobre el esquema
indígena. Entre otras razones porque hubo de común el que Castilla, el incanato, los
aztecas y los chibchas fueron reinos de tierra adentro y no marítimos, como los italianos
del mar Mediterráneo. Pero en el archipiélago de las naciones aborígenes hay un hecho
que denuncia la discutible solidez de los dos grandes imperios, el azteca y el incaico: en
1492 estaban rotos en su unidad política. Cortés y Pizarro se beneficiaron con las
divisiones indígenas.
Un camino real español se
diferencia del camino de los indios en que van a transitarlo, además de los hombres, los
caballos, los bueyes, las mulas... y los indios cargueros. Con los españoles va a llegar
también la rueda, pero el camino real no va a ser carreteable sino mucho tiempo después,
en el altiplano y ya en la república. Será un camino real republicano. Los caminos
reales más importantes serán de herradura y llegar a un puente de arcos romanos como el
Puente del Común sobre el Bogotá, es cosa ya para los virreyes que llegan tarde. Los
primeros caminos reales se parecen más a los de los incas, lo mismo que los primeros
puentes. Los puentes de bejucos de los incas son como anteproyectos del de Brooklyn. El
colgante de hilos de acero es la reproducción en nuestros tiempos de lo que habían
ideado los incas siguiendo la enseñanza de lo que hacen los micos en la selva amazónica.
Después de todo, la naturaleza es maestra de confianza.
DE CARTAGENA Y
PANAMÁ A BUENOS AIRES, POR TIERRA
No tuvo España un plan
general para unir todas sus colonias en América dentro de una red de caminos. Creó
inicialmente dos grandes virreinatos, el de México y el Perú. Hubiera correspondido la
parte de Suramérica al Virreinato del Perú. Los incas tuvieron hasta cierto punto un
plan, el del Tiaguatisuyo y las huellas del Imperio llegaron hasta muy lejos de Cuzco. Ya
está dicho que unían sin alcanzar a mantener sino una unidad muy relativa: hasta donde
los españoles montaron sus caminos reales sobre los caminos reales de los incas.
El lazarillo de ciegos
caminantes, de Concolorcorvo, da la fotografía perfecta de lo que era el camino real de
Suramérica que arrancaba de Buenos Aires y debía cubrir todo el territorio de que se
servían los hijos del Mar de Plata para abastecer sus tiendas con las mercancías que
debían comprar las telas y los espejitos en Santo Domingo para su clientela en la grande
aldea, que no era tan grande, Buenos Aires, es la mejor radiografía de lo que era la
Colonia a mediados del siglo XVIII. Eso se reflejaba en las dos puntas de Suramérica: el
Río de la Plata y Cartagena.
Nosotros celebramos los
500 años del descubrimiento, la creación de la Colonia y la gloria del Imperio español.
Pero hay que saber cómo dejó España montada su América sobre los caminos reales y qué
eran sus caminos. El descubrimiento español consistió prácticamente en el
descubrimiento por tierra. Fue el descubrimiento de México, de la Nueva Granada, de
Perú, de Quito, del Amazonas, del Orinoco, el Pánuco, el Paraná, el Mississippi, la red
de caudalosos ríos que corren por las selvas americanas. Llegó el español a descubrir
el Popocatépetl, el Orizaba, el Momotombo, el Chimborazo, el Puracé, todos los picos de
los Andes, es decir: el español es el descubrimiento de la tierra americana. El
descubrimiento del Atlántico fue italiano. El de la tierra implicaba cruzar de caminos,
sobre todo en Suramérica, los Andes, las pampas y una selva que todavía hoy resulta
impenetrable. La conquista romana en Europa es un juego de niños, comparada con la que
tenían que hacer los españoles en Suramérica y se quedaron en lo que habían hecho los
incas. Hasta donde llegaron los incas con sus caminos, hasta ahí llegaron los siglos, es
la idea apenas creíble de habérseles ocurrido poner cerradura al océano Atlántico
dejándolo con una sola entrada y una sola puerta en Cartagena y cerrar a Buenos Aires
para que no pudiera ser puerto. Por eso, el camino real empezaba en Buenos Aires. Por
tierra tenía el comerciante que salir atravesando la pampa hasta Mendoza o Jujuy donde se
estableció la gigantesca estación de recuas de mulas para comenzar la ascensión de los
Andes e ir a Santiago de Chile, a Potosí, a Cuzco, a Lima, a Quito, a Panamá, a
Cartagena, a Santo Domingo, y comprar géneros para surtir las tiendas de Buenos Aires.
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Tren de viaje de un cura
de las Tierras Altas. (Tomado de: Costumbres neogranadinas. RamónTorres Méndez, inv.
Carmelo Fernández, dib. Imprenta de Martínez hermanos Bogotá, 1851 Biblioteca
particular Pilar Moreno de Ángel)
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BUENOS
AIRES, LA GRAN ALDEA
No se entiende la historia
de los caminos reales sin tomar esta primera visión global que explica la partida
elemental de la Colonia y por qué al final de 300 años, la rueda no entró a ser el
complemento del camino, sino donde las carretas pudieron correr, es decir, desde Buenos
Aires hasta Mendoza. Pero donde la montaña se impuso desde Mendoza hasta México,
desapareció la rueda. Lo que hubo fue la mula y la bestia. La bestia era el indio. Lo que
incidía esto, en la sociedad colonial, se refleja de una manera impresionante en la
sociedad porteña. Uno dice hoy Buenos Aires y piensa en una ciudad marítima. Los
habitantes de Buenos Aires se llamaban porteños. Cuando se habla de un camino se piensa
en una carretera o en un carreteable sin darse cuenta de que la rueda no entra a darle
vida al estado sino cuando el estado se hace republicano en América. La pintura de Buenos
Aires que aparece en El lazarillo..., de Concolorcorvo, introducción a los caminos de la
Colonia de Buenos Aires a Lima sirve de introducción al tema.
"Esta ciudad
está bien situada y delineada a la moderna, dividida en cuadras iguales y sus calles de
igual y regular ancho, pero se hace intransitable a pie en tiempo de aguas, porque las
grandes carretas que conducen los bastimentos y otros materiales, hacen unas excavaciones
en medio de ellas en que se atascan hasta los caballos e impiden el tránsito a los de a
pie, principalmente el de una cuadro a otra, obligando a retroceder a la gente, y muchas
veces a quedarse sin misa cuando se ven precisados a atravesar la calle.
Los vecinos que no
habían fabricado en la primitiva y que tenían solares a los que compraron
posteriormente, fabricaron las casas con una elevación de más de una vara y las fueron
cercando con unos pretiles de vara y media, por donde pasa la gente con bastante comodidad
y con grave perjuicio de las casas antiguas, porque inclinándose a ellas el trajín de
carretas y caballos, les imposibilita muchas veces la salida, y si las lluvias son
copiosas se inundan sus casas y la mayor parte de las piezas se hacen inhabitables,
defecto casi incorregible".
Esta descripción de
Concolorcorvo corresponde al final de la Colonia. Han pasado 200 años. Si se toma
por punta y punta el camino real en la imaginación de una Suramérica española en un
extremo está Buenos Aires y en el otro Cartagena, Buenos Aires es de lodo y olvido,
Cartagena de piedra y orgullo. El viajero que va a comprar mercancías al Caribe para
surtirla gran aldea del Río de la Plata, se encuentra en una ciudad maravillosa de
castillos, murallas, palacios, iglesias. Es la grandeza castellana labrada en unas rocas
del Caribe para la entrada del continente cerrado. Por eso se quedó Buenos Aires, por
ejemplo, sin catedral. La catedral de Buenos Aires la hizo la República. Es notable
comparar lo que va a describir Concolorcorvo en 1773, con lo que habían hecho los
españoles en México en el 500:
«La plaza es
imperfecta y sólo la acera del cabildo tiene portales. En ella está la cárcel y oficios
de escribanos y el alguacil mayor vive en los altos. Este cabildo tiene el privilegio de
que cuando va al fuerte a sacar al gobernador para las fiestas de tabla, se le hacen los
honores de teniente general, dentro del fuerte, a donde está la guardia del gobernador.
Todo el fuerte está rodeado de un foso bien profundo y se entra en él por puentes
levadizos. La casa es fuerte grande, y en su patio principal están las cajas reales. Por
la parte del río tienen sus paredes una elevación grande, para igualar el piso con el
barranco que defiende al río. La catedral es actualmente una capilla bien estrecha. Se
está haciendo un templo muy grande y fuerte, y aunque se consiga su conclusión, no creo
verán los nacidos el adorno correspondiente, porque el obispado es pobre y las canonjías
no pasan de un mil pesos, como el mayor de los curatos. Las demás iglesias y monasterios
tienen una decencia muy común y ordinaria».
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Plano de
acceso a la Villa de Honda, con el puente caído sobre el río Guali y el utilizado entre
San Francisco y la fábrica de aguardientes. (AGN, Mapoteca 4, mapa 201 A).
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COLOMBIA O
LOS CAMINOS DE JIMÉNEZ DE QUESADA
En Colombia el mapa de la
nacionalidad quedó trazado por Jiménez de Quesada al emprender su marcha de Santa Marta
al interior, en busca de ese más allá que le iban señalando los indios para salir de
él y que vino a quedar convertido en el mito de El Dorado. De más allá en más allá lo
fueron llevando hasta un lugar tan lejano como vino a ser Teusaquillo al pie de Monserrate
y Guadalupe a 2.600 metros en el tope de las tres cordilleras en que se dividen los Andes
al entrar en el territorio de lo que es hoy Colombia. Fijado así, el centro del Nuevo
Reino y constituida su capital, Santafé, en lo más distante del Caribe por un lado y del
Pacífico por el otro, se fueron trazando todos los caminos reales desde Pasto por el sur,
Buenaventura por el occidente, Cartagena y Santa Marta por el norte, y Cúcuta y
Villavicencio por el oriente para llegar a Santafé y formar así la telaraña que
cubriera el Nuevo Reino desde todos los extremos en la más complicada red imaginable. Los
viajes de Quesada, Federman y Belalcázar señalaron los esquemas de los primeros caminos
y de ahí en adelante, cada exploración que se hizo fue indicando el nuevo camino. Cada
parada en el lugar donde nacería una nueva ciudad y la explicación de que Colombia sea
un país de ciudades, se encuentra en los tambos que fueron marcando como paradores, los
altos en las jornadas, cuando la Colonia se hizo para que la transitaran los españoles a
lomo de mula, o más exactamente de indio. No hubiera sido por El Dorado, y se hubiera
fijado la capital del reino en Santa Marta o Cartagena, los caminos reales hubieran
quedado para que los abriera la República en una tardía época de expansión. Ilusión o
realidad, El Dorado fue el fundamento de la nación colombiana tal como quedó formada
sobre el esqueleto de los caminos reales. Y el Magdalena y el Cauca, los ríos que
facilitaron la primera parte de la penetración. En primer lugar, el Magdalena. Como
correspondía a la obra del fundador Jiménez de Quesada.
Cuando comienza a formarse
Colombia, podría compararse nuestro punto de partida con lo que era la Argentina en el
año de Concolorcorvo. El Buenos Aires de 1773, desde el punto de vista humano, era tan
primitivo, que deslumbraba Cartagena al visitante que llegado a comprar mercancía, se
encontraba con algo más movido e importante que su pueblo, que entonces tenía 21.065
almas de esta calidad: 3.639 hombres españoles de los cuales 1.398 eran peninsulares, 456
extranjeros y 1.787 criollos; 4.508 mujeres; 5.712 oficiales, soldados, clérigos,
frailes, monjas, presos e indios, y 4.163 esclavos negros y mulatos. Es decir: que en el
Buenos Aires de 1773 había más negros que hombres blancos.
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