|
INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
|
|
|
Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
CAPITULO VIII
LA POLITICA
1. LAS DIGNIDADES DE LA REPUBLICA
Las dignidades municipales que componían el Cabildo de Cali en
el siglo XVIII eran de dos tipos: electivas y vitalicias. Quienes
ocupaban un puesto permanente de regidor debían comprar su dignidad
en Popayán, en pública subasta. En términos generales existía un
cierto concenso social respecto de las personas que podían acceder
a estos cargos. En el siglo XVI los encomenderos habían logrado
acapararlos y se habían opuesto a que los ocuparan artesanos o
personas que se consideraba de una condición inferior. A pesar de
que se introdujo en ellos la venalidad, se siguieron considerando
un monopolio de personas "distinguidas" y, aunque
no fueran hereditarias, sólo sus descendientes o algún allegado se
atrevía a pretenderlos. Cuando el simple poder del dinero trataba
de forzar esta conveniencia social informulada, surgía fatalmente
el conflicto.
El cargo más vistoso y de mayor influencia social en el Cabildo, el
del Alférez real, pertenecía por este derecho de preeminencia
social a la familia Caicedo. En él se sucedieron, en el curso del
siglo, cinco miembros de esta familia:
Cristóbal de Caicedo Salazar, hasta 1705
Nicolás de Caicedo Hinestroza, de 1706 a 1736
Juan de Caicedo Jiménez, 1736 a 1744
Nicolás de Caicedo Jiménez, 1744 a 1756
Manuel de Caicedo Tenorio 1758 a 1808
En el interregno de 1756 a 1758, durante la enfermedad de Nicolás
de Caicedo J., ocupó el cargo de su yerno, el español Francisco
Lourido Romay. El sucesor tuvo que disputar el cargo a un poderoso
comerciante, Manuel Pérez de Montoya, cuyo suegro, el español y
comerciante Soto y Zorrilla, había entrado ya una vez en conflicto
con los patricios de la ciudad en 1743. Pérez de Montoya alegó en
1759 que el título obtenido por su rival estaba viciado pero no
logró la anulación. Tuvo que contentarse con ejercer el cargo de
teniente de gobernador que le fue confiado al año siguiente y
rivalizar desde él con el Alférez.
Los otros regimientos perpetuos eran, en orden de precedencia, el
de Alguacil Mayor, el de Alcalde mayor provincial, el de
Depositario general y el de Fiel ejecutor. La importancia de estos
cargos se medía por sus funciones pero sobre todo por el rango que
proporcionaba cada uno en relación al otro, según un orden
preestablecido por la tradición. Según una disposición de la
Audiencia de Quito de 1742 la precedencia de los cargos es la que
se ha indicado. En 1770, sin embargo, Antonio Cuero, allegado de la
familia Caicedo, se empeño en gozar de la precedencia, como Alcalde
mayor, sobre el Alguacil. Este último era Martín Domínguez
Zamorano, hijo de un comerciante español cuyos títulos al Cabildo
habían sido impugnados también por el clan de los Caicedos hacía
una generación. En el mismo año de 1770 se dió una disputa parecida
entre dos cuñados, ambos hijos de comerciantes, al pretender
Antonio Garcés y Saa que su fielato debía preceder al puesto de
depositario general que ocupaba Andrés Francisco Vallecilla
|
1
.
Como se verá más adelante, los regidores ejercían un control
indiscutible en los asuntos de la "República".
Era natural entonces que los comerciantes -generalmente de origen
español- buscaran abrirse camino en el Cabildo haciendo valer el
peso de sus escudos. En 1744 Manuel Caicedo y el comerciante Matías
Domínguez Zamorano disputaron el puesto de Depositario pero el
último ofreció 1.250 pts. y venció a su contrincante. Los Caicedos
buscaron hacer anular la otorgación alegando ilegitimidad en
Domínguez y el hecho de ser mercader. Esta vez, sin embargo, el
comerciante fue apoyado por otros españoles y un linaje de
comerciantes criollos, el de los Garcés y Saa.
Los regimientos y el control municipal fueron monopolizados por
propietarios y mineros hasta 1726, cuando el hijo de un comerciante
español obtuvo la Alcaldía mayor provincial mediante el pago de mil
pts. Se trataba del Maestro Ceballos, cuyo título le venía de
estudios hechos en Quito y que sucedía en el cargo a un importante
propietario. Don Feliciano de Escobar Alvarado. Ya en 1720 Ceballos
había sido procurador de la ciudad y desde 1722 familiar del Santo
Oficio. Ostentando su nueva dignidad de Alcalde mayor fue elegido
dos veces alcalde ordinario e intervino durante más de veinte años
en los asuntos del Cabildo. En 1734 fue teniente de gobernador y
como tal encargado de residenciar funcionarios. En 1744, junto con
dos comerciantes españoles, se quejaba de los Caicedos, a quienes
calificaba de despóticos y soberbios. Estos reaccionaron pidiendo
que el Maestro cerrara su tienda de comerciante o cesara en el
ejercicio de la Alcaldía mayor. Con este pretexto llegaron a
obtener que la Audiencia de Quito lo suspendiera, pero fue
restituído prontamente.
La preeminencia de Ceballos se debía, más que a sus estudios
(aunque estos le confieren cierta ventaja sobre nobles que a duras
penas sabían leer y escribir), a su fortuna en los negocios. En
Quito se había casado, antes de 1720, con Doña Juana de Troya y
Gaviria de quien se separó para venir a residir en Cali, en donde
había nacido. Desde un modesto comienzo en los negocios pudo amasar
una fortuna que se calculaba en 1744 en 80 mil pts. En 1725 había
viajado a Cartagena y, según el decir de varios comerciantes que lo
acompañaron, había invertido allí más de 20 mil pts. Según los
mismos testimonios tenía en 1744 la tienda mejor surtida de Cali.
Sobre esta presunción su mujer testó en Quito en 1744 disponiendo
de 19 mil pts. de la fortuna del Maestro en obras pías. En Cali se
encargaron de ejecutar la voluntad de la señora, que por mandato de
la Audiencia de Quito, Don Nicolás de Caicedo, Don Jerónimo Ramos
de Morales y Don Francisco Leonardo del Campo. El Maestro tuvo que
sostener un largo pleito que, según afirmaba en su testamento le
había costado 16 mil pts. Posiblemente toda esta pugna judicial,
como era frecuente, tuvo mucho que ver en las rivalidades políticas
de la época.
Sobre el poder de Ceballos los albaceas, que actuaban en Quito,
estaban bien informados. Tenían
"... por odiosas y sospechosas las justicias de la dicha
ciudad, como lo juramos por Dios Nuestro Señor y una señal de la
Cruz, por ser el teniente su amigo y los alcaldes actuales
removidos al voto con el cual Don Juan los eligió..."
|
2
.
En la segunda mitad del siglo más comerciantes accedieron a los
cargos honoríficos de la "República" sin
encontrar demasiadas objeciones. Así, Manuel Pérez de Montoya,
regidor perpetuo desde 1759, familiar del Santo Oficio, alcalde
ordinario dos veces y Teniente de gobernador en 1760, "...
no obstante ejercitarse en la mercancía, por no ser desmedro, en
estos reinos tal ocupación", como lo declaraba el título
expedido por el virrey, aunque pusiera como condición emplear un
cajero o dependiente para expender los efectos mientras ejerciera
el cargo
|
3
.
El control del Cabildo se ejercía principalmente sobre la
designación de dignidades electivas. Si bien el Alguacil mayor, el
Depositario general o el Fiel ejecutor tenían funciones
permanentes, estas parecen haberse ejercido con mucha parsimonia.
Las funciones policivas del Alguacil mayor, por ejemplo, eran más
bien simbólicas pues para ejercerlas contaba con el auxilio de dos
alcaldes de la Santa hermandad, elegidos entre los propietarios de
haciendas. Por su parte, el Fiel ejecutor muy rara vez controlaba
pesos y medidas del comercio. Los alcaldes ordinarios, elegidos
cada año en el seno del Cabildo, tenían en cambio funciones
judiciales, ejecutivas y hasta legislativas en la órbita municipal.
Ellos dirimían demandas civiles en primera instancia
(principalmente pleitos sobre tierras y aguas), imponían sanciones
penales, dictaban -al principio de su mandato "autos de
buen gobierno" y velaban por su cumplimiento El procurador
de la ciudad, funcionario que también se elegía al comenzar el año,
instaba para que se dictaran disposiciones en beneficio del común y
se ocupaba en zanjar disputas con Buga sobre los términos
municipales. El mayordomo administraba las rentas de la ciudad y
los hermandarios cuidaban del sosiego en los campos.
Para la designación de estos funcionarios jugaban las solidaridades
de los clanes familiares representados en el Cabildo. En el curso
del siglo vemos sucederse una especie de hegemonía de estos clanes
cuyos intereses eran diversos e intrincados unos con otros pero que
pueden simplificarse según el origen y la actividad de cada grupo.
Así, en líneas generales puede afirmarse que si en los primeros
años del siglo se advierte todavía la influencia predominante de
los propietarios de "la otra banda", estos fueron
sustituídos rápidamente por la hegemonía de los mineros,
representados por la familia Caicedo y sus allegados quienes, a su
vez, a mediados del siglo, tuvieron que enfrentar un desafió por
parte de los comerciantes sobre todo de origen español.
Dos factores, sin embargo, contribuyen para que esta simplificación
no sea tan nítida. El primero, que tanto mineros como comerciantes
solían injertarse en el tronco de las familias tradicionales.
Luego, que estos dos sectores buscaban a hacerse a propiedades
rústicas, aunque en este caso su interés estuviera centrado en las
proximidades de Cali y se convirtieran casi siempre en propietarios
de la banda occidental del río Cauca.
|
|
ARB. II, 356.
|
|
|
AJ 1o. CCC r. 4. Eran tales los intereses que actuaban en estos
litigios que el mismo Obispo de Popayán tuvo que intervenir y
amenazar con la excomunión a los testigos para que declararan la
verdad sobre los bienes del Maestro.
|
|
|
|