Ficha bibliográfica
Titulo: Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Autores: Germán Colmenares
Edición original: Cali, 1975
Edición en la biblioteca virtual: Noviembre, 2005
Notas: Estudio económico y social escrito por el historiador Germán Colmenares
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| Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII

4. LOS "MONTAÑESES" Y LAS "CASTAS".

A través de la vinculación a la vida política de la ciudad o al hecho de haber desarrollado una actividad económica a una cierta escala, conocemos con algún detalle lo que se refiere al sector "noble" de la sociedad colonial. Se trataba, en el fondo, de unos pocos nombres de familia que monopolizaban el poder de la riqueza. Pero, qué ocurría con los demás estratos sociales?

Según el censo de 1777, la población de Cali se repartía entre 74 religiosos, 1.200 nobles, 2.078 mestizos y 1.962 "pardos". En total un poco más de cinco mil personas. Ahora bien, entre quienes figuraban como nobles, la mayoría no gozaba sino del privilegio social de una distinción de casta Su situación económica apenas debía ser suficiente para asegurarles un pasar mezquino. A mediados del siglo el médico francés Sudrot de Lagarda observaba que la mayor parte de los habitantes de Cali pertenecían al "gremio de los pobres" | 5 . Entre estos, los absolutamente desposeídos, y los poderosos, existían una franja estrecha de pequeños propietarios, artesanos afortunados y nobles venidos a menos debido al fraccionamiento impuesto a las fortunas inmuebles por una numerosa descendencia.

La estructura latifundista del siglo XVII no era propicia a la existencia de pequeños propietarios. Pero al avanzar el siglo XVIII fueron surgiendo, al lado de las grandes haciendas, propietarios más modestos de hatos y estancias que se beneficiaban con el trabajo de dos o tres esclavos. Cuando uno de tales propietarios no provenía de una familia noble se le designaba como "montañés", lo cual debía aludir al hecho de no tener casa "poblada" en Cali y mantenerse, sin pretensiones, en su propiedad rústica. En la segunda mitad del siglo XVII se había creado una compañía de soldados de infantería con esta clase social, para la cual se designaba un "capitán de montañeses".

Si nos atenemos a la frecuencia de los testamentos,, este grupo social fue más numeroso en la segunda mitad del siglo XVIII. Es posible, sin embargo, que los pequeños propietarios no se cuidaran de protocolizar su última voluntad y que los arreglos sucesorales se hicieran en muchos casos de facto.

Tomando un testamento casi al azar puede fijarse algunos rasgos característicos. En 1754 testó Ventura González, residente en Jamundí e hijo natural de una mujer llamada Juana Carpintero. El nombre de esta sugiere que se trataba de un mestizo, descendiente de algún artesano. Cuando se casó aportó como capital diez yeguas, cuatro caballos, 40 puercos, una silla "jerónima" con cabecera de plata, una espada, una daga, un machete, un hacha, una atarraya con plomada y 40 pts. Este equipo hace pensar que el personaje estaba pronto a ocuparse en varias actividades, ninguna de las cuales se concretaba como un oficio más o menos permanente. Pescador, mulero, granjero, peón o comerciante, González, como muchos de los de su clase, parece haber tenido una disponibilidad para cualquier tipo de oficio. Se había casado con una viuda que tenía una hija y ellos, a su vez, tuvieron cinco hijos. La mujer aportó como dote 45 reses y la ropa y los adornos de su condición.

Los negocios de la pareja debieron prosperar pues, antes de morir, Ventura no sólo pudo casar a dos hijas dotándolas convenientemente e iniciar a tres hijos en negocios de ganado sino amasar también una pequeña fortuna que incluía dos esclavos, ganado y créditos por ventas de quesos y leche. Las ambiciones sociales de este personaje corrían parejas con sus logros materiales. En su testamento confesaba que, aspirando a que uno de sus hijos recibiera las órdenes sagradas, le había asignado un patrimonio para su congrua y se había permitido avaluar sus propios bienes en exceso para justificar esta liberalidad. Como los otros hijos podían resultar perjudicados, ordenaba en su lecho de muerte que el patrimonio no redujera al monto del quinto de libre disposición.

La fortuna de este pequeño propietario se explica no solo en función de su trabajo sino también de sus posibilidades de crédito. El ascenso social que le había procurado tener un hijo cura le abría varias puertas. En primer término, había sido mayordomo de una cofradía del Rosario en Jamundi y corno tal administrador de una cierta cantidad de ganado. Luego, su propio hijo era capellán de una fundación pía cuyos dineros había hecho prestar al padre. También, constituyendo un censo, había adquirido tierras en Jamundi y sobre estos dineros debía pagar una renta de más de 60 pts. anuales. Debe anotarse que, al momenta de su muerte, debía ya ocho años de réditos atrasados de uno de los censos | 6 .

Los negocios de un pequeño propietario podían ser de diversa índole. En otro testamento del mismo año encontramos que Ignacio Prado, también mayordomo de cofradías en Cali y casado con una indígena, se ocupaba como mulero al servicio de algunos hacendados importantes. Unas pocas tierras que poseía en las proximidades de Cali pertenecían a su mujer y en ellas mantenía sus mulas y algunas reses lecheras | 7 .

Al mismo nivel social que los pequeños propietarios rurales pueden colocarse algunos propietarios de inmuebles urbanos cuyos medios de vida se originaban en el campo. Poseían ganado vacuno, caballar o menor que mantenían en tierras ajenas y cuyo levante y engorde pagaban por cabeza. Existían también arrendatarios de tierras. próximas a la ciudad, que dedicaban a la agricultura aunque ellos mismos residieran de manera permanente en Cali y poseyeran "casa poblada" en ella. Otros, especialmente mujeres, poseían uno o dos esclavos que les procuraban el sustento mediante su arriendo a propietarios pudientes.

Una de las transformaciones sociales más visibles durante la segunda mitad del siglo XVIII consistió en el crecimiento de los arrendatarios (cosecheros) en tierras dedicadas al cultivo del tabaco. El fenómeno debe atribuirse, en parte al menos, a la organización del monopolio del tabaco hacia 1780 pero también a un incremento demográfico de ciertos sectores de la población (mestizos y blancos pobres), los cuales tendían a crear un vinculo -que hasta ahora se había dado a muy pequeña escala- con los propietarios.

Los elevados patrones de consumo de las clases altas en una sociedad minera se comunicaban a las clases inferiores de la sociedad y de esta manera aparecían también vínculos de dependencia personal. En 1798 un José Bonilla manifestaba que dos comerciantes le habían suministrado efectos de sus tiendas con el compromiso de pagarles en trabajo. Les debía 156 pts., una suma cuantiosa, de la cual sólo podía abonar anualmente 10 ó 12 pts, con su trabajo, probablemente de artesano | 8 .

En los estratos medios de la sociedad figuraban los "tratantes" o pequeños comerciantes que dependían de los mayoristas o "mercaderes de la Carrera", es decir, aquellos que traían directamente mercancías desde Cartagena y Quito. Estos tratantes eran a menudo comerciantes itinerantes que visitaban los centros mineros en busca de rápidas y grandes ganancias. Los yacimientos mineros atraían igualmente a pobres de solemnidad que esperaban hacer fortuna allí. Al menos pueden señalarse dos casos en que comienzos tan modestos estaban en el origen de una gran fortuna. Se trataba de dos personajes de origen oscuro pero que pudieron ascender en la escala social. Uno, el capitán Juan Bravo de León, era hijo natural de un noble español y una mujer de Toro. Se casó sin embargo con una de las hijas del capitán Lorenzo Lasso de la Espada y aportó al matrimonio un capital de más de 14 mil pts. representados en una mina y 14 esclavos. Al morir tenía dos minas y 40 esclavos, más 31 que había comprado recientemente y que todavía no había pagado.

En cuanto al otro, Bernardino Núñez de la Peña, también hijo natural, de tratante se convirtió en poderoso terrateniente y dejó una fortuna que puede calcularse entre 80 y 90 mil pts. Aunque sus hijas se casaron con personajes que ostentaban el título de "Don", sus descendientes varones se vieron envueltos en conflictos con los nobles, celosos de este rápido ascenso.

Puede decirse que estos dos casos son casi únicos. Lo corriente parece haber sido la situación inversa, de nobles venidos a menos. Si bien la coyuntura del siglo era favorable a los negocios, estos se hallaban monopolizados por grandes propietarios de tierras y de esclavos o por unos pocos comerciantes y mineros. Las familias crecían a un ritmo tal que las fortunas medianas se deshacían, en el término de una o dos generaciones, en manos de numerosos descendientes. Estas personas, pese a su empobrecimiento, conservaban un cierto grado de consideración social de la que no gozaban siquiera los mestizos enriquecidos.

Lo que los padrones denominaban mestizos, era, sin duda, el grueso de la población. Les seguía en importancia numérica los pardos, esto es, población de origen africano que podía ser esclava o libre. El hecho de que sobre esta última y sobre algunos indígenas supervivientes recayera casi exclusivamente el peso de las labores productivas en el campo y en las minas y de los oficios serviles en la ciudad, indica -al menos negativamente- una de las características del estrato mestizo.

Se trataba, en la mayoría de los casos, de una población flotante cuyas relaciones con el estrato superior no estaban institucionalizadas como con respecto a los indígenas (a través del tributo y de todo lo que este implicaba) o a los esclavos. Apenas en el siglo XVIII comenzaban a formarse nexos de clientela con respecto a los propietarios y, en menor medida, beneficios de tipo salarial. En algunos casos se trataba de pequeños propietarios, de artesanos, de tratantes o de arrendatarios. Pero casi siempre estaban desposeídos y parece que hayan vivido de oficios ocasionales como el de muleros, vaqueros o de domésticos en las casas señoriales.

En cuanto a los esclavos, la mayoría ni siquiera residía en la ciudad de manera permanente. Algunos realizaban el prestigio de algún noble como servidores domésticos, pero muchos debían trasladarse una parte del año a las haciendas para ocuparse en labores rurales. Esta doble función de la esclavitud indica el caracter señorial y patriarcal de la relación con sus amos. En muchas ocasiones los vástagos de las familias nobles recibían en su infancia esclavos en donación de sus parientes y las recién casadas incluían en su dote una o dos esclavas de servicio.

Las manumisiones testamentarias o las recomendaciones de dar buen tratamiento a un esclavo en especial eran frecuentes y se aludían relaciones teñidas de un cierto carácter emocional. Tampoco era raro que los amos aceptaran vender al esclavo su propia libertad mediante el pago de su precio en el mercado. Los esclavos podían, pues, adquirir para sí y tener la oportunidad de ahorrar 300 ó 500 pts. trabajando en días festivos.

 

5)
ARB. II. 196. 196.
6)
r. 7 f. 170 r. ss.
7)
r. 35 f 291 v. ss.
8)
r. 72 f. 160 r. ss.