|
INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
|
|
|
Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
2. LOS "NOBLES"
Los miembros de las familias poderosas en Cali en el siglo XVIII
se decían a si mismos "nobles". Existía entre
ellos una identidad que los separaba del resto de la población,
obviamente de las "castas" (pardos, indios,
mestizos) pero también de otros españoles. Entre estos últimos se
distinguían en Cali los llamados "montañeses",
pequeños propietarios rurales que debían atender las labores, del
campo con la propia fuerza de sus brazos. También, en muchos casos,
la clase mercantil compuesta por comerciantes con una pequeña
tienda o trashumantes. Siempre, aquellos que ejercían oficios
artesanales o figuraban como "criados", es decir,
que dependían para su sustento de alguna otra persona. Las
distinciones sociales aparecen, pues, al menos de una manera
negativa, en función de la raza, de la magnitud de las propiedades
o del oficio.
Pero, de donde derivaba la clase dominante sus pretensiones de
nobleza? A primera vista, del ejercicio de ciertas funciones
públicas a las que se atribuía un rango honorífico. Estos servicios
prestados a la "república quedaban confinados precisamente
a las manipulaciones de esta minoría, si bien, como lo prueban los
conflictos frecuentes en el siglo XVIII, no siempre pudieran
cerrarse todos los resquicios a la intromisión de personas
consideradas como no "nobles", que no ostentaban
el titulo de "Don" o que lo habían adquirido sólo
recientemente.
En algunos casos estos nobles se contaban entre la descendencia
aunque no fuera en línea directa, de
"beneméritos", es decir, de conquistadores o de
personas que en los dos siglos anteriores habían podido hacerse a
una encomienda. De todas maneras los nombres del siglo XVI no se
repiten en el XVIII, aunque debe tenerse en cuenta la costumbre
frecuente de adoptar el apellido materno. Así, aunque es verdad que
existían conexiones, a veces muy sutiles, con los primeros
conquistadores, los nombres de los notables caleños del siglo XVIII
procedían casi siempre de inmigrantes Posteriores, la mayoría del
siglo anterior. Ahora bien, ni la mejor buena voluntad de los
genealogistas locales podría atribuir a estos nombres una prosapia
demasiado elevada en su lugar de origen. Hidalgüelos, comerciantes
e inclusive, entre los ascendientes de una familia muy notable, un
portugués que debió venir en los años prósperos de la trata
esclavista, a fines del siglo XVI, se contaban entre los nuevos
inmigrantes.
Por esta razón se concedía tanta importancia a la noción misma de
"servicio". Aparte de las dignidades municipales
existía la posibilidad de hacer resaltar una preeminencia económica
- obtenida en el puro contexto local- con otro tipo de servicios y
dignidades. La venalidad de casi todos los cargos abría esta
posibilidad, aún en lo que concernía a los oficios de la
"república". En Quito se remataban las varas de
los regimientos o la alcaldía provincial. Pero al mismo tiempo
estaban abiertas las puertas del servicio por excelencia, el de la
milicia, en el cual las jerarquías bien establecidas y las imágenes
que a él se asociaban podían asegurar una carta de nobleza. A estas
dignidades accedieron muchos caleños que participaron en las
conquistas chocoanas en el último tercio del siglo XVII. Pero no es
raro que en el pacífico siglo XVIII proliferaran también los
títulos militares, impetrados obstinadamente en España y comprados
a buen precio. Capitanes, Sargentos Mayores y, la dignidad más
elevada, Maestres de Campo, se dedicaban toda la vida a quehaceres
que no tenían nada de guerrero en el Cabildo, las haciendas, las
minas y aún en el comercio.
La sociedad colonial hispanoamericana se caracterizaba no sólo por
las tensiones engendradas a partir de una heterogeneidad racial
sino también por el carácter aparentemente inmutable de los
estamentos superiores. Desde un primer núcleo de conquistadores y
encomenderos, el estamento privilegiado de los
"españoles-americanos" se ensanchó
progresivamente pero conservó siempre una estructura reconocible a
pesar de las variaciones introducidas por nuevos inmigrantes. Se
trataba, sin embargo, de meras variantes formales que se asimilaban
rápidamente y que no afectaban para nada, o muy poco, la estructura
misma. Las enormes diferencias de "clima"
histórico que se observan entre el siglo XVI y el XVIII obedecían
no a cambios estructurales en el seno de la sociedad adventicia de
los españoles sino a cambios profundos operados entre los
indígenas, al crecimiento del mestizaje, a condiciones cambiantes
de la coyuntura económica, en suma, a factores externos al núcleo
de los privilegiados.
El aparente inmovilismo de la sociedad colonial consiste en una
distorsión que identifica la sociedad entera con este sector de los
"españoles-americanos". Pero aún si se admite la
estabilidad de este sector y su evidente cohesión social, la
explicación del fenómeno queda por elaborar. Podría sugerirse, como
hipótesis más o menos obvia, que se trataba de sociedades
predominantemente agrarias en las que, e vez en cuando, llegaron a
injertarse individuos salidos de sectores más dinámicos, como los
comerciantes y los mineros.
Inicialmente -en el siglo XVI- unos pocos encomenderos lograron
acaparar, con el trabajo de que disponían en forma casi exclusiva,
grandes extensiones de tierra. El sistema hizo quiebra mucho más
rápidamente en la provincia de Popayán que en el oriente colombiano
y ya a comienzos del siglo XVII los propietarios se esforzaban por
retener, adscribiéndolos a la tierra, los pocos indios que
quedaban. Si bien desapareció, junto con la población indígena, el
sistema de la encomienda, permanecieron intactos los patrones de la
gran propiedad territorial. Esta, de suyo, no significaba la
riqueza o el poder. Pero aunada a los recursos y oportunidades que
proporcionaban las alianzas, reforzaba la base de una permanencia o
de un cierto hieratismo social.
Por esto los vecinos nobles de Cali constituían, en principio, un
conjunto cerrado. Una red intrincada de parentescos ligaba a cada
familia con las restantes de manera que puede afirmarse casi con
certeza que todas formaban una cadena en la cual no existían
eslabones sueltos. Naturalmente, lo que contaba eran los
parentescos más cercanos o las alianzas más recientes. Lo cual no
excluía que, en algún momento, eslabones alejados se volvieran a
aproximar en virtud de una nueva alianza.
Virtualmente este sistema permitía una cierta variedad de
combinaciones que neutralizaban el significado o la efectividad de
su carácter cerrado. En otras palabras, que si en el fondo se
trataba de una gran familia, esto no quiere decir que el cuerpo
social que representaba no ofreciera fisuras. Frente a los
extraños, es posible que los nobles aparecieran como un cuerpo
indeferenciado. Pero en sus relaciones concretas lo que contaba era
la proximidad del parentesco o la alianza propiciada
voluntariamente. Esto permitía la aparición de facciones que se
disputaban el poder político y la preeminencia social y en las
cuales solo pueden observarse muy ligeras diferencias en cuanto al
origen o la composición social.
De otro lado, podría pensarse que el tamaño de las concentraciones
urbanas en la época colonial reducía las relaciones sociales a un
contexto puramente aldeano, dotado de autonomía propia de este tipo
de formaciones sociales. Sin embargo, en el mundo colonial existía
un acervo ideológico tan caracterizado que la nobleza podía
mantener una red de relaciones mucho más vasta, sobre todo con
sectores similares de las provincias vecinas.
Pero por debajo del acervo ideológico, o de la imagen de cohesión
que la nobleza podía aparentar, subsiste el problema de las
relaciones económicas entre los diferentes sectores de
"españoles-americanos". El dinero, como en
cualquier otro tipo de sociedad, era capaz de ennoblecer y, en
retorno, su ausencia capaz de privar de privilegios sociales y
políticos. Ya se ha visto como, entre los siglos XVII y XVIII se
observa un declive de las antiguas familias de terratenientes. Para
ilustrar este proceso, veamos lo que podía ocurrir en el seno de
una de estas familias.
En 1690 cuando testó, Inés Téllez de Calatrava declaraba entre sus
bienes tierras y estancias heredadas de su madre, Leonor Holguin
Renjifo, tierras y estancias de las Cañas, que habían sido de su
marido Alonso Baca Ramírez, tierras en la Balsa, tierras entre
Yumbo y Arroyohondo y tierras en el valle de Tocotá y en las
cercanías de Cali. Cuando se casó, en 1638, había aportado 7.500
pts. de dote y mil reses regaladas por uno de sus tíos. El
matrimonio tuvo diez hijos entre hombres y mujeres. De los hombres
sólo sobreviven tres. Domingo, por ejemplo, había muerto en
Latacunga, a donde había ido a comerciar en ropa y mulas. En vida
de su madre cada hijo recibió entre 20 y 30 reses, algunas yeguas,
potros y mulas. Y cada una de las cuatro hijas que se casaron, un
dote considerable: Ana María, por ejemplo, 200 yeguas y media legua
de tierra en Sumbutala, Leonor mil pts., Petrona 1.500 y Andrea
3.400 en casas y solares.
Como la mayoría de edad de los hijos sólo se alcanzaba a los 25
años, una familia tan numerosa como esta podía mantener su cohesión
entregando a los hijos algunos ganados o iniciándolos en el
comercio, sin que los inmuebles salieran de la cabeza de familia.
Los yernos podían incorporarse también a los negocios familiares
con tierras que se les cedían en dote o en venta, contiguas al
cuerpo principal de una hacienda.
El grueso de la fortuna de la familia consistía en tierras y
ganados pero el dinero líquido debía ser escaso como lo muestra el
hecho de que la señora hubiera tenido que ceder cuatro cuadras de
tierra para pagar con ellas el entierro de su marido.
|
1
Como se ve, las tierras mencionadas en el testamento provenían
tanto de la familia de la mujer como de la del marido. La parte más
importante, en cuanto a la extensión, la constituían las tierras de
las Cañas, un verdadero latifundio en jurisdicción de Caloto. Dos
de los hijos supervivientes, Andrés y Manuel Baca de Ortega,
poseían en esa región en 1725 los potreros llamados de Guales,
entre los ríos Fraile (Cañas) y Párraga, y las tierras de
Buchitolo, el Tiple y Todos Santos, entre el Fraile y el
Desbaratado.
Es fácil imaginar la suerte final de este latifundio si se piensa
que Manuel Baca (muerto en 1736) tuvo ocho hijos y dos hijas y su
hermano Andrés se casó tres veces y tuvo con su primera mujer
cuatro hijas y tres hijos. Así, entre los propietarios de el Tiple
y Todos Santos, en el siglo XVIII, se contaban Francisco Leonardo
del Campo, un minero español de Caloto que se había casado con una
hija de Manuel Baca, lo mismo que Custodio Jerez y José Martínez y
los yernos de Andrés Baca: José Falcon, Agustín Angel Piedrahita y
Miguel Ordoñez de Lara.
Un proceso semejante habían experimentado otras familias de
terratenientes en el curso de la segunda mitad del siglo XVII.
Quinteros, Vivas, Renjifos, Lassos, Escobares, que habían poseído
enormes latifundios, tuvieron una numerosa descendencia entre la
cual debía repartirse forzosamente las propiedades. Inclusive, en
el curso del siglo XVIII, algunos vástagos de estas familias se
hallaban empobrecidos y tenían que desprenderse una a una, de sus
tierras. El Sargento Mayor Mateo Vivas Sedano, por ejemplo, quien
había heredado tierras en Párraga y en Yumbo, tuvo que ceder
primero las de Párraga a su hijo Diego (1728), pues estaban
gravadas con más de cinco mil pts. En 1745 cedió las de Yumbo a su
hijo Juan, gravadas con la misma cantidad. El Maestro Miguel Vivas
debió vender también en 1754 la hacienda de Cañaveralejo,
excesivamente gravada con censos. Lo mismo hizo otro Miguel Vivas
con tierras de el Babuyal en 1733, de la Herradura en 1736 y de
Piles en 1738. Onofre Vivas Sedano murió en 1733 en suma pobreza, a
pesar de haber poseído el latifundio de la Herradura.
El siglo XVIII vió mermar la influencia de este tipo de
terratenientes en favor de mineros y comerciantes. El auge de la
familia Caicedo se debía como se ha visto, a sus actividades
mineras en el Raposo y el Chocó. Las fortunas más grandes de Cali
pertenecían a estos mineros que se doblaban en terratenientes y en
no pocas ocasiones ejercían el comercio. El ecuatoriano Juan
Francisco Garcés de Aguilar, hijo natural de una pareja de nobles
de Ambato, dejó una fortuna de cerca de 80 mil pts. en tierras,
minas y efectos de comercio. A otro tanto ascendía la fortuna de
Bernardino Núñez de la Peña, un mestizo que había descubierto minas
en el Chocó y había comprado la hacienda de Arroyohondo en 1743. Su
casa, avaluada en 8 mil pts., era la más valiosa de Cali.
En realidad, sólo algunos comerciantes podían competir con estos
empresarios. Un Dionisio Quintero Ruiz, por ejemplo, yerno de
Bernardino Núñez de la Peña, quien actuó como albacea de este
último y tutor de seis hijos menores de los cuales manejó las
hijuelas que ascendían a 61.000 pts. Cuando recibió este dinero, en
1750, su propia fortuna ascendía a 30 mil pts. Con la muerte de su
suegro Quintero se convirtió también en terrateniente al heredar la
hacienda de Arroyohondo reconociendo 18 mil pts. impuestos en
capellanías por Núñez de la Peña y su mujer. En 1754, en compañía
con el cura Tomás Ruiz Salinas, emprendió la tarea de reconocer y
catear tierras entre los ríos Saija y Patia, en la provincia de
Iscuandé. Según la escritura, los socios sacarían seis o más
familias indígenas de Micay para transportar víveres y dedicarían
41 negros con que explotaban otras minas en Dagua y Yurumangui.
Quintero tenía, además, otros negocios. En 1748, por ejemplo,
vendió 45 esclavos por comisión, en 1751 participó en el
abastecimiento de aguardiente al Chocó y a la sombra de este
tráfico se dedicó a enviar otros géneros.
Otra de las fortunas considerables de Cali pertenecía a Gaspar de
Soto Zorrilla, español que se dedicaba a proveer de mercancías a
los tratantes que viajaban al Chocó. Soto participó activamente en
la política local y se enfrentó, a partir de 1744, a las familias
de notables, a pesar de estar él mismo casado con una criolla
perteneciente a una de estas familias. A finales de 1756 su mujer
declaraba que Don Gaspar se hallaba,
"... en notable perturbación de juicio... y se ha
experimentado que la primera demencia va pasando a furia y notable
desconcierto..."
|
2
Sus bienes fueron administrados en adelante por su yerno, Manuel
Pérez de Montoya, otro comerciante que se dedicaba a abastecer a
tratantes del Chocó y que jugó un papel importante en la política
local a partir de 1759, cuando fue nombrado regidor perpetuo y
teniente de gobernador.
La fortuna de Gaspar de Soto no incluía minas ni tierras pero aún
así parece haber sido la más considerable de Cali. A su mujer le
tocaron de gananciales y dote 72.382 pts. Esta última era de 8.685
Pts. A una de sus hijas le cupieron 9.159 pts. de hijuela más 3.542
de mejoras y a otros cinco herederos 51.937 pts., es decir, que la
fortuna debía ascender a unos 150 mil pts.
|
|
Año 1690 f. 50 v. ss.
|
|
|
r. 68 f. 250 r.
|
|