Ficha bibliográfica
Titulo: Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Autores: Germán Colmenares
Edición original: Cali, 1975
Edición en la biblioteca virtual: Noviembre, 2005
Notas: Estudio económico y social escrito por el historiador Germán Colmenares
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| Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII

2. LOS "NOBLES"

Los miembros de las familias poderosas en Cali en el siglo XVIII se decían a si mismos "nobles". Existía entre ellos una identidad que los separaba del resto de la población, obviamente de las "castas" (pardos, indios, mestizos) pero también de otros españoles. Entre estos últimos se distinguían en Cali los llamados "montañeses", pequeños propietarios rurales que debían atender las labores, del campo con la propia fuerza de sus brazos. También, en muchos casos, la clase mercantil compuesta por comerciantes con una pequeña tienda o trashumantes. Siempre, aquellos que ejercían oficios artesanales o figuraban como "criados", es decir, que dependían para su sustento de alguna otra persona. Las distinciones sociales aparecen, pues, al menos de una manera negativa, en función de la raza, de la magnitud de las propiedades o del oficio.

Pero, de donde derivaba la clase dominante sus pretensiones de nobleza? A primera vista, del ejercicio de ciertas funciones públicas a las que se atribuía un rango honorífico. Estos servicios prestados a la "república quedaban confinados precisamente a las manipulaciones de esta minoría, si bien, como lo prueban los conflictos frecuentes en el siglo XVIII, no siempre pudieran cerrarse todos los resquicios a la intromisión de personas consideradas como no "nobles", que no ostentaban el titulo de "Don" o que lo habían adquirido sólo recientemente.

En algunos casos estos nobles se contaban entre la descendencia aunque no fuera en línea directa, de "beneméritos", es decir, de conquistadores o de personas que en los dos siglos anteriores habían podido hacerse a una encomienda. De todas maneras los nombres del siglo XVI no se repiten en el XVIII, aunque debe tenerse en cuenta la costumbre frecuente de adoptar el apellido materno. Así, aunque es verdad que existían conexiones, a veces muy sutiles, con los primeros conquistadores, los nombres de los notables caleños del siglo XVIII procedían casi siempre de inmigrantes Posteriores, la mayoría del siglo anterior. Ahora bien, ni la mejor buena voluntad de los genealogistas locales podría atribuir a estos nombres una prosapia demasiado elevada en su lugar de origen. Hidalgüelos, comerciantes e inclusive, entre los ascendientes de una familia muy notable, un portugués que debió venir en los años prósperos de la trata esclavista, a fines del siglo XVI, se contaban entre los nuevos inmigrantes.

Por esta razón se concedía tanta importancia a la noción misma de "servicio". Aparte de las dignidades municipales existía la posibilidad de hacer resaltar una preeminencia económica - obtenida en el puro contexto local- con otro tipo de servicios y dignidades. La venalidad de casi todos los cargos abría esta posibilidad, aún en lo que concernía a los oficios de la "república". En Quito se remataban las varas de los regimientos o la alcaldía provincial. Pero al mismo tiempo estaban abiertas las puertas del servicio por excelencia, el de la milicia, en el cual las jerarquías bien establecidas y las imágenes que a él se asociaban podían asegurar una carta de nobleza. A estas dignidades accedieron muchos caleños que participaron en las conquistas chocoanas en el último tercio del siglo XVII. Pero no es raro que en el pacífico siglo XVIII proliferaran también los títulos militares, impetrados obstinadamente en España y comprados a buen precio. Capitanes, Sargentos Mayores y, la dignidad más elevada, Maestres de Campo, se dedicaban toda la vida a quehaceres que no tenían nada de guerrero en el Cabildo, las haciendas, las minas y aún en el comercio.

La sociedad colonial hispanoamericana se caracterizaba no sólo por las tensiones engendradas a partir de una heterogeneidad racial sino también por el carácter aparentemente inmutable de los estamentos superiores. Desde un primer núcleo de conquistadores y encomenderos, el estamento privilegiado de los "españoles-americanos" se ensanchó progresivamente pero conservó siempre una estructura reconocible a pesar de las variaciones introducidas por nuevos inmigrantes. Se trataba, sin embargo, de meras variantes formales que se asimilaban rápidamente y que no afectaban para nada, o muy poco, la estructura misma. Las enormes diferencias de "clima" histórico que se observan entre el siglo XVI y el XVIII obedecían no a cambios estructurales en el seno de la sociedad adventicia de los españoles sino a cambios profundos operados entre los indígenas, al crecimiento del mestizaje, a condiciones cambiantes de la coyuntura económica, en suma, a factores externos al núcleo de los privilegiados.

El aparente inmovilismo de la sociedad colonial consiste en una distorsión que identifica la sociedad entera con este sector de los "españoles-americanos". Pero aún si se admite la estabilidad de este sector y su evidente cohesión social, la explicación del fenómeno queda por elaborar. Podría sugerirse, como hipótesis más o menos obvia, que se trataba de sociedades predominantemente agrarias en las que, e vez en cuando, llegaron a injertarse individuos salidos de sectores más dinámicos, como los comerciantes y los mineros.

Inicialmente -en el siglo XVI- unos pocos encomenderos lograron acaparar, con el trabajo de que disponían en forma casi exclusiva, grandes extensiones de tierra. El sistema hizo quiebra mucho más rápidamente en la provincia de Popayán que en el oriente colombiano y ya a comienzos del siglo XVII los propietarios se esforzaban por retener, adscribiéndolos a la tierra, los pocos indios que quedaban. Si bien desapareció, junto con la población indígena, el sistema de la encomienda, permanecieron intactos los patrones de la gran propiedad territorial. Esta, de suyo, no significaba la riqueza o el poder. Pero aunada a los recursos y oportunidades que proporcionaban las alianzas, reforzaba la base de una permanencia o de un cierto hieratismo social.

Por esto los vecinos nobles de Cali constituían, en principio, un conjunto cerrado. Una red intrincada de parentescos ligaba a cada familia con las restantes de manera que puede afirmarse casi con certeza que todas formaban una cadena en la cual no existían eslabones sueltos. Naturalmente, lo que contaba eran los parentescos más cercanos o las alianzas más recientes. Lo cual no excluía que, en algún momento, eslabones alejados se volvieran a aproximar en virtud de una nueva alianza.

Virtualmente este sistema permitía una cierta variedad de combinaciones que neutralizaban el significado o la efectividad de su carácter cerrado. En otras palabras, que si en el fondo se trataba de una gran familia, esto no quiere decir que el cuerpo social que representaba no ofreciera fisuras. Frente a los extraños, es posible que los nobles aparecieran como un cuerpo indeferenciado. Pero en sus relaciones concretas lo que contaba era la proximidad del parentesco o la alianza propiciada voluntariamente. Esto permitía la aparición de facciones que se disputaban el poder político y la preeminencia social y en las cuales solo pueden observarse muy ligeras diferencias en cuanto al origen o la composición social.

De otro lado, podría pensarse que el tamaño de las concentraciones urbanas en la época colonial reducía las relaciones sociales a un contexto puramente aldeano, dotado de autonomía propia de este tipo de formaciones sociales. Sin embargo, en el mundo colonial existía un acervo ideológico tan caracterizado que la nobleza podía mantener una red de relaciones mucho más vasta, sobre todo con sectores similares de las provincias vecinas.

Pero por debajo del acervo ideológico, o de la imagen de cohesión que la nobleza podía aparentar, subsiste el problema de las relaciones económicas entre los diferentes sectores de "españoles-americanos". El dinero, como en cualquier otro tipo de sociedad, era capaz de ennoblecer y, en retorno, su ausencia capaz de privar de privilegios sociales y políticos. Ya se ha visto como, entre los siglos XVII y XVIII se observa un declive de las antiguas familias de terratenientes. Para ilustrar este proceso, veamos lo que podía ocurrir en el seno de una de estas familias.

En 1690 cuando testó, Inés Téllez de Calatrava declaraba entre sus bienes tierras y estancias heredadas de su madre, Leonor Holguin Renjifo, tierras y estancias de las Cañas, que habían sido de su marido Alonso Baca Ramírez, tierras en la Balsa, tierras entre Yumbo y Arroyohondo y tierras en el valle de Tocotá y en las cercanías de Cali. Cuando se casó, en 1638, había aportado 7.500 pts. de dote y mil reses regaladas por uno de sus tíos. El matrimonio tuvo diez hijos entre hombres y mujeres. De los hombres sólo sobreviven tres. Domingo, por ejemplo, había muerto en Latacunga, a donde había ido a comerciar en ropa y mulas. En vida de su madre cada hijo recibió entre 20 y 30 reses, algunas yeguas, potros y mulas. Y cada una de las cuatro hijas que se casaron, un dote considerable: Ana María, por ejemplo, 200 yeguas y media legua de tierra en Sumbutala, Leonor mil pts., Petrona 1.500 y Andrea 3.400 en casas y solares.

Como la mayoría de edad de los hijos sólo se alcanzaba a los 25 años, una familia tan numerosa como esta podía mantener su cohesión entregando a los hijos algunos ganados o iniciándolos en el comercio, sin que los inmuebles salieran de la cabeza de familia. Los yernos podían incorporarse también a los negocios familiares con tierras que se les cedían en dote o en venta, contiguas al cuerpo principal de una hacienda.

El grueso de la fortuna de la familia consistía en tierras y ganados pero el dinero líquido debía ser escaso como lo muestra el hecho de que la señora hubiera tenido que ceder cuatro cuadras de tierra para pagar con ellas el entierro de su marido. | 1

Como se ve, las tierras mencionadas en el testamento provenían tanto de la familia de la mujer como de la del marido. La parte más importante, en cuanto a la extensión, la constituían las tierras de las Cañas, un verdadero latifundio en jurisdicción de Caloto. Dos de los hijos supervivientes, Andrés y Manuel Baca de Ortega, poseían en esa región en 1725 los potreros llamados de Guales, entre los ríos Fraile (Cañas) y Párraga, y las tierras de Buchitolo, el Tiple y Todos Santos, entre el Fraile y el Desbaratado.

Es fácil imaginar la suerte final de este latifundio si se piensa que Manuel Baca (muerto en 1736) tuvo ocho hijos y dos hijas y su hermano Andrés se casó tres veces y tuvo con su primera mujer cuatro hijas y tres hijos. Así, entre los propietarios de el Tiple y Todos Santos, en el siglo XVIII, se contaban Francisco Leonardo del Campo, un minero español de Caloto que se había casado con una hija de Manuel Baca, lo mismo que Custodio Jerez y José Martínez y los yernos de Andrés Baca: José Falcon, Agustín Angel Piedrahita y Miguel Ordoñez de Lara.

Un proceso semejante habían experimentado otras familias de terratenientes en el curso de la segunda mitad del siglo XVII. Quinteros, Vivas, Renjifos, Lassos, Escobares, que habían poseído enormes latifundios, tuvieron una numerosa descendencia entre la cual debía repartirse forzosamente las propiedades. Inclusive, en el curso del siglo XVIII, algunos vástagos de estas familias se hallaban empobrecidos y tenían que desprenderse una a una, de sus tierras. El Sargento Mayor Mateo Vivas Sedano, por ejemplo, quien había heredado tierras en Párraga y en Yumbo, tuvo que ceder primero las de Párraga a su hijo Diego (1728), pues estaban gravadas con más de cinco mil pts. En 1745 cedió las de Yumbo a su hijo Juan, gravadas con la misma cantidad. El Maestro Miguel Vivas debió vender también en 1754 la hacienda de Cañaveralejo, excesivamente gravada con censos. Lo mismo hizo otro Miguel Vivas con tierras de el Babuyal en 1733, de la Herradura en 1736 y de Piles en 1738. Onofre Vivas Sedano murió en 1733 en suma pobreza, a pesar de haber poseído el latifundio de la Herradura.

El siglo XVIII vió mermar la influencia de este tipo de terratenientes en favor de mineros y comerciantes. El auge de la familia Caicedo se debía como se ha visto, a sus actividades mineras en el Raposo y el Chocó. Las fortunas más grandes de Cali pertenecían a estos mineros que se doblaban en terratenientes y en no pocas ocasiones ejercían el comercio. El ecuatoriano Juan Francisco Garcés de Aguilar, hijo natural de una pareja de nobles de Ambato, dejó una fortuna de cerca de 80 mil pts. en tierras, minas y efectos de comercio. A otro tanto ascendía la fortuna de Bernardino Núñez de la Peña, un mestizo que había descubierto minas en el Chocó y había comprado la hacienda de Arroyohondo en 1743. Su casa, avaluada en 8 mil pts., era la más valiosa de Cali.

En realidad, sólo algunos comerciantes podían competir con estos empresarios. Un Dionisio Quintero Ruiz, por ejemplo, yerno de Bernardino Núñez de la Peña, quien actuó como albacea de este último y tutor de seis hijos menores de los cuales manejó las hijuelas que ascendían a 61.000 pts. Cuando recibió este dinero, en 1750, su propia fortuna ascendía a 30 mil pts. Con la muerte de su suegro Quintero se convirtió también en terrateniente al heredar la hacienda de Arroyohondo reconociendo 18 mil pts. impuestos en capellanías por Núñez de la Peña y su mujer. En 1754, en compañía con el cura Tomás Ruiz Salinas, emprendió la tarea de reconocer y catear tierras entre los ríos Saija y Patia, en la provincia de Iscuandé. Según la escritura, los socios sacarían seis o más familias indígenas de Micay para transportar víveres y dedicarían 41 negros con que explotaban otras minas en Dagua y Yurumangui. Quintero tenía, además, otros negocios. En 1748, por ejemplo, vendió 45 esclavos por comisión, en 1751 participó en el abastecimiento de aguardiente al Chocó y a la sombra de este tráfico se dedicó a enviar otros géneros.

Otra de las fortunas considerables de Cali pertenecía a Gaspar de Soto Zorrilla, español que se dedicaba a proveer de mercancías a los tratantes que viajaban al Chocó. Soto participó activamente en la política local y se enfrentó, a partir de 1744, a las familias de notables, a pesar de estar él mismo casado con una criolla perteneciente a una de estas familias. A finales de 1756 su mujer declaraba que Don Gaspar se hallaba,

"... en notable perturbación de juicio... y se ha experimentado que la primera demencia va pasando a furia y notable desconcierto..." | 2

Sus bienes fueron administrados en adelante por su yerno, Manuel Pérez de Montoya, otro comerciante que se dedicaba a abastecer a tratantes del Chocó y que jugó un papel importante en la política local a partir de 1759, cuando fue nombrado regidor perpetuo y teniente de gobernador.

La fortuna de Gaspar de Soto no incluía minas ni tierras pero aún así parece haber sido la más considerable de Cali. A su mujer le tocaron de gananciales y dote 72.382 pts. Esta última era de 8.685 Pts. A una de sus hijas le cupieron 9.159 pts. de hijuela más 3.542 de mejoras y a otros cinco herederos 51.937 pts., es decir, que la fortuna debía ascender a unos 150 mil pts.

 

1)
Año 1690 f. 50 v. ss.
2)
r. 68 f. 250 r.