Ficha bibliográfica
Titulo: Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Autores: Germán Colmenares
Edición original: Cali, 1975
Edición en la biblioteca virtual: Noviembre, 2005
Notas: Estudio económico y social escrito por el historiador Germán Colmenares
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| Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII

La extensión de los solares adjudicados originalmente (cuatro por cada manzana) no permitía que se edificaran íntegramente. Por eso se aislaban con tapias y se edificaban separadamente ciertas dependencias como la cocina. La casa de Don Salvador de Caicedo, que daba a la plaza del lado de la iglesia, se decía estar edificada sobre dos solares. En realidad ocupaba apenas la parte delantera con una edificación principal "alta" (o de dos pisos) y con tiendas de un solo piso. Dado el número de esclavos domésticos (treinta y más) que podía llegar a tener una familia de terratenientes o de mineros, el resto del solar debía contener algunas chozas.

El precio de los solares en los barrios oscilaba de acuerdo con su vecindad al corazón de la ciudad. De todas maneras el límite extremo de cada barrio no estaba demasiado alejado del centro. Por eso un solar en el Vallano podía valer entre 100 y 500 pts. y uno en el Empedrado hasta 300. En estos barrios no era frecuente que se vendieran solares completos. Ventas y adjudicaciones originales a vecinos de las clases sociales inferiores no se hacían, como se habían hecho a los conquistadores, por solares, sino mucho más parsimoniosamente, por varas. Tampoco estas clases poseían mecanismos sociales aptos para preservar la integridad de un patrimonio, o de acrecentarlo, como en el caso de los vecinos "nobles". Así, la propiedad de los solares en los barrios estaba muy fragmentada, hasta el punto de que era frecuente la venta de lotes de algunas varas cuyo valor no llegaba a 30 pts.

En los barrios, sin embargo, las construcciones estaban mucho más diseminadas que en el centro. Las casas allí ya no eran altas, grandes y de teja sino ranchos de construcción endeble ("embutidos de embarrado), techados de paja, que casi nunca agregaban mucho valor al lote en el que estaban construidos. El contraste entre estas construcciones, de una sola habitación con una cocina anexa, y las casas altas de la "nobleza", señala tanto el grado de cohesión familiar como el patrimonial.

La traza de la ciudad reflejaba las jerarquías existentes en el seno de la sociedad colonial. En el siglo XVI el título de "vecino" se había discernido exclusivamente a los encomenderos, excluyendo del seno del Cabildo municipal a gentes de menor cuantía. Cuando, a fines de la centuria, los regimientos se hicieron venales y perpetuos, la calidad del vecino perdió su primitiva importancia. De todas maneras se siguió distinguiendo entre vecinos "soldados" y vecinos en encomenderos, de cuyas filas salían respectivamente los dos alcaldes ordinarios. El que era elegido entre los vecinos encomenderos se designaba como "alcalde de primer voto" o "alcalde más antiguo". El otro era simplemente "alcalde de segundo voto".

En el siglo XVIII bastaba poseer un inmueble -urbano o rústico - en la jurisdicción de la ciudad para ostentar el título de vecino. Esta masa de gentes incorporada a la vecindad había perdido ya su representatividad en el Cabildo y aún el alcalde de segundo voto se elegía entre los llamados "nobles". Así, las diferencias sociales no eran menos ostensibles que en el siglo XVI. Solo que la propiedad urbana y rústica se había generalizado de tal manera que una distinción social o una representatividad política que se derivara de esta circunstancia ya no tenía sentido.

Los vecinos "nobles" se distinguían claramente del común entre otras cosas por el apelativo de "Don". El lugar de la residencia contribuía a marcar esta diferencia. Como se ha visto, las familias más conspicuas se agrupaban en torno a la plaza mayor y en el barrio de la Merced. Algunos "nobles" vivían en las calles más próximas al centro de El Empedrado y del Vallano. Pero casi nunca en Santa Rosa, la Carnicería, la Mano del Negro o Barrionuevo. Muchos poseían, eso sí, solares vacíos en todos estos barrios.

En la ciudad de Cali no parece haber existido un confinamiento racial, aunque en algunos barrios la presencia de negros, mulatos libres e indígenas fuera más numerosa que en otros. El hecho de que existiera un buen número de esclavos negros domésticos debía hacer nugatorio cualquier tipo de confinamiento. Además, gente de color pardo poseía casas y solares en el Vallano, Santa Rosa y aún en el Empedrado.

El apellido Viera, que correspondía a una familia de mulatos, aparece mencionado con alguna frecuencia entre 1723 y 1735 en los registros notariales de transacciones sobre inmuebles, todas en el Vallano. La propiedad más valiosa era de 250 pts. que en 1727 Juan y Pedro de Viera, hijos de Manuela Teleche, vendieron al comerciante Tomás Rizo | 4 , mientras que otras transacciones no llegaban a 25 pts. Eran también pardos Antonia de los Reyes, Maria Candela, Leonar Losas de Navarrete y Agustina de Sandoval Palomino que vivían en el Vallano y en el Empedrado y cuyas propiedades iban de los 15 a los 200 pts. También en el Vallano se menciona a María del Campo. una india de Popayán que compró una casa por 35 pts. en 1735, y en el barrio de Santa Rosa un indio de la Corona que vendió un solar por 20 pts.

En el curso del siglo que va de mediados del XVII a mediados del XVIII la ciudad experimentó transformaciones. Casas con techumbre de paja que enmarcaban la plaza fueron dando lugar a construcciones más sólidas, de dos pisos y cubiertas de teja, hasta desaparecer totalmente la de paja en la plaza y sus inmediaciones. El auge económico que trajo consigo la minería del oro propició también una afición por consumos de ostentación, muchas veces extravagantes. Dentro de la estrecha capa de privilegiados que explotaban minas o se dedicaban a levantar haciendas los símbolos exteriores de riqueza se multiplicaban. Los objetos suntuarios, antes raros, iban apareciendo con mayor frecuencia en testamentos y cartas de dote. La ropa ante todo. No es raro que en una dote asignada de diez mil patacones -suma muy cuantiosa- más del 50% estuviera representado en ropas. Los maridos mismos hacían figurar entre el capital aportado inicialmente al matrimonio un buen porcentaje dedicado a su apariencia personal. Doña Juana de Troya y Gaviria, mujer del Maestro Ceballos, sostenía en su testamento que ambos se habían casado pobres

"... pero después, por medio de la venta de todos sus ajuares mujeriles, hubo de darle el principio competente para trabajar, como en efecto habiendo empleado en ropa de la tierra de esta provincia (Quito) para la de Popayán, y desde entonces haciendo caudal bien cuantioso, se quedó en la ciudad de Cali de donde era natural...". | 5

A medida que crecía la población esclava en minas y haciendas, el servicio doméstico fue creciendo también hasta llegar a cifras excesivas en la segunda mitad del siglo. Esta, que podría calificarse de inversión productiva, señala apenas una tendencia general que se refleja en los objetos de lujo. Entre varios items del testamento de Doña Bárbara de Saa, la viuda del rico comerciante y minero Juan Francisco Garcés de Aguilar, se mencionaban en 1768: una silla de manos forrada en baqueta de moscovia, por dentro en damasco colorado, flecos de seda, perinola de plata en la cabecera y vidrieras en las puertas que valía 200 pts., un jaez de terciopelo morado con su punta de plata, bordadas las esquinas de lo mismo, riendas de seda, etc., por 125 pts. y una vajilla de plata que pesaba 82 marcos media onza por valor de 656 pts. | 6

La apariencia de la casa de un "noble" a mediados del siglo podia muy bien corresponder en líneas generales a la descripción de un inventario de 1747 de la casa que el comerciante Sebastian Perlaza había comprado a su suegra, Doña Ignacia Piedrahita, y que en ese año vendió al Doctor Bartolomé Caicedo, minero y terrateniente. El solar en que estaba edificada valía 1.250 pts. y estaba cercado de paredes que valían 605 pts. Se trataba en realidad de medio solar, de unas 900 vs2. y la edificación debía cubrir la mitad. Los inmuebles propiamente dichos: solar, paredes que lo cercaban, paredes de la casa, ladrillos, vigas, blanqueamiento, carpintería y mano de obra incorporada, mas una cocina exterior valían 2.799 pts. Los muebles, en cambio, valían 4.674 o sea que representaban más del 60% del valor total de la transacción. Se trataba de cerca de veinte imágenes y cuadros religiosos que valían 673 pts., sillas doradas, alfombras, cajas de cedro, espejos y piezas de vajilla de "Holanda" y de "China". La casa estaba gravada con diferentes censos por valor de 2.770 pts., es decir, el valor integral del mueble. Este debía pagar así una renta de 138 pts. anuales, una suma excesiva para un capital improductivo.

La casa de Doña Bárbara de Saa tenía una apariencia similar. A su muerte se avaluó apenas en 5 mil patacones, aunque dos herederas alegaron que valía ocho mil. Era una casa de teja en la Calle Real,

.. con su alto en la esquina, el que reconocido está inservible y puertas y ventanas de la una casa y el alto acomejenado y los arcos muy desplomados y su fundación talada de hormigueros...".

El interior sin embargo era rico, pues los muebles y aderezos valían casi tanto como la casa: cuatro mil pts. Además, como se ha visto, la casa mantenía 37 esclavos de servicio que elevaban su valor a más de 20 mil pts.

 

4)
r. 8f. 297 r.
5)
AJ 1o. CCCr. 4
6)
lbid. r. 5