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INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
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Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
La extensión de los solares adjudicados originalmente (cuatro
por cada manzana) no permitía que se edificaran íntegramente. Por
eso se aislaban con tapias y se edificaban separadamente ciertas
dependencias como la cocina. La casa de Don Salvador de Caicedo,
que daba a la plaza del lado de la iglesia, se decía estar
edificada sobre dos solares. En realidad ocupaba apenas la parte
delantera con una edificación principal "alta" (o
de dos pisos) y con tiendas de un solo piso. Dado el número de
esclavos domésticos (treinta y más) que podía llegar a tener una
familia de terratenientes o de mineros, el resto del solar debía
contener algunas chozas.
El precio de los solares en los barrios oscilaba de acuerdo con su
vecindad al corazón de la ciudad. De todas maneras el límite
extremo de cada barrio no estaba demasiado alejado del centro. Por
eso un solar en el Vallano podía valer entre 100 y 500 pts. y uno
en el Empedrado hasta 300. En estos barrios no era frecuente que se
vendieran solares completos. Ventas y adjudicaciones originales a
vecinos de las clases sociales inferiores no se hacían, como se
habían hecho a los conquistadores, por solares, sino mucho más
parsimoniosamente, por varas. Tampoco estas clases poseían
mecanismos sociales aptos para preservar la integridad de un
patrimonio, o de acrecentarlo, como en el caso de los vecinos
"nobles". Así, la propiedad de los solares en los
barrios estaba muy fragmentada, hasta el punto de que era frecuente
la venta de lotes de algunas varas cuyo valor no llegaba a 30
pts.
En los barrios, sin embargo, las construcciones estaban mucho más
diseminadas que en el centro. Las casas allí ya no eran altas,
grandes y de teja sino ranchos de construcción endeble
("embutidos de embarrado), techados de paja, que casi
nunca agregaban mucho valor al lote en el que estaban construidos.
El contraste entre estas construcciones, de una sola habitación con
una cocina anexa, y las casas altas de la
"nobleza", señala tanto el grado de cohesión
familiar como el patrimonial.
La traza de la ciudad reflejaba las jerarquías existentes en el
seno de la sociedad colonial. En el siglo XVI el título de
"vecino" se había discernido exclusivamente a los
encomenderos, excluyendo del seno del Cabildo municipal a gentes de
menor cuantía. Cuando, a fines de la centuria, los regimientos se
hicieron venales y perpetuos, la calidad del vecino perdió su
primitiva importancia. De todas maneras se siguió distinguiendo
entre vecinos "soldados" y vecinos en
encomenderos, de cuyas filas salían respectivamente los dos
alcaldes ordinarios. El que era elegido entre los vecinos
encomenderos se designaba como "alcalde de primer
voto" o "alcalde más antiguo". El otro
era simplemente "alcalde de segundo voto".
En el siglo XVIII bastaba poseer un inmueble -urbano o rústico - en
la jurisdicción de la ciudad para ostentar el título de vecino.
Esta masa de gentes incorporada a la vecindad había perdido ya su
representatividad en el Cabildo y aún el alcalde de segundo voto se
elegía entre los llamados "nobles". Así, las
diferencias sociales no eran menos ostensibles que en el siglo XVI.
Solo que la propiedad urbana y rústica se había generalizado de tal
manera que una distinción social o una representatividad política
que se derivara de esta circunstancia ya no tenía sentido.
Los vecinos "nobles" se distinguían claramente
del común entre otras cosas por el apelativo de
"Don". El lugar de la residencia contribuía a
marcar esta diferencia. Como se ha visto, las familias más
conspicuas se agrupaban en torno a la plaza mayor y en el barrio de
la Merced. Algunos "nobles" vivían en las calles
más próximas al centro de El Empedrado y del Vallano. Pero casi
nunca en Santa Rosa, la Carnicería, la Mano del Negro o
Barrionuevo. Muchos poseían, eso sí, solares vacíos en todos estos
barrios.
En la ciudad de Cali no parece haber existido un confinamiento
racial, aunque en algunos barrios la presencia de negros, mulatos
libres e indígenas fuera más numerosa que en otros. El hecho de que
existiera un buen número de esclavos negros domésticos debía hacer
nugatorio cualquier tipo de confinamiento. Además, gente de color
pardo poseía casas y solares en el Vallano, Santa Rosa y aún en el
Empedrado.
El apellido Viera, que correspondía a una familia de mulatos,
aparece mencionado con alguna frecuencia entre 1723 y 1735 en los
registros notariales de transacciones sobre inmuebles, todas en el
Vallano. La propiedad más valiosa era de 250 pts. que en 1727 Juan
y Pedro de Viera, hijos de Manuela Teleche, vendieron al
comerciante Tomás Rizo
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, mientras que otras transacciones no
llegaban a 25 pts. Eran también pardos Antonia de los Reyes, Maria
Candela, Leonar Losas de Navarrete y Agustina de Sandoval Palomino
que vivían en el Vallano y en el Empedrado y cuyas propiedades iban
de los 15 a los 200 pts. También en el Vallano se menciona a María
del Campo. una india de Popayán que compró una casa por 35 pts. en
1735, y en el barrio de Santa Rosa un indio de la Corona que vendió
un solar por 20 pts.
En el curso del siglo que va de mediados del XVII a mediados del
XVIII la ciudad experimentó transformaciones. Casas con techumbre
de paja que enmarcaban la plaza fueron dando lugar a construcciones
más sólidas, de dos pisos y cubiertas de teja, hasta desaparecer
totalmente la de paja en la plaza y sus inmediaciones. El auge
económico que trajo consigo la minería del oro propició también una
afición por consumos de ostentación, muchas veces extravagantes.
Dentro de la estrecha capa de privilegiados que explotaban minas o
se dedicaban a levantar haciendas los símbolos exteriores de
riqueza se multiplicaban. Los objetos suntuarios, antes raros, iban
apareciendo con mayor frecuencia en testamentos y cartas de dote.
La ropa ante todo. No es raro que en una dote asignada de diez mil
patacones -suma muy cuantiosa- más del 50% estuviera representado
en ropas. Los maridos mismos hacían figurar entre el capital
aportado inicialmente al matrimonio un buen porcentaje dedicado a
su apariencia personal. Doña Juana de Troya y Gaviria, mujer del
Maestro Ceballos, sostenía en su testamento que ambos se habían
casado pobres
"... pero después, por medio de la venta de todos sus
ajuares mujeriles, hubo de darle el principio competente para
trabajar, como en efecto habiendo empleado en ropa de la tierra de
esta provincia (Quito) para la de Popayán, y desde entonces
haciendo caudal bien cuantioso, se quedó en la ciudad de Cali de
donde era natural...".
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A medida que crecía la población esclava en minas y haciendas, el
servicio doméstico fue creciendo también hasta llegar a cifras
excesivas en la segunda mitad del siglo. Esta, que podría
calificarse de inversión productiva, señala apenas una tendencia
general que se refleja en los objetos de lujo. Entre varios items
del testamento de Doña Bárbara de Saa, la viuda del rico
comerciante y minero Juan Francisco Garcés de Aguilar, se
mencionaban en 1768: una silla de manos forrada en baqueta de
moscovia, por dentro en damasco colorado, flecos de seda, perinola
de plata en la cabecera y vidrieras en las puertas que valía 200
pts., un jaez de terciopelo morado con su punta de plata, bordadas
las esquinas de lo mismo, riendas de seda, etc., por 125 pts. y una
vajilla de plata que pesaba 82 marcos media onza por valor de 656
pts.
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La apariencia de la casa de un "noble" a mediados
del siglo podia muy bien corresponder en líneas generales a la
descripción de un inventario de 1747 de la casa que el comerciante
Sebastian Perlaza había comprado a su suegra, Doña Ignacia
Piedrahita, y que en ese año vendió al Doctor Bartolomé Caicedo,
minero y terrateniente. El solar en que estaba edificada valía
1.250 pts. y estaba cercado de paredes que valían 605 pts. Se
trataba en realidad de medio solar, de unas 900 vs2. y la
edificación debía cubrir la mitad. Los inmuebles propiamente
dichos: solar, paredes que lo cercaban, paredes de la casa,
ladrillos, vigas, blanqueamiento, carpintería y mano de obra
incorporada, mas una cocina exterior valían 2.799 pts. Los muebles,
en cambio, valían 4.674 o sea que representaban más del 60% del
valor total de la transacción. Se trataba de cerca de veinte
imágenes y cuadros religiosos que valían 673 pts., sillas doradas,
alfombras, cajas de cedro, espejos y piezas de vajilla de
"Holanda" y de "China". La casa
estaba gravada con diferentes censos por valor de 2.770 pts., es
decir, el valor integral del mueble. Este debía pagar así una renta
de 138 pts. anuales, una suma excesiva para un capital
improductivo.
La casa de Doña Bárbara de Saa tenía una apariencia similar. A su
muerte se avaluó apenas en 5 mil patacones, aunque dos herederas
alegaron que valía ocho mil. Era una casa de teja en la Calle
Real,
.. con su alto en la esquina, el que reconocido está inservible y
puertas y ventanas de la una casa y el alto acomejenado y los arcos
muy desplomados y su fundación talada de
hormigueros...".
El interior sin embargo era rico, pues los muebles y aderezos
valían casi tanto como la casa: cuatro mil pts. Además, como se ha
visto, la casa mantenía 37 esclavos de servicio que elevaban su
valor a más de 20 mil pts.
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r. 8f. 297 r.
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AJ 1o. CCCr. 4
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lbid. r. 5
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