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INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
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Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
5. El comercio
Tanto, o más, que la agricultura, el desarrollo del comercio
estuvo ligado a la actividad minera. El abastecimiento de las minas
-en esclavos, aguardiente, tabaco y géneros alimenticios- lo mismo
que la satisfacción de consumos suntuarios alimentados por un flujo
constante en especies metálicas, convirtieron a los comerciantes en
los principales beneficiarios del sistema productivo. Ya se ha
visto como se les señalaba como los responsables de la fuga del oro
sin amonedar y del contrabando. Como los mineros pagaban en oro en
polvo, los comerciantes se beneficiaban en el acto mismo de cambio
pues recibían el oro por menos reales de los de su equivalencia
legal. Un castellano de oro, que valía 21 reales de plata, se
convertía en dos pesos de plata, es decir, 16 reales
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. En general, el orden de
sus ganancias puede medirse en los precios que alcanzaba un
esclavo, de 500 a 550 pts. hacia 1720, cuando en la factoría de
Cartagena se compraba por menos de la mitad.
Las operaciones de los comerciantes no son fáciles de seguir en los
registros notariales debido a que casi siempre utilizaban el
sistema de "vales" o escrituras privadas o
mantenían libros de caja a cuyos asientos -junto con los
"vales"-,debía atribuirse mérito ejecutivo por
parte de los funcionarios judiciales. Las operaciones mayores, sin
embargo, se registraban a veces ante el escribano. Antes de 1739 la
presencia de estas grandes operaciones es rara en los registros. Y
sólo hasta ese año se encuentran registros de obligaciones
comerciales con regularidad tales como la de Don Domingo de la
Lastra que hace una escritura de tres mil pts. a favor de Don Juan
Romero Orejuela y garantiza el pago con ropa de Castilla que lleva
a vender a Quito, por valor de 16 mil pts. La Lastra era un
"mercader" de la Carrara bastante poderosos. En
1742, por ejemplo, hizo compañía con Don Ignacio Vergara para
comprar mercancías en Cartagena, en donde quedó debiendo más de 80
mil pts. a otro comerciante La mayoría de las fortunas en
inmuebles, aún las más grandes, no alcanzaban esta cantidad.
También en otra escritura de 1739, Sebastián Perlaza, alguacil
mayor del Santo Oficio en Cali, se obligaba por 2.200 pts. con Don
Nicolás Munar, cajero de Lorenzo Fernández de Seijas, comerciante
de Santa Fé, y por otros 1.720 pts. con José Fernández Gómez,
residente en Cartago
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.
La costumbre era la de adelantar mercancías con un año o un poco
más de plazo para pagarlas. Quienes contraían esta obligación
solían ser "tratantes" o pequeños comerciantes y
quienes adelantaban las mercancías, "mercaderes de la
Carrara" o mayoristas. Algunos mineros se obligaban
directamente con los mercaderes y trasladaban ellos mismos los
géneros que consumían hasta el Pacífico. A raíz de este tipo de
operaciones, un minero, Francisco de Collazos y Nava debía tales
cantidades a varios comerciantes en 1745 que el gobernador de
Popayán declaró su interdicción y puso a administrar las minas a
Diego del Castillo, para que de las sacas del oro se fueran pagando
acreedores.
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Los mineros se comprometían casi siempre a pagar las deudas en oro
en polvo, a razón de un castellano (es decir, 21 reales) por cada
dos patacones de ocho reales. En la operación perdían cinco o seis
reales si el oro alcanzaba 21 o 22 quilates. Además, estas
obligaciones generaban intereses comerciales que eran del 10%
anual, un 5% por encima de los créditos otorgados a los
terratenientes en forma de censos.
En ocasiones los propietarios de haciendas adelantaban, como los
comerciantes, cargamentos de géneros comestibles a los
"tratantes" que los llevaban al Chocó. Estos
contraían una "obligación simple" es decir,
personal, a pagar a un plazo estipulado. Podía ocurrir también que
el terrateniente se obligara a suministrar géneros a término
mediante el anticipo de dinero o de otra prestación. En 1751, por
ejemplo, Francisco José de la Asprilla y su mujer se obligaron a
pagar parte de la hacienda de la Magdalena al minero Pedro del
Valle enviándole al Chocó, en el término de cinco meses, 25 cargas
de géneros comestibles, así: 10 cargas de carne, 4 de tabaco, 3 de
azúcar, 2 de quesos, 2 de jabón, 2 de
"raspadura", 1 de conserva de guayaba y 1 de
miel.
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Las llamadas "obligaciones simples", a diferencia
de los censos, no gozaban de ventajas institucionales. Aunque
admitían la garantía personal de fiadores, los comerciantes debían
confiar la mayoría de las veces en su propio crédito para hacer
expeditas las operaciones.
Así, cuando se adelantaban mercancías a otro comerciante, la
garantía solían ser las mismas mercancías o los créditos que se
obtuvieran de su reventa.
Hasta mediados del siglo, cuando los ejecutores de la justicia eran
en su mayoría terratenientes o mineros, los comerciantes debían
hallarse en desventaja para obligar a pagar a los deudores morosos.
Los conflictos de los años 40 y 50 culminaron en ventaja de los
comerciantes a quienes terminó por reconocerse una participación
creciente en los organismos de poder local. En 1753 diez y nueve
mercaderes dieron un poder a Gaspar de Soto y Zorrilla, quien había
actuado como líder de los comerciantes contra la supremacía de
mineros y terratenientes desde hacía diez años, para actuar "... en
alivio y fomento de los comerciantes de esta ciudad..."
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A partir de este momento puede decirse que el volúmen de las
obligaciones comerciales sustituye el viejo mecanismo de los censos
que privilegiaba la agricultura. De 6.227 pts. y cuatro operaciones
registradas en 1751, se asciende a 26 operaciones por 20.942 pts.
en 1754 y 23 por 26.101 pts. en 1757. Este incremento, con algunos
altibajos, señala el fortalecimiento del gremio de los
"mercaderes de Carrera" o comerciantes que tenían
vinculaciones con Cartagena o con Quito. Los llamados
"géneros comestibles", procedían de las
haciendas, pasaban ahora también por sus manos, convirtiéndolos en
intermediarios forzosos para que estos géneros alcanzaran los
centros mineros. Este control se ejercía mediante el adelanto de
dinero a los terratenientes y la posibilidad de otorgar créditos de
ocho meses y más a los mineros.
Así, mientras el volúmen de los censos disminuía a ojos vistas
durante el resto del siglo, las "obligaciones
simples" de los comerciantes iban en aumento. No resulta
extraño que las pugnas entre el gremio de los comerciantes y los
terratenientes y mineros se hayan agudizado.
Los conflictos aparentes, sin embargo, no deben hacer perder de
vista la tendencia general de la sociedad española a integrarse en
virtud de una ideología homogénea, del mecanismo de las alianzas
matrimoniales y de la compra de tierras y minas. Al cabo de dos
generaciones, una familia de comerciantes de origen español podia
llegar a estar integrada al cuerpo de las familias tradicionales y
aún adoptar actitudes de rechazo hacia otros recién Llegados.
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Cf LASSo, op. cit. p. 2 AGI. Santafé L. 362.
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r. 32 f. 386 r. f. 399r.
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r. 3f. 82 r.
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r.11f 181r.
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r. 43 f. 292 r.
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