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INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
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Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
2. La administración y el contrabando
La reducción definitiva de los primitivos habitantes del Chocó
(y de otras tribus de la costa, como los Cajambres) abrió un nuevo
ciclo de oro en la economía de la Nueva Granada. La postración
minera del siglo XVII, provocada por las debilidades estructurales
propias de este tipo de economía (agotamiento de yacimientos,
deficiencias técnicas. agotamiento de la mano de obra), y que había
alcanzado su punto más bajo a mediados del siglo, llegó a su
término en el último cuarto, cuando se tuvo acceso a nuevos
yacimientos.
Los beneficiarios de este nuevo auge fueron aquellos empresarios
que, desde Popayán, Cali y otras ciudades, habían contribuido a la
"pacificación" del Chocó. Muchos de los primeros
mineros asentados en la nueva frontera exhibían títulos militares
(capitanes, sargentos mayores, maestres de campo) ganados en las
luchas contra los indígenas. Los más poderosos de entre ellos se
sucedieron como lugartenientes del gobernador de Popayán en la
provincia de Novita y por esta razón el producto de las minas fue
ocultado permanentemente a las encuestas de la administración
española. En 1726 el el procurador de Cali, Escobar Alvarado,
afirmaba que todavía en 1680 no se tenía noticia de muchas de las
minas que se explotaban y,
"... a punto fijo no se supo la fertilidad y abundancia
hasta que a los últimos del referido año de diez y ocho se nombró
superintendente en las referidas provincias..."
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10
.
Entre 1698 y 1706 había actuado como juez de cobranzas el teniente
de gobernador Don Luis de Acuña y Berrio y en todos esos años sólo
aparecen en los libros de cuentas de las Cajas reales seis u ocho
partidas de oro declarado, que de ningún modo podían corresponder a
las cantidades del oro que se extraía
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11
. Más tarde, entre 1713 y 1717, como
superintendente, la actuación de este funcionario debió parecer tan
irregular que se le obligó a rendir cuentas en la cárcel
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12
. Al parecer, los quintos
reales sólo podían cobrarse en el momento en que se verificaba una
conversión de oro en plata acuñada, operación que los mineros
evitaban comprando los artículos que consumían a contrabandistas o
a comerciantes que sacaban el oro por su cuenta y riesgo
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13
.
Según un informe de 1720 los fraudes se hacían a sabiendas de los
gobernadores de Popayán. Sus lugartenientes solían pagar por el
privilegio de su posición seis u ocho mil pesos que más adelante
reembolsaban con fraudes
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14
. Pedroza y Guerrero, encargado de poner
orden en estas irregularidades, observaba que los gobernadores de
Popayán, con 2750 patacones de salario anual, al cabo de los cinco
años de su ejercicio solían sacar de 150 a 200 mil. So pretexto de
visitar los distritos mineros (y, en efecto, las visitas eran muy
frecuentes a la región de Barbacoas), el gobernador mismo solía
instalar allí mesas de juego en donde se cobraba doce pesos por
baraja. El visitador concluye, con alguna ironía, que la visita
duraba lo que las barajas.
Pedroza emprendió una labor de reorganización administrativa en
1718 reemplazando a los lugartenientes del gobernador de Popayán
por un superintendente que dependería en adelante de la Audiencia
de Santa Fé. Con todo, el gobernador retenía la facultad de nombrar
curas, alcaldes, cabos y los agentes de la jurisdicción civil y
criminal. Las reformas de Pedroza se dirigían primordialmente a
organizar los recaudos de los quintos del oro, que, a partir de esa
fecha, comenzaron a cobrarse con alguna regularidad.
El clima social de estas regiones mineras lo describe un
funcionario, según el cual,
.. son todos los habitantes de estas provincias los más mineros y
dueños de cuadrillas de negros que labran sus minerales, y así
mismo de mercaderes y rescatantes, y todos, y en especial los
primeros, gente que vive con sobrada libertad en sus acciones y
modo de vivir...".
Los dueños de cuadrillas más importantes que, como se ha dicho, se
sucedían en la tenencia de la gobernación, acaparaban la mano de
obra indígena y la dedicaban a sembrar y mantener cultivos de maíz
y de plátano para el sustento de sus cuadrillas de esclavos
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15
. Así, en los primeros
años del siglo XVIII los hermanos Mosqueras de Popayán entraron en
conflicto con otros mineros de la provincia de Novita que
solicitaban también el servicio de los indios para sus propias
cuadrillas. El doctrinero franciscano Manuel Caicedo, que se opuso
entonces a las pretensiones de los Mosqueras de despoblar su
doctrina en Tadó para servirse de los indios en los reales de minas
en Iro, fue expulsado de la doctrina por Pedroza y Guerrero diez
años más tarde, por cuanto el fraile se ocupaba también de la
minería "con un comercio abierto y franco en esta
razón".
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Según Pedroza, el de Fr. Manuel no era el único caso sino que otros
franciscanos se dedicaban también a las minas y al comercio. En
1708, con ocasión del conflicto entre los Mosqueras y los restantes
mineros, el cura caleño Nicolás de Hinestroza se puso del lado de
los primeros pidiéndoles francamente que a cambio de sus servicios
le obtuvieran un curato
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17
. Fue más tarde, efectivamente, cura de los
reales de Iro y Mungarra (que pertenecían a los Mosqueras) y a su
muerte, en 1759, dejó una fortuna en esclavos negros y minas de más
de 60 mil patacones con los cuales dotó al Colegio de misiones de
los franciscanos en Cali.
No solamente la libertad de las costumbres y de las empresas
económicas atraían a las gentes más diversas a esta región de
frontera. Otros desórdenes aquejaban la provincia, sobre todo el
del contrabando que se movilizaba por las dos grandes arterias del
San Juan y el Atrato. Se especulaba, además, con el precio de los
esclavos y de los abastecimientos. Según un informe oficial, hacia
1720 un negro bozal se compraba por 550 patacones y uno adiestrado
en minería por 800 (300 castellanos), cuando su precio en la
factoría de Cartagena no llegaba a la mitad. Un quintal de hierro
costaba 50 pts. y uno de acero 80, siendo que su precio en
Cartagena no pasaba de cinco o seis pts. El maíz o los plátanos,
que se cultivaban en los mismos centros mineros o sus cercanías,
alcanzaban preciso astronómicos: un patacón por almud de maíz o un
castellano por cuatro racimos de plátano.
Por esto se proponía, como tantas veces antes lo habían hecho otros
funcionarios de la Corona, que esta interviniera como empresario
para evitar los abusos de los particulares y, de paso, acrecentar
el Erario. Se calculaba que de enviarse directamente de Guinea o
Jamaica (eran los tiempos del asiento inglés) dos mil piezas de
esclavos entre 20 y 25 años, cuyo costo oscilaba entre 180 y 200
pts. por pieza, el rey ganaría 580.000 pts. vendiendo cada licencia
en 250 pts. Respecto a los víveres, estos debían remitirse cada dos
meses por funcionarios de la Corona desde las ciudades contiguas de
Cali, Cartago, Toro y Anserma. Finalmente, concluía el informe, la
Corona podría hacerse cargo hasta de las operaciones de la
explotación minera para dar término a las fugas de oro
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18
La propuesta de estatizar completamente la producción minera no
parece extraña si se tiene en cuenta la realidad que presenciaban
algunos funcionarios celosos del Erario real. A sus ojos, el
contrabando era el mayor azote que padecían estas lejanas regiones
y no parecía existir otro expediente para extirparlo que alguna
medida radical, que liquidara la intervención de los particulares
en el proceso productivo. Las enormes cantidades de oro que se
ponían en circulación atraían a los comerciantes extranjeros y los
mineros, desprovistos de lo más esencial, pagaban sumas enormes por
artículos que eran muchas veces de consumo suntuario. Así, la falta
de control, las carencias y una aptitud para el consumo conspicuo
se combinaban para que entrara de contrabando todo tipo de
mercancías.
El problema del contrabando era complejo y los gobernantes de la
Nueva Granada ensayaron varias medidas para ponerle coto. El primer
virrey de la Nueva Granada, Villalonga, estimuló en Santa Fé la
amonedación a partir de 1720 y prohibió que saliera oro sin
amonedar por Cartagena. Según el virrey, los factores del asiento
de esclavos negros eran los responsables del contrabando
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19
. Estos aceptaban el oro
en polvo que sacaban los comerciantes a cambio de las mercancías
que traían ocultas en los barcos negreros o en el llamado
"navío de permisión".
En 1721 el gobernador de Popayán, marqués de San Juan de Rivera,
proponía que en lugar de impedir el comercio de los puertos del
Pacífico, medida que había propiciado el antecesor de Villalonga,
Qedroza y Guerrero, se cambiara el oro por moneda de plata en los
yacimientos mineros con el fin de facilitar las transacciones.
Según el gobernador los mineros compraban con oro en polvo lo que
necesitaban,
.. vendiéndo(lo) a los mercaderes pon ínfimo precio y dándoselo)
por comestibles y ropa y estos son los que lo extraen y defraudan a
V.M., cuyo inconveniente cesará con evidencia si en esta provincia
de Barbacoas se ponen todos los años ocho mil patacones y estos,
reducidos incontinenti, pasan a las cajas de Quito, y entregándose
allí se vuelve a traer la misma cantidad de moneda acuñada; y en la
provincia del Chocó se necesita por treinta mil patacones"
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20
.
Un poco más tarde (en 1724), Fr. Manuel de Caicedo escribía un
informe en el que mencionaba la codicia de los comerciantes
extranjeros por el oro del Chocó y la entrada de ingleses y
escoseses a la región de los Cunacunas, todavía no sometidos.
Volvía a mencionar la ausencia de moneda acuñada y la facilidad con
la que se introducían por el río San Juan barcos provenientes de
Panamá. El oro se sacaba también a las costas de Cartagena y de
Porto Belo, en donde permanecían apostadas embarcaciones
extranjeras
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21
.
Según el gobernador del Chocó (1736), Simón de Lezama, la oposición
del Cabildo de Cali a que se incorporara la provincia del Raposo a
su gobierno facilitaba la salida del oro por el río San Juan, sin
que él pudiera oponerse
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22
. Sin embargo, desde 1730 se habían
reiterado las prohibiciones de penetrar ciertos géneros por los
ríos Calima y San Juan hasta que en 1777 se desistió de ellas,
legalizando un comercio que había existido siempre
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23
.
Debido al contrabando las cantidades de oro que llegaban a las
Cajas reales eran insignificantes. Se sabía, empero, que las
explotaciones iban en aumento desde comienzos del siglo XVII. En
1726 el procurador de Cali, Escobar Alvarado, calculaba que en los
últimos diez años, lapso en el que se había regularizado hasta
cierto punto la percepción de los quintos, se habían manifestado en
Popayán más de 140 mil castellanos.
Las más grandes fortunas de Cali se originaron en los distritos
mineros del Raposo. Esta provincia, que, confinaba con la del Chocó
tenía su suerte unida a la de esta última y su poblamiento
definitivo sólo fue posible con las conquistas chocoanas del siglo
XVII. Sin embargo, los habitantes de Cali la reivindicaban para sí
por cuanto el antiguo puerto de Buenaventura caía naturalmente bajo
el radio de influencia de la ciudad. Desde el siglo XVI los
comerciantes caleños se lucraban haciendo transmontar las
mercancías a lomo de indio desde Buenaventura por los farallones.
Extinguidos los indígenas de la cordillera, la ruta intentó
reabrirse varias veces en el siglo XVII sin conseguirlo de manera
definitiva. Sólo la pacificación de los noamanes permitió el acceso
a la región (por el río Dagua), desde la cual se remontaba el río
San Juan para abastecer los distritos mineros del Chocó. La misma
provincia de Noama (que comprendía Buenaventura, la región del
Raposo y los pueblos de San Javier y Zabaletas) se estimaba
jurisdicción de Cali y sus riquezas mineras fueron explotadas
principalmente por vecinos de la ciudad.
Esta influencia fue reconocida en ocasiones por los mismos
gobernadores de Popayán, quienes nombraban allí lugartenientes
caleños. El primero, nombrado en 1680 por el gobernador Fresneda,
fue Andrés Pérez Serrano cuyo título fue confirmado por el
gobernador Berrio en 1683. A partir de 1706 la familia Caicedo
ocupó el cargo con regularidad hasta que, en 1719, las cuatro
provincias del Chocó (Citará, Tamaná, Nóvita y Noanama) se
unificaron bajo la administración de un superintendente. En 1723,
sin embargo, uno de los Caicedos, sobrino del Alférez real de Cali
volvió a ocupar el puesto
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24
En 1726 se comprobó que la superintendencia había permitido fraudes
renovados en los quintos del oro y un contrabando que entraba del
Pacífico por el río San Juan y del Caribe por el Atrato. Por esta
razón se decidió erigir el Chocó en gobernación aunque excluyendo
el Raposo, que se colocaba bajo la jurisdicción del Cabildo de Cali
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25
. Con la creación
de esta gobernación debían cesar las funciones del teniente de
gobernador de Popayán que ejercía entonces en el Raposo el Dr.
Bartolomé Caicedo, hijo de Nicolás de Caicedo H., el Alférez real.
Tras un conflicto con el nuevo gobernador, el Cabildo de Cali quedó
facultado para disponer de la provincia a su antojo.
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Cf. MIGUEL LASSO DE LA VEGA, "Los tesorero: de la
casa de moneda de Popayán" (1729-1816). Madrid, 1927 p.
7
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AGI. Cont. I.. 1604
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Ibid. L. 1603 y Santafé, L. 370No. 190
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Ibid. Cont. L. 1604
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Ibid. Santafé L. 362.
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Cf. "Fuentes coloniales para la historia del trabajo
en Colombia". Edit. por G' COLMENARES et al. Bogotá, 1968.
p. 128 ss.
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AGI. Santafé L.368.
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Fuentes cit. p.137.
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AGI. SantaFé L. 362. "... Siendo cierto -decía el
informe- que en dichas provincias hay dos mil negros de trabajo
poco más o menos y estos se reputan cada año por más de millón y
medio de pesos, que es el caudal que tributan aquellos minerales,
considérese puesto S.M. en el ejercicio de minero por sus
ministros, y con tantos auxilios y ventajas lo mucho que
rendirán...".
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Cf. LASSO DE LA VEGA, op. cit. p. 4 y AGI. SantaFé L. 374.
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Ibid. SantaFé, L. 362.
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|
Ibid.
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Ibid. SantaFé L. 307
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ARB. II, 310 ss.
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Ibid. I, 290, 303, 340, 374, II, 21, 40, 55, 60, 67.
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"Historia documental" cit. p. 167..ARB. II,
67
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