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INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
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Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
En otros años: 1727, 728, 729, 745 y 750, la mayor cuantía se
registra en los censos que pesaban sobre herencias o casas y
esclavos vendidos. Como en el caso anterior, los herederos o el
comprador debían hacerse cargo de los intereses o de redimir el
censo o los censos de las propiedades que recibía. En el caso de
las herencias, era frecuente que el causahabiente ordenara la
redención del censo al disponer de su quinto de libre disposición.
Pero en la mitad del siglo XVIII los censos nuevamente constituidos
llevaban la delantera y su cuantía iba en progresión
creciente.
El fenómeno de los censos acumulados es, con todo, el más
importante para explicarse las limitaciones con las que finalmente
tropezó la economía agrícola colonial. Aquellas propiedades que les
servían de garantía corrían el riesgo de caer en el abandono si su
productividad no era tan alta como para compensar los intereses
crecientes y poder pagar esta forma
|sui generis de renta. En
algunos casos estas propiedades, fuertemente gravadas con censos o
capellanías, pasaban de mano en mano sin que el adquiriente pudiera
retenerlas mucho tiempo.
La hacienda Meléndez, por ejemplo, que había sido levantada por
Felipe de Velasco Rivagüero a comienzos del siglo, cambió de dueños
en 1726, 1732 y 1738. La hacienda San Lorenzo de las Guavas había
sido gravada por su primitivo propietario, el capitán Lorenzo
Fernández de Monterrey, con capellanías que igualaban su valor
(11.000 pts.) y por ésta razón José Ruiz de la Cueva tuvo que
cederla a su hijo, el presbítero Miguel Ruiz de la Cueva en
noviembre de 1750. Igualmente, en 1749 Angela Ruiz Calzado
manifestaba que
". . . por cuánto poseía... la hacienda de San José de
Amayme en jurisdicción de esta ciudad, de la otra banda del rio
Cauca, y sobre ella tenía cargados y fincados 14.460 patacones
pertenecientes a distintas disposiciones de obras pías... y
respecto de costarle mucho afán y trabajo satisfacer los réditos de
dicha cantidad, mediante no poder beneficiarse la dicha hacienda
con la asistencia y reparos que había en la administración antes de
que el dicho su marido llegase al estado en que de presente se
halla...".
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Por estas razones debía ceder la hacienda a un hermano, quien podía
atender personalmente a su administración.
Una hacienda o una simple "estancia" cuyos
gravámenes censales concurrieran con su valor total o muy cerca de
éste no podía mantenerse puesto que los intereses que debían
pagarse excedían su productividad. Por ésta razón, por ejemplo, los
albaceas de Juan de Argumedo, un rico minero que había invertido en
tierras, tuvieron que vender la hacienda de la Herradura en
1763,
". . .pues no produciendo la dicha hacienda lo
correspondiente a su monto principal, es gravosa su
manutención..." .
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Esto no quiere decir, sin embargo, que los censos impuestos en el
siglo XVIII fueran siempre ruinosos. Un propietario de reconocida
solvencia y con un gran capital debía recurrir forzosamente a ellos
como fuente de financiación de inversiones adicionales, fuera para
comprar más tierras o para adquirir esclavos o ganados. Un hombre
suficientemente rico podía redondear sus propiedades haciéndose
cargo de haciendas muy gravadas y saneándolas con el correr del
tiempo. O pagar indefinidamente intereses que no alcanzaban a
afectar la rentabilidad del total de sus empresas. Así, al lado de
una explotación minera o de una actividad comercial, podía mantener
una hacienda originalmente muy gravada e incrementar su valor hasta
disminuir la importancia relativa del gravámen.
De esta manera un gran propietario podía acrecentar paralelamente
sus bienes y un pasivo representado por los censos. El Sargento
mayor Salvador Caicedo Hinestroza, hermano del Alférez Real, por
ejemplo, confesaba censos por valor de 10.000 patacones en 1720 y
1729, once mil en 1732, quince mil en 1734, once mil de nuevo en
1735 y trece mil en 1736, año en que gravó sus bienes con una
capellanía de 2.800 pts. Estas cantidades, aunque considerables,
apenas representaban una fracción de su capital, constituído por
casas en la plaza mayor, minas en Raposo y la hacienda de los
Ciruelos, en las goteras de Cali. Sin embargo, en 1757 y 1758 tuvo
que desprenderse de 2.400 pts. de tierras contiguas a Cañaveralejo
y que no debían reportarle utilidad pues soportaban un gravámen
equivalente a su valor total.
Más aún, los censos podían contribuir a la formación inicial de
grandes capitales o a su conservacion si las sumas prestadas se
destinaban a inversiones juiciosas. Antonio de la Llera, yerno del
Alférez Real Caicedo Hinestroza, recibió de éste más de ocho mil
patacones de dote y dos mil más en un censo a favor de las
capellanías que el Alférez fundaba con el producido de las minas y
haciendas de Juan Palomino
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. Al iniciarse en los negocios propiciados
por su enlace, de la Llera no poseía un centavo y sin embargo lo
vemos comprar trece esclavos en 1735 para explotar minas en
compañía de su cuñado y tomar otros cinco mil patacones a censo en
1739, que garantizaba esta vez con minas y 35 esclavos.
Así, los censos actuaban en un doble sentido. De un lado podían
enquistarse en las propiedades de manera ruinosa, cuando los
propietarios fundaban sobre ellas capellanías sucesivas o prestaban
dinero para incrementar sus activos sin que esta operación
produjera la rentabilidad deseada. De otro lado, el dinero líquido
de capellanías, fundadas principalmente por mineros y comerciantes,
circulaba en forma de censos que contribuían, como inversiones, a
la formación de las haciendas.
La conclusión que puede derivarse de este doble juego salta a la
vista: la economía agraria colonial no podía existir por sí misma,
sin una fuente de financiación originada en otros sectores que
dispusieran de capitales líquidos y sin ciertos privilegios
institucionales que encauzaran estos capitales hacia el sector
agrario. El incremento de las haciendas del Valle del Cauca durante
la primera mitad del siglo XVIII se explica así. en función del
auge de la minería de las vertientes del Pacífico. La decadencia
del sector minero arrastró forzosamente la de la agricultura, la
cual no podía liberarse de la mecánica impuesta por la fundación de
capellanía y de obras pías. Estas requerían, para ser provechosas,
que circulara dinero líquido en abundancia o de lo contrario se
enquistaban en las haciendas sin esperanza de redención.
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r. 28 f. 25 v.
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r. 83 f. 108 v.
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r. 14 f. 148 r.
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