Ficha bibliográfica
Titulo: Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Autores: Germán Colmenares
Edición original: Cali, 1975
Edición en la biblioteca virtual: Noviembre, 2005
Notas: Estudio económico y social escrito por el historiador Germán Colmenares
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| Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII

En otros años: 1727, 728, 729, 745 y 750, la mayor cuantía se registra en los censos que pesaban sobre herencias o casas y esclavos vendidos. Como en el caso anterior, los herederos o el comprador debían hacerse cargo de los intereses o de redimir el censo o los censos de las propiedades que recibía. En el caso de las herencias, era frecuente que el causahabiente ordenara la redención del censo al disponer de su quinto de libre disposición. Pero en la mitad del siglo XVIII los censos nuevamente constituidos llevaban la delantera y su cuantía iba en progresión creciente.

El fenómeno de los censos acumulados es, con todo, el más importante para explicarse las limitaciones con las que finalmente tropezó la economía agrícola colonial. Aquellas propiedades que les servían de garantía corrían el riesgo de caer en el abandono si su productividad no era tan alta como para compensar los intereses crecientes y poder pagar esta forma |sui generis de renta. En algunos casos estas propiedades, fuertemente gravadas con censos o capellanías, pasaban de mano en mano sin que el adquiriente pudiera retenerlas mucho tiempo.

La hacienda Meléndez, por ejemplo, que había sido levantada por Felipe de Velasco Rivagüero a comienzos del siglo, cambió de dueños en 1726, 1732 y 1738. La hacienda San Lorenzo de las Guavas había sido gravada por su primitivo propietario, el capitán Lorenzo Fernández de Monterrey, con capellanías que igualaban su valor (11.000 pts.) y por ésta razón José Ruiz de la Cueva tuvo que cederla a su hijo, el presbítero Miguel Ruiz de la Cueva en noviembre de 1750. Igualmente, en 1749 Angela Ruiz Calzado manifestaba que

". . . por cuánto poseía... la hacienda de San José de Amayme en jurisdicción de esta ciudad, de la otra banda del rio Cauca, y sobre ella tenía cargados y fincados 14.460 patacones pertenecientes a distintas disposiciones de obras pías... y respecto de costarle mucho afán y trabajo satisfacer los réditos de dicha cantidad, mediante no poder beneficiarse la dicha hacienda con la asistencia y reparos que había en la administración antes de que el dicho su marido llegase al estado en que de presente se halla...". | 11

Por estas razones debía ceder la hacienda a un hermano, quien podía atender personalmente a su administración.

Una hacienda o una simple "estancia" cuyos gravámenes censales concurrieran con su valor total o muy cerca de éste no podía mantenerse puesto que los intereses que debían pagarse excedían su productividad. Por ésta razón, por ejemplo, los albaceas de Juan de Argumedo, un rico minero que había invertido en tierras, tuvieron que vender la hacienda de la Herradura en 1763,

". . .pues no produciendo la dicha hacienda lo correspondiente a su monto principal, es gravosa su manutención..." . | 12

Esto no quiere decir, sin embargo, que los censos impuestos en el siglo XVIII fueran siempre ruinosos. Un propietario de reconocida solvencia y con un gran capital debía recurrir forzosamente a ellos como fuente de financiación de inversiones adicionales, fuera para comprar más tierras o para adquirir esclavos o ganados. Un hombre suficientemente rico podía redondear sus propiedades haciéndose cargo de haciendas muy gravadas y saneándolas con el correr del tiempo. O pagar indefinidamente intereses que no alcanzaban a afectar la rentabilidad del total de sus empresas. Así, al lado de una explotación minera o de una actividad comercial, podía mantener una hacienda originalmente muy gravada e incrementar su valor hasta disminuir la importancia relativa del gravámen.

De esta manera un gran propietario podía acrecentar paralelamente sus bienes y un pasivo representado por los censos. El Sargento mayor Salvador Caicedo Hinestroza, hermano del Alférez Real, por ejemplo, confesaba censos por valor de 10.000 patacones en 1720 y 1729, once mil en 1732, quince mil en 1734, once mil de nuevo en 1735 y trece mil en 1736, año en que gravó sus bienes con una capellanía de 2.800 pts. Estas cantidades, aunque considerables, apenas representaban una fracción de su capital, constituído por casas en la plaza mayor, minas en Raposo y la hacienda de los Ciruelos, en las goteras de Cali. Sin embargo, en 1757 y 1758 tuvo que desprenderse de 2.400 pts. de tierras contiguas a Cañaveralejo y que no debían reportarle utilidad pues soportaban un gravámen equivalente a su valor total.

Más aún, los censos podían contribuir a la formación inicial de grandes capitales o a su conservacion si las sumas prestadas se destinaban a inversiones juiciosas. Antonio de la Llera, yerno del Alférez Real Caicedo Hinestroza, recibió de éste más de ocho mil patacones de dote y dos mil más en un censo a favor de las capellanías que el Alférez fundaba con el producido de las minas y haciendas de Juan Palomino | 13 . Al iniciarse en los negocios propiciados por su enlace, de la Llera no poseía un centavo y sin embargo lo vemos comprar trece esclavos en 1735 para explotar minas en compañía de su cuñado y tomar otros cinco mil patacones a censo en 1739, que garantizaba esta vez con minas y 35 esclavos.

Así, los censos actuaban en un doble sentido. De un lado podían enquistarse en las propiedades de manera ruinosa, cuando los propietarios fundaban sobre ellas capellanías sucesivas o prestaban dinero para incrementar sus activos sin que esta operación produjera la rentabilidad deseada. De otro lado, el dinero líquido de capellanías, fundadas principalmente por mineros y comerciantes, circulaba en forma de censos que contribuían, como inversiones, a la formación de las haciendas.

La conclusión que puede derivarse de este doble juego salta a la vista: la economía agraria colonial no podía existir por sí misma, sin una fuente de financiación originada en otros sectores que dispusieran de capitales líquidos y sin ciertos privilegios institucionales que encauzaran estos capitales hacia el sector agrario. El incremento de las haciendas del Valle del Cauca durante la primera mitad del siglo XVIII se explica así. en función del auge de la minería de las vertientes del Pacífico. La decadencia del sector minero arrastró forzosamente la de la agricultura, la cual no podía liberarse de la mecánica impuesta por la fundación de capellanía y de obras pías. Estas requerían, para ser provechosas, que circulara dinero líquido en abundancia o de lo contrario se enquistaban en las haciendas sin esperanza de redención.

 

11)
r. 28 f. 25 v.
12)
r. 83 f. 108 v.
13)
r. 14 f. 148 r.