Ficha bibliográfica
Titulo: Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Autores: Germán Colmenares
Edición original: Cali, 1975
Edición en la biblioteca virtual: Noviembre, 2005
Notas: Estudio económico y social escrito por el historiador Germán Colmenares
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| Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII

2. El origen de los censos: las capellanías

a) Las almas del purgatorio y los bienes terrenales.
El 15 de abril de 1750 Don Francisco Sanjurjo de Montenegro, un rico comerciante gallego, hizo las paces con su conciencia y redactó su testamento. A su muerte, un año más tarde, se abrió el testamento y se comprobó que el difunto había dejado 60 mil patacones de caudal,

"... como se verá -rezaba el testamento- por lo que se hallare en mis petacas, escritorio, papelera, vales, libros de cuentas, apuntes en él, plata labrada,.etc..."
| 3 .

En total, una enorme suma de dinero para la época, representada en bienes muebles de liquidez inmediata. Un caso más bien excepcional si se tiene en cuenta que las fortunas que alcanzaban esa cuantía estaban representadas casi siempre en minas, tierras, esclavos o bienes inmuebles. Excepcional pero único, puesto que a veces ocurría que algún comerciante andariego acabara sus días en alguno de los puntos de su itinerario.

El camino que había recorrido Don Francisco hasta Cali tenía muchos vericuetos. Cuando murió dejaba tres hermanas en España, a las que legó mil patacones, y confesaba tener dos hijos naturales, habidos en circunstancias probablemente novelescas. Uno, a quien encargaba a los jesuitas de Madrid buscar en Paris, preguntando por Madame Bergie, oficial de sastrería, en el barrio San Germán, cerca de la puerta de la Samaritana. Este hijo tendría cerca de cuarenta años y debía haberse criado en la casa de los desamparados. Ahora recibía mil patacones de un padre remoto y andariego, muerto en América. Otro hijo, que hubo con una payanesa, Inés de Figueroa, debía recibir el beneficio de una capellanía, pues era cura.

Todavía quedaban 50 mil patacones para ser distribuidos. Don Francisco se afana y piensa en toda clase de obras benéficas. Desviar el río Cali que amenaza la Ermita, construir una fuente en la plaza, sin olvidar a las órdenes religiosas o a los amigos fieles. Pero aún así quedan intactos más de 40 mil patacones. Qué hacer? Don Francisco, en ausencia de herederos forzosos, acaba nombrando como heredera a su propia alma y a las almas del purgatorio, para el alivio de las cuales sus albaceas fundarían "memorias de misas" a profusión. Cuarenta mil patacones rinden dos mil anuales colocados a censo al 5% y dos mil patacones significan 100 misas si se paga a un capellán generosamente a 20 pts. cada misa. Dos misas a la semana a perpetuidad, lo cual podía regocijar a nuestro comerciante y confortarlo en su lecho de muerte.

Veamos otro caso: Juan Jacinto Palomino, vecino de Toro, hizo capitulaciones con la Audiencia de Santa Fé y fue uno de los que reiniciaron las explotaciones del Chocó hacia 1680. Como vecino y encomendero de Toro era ya bastante adinerado antes de la aventura chocoana y en 1681 se menciona entre sus posesiones la hacienda de San Juan de las Palmas, en el actual municipio de la Unión | 4 . Su conducta en las guerras de exterminio contra noamaes y chocoes debió de ser notable, pues murió ostentando el título de Maestre de Campo. En su testamento declaraba haber descubierto las minas de San Agustín (en las quebradas de Chiquinquirá y San Cristóbal, cerca de los ríos Abaribur, Zipi y Garrapatas) | 5 cuyo producido, junto con el de la hacienda de la Paila, dedicaba a la fundación de capellanías sucesivas que debían servir para costear la educación de aspirantes a la ordenación sacerdotal y, una vez ordenados, para asegurar su congrua.

La familia Caicedo, desde Don Cristóbal de Caicedo, a comienzos del siglo XVIII, administró estos bienes y tanto Don Cristóbal como sus descendientes fundaron con sus rentas numerosas capellanías. Las fundaciones tenían lugar cada vez que el administrador rendía cuentas ante un representante del ordinario de Popayán y se le determinaba el monto de la renta de los bienes administrados en períodos de cinco a diez años. En este caso la capellanía no llegaba a afectar el capital, puesto que se constituía apenas con su producto. Desde el punto de vista canónico se diferenciaba de la primera en que estaba destinada a asegurar ordenaciones sacerdotales y no meramente la celebración de misas. Además, en las primeras no había intervención alguna de la autoridad eclesiástica y por esto recibían el nombre de |laicales o profanas. En éstas intervenía el ordinario ( |colativas) aunque el patrón hubiera sido designado por el fundador ( |gentilicias). | 6

Otro caso: Doña Marcela Jiménez de Villacreces, dama ecuatoriana (de Ambato) y viuda del Alférez Real D. Nicolás de Caicedo Hinestroza, disponía en su testamento (1748) que la hacienda de Mulaló se gravara con una capellanía de 10 mil patacones. Esta hacienda, contigua al "portachuelo" de Vijes, había pertenecido a la familia por varias generaciones y ya desde 1643 Juan Hinestroza Príncipe había compuesto las tierras por 140 pesos de oro. Su yerno, Cristóbal de Caicedo, la compró en 1684 y unos veinte años más tarde la heredó su hijo. Ahora, en 1748, la viuda de este imponía un gravámen que debía mantenerse a perpetuidad y que,

.. sólo en el caso de conocida disminución en la referida hacienda se pueda remover..." | 7

El monto de la capellanía era equivalente al valor total de la hacienda y ésta se convertía así en un bien de manos muertas. Con todo, Mulaló quedaba todavía en manos de la familia, pues la testadora disponía que su hijo mayor podría reconocer el capital del censo y disfrutar de la hacienda pagando anualmente los 500 patacones de intereses. Con éstos se pagarían 25 misas, dotadas con 20 pts. cada una. El capellán, igualmente, sería un miembro de la familia. La hacienda pasó así al Dr. Bartolomé de Caicedo y después a su hija Javiera y a su yerno Don Antonio Cuero. A pesar de la capellanía éstos la incrementaron pues a la muerte de Cuero la hacienda fue avaluada en 32.000 pts. | 8

Afectar íntegramente una hacienda al servicio de una obra pía o de una capellanía no era un caso frecuente. Doña Marcela podía permitírselo puesto que había heredado -por vía de gananciales y de recuperación de su dote- más de setenta mil patacones. Mulaló apenas representaba una parte del quinto de sus bienes, del cual podía disponer libremente, sin perjuicio de los herederos forzosos.

 

3)
R. 11 f. 244 r. ss.
4)
Cf. DIOGENES PIEDRAHITA, Los cabildos de Nuestra Señora de la Consolación de Toro y Santa Ana de los Caballeros de Ansermat. Cali, 1962. p. 87.
5)
r. 70 f. 121 r. ss.
6)
En este capítulo la preocupación principal ha sido la de precisar los efectos económicos de las capellanías. Para su análisis desde el punto de vista jurídico, como para muchas instituciones coloniales de derecho privado, el Diccionario razonado de legislación y jurisprudencia de JOAQUIN ESCRICHE sigue siendo una obra muy útil. Cf. especialmente, p. 403.
7)
r. 28 f. 75 r.
8)
r. 86 f. 35...?