Ficha bibliográfica
Titulo: Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Autores: Germán Colmenares
Edición original: Cali, 1975
Edición en la biblioteca virtual: Noviembre, 2005
Notas: Estudio económico y social escrito por el historiador Germán Colmenares
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| Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII

CAPITULO IV

EL CREDITO EN UNA ECONOMIA AGRICOLA

1. El problema de los censos en el siglo XIX: los ataques liberales a los bienes de "manos muertas".

En 1864, en el momento de la victoria de los radicales colombianos sobre sus oponentes conservadores y clericales, uno de aquellos, Salvador Camacho Roldán, comparaba la importancia del decreto sobre desamortización de bienes de "manos muertas" a la abolición de la esclavitud y a la supresión de los |mayorazgos. Este famoso decreto de 9 de septiembre de 1861 disponía que los censos, que gravaban bienes raíces, urbanos y rurales, debían redimirse en el Tesoro Público y al mismo tiempo ordenaba adjudicar a la Nación los bienes de las comunidades eclesiásticas. Tales medidas hacían parte del programa de los radicales y estaban destinadas, como la abolición de la esclavitud y la supresión de los |mayorazgos, a acabar con toda traza de las instituciones coloniales españolas.

Sin embargo, el decreto tenía por objeto inmediato hacer frente a las necesidades de la revuelta del caudillo radical Tomás Cipriano de Mosquera, comprometida en varios frentes. El mismo Camacho Roldán narra cómo el general Mosquera convocó a una junta de notables liberales (unos cuarenta) apenas transcurrido un mes de la ocupación de la capital y les expuso la idea de apropiarse de los bienes de las órdenes religiosas.

"... los concurrentes, prosigue Camacho, en su mayor parte comerciantes y propietarios acomodados recelosos de que el verdadero objeto de la reunión fuese pedirles empréstitos voluntarios o forzosos, guardaron silencio..." | 1 .

El silencio de los notables liberales es bien elocuente. No sólo se explica por la personalidad voluntariosa del general sino que señala la complicidad pasiva de comerciantes y propietarios liberales. La medida que se anunciaba no solamente aliviaba sus aprehensiones sino que venia a colmar una de las viejas aspiraciones del radicalismo. Ya en 1847, durante su primera presidencia, el mismo Mosquera había accedido a una de las iniciativas de su secretario de Hacienda, Florentino González, el mentor por excelencia del radicalismo | 2 , y había propuesto al Congreso la redención de los censos en el Tesoro Público. Apenas tres años más tarde otro radical, el entonces secretario de Hacienda Manuel Murillo Toro, había obtenido que el Congreso sancionara la ley de redención, medida que estuvo vigente hasta el nuevo advenimiento de los conservadores al poder, en 1855.

Estas redenciones, propiciadas por los secretarios radicales de la segunda mitad del siglo XIX y aseguradas por el triunfo del radicalismo en una guerra civil, no eran en modo alguno originales. Ya en las postrimerías del siglo XVIII el rey Carlos III había ordenado que los capitales de las comunidades religiosas que se prestaban en forma de censos, ingresaban a las Cajas Reales. Esta medida, sin embargo, no se acordaba todavía con la estructura, eminentemente rural, de. la economía de la colonia. Tanto es así que el movimiento popular de los comuneros pidió expresamente su abolición,

"... pues casi todos los hacendados y toda clase de negociaciones que se versa en este Reino es dimanada de los censos que las dichas comunidades tienen..." |(Capitulación 13a. de los comuneros)

En contraste, en el curso del siglo XIX los ataques exitosos al sistema de crédito sustentado en censos y capellanía sugieren las contradicciones que venían a surgir con la incorporación de una economía agraria al marco más vasto de una economía a escala mundial. Los intereses de comerciantes y manufactureros, cuyas expectativas eran mucho más ambiciosas que las de los primitivos terratenientes no podían encadenarse aun sistema de crédito que reposaba íntegramente sobre la propiedad raíz y cuyas tasas de interés se mantenían deliberadamente bajas, al mismo ritmo de la productividad agrícola.

La mayor carencia de la economía en el siglo XIX fue la de capitales y los mecanismos que resultaban adecuados para proveer de crédito a una sociedad rural eran ya ineptos para atender a las demandas de los nuevos sectores en auge. Los censos, con su restricción de la tasa de interés a un 5% anual, podían permitir en la época colonial un margen de rentabilidad suficiente a las explotaciones rurales, sin riesgo de expandir innecesariamente la oferta de un numerario escaso, comprometido casi siempre en operaciones comerciales con la metrópoli.

En el siglo XIX, ausentes los comerciantes españoles, el comercio manejado por criollos buscaba liberarse de esta limitación y los llamados "capitalistas", más o menos usureros, buscaban así mismo colocar ventajosamente sus capitales. Por esta razón no es un azar que, contemporáneamente a la preocupación por abolir los censos hayan surgido iniciativas para la fundación de bancos y que estos se hayan fundado efectivamente en el decenio que siguió a la abolición.

Así, una de las características más acusadas de la economía colonial consistía en su tendencia a autolimitarse, a permanecer encerrada dentro de un ciclo casi exclusivamente agrario. La ausencia de iniciativa por parte de la sociedad criolla, que se encasillaba en los privilegios derivados de la posesión tradicional de la tierra y dejaba el comercio en manos de españoles, limitaba también las formas de crédito, que se destinaban principalmente a financiar las operaciones de este sector agrario a través de censos y capellanías. Este sistema representaba -como se verá más adelante- una forma de privilegio institucional que no podía operar en el marco de una sociedad que, como la de la segunda mitad del siglo XIX, había desarrollado intereses ajenos a los de los terratenientes.

Salvador Camacho Roldán pintaba con desaliento los efectos nocivos de los censos que gravaban la propiedad raiz. Las propiedades gravadas caían en el más completo abandono, afectadas como estaban al pago de intereses que se iban acumulando hasta la concurrencia con el valor de la finca. Esta descripción se refería a los llamados censos perpetuos o irredimibles, aquellos que inmovilizaban para siempre las propiedades, afectándolas a la realización de una obra pía o al pago perpetuo de intereses de un préstamo otorgado por la capellanía. Pero estos censos no eran ya los que los comuneros habían defendido como el origen de "toda clase de negociaciones" en el Reino.

Qué había ocurrido? Sin duda el sistema de los censos no llenaba ya, a mediados del siglo XIX, la función que había tenido durante la colonia cuando, al constituir un censo y garantizar el pago con la hipoteca de una propiedad, el "comprador (deudor o propietario) se comprometía a redimirlo, esto es, a pagar la hipoteca así fuera en un lapso indeterminado. El censo perpetuo no era por entonces el más frecuente y el hecho de que todos los censos aparecieran como tales a mediados del siglo XIX indica una fosilización del sistema, además del fracaso de la agricultura colonial. Camacho Roldán se refería a los censos, no sin razón, como a una institución caduca y los asociaba con "las almas de los primeros conquistadores".

Así, para la época en que se llevó a cabo la desamortización de bienes de manos muertas los gravámenes irredimibles se habían ido acumulando sobre las propiedades y esto representaba un estorbo para su circulación. Es posible que no se haya tratado en muchos casos de gravámenes constituidos originalmente como irredimibles sino que hayan llegado a serlo porque los propietarios nunca se cuidaron de redimir el censo o de pagar los intereses. Aún más, el sistema censual reposaba en un cierto tipo de relaciones sociales que se habían modificado desde los tiempos de la colonia. Esta transformación debió de ser forzosamente lenta, tanto como el paso de una economía casi exclusivamente agraria, y orientada a sostener de manera ruinosa el prestigio de una clase terrateniente tradicional, a una economía más dinámica, en la que los mecanismos de crédito debían estar concebidos sobre la base de una garantía personal o de una garantía prendaria y no preferencialmente sobre garantías hipotecarias.

A mediados del siglo XIX los censos no constituían otra cosa que una reliquia del pasado, una institución fosilizada y muerta que arrastraba un peso inerte en el contexto de un sistema económico extraño a su naturaleza. No es raro entonces que una mentalidad liberal condenara los censos como nocivos. Pero, habían sido siempre nocivos? Lo que observaban los contemporáneos de Camacho Roldán no eran acaso los efectos de la esclerosis de la institución?

De otro lado, habría que tener en cuenta lo que un Ernest Labrousse o un Fernand Braudel verían como el "ritmo" temporal propio de las economías que se sucedieron: "colonial" (agraria) y "liberal" (comercial). Pues los censos, como formas de crédito, correspoden perfectamente al ritmo lento de una economía casi exclusivamente agraria. El censo no era otra cosa, desde este punto de vista, que una colocación de capital de recuperación muy lenta. Los liberales del siglo XIX presenciaban en estas colocaciones una inmovilización absoluta, aun cuando en el siglo anterior esto no fuera del todo exacto. Los censos eran redimibles entonces en su mayoría, así esta redención se operará en ciclos muy largos, de cinco y más años, a veces de una vida entera. Esta lentitud se ajustaba al tipo de economía a la cual servían, economía agraria por excelencia, de un ritmo muy lento. El crédito representado por los censos contribuía no solamente a la realización normal del ciclo productivo agrario sino muchas veces a la formación de la unidad productiva misma, la estancia o hacienda, formación que podía embargar el transcurso de una vida entera, a veces de dos generaciones.

Los censos, como institución que privilegiaba las actividades de una clase, terrateniente, eran también la manera de canalizar el poco circulante disponible hacia este tipo de empresas. Pero quienes poseían la tierra, sectores tradicionales y tradicionalistas de criollos aprisionados en el ámbito de sus privilegios locales, se veían limitados precisamente por la iliquidez de sus pertenencias. No es raro entonces que los capitales disponibles se incorporaran en las unidades productivas sin esperanza de redención o que poco a poco se fueran tornando irredimibles. O que los capitales dedicados a obras pías se fueran acumulando hasta alcanzar el valor total de las propiedades.

Cómo explicar entonces la |normalidad de la institución de los censos en la época colonial? Es lo que tratará de aclararse en este capítulo.

El crédito proporcionado por el sistema de censos y capellanías posee características institucionales demasiado rígidas y estas apoyan, a la vez que condicionan, un marco tradicional de sociedad agraria. Pero la actividad agrícola, a una cierta escala, no podía existir |per se. Algo parecido a una empresa agrícola surgió en función de un mercado específico, como el de los centros mineros. Estos centros, a su vez, proporcionaron los capitales para financiar las haciendas.

El mecanismo de esta financiación ha podido estudiarse en un caso concreto, el del Valle del Cauca, gracias a la documentación de los libros de escribanos. Las condiciones del Valle del Cauca acentúan diferencias notables con respecto a las de las mesetas andinas del Nuevo Reino y por esta razón las explicaciones relativas a la mecánica económica de los censos, en este caso concreto, no podrían generalizarse para el resto del país o para otras regiones de América. Por eso es conveniente emprender estudios comparativos, con base en materiales locales que, aunque son muy ricos, resultan inaccesibles a un solo investigador.

Como se ha visto, la región del Valle del Cauca conoció, a partir de la explotación de yacimientos mineros en las vertientes del Pacífico, de las dos últimas décadas del siglo XVII en adelante, el auge de empresas agrícolas situadas en tierras excepcionalmente fértiles. En la primera mitad del siglo XVIII se formaron haciendas que pudieron aprovechar excedentes de mano de obra esclava desplazados de las regiones mineras. El estudio de los censos como fuente de crédito permite comprender el mecanismo más íntimo de ésta formación de haciendas, lo mismo que las limitaciones del sector agrícola colonial frente al de los comerciantes y de los mineros.

 

1)
SALVADOR CAMACHO ROLDAN, Artículos escogidos, Bogotá, 1927. p. 106. También Memorias. Bedout. p. 269.
2)
Cf. G. COLMENARES, Partidos políticos y clases sociales, Bogotá, 1969.