|
INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
|
|
|
Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
CAPITULO IV
EL CREDITO EN UNA ECONOMIA AGRICOLA
1. El problema de los censos en el siglo XIX: los ataques
liberales a los bienes de "manos muertas".
En 1864, en el momento de la victoria de los radicales
colombianos sobre sus oponentes conservadores y clericales, uno de
aquellos, Salvador Camacho Roldán, comparaba la importancia del
decreto sobre desamortización de bienes de "manos
muertas" a la abolición de la esclavitud y a la supresión
de los
|mayorazgos. Este famoso decreto de 9 de septiembre de
1861 disponía que los censos, que gravaban bienes raíces, urbanos y
rurales, debían redimirse en el Tesoro Público y al mismo tiempo
ordenaba adjudicar a la Nación los bienes de las comunidades
eclesiásticas. Tales medidas hacían parte del programa de los
radicales y estaban destinadas, como la abolición de la esclavitud
y la supresión de los
|mayorazgos, a acabar con toda traza de
las instituciones coloniales españolas.
Sin embargo, el decreto tenía por objeto inmediato hacer frente a
las necesidades de la revuelta del caudillo radical Tomás Cipriano
de Mosquera, comprometida en varios frentes. El mismo Camacho
Roldán narra cómo el general Mosquera convocó a una junta de
notables liberales (unos cuarenta) apenas transcurrido un mes de la
ocupación de la capital y les expuso la idea de apropiarse de los
bienes de las órdenes religiosas.
"... los concurrentes, prosigue Camacho, en su mayor parte
comerciantes y propietarios acomodados recelosos de que el
verdadero objeto de la reunión fuese pedirles empréstitos
voluntarios o forzosos, guardaron silencio..."
|
1
.
El silencio de los notables liberales es bien elocuente. No sólo se
explica por la personalidad voluntariosa del general sino que
señala la complicidad pasiva de comerciantes y propietarios
liberales. La medida que se anunciaba no solamente aliviaba sus
aprehensiones sino que venia a colmar una de las viejas
aspiraciones del radicalismo. Ya en 1847, durante su primera
presidencia, el mismo Mosquera había accedido a una de las
iniciativas de su secretario de Hacienda, Florentino González, el
mentor por excelencia del radicalismo
|
2
, y había propuesto al Congreso la redención
de los censos en el Tesoro Público. Apenas tres años más tarde otro
radical, el entonces secretario de Hacienda Manuel Murillo Toro,
había obtenido que el Congreso sancionara la ley de redención,
medida que estuvo vigente hasta el nuevo advenimiento de los
conservadores al poder, en 1855.
Estas redenciones, propiciadas por los secretarios radicales de la
segunda mitad del siglo XIX y aseguradas por el triunfo del
radicalismo en una guerra civil, no eran en modo alguno originales.
Ya en las postrimerías del siglo XVIII el rey Carlos III había
ordenado que los capitales de las comunidades religiosas que se
prestaban en forma de censos, ingresaban a las Cajas Reales. Esta
medida, sin embargo, no se acordaba todavía con la estructura,
eminentemente rural, de. la economía de la colonia. Tanto es así
que el movimiento popular de los comuneros pidió expresamente su
abolición,
"... pues casi todos los hacendados y toda clase de
negociaciones que se versa en este Reino es dimanada de los censos
que las dichas comunidades tienen..."
|(Capitulación
13a. de los comuneros)
En contraste, en el curso del siglo XIX los ataques exitosos al
sistema de crédito sustentado en censos y capellanía sugieren las
contradicciones que venían a surgir con la incorporación de una
economía agraria al marco más vasto de una economía a escala
mundial. Los intereses de comerciantes y manufactureros, cuyas
expectativas eran mucho más ambiciosas que las de los primitivos
terratenientes no podían encadenarse aun sistema de crédito que
reposaba íntegramente sobre la propiedad raíz y cuyas tasas de
interés se mantenían deliberadamente bajas, al mismo ritmo de la
productividad agrícola.
La mayor carencia de la economía en el siglo XIX fue la de
capitales y los mecanismos que resultaban adecuados para proveer de
crédito a una sociedad rural eran ya ineptos para atender a las
demandas de los nuevos sectores en auge. Los censos, con su
restricción de la tasa de interés a un 5% anual, podían permitir en
la época colonial un margen de rentabilidad suficiente a las
explotaciones rurales, sin riesgo de expandir innecesariamente la
oferta de un numerario escaso, comprometido casi siempre en
operaciones comerciales con la metrópoli.
En el siglo XIX, ausentes los comerciantes españoles, el comercio
manejado por criollos buscaba liberarse de esta limitación y los
llamados "capitalistas", más o menos usureros,
buscaban así mismo colocar ventajosamente sus capitales. Por esta
razón no es un azar que, contemporáneamente a la preocupación por
abolir los censos hayan surgido iniciativas para la fundación de
bancos y que estos se hayan fundado efectivamente en el decenio que
siguió a la abolición.
Así, una de las características más acusadas de la economía
colonial consistía en su tendencia a autolimitarse, a permanecer
encerrada dentro de un ciclo casi exclusivamente agrario. La
ausencia de iniciativa por parte de la sociedad criolla, que se
encasillaba en los privilegios derivados de la posesión tradicional
de la tierra y dejaba el comercio en manos de españoles, limitaba
también las formas de crédito, que se destinaban principalmente a
financiar las operaciones de este sector agrario a través de censos
y capellanías. Este sistema representaba -como se verá más
adelante- una forma de privilegio institucional que no podía operar
en el marco de una sociedad que, como la de la segunda mitad del
siglo XIX, había desarrollado intereses ajenos a los de los
terratenientes.
Salvador Camacho Roldán pintaba con desaliento los efectos nocivos
de los censos que gravaban la propiedad raiz. Las propiedades
gravadas caían en el más completo abandono, afectadas como estaban
al pago de intereses que se iban acumulando hasta la concurrencia
con el valor de la finca. Esta descripción se refería a los
llamados censos perpetuos o irredimibles, aquellos que
inmovilizaban para siempre las propiedades, afectándolas a la
realización de una obra pía o al pago perpetuo de intereses de un
préstamo otorgado por la capellanía. Pero estos censos no eran ya
los que los comuneros habían defendido como el origen de
"toda clase de negociaciones" en el Reino.
Qué había ocurrido? Sin duda el sistema de los censos no llenaba
ya, a mediados del siglo XIX, la función que había tenido durante
la colonia cuando, al constituir un censo y garantizar el pago con
la hipoteca de una propiedad, el "comprador (deudor o
propietario) se comprometía a redimirlo, esto es, a pagar la
hipoteca así fuera en un lapso indeterminado. El censo perpetuo no
era por entonces el más frecuente y el hecho de que todos los
censos aparecieran como tales a mediados del siglo XIX indica una
fosilización del sistema, además del fracaso de la agricultura
colonial. Camacho Roldán se refería a los censos, no sin razón,
como a una institución caduca y los asociaba con "las
almas de los primeros conquistadores".
Así, para la época en que se llevó a cabo la desamortización de
bienes de manos muertas los gravámenes irredimibles se habían ido
acumulando sobre las propiedades y esto representaba un estorbo
para su circulación. Es posible que no se haya tratado en muchos
casos de gravámenes constituidos originalmente como irredimibles
sino que hayan llegado a serlo porque los propietarios nunca se
cuidaron de redimir el censo o de pagar los intereses. Aún más, el
sistema censual reposaba en un cierto tipo de relaciones sociales
que se habían modificado desde los tiempos de la colonia. Esta
transformación debió de ser forzosamente lenta, tanto como el paso
de una economía casi exclusivamente agraria, y orientada a sostener
de manera ruinosa el prestigio de una clase terrateniente
tradicional, a una economía más dinámica, en la que los mecanismos
de crédito debían estar concebidos sobre la base de una garantía
personal o de una garantía prendaria y no preferencialmente sobre
garantías hipotecarias.
A mediados del siglo XIX los censos no constituían otra cosa que
una reliquia del pasado, una institución fosilizada y muerta que
arrastraba un peso inerte en el contexto de un sistema económico
extraño a su naturaleza. No es raro entonces que una mentalidad
liberal condenara los censos como nocivos. Pero, habían sido
siempre nocivos? Lo que observaban los contemporáneos de Camacho
Roldán no eran acaso los efectos de la esclerosis de la
institución?
De otro lado, habría que tener en cuenta lo que un Ernest Labrousse
o un Fernand Braudel verían como el "ritmo"
temporal propio de las economías que se sucedieron:
"colonial" (agraria) y
"liberal" (comercial). Pues los censos, como
formas de crédito, correspoden perfectamente al ritmo lento de una
economía casi exclusivamente agraria. El censo no era otra cosa,
desde este punto de vista, que una colocación de capital de
recuperación muy lenta. Los liberales del siglo XIX presenciaban en
estas colocaciones una inmovilización absoluta, aun cuando en el
siglo anterior esto no fuera del todo exacto. Los censos eran
redimibles entonces en su mayoría, así esta redención se operará en
ciclos muy largos, de cinco y más años, a veces de una vida entera.
Esta lentitud se ajustaba al tipo de economía a la cual servían,
economía agraria por excelencia, de un ritmo muy lento. El crédito
representado por los censos contribuía no solamente a la
realización normal del ciclo productivo agrario sino muchas veces a
la formación de la unidad productiva misma, la estancia o hacienda,
formación que podía embargar el transcurso de una vida entera, a
veces de dos generaciones.
Los censos, como institución que privilegiaba las actividades de
una clase, terrateniente, eran también la manera de canalizar el
poco circulante disponible hacia este tipo de empresas. Pero
quienes poseían la tierra, sectores tradicionales y
tradicionalistas de criollos aprisionados en el ámbito de sus
privilegios locales, se veían limitados precisamente por la
iliquidez de sus pertenencias. No es raro entonces que los
capitales disponibles se incorporaran en las unidades productivas
sin esperanza de redención o que poco a poco se fueran tornando
irredimibles. O que los capitales dedicados a obras pías se fueran
acumulando hasta alcanzar el valor total de las propiedades.
Cómo explicar entonces la
|normalidad de la institución de
los censos en la época colonial? Es lo que tratará de aclararse en
este capítulo.
El crédito proporcionado por el sistema de censos y capellanías
posee características institucionales demasiado rígidas y estas
apoyan, a la vez que condicionan, un marco tradicional de sociedad
agraria. Pero la actividad agrícola, a una cierta escala, no podía
existir
|per se. Algo parecido a una empresa agrícola surgió
en función de un mercado específico, como el de los centros
mineros. Estos centros, a su vez, proporcionaron los capitales para
financiar las haciendas.
El mecanismo de esta financiación ha podido estudiarse en un caso
concreto, el del Valle del Cauca, gracias a la documentación de los
libros de escribanos. Las condiciones del Valle del Cauca acentúan
diferencias notables con respecto a las de las mesetas andinas del
Nuevo Reino y por esta razón las explicaciones relativas a la
mecánica económica de los censos, en este caso concreto, no podrían
generalizarse para el resto del país o para otras regiones de
América. Por eso es conveniente emprender estudios comparativos,
con base en materiales locales que, aunque son muy ricos, resultan
inaccesibles a un solo investigador.
Como se ha visto, la región del Valle del Cauca conoció, a partir
de la explotación de yacimientos mineros en las vertientes del
Pacífico, de las dos últimas décadas del siglo XVII en adelante, el
auge de empresas agrícolas situadas en tierras excepcionalmente
fértiles. En la primera mitad del siglo XVIII se formaron haciendas
que pudieron aprovechar excedentes de mano de obra esclava
desplazados de las regiones mineras. El estudio de los censos como
fuente de crédito permite comprender el mecanismo más íntimo de
ésta formación de haciendas, lo mismo que las limitaciones del
sector agrícola colonial frente al de los comerciantes y de los
mineros.
|
|
SALVADOR CAMACHO ROLDAN, Artículos escogidos, Bogotá, 1927. p.
106. También Memorias. Bedout. p. 269.
|
|
|
Cf. G. COLMENARES, Partidos políticos y clases sociales,
Bogotá, 1969.
|
|