Ficha bibliográfica
Titulo: Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Autores: Germán Colmenares
Edición original: Cali, 1975
Edición en la biblioteca virtual: Noviembre, 2005
Notas: Estudio económico y social escrito por el historiador Germán Colmenares
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| Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII

Se conservan tres avalúos de la hacienda principal hechos con diferente propósito. En 1766 valía 25.473 pts., en 1769, 17.581 y en 1770, 20.423, precio este último por el cual la adquirió un vecino de Buga, el Maestre de Campo Manuel Vicente Martínez. Las diferencias tan grandes en avalúos sucesivos obedecían a los movimientos de esclavos y de ganado, que constituían los activos más cuantiosos de las haciendas.

La hacienda de San Jerónimo hacia parte también del primitivo dominio de los Astigarretas. Perteneció, como el Callejón, a la familia Barona que la vendió en 1720 al español Francisco de la Flor Laguno, casado con una de las señoras de la familia. Por esa época Laguno vendía esclavos en Cali, comisionado por comerciantes de Cartagena. Los provechos de este tráfico debieron permitirle incrementar la hacienda,
"...cuyas tierras -declaraba en su testamento- las tengo muy mejoradas, respecto de haberlas limpiado los montes que tenían, en que he gastado mucho tiempo y herramientas con los negros..." | 24

La hacienda tenía una capilla de teja que dió lugar más tarde a la fundación de una viceparroquia. A la muerte de Laguno, en 1745, pasó a su yerno, Cristóbal Cobo Figueroa, emparentado con los Caicedos y heredero de otra hacienda llamada Nuestra Señora de la Concepción del Bolo. San Jerónimo tenía todavía en 1752 de cuatro a cinco mil reses y de mil a mil doscientas yeguas.

Como se ha mencionado, la hacienda vecina de San José de Amaime pertenecía a una de las hijas de Antonio Ruiz Calzado a mediados del siglo XVIII. Las tierras de esta hacienda se extendían desde el sitio de Amaime al zanjón del Trejo y desde la boca del zanjón de la Magdalena, tributario del Amaime, hasta la desembocadura del zanjón de Trejo | 25 . En virtud del matrimonio entre el español Ruiz Calzado y una hermana de Don Ignacio Piedrahita, la hacienda incorporó una parte del potrero de la Torre. Este potrero, que medía dos "leguas", había sido primitivamente del suegro de Piedrahita. Don Juan de Escobar, uno de los nietos de Lázaro Cobo. En 1754 los Baronas, propietarios de las tierras vecinas del Alisal, disputaron los títulos de estas tierras dando lugar a un largo pleito que tuvo repercusiones políticas en el Cabildo de Cali. Por dificultades económicas la propietaria cedió la hacienda a su hermano en 1749 por 15.536 pts., de los cuales 3.300 representaban el valor de las tierras.

Uno de los hijos de esta señora y por lo tanto descendiente de una vieja familia de terratenientes, compró a su pariente Ignacio de Piedrahita una parte del potrero de la Torre y otras tierras por valor de 940 pts. en 1748. En ellas fundó una modesta hacienda, la Magdalena, cuyo valor total era de 3.394 pts. Dos años más tarde vendió una parte a un comerciante pero la venta se deshizo. Finalmente logró venderla en 1751 a Francisco José de la Asprilla miembro de una familia de mineros. Cobo se dedicó a llevar géneros al Chocó y la Asprilla se comprometió a pagarle parte del valor de la hacienda de carne, tabaco, azúcar, quesos, jabón y conserva de guayaba que sin duda eran los géneros que pensaba producir en la hacienda | 26 .

Entre el río Amaime y el río Bolo, lo que hoy es el territorio del municipio de Palmira y que entonces se disputaban las ciudades de Cali y Buga estaban ubicados los latifundios más considerables. Todavía dentro de la jurisdicción de Cali, es decir, arrimadas hacia el Cauca, se encontraban las haciendas de Malibú y Abrojal y las tierras de la Herradura y Piles que servían de potreros o se habían fragmentado entre varias propiedades.

Las tierras de Malibú estaban comprendidas entre los zanjones de Malibú y Coronado y valían 900 pts. Sobre ellas edificó una hacienda el alférez Luis José Garcia, la cual poseyó hasta su muerte, en 1743. Pasó sucesivamente a dos de sus hijos pero la división de la herencia entre varios hermanos y otros gravámenes impusieron su venta en 1755. En 1761 volvió a venderse, esta vez aun comerciante, Don Antonio de la Lastra. Este contrajo deudas que no pudo pagar con un tratante de esclavos y poco después enloqueció. El comerciante hizo rematar la hacienda en 1769 pero no se sacó de ella sino cuatro mil pts. cuando en 1755 había sido vendida por doce mil y en 1761 por catorce mil.

Contiguas, quedaban las tierras de el Abrojal, entre los zanjones de Malibú y Aguaclara y entre este último el río Amaime. Estas tierras, junto con otras, habían constituido un gran latifundio de Lorenzo Lasso de la Espada, con el nombre de Aguaclara, en el siglo anterior, Lasso no tuvo hijos varones y de sus cinco hijas tres se casaron, una profesó de monja y otra permaneció soltera. Las tierras quedaron finalmente en manos de dos de los yernos miembros de familias tradicionales de terratenientes, Felipe Cobo Figueroa y Feliciano de Escobar Alvarado, quienes compraron a las otras hermanas. A mediados del siglo XVIII. José de Escobar y Lasso, un hijo de Feliciano, poseía la hacienda de el Abrojal, llamada también Santa Rita de Aguaclara. Cuando la vendió, en 1755, valía 7.388 pts. | 27

La otra mitad de las tierras quedó en manos de Petrona Cobo, heredera de Felipe. Sin embargo, en manos de los herederos los remanentes del latifundio original no se conservaron intactos. Por ejemplo, en 1733 el capitán Felipe Cobo vendió un derecho de 100 pts. en 1748 José de Escobar y Lasso cedió dos pedazos en Coronado por 300 pts. y al año siguiente Doña Petrona Cobo compró un derecho de 160 pts., el cual había estado incorporado primitivamente al latifundio. Finalmente, en 1752, Escobar y Lasso trocó el valor de 200 pts. de tierras de su hacienda por otras situadas en la Herradura. Como se ha visto, Escobar vendió la hacienda en 1755 pero sólo en 1759 se desprendió del último pedazo de tierra que vendió por 200 pts. | 28

El derecho de Doña Petrona dió lugar a la hacienda que llevó el nombre de la Herradura. La hacienda fue manejada por su hijo, Gregorio de Abenía, quien en 1768 vendió un derecho entre los zanjones de Coronado y Mirriñao | 29 . A la muerte de Abenía la hacienda se fragmentó entre los nietos de Doña Petrona. Una nieta, por ejemplo, recibió cuatro cuadras de 25 pts. cada una (unas tres hectáreas) mientras otra heredó un globo de cuatro cuadras por diez y ocho (unas 50 has.) de tierras de menor calidad. | 30

En contraste con esta imagen de decadencia de lo que había sido un gran latifundio en el siglo XVII, Pedro Rodriguez Guerrao, propietario de la hacienda. vecina de el Limonar se mostraba orgulloso de su actividad en 1776. Las solas tierras,

"...por las muchas mejoras que tengo puestas, por los muchos desmontes hechos, excede su valor de mil patacones..." | 31

La hacienda mantenía entonces 18 esclavos, 200 reses y otros ganados y tenía un trapiche que se abastecía de la sembradura de dos hanegas de caña, lo mismo que platanares para el alimento de los esclavos.

Las tierras de Cabuyal y la Herradura habían pertenecido originalmente a la familia Lasso, descendientes de Gregorio Astigarreta. La hacienda de Cabuyal había pertenecido a la primera mitad del siglo XVIII al Maestro Miguel Vivas. Pasó a su albacea, Doña Mariana Pérez Serrano, quien en 1780 la arrendó por un término de 15 años mediante el pago de un canon equivalente al 3 %del avalúo de la hacienda. En uno de los raros casos en que aparece protocolizado este tipo de operaciones.

Las tierras de la Herradura se dividieron entre Valentin Manzano y Nicolás Pérez Serrano, un comerciante y un minero. En 1763 los dos pedazos fueron adquiridos por Francisco Lourido Romay, yerno del Alférez real y propietario también en Cañaveralejo. Las tierras, que habían sido vendidas en 1748 por 1.250 pts. valían ahora 2.065 aunque sus inversiones no llegaban a los cuatro mil pesos.

Las tierras entre el zanjón de Piles y el río Bolo habían sido también de Lorenzo Lasso de la Espada. En ellas se distinguía un globo de terreno con el nombre de Hato de Mora, debido al apellido de su fundador, Don José de Mora. A mediados del siglo las tierras pertenecían a su mujer. Doña Ana Torrijano y a dos de sus nietos y valían más de dos mil patacones.

La hacienda de los jesuitas que aparece mencionada en los documentos notariales sólo ocasionalmente como colindante con tierras del Abrojal (o Aguaclara), debió desarrollarse en manos de la Compañía, sin estar sujeta al azar de las particiones. Esta hacienda ya quedaba en jurisdicción de Buga, en tanto que la de Nuestra Señora de Loreto se repartía entre las dos jurisdicciones. Loreto confinaba también con la hacienda de El Palmar cuyo oratorio estuvo en el origen de la parroquia de Llanogrande (Palmira) | 32

En marzo de 7123 el Maestro Francisco Cobo de Figueroa, cura doctrinero del pueblo de San Jerónimo, vendió Nuestra Señora de Loreto a Manuel Crespo Lozano y su esposa, Doña Antonia Renjifo Baca, por 7.768 pts. | 33 Crespo se desprendió de esta hacienda en 1726 para ampliar más bien la hacienda contigua del Yegüerizo, la cual pertenecía a su mujer, descendiente de una poderosa familia de terratenientes. El Yeguerizo compartía con la hacienda de Loreto una acequia que salía del río Nima y llegó a valer 10.322 pts. en 1734, cuando la viuda de Crespo la vendió al presbítero Gregorio de Saa | 34 .

Los derechos de tierras de una y otra hacienda tenían origen diverso. Nuestra Señora de Loreto, por ejemplo, tenía un cuerpo principal avaluado en 1726 por 600 pts., que habían sido de Nicolás Lasso y antes de su padre. Juan Lasso de los Arcos. También incluía tierras que habían sido del capitán Francisco Renjifo y que dieron origen a un pleito entre sus herederos y los de Crespo a mediados del siglo. En cuanto al Yegüerizo, incluía tres derechos de tierras: uno, llamado "El rincón de Cifuentes" que había heredado Doña Antonia Renjifo, otro que su marido compró a Juan de Silva Saavedra y otro comprado a Don Francisco Renjifo.

Como puede verse a través del proceso de desmembración de antiguos latifundios, las transacciones sobre derechos de tierras tendían a recomponer un nuevo tipo de unidad productiva, la hacienda. Las familias terratenientes tradicionales dejaban operar la inercia de sucesivas participaciones sucesorales y acaban por vender sus derechos a nuevos empresarios. Y aunque resulta imposible seguir con precisión, el desarrollo de sucesivas participaciones y arreglos familiares, puede discernirse, sin embargo, restos de primitivos latifundios y la reconstrucción de heredades para formar haciendas. Estas no se derivan directamente del latifundio sino que representan casi siempre un agregado de derechos dispersos entre varios herederos.

4. La formación social agraria en la segunda mitad del siglo XVIII

En el curso de la segunda mitad del siglo XVIII se advierte ya en varios sitios una ruptura del marco tradicional del latifundio y de la hacienda. Hasta entonces el simple juego de alianzas familiares había permitido mantener el monopolio de la tierra entre unas cuantas familias. La tierra podía representar una base efectiva de sustentación y aún de enriquecimiento con la formación de las haciendas, pero en muchos casos la preocupación por acceder a su propiedad revela su función como fuente de prestigio. Muchas tierras permanecían todavía inexplotadas y resulta impensable que con el mero concurso de los esclavos pudieran ser explotadas todas las tierras disponibles. En estas condiciones, el acaparamiento de tierras por parte de familias tradicionales o por sus competidores, comerciantes y mineros enriquecidos, debía crear una clientela que, no existiendo una estructura social y jurídica de enfeudamiento, no estaba ligada a los poseedores por nexos muy claros de subordinación.

Aún cuando no existe evidencia documental de la presencia de arrendatarios, es indudable que estos existieron y que las haciendas se hicieron a una clientela que iba en aumento en el curso del siglo XVIII. No se trataba de trabajadores asalariados sino de "vecinos" sin tierras que buscaban mantener unas cuantas cabezas de ganado o emplear uno o dos esclavos en las tierras de los vecinos terratenientes. Si mediaba un contrato de arrendamiento éste debía ser verbal pues no hay traza de ellos en la documentación notarial. Apenas en los testamentos se menciona con cierta frecuencia "estancias sin tierra propia" que solían consistir en siembras de plátano, de cacao o de maiz.

La existencia de este tipo de clientela, engrosada por libertos Y descendientes de libertos, se revela en el curso de la segunda mitad del siglo, cuando comenzaron a surgir verdaderos centros urbanos alrededor de las capillas y los oratorios de algunas haciendas. Así, hacia la década del 60 el cura de Saa y Renjifo (a quien hemos visto comprar el Yegüerizo en 1734) donó tierras de su hacienda para cerar una concentración urbana. Las tierras se lotearon y se vendieron en beneficio de una obra pía, dando lugar al nacimiento de la parroquia de Llanogrande. Otras haciendas, como Santa Rita del Abrojal. Concepción de Nima, San Miguel de Cabuyal y San Jerónimo se convirtieron a su vez en viceparroquias. | 35

El mismo fenómeno se dió en la banda occidental. Andrés Guillermo de Collazos, un minero, compró 400 pts. de tierras en San José de el Salado que acrecentó con otros cinco derechos adquiridos por 470 pts. En 1791 declaraba en su testamento que, con autorización del obispo de Popayán, había edificado una iglesia viceparroquia a sus expensas en sus tierras | 36

Un trabajo reciente y todavía inédito de Beatriz Patiño | 37 , señala con bastante claridad cómo a partir de la comercialización del tabaco en los centros mineros la clientela de las haciendas se multiplicó con los "cosecheros", arrendatarios forzosos de tierras. Los esfuerzos de algunos personajes en la década del 60 por obtener el arrendamiento del estanco indica la importancia y la extensión no sólo del consumo del tabaco sino también de sus siembras. Cuando lo obtuvieron, en 1773, comenzaron a darse conflictos sociales de de una amplitud hasta entonces desconocida.

A partir del establecimiento del estanco por cuenta de la Real Hacienda (en 1778) los sitios de siembra se restringieron a la jurisdicción de Caloto. En 1790 la zona de cultivo se trasladó más al norte, a la jurisdicción de Llanogrande (entre los ríos Fraile y Amaime). Entonces las haciendas de los propietarios de la "otra banda" debieron poblarse de arrendatarios. Su presencia se señala en Buchitolo, Saynera, Chontaduro, el Badeo, el Limonar, Abrojal, Malibú, la Torre, Herradura, Cabuyal, la Burrera, Guabal, Palo Seco. la Honda y Aguaclara.

 

24)
r. 3 f. 104 v.
25)
r. 28 t. 35 v.
26)
r.30, Oct. 1748 r. 5, Sept. 4 de 1750 r.11 f.113 r. y 156 r.
27)
AHNB. Tierras Cauca, T.4 f. 660 r. En febrero de 1736 Don José de Escobar recibió la hacienda, a la cual tenían derecho varios herederos, por un acuerdo entre éstos. La hacienda valía entonces 20.666 pts. En Abril de 1755 Escobar vendió una parte al Presbítero Don Juan Ranjel por 7.388 pts. Para liberarse de 7.520 pts. de censos. (r. 80 f. 60 r.). Los jesuitas de Popayán, propietarios de la hacienda contigua de Na. Sra. de la Concepción de Nima, alegaron en 1761 que esta venta los despojaba de sus propios derechos de tierras.
Las tierras de la hacienda de los jesuitas habían sido originalmente de Rodrigo Arias, quien las había comprado a los descendientes de Gregorio Astigarreta. También Aguaclara tenía este origen. Sin embargo, en 1729, cuando se deslindaron las tierras de los jesuitas, resultaba imposible saber con precisión qué linderos tenía una y otra hacienda. Según C's instrumentos presentados entonces, la hacienda de la Compañía se comprendía "...entre el acequión de Aguaclara y rio de Amaime, por lo ancho, y por lo largo se deslinda por arriba con el río Nima y por la de abajo con tierras y linderos que fueron de Baltasar de Astigarreta...". En cuanto a Aguaclara, "...pareció en ellos tener la dicha hacienda de Astigarreta una legua en largo, entre los límites de Aguaclara y Amaime por lo ancho, y por su longitud corriendo desde el desagüe o desemboque del zanjón hondo, que de presente llaman de la Porquera, viniendo para arriba a dar con tierras del dicho Rodrigo Arias..." Es decir, que un instrumento remitía al otro y viceversa. Por eso se procedió a medir la legua que tenia cincuenta cuadras antiguas. Y "...Una cuadra de la vara antigua... según la presente compone ciento y diez varas castellanas..." Es decir, la extensión de Aguaclara en 1729 era de casi cinco kilómetros (4.720 mts).
28)
r. 30 Julio 4 r.28 f.243 v.r. 56 f. 218 v.
29)
r. 17 f. 100 r.
30)
r. 22 f, 60r.
31)
r. 23 f. 45
32)
ARB. II.52.
33)
r. 70f. 30v.
34)
r. 49 f. 94 v. ó 209 v., f. 87 v. ó 204 v.r. 14 f. 217 v.
35)
ARB. III, 37ss.
36)
r. 6 f. 128 v. ss.
37)
El trabajo, una tesis de licenciatura para la Universidad del Valle, trata sobre el estanco del tabaco en el Valle del Cauca durante las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX.