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INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
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Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Se conservan tres avalúos de la hacienda principal hechos con
diferente propósito. En 1766 valía 25.473 pts., en 1769, 17.581 y
en 1770, 20.423, precio este último por el cual la adquirió un
vecino de Buga, el Maestre de Campo Manuel Vicente Martínez. Las
diferencias tan grandes en avalúos sucesivos obedecían a los
movimientos de esclavos y de ganado, que constituían los activos
más cuantiosos de las haciendas.
La hacienda de San Jerónimo hacia parte también del primitivo
dominio de los Astigarretas. Perteneció, como el Callejón, a la
familia Barona que la vendió en 1720 al español Francisco de la
Flor Laguno, casado con una de las señoras de la familia. Por esa
época Laguno vendía esclavos en Cali, comisionado por comerciantes
de Cartagena. Los provechos de este tráfico debieron permitirle
incrementar la hacienda,
"...cuyas tierras -declaraba en su testamento- las tengo
muy mejoradas, respecto de haberlas limpiado los montes que tenían,
en que he gastado mucho tiempo y herramientas con los
negros..."
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La hacienda tenía una capilla de teja que dió lugar más tarde a la
fundación de una viceparroquia. A la muerte de Laguno, en 1745,
pasó a su yerno, Cristóbal Cobo Figueroa, emparentado con los
Caicedos y heredero de otra hacienda llamada Nuestra Señora de la
Concepción del Bolo. San Jerónimo tenía todavía en 1752 de cuatro a
cinco mil reses y de mil a mil doscientas yeguas.
Como se ha mencionado, la hacienda vecina de San José de Amaime
pertenecía a una de las hijas de Antonio Ruiz Calzado a mediados
del siglo XVIII. Las tierras de esta hacienda se extendían desde el
sitio de Amaime al zanjón del Trejo y desde la boca del zanjón de
la Magdalena, tributario del Amaime, hasta la desembocadura del
zanjón de Trejo
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.
En virtud del matrimonio entre el español Ruiz Calzado y una
hermana de Don Ignacio Piedrahita, la hacienda incorporó una parte
del potrero de la Torre. Este potrero, que medía dos
"leguas", había sido primitivamente del suegro de
Piedrahita. Don Juan de Escobar, uno de los nietos de Lázaro Cobo.
En 1754 los Baronas, propietarios de las tierras vecinas del
Alisal, disputaron los títulos de estas tierras dando lugar a un
largo pleito que tuvo repercusiones políticas en el Cabildo de
Cali. Por dificultades económicas la propietaria cedió la hacienda
a su hermano en 1749 por 15.536 pts., de los cuales 3.300
representaban el valor de las tierras.
Uno de los hijos de esta señora y por lo tanto descendiente de una
vieja familia de terratenientes, compró a su pariente Ignacio de
Piedrahita una parte del potrero de la Torre y otras tierras por
valor de 940 pts. en 1748. En ellas fundó una modesta hacienda, la
Magdalena, cuyo valor total era de 3.394 pts. Dos años más tarde
vendió una parte a un comerciante pero la venta se deshizo.
Finalmente logró venderla en 1751 a Francisco José de la Asprilla
miembro de una familia de mineros. Cobo se dedicó a llevar géneros
al Chocó y la Asprilla se comprometió a pagarle parte del valor de
la hacienda de carne, tabaco, azúcar, quesos, jabón y conserva de
guayaba que sin duda eran los géneros que pensaba producir en la
hacienda
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.
Entre el río Amaime y el río Bolo, lo que hoy es el territorio del
municipio de Palmira y que entonces se disputaban las ciudades de
Cali y Buga estaban ubicados los latifundios más considerables.
Todavía dentro de la jurisdicción de Cali, es decir, arrimadas
hacia el Cauca, se encontraban las haciendas de Malibú y Abrojal y
las tierras de la Herradura y Piles que servían de potreros o se
habían fragmentado entre varias propiedades.
Las tierras de Malibú estaban comprendidas entre los zanjones de
Malibú y Coronado y valían 900 pts. Sobre ellas edificó una
hacienda el alférez Luis José Garcia, la cual poseyó hasta su
muerte, en 1743. Pasó sucesivamente a dos de sus hijos pero la
división de la herencia entre varios hermanos y otros gravámenes
impusieron su venta en 1755. En 1761 volvió a venderse, esta vez
aun comerciante, Don Antonio de la Lastra. Este contrajo deudas que
no pudo pagar con un tratante de esclavos y poco después
enloqueció. El comerciante hizo rematar la hacienda en 1769 pero no
se sacó de ella sino cuatro mil pts. cuando en 1755 había sido
vendida por doce mil y en 1761 por catorce mil.
Contiguas, quedaban las tierras de el Abrojal, entre los zanjones
de Malibú y Aguaclara y entre este último el río Amaime. Estas
tierras, junto con otras, habían constituido un gran latifundio de
Lorenzo Lasso de la Espada, con el nombre de Aguaclara, en el siglo
anterior, Lasso no tuvo hijos varones y de sus cinco hijas tres se
casaron, una profesó de monja y otra permaneció soltera. Las
tierras quedaron finalmente en manos de dos de los yernos miembros
de familias tradicionales de terratenientes, Felipe Cobo Figueroa y
Feliciano de Escobar Alvarado, quienes compraron a las otras
hermanas. A mediados del siglo XVIII. José de Escobar y Lasso, un
hijo de Feliciano, poseía la hacienda de el Abrojal, llamada
también Santa Rita de Aguaclara. Cuando la vendió, en 1755, valía
7.388 pts.
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La otra mitad de las tierras quedó en manos de Petrona Cobo,
heredera de Felipe. Sin embargo, en manos de los herederos los
remanentes del latifundio original no se conservaron intactos. Por
ejemplo, en 1733 el capitán Felipe Cobo vendió un derecho de 100
pts. en 1748 José de Escobar y Lasso cedió dos pedazos en Coronado
por 300 pts. y al año siguiente Doña Petrona Cobo compró un derecho
de 160 pts., el cual había estado incorporado primitivamente al
latifundio. Finalmente, en 1752, Escobar y Lasso trocó el valor de
200 pts. de tierras de su hacienda por otras situadas en la
Herradura. Como se ha visto, Escobar vendió la hacienda en 1755
pero sólo en 1759 se desprendió del último pedazo de tierra que
vendió por 200 pts.
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El derecho de Doña Petrona dió lugar a la hacienda que llevó el
nombre de la Herradura. La hacienda fue manejada por su hijo,
Gregorio de Abenía, quien en 1768 vendió un derecho entre los
zanjones de Coronado y Mirriñao
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. A la muerte de Abenía la hacienda se
fragmentó entre los nietos de Doña Petrona. Una nieta, por ejemplo,
recibió cuatro cuadras de 25 pts. cada una (unas tres hectáreas)
mientras otra heredó un globo de cuatro cuadras por diez y ocho
(unas 50 has.) de tierras de menor calidad.
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En contraste con esta imagen de decadencia de lo que había sido un
gran latifundio en el siglo XVII, Pedro Rodriguez Guerrao,
propietario de la hacienda. vecina de el Limonar se mostraba
orgulloso de su actividad en 1776. Las solas tierras,
"...por las muchas mejoras que tengo puestas, por los
muchos desmontes hechos, excede su valor de mil
patacones..."
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La hacienda mantenía entonces 18 esclavos, 200 reses y otros
ganados y tenía un trapiche que se abastecía de la sembradura de
dos hanegas de caña, lo mismo que platanares para el alimento de
los esclavos.
Las tierras de Cabuyal y la Herradura habían pertenecido
originalmente a la familia Lasso, descendientes de Gregorio
Astigarreta. La hacienda de Cabuyal había pertenecido a la primera
mitad del siglo XVIII al Maestro Miguel Vivas. Pasó a su albacea,
Doña Mariana Pérez Serrano, quien en 1780 la arrendó por un término
de 15 años mediante el pago de un canon equivalente al 3 %del
avalúo de la hacienda. En uno de los raros casos en que aparece
protocolizado este tipo de operaciones.
Las tierras de la Herradura se dividieron entre Valentin Manzano y
Nicolás Pérez Serrano, un comerciante y un minero. En 1763 los dos
pedazos fueron adquiridos por Francisco Lourido Romay, yerno del
Alférez real y propietario también en Cañaveralejo. Las tierras,
que habían sido vendidas en 1748 por 1.250 pts. valían ahora 2.065
aunque sus inversiones no llegaban a los cuatro mil pesos.
Las tierras entre el zanjón de Piles y el río Bolo habían sido
también de Lorenzo Lasso de la Espada. En ellas se distinguía un
globo de terreno con el nombre de Hato de Mora, debido al apellido
de su fundador, Don José de Mora. A mediados del siglo las tierras
pertenecían a su mujer. Doña Ana Torrijano y a dos de sus nietos y
valían más de dos mil patacones.
La hacienda de los jesuitas que aparece mencionada en los
documentos notariales sólo ocasionalmente como colindante con
tierras del Abrojal (o Aguaclara), debió desarrollarse en manos de
la Compañía, sin estar sujeta al azar de las particiones. Esta
hacienda ya quedaba en jurisdicción de Buga, en tanto que la de
Nuestra Señora de Loreto se repartía entre las dos jurisdicciones.
Loreto confinaba también con la hacienda de El Palmar cuyo oratorio
estuvo en el origen de la parroquia de Llanogrande (Palmira)
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En marzo de 7123 el Maestro Francisco Cobo de Figueroa, cura
doctrinero del pueblo de San Jerónimo, vendió Nuestra Señora de
Loreto a Manuel Crespo Lozano y su esposa, Doña Antonia Renjifo
Baca, por 7.768 pts.
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Crespo se desprendió de esta hacienda en
1726 para ampliar más bien la hacienda contigua del Yegüerizo, la
cual pertenecía a su mujer, descendiente de una poderosa familia de
terratenientes. El Yeguerizo compartía con la hacienda de Loreto
una acequia que salía del río Nima y llegó a valer 10.322 pts. en
1734, cuando la viuda de Crespo la vendió al presbítero Gregorio de
Saa
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Los derechos de tierras de una y otra hacienda tenían origen
diverso. Nuestra Señora de Loreto, por ejemplo, tenía un cuerpo
principal avaluado en 1726 por 600 pts., que habían sido de Nicolás
Lasso y antes de su padre. Juan Lasso de los Arcos. También incluía
tierras que habían sido del capitán Francisco Renjifo y que dieron
origen a un pleito entre sus herederos y los de Crespo a mediados
del siglo. En cuanto al Yegüerizo, incluía tres derechos de
tierras: uno, llamado "El rincón de Cifuentes"
que había heredado Doña Antonia Renjifo, otro que su marido compró
a Juan de Silva Saavedra y otro comprado a Don Francisco
Renjifo.
Como puede verse a través del proceso de desmembración de antiguos
latifundios, las transacciones sobre derechos de tierras tendían a
recomponer un nuevo tipo de unidad productiva, la hacienda. Las
familias terratenientes tradicionales dejaban operar la inercia de
sucesivas participaciones sucesorales y acaban por vender sus
derechos a nuevos empresarios. Y aunque resulta imposible seguir
con precisión, el desarrollo de sucesivas participaciones y
arreglos familiares, puede discernirse, sin embargo, restos de
primitivos latifundios y la reconstrucción de heredades para formar
haciendas. Estas no se derivan directamente del latifundio sino que
representan casi siempre un agregado de derechos dispersos entre
varios herederos.
4. La formación social agraria en la segunda mitad del siglo
XVIII
En el curso de la segunda mitad del siglo XVIII se advierte ya
en varios sitios una ruptura del marco tradicional del latifundio y
de la hacienda. Hasta entonces el simple juego de alianzas
familiares había permitido mantener el monopolio de la tierra entre
unas cuantas familias. La tierra podía representar una base
efectiva de sustentación y aún de enriquecimiento con la formación
de las haciendas, pero en muchos casos la preocupación por acceder
a su propiedad revela su función como fuente de prestigio. Muchas
tierras permanecían todavía inexplotadas y resulta impensable que
con el mero concurso de los esclavos pudieran ser explotadas todas
las tierras disponibles. En estas condiciones, el acaparamiento de
tierras por parte de familias tradicionales o por sus competidores,
comerciantes y mineros enriquecidos, debía crear una clientela que,
no existiendo una estructura social y jurídica de enfeudamiento, no
estaba ligada a los poseedores por nexos muy claros de
subordinación.
Aún cuando no existe evidencia documental de la presencia de
arrendatarios, es indudable que estos existieron y que las
haciendas se hicieron a una clientela que iba en aumento en el
curso del siglo XVIII. No se trataba de trabajadores asalariados
sino de "vecinos" sin tierras que buscaban
mantener unas cuantas cabezas de ganado o emplear uno o dos
esclavos en las tierras de los vecinos terratenientes. Si mediaba
un contrato de arrendamiento éste debía ser verbal pues no hay
traza de ellos en la documentación notarial. Apenas en los
testamentos se menciona con cierta frecuencia "estancias
sin tierra propia" que solían consistir en siembras de
plátano, de cacao o de maiz.
La existencia de este tipo de clientela, engrosada por libertos Y
descendientes de libertos, se revela en el curso de la segunda
mitad del siglo, cuando comenzaron a surgir verdaderos centros
urbanos alrededor de las capillas y los oratorios de algunas
haciendas. Así, hacia la década del 60 el cura de Saa y Renjifo (a
quien hemos visto comprar el Yegüerizo en 1734) donó tierras de su
hacienda para cerar una concentración urbana. Las tierras se
lotearon y se vendieron en beneficio de una obra pía, dando lugar
al nacimiento de la parroquia de Llanogrande. Otras haciendas, como
Santa Rita del Abrojal. Concepción de Nima, San Miguel de Cabuyal y
San Jerónimo se convirtieron a su vez en viceparroquias.
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El mismo fenómeno se dió en la banda occidental. Andrés Guillermo
de Collazos, un minero, compró 400 pts. de tierras en San José de
el Salado que acrecentó con otros cinco derechos adquiridos por 470
pts. En 1791 declaraba en su testamento que, con autorización del
obispo de Popayán, había edificado una iglesia viceparroquia a sus
expensas en sus tierras
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Un trabajo reciente y todavía inédito de Beatriz Patiño
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, señala con bastante
claridad cómo a partir de la comercialización del tabaco en los
centros mineros la clientela de las haciendas se multiplicó con los
"cosecheros", arrendatarios forzosos de tierras.
Los esfuerzos de algunos personajes en la década del 60 por obtener
el arrendamiento del estanco indica la importancia y la extensión
no sólo del consumo del tabaco sino también de sus siembras. Cuando
lo obtuvieron, en 1773, comenzaron a darse conflictos sociales de
de una amplitud hasta entonces desconocida.
A partir del establecimiento del estanco por cuenta de la Real
Hacienda (en 1778) los sitios de siembra se restringieron a la
jurisdicción de Caloto. En 1790 la zona de cultivo se trasladó más
al norte, a la jurisdicción de Llanogrande (entre los ríos Fraile y
Amaime). Entonces las haciendas de los propietarios de la
"otra banda" debieron poblarse de arrendatarios.
Su presencia se señala en Buchitolo, Saynera, Chontaduro, el Badeo,
el Limonar, Abrojal, Malibú, la Torre, Herradura, Cabuyal, la
Burrera, Guabal, Palo Seco. la Honda y Aguaclara.
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r. 3 f. 104 v.
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r. 28 t. 35 v.
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r.30, Oct. 1748 r. 5, Sept. 4 de 1750 r.11 f.113 r. y 156
r.
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AHNB. Tierras Cauca, T.4 f. 660 r. En febrero de 1736 Don José
de Escobar recibió la hacienda, a la cual tenían derecho varios
herederos, por un acuerdo entre éstos. La hacienda valía entonces
20.666 pts. En Abril de 1755 Escobar vendió una parte al Presbítero
Don Juan Ranjel por 7.388 pts. Para liberarse de 7.520 pts. de
censos. (r. 80 f. 60 r.). Los jesuitas de Popayán, propietarios de
la hacienda contigua de Na. Sra. de la Concepción de Nima, alegaron
en 1761 que esta venta los despojaba de sus propios derechos de
tierras.
Las tierras de la hacienda de los jesuitas habían sido
originalmente de Rodrigo Arias, quien las había comprado a los
descendientes de Gregorio Astigarreta. También Aguaclara tenía este
origen. Sin embargo, en 1729, cuando se deslindaron las tierras de
los jesuitas, resultaba imposible saber con precisión qué linderos
tenía una y otra hacienda. Según C's instrumentos presentados
entonces, la hacienda de la Compañía se comprendía
"...entre el acequión de Aguaclara y rio de Amaime, por lo
ancho, y por lo largo se deslinda por arriba con el río Nima y por
la de abajo con tierras y linderos que fueron de Baltasar de
Astigarreta...". En cuanto a Aguaclara,
"...pareció en ellos tener la dicha hacienda de
Astigarreta una legua en largo, entre los límites de Aguaclara y
Amaime por lo ancho, y por su longitud corriendo desde el desagüe o
desemboque del zanjón hondo, que de presente llaman de la Porquera,
viniendo para arriba a dar con tierras del dicho Rodrigo
Arias..." Es decir, que un instrumento remitía al otro y
viceversa. Por eso se procedió a medir la legua que tenia cincuenta
cuadras antiguas. Y "...Una cuadra de la vara antigua...
según la presente compone ciento y diez varas
castellanas..." Es decir, la extensión de Aguaclara en
1729 era de casi cinco kilómetros (4.720 mts).
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r. 30 Julio 4 r.28 f.243 v.r. 56 f. 218 v.
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r. 17 f. 100 r.
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r. 22 f, 60r.
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r. 23 f. 45
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ARB. II.52.
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r. 70f. 30v.
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r. 49 f. 94 v. ó 209 v., f. 87 v. ó 204 v.r. 14 f. 217 v.
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ARB. III, 37ss.
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r. 6 f. 128 v. ss.
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El trabajo, una tesis de licenciatura para la Universidad del
Valle, trata sobre el estanco del tabaco en el Valle del Cauca
durante las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del
XIX.
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