Ficha bibliográfica
Titulo: Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Autores: Germán Colmenares
Edición original: Cali, 1975
Edición en la biblioteca virtual: Noviembre, 2005
Notas: Estudio económico y social escrito por el historiador Germán Colmenares
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| Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII

4. Estructura social del latifundio

La permanencia del latifundio, modificado sólo en la medida en que se multiplicaban las familias, se explica no sólo en virtud de la pobreza demográfica sino también por el tipo de relaciones imperantes dentro de la sociedad española misma. Un número tan escaso de propietarios indica que, en el seno de esta sociedad, un grupo podía hacerse al monopolio de la tierra, y, como se ha visto, retenerlo sólo con la perspectiva de una figuración social.

En el siglo XVI, y gran parte del XVII, la subordinación de tipo señorial se ejerció con respecto al indígena, calcando ciertos rasgos de las sociedades autóctonas. Este tipo de subordinación no se reprodujo en el sector europeo. Los encomenderos del siglo XVI solían mantener "soldados a su costa" o lo contrataban en el momento de iniciar una expedición de conquista, pero este sistema no dió origen, como en Europa a un enfeudamiento o a nexos de sujeción personal a través de un |premium o salario en forma de cesiones de tierra. Frente a una ilimitada disponibilidad de esta, todo europeo estaba en cierto modo en igualdad de condiciones si hubiera estado dispuesto a trabajarla. Pero como se sabe, esto nunca ocurrió. Todavía menos como asalariado o en condición de tenedor precario. En el europeo de los siglos XVI y XVII estaba todavía demasiado viva la imagen de los nexos serviles que implicaba trabajar la tierra para otro y no toleraba, en América, los "pechos" a que había estado sometido en España. Sólo pardos libres y mestizos se avinieron con el tiempo a sistemas de colonato y esto en virtud de su propio empuje demográfico, en el curso del siglo XVIII.

El hecho de que este último desarrollo hubiera sido tardío explica por qué los conflictos en torno a la tierra se daban sólo en forma individualizada, entre los propietarios mismos, fueran estos indígenas o españoles. La mera posesión precaria hubiera favorecido, como en Europa, un proceso de dispersión más temprano. Entre tanto, las tierras permanecían vacías y la "república" de los españoles - propietarios o no- se atrincheraba en un marco urbano prefijado para sus actividades.

En contraste, los "pueblos de indios" fueron siempre comunidades rurales, al menos allí donde existieron y pudieron perdurar. En el Valle del Cauca se señala la presencia de unas pocas comunidades de este tipo todavía en el siglo XVIII, pero casi siempre en la margen izquierda del río. La "otra banda, como se designaba la rivera opuesta de la ciudad, se caracterizó por la rareza de estas comunidades y la existencia de grandes latifundios. A comienzos del siglo XVIII los esclavos debían ser todavía insuficientes para el trabajo en haciendas que comenzaban a formarse y por eso quiso atraerse mano de obra con medidas policivas que obligaran a mestizos y "pardos horros" a vincularse al servicio de las haciendas.

En 1711, por ejemplo, el alcalde Lorenzo Lasso de la Espada, uno de los más grandes terratenientes de la "otra banda", dispuso que tales gentes -que, según él, fomentaban la ociosidad en Cali- se comprometieran a trabajar durante un año con "vecinos principales y hacendados". Cinco años más tarde la medida quiso cobijar también a los "criollos" (negros libres) sin oficio. Al mismo tiempo se insistía en la necesidad de no cargar con fardos a los pocos indígenas que quedaban. La expansión que requería la agricultura reclamaba en ese momento mano de obra suplementaria, aunque es dudoso que se obtuviera en esta forma.

El el momento en que se realizaron las composiciones de tierras apenas se había comenzado a vincular esclavos negros a la agricultura y se estaba muy lejos de una formación social de tipo feudal que hubiera permitido, en alguna medida, la explotación real de la tierra. Con todo esto la pobreza era un hecho relativo. Toda la centuria está marcada por una crisis que era ya visible hacia 1580, cuando el padre Escobar observaba la decadencia de Cali en comparación con los años que sucedieron a la conquista. La posesión de la tierra -aún cuando su valor económico fuera casi nulo- seguía identificando sin embargo a un sector de la sociedad, tanto como hubiera podido hacerlo una riqueza tangible. Esta posesión, como el goce de cualquier otra preeminencia social derivaba de privilegios ya bien asentados en el siglo XVII y su valor económico pasaba a un segundo plano frente a su significación social.

Quiénes eran los dueños de estos enormes latifundios? Con excepción, en Cali, de Pedro Sánchez Navarrete, quien parece haber sido un comerciante con una fortuna sólida pues en sus tierras (todas contiguas a la ciudad) de Rioclaro, Meléndez, Cañaveralejo y Arroyohondo, pastaban más de dos mil reses y, en Buga, de otro comerciante llamado Rodrigo Arias, los propietarios más considerables eran sin duda las figuras más sobresalientes de la "república".

Andrés Alderete, por ejemplo, quien compuso la hacienda de San Jerónimo por 150 pesos de oro (el valor más alto consignado) fue encomendero del pueblo de la Concepción y gozó de un regimiento perpetuo en el Cabildo, después de ser alcalde de primer voto. Juan de Hinestroza Príncipe, quien pagó 140 pesos por tierras de Mulaló, Ocache y Guacarí, fue alcalde ordinario cuatro veces (tres de primer voto), procurador de la ciudad e inauguró una verdadera dinastía al casarse con la nieta de un oficial real, Juan de Cifuentes Almansa. Este último compuso las tierras de Mediacanoa por cien pesos y estaba casado con Isabel Rivadeneira, la viuda de Gregorio Astigarreta (el mozo). Fue alcalde ordinario, corregidor de indios y justicia mayor de la ciudad. Juan de Caicedo Salazar, con tierras en el río Bolo y la quebrada de Párraga, que compuso por ochenta pesos, fue dos veces alcalde ordinario de primer voto y dos veces también procurador de la ciudad. En 1676 remató un asiento perpetuo en el Cabildo y falleció en el Chocó con el título de Maestre de Campo, en 1684, después de la campaña final de sometimiento de los Citaraes. Fue, como Hinestroza Príncipe, cabeza de la dinastía que iba a manejar los asuntos municipales a todo lo largo del siglo XVIII.

En Buga, uno de los mayores propietarios era el fundador de Bugalagrande, Diego Renjifo, quien compuso tierras allí y en el río de la Paila por cien pesos. En Cali deben agregarse los nombres de Diego del Castillo, Alférez Mayor, diezmero y alcalde ordinario en cinco ocasiones; Antonio de Saa, alcalde ordinario seis veces, procurador tres y Alférez Real por un tiempo; el español Pedro Díaz Hurtado teniente de gobernador en 1618; Rodrigo Albarracin, Alférez Real entre 1612 y 1619, alcalde ordinario en tres ocasiones, regidor perpetuo desde 1623, teniente de gobernador en 1633, alguacil mayor en 1642 y tenedor de bienes de difuntos por el resto de su vida.

Aunque con la información de que se dispone no resulta siempre factible trazar individualmente una línea continua, que sea capaz de unir la sucesión patrimonial familiar y al mismo tiempo atar los cabos de la sucesión en el poder, la impresión general resulta muy coherente. Se trata, la mayoría de las veces, de los mismos nombres y las alteraciones -sobre todo en el siglo XVII- provienen de enlaces con forasteros españoles.

En otros casos no se trataba de una simple "captación" de herencias sino de la unión de verdaderas dinastías de propietarios. Esta circunstancia explica por qué la dispersión de los patrimonios inmuebles no fue aún mayor. Cuando una abigarrada red de parentescos y de alianzas de este tipo daba lugar a la aparición de un personaje como D. Nicolás de Caicedo Hinestroza (a comienzos del siglo XVIII), todas las líneas de sucesión parecían confluir para dotarlo de un enorme poder económico. En su herencia figuraban los haberes de tíos, tías, parientes próximos y lejanos. La paciente avidez de varias generaciones depositaba en su cabeza enormes dominios que su posición social, la coyuntura económica favorable y su misma habilidad podían hacer fructificar aún más. A este resultado debían contribuir en gran medida los enlaces frecuentes entre una misma familia. Una región o "sitio" puede identificarse a través de apellidos que se entrecruzan- Vivas Sedano, Lasso de los Arcos, Vivas y Lasso se transmiten tierras en las cercanías del río Párraga, Renjifos, Ordoñez de Lara, Cobos y Escobares se enlazan para repartirse sucesivamente las tierras de Llanogrande.

Los nombres familiares y las genealogías son un mapa complicado que retraza las divisiones y las reagrupaciones de tierras. En el siglo XVII, sin embargo, predomina la dispersión de los grandes latifundios que se compusieron con Rodríguez de San Isidro. De un lado, la crisis económica no favorecía la concentración de tierras, cuya rentabilidad era muy baja. De otro, las precarias condiciones de subsistencia de las familias, que mantenían su cohesión y su preeminencia social a pesar de todo, las obligaba a repartir entre numerosos herederos el único patrimonio familiar, representado en tierras.