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INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
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Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
4. Estructura social del latifundio
La permanencia del latifundio, modificado sólo en la medida en
que se multiplicaban las familias, se explica no sólo en virtud de
la pobreza demográfica sino también por el tipo de relaciones
imperantes dentro de la sociedad española misma. Un número tan
escaso de propietarios indica que, en el seno de esta sociedad, un
grupo podía hacerse al monopolio de la tierra, y, como se ha visto,
retenerlo sólo con la perspectiva de una figuración social.
En el siglo XVI, y gran parte del XVII, la subordinación de tipo
señorial se ejerció con respecto al indígena, calcando ciertos
rasgos de las sociedades autóctonas. Este tipo de subordinación no
se reprodujo en el sector europeo. Los encomenderos del siglo XVI
solían mantener "soldados a su costa" o lo
contrataban en el momento de iniciar una expedición de conquista,
pero este sistema no dió origen, como en Europa a un enfeudamiento
o a nexos de sujeción personal a través de un
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salario en forma de cesiones de tierra. Frente a una ilimitada
disponibilidad de esta, todo europeo estaba en cierto modo en
igualdad de condiciones si hubiera estado dispuesto a trabajarla.
Pero como se sabe, esto nunca ocurrió. Todavía menos como
asalariado o en condición de tenedor precario. En el europeo de los
siglos XVI y XVII estaba todavía demasiado viva la imagen de los
nexos serviles que implicaba trabajar la tierra para otro y no
toleraba, en América, los "pechos" a que había
estado sometido en España. Sólo pardos libres y mestizos se
avinieron con el tiempo a sistemas de colonato y esto en virtud de
su propio empuje demográfico, en el curso del siglo XVIII.
El hecho de que este último desarrollo hubiera sido tardío explica
por qué los conflictos en torno a la tierra se daban sólo en forma
individualizada, entre los propietarios mismos, fueran estos
indígenas o españoles. La mera posesión precaria hubiera
favorecido, como en Europa, un proceso de dispersión más temprano.
Entre tanto, las tierras permanecían vacías y la
"república" de los españoles - propietarios o no-
se atrincheraba en un marco urbano prefijado para sus
actividades.
En contraste, los "pueblos de indios" fueron
siempre comunidades rurales, al menos allí donde existieron y
pudieron perdurar. En el Valle del Cauca se señala la presencia de
unas pocas comunidades de este tipo todavía en el siglo XVIII, pero
casi siempre en la margen izquierda del río. La "otra
banda, como se designaba la rivera opuesta de la ciudad, se
caracterizó por la rareza de estas comunidades y la existencia de
grandes latifundios. A comienzos del siglo XVIII los esclavos
debían ser todavía insuficientes para el trabajo en haciendas que
comenzaban a formarse y por eso quiso atraerse mano de obra con
medidas policivas que obligaran a mestizos y "pardos
horros" a vincularse al servicio de las haciendas.
En 1711, por ejemplo, el alcalde Lorenzo Lasso de la Espada, uno de
los más grandes terratenientes de la "otra
banda", dispuso que tales gentes -que, según él,
fomentaban la ociosidad en Cali- se comprometieran a trabajar
durante un año con "vecinos principales y
hacendados". Cinco años más tarde la medida quiso cobijar
también a los "criollos" (negros libres) sin
oficio. Al mismo tiempo se insistía en la necesidad de no cargar
con fardos a los pocos indígenas que quedaban. La expansión que
requería la agricultura reclamaba en ese momento mano de obra
suplementaria, aunque es dudoso que se obtuviera en esta
forma.
El el momento en que se realizaron las composiciones de tierras
apenas se había comenzado a vincular esclavos negros a la
agricultura y se estaba muy lejos de una formación social de tipo
feudal que hubiera permitido, en alguna medida, la explotación real
de la tierra. Con todo esto la pobreza era un hecho relativo. Toda
la centuria está marcada por una crisis que era ya visible hacia
1580, cuando el padre Escobar observaba la decadencia de Cali en
comparación con los años que sucedieron a la conquista. La posesión
de la tierra -aún cuando su valor económico fuera casi nulo- seguía
identificando sin embargo a un sector de la sociedad, tanto como
hubiera podido hacerlo una riqueza tangible. Esta posesión, como el
goce de cualquier otra preeminencia social derivaba de privilegios
ya bien asentados en el siglo XVII y su valor económico pasaba a un
segundo plano frente a su significación social.
Quiénes eran los dueños de estos enormes latifundios? Con
excepción, en Cali, de Pedro Sánchez Navarrete, quien parece haber
sido un comerciante con una fortuna sólida pues en sus tierras
(todas contiguas a la ciudad) de Rioclaro, Meléndez, Cañaveralejo y
Arroyohondo, pastaban más de dos mil reses y, en Buga, de otro
comerciante llamado Rodrigo Arias, los propietarios más
considerables eran sin duda las figuras más sobresalientes de la
"república".
Andrés Alderete, por ejemplo, quien compuso la hacienda de San
Jerónimo por 150 pesos de oro (el valor más alto consignado) fue
encomendero del pueblo de la Concepción y gozó de un regimiento
perpetuo en el Cabildo, después de ser alcalde de primer voto. Juan
de Hinestroza Príncipe, quien pagó 140 pesos por tierras de Mulaló,
Ocache y Guacarí, fue alcalde ordinario cuatro veces (tres de
primer voto), procurador de la ciudad e inauguró una verdadera
dinastía al casarse con la nieta de un oficial real, Juan de
Cifuentes Almansa. Este último compuso las tierras de Mediacanoa
por cien pesos y estaba casado con Isabel Rivadeneira, la viuda de
Gregorio Astigarreta (el mozo). Fue alcalde ordinario, corregidor
de indios y justicia mayor de la ciudad. Juan de Caicedo Salazar,
con tierras en el río Bolo y la quebrada de Párraga, que compuso
por ochenta pesos, fue dos veces alcalde ordinario de primer voto y
dos veces también procurador de la ciudad. En 1676 remató un
asiento perpetuo en el Cabildo y falleció en el Chocó con el título
de Maestre de Campo, en 1684, después de la campaña final de
sometimiento de los Citaraes. Fue, como Hinestroza Príncipe, cabeza
de la dinastía que iba a manejar los asuntos municipales a todo lo
largo del siglo XVIII.
En Buga, uno de los mayores propietarios era el fundador de
Bugalagrande, Diego Renjifo, quien compuso tierras allí y en el río
de la Paila por cien pesos. En Cali deben agregarse los nombres de
Diego del Castillo, Alférez Mayor, diezmero y alcalde ordinario en
cinco ocasiones; Antonio de Saa, alcalde ordinario seis veces,
procurador tres y Alférez Real por un tiempo; el español Pedro Díaz
Hurtado teniente de gobernador en 1618; Rodrigo Albarracin, Alférez
Real entre 1612 y 1619, alcalde ordinario en tres ocasiones,
regidor perpetuo desde 1623, teniente de gobernador en 1633,
alguacil mayor en 1642 y tenedor de bienes de difuntos por el resto
de su vida.
Aunque con la información de que se dispone no resulta siempre
factible trazar individualmente una línea continua, que sea capaz
de unir la sucesión patrimonial familiar y al mismo tiempo atar los
cabos de la sucesión en el poder, la impresión general resulta muy
coherente. Se trata, la mayoría de las veces, de los mismos nombres
y las alteraciones -sobre todo en el siglo XVII- provienen de
enlaces con forasteros españoles.
En otros casos no se trataba de una simple
"captación" de herencias sino de la unión de
verdaderas dinastías de propietarios. Esta circunstancia explica
por qué la dispersión de los patrimonios inmuebles no fue aún
mayor. Cuando una abigarrada red de parentescos y de alianzas de
este tipo daba lugar a la aparición de un personaje como D. Nicolás
de Caicedo Hinestroza (a comienzos del siglo XVIII), todas las
líneas de sucesión parecían confluir para dotarlo de un enorme
poder económico. En su herencia figuraban los haberes de tíos,
tías, parientes próximos y lejanos. La paciente avidez de varias
generaciones depositaba en su cabeza enormes dominios que su
posición social, la coyuntura económica favorable y su misma
habilidad podían hacer fructificar aún más. A este resultado debían
contribuir en gran medida los enlaces frecuentes entre una misma
familia. Una región o "sitio" puede identificarse
a través de apellidos que se entrecruzan- Vivas Sedano, Lasso de
los Arcos, Vivas y Lasso se transmiten tierras en las cercanías del
río Párraga, Renjifos, Ordoñez de Lara, Cobos y Escobares se
enlazan para repartirse sucesivamente las tierras de
Llanogrande.
Los nombres familiares y las genealogías son un mapa complicado que
retraza las divisiones y las reagrupaciones de tierras. En el siglo
XVII, sin embargo, predomina la dispersión de los grandes
latifundios que se compusieron con Rodríguez de San Isidro. De un
lado, la crisis económica no favorecía la concentración de tierras,
cuya rentabilidad era muy baja. De otro, las precarias condiciones
de subsistencia de las familias, que mantenían su cohesión y su
preeminencia social a pesar de todo, las obligaba a repartir entre
numerosos herederos el único patrimonio familiar, representado en
tierras.
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