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INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
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Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
2. Patrones de apropiación de la tierra
a) En los Altiplanos
La apropiación de tierras por parte de los conquistadores
españoles fue un hecho complejo, resultado final del choque con las
sociedades autóctonas. Esta apropiación asumió variantes y su ritmo
fue diferente de acuerdo con los contornos mismos de las sociedades
indígenas en cuestión. En cuanto a los grupos de conquistadores, si
bien de orígenes regionales diferentes, presentaban una
homogeneidad indudable en comparación con estos grupos
autóctonos.
En algunos casos, cuando se trataba de grupos indígenas de una
considerable densidad demográfica (y de un grado de evolución
social elevado), el despojo buscó reforzar relaciones dominicales
convertir el tributo, derivado del sistema de la encomienda en
prestación de servicios personales. En estas regiones se distinguía
entre los "aposentos" del encomendero -o reserva
señorial que los indios trabajaban por
"concierto"- de las tierras de labranza de los
propios indios. De estas últimas provenía el tributo que las
"tasas" de los visitadores fijaban en especie,
cuando no señalaban una extensión determinada de tierra para
satisfacerlo.
Vale la pena señalar que los "aposentos"
surgieron al margen de la ley puesto que, según esta; los
encomenderos españoles debían residir en las ciudades y de ningún
modo podían apropiarse de tierras de los indígenas puestos a su
cuidado
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. Pero la
práctica de ocupar una posición de estas con los
"aposentos" vino a crear un paisaje rural en el
que los labrantíos indígenas circundaban, en forma dispersa, la
posesión señorial.
Como se sabe, sin embargo, la encomienda no poseyó nunca un
carácter patrimonial. El hecho de que estuviera limitada a dos
vidas (aunque, en la práctica, este principio de las Leyes Nuevas
fuera violado sistemáticamente) debía reducir a este lapso las
explotaciones rurales de tipo señorial. Pero aún si el goce de la
encomienda podía prolongarse subrepticiamente por más de dos
generaciones, a su término los "aposentos" debían
desaparecer o pasar a un nuevo encomendero
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. No resulta entonces extraño que algunos
encomenderos hayan buscado perpetuar al menos el usufructo sobre la
tierra de los "aposentos" amparando posesiones de
hecho con títulos emanados de alguna autoridad. En donde las
comunidades de encomenderos eran fuertes, el Cabildo, que
representaba sus intereses, se prestó muy bien a estas
otorgaciones. Subsistía, claro, el problema ulterior de procurarse
mano de obra puesto que la posibilidad de
"concertar" a los indígenas de la encomienda era
un privilegio del encomendero.
La proliferación de propietarios no encomenderos se dió así
paralelamente a la decadencia de la encomienda. En la región de los
altiplanos de la Nueva Granada la prestación de mano de obra
indígena pudo finalmente reglamentarse dentro de un nuevo esquema
durante la última década del siglo XVI. A partir de entonces los
encomenderos se vieron legalmente privados del trabajo indígena
que, en teoría al menos, podía ser reclamado por cualquier
empresario agrícola y dispensado por la Audiencia. En México este
mismo fenómeno se había operado dos décadas antes, debido también a
las presiones de propietarios no encomenderos.
La apropiación de tierras no obedeció en todas partes a un patrón
idéntico. En regiones densamente pobladas por indígenas -como los
altiplanos de la Nueva Granada- las apropiaciones descomunales
encontraron limitaciones no sólo en las parcelas indígenas sino, en
mayor medida, en la competencia de los españoles mismos que
buscaban acceso a la mano de obra prácticamente gratuita de los
indios. La política de "poblamientos" y de la
otorgación de resguardos indígenas concentraron este recurso y lo
hicieron accesible a más pobladores españoles, a partir sobre todo
de las primeras décadas del siglo XVII. Naturalmente, los antiguos
encomenderos se veían favorecidos todavía no sólo por la
oportunidad que habían tenido de refrendar con un título del
Cabildo sus ocupaciones de hecho sino también por nexos familiares
con los que ahora gozaban de las encomiendas.
b) La disponibilidad indefinida de tierras en el Valle del
Cauca
Qué ocurría entre tanto en regiones bajas, de menor densidad
demográfica y en dónde, a primera vista, el hambre de tierras no
encontraba un límite? En regiones en las que, como la costa del
Caribe, el Valle del Magdalena o el Valle del Cauca, las
civilizaciones indígenas habían sufrido un colapso antes de la
ocupación definitiva de los españoles, o habían sido duramente
castigadas por razzias de los esclavistas de Santo Domingo o,
finalmente, habían pasado a ser una verdadera zona de frontera que
rechazaba obstinadamente la penetración española.
Ateniéndose al sólo Valle del Cauca, en donde tanto el oro como el
tránsito obligado en ambas direcciones de su configuración
longitudinal atrajo una ocupación permanente, encontramos rasgos
que lo distinguen netamente- en lo que a la apropiación de la
tierra se refiere- de las regiones vecinas de Popayán y Pasto.
Estas, como el resto de las regiones de los altiplanos, derivaron
la apropiación de la tierra de la explotación de la mano de obra
indígena, más o menos abundante. En el Valle del Cauca, el grueso
de la población indígena estaba concentrado en la banda occidental
del río, la parte más estrecha y menos fértil, y en los valles
encajonados en la cordillera occidental. La ciudad de Cali se
abasteció durante mucho tiempo con la producción agrícola de los
indígenas de esta zona y todavía en 1694 las autoridades de la
capital requerían en ella la presencia de las indias que solían
vender pescado y legumbres y que iban escaseando
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.
Por esta razón las propiedades de esta banda nunca alcanzaron las
proporciones de la zona oriental. En esta, la ocupación tuvo que
ser más lenta pero ya en el siglo XVII existía en ella una clase
terrateniente muy caracterizada. Allí se dió un verdadero monopolio
sobre la tierra que fue posible en virtud de la escasez de mano de
obra. Unas pocas familias, incrustadas en los organismos de poder
local, detentaron desde el comienzo vastas posesiones. Puede
decirse que la historia agraria más antigua de la región consiste
no tanto en el desarrollo de una productividad como en los
accidentes que sufrió el patrón original de la posesión de la
tierra.
Debe subrayarse que en muchos casos esta posesión tenía un
significado social más que económico. Durante los siglos XVI y XVII
existió (con respecto al escaso número de la población española)
una disponibilidad casi ilimitada de tierras para la explotación,
una verdadera "frontera agraria". Allí donde se
entablaba una hacienda las tierras cultivadas debieron ser muy
pocas. Una posesión podía permanecer inexplorada o explotada al
mínimo en el seno de una familia en espera de una coyuntura
favorable. Las escasas transacciones sobre tierras señalan la
presencia de esta coyuntura en cada caso. Las posesiones se
fragmentaban con las herencias o con ventas que iban a engrosar
otras posesiones. El panorama de nombres de familia asociados con
ciertas regiones va modificándose lentamente. Algunas familias
buscan un reacomodo y terminan por instalarse lejos de sus
primitivas posesiones. Pero en muchos casos estos desplazamientos
se operan en el vacío de una explotación económica.
En 1572 el procurador de Cali, el encomendero Rodrigo de
Villalobos, se refería a una de las propiedades de la margen
derecha como al "ingenio de la ciudad". La
propiedad que se singularizaba de este modo era un latifundio sobre
el río Amaime en el que Gregorio Astigarreta (llamado
|el
viejo) había establecido por primera vez una explotación de
caña de azúcar. El hecho resultaba tan singular que muchas
escrituras del siglo XVIII todavía lo mencionaban en las
demarcaciones de linderos. Y algunos historiadores lo subrayan con
términos anacrónicos como el origen de la "floreciente
industria cañera de la región". El episodio debe reducirse
a sus justas proporciones. Más que en la explotación de vastas
posesiones, Astigarreta debía estar interesado en monopolizar
recursos de tierra y mano de obra para eliminar la competencia, y
en realidad, su explotación debía reducirse a unos pocos almudes de
caña.
El ganado, en cambio, podía reproducirse con entera libertad en
estas soledades. El hecho de que fuera cimarrón obligaba a un
control del suelo que lo sustentaba. Esta situación se ve
claramente en un incidente suscitado por el mismo Astigarreta en
1582. En esta fecha Astigarreta alegaba que,
"... habrá trece años poco más o menos que llevando yo la cantidad
de ganado que dicha tengo mi petición (se trataba de 740 cabezas)
para la villa de Antioquia, se me quedó en el dicho sitio mucha
cantidad de las de que proceden las dichas vacas, y por personas
que al dicho sitio han ido algunas veces, sin lo yo saber a hacer
carne y cebo, han sido vistas y conocidas ser de mi
hierro..."
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7
.
En los trece años el ganado se había reproducido considerablemente
y ahora suscitaban un pleito. Algunas personas habían negociado con
este ganado y se trataba de saber a quién pertenecía. La solución
del problema sólo vino a darse treinta años más tarde, cuando se
falló en contra de las pretensiones de Astigarreta y en favor de la
versión según la cual el ganado se había extraviado cuando el
capitán Estupiñán había ido a poblar la ciudad de Buga.
Las tierras sobre las cuales andaba disperso este ganado se
encontraban entre Buga y Cartago y en ellas se fundó más adelante
la hacienda de la Paila. Pero todavía a finales del siglo XVI
aparecen claramente como un
|no mans land en el que resultaba
casi imposible determinar a quién pertenecía un derecho de bienes
mostrencos que había accedido a ellas.
El monopolio de las tierras no podía, sin embargo, ser ilimitado
Otros dos encomenderos, Andrés y Lázaro Cobo, fundaron también
"ingenios" contiguos al de Astigarreta, sobre la
otra ribera del Amaime
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8
. Las explotaciones dependían de la mano de
obra disponible y por eso no es un azar que fueran la empresa de
los encomenderos de los indios de Amaime, Mulaló y Anapunima
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9
. Si bien la
disponibilidad de tierras en la banda occidental era casi
ilimitada, no ocurría lo mismo con la mano de obra. Esta era tan
escasa que la mujer de Astigarreta se vió obligada, en 1611, a
hacer compañía con su hijo para continuar con la explotación del
"ingenio". Ella aportaría las tierras y los
aperos en tanto que el hijo, Gregorio el mozo, contribuiría con la
mano de obra de la encomienda que había heredado
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10
. Diez años más tarde, cuando el
hijo ya disponía del "ingenio", la necesidad de
mano de obra debía ser más apremiante pues tuvo que asociarse con
un pariente politico, el capitán Zapata de la Fuente, quien debía
sacar esclavos de sus minas para dedicarlos al
"ingenio"
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11
.
El ingenio fundado por Lázaro Cobo quedó en manos de la viuda de su
hijo que lo aportócomo dote en un segundo matrimonio, con Andrés
Alderete del Castillo. En 1637 el visitador Rodriguez de San Isidro
Manrique encontró que los indios de la encomienda de Alderete
estaban "poblados" en su hacienda y que lo mismo
ocurría en las haciendas vecinas de Lázaro Cobo y de Sebastián
Aguirre Astigarreta. Estos indios, observaba el visitador, no
gozaban de tierras propias porque los encomenderos anteriores los
habían sacado de su "natural" para adscribirlos a
las haciendas.
Así, el monopolio de la mano de obra por parte de Cobos y
Astigarretas explica el acaparamiento de tierras. La progresiva
extinción de los indígenas condujo, como era de esperarse, a la
fragmentación de estos dos enormes latifundios que, juntos,
representaban la extensión de una provincia entera.
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The Spanish American Hacienda es una obra editada por Siglo XXI
que concluye que el Modo de producción de la época colonial
dependerá de los rasgos generales de las instituciones agrarias,
particularmente la hacienda.
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Recientemente se ha suscitado una discusión que tiende a
revisar, o al menos a matizar teniendo en cuenta nuevos datos, la
tesis ya tradicional de Silvio Zabala sobre las relaciones entre
encomienda y propiedad territorial.
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Cf. GUSTAVO ARBOLEDA, "Historia de Cali".
Cali, 1956. T. I. p. 335 la frecuente mención de este texto, que es
una trascripción cronológica y casi literal de las actas del
Cabildo de Cali, obliga a una abreviación, así: ARB. I. 335., en
adelante.
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AHNB. Rl. Hda. t. 20 f. 70 r.
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ARB. I. 78
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Cf. JUAN FRIEDJ, Vida y lucha de Don Juan del Valle, primer
obispo de Popayán y protector de indios. Popayán, 1961, p. 233 ARB.
1, 170 TULIO ENRIQUE TASCON, historia de la conquista de Buga.
Bogotá, p.245
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Cf. ARB. I, 115
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Ibid. p. 169-70.
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