Ficha bibliográfica
Titulo: Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Autores: Germán Colmenares
Edición original: Cali, 1975
Edición en la biblioteca virtual: Noviembre, 2005
Notas: Estudio económico y social escrito por el historiador Germán Colmenares
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| Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII

Es indudable, por otra parte, que América contribuyó a la acumulación capitalista original y que el continente, junto con los otros continentes explotados desde el siglo de los "descubrimientos", se inserto en un sistema mercantilista mundial. A este nivel, la discusión sobre el papel de las colonias americanas en el surgimiento del capitalismo -o de la transición de un capitalismo mercantil a un capitalismo industrial- tiene plena validez. Para el siglo XVI, Earl J. Hamilton ha examinado el impacto de los metales americanos en la coyuntura europea. Esta explicación se da en términos puramente monetarios, es cierto, y tanto por sus fuentes como por su problemática busca respuestas a una situación europea específica. Queda por abordar el aspecto propiamente americano, el problema de formaciones económico-sociales asentadas en regiones que tenían unos determinados recursos de minas, tierras y mano de obra | 5 Se trataba acaso de meras prolongaciones de un sistema mercantil a escala mundial? O, no vale la pena más bien, antes que hacerlas desaparecer en el análisis mediante una simple cuantificación de su "aporte", considerar primero estas formaciones en su peculiaridad teniendo en cuenta, eso si, que los mercados regionales podían inscribirse en una red mucho más vasta de intercambios?

Para precisar el punto de intersección entre las economías regionales y el sistema mercantilista se requiere conocer los mecanismos que subordinaban unas actividades económicas a otras y que no siempre tenían una expresión política adecuada. Usualmente se presume, por ejemplo, que lo que encadenaba a las economías coloniales era una decisión política de la metrópoli. De allí que se especule interminablemente -y sin someter a crítica alguna- sobre los presuntos efectos desastrosos de prohibiciones tales como la del cultivo de la vid, del olivo o de la morera. Para darse cuenta de la inocuidad de estas prohibiciones bastaría preguntarse qué hubiera ocurrido si lo que se hubiera prohibido fuera el cultivo del algodón, de la caña y la producción de aguardiente. Y a este respecto cabe preguntarse también cuántos trabajos serios se han producido sobre el problema del estanco del aguardiente.

Es posible que, en virtud de la necesaria conexión de las economías locales con un sistema mundial (o economía-mundo, como la llama P. Chaunu), hayan existido actividades privilegiadas, desde el punto de vista de los intercambios, tales como el comercio. Pero no es cierto en la misma medida que el comercio, o mejor, los comerciantes, hayan gozado de privilegios políticos a nivel local. La estructura política local privilegiaba de una manera natural a los "vecinos" con un fuerte arraigo y una tradición familiar terrateniente. Los comerciantes mismos buscaron este arraigo convirtiéndose en terratenientes y vinculándose al patriciado local mediante nexos matrimoniales. | 6

La otra alternativa del problema, la del "feudalismo americano", debe clarificarse también teniendo en cuenta datos concretos de los sistemas agrarios de Hispanoamérica. Cuando se habla de feudalismo -o mejor, modo de producción feudal- no se está haciendo una mera referencia cronológica. Por eso, posiblemente, América esté más lejos del feudalismo en el siglo XVI que en el XVIII. Y la realidad de los siglos XVIII y XIX es incomparable con la que se ha creado en nuestro propio siglo.

La categoría modo de producción feudal no se evidencia en el mero trasplante de instituciones más o menos medievales sino que requiere el examen empírico de cómo estaban organizados los factores de producción. Como se sabe, en el siglo XVI fueron los metales preciosos (que se daban en abundancia y podían explotarse con una mano de obra barata) los que integraron las colonias españolas a un circuito mundial. Las formas de producción no eran por eso capitalistas pero tampoco (piénsese en la incorporación de mano de obra esclava) eran feudales.

En los siglos XVIII y XIX, en cambio, cuando los ciclos metalíferos agotaban sus posibilidades, muchas explotaciones agrícolas se cerraban sobre sí mismas y creaban formas de coacción con respecto a una mano de obra "libre" pero escasa. Estos momentos de "encerramiento" han sido frecuentes en todos los países de Latinoamérica. Ha habido, es cierto, episodios de oro, del cacao, del tabaco, del azúcar o del café, pero sólo han sido eso: episodios. Para muchas regiones la actividad de una agricultura de mera subsistencia -o de un radio de comercialización muy limitado- ha sido la regla. En Colombia, regiones como Antioquia, o el Valle del Magdalena (y con éste, en parte Santa Fe) vieron disminuir su importancia en el en el siglo XVIII, en tanto que el Valle del Cauca y la antigua provincia de Popayán conocían un nuevo ciclo del oro y las regiones de Vélez y de Girón desarrollaban una actividad manufacturera en torno a los obrajes tradicionales. El siglo XIX, con el tabaco, presenció un nuevo resurgimiento -efímero esta vez- de una actividad colonial en el Valle del Magdalena, en tanto que la provincia de Popayán entró en una crisis secular hasta que, a comienzos de este siglo y ya bajo un signo claramente capitalista, volvió a resurgir una economía agrícola en el Valle del Cauca.

Estos altibajos regionales no pueden estudiarse, evidentemente, sin una referencia precisa a las oportunidades de un mercado mundial. Y esto es cierto con respecto no sólo a una producción contemporánea, claramente capitalista, sino también a épocas más arcaicas, en las que dominan tipos de producción "tradicionales" o "arcaicos", es decir, precapitalistas. Pero, entonces como ahora, por qué unas regiones y no otras? Se trataba, acaso, del mero azar en la presencia de unos recursos que de pronto encontraban acogida en los mercados internacionales? La respuesta se encuentra sin duda del lado de la comprensión del fenómeno capitalista mismo y de sus espejismos financieros. El guano chileno-peruano, el salitre chileno o el caucho amazónico estuvieron, como el oro y la plata, en el origen de fortunas efímeras, de ciclos de prosperidad repentina que parecían señalar los límites más propicios de la actividad productiva de estos países en el suministro de materias primas.

Pero estos son casos extremos. Sobre estos ciclos existió, más o menos velada, la esperanza (si no la formulación explícita de una teoría) de que serian un primer motor, capaz de dar un impulso inicial a otras actividades menos azarosas. Si de un lado estaba el mercado internacional que favorecía estos espejismos, del otro persistían estructuras sociales y económicas que asimilaban el episodio -oro, tabaco, o lo que fuera - y que, una vez transcurrido, permanecían. La cohesión de estas últimas no estaba dada entonces por las conexiones evidentes entre un tipo de producción de materias primas o de frutos tropicales y un sistema capitalista ya desarrollado sino por un sistema político y social cuyos fundamentos económicos más profundos quedan por examinar.

Finalmente. Si se toma como referencia el modelo de una sociedad feudal clásica para interpretar lo que ocurría en América en los periodos de "encerramiento", habría que desconocer las referencias empíricas más evidentes. La formación, por ejemplo, de lo que Marc Bloch ha llamado "vínculos de dependencia" -es decir, formas de subordinación personal difiere tanto del modelo europeo que una generalización de éste resulta inadecuada. En unos casos se trataba de mestizos y mulatos sin tierras que se trasladaban de los centros urbanos al campo en donde hallaban acomodo como peones o "agregados". En otros, la disolución del sistema de resguardos iba creando explotaciones parcelarias en lugar del primitivo sistema comunitario o empujaba a sus beneficiarios hacia zonas menos propicias. Una vez despojados de sus tierras, los primitivos pueblos de indios podían quedar también enquistados en medio de las haciendas como reservas de mano de obra. En el Valle del Cauca, finalmente, la concentración de esclavos, de mulatos libres y otros trabajadores en los términos de una hacienda podía dar lugar al nacimiento de una "parroquia". Todos estos fenómenos sucedieron sin solución de continuidad al sistema de "conciertos" indígenas (practicado sobre todo en el siglo XVII y parte del XVIII) y al empleo de esclavos en haciendas cañeras, es decir, en un periodo tardío.

De otro lado, cómo asimilar el régimen de la hacienda al que conocieron las reservas señoriales europeas? Se sabe que los señores feudales tuvieron que hacer concesiones y aflojar las coacciones sobre sus siervos en los momentos de crisis demográfica. La ecuación disponibilidad de tierras y disponibilidad de mano de obra determina en gran parte la naturaleza de los nexos serviles que se veían debilitados en los momentos en que escaseaba la mano de obra y con ello se debilitaba el potencial económico de la reserva. En América, desde finales del siglo XVI, el proceso de pauperización demográfica había alcanzado casi sus límites extremos. Por eso, hasta el siglo XVIII, la disponibilidad de tierras excedió siempre cualquier incremento demográfico. Sólo a finales del siglo en algunas regiones y, en general, en el curso del siglo XIX, la hacienda adquirió rasgos que podrían emparentarse a los de las reservas señoriales europeas. La mano de obra que iba surgiendo con la recuperación demográfica (especialmente de mestizos) quedaba subordinada a una producción agrícola estancada, en donde los capitales líquidos eran escasos y predominaban los privilegios de casta mantenidos con la gran propiedad. El uso de la tierra para cultivos de subsistencia se trocaba por servicios personales en la hacienda que tuvo entonces la posibilidad de comercializar parte de sus productos.

En cambio, el modelo de la explotación de las propiedades agrícolas que conocieron un episodio de producción de géneros tropicales es diferente. En las postrimerías del siglo XVIII, por ejemplo, el cultivo del tabaco inauguró un régimen de cosecheros en la Nueva Granada que vendían al monopolio estatal y pagaban una renta por el uso de la tierra. En el siglo XIX, el auge de estas explotaciones en el Valle del Magdalena significó en alguna medida un régimen salarial que liberó mano de obra enquistada en las explotaciones más tradicionales de los altiplanos.

De esta manera, no parece conveniente la generalización de un solo modelo para tipificar, la explotación agrícola precapitalista. Se requiere seguir en detalle las variantes -muchas veces regionales- que va adoptando un modo de producción en el sector agrario y registrar paso a paso las contradicciones que engendra en el espectro más visible de las relaciones políticas y sociales.

 

5)
Para una discusión sobre las limitaciones de la interpretación de Hamilton Cf. PIERRE VILAR, "El problema de la formación del capitalismo" (artículo publicado originalmente en 1956) en Crecimiento y Desarrollo, Ariel Barcelona, 1964 p. 139 ss.
6)
Según D..4. BRADING, sin embargo, "La clase que más se benefició con las políticas de la monarquía española fue la de los comerciantes coloniales" (Cf. "Government and Elite in Late Colonial México S en HAHR. Vol. 53, Aug. 1973 p.408). Brading se refiere especialmente al período borbónico. Pero aún así, cabe preguntarse, los privilegios de la Corona llegaron a afectar realmente la estructura de una formación económico-social que se iba afirmando desde el siglo XVI? La tensión provocada por las innovaciones borbónicas, que tendían a privilegiar a los comerciantes de origen español, y los privilegios asentados de una casta de "españoles americanos" puede contribuir a explicar el resultado final de escisión política.