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INDICE
ABREVIATURAS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA ECONOMÍA
Capítulo I - Orígenes y evolución del latifundio en el Valle del Cauca (ss. XVI y XVII)
Capítulo II - Las haciendas de Cali en el s. XVIII
Capítulo III - Elementos de las haciendas
Capitulo IV - El crédito en una economía agrícola
SEGUNDA PARTE: LA CIUDAD Y SUS HABITANTES
Capitulo V - Las minas y el comercio
Capítulo VI - La Ciudad
Capítulo VII - La Sociedad
Capítulo VIII - La Política
APÉNDICE
Haciendas y propiedades de vecinos de Cali
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Cali: terratenientes, mineros y comerciantes - Siglo XVIII
Es indudable, por otra parte, que América contribuyó a la
acumulación capitalista original y que el continente, junto con los
otros continentes explotados desde el siglo de los
"descubrimientos", se inserto en un sistema
mercantilista mundial. A este nivel, la discusión sobre el papel de
las colonias americanas en el surgimiento del capitalismo -o de la
transición de un capitalismo mercantil a un capitalismo industrial-
tiene plena validez. Para el siglo XVI, Earl J. Hamilton ha
examinado el impacto de los metales americanos en la coyuntura
europea. Esta explicación se da en términos puramente monetarios,
es cierto, y tanto por sus fuentes como por su problemática busca
respuestas a una situación europea específica. Queda por abordar el
aspecto propiamente americano, el problema de formaciones
económico-sociales asentadas en regiones que tenían unos
determinados recursos de minas, tierras y mano de obra
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Se trataba acaso de meras
prolongaciones de un sistema mercantil a escala mundial? O, no vale
la pena más bien, antes que hacerlas desaparecer en el análisis
mediante una simple cuantificación de su
"aporte", considerar primero estas formaciones en
su peculiaridad teniendo en cuenta, eso si, que los mercados
regionales podían inscribirse en una red mucho más vasta de
intercambios?
Para precisar el punto de intersección entre las economías
regionales y el sistema mercantilista se requiere conocer los
mecanismos que subordinaban unas actividades económicas a otras y
que no siempre tenían una expresión política adecuada. Usualmente
se presume, por ejemplo, que lo que encadenaba a las economías
coloniales era una decisión política de la metrópoli. De allí que
se especule interminablemente -y sin someter a crítica alguna-
sobre los presuntos efectos desastrosos de prohibiciones tales como
la del cultivo de la vid, del olivo o de la morera. Para darse
cuenta de la inocuidad de estas prohibiciones bastaría preguntarse
qué hubiera ocurrido si lo que se hubiera prohibido fuera el
cultivo del algodón, de la caña y la producción de aguardiente. Y a
este respecto cabe preguntarse también cuántos trabajos serios se
han producido sobre el problema del estanco del aguardiente.
Es posible que, en virtud de la necesaria conexión de las economías
locales con un sistema mundial (o economía-mundo, como la llama P.
Chaunu), hayan existido actividades privilegiadas, desde el punto
de vista de los intercambios, tales como el comercio. Pero no es
cierto en la misma medida que el comercio, o mejor, los
comerciantes, hayan gozado de privilegios políticos a nivel local.
La estructura política local privilegiaba de una manera natural a
los "vecinos" con un fuerte arraigo y una
tradición familiar terrateniente. Los comerciantes mismos buscaron
este arraigo convirtiéndose en terratenientes y vinculándose al
patriciado local mediante nexos matrimoniales.
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La otra alternativa del problema, la del "feudalismo
americano", debe clarificarse también teniendo en cuenta
datos concretos de los sistemas agrarios de Hispanoamérica. Cuando
se habla de feudalismo -o mejor, modo de producción feudal- no se
está haciendo una mera referencia cronológica. Por eso,
posiblemente, América esté más lejos del feudalismo en el siglo XVI
que en el XVIII. Y la realidad de los siglos XVIII y XIX es
incomparable con la que se ha creado en nuestro propio siglo.
La categoría modo de producción feudal no se evidencia en el mero
trasplante de instituciones más o menos medievales sino que
requiere el examen empírico de cómo estaban organizados los
factores de producción. Como se sabe, en el siglo XVI fueron los
metales preciosos (que se daban en abundancia y podían explotarse
con una mano de obra barata) los que integraron las colonias
españolas a un circuito mundial. Las formas de producción no eran
por eso capitalistas pero tampoco (piénsese en la incorporación de
mano de obra esclava) eran feudales.
En los siglos XVIII y XIX, en cambio, cuando los ciclos metalíferos
agotaban sus posibilidades, muchas explotaciones agrícolas se
cerraban sobre sí mismas y creaban formas de coacción con respecto
a una mano de obra "libre" pero escasa. Estos
momentos de "encerramiento" han sido frecuentes
en todos los países de Latinoamérica. Ha habido, es cierto,
episodios de oro, del cacao, del tabaco, del azúcar o del café,
pero sólo han sido eso: episodios. Para muchas regiones la
actividad de una agricultura de mera subsistencia -o de un radio de
comercialización muy limitado- ha sido la regla. En Colombia,
regiones como Antioquia, o el Valle del Magdalena (y con éste, en
parte Santa Fe) vieron disminuir su importancia en el en el siglo
XVIII, en tanto que el Valle del Cauca y la antigua provincia de
Popayán conocían un nuevo ciclo del oro y las regiones de Vélez y
de Girón desarrollaban una actividad manufacturera en torno a los
obrajes tradicionales. El siglo XIX, con el tabaco, presenció un
nuevo resurgimiento -efímero esta vez- de una actividad colonial en
el Valle del Magdalena, en tanto que la provincia de Popayán entró
en una crisis secular hasta que, a comienzos de este siglo y ya
bajo un signo claramente capitalista, volvió a resurgir una
economía agrícola en el Valle del Cauca.
Estos altibajos regionales no pueden estudiarse, evidentemente, sin
una referencia precisa a las oportunidades de un mercado mundial. Y
esto es cierto con respecto no sólo a una producción contemporánea,
claramente capitalista, sino también a épocas más arcaicas, en las
que dominan tipos de producción "tradicionales" o
"arcaicos", es decir, precapitalistas. Pero,
entonces como ahora, por qué unas regiones y no otras? Se trataba,
acaso, del mero azar en la presencia de unos recursos que de pronto
encontraban acogida en los mercados internacionales? La respuesta
se encuentra sin duda del lado de la comprensión del fenómeno
capitalista mismo y de sus espejismos financieros. El guano
chileno-peruano, el salitre chileno o el caucho amazónico
estuvieron, como el oro y la plata, en el origen de fortunas
efímeras, de ciclos de prosperidad repentina que parecían señalar
los límites más propicios de la actividad productiva de estos
países en el suministro de materias primas.
Pero estos son casos extremos. Sobre estos ciclos existió, más o
menos velada, la esperanza (si no la formulación explícita de una
teoría) de que serian un primer motor, capaz de dar un impulso
inicial a otras actividades menos azarosas. Si de un lado estaba el
mercado internacional que favorecía estos espejismos, del otro
persistían estructuras sociales y económicas que asimilaban el
episodio -oro, tabaco, o lo que fuera - y que, una vez
transcurrido, permanecían. La cohesión de estas últimas no estaba
dada entonces por las conexiones evidentes entre un tipo de
producción de materias primas o de frutos tropicales y un sistema
capitalista ya desarrollado sino por un sistema político y social
cuyos fundamentos económicos más profundos quedan por
examinar.
Finalmente. Si se toma como referencia el modelo de una sociedad
feudal clásica para interpretar lo que ocurría en América en los
periodos de "encerramiento", habría que
desconocer las referencias empíricas más evidentes. La formación,
por ejemplo, de lo que Marc Bloch ha llamado "vínculos de
dependencia" -es decir, formas de subordinación personal
difiere tanto del modelo europeo que una generalización de éste
resulta inadecuada. En unos casos se trataba de mestizos y mulatos
sin tierras que se trasladaban de los centros urbanos al campo en
donde hallaban acomodo como peones o "agregados".
En otros, la disolución del sistema de resguardos iba creando
explotaciones parcelarias en lugar del primitivo sistema
comunitario o empujaba a sus beneficiarios hacia zonas menos
propicias. Una vez despojados de sus tierras, los primitivos
pueblos de indios podían quedar también enquistados en medio de las
haciendas como reservas de mano de obra. En el Valle del Cauca,
finalmente, la concentración de esclavos, de mulatos libres y otros
trabajadores en los términos de una hacienda podía dar lugar al
nacimiento de una "parroquia". Todos estos
fenómenos sucedieron sin solución de continuidad al sistema de
"conciertos" indígenas (practicado sobre todo en
el siglo XVII y parte del XVIII) y al empleo de esclavos en
haciendas cañeras, es decir, en un periodo tardío.
De otro lado, cómo asimilar el régimen de la hacienda al que
conocieron las reservas señoriales europeas? Se sabe que los
señores feudales tuvieron que hacer concesiones y aflojar las
coacciones sobre sus siervos en los momentos de crisis demográfica.
La ecuación disponibilidad de tierras y disponibilidad de mano de
obra determina en gran parte la naturaleza de los nexos serviles
que se veían debilitados en los momentos en que escaseaba la mano
de obra y con ello se debilitaba el potencial económico de la
reserva. En América, desde finales del siglo XVI, el proceso de
pauperización demográfica había alcanzado casi sus límites
extremos. Por eso, hasta el siglo XVIII, la disponibilidad de
tierras excedió siempre cualquier incremento demográfico. Sólo a
finales del siglo en algunas regiones y, en general, en el curso
del siglo XIX, la hacienda adquirió rasgos que podrían emparentarse
a los de las reservas señoriales europeas. La mano de obra que iba
surgiendo con la recuperación demográfica (especialmente de
mestizos) quedaba subordinada a una producción agrícola estancada,
en donde los capitales líquidos eran escasos y predominaban los
privilegios de casta mantenidos con la gran propiedad. El uso de la
tierra para cultivos de subsistencia se trocaba por servicios
personales en la hacienda que tuvo entonces la posibilidad de
comercializar parte de sus productos.
En cambio, el modelo de la explotación de las propiedades agrícolas
que conocieron un episodio de producción de géneros tropicales es
diferente. En las postrimerías del siglo XVIII, por ejemplo, el
cultivo del tabaco inauguró un régimen de cosecheros en la Nueva
Granada que vendían al monopolio estatal y pagaban una renta por el
uso de la tierra. En el siglo XIX, el auge de estas explotaciones
en el Valle del Magdalena significó en alguna medida un régimen
salarial que liberó mano de obra enquistada en las explotaciones
más tradicionales de los altiplanos.
De esta manera, no parece conveniente la generalización de un solo
modelo para tipificar, la explotación agrícola precapitalista. Se
requiere seguir en detalle las variantes -muchas veces regionales-
que va adoptando un modo de producción en el sector agrario y
registrar paso a paso las contradicciones que engendra en el
espectro más visible de las relaciones políticas y sociales.
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Para una discusión sobre las limitaciones de la interpretación
de Hamilton Cf. PIERRE VILAR, "El problema de la formación
del capitalismo" (artículo publicado originalmente en
1956) en Crecimiento y Desarrollo, Ariel Barcelona, 1964 p. 139
ss.
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Según D..4. BRADING, sin embargo, "La clase que más se
benefició con las políticas de la monarquía española fue la de los
comerciantes coloniales" (Cf. "Government and
Elite in Late Colonial México S en HAHR. Vol. 53, Aug. 1973 p.408).
Brading se refiere especialmente al período borbónico. Pero aún
así, cabe preguntarse, los privilegios de la Corona llegaron a
afectar realmente la estructura de una formación económico-social
que se iba afirmando desde el siglo XVI? La tensión provocada por
las innovaciones borbónicas, que tendían a privilegiar a los
comerciantes de origen español, y los privilegios asentados de una
casta de "españoles americanos" puede contribuir
a explicar el resultado final de escisión política.
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