|
INDICE
|
|
NUMERO 4.°
RUINAS
DESCUBIERTAS CERCA DE TUNJA EN LA AMÉRICA MERIDIONAL
(Carta del señor Coronel Acosta al señor Jomard).
Guaduas (Nueva Granada), 15 de Febrero de 1850.
Hace ya seis meses que me encuentro en mi país, y usted debe sorprenderse de no haber tenido noticias mías; pero esto ha consistido en la terrible peste de cólera que suprimió la cuarta parte de la población de nuestras costas atlánticas; me detuvo largo tiempo en las bocas del río Magdalena, y me impidió continuar mi viaje. No bien estuve en el interior, cuando me apresuré á llevar á cabo una excursión, y visitar las ruinas descubiertas por mi amigo el señor Vélez.
A una distancia de veinte leguas hacia el norte de Bogotá, y como á seis leguas (al occidente) de la ciudad de Tunja, antigua corte de los Laques, reyes de la mitad de la nación Chibcha, se encuentra un valle, á 1,600 metros sobre el nivel del mar, y por consiguiente á unos 1,000 metros más abajo de las llanuras frías en las cuales se fundaron las ciudades de Bogotá y Tunja. Aquel valle, regado por corrientes cristalinas, sombreadas por sauces de Babilonia y |Echinus molle, ve levantarse en contorno cerros áridos y poblados de cactus, vegetales que se hacen dueños de todo terreno impropio para la agricultura. Aquella es la misma formación cretácea que hace tan áridas las llanuras de la Champaña y el Departamento de Vaucluse (en Francia), y que en muchas tierras ha tomado grandísimo desarrollo. Sin embargo, los antiguos habitantes de este país supieron aprovecharse de ello con la cultura de la cochinilla que se criaba en los cactus, y les servía para darles el bello tinte con el cual teñían los vestidos de los jefes y caciques de una nación que contaba dos millones de almas.
En la parte más plana de aquel valle, en un campo cubierto hoy con sementeras de cebada, campo que mide cerca de quinientos metros de largo y trescientos de ancho, el cual sus habitantes llaman |infiernito, se encuentran sendas columnas sin pedestal, que vi y medí. Aquellas columnas fueron labradas allí por los indígenas, probablemente poco antes de la conquista del país por los españoles. Hállense en dos hileras paralelas, todas iguales y situadas del este al oeste; por consiguiente, se comprende que se dirigían hacia el templo principal del sol, situado en Sogamoso.
Dichas columnas han sido cortadas como á medio metro de la superficie de la tierra, dentro de la cual están enterradas á más de un metro de profundidad, pero no verticalmente.
Medí el ángulo de inclinación de cada una de estas columnas hacia el interior del paralelogramo cerrado por el conjunto, y encontré que su ángulo es de 25 centímetros. En la hilera del sur se ven todavía treinta y cuatro columnas de cuatro decímetros; en la septentrional no existen ya sino doce, situadas á la misma distancia; pero he encontrado á algunos centenares de pasos más al norte una columna entera, extendida en el suelo, y que medía cinco y medio metros, altura original al parecer de estas columnas, cuyos restos mutilados adornan los edificios de las cercanías. En el convento del valle del |Ecce Homo existen treinta y dos, el cual se halla á una distancia de dos leguas hacia el occidente del templo indígena; hay doce en la plaza de la Villa de Leiva, cabecera del cantón, á una legua más ó menos hacia el este, cerca de la cordillera y en el camino que asciende hacia Tunja. Examiné dos más en Sutamarchán, aldea al sur, en el camino de Bogotá.
Todo el valle al oeste está cubierto de piedras, cuyo largo varía de dos metros á cuatro; cinco y hasta ocho decímetros de anchura, y de cuatro á seis metros de altura, con una honda concavidad ó muesca de uno ó dos pies á una de sus extremidades, las cuales siempre se dirigen hacia el este; las muescas evidentemente fueron labradas para poderlas atar y arrastrar, á impulso de brazos, hasta aquel sitio, á fin de que sirvieran para cubrir el templo; las más largas están situadas horizontalmente sobre las columnas, y las otras parecían preparadas para formar el techo ó ático del edificio. Conté un centenar, desde la más distante, sacada del río Ubasa, á más de ocho leguas al norte. Todas estas piedras son de asperón verde, y alternan con las capas superiores del terreno neocomiano. El asperón es muy duro y difícil de labrar, y como los indios no disponían sino de instrumentos de |silex de piedra |lydiana, les costaba trabajo ímprobo cortar las rocas en el sitio mismo; así pues, tenían que apelar á buscar por todas partes rocas sueltas, cuyas dimensiones fueran poco más ó menos como las que necesitaban. Solamente las columnas cilíndricas pedían muchos brazos para transportarlas, y así los indios inventaron fácilmente un anillo de madera, con el cual obtenían cierta regularidad en el corte de aquellas piedras.
Como usted sabe, yo tengo algún conocimiento, merced á mis estudios, del estado de cultura en que se hallaban los chibchas en la época del descubrimiento de su territorio por los españoles, así es que creo y afirmo que la empresa de construir un templo de piedra, no les era imposible, si nos fijamos en los conocimientos que poseían; por consiguiente, debemos abandonar la idea de una raza más avanzada en civilización para explicar estas ruinas.
Envío á usted un diseño dibujado del templo, con las medidas que de él tomé; esta no es una restauración, puesto que dicho monumento no fue jamás edificado en su totalidad; las vigas (como los habitantes del país llaman esas piedras) no habían llegado todas á su destinación probablemente, pero lo que existe bastará para dar á usted una idea del proyecto de construcción de nuestros indios. Nada más natural entre los jefes despóticos (como eran los Zaques de Tunja) que el deseo de mandar construir un templo ó un palacio en un país cuyo clima era delicioso, distante apenas algunas leguas de la capital de sus dominios, sita en clima frío. Los Zipas de Bogotá tenían casas de recreo en los valles más temperados de la cordillera, en las cuales pasaban los meses más destemplados del año, cuando el clima de Bogotá es desagradable.
Confío en que durante mis futuras excursiones encontraré ruinas más antiguas; pienso visitar próximamente el nacimiento del Magdalena; entre tanto, envío á usted una descripción grabada en hueco sobre unas rocas porfíditicas de las orillas del Magdalena, en la provincia de Neiva, que copiaron para enviarme, y las cuales usted puede comparar con otros caracteres americanos.
Pronto recibirá usted la descripción de los lugares en que se encuentran, lugares que espero visitar dentro de poco. Reciba usted, etc. etc.
JOAQUÍN ACOSTA.
(Traducido del francés).
(Véase |Bulletin de la Société de Géographie, Mai 1850).
En otro |Boletín de la Sociedad de Geografía el sabio M. Jomard escribió el artículo que traducimos á continuación:
EXPLICACIÓN DE UN DIBUJO RELATIVO AL MONUMENTO DE TUNJA Y Á LAS FIGURAS GRABADAS EN LAS ROCAS
(Nueva Granada).
El señor Coronel Acosta envió dibujos de las ruinas de un antiguo templo (ó palacio), situado cerca de Tunja (Nueva Granada), obra de los antiguos muíscas ó chibchas; este dibujo, demasiado incompleto, debe explicarse. El interés que presenta la cubierta de un antiguo edificio columnario en el Nuevo Mundo, nos obliga á hacer algunas explicaciones; así, pues, volveremos á la descripción hecha por el señor Vélez, el autor del descubrimiento en 1846. Allí se encuentran algunas que el señor Acosta no menciona en la visita que hizo en aquellos lugares tres años después. No es, sin embargo, muy difícil armonizar las dos descripciones, cuya diferencia principal consiste en que el señor Acosta cree que las construcciones no fueron anteriores á la aparición de los españoles sino pocos años, es decir, que son del siglo xv, mientras que el señor Vélez, al contrario, piensa que remontan á una grande antigüedad.
Los dos viajeros se unen en la disposición de la columnata doble y dirigida del este al oeste, sobre dos hileras .paralelas.
El señor Vélez cuenta 29 columnas fijas en su lugar y enterradas en fila; el señor Acosta cuenta 34 (pueden éstas haberse descubierto en el intervalo de tres años); sobre la otra hilera el señor Acosta cuenta doce. Han llevado á Leiva, Moniquirá y Ramiriquí, y á otros puntos, á más de dos leguas de distancia de las ruinas, columnas idénticas, y por otra parte, el suelo está cubierto de trozos truncos de columnas y piedras en una extensión de dos millas.
Estas columnatas pertenecen, pues, á un edificio - templo ó palacio-muy extenso. El espacio que ocupaba, según el señor Vélez, no bajaba de 41 metros por 18 2/3; 45 varas por 22, pero este espacio era quizás más extenso. El intercolumnio no es sino de 42 centímetros; el diámetro de 4; el largo de las columnas de 5 á 5 1/2 metros. La medida de 5 metros ha sido tomada sobre una columna entera, extendida en el suelo. Las columnas no tienen ni capitel ni base, pero están bien trabajadas.
Lo singular de aquella arquitectura consiste en la inclinación de las columnas hacia el horizonte; el ángulo medido por el señor Acosta es de 25°; debería tener, empero, un techo que se apoyaría sobre aquellas columnas oblicuas. Según el largo de las columnas, la distancia entre unas y otras y su inclinación, se comprende que el ancho del techo debería medir 8 metros; pero no se encuentran en el suelo sino piedras que no miden más de cuatro metros de largo; indudablemente, pues, hubo de haber en el centro, como lo piensa el señor Acosta, una hilera de columnas ó pilares. Según el diseño, se creería que las piedras del techo tendrían unos ó metros de largo, pero la descripción carece de pormenores acerca de esta parte de la construcción; debemos, por consiguiente, no hacer conjeturas sobre una disposición arquitectónica bastante extraña. En vista del dibujo, es imposible adivinar si había en la punta del edificio una entrada principal, si un techo cubría toda la longitud de él, y el objeto de la parte cubierta. Se desearía, pues, que se hiciesen allí nuevas exploraciones, y que este antiguo monumento, único de su especie que se conoce, fuese estudiado cuidadosamente por la Academia de Bogotá y por su célebre Presidente, el doctor Restrepo.
JOMARD.
|