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NUMERO 2.°
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL GLOBO

 

( De El Globo, de París, número 36, del 11 de Noviembre de 1826 )

EL ESTADO ACTUAL DE LA AMÉRICA ESPAÑOLA

Dos acontecimientos 'merecen hoy que se fije la atención pública sobre la América Meridional, á saber: I.°, la división que se ha manifestado entre las provincias orientales y las provincias occidentales de Colombia; y 2.°, la nueva Constitución que Bolívar acaba de presentar á la República del Alto Perú. Estos dos hechos no son por cierto acontecimientos accidentales. Ellos tienen sus raíces profundas en el estado actual de las poblaciones americanas, y demuestran que empieza para ellas un nuevo orden de sucesos.

Los que piensan que la revolución de la América Meridional está concluida, se equivocan altamente. Concluida la emancipación de la América Meridional, falta ahora la organización de este vasto Continente, y esto aún no ha empezado. Esta es una cuestión no menos grave que la primera, y no se llevará á cabo tan pronto. Durante la época en que la Independencia no estaba segura en todas partes, no se ocuparon seriamente en organizarla. Bastaba entonces preconizar constituciones hechas de prisa; pero hoy, cuando todo está concluido y no queda ya un solo español en el suelo americano, el problema de su organización aparece y turba los espíritus. Examinemos las fechas: fue al fin de 1825 cuando Rodil entregó el Callao; al principio de 1826 Venezuela pide un sistema federativo, y Bolívar rompe lanzas con la democracia.

Todo esto es natural; la necesidad de la Independencia está satisfecha ya, pero falta saber cómo se vivirá, y al momento aparecen actos y hechos que se suceden unos á otros; los espíritus se enardecen, y entonces se apela á la fuerza, hasta que se resuelve la cuestión. De allí surgirá una nueva serie de acontecimientos que señalarán la segunda época de la revolución amé rico-española.

Esta segunda época, que tendrá sus héroes y sus batallas, sus glorias y sus catástrofes, empieza ya á nuestra vista. A pesar del aspecto pacífico con que se presenta, tememos que sea mucho más larga y tempestuosa que la primera.

La revolución en las colonias españolas fue empezada por los criollos solos. Con efecto, era á ellos á quienes hacía más daño la dominación española, y á quienes debería aprovechar más la Independencia. Tanto á los propietarios como á los negociantes, el régimen colonial (que sólo procuraba favorecer á la metrópoli) ponía en mal predicamento los artefactos americanos, oponiendo una barrera invencible al desarrollo de sus industrias. Siendo iguales por la sangre á los españoles, por haber nacido en América se les excluía de los empleos públicos y se veían gobernados siempre por forasteros. Con el objeto de destruir este régimen, es decir, para obtener la libertad de su comercio y un gobierno americano, fue que los criollos se insurreccionaron. Toda la raza blanca americana, sacerdotes y laicos, nobles y pecheros, indistintamente, se encontraron reunidos. Intereses claros y positivos les pusieron las armas en la mano: nuestras ideas liberales y filosóficas no tenían allí parte alguna.

Las dos razas mezcladas, es decir, los mulatos y los mestizos, participaban más ó menos de los privilegios de los blancos, y por consiguiente de sus agravios y de sus esperanzas, así fue que los acompañaron naturalmente en aquella grande empresa.

Pero los indios, los negros y la raza formada por esa mezcla, que dependían de las otras razas como esclavos ó bajo una sujeción humillante, no tenían interés alguno en revolucionarse. Poco les importaba que sus amos fuesen ó no fuesen independientes (de España). Fue preciso, para que los acompañasen, hacerles promesas de libertad y de igualdad, y bajo la fe de esas promesas se lanzaron en la lucha. Esa cooperación fue de mucho peso para los revolucionarios, sobre todo en Colombia y el Perú.

Esta unión de todas las razas y poblaciones americanas para llevar á cabo un hecho palpable que nada tenía de metafísico, como era el de arrojar á los españoles del Continente, tuvo por resultado un esfuerzo vigoroso y rápido, el cual, en el espacio de diez años, echó por tierra la dominación española en América.

Pero hoy, cuando ya se ha conseguido el objeto de la lucha, es evidente que esta bella y grande unidad de sentimientos se perderá y desaparecerá. Al objeto claro y sencillo (de la emancipación) le sigue ahora otro más complicado y muy metafísico en sí, á saber: cuál será la mejor organización social (de esas repúblicas). Renacen los odios entre las razas, y las preocupaciones del color reaparecen; el orgullo de las clases, las pretensiones de los linajes, arraigadas con la costumbre de una jerarquía social de tres siglos; las emulaciones entre las provincias, las rivalidades entre las ciudades: todo esto se reanima. Veinte jefes ambiciosos, que pertenecen á razas y condiciones diferentes, y por consiguiente apoyados por turbas enemigas, aguardan su recompensa y se examinan con mirada amenazadora. Añádase á esto una. ignorancia profunda y general, una civilización desigual, una, vehemencia de pasiones y una obstinación de carácter poco común, y se comprenderá cuáles son las semillas de discordia que fermentan en el suelo de América después de su emancipación.

Para que haya orden en las ideas de nuestros lectores acerca del porvenir del Nuevo Mundo, y ofrecerles una base clara para que se fijen y comprendan los acontecimientos que tendrán indudablemente lugar en América, vamos á clasificar aquí las principales causas de división que creemos haber notado.

I.° La diferencia de las razas. Todas han combatido por la independencia; todas han presentado durante la guerra jefes distinguidos; todas están armadas, y además la raza blanca ha ofrecido que todos serán iguales y libres. Ellas pedirán la ejecución de esas promesas, pero el orgullo y las preocupaciones de los criollos no se plegarán sino difícilmente á esta nueva fraternidad, así como tampoco á una igual distribución de empleos, lo cual serán puntos que no podrán aceptar sin lucha.

2.° La desigualdad en la civilización. Esta se encuentra en las nuevas repúblicas en todos los grados, desde el salvaje hasta el gran señor europeo. Semejante cosa produce una gran diferencia en las costumbres, en los hábitos, en los gustos y en las ideas, y á todo esto no será fácil acomodar las instituciones. No se puede prever todavía cuáles serán los resultados de ello, pues la historia no nos ofrece otro ejemplo. En los Estados Unidos los negros han permanecido esclavos y no se han incorporado á los indios entre la población.

3.° Las jerarquías sociales y sus condiciones. La raza blanca cuenta con una nobleza rica y poderosa; ella posee, junto con los frailes y los clérigos, el suelo y los terrenos; se había puesto á la cabeza de la revolución, á la cual ofreció los mayores servicios. Por una parte, la masa del pueblo formaba los ejércitos que derribaron el poder de España, así es que los mulatos y los mestizos se encuentran unidos con los blancos en sus intereses democráticos; por otra parte, la aristocracia, unida y apoyada por el clero, aspira ciertamente á una forma de gobierno que entregue en sus manos el poder arrancado á la metrópoli. Será preciso ver de qué manera el pueblo y su jefes se adhieren á estas pretensiones.

4.° Las rivalidades de las ciudades, de las provincias y de las repúblicas. Engendrados por el régimen anterior existen en las colonias españolas una multitud de rivalidades y de odios, los cuales provienen de los privilegios que habían obtenido algunas provincias. Otros nacieron en medio de la guerra de la emancipación. Lima, que era un grande emporio y la residencia de la dominación española, era detestada por Chile yo Buenos Aires. Chile odia á Buenos Aires por la influencia que esta última república ha tenido en sus asuntos en los principios de la revolución. El Virreinato de Nueva Granada y la Capitanía de Venezuela miran con horror su reunión; Guatemala teme á México. En general, los americanos conservan el régimen español tal como se arreglaba en Madrid, pero tienen una grande antipatía á toda autoridad lejana. De allí proviene que en general se aborrecen las capitales, y de allí aquella tendencia al sistema federal que se manifiesta ya en varios puntos y que ha ocasionado una división frecuente en América; de allí, en fin, el poco éxito que obtuvo el Congreso de Panamá, del cual los Estados del sur no quieren oír hablar.

5.° La oposición de las teorías clásicas del Gobierno con la ignorancia y el estado moral de América. Varios de los personajes mas influyentes se han preocupado con esto; ellos son los que han impuesto á los diferentes Estados las Constituciones que los rigen y que han tenido tan malos resultados. Los americanos no las comprendieron, así es que las Asambleas deliberantes no deliberaron debidamente, y con este motivo los jefes militares son los que han gobernado, según su capricho. Cuando sus arbitrariedades pasaban la medida, el ejército ó el pueblo se insurreccionaba, y levantaba al poder otro general. Es de temerse, ó más bien es cosa inevitable ya, que se hagan ensayos de toda especie, antes de que la fuerza de las cosas forme al fin un gobierno que se ajuste á la sociedad americana, y la levante hasta las formas que convienen á las naciones civilizadas, y dé por tierra con esa fuente abundante de revoluciones y agitaciones.

6.° La ambición y rivalidades de los jefes militares...( |Aquí el autor hace una reseña no muy clara ni muy exacta de los acontecimientos que habían tenido lugar en Venezuela, Nueva Granada, Perú, Chile y Buenos Aires, pero que no insertamos por parecernos inconducentes).

8.° Por último, la fijación de los límites entre las nuevas naciones debe contarse entre las causas de división que amenazan á América...

... Podríamos nombrar, por cierto, muchas otras causas de desorden que fermentan en América, pero creemos que bastan las que hemos indicado, que son las principales, y con esto los lectores comprenderán la situación de América, y prepararán su inteligencia para darse cuenta de los hechos que allí se preparan.

¿ Qué vemos en América? Millones de hombres como nosotros, pero más desgraciados y menos civilizados, que llegan á la escena del mundo para ganar con el sudor de su frente, y después de largas agitaciones, un poco de felicidad y de libertad.

Al ver aquellas poblaciones desconocidas, pobres, ignorantes y semibárbaras, que llegan al fin á la vida política después de tres siglos de una servidumbre desigual, pero general, y que van á recorrer á su vez las vías trágicas de la historia, sentimos aquella melancolía del hombre maduro al lado de la cuna de un niño. Pero cuando recordamos que esa inmensa América, con sus altas montañas, sus ríos sin fin, sus extensas llanuras, es el teatro en que aparecen esas nuevas naciones; cuando reflexionamos en aquella multitud de hombres de todos colores y razas, inspirados por las pasiones y las prevenciones ó creencias del resto del mundo, entonces la ternura se convierte en interés, y el espectáculo se hace tan solemne, que nuestra alma entera se recoge para saborear lo que nuestra imaginación nos señala.

...Sentados tranquilamente sobre las riberas de otro mundo, ¿ qué podemos hacer de más noble durante los ocios que nos deja nuestra civilización, sino contemplar la manera como otros hombres se civilizan ?

T. J.

 

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