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CAPITULO VIII

Situación de Nueva Granada bajo la administración del General López. Los conservadores se declaran en rebelión. -Acosta desaprueba la insurrección. - El Poder Ejecutivo lo llama al servicio activo.-Carta explicativa de su conducta al señor Madrid.-El Poder Ejecutivo lo asciende á General.-Tristeza de Acosta con motivo de la situación del país.-Su muerte.

1851-1852

 

La situación política del país se iba agravando diariamente; la efervescencia de todos, el triunfo de los liberales y sus actos injustos en todas partes con respecto al partido vencido, y aun cruelísimos en el Cauca, en donde cazaban á los conservadores como á esclavos alzados, hasta el punto de azotarlos en nombre de la libertad y la democracia; la desesperación de los miembros del partido perseguido, que procuraban defender su vida y sus propiedades de las exigencias de las llamadas sociedades democráticas que se habían establecido en todas las ciudades y aldeas; los crímenes de toda especie que se cometían en los despoblados; todo aquello llegó al colmo cuando el Gobierno decretó la expulsión de la Compañía de Jesús, orden religiosa que, como recordará el lector, se había llevado á Nueva Granada durante la administración del General Herrán.

Como naturalmente el señor Arzobispo de Bogotá protestó contra este abuso, así como contra otros muchos que se decretaron contra el clero, el Arzobispo fue expulsado del territorio de la República, después de haberle hecho sufrir increíbles vejámenes.

Los conservadores resolvieron entonces apelar á la insurrección, remedio heroico, pero que rara vez surte los efectos que desean los que lo ponen en planta. Levantáronse en armas primero en Pasto, en Mayo de 1851, y después en Antioquia y el Tolima.

Acosta, retirado en Guaduas, contemplaba desde lejos aquellos acontecimientos dolorosísimos, lamentando la debilidad de los congresistas que eligieron al General López de miedo de ser asesinados, pero decidido á no tomar cartas en el asunto. Se encontraba un día en una pequeña propiedad campestre que tenía en el alto del Raizal, y donde pasaba temporadas para gozar del clima delicioso de aquella altura, cuando recibió la visita de un antiguo militar de la Independencia, amigo íntimo de su familia. Iba á proponerle que tomase una parte activa en la revolución que preparaban los conservadores de Cundinamarca.

"-Jamás, contestó Acosta, me verá usted tomar las armas en contra del Gobierno legítimo, manéjese como se manejare; esta es y será siempre la regla de mi vida.

"-López, le contestó su interlocutor, fue elegido por la fuerza. Los congresistas votaron por él con la bayoneta sobre el pecho.

"-Pero votaron por él, amigo mío, y consta que lo eligieron con la mayoría necesaria!...... Si ese acto errado nos perdió, tenemos que sufrir su pecado, pero un militar que se respeta no puede sacar su espada sino para defender al Gobierno y las leyes que rigen en su país."

El señor X. X. insistía y aseguraba que tenían tomadas todas las medidas para triunfar. Acosta se negó rotundamente á oír cosa alguna acerca del proyecto; el otro entonces llegó hasta insinuarle que, si triunfaba la proyectada revolución, él (Acosta) era un hombre tan respetado entre el partido conservador, que hasta se había pensado en él para la primera magistratura de la nación. Semejante oferta, en lugar de persuadirle le indignó, y suplicó á su amigo que, si deseaba conservar su estimación y su afecto, cortara aquella conversación; que él olvidaría cuanto le había dicho, y que dijera á sus compañeros que no contaran con él para cosa que oliera á rebelión; aconsejóle que, al contrario, hiciese lo posible para disuadir á sus amigos de semejante proyecto, asegurándole que aquello,, en lugar de un bien para el partido conservador, sería un mal, porque de seguro triunfaría el Gobierno, y entonces en peor predicamento quedaría el partido, y con menos esperanzas de recuperar algún día el poder.

Su amigo se retiró, pero no siguió los consejos de Acosta, sino que tomó parte en la pronta sofocada revolución, y tuvo que sufrir encarcelamientos y vejámenes.

El General López, que conocía á fondo el carácter de Acosta, y sabía que, si tocaba el resorte de la honra militar, él no podría negarle sus servicios, y deseoso al mismo tiempo de debilitar al partido conservador, poniendo de su parte á un importante miembro de él, lo llamó al servicio militar activo, fundándose en la necesidad que tenía el Gobierno de jefes de experiencia en el ejército. Acosta no pudo excusarse; aunque sumamente contrariado con la falsa situación en que se le ponía, obedeció al llamamiento del Gobierno; se puso á la cabeza de una tropa, y al lado del General Mendoza peleó en Garrapata, derrotando á sus amigos políticos. De allí marchó á Antioquia, en donde cumplió las órdenes del Gobierno con toda lealtad, y concluida la insurrección regresó á Guaduas, con intención de continuar entregado á sus estudios científicos y lejos de la política.

Tenemos á la vista una carta que escribió Acosta al señor Madrid, parte de la cual importa transcribir, porque explica su conducta.

" Guaduas, 13 de Agosto de 1851.

"Mi muy apreciado amigo:

"Si yo lo imitara á usted, no contestaría á su carta sino dentro de seis meses; mas esta es una de las poquísimas cosas en que usted no debe ser imitado, y por esto apenas me he desocupado de mis penosas funciones militares, tomo la pluma para escribir á usted...

"La noticia de la prisión de mi bueno y antiguo amigo Joaquín París, ha producido en mí y en toda mi familia la más dolorosa sensación, y Carolina, Solita y yo comisionamos á usted para que lo diga á Mariquita, Virginia, Vicente (Roche), Pedro María y demás, y pedimos nos digan qué podemos hacer por aliviar sus penas.

"Estoy convencido de que el General París no pretendía hacer un pronunciamiento militar; él, que aprobaba tanto la cláusula del testamento de Acevedo en esta materia, ¿cómo había de querer perder el derecho de llamar faccioso á José María Obando ? ( |1 )

"Entre tanto, no me sorprende la moderación relativa de que usted me habla: I.°, porque el sacudimiento ha debido hacer reflexionar á muchos; 2.°, porque los clamorosos bochincheros están por acá, como los Morales, etc. Respecto de la columna formada en Honda, que acompañé hasta Peladeros, puedo asegurará usted que, con excepción de X. X., que nadie puede sufrir, todos, jefes, oficiales y tropa, manifiestan principios constitucionales sanos; ningún espíritu de reacción, antes sí moderación y generosidad, de lo cual ya les están haciendo un crimen los jacobinos de Honda. Después del combate de Garrapata no se oyó sino |Viva el Gobierno legal! y |Vivan los Jefes de la columna! Ningún muera, ningún viva á Obando ni á los democráticos.

"Ojalá que en todas partes el ejército mostrara el mismo espíritu; esto serviría de valla á ciertas pretensiones exageradas, y por esto es que el señor Useche no estaba contento con nosotros. Por lo que á mí hace, ya pasó el peligro, ya me he retirado á mi casa, triste, pero con la conciencia tranquila, después de haber cumplido con un penoso deber. ...

"No es gracia sostener un gobierno de elección propia; la gracia es hacer todo esfuerzo por defender un gobierno cuyos principios y fines se condenan y se deploran. Cualquiera que sea mi opinión respecto del derecho de insurrección en los pueblos, se lo niego enteramente á los militares, en América sobre todo, en que el abuso de las defecciones y los pronunciamientos de los caudillos militares han mantenido las nuevas repúblicas en un estado de postración por cerca de medio siglo.

"Al Presidente escribí hace cuatro días pidiéndole permiso para retirarme á mi casa, diciéndole que se tuviera entendido que yo no cesaba de pertenecer al partido de la resistencia á las reformas precipitadas é inconsultas, que son el blanco de muchos de los que hoy toman parte en la deliberación de los negocios públicos."

La salud de Acosta nunca había sido robusta, á pesar de su grandísima actividad, pero ésta acabó de quebrantarse con la última campaña de 1851, las penalidades de la cual se aumentaban con la pena inmensa que le causaba el tener que combatir y trabajar contra sus amigos para sostener un gobierno cuyos hechos desaprobaba.

En Agosto de 1851 el Poder Ejecutivo le había conferido el grado de General, nombramiento que fue ratificado por el Congreso, pero que en nada llevó la satisfacción á su corazón, herido con los males de la patria.

Cuando al empezar el año de 1852 lanzaron. los liberales la candidatura del General José María Obando para el siguiente período constitucional, su tristeza fue aún mayor; no podía conformarse con que su patria sufriese la humillación de tener por Presidente al matador de Sucre. Por otra parte, Guaduas, el pueblo que había sido de sus mayores casi desde la conquista, aquel lugar predilecto de su corazón, en cuyo favor había hecho tantos sacrificios, ( |2 ) lo miraba con desconfianza, y las sociedades democráticas allí establecidas le causaban incesantemente toda suerte de disgustos. Aquello, sin embargo, no le impedía trabajar sin cesar en pro del bien y del progreso de ese lugar, así como jamás se le vió rechazar al que le pedía socorro, ni dejar de acudir al que sufría: los que vivían en sus tierras veían en él á un padre más bien que al dueño de tierras.

La hora de su muerte prematura se acercaba, y mil presentimientos se lo hacían comprender. Temerosas, sin embargo, de dejarnos llevar por un sentimiento de piedad filial, que podría tachársenos de exageración al concluir esta biografía, dejaremos que tome la palabra en nuestro lugar el señor doctor José María Samper, el esposo querido de la que esto escribe, el cual también, á su turno, se ha hundido en las sombras de la muerte, después de una vida de sacrificios patrióticos que sus conciudadanos han olvidado, pues esa es la suerte de todo el que sirve á su patria con verdadero desinterés y abnegación. Dice así:

"La ciudad de Guaduas debió mucho á la generosa solicitud de Acosta, y en su testamento dio éste marcadas pruebas de aquella filantropía nunca desmentida. Era un verdadero patriota para servir á la República.

"Su fallecimiento mismo fue lamentable testimonio de la generosidad de su corazón. En Enero de 1852 encalló en las cercanías de Conejo, en el río Magdalena, el hermoso vapor de este nombre, con muy valiosos intereses. Tan luego como lo supo el General Acosta, reunió á muchos de los arrendatarios de sus tierras, y con ellos hizo expedición á Conejo, por vías desiertas y fragosas, con el fin de salvar el vapor |Magdalena. ( |3 ) Logró ponerlo á flote y en salvamento casi todo lo que contenía, lo que hizo á su costa y soportando muchas penalidades; pero allí contrajo una fiebre que comprometió muy seriamente su salud. Comenzaba apenas á reponerse, cuando hubo de dirigir piadosamente en Guaduas la exhumación de los restos de su más íntimo amigo y más querido, el pundonoroso y estimable General José Acevedo. Los miasmas que con tal motivo aspiró Acosta, le ocasionaron al punto una terrible fiebre, por cuya causa sucumbió en breve, cuando estaba en posesión del empleo de Senador, acababa de ser ascendido al generalato, y se preparaba para emprender en el país nuevas y muy importantes exploraciones científicas.

"El fallecimiento de Acosta privó á los cuerpos parlamentarios y científicos de un miembro eminente; á las, ciencias y la historia, de uno de sus más ilustres servido res americanos; á su patria, de un hombre de clarísimo ingenio, vasto saber, espíritu agudo y sagaz, y amor infatigable al trabajo; hombre que, por su desinterés y su carácter nada ambicioso, hubiera podido todavía prestar muy valiosos servicios á la causa de la civilización, es decir, de la verdadera libertad, la investigación de la verdad y del sano progreso." ( 4 )

 

1
He aquí la cláusula del testamento del General Acevedo, á la cual se refiere Acosta
... |Ítem declaro: que desde antes de cumplir yo la edad de trece años y medio he servido á la patria en la carrera de las armas, sin faltar jamás á la lealtad y honradez que heredé de mis venerados padres; y que por escala he hecho mi carrera desde soldado hasta General, |sin haber tenido parte ni la menor ingerencia en revolución, pronunciamiento ni trastorno alguno contra el Gobierno constitucional de la República, á cuyas instituciones republicanas he permanecido constantemente fiel, obrando siempre con entera buena fe y probidad.
(Véase |Biografía del General José Acevedo Tejada, por Alfonso y Josefa Acevedo).
2
A la villa de Guaduas donó, además del terreno en que estaban la iglesia y el cabildo, dos solares para las escuelas de niños y niñas, una plazuela que lleva el nombre de Herrán, otra que debe quedar cuando la población se extienda al occidente, (hoy lleva el nombre de Acosta) y trajo un magnífico reloj, (que aún existe) que él mismo hizo colocar en la torre de la iglesia Parroquial, y dejó una fundación para premiar cada año al niño que más se distinguiese en la escuela.
|Biografía del General Acosta, por don Januario Triana. Bogotá, 1853.
3
Lo último que escribió Acosta fue un informe circunstanciado dirigido al |Presidente de la Compañía nacional de Navegación por el vapor, informe que enviaba espontáneamente, con el objeto de indicar los medios que se debían tomar para facilitar el tránsito de los vapores de Conejo á. la Madre de Dios; además, hacía una reseña aproximativa del costo que aquellas reformas podrían causar, y un plano explicativo del lecho del rio Magdalena, en loa puntos más peligrosos para la navegación.
4
|Galería nacional do hombres ilustres ó notables, colección de bocetos biográficos, por José María Samper, página 75. Bogotá, 1879.

 

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