CAPÍTULO IV
Regreso á Bogotá.-Amagos de guerra.-El General Santander. - Supresión de los conventos en Pasto y su consecuencia. -Insurrección y combates. - Los sindicados en el asesinato del Mariscal Sucre. - -Alzamientos en diferentes partes.-Los partidos,-Acosta y el partido de oposición. - |La Tira.-Acosta en el Congreso. -Ataques que se hacen en el Congreso al General Santander.-Muerte de éste - Obando se lanza á la guerra.-Acosta toma las armas. - Neira defiende á Bogotá.-Agitación de la capital. - Muerte de Neira.
| 1839-1840
Acosta salió de Quito á mediados de Diciembre de 1838. El Gobierno ecuatoriano había puesto á su disposición un buque de guerra, y en él se dirigió al puerto de Buenaventura, y de allí por tierra al valle del Cauca, que visitó; cruzó después el Quindío; se detuvo á descansar en Ibagué; atravesó las llanuras de la provincia de Mariquita (hoy Departamento del Tollina); pasó por Piedras, Guataquí, La Mesa, y llegó á Bogotá en los momentos en que se preparaba una deshecha tempestad política.
Desde que existía la Nueva Granada, la República se había conservado en-paz, paz que se había apenas turbado por las iniciadas conspiraciones de Sardá, las cuales, como hemos visto, no se habían llevado á efecto. Desgraciadamente, el elemento de guerra y disputa se conservaba activo, y la hoguera de odios y disensiones era atizada por e! General Santander, quien no podía sufrir ya que otro gobernase en su lugar, y que su opinión no rigiera sola en el país. Sin embargo, no había medio en realidad de formular una queja clara y tangible contra la administración Márquez, y la oposición se contentaba con vociferar contra el supuesto despotismo del Presidente, y comentar los actos del Gobierno agriamente, usando á veces de armas impropias de un magistrado que había ocupado el primer puesto en la República, y cuyas dotes no se podían negar, ni tampoco los servicios que había prestado á la patria.
¡Cuánto duele ver á un hombre como aquel empeñando su reputación en oscuras luchas y nublando su nombre en tristes altercados! La ambición en estas Repúblicas hace perder la dignidad á los hombres de mayores méritos, los cuales tienen que rebajarse para tomar parte en miserables intrigas, de manera que al fin ellos mismos no saben si combaten por el bien de su patria ó por vengarse de sus enemigos!
En el entretanto había pasado en el Congreso un proyecto de ley por el cual se suprimían los cuatro conventos de frailes menores que subsistían en Pasto, proyecto que fue apoyado por todos los partidos por muchas razones, y se mandó que las rentas de los suprimidos conventos se adjudicasen á misiones de indios salvajes.
Esta supresión juiciosa y conveniente fue el botafuego que incendió la latente revolución. ( |1 ) El Gobierno comprendió en el acto que se tuvo noticia en Bogotá de los alborotos ocurridos en Pasto, que aquello podría ser muy serio, y nombró al denonado General Herrán jefe de operaciones en el Cauca, creyendo que dicho militar podría hacer entrar en su deber á los insurrectos. Aquel nombramiento disgustó al General J. M. Obando, quien creyó que á él debía tocar esa misión, y, según dice el General Mosquera, se llenó de cólera cuando supo que Herrán había sido comisionado para ir al Sur. Sin vacilar entonces tomó partido en favor de los pastusos, los cuales eran antiguos compañeros de armas suyos, no solamente en la época en que era realista, sino en aquélla en que deseaba entregar las provincias del Sur al Ecuador.
Después de repetidos combates por lo riscos y montañas de la provincia de Pasto, al fin el General Herrán quedó dueño del campo al alborear el año fatal de 1840. Sin embargo, no todos los guerrilleros se habían entregado, y quedaban partidas diseminadas en diferentes partes, y era indispensable, ante todo, apresar á uno de los jefes más adictos al General Obando en épocas anteriores: á Andrés Noguera. Yendo en persecución de este cabecilla, las tropas del Gobierno dieron con unas cartas del General Obando y de Antonio Mariano Álvarez, las cuales complicaban de una manera muy grave á esos dos militares en el asesinato del Mariscal Sucre, ocurrido en aquellas montañas en 1830.
No bien llegó la noticia á Bogotá, en donde se hallaba el General Obando, el cual había marchado de Popayán cuando llegó allí el General Herrán en persecución de los alzamientos de Pasto, cuando éste, según dice el General Posada en sus |Memorias, "comprendió lo difícil de su posición en esta capital, temiendo ser preso y remitido con escolta á Popayán," como lo pedía el juez de primera instancia de Pasto, resolvió partir espontáneamente para el Cauca, y pedir que le juzgasen allí.
¿A qué había ido Obando á Bogotá en los momentos en que Herrán procuraba debelar una insurrección, con la cual él (Obando) simpatizaba abiertamente? En la |Vida del doctor Cuervo encontrarnos trozos de la correspondencia de un amigo del señor Cuervo, que le escribía sobre el particular. Dice que en Bogotá se hacían mil conjeturas acerca de aquel viaje. Algunos decían que había ido á trabajar contra el General Herrán, á hacerse amigos en la capital y popularizarse; otros decían que su propósito era desafiar al General Mosquera, lo cual efectivamente sucedió, siendo el Teniente Coronel Acosta padrino de Mosquera, pero, según dice el corresponsal del señor Cuervo, no corrió sangre, ambos tiraron al aire; tuvieron después tina explicación, y volvieron juntos tuteándose y en apariencia en armonía. Sin embargo, la reconciliación era aparente, pues los odios de aquellos dos caudillos causaron la terrible revolución que colmó de reales á Nueva Granada en el año que empezaba.
Entre tanto, Obando se había constituido preso en Popayán, y de allí con toda consideración fue remitido á Pasto con un capitán y gran número de amigos del acusado del asesinato de Sucre. Como era natural, el acusado no llegó nunca á Pasto, prefirió quedarse en el camino y encabezar la guerrilla que le tenía preparada su antiguo amigo Andrés Noguera, devolviendo al capitán que le servía de escolta á Popayán, á dar cuenta de lo sucedido.
Sin embargo, Obando comprendió que no era tiempo todavía de lanzarse en una revolución seria, tanto más cuanto que el General Santander no había aprobado su conducta en aquellas circunstancias. Obtuvo una conferencia con el General Herrán, y éste, deseoso de evitar mayores males, perdonó todo, y personalmente le acompañó á Pasto, en donde Obando prometió someterse á juicio si no lo reducían á prisión, sino que quedaría libre bajo su palabra en una casa particular.
En esos días el Coronel Vanegas, que se había alzado en armas en Vélez, fui batido por las fuerzas que comandaba el Coronel Manuel M. Franco; de manera que cuando se reunió el Congreso el I.° de Marzo de aquel año, había fundadas esperanzas de que las facciones habían perdido su fuerza, y que la República tendría juicio suficiente para rechazar la subversión del orden público que los ambiciosos preparaban en muchas provincias.
Los partidos se habían afirmado ya claramente; el que encabezaba el General Santander se titulaba |Progresista ó liberal, y el que sostenía á Márquez á quien éstos llamaban |retrógrado lo formaban los hombres pacíficos, amigos del orden y de las leyes, la parte juiciosa de la nación; partido que entonces aún no se llamaba |conservador, pero que era el que sostenía las opiniones de los conservadores del día presente.
Acosta al regresar del Ecuador había vuelto á encargarse de sus clases en la Universidad (de química), de la dirección del Observatorio, del Museo y demás cargos gratuitos que desempeñaba. Además, escribía en los periódicos con su nombre ó anónimo, con lo cual hacía cruda guerra al partido de oposición. Con el señor Ignacio Gutiérrez y otros amigas suyos redactaba un periódico curioso de estilo jocoso, que se llamaba |La Tira, ( |2 ) y que salía á luz en días indeterminados, como lo expresa el número 5.° del 29 de Noviembre de 1830, que dice así:
" |La Tira renacerá si las circunstancias lo exigieren, mas espero que el público no se dejará seducir si resulta alguna |Tira apócrifa. Serían señales de la legítima: no contener nada que pueda ofender- á ningún ciudadano, ausencia de alusiones á la vida privada, y proponerse algún objeto útil á la comunidad y honroso al país."
Acosta concurrió asiduamente á las sesiones del Congreso de 1839 y 1840, ocupándose día y noche en los trabajos que le encargaban, pues como le conocían su actividad, su laboriosidad y deseo de servir á la patria, á él le tocaban siempre las comisiones más arduas v más difíciles de desempeñar.
Ocupaba el General Santander un asiento en la Cámara de Representantes, y era naturalmente el jefe del partido de oposición. Notábase que la atmósfera política estaba cargada de electricidad; los partidos se encararon con manifiesta intención de luchar á brazo partido en el recinto de las Cámaras legislativas, como para prepararse con la palabra antes de acometerse en los campos de batalla con las armas en la mano.
Rompiéronse los fuegos parlamentarios con la discusión de un proyecto de amnistía general para todos los que habían combatido contra el Gobierno, tanto en el sur como en el norte de la República. Con el deseo claro de que Orando fuese puesto en libertad, se pedía que se amnistiasen no solamente los delitos políticos, sino también los comunes. El General Santander estaba en favor de indulto general, y así lo manifestó al apoyar la proposición de amnistía.
Entonces el Teniente Coronel Acosta pidió la palabra para combatir aquella proposición, y empezó así:
"Yo miro con asombro que después de haberse empleado tantos años en sancionar el Código Penal, la primera vez que se debe aplicar en los delitos sociales, se indulta. Semejante conducta, provocada por los partícipes en los escandalosos sucesos de Vélez, Pasto y Timbío, justifica el dicho célebre del principal jefe de los rebeldes: " |Se me quiere juzgar corno á los débiles, y yo soy fuerte y afortunado!"
"Esta frase es el programa de las facciones en el presente año de 1840... Un respetable Diputado, jefe de la Administración anterior, ha dicho que el Gobierno tenía el deber de usar de la mayor clemencia con los que se rebelaran; pero afortunadamente este principio es falso, porque si fuera cierto, con él se haría el proceso de su propia administración, que no solo no brindó indultos á los facciosos durante aquel período, sino que se opuso constantemente á que el Congreso los concediera."
Según dice el General Posada en sus Memorias, Santander, al oír semejantes palabras vertidas por uno de sus antiguos amigos, se manifestó en extremo desconcertado, y nada contestó, puesto que aquella era una verdad que no podía negar. Si él había cambiado de opinión porque ya no gobernaba v los facciosos de 1840 no eran enemigos suyos, sino todo lo contrario, Acosta, como todos los que le acompañaron en el principio de su administración, pensaban como él entonces; ellos continuaban creyendo con la mayor buena fe que el mayor crimen que puede cometer un militar es levantarse en armas contra el gobierno legítimo, crimen que se debía castigar sin misericordia y con la ley en la mano. Y esta opinión fue siempre la de Acosta; por sostenerla combatió en 1841 contra sus enemigos políticos, y tomó las armas contra toda su voluntad en 1851, yendo contra sus amigos políticos, como lo veremos á su tiempo.
A pesar de los discursos en pro y en contra del proyecto que se pronunciaron en aquella sesión, la mayor parte de ellos moderados y juiciosos, la discusión se fue agriando de una manera violenta. El General Antonio Obando atacó cruel y gratuitamente al Ministro del Interior, el General Borrero, echándole en cara un acto de crueldad ejecutado-según decía-en 1831. El Ministro de lo Interior se defendió y probó que era falsa aquella inculpación, y volviendo después su cólera, no contra aquel que lo atacaba, sino contra el jefe de la oposición, el General Santander, pronunció palabras terribles y sangrientas, que fueron escuchadas con disgusto hasta entre las filas de los que más quejas tenían de Santander, porque, dice el General Posada, "eran inconducentes, inoportunas, y además injustas, en lo que decía con relación á la desgraciada v lamentable muerte del Coronel Mariano París."
He aquí las palabras memorables del General Borrero, las cuales tuvieron la funesta consecuencia de causar con su disgusto la muerte del General Santander:
" ... Pero yo no tuve la perfidia de mandar asesinos á la casa de estos desgraciados (los facciosos) para que los matasen, fingiéndose de su partido, como se hizo aquí en 1834; ( |3 ) yo no di orden al comandante de una escolta que llevaba preso á un individuo para que, suponiendo que quería escaparse, le asesinasen por la espalda, como sucedió aquí con el señor Mariano Paris!"
El General Santander sufría ya grave enfermedad, la cual se convirtió en aguda y mortal con el profundo desagrado que le ocasionó aquel tremendo ataque. Salió del salón de las sesiones callado y triste. No le alcanzaron las fuerzas sino para volver al día siguiente á la Cámara, en donde puso de su parte á toda la concurrencia con el discurso mesurado y lleno de irónica moderación con que contestó á los cargos que le hizo el señor Borrero acerca de la conspiración de Sardá y de la muerte de París, de lo cual ya hemos tratado en un capítulo anterior de la presente obra. Se vindicó clara y absolutamente de la muerte alevosa del señor París, y declaró solemnemente su completa inculpabilidad. En cuanto á la muerte de Sardá, se redujo á asegurar que fue consecuencia de imperiosas circunstancias que no pudieron evitarse, porque no había otro medio de satisfacer la vindicta pública, é invocó ejemplos de la historia en que se había obrado de igual manera para precaver al Estado de un trastorno político.
Concluida la sesión, el General Santander salió para no volver jamás á la Cámara. Desde aquel momento lo postró en cama el mal que lo llevó á la tumba algunas semanas después, el 6 de Mayo, á los 48 años de su edad. Aunque era jefe del partido ultra-liberal, murió cristianamente, después de haber recibido los auxilios de la Religión, de manos del señor Arzobispo Manuel José Mosquera.
Muerto el General Santander, creyóse por sus partidarios que en el país no había otro hombre digno de recoger su herencia, sino el General Obando. Pero este caudillo del partido progresista ó liberal se hallaba desgraciadamente en aquellos momentos encausado, y se le seguía proceso criminal como asesino. Era preciso, pues, que el jefe recuperase su libertad para obrar con entera independencia en la trama revolucionaria que se extendía por toda la República. Las guerrillas de Pasto, siempre en armas por aquellos riscos inaccesibles hasta los cuales las tropas del Gobierno no podían llegar jamás, aguardaban al jefe para estallar de nuevo y declarar la guerra, ya con mayores recursos, al Gobierno legítimo. Con ese objeto, el 5 de julio de aquel año, Obando, que estaba preso bajo su palabra de honor en su propia casa, resolvió dejarla, junto con Sarria, Álvarez y otros de sus compañeros en la misiva causa, los cuales estaban en otras partes, pero con quienes tenía fácil comunicación.
Aquel encausamiento de Obando con una prisión á medias fue un error político inmenso, pues exacerbaba las pasiones de odio de éste y al mismo tiempo no le impedía tramar todas las conjuraciones que tuviese á bien. Háse tachado al General Mosquera la mala voluntad que entonces manifestaba á Obando, la cual hizo que se llevase á cabo aquella. acusación, de la cual el caudillo liberal, como se sintiese culpable, no podía librarse sino por medio de una revolución; han pensado muchos que hubiera valido mejor dejar quietos á los asesinos del Mariscal Sucre, y evitar así un trastorno público. Pero en cuanto á la revolución, nunca se hubiera evitado, pues ya se habían levantado en arreas en muchas partes de la República, y se tramaban conjuraciones en otras cuando Obando se lanzó en la palestra.
Entre tanto, Acosta había permanecido en la capital sirviendo en cuanto podía al Gobierno, sin descuidar por eso sus estudios y sus aulas.
A pesar de la efervescencia política que se sentía en Bogotá, y la situación del país amenazado por todas partes por los revolucionarios, se procuró hacer guardar la paz y conservar la serenidad entre los estudiantes; así fue que se reunió como de costumbre la Universidad para la apertura de los estudios, y tocó leer al Teniente Coronel Joaquín Acosta el discurso académico con el cual, según los estatutos, debían abrírselos cursos de la Universidad.
Este discurso fue leído el 4 de Octubre, é inmediatamente después llamado al servicio activo, abandonó su hogar y partió en omisión á Honda, á encontrarse con el Comandante de la fuerza que iba de Cartagena á auxiliar la capital. Con ese motivo no se encontró en ésta en los aciagos días en que corrió peligro de ser invadida por los facciosos que iban del Socorro al mando del Coronel Manuel González, después de haber vencido á las tropas del Gobierno en la acción de la Polonia.
El Presidente, viéndose sin recursos suficientes para hacer frente á la tempestad que lo amenazaba por el Norte, al tener noticia de que las fuerzas del General Herrán habían obtenido triunfos en el Cauca, resolvió retirarse hacia el sur en busca de auxilios. En aquella época, cuando aún no se había inventado el telégrafo eléctrico, el Gobierno estaba realmente á oscuras de lo que sucedía en lejanas provincias, y velase entonces en la necesidad de ir personalmente á averiguarlo.
El señor Márquez resolvió, pues, como un medio de salvar el Gobierno legítimo de caer en manos de los revolucionarios, ponerse á. cubierto de ese peligro, y el io de Octubre salió de Bogotá con un corto séquito, y dejó el Poder- Ejecutivo en manos del Vicepresidente, General Caicedo.
Los señores Cuervos, que tantas veces hemos citado, dicen (fundándose en documentos fidedignos) lo siguiente: ( |4 )
"En la capital no había sino veinticinco veteranos; los revolucionarios consideraban seguro é inmediato su triunfo, se desvergonzaban en los impresos, pedían cabezas por las calles y pretendían que se les entregara el rasando. En esto llega el Coronel Juan José Neira, valiente prócer de la Independencia, con seis húsares, amilana con sus miradas de fuego á los revolucionarios que se pavonean por las calles, excita el espíritu público, llama á las arrasas, sale al encuentro del enemigo, que, lleno de arrogancia, avanzaba sobre Bogotá, y lo deshace el 28 de Octubre en los campos de Buenavista (ó Culebrera). Por desgracia, herido gravemente, no pudo coger el fruto de su victoria; el enemigo logró rehacerse-en las provincias del Norte, reuniéndose á las fuerzas llaneras de Francisco Farfán, y avanzó de nuevo hasta Zipaquirá."
Permítasenos citar aquí algunos párrafos muy curiosos de una obra reciente que se ha publicado en la |Revista Literaria de Bogotá, escrita por un testigo ocular de aquellos acontecimientos, y que pintan gráficamente las costumbres de aquellos tiempos:
"...Nunca se había producido en Bogotá semejante exaltación ó fanatismo político como se viera entonces, y con razón, porque la ciudad no debatía solamente el sostenimiento del gobierno legítimo, sino también la defensa de sus propios hogares. Era aquel un momento solemne en la apática vida de esta metrópoli; mas como en todo evento histórico de tal naturaleza surge siempre una mujer á darle animación, aquí se presentó la señora doña Silveria Espinosa á conmover á las multitudes con los primeros acentos de su lira...... La musa recién aparecida ofrendaba las primicias de su numen en la paráfrasis de un canto bíblico, en donde el salmista pide á Jehová la salvación y amparo de su pueblo.... El mismo día del alborotado comienzo de la |gran semana (aquellos días se llamaron la |gran semana), doña Silveria Espinosa en persona nos dio á los adolescentes de la guarnición la estampa con el monograma de Jesús, la cual, á breve rato, ó casi de súbito, se adoptó como cucarda entre la tropa. Esta divisa, en forma circular, llevaba al rededor un mote que decía: " |Quien no está conmigo, está contra mí," lema entresacado de la Santa Escritura, cuyo contexto, unido á la idea mística del himno antes citado, y á la participación del clero en los lances marciales de actualidad, infundió cierto tinte religioso á la lucha de los partidos, cosa en que ninguno de ellos pensaba, pues tanto los |ministeriales como los |oposicionistas (que así se distinguían respectivamente los prosélitos y los adversarios del Gobierno) eran cristianos viejos, que no disputaban sobre creencias divinas, sino sobre opiniones humanas."
Como los partidarios del Gobierno habían tomado por Patrono de su causa á Jesús Nazareno, hiciéronle en San Agustín,-en dónde se conserva una imagen muy venerada de Nuestro Señor- Jesucristo, - y en la Catedral, pomposísimas fiestas, y sacaron la imagen en procesión vestida de uniforme militar, hasta que el señor Arzobispo prohibió que así disfrazasen la santa efigie del Salvador.
La ciudad estaba entre tanto entregada á la mayor agitación, pero decidida á defenderse de los facciosos, de manera que damas y plebeyas, caballeros y artesanos, todos quisieron tomar parte en los trabajos de defensa, llevando armas de los parques, atrincherando la ciudad lo mejor posible para recibir al enemigo y rechazarlo. Felizmente, en aquellos momentos de peligro se tuvo noticia del regreso y aproximación del Presidente Márquez con el General Herrán, á la cabeza & varios batallones que habían reunido en el Cauca para atender á la defensa de la capital de la República, con lo cual cesó el peligro inmediato y la ciudad recuperó su tranquilidad.
Desgraciadamente, empero, el héroe de Buenavista y de otros campos de batalla en que había combatido como un león durante toda la guerra de la Independencia, no se curó de sus heridas, y murió llorado por toda la República, el 7 de Enero de 1841.